¿Existen los Paraísos Terrenales?

Paraísos terrenales
Sebastian Chisari, Christto & Andrew, Alex Francés, Miguel Ángel Gaüeca, Jules Julien, Javi Moreno, Miguel Rael, Michael Roy, Eduardo Sourouille, Javier Velasco
Iniciativa de Black Refuge
Las Naves
C / Joan Verdeguer, 16. Valencia
Inauguración: jueves 23 de junio
Hasta el 30 de julio de 2016

Blue is the universal love in which man bathes – it is the terrestrial paradise. (Derek Jarman, Blue, 1993)

No hay otros paraísos que los paraísos perdidos (Jorge Luis Borges, Los conjurados, 1985)

Algunas palabras están colmadas de anhelo. Quién no desearía el paraíso, no lo buscaría, no perseguiría su esencia, identificándolo, tal vez por un instante.  ¿La pesquisa debería iniciarse en el lugar en el que existió, la tierra, o en el lugar que ocupa en nuestro imaginario?

Las palabras son llaves, por ejemplo, Pardes, el término hebreo que designa al jardín, al paraíso y que, al mismo tiempo, funciona como acrónimo de las cuatro posibles formas de interpretación: literal, alusiva, exegética y secreta o mística. La palabra se torna múltiple, poliédrica  y el relato nos indica así las formas de desestabilizarlo, invitándonos a explorar sus distintas capas de sentido.

Obra de Javier Velasco. Imagen cortesía de Black Refuge.

Obra de Javier Velasco. Imagen cortesía de Black Refuge.

¿Acaso te pedí, Creador, que de mi arcilla Me hicieses hombre? ¿Acaso te rogué Que de la oscuridad me ascendieses? (John Milton, El paraíso perdido, 1667)

El jardín de las delicias y el origen, el texto que desea ocupar un lugar al que retornar. La sociedad occidental ha soñado ese espacio, lo ha narrado, recreado, intentando que la idea fuese algo más real.

Pero es imposible habitar el paraíso, pese a que este, incómodo, resida en nosotros. El malestar por este lugar se plasma de manera clara en Frankenstein (1818) de Mary W. Shelley. La novela se inicia con una cita de Milton, pero su presencia continúa a lo largo de todo el relato. El paraíso perdido es una de las lecturas del ser creado por Víctor Frankenstein que rápidamente se identifica a sí mismo con Satán. Tenemos así a  un personaje sin nombre, en busca, a lo largo del relato, de un igual mientras se esfuerza por aprender los códigos del entorno, vive ocultando su naturaleza debido a la presión social y que, al descubrir la idea del paraíso, decide identificarse con la fuerza negativa que nos expulsó de él. Podemos argumentar que una realidad mítica, incapaz de habitar el presente, pues reside en el pasado como perdida y en el futuro como promesa, no debería condicionar nuestra personalidad como le ocurre al protagonista de la novela, pero eso sería obviar que los relatos construyen nuestras identidades.

Obra de Álex Francés. Imagen cortesía de Black Refuge.

Obra de Álex Francés. Imagen cortesía de Black Refuge.

(…) si es posible que los lineamientos del paraíso terrenal surjan de la vida ordinaria, entonces esta última tiene que haber sido concebida, no como algún tedioso lugar de contingencia secular y existencia «normal», sino más bien como el producto final de la maldición y el encantamiento (Fredric Jameson, Documentos de cultura, documentos de barbarie. La narrativa como acto socialmente simbólico, 1981)

Uno de los elementos que aparecen en el análisis que Jameson hace de las narraciones mágicas es el paraíso. Este teórico defiende que, al igual que otras realidades míticas, su elaboración parte de nuestra realidad más próxima; no podemos entenderlo sin construirlo desde nosotros mismos. Así que edificamos una idea que nos excluye y que, además, esta dotada de una característica como es la naturalización (1).  Las teorías feministas ya señalaron el subterfugio de lo “natural” y lo “neutro” como valedores de un status quo en el que es muy fácil sentirse desplazado o no integrado.

Obra de Jules Julien. Imagen cortesía de Blak Refuge.

Obra de Jules Julien. Imagen cortesía de Blak Refuge.

El paraíso se convierte así en una heterotopía perversa pues es un lugar ritual  vinculado con lo hegemónico. Este hecho nos obliga a vivir en la constante búsqueda de este no lugar, mientras dejamos que esta travesía nos trasforme, sin ser conscientes que su posible hallazgo nos encerraría en la norma. Aunque, como la palabra y su sentido, puede que la norma se desordene, fragmentándose.

Una exposición colectiva son fragmentos, en este caso, diez artistas que nos permiten aproximarnos a distintos paraísos o, mejor dicho, a como esta idea nos ha trasformado, modificando nuestras identidades.

Encontramos así propuestas atravesadas por estas realidades, en las que nociones como recuerdo, deseo, ruina, cuerpo… se entrelazarán proponiéndonos distintas lecturas de la misma palabra.

Obra de Sebastián Chisari. Imagen cortesía de Black Refuge.

Obra de Sebastián Chisari. Imagen cortesía de Black Refuge.

Sebastian Chisari (Casablanca, Marruecos; 1990) utiliza la huella para hablarnos del deseo, de cómo un mismo escenario puede generar múltiples interpretaciones.  Christto & Andrew (San Juan, Puerto Rico, 1985 y Johannesburgo, Sudáfrica, 1987) parten del análisis de una identidad en conflicto como es la de la sociedad de Qatar. Alex Francés (Valencia, 1962) toma el cuerpo como espacio de representación y ausencia donde la manualidad del tejido se confunde con lo orgánico de las formas.  Miguel Ángel Gaüeca (Bilbao, 1967) reflexiona sobre la dificultad de conseguir los ideales de belleza para construir un relato en torno a la imagen, el recuerdo y la perdida.  Jules Julien (Bagnols-Sur-Cèze, Francia, 1975) nos confronta con una hiperrealidad construida en la que un color, el azul, condiciona nuestra recepción al estar cargado de connotaciones culturales.

Obra de Javi Moreno. Imagen cortesía de Black Refuge.

Obra de Javi Moreno. Imagen cortesía de Black Refuge.

Javi Moreno (Sant Joan d’ Alacant, 1982) recurre al cuerpo adolescente para enunciar los conflictos sobre su sexualización, inocencia o nuestro anhelo de juventud.  Miguel Rael (Lorca, España, 1974) trabaja sobre lo intangible, sobre el misterio y la capacidad de comunicar de la forma y el signo. Michael Roy (La Rochelle, 1973) se sirve de “Me acuerdo” de Joe Brainard y Georges Perec para construir un relato sobre la memoria. Eduardo Sourrouille (Basauri, Bizkaia; 1970) nos habla de nuestras redes familiares y de afecto utilizando a los animales como personificación de actitudes y comportamiento. Javier Velasco (La Línea de la Concepción, Cádiz; 1963) contrapone la artificialidad del laboratorio –azul de metileno, mercurio..- con la organicidad de nuestros cuerpos para evidenciar conflictos.

Y a todo esto se suma otra identidad, la de la persona  que, con su propio paraíso interior, contempla esta muestra.

(1) Para una lectura del paraíso y su relación con lo “natural” véase Northrop FRYE, Anatomía de la crítica: cuatro ensayos, Monte Avila, Caracas, 1977

Eduardo García Nieto

Las cosas de Nuria Rodríguez

Nuria Rodríguez. Historia natural, la colección infinita
Colegio Mayor Rector Peset
Plaza del Horno de San Nicolás, 6. Valencia
Hasta el 10 de abril de 2016

La cita de Borges, a la que se alude en la exposición ‘Historia natural, la colección infinita’, es sin duda pertinente: “La palabra hace la cosa”. Antes de ella no existe nada. Ya lo dice también el Génesis: en el principio fue el verbo. Palabras que nombran cosas, conformando el mundo que nos rodea. De esas cosas y de ese mundo tan amplio, como finalmente circunscrito a la vivencia singular, da cuenta la artista, docente y diseñadora gráfica Nuria Rodríguez en el Colegio Mayor Rector Peset de Valencia.

No sólo es pertinente la cita, sino el propio Borges, quien ya hablara de ‘La Biblioteca de Babel’ en su colección de relatos ‘El jardín de los senderos que se bifurcan’. Una biblioteca a modo de universo compuesto a su vez de una biblioteca con todos los libros posibles. La colección infinita referida por la artista en su título expositivo se vincula a esa biblioteca borgiana. De manera que, como indica la propia autora, lo que se muestra “es una tentativa de inventario de las cosas que me rodean, de las cosas que encierro en un círculo mágico, congeladas, esperando dialogar con las otras cosas”.

Obra de Nuria Rodrigez en el Colegio Mayor Rector Peset.

Obra de Nuria Rodrigez en el Colegio Mayor Rector Peset.

Ese círculo mágico es el que hace que las cosas de Nuria Rodríguez, por infinitas que sean, contengan sin embargo la finitud de la más estricta subjetividad. No son cualesquiera cosas, sino aquellas que apelan directamente al sujeto que las colecciona. También, he ahí el poder del arte, a cualquiera de los espectadores que, viéndolas y tocándolas, se sientan a su vez concernidos por ellas. Cosas ligadas entre sí por la artista, consciente o inconscientemente, para construir una cierta narrativa o sendero por el que se bifurcan innumerables emociones.

“Entiendo la pintura como un proceso de ensamblaje entre imágenes preexistentes de cualquier naturaleza, que se reconstruyen en escenarios y situaciones ficticias”, comenta Rodríguez en ‘El desorden de las cosas’, muestra ligada a la que se presenta en el Colegio Mayor Rector Peset. Ensamblaje de cosas, de objetos, de fotografías, que da pie a esos escenarios que unas veces remiten a las páginas de la Historia natural aludida, y en otras ocasiones a sueños o encuadres fílmicos de corte surrealista.

Vista general de la exposición de Nuria Rodriguez en el Colegio Mayor Rector Peset.

Vista general de la exposición de Nuria Rodriguez en el Colegio Mayor Rector Peset.

Además de pinturas y dibujos, la exposición contiene también diversos audiovisuales, algunos de ellos en vitrinas donde se acumulan láminas y objetos como maderas o piedras. La naturaleza comparece a través de todos ellos, al igual que emergen sensaciones derivadas de la ligazón entre diversas imágenes. ‘Temps de mudança’ es un buen ejemplo de la importancia de las cosas nombradas y archivadas en la memoria que, tras cierto reciclaje, devienen secuencia narrativa. Porque es en esas mudanzas donde solemos advertir la acumulación de cosas y la emergencia inaudita de algunos objetos olvidados o tristemente desapercibidos.

Conjunto de obras de Nuria Rodriguez en el Colegio Mayor Rector Peset.

Conjunto de obras de Nuria Rodriguez en el Colegio Mayor Rector Peset.

Por eso Nuria Rodríguez constata la “mirada poética” que hay en esa percepción de lo habitual y cotidiano, “lo que está ahí desde siempre”, para nuestra sorpresa. Cuando esta se produce ya es síntoma de que las cosas son otras, y que el infinito de esa colección de objetos que almacenamos adquiere de pronto el rango de lo nuevo a partir de lo archiconocido. “Incluso antes de que fuéramos conscientes, antes de nosotros, antes de antes”, subraya la artista. He ahí la infinitud en ese más allá que nos atraviesa a todos, pero siempre ligado a la finitud de quien la acota. “Decidir con qué cosas nos rodeamos”, como advierte la artista, ya es el modo que tenemos los sujetos de perfilar nuestra memoria. La de Nuria Rodríguez, al menos parte de ella, está en el Colegio Mayor Rector Peset hasta el 10 de abril.

Obra de Nuria Rodriguez en el Colegio Mayor Rector Peset.

Obra de Nuria Rodriguez en el Colegio Mayor Rector Peset.

Salva Torres

Librerías que se van, ¿sueños que se acaban?

Cristina Guzmán Traver, Fragments de cultura
Palau de Pineda, Plaza del Carmen, 4.
Hasta el 30 de noviembre de 2015

La cerámica de Cristina Guzmán Traver rinde tributo a las librerías

Aquel paraíso que imaginó Borges en forma de librería podría tener un futuro incierto. Los datos son demoledores; indican que entre dos y tres locales clausuran su actividad diariamente.[1] La clave de su supervivencia podría implicar un aumento de apoyo al sector (estableciendo por ejemplo un sello de calidad que permita beneficios fiscales), la reinvención de estos espacios o la creación de nuevas políticas de fomento a la lectura.[2] Pero lo cierto es que, mientras se determinan soluciones, la lucha contra este destino también se visibiliza simbólicamente a través de algunos proyectos artísticos. Desde esa perspectiva, Cristina Guzmán Traver realiza un seguimiento de las librerías emblemáticas que han cerrado recientemente sus puertas y desarrolla una serie de gestos y acciones apoyados en la escultura, la instalación y la pintura como reivindicación de aquel lugar soñado. Algunas de ellas centenarias y todas referentes en sus ciudades, estas librerías se convirtieron en auténticos lugares de encuentro intelectual y humano superando el exclusivo cometido de empresa. Las librerías Luque en Córdoba, Machado en Sevilla, Martínez Pérez y Proa en Barcelona, Galí en Santiago de Compostela o la librería Rumor en el barrio de Chamartín de Madrid cerraron sus puertas y con ello desdibujaron parte de la identidad local.

Cristina Guzmán Traver. "Llibres", gouache sobre papel, 2015. Cortesía de la artista.

Cristina Guzmán Traver. «Llibres», gouache sobre papel, 2015. Cortesía de la artista.

Siguiendo este dramático proceso, durante el mes de noviembre Valencia despedirá otro referente cultural. La librería Valdeska finaliza su etapa y lo hace tal y como comenzó: alejada de las novedades y los best sellers, configurando lo que para algunos fue más bien una “no-librería” cuyo camino se orientaba hacia el arte, el pensamiento y la literatura.[3] En este sentido, la exposición Fragments de Cultura inaugurada recientemente en el Palau de Pineda, recrea iconos a partir del atractivo que representa la particular identidad de las librerías pequeñas y su labor como narradoras de historias. Desde las sutiles alienaciones de estanterías en las composiciones de gouache y las piezas de cerámica y gres que reúnen montañas de pequeños libros agrupados bajo la figura del lector, la mirada de Cristina Guzmán configura un entorno de contrastes donde las texturas incorporan la calidez a la materia hasta llevarla a su origen. Si para Neruda fuimos “párpado del barro trémulo y forma de la arcilla”, en la obra de esta autora somos el recuerdo de la tierra, de sus surcos y su tiempo.[4] Proyectadas desde los comienzos con estructuras de metal, madera o cemento, sus esculturas se consolidan en torno al barro, convirtiéndose en el material más importante en su trayectoria artística. La cerámica actúa como símbolo de permanencia y establece vínculos secuenciales con los trabajos de otros artistas como sus maestros Arcadi Blasco y Enric Mestre, ciertas expresiones de Elena Colmeneiro y, principalmente, con el minimalismo de María Bofill desde un interés por los objetos pequeños y su calidad de ejecución.

No es la primera vez que Cristina Guzmán incorpora la instalación en sus proyectos. El estudio de la técnica, los diferentes métodos de cocción y la integración de nuevos soportes consolidaron otras como Cartes al vent, donde asocia al discurso nuevos ingredientes como el papel y el texto, para posteriormente expandir sus esculturas e integrar la fotografía o el dibujo. En este sentido, la instalación presentada en la exposición compuesta por nueve libros aislados desde la individualidad de nueve peanas, resume  parte de estos procesos y representa la naturaleza de los materiales y el equilibrio de los volúmenes que el fuego petrificará para siempre.

Cristina Guzmán Traver. Instalación "Llibreries", cerámica, hierro y metacrilato, 2015. Cortesía de la artista.

Cristina Guzmán Traver. Instalación «Llibreries», cerámica, hierro y metacrilato, 2015. Cortesía de la artista.

Los libros, convertidos en elementos ajenos al mundo y a la vida, permanecen envueltos en cajas de metacrilato, reposando inertes en sus nichos transparentes. “Murieron 912 y nacieron 226” era la sentencia con la que arrancaba un reciente artículo para explicar el panorama que, hoy por hoy, resisten las librerías. Y como si de un escenario se tratara, la obra de Guzmán representa arquitecturas imaginadas que aluden a cada cierre y nos conducen a reflexionar sobre el vacío de la comunicación, la desaparición de estos espacios (la nostalgia por aquella librería-buena-de-siempre en cuyo local, ahora, han abierto un McDonald’s…) y la pérdida del relato que generó estar en ellos. Porque en muchas ocasiones descubríamos que el librero era también poeta, editor, diseñador, escritor, fotógrafo… y su aportación enriquecía el propio mundo del libro. Valdeska siempre fue una librería peculiar que comenzó en 1979 en la calle Quart, después en Gobernador Viejo, para continuar desde el inicio del IVAM en 1989, hasta llegar a su última ubicación en la calle del Mar. De la mano de Sergio de Diego, Valdeska fue un lugar habitado por historias interesantes que invitaban al hedonismo y a respirar la vida.

Bajo el lema ‘Leer es viajar’ el pasado 13 de noviembre se celebraba la quinta edición del Día de las Librerías cuya iniciativa reivindicaba su papel como motor de la cultura. Recientemente comprobamos con cierta esperanza la sucesión de reconocimientos. Por un lado la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (CEGAL) y el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte concedió a Traficante de sueños, de Madrid, el Premio Librería Cultural 2015, destacando así la figura del librero como agitador cultural, y por otro la Consellería de Cultura de la Generalitat Valenciana acaba de distinguir a un lugar emblemático como la librería París-Valencia con el Premio a la Mejor Trayectoria. Todavía nos queda el libro sustentado por páginas de aromas (de cada 100 publicados, 75 continúan editándose en papel) y, en palabras de Daniel Pennac, nos queda la dicha de ser lectores.[5] Porque “la lectura no depende de la organización del tiempo social, es, como el amor, una manera de ser”.

Cristina Guzmán Traver. "Llibres", gres, arcilla y esmaltes óxidos, 2015. Cortesía de la artista.

Cristina Guzmán Traver. «Llibres», gres, arcilla y esmaltes óxidos, 2015. Cortesía de la artista.

Maite Ibáñez


[1] Informe Observatorio de la Librería 2014, presentado en febrero de este año por la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (CEGAL)

[2] “En España, a diferencia de otros países europeos, no existe ningún tipo de régimen fiscal especial para las librerías, ni están sujetas a deducciones por tratarse de un local cultural. Una librería es el mismo tipo de comercio, a efectos fiscales, que una tienda de ropa. Paula CORROTO, “Librerías: muerte, renovación o burbuja, El diario.es, 08/03/2015

[3] Alfons GARCÍA, “Valdeska se despide”, Levante, 06/10/2015

[4] Pablo NERUDA, del poema Amor América, “El hombre tierra fue, vasija, / párpado del barro trémulo, forma de la arcilla […]”

[5] Daniel PENNAC, Como una novela, Anagrama, Barcelona, 1996

Cristina Guzmán Traver. "Lectors de llibres", gres, arcilla y esmaltes óxidos, 2015. Cortesía Inma Caballer.

Cristina Guzmán Traver. «Lectors de llibres», gres, arcilla y esmaltes óxidos, 2015. Cortesía Inma Caballer.

Lukas Ulmi. Laberintos visuales

Lukas Ulmi. Laberintos visuales
Set Espai d’Art
Plaza Miracle del Mocadoret, 4, Valencia
Hasta el 16 de noviembre de 2013

 Hay que guardarse de decirles que a veces ciudades diferentes se suceden sobre el mismo suelo y bajo el mismo nombre, que nacen y mueren sin haberse conocido, incomunicables entre sí.

 Italo Calvino, Las ciudades invisibles

 

Romper con el antiguo entendimiento de la escultura como una forma de expresión encerrada en sí misma, concibiendo la necesidad de circunscribir su potencial expresivo a unas pocas y axiomáticas categorías formales, en una búsqueda o retorno a la estructura primaria, describe el itinerario iniciático con que nos acerca Lukas Ulmi a su nueva obra. Sin embargo, al escultor le contemplan años de creación que interpretan los interrogantes del universo, dibujando el espacio mediante hermosas levedades espaciales de objetos encontrados. Restos de vida engarzados en sutiles móviles con los que nos mostraba una particular arqueología del lenguaje; ramas, piedras, esqueletos de la naturaleza que ya la pensadora malagueña, María Zambrano, en su personalísima poética concebía como las semillas del conocimiento, de la razón, y de los que ahora, el artista, en cierto modo se desprende.

Su capacidad para dialogar con el vacío trazando formas geométricas e infinitas en universos hipotéticos se define muy bien en esta nueva serie de “Laberintos visuales”, que nos presenta. Arquitecturas móviles que despliegan espacios infinitos en su interior a través de coetáneos cubos, engarzados con imanes. Una suerte de construcciones cercanas al Minimal Art con las que concebir los sencillos determinantes espaciales, como señalaba el escultor minimalista Robert Morris: simplicidad de formas no quiere decir necesariamente simplicidad de vivencia artística. Las formas unitarias no reducen las relaciones, sino que las ordenan. Cuando la hierática naturaleza dominante de las formas unitarias actúa como constante, no se neutralizan las relaciones singularizantes de dimensión, proporción, etc, sino que, por el contrario, se asocian más sólida e inesperadamente.  En este sentido, Ulmi da una vuelta de tuerca a la modernidad, circundando aquel arte cinético de mediados de siglo xx dentro de un particularísimo postminimalismo volátil.

Sus obras albergan un insólito y misterioso movimiento, intrínsecas al concepto kantiano de belleza que resume los elementos en formas simples, lidiando con el aire. Sorprendentes esculturas que debaten ilusiones ópticas mediante delicadas dobleces y estructuras simples, conforman el trabajo. Trazos de alambre asumidos como una cosmogonía, símbolo de los universos temporales, tan presentes a lo largo de su trayectoria. Amante del movimiento y la simplicidad estética, Ulmi domina la escultura como un auténtico fabulador que quiere acercarse a los misterios de la creación, sin dogmas ni aspavientos. Lugares paradójicos, fija simbólicamente un movimiento del exterior hacia el interior, de la forma a la contemplación, de la multiplicidad a la unidad, del espacio a la ausencia de espacio, del tiempo a la ausencia del tiempo. Representa también el movimiento contrario: de dentro hacia afuera, sugiriendo una progresión simbólica hacia el infinito en todo los aspectos del proceso artístico.

Representación escultórica en que el todo se nos muestra pero nunca se nos da.

Observamos como las construcciones pueden montarse de maneras distintas, según la característica del lugar donde se efectúe la instalación, prevaleciendo la coexistencia dialéctica de las formas. Esta lógica estructural que presentan permite observar cómo Ulmi otorga un valor idéntico en la ubicación de todos los elementos. Es decir, en su obra no se percibe ningún valor jerárquico entre lleno y vacío, abierto y cerrado, delante y detrás. Paradigma insoluble de una misma realidad, donde el artista ordena el sigiloso laberinto de la mirada, mediante geometrías y juegos visuales de nuestro espacio imperecedero. Y es, en esta particular falta de jerarquía donde se haya el enigma de cualquier laberinto, no únicamente como la misteriosa estructura arquitectónica descrita a lo largo de la historia por artistas, arquitectos, o escritores, sino como la inquietud y la incertidumbre de la mente humana ante los caminos desconocidos del conocimiento, la razón, la vida.  

Una espectacular construcción vertical de cubos flanqueados por espejos, trasporta al espectador por un viaje espacial, y es al final de este recorrido donde muy a menudo el hombre se encuentra así mismo. Donde el conocimiento ulterior es el de uno mismo, la comprensión del propio yo, reflejado en el propio conocimiento, como señala Paolo Santarcangeli autor de “El libro de los laberintos”: Allí reside la razón profunda de que en el fondo del laberinto figure muchas veces un espejo, para que el hombre, al llegar por fin a la meta de su peregrinación, descubra que el último misterio de la búsqueda es el mismo.

Alegorías que encontramos a lo largo de la Historia del arte, y la literatura en esas construcciones asfixiantes sin salida, sin fin. Como describieron, por ejemplo, los grabados de Piranesi y que también narra muy sabiamente en el cuento “Los dos reyes y los dos laberintos”, el escritor Jorge Luis Borges, acercándonos a este  misterio de la propia vida, y a la infinitud del espacio-tiempo. Cuenta la historia que el rey de Babilonia mandó construir un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros. Una obra escandalosa, porque la confusión y la maravilla eran operaciones propias de Dios y no de los hombres. Un laberinto que sucumbió finalmente ante la infinitud del laberinto de un rey árabe, donde no había escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que vedasen el paso. Metáfora del desierto, donde murió de hambre y de sed el mordaz rey de Babilonia.

Encontraríamos que en este caso, el laberinto simbolizaría el proceso transformador de la experiencia artística donde el hombre constantemente se enfrenta al vacío, pero también a la creación. Concepciones de universos infinitos en la levedad interior de los cubos, que el escultor extiende a través de la simplicidad formal en el horizonte. Un mismo símbolo que puede servir para evocar las realidades invisibles: el destino humano o como en el cuento, la voluntad inescrutable de Dios, el misterio de la obra de arte.

Rosa Ulpiano