#MAKMALibros
‘Memoria y deseo. Historia, ficción y literatura’
Charla literaria con Antonio Muñoz Molina, acompañado por el profesor Justo Serna
Teatro Serrano
Plaza Almudín 15, Segorbe (Castellón)
Lunes 28 de septiembre de 2026, a las 19:30
El 28 de septiembre de 2026, Antonio Muñoz Molina y yo conversamos en el Teatro Serrano de Segorbe. El encuentro lleva por título ‘Memoria y deseo. Historia, ficción y literatura’. Cuando vi reunidas esas palabras pensé que, sin proponérnoslo, quizá habíamos resumido algunos de los asuntos capitales que aparecen y reaparecen en la obra del autor jienense.
Memoria y deseo, desde luego, pero también estos otros: historia y ficción, realidad e imaginación, experiencia y fantasía, lugar y desarraigo, observación y conjetura, lo sucedido y aquello que pudo suceder, pero finalmente no ocurrió.
No constituyen una clave que permita descifrar todos sus libros. Desconfío de las interpretaciones que encuentran, por arte de birlibirloque, la llave maestra capaz de abrir una obra entera. Desechemos la supuesta familiaridad de los otros, la presunta transparencia de los documentos ya extintos o de los infolios inertes.
Hay que abandonar esa idea ilusoria: la de la accesibilidad y la transparencia de los textos. Se trata de no leer las obras de creación como textos obvios o evidentes sobre los que volcar el yo del intérprete. No. La labor de interpretación es más modesta y audaz. Hay preguntas que hacemos al texto y que nos sacan de nosotros mismos. Hay preguntas que regresan (sin respuesta permanente).
En Muñoz Molina las he encontrado en sus novelas, en sus artículos, en sus ensayos y en sus libros de viajes, y las he ido encontrando también, con el paso de los años, en mis propias lecturas y relecturas.
La expresión “memoria y deseo” está, además, casi en el origen. ‘Beatus ille’ (1986) lleva como exergo, como instrucción de lectura, los versos iniciales de ‘The Waste Land’ (1922) de T. S. Eliot. “Abril mezcla memoria y deseo”. Cuando hace ya muchos años volví sobre aquella primera novela de Muñoz Molina, advertí hasta qué punto esa mezcla podía considerarse una de las constantes de su literatura. La memoria conserva, selecciona, deforma, borra. Por su parte, el deseo añade lo que quisimos, lo que temimos, lo que fantaseamos, aquello que pudo suceder y no sucedió.

Recordamos hechos (que tuvieron un sentido), pero recordamos también expectativas (y el sentido que les atribuimos entonces). Nuestra vida no está compuesta únicamente por acontecimientos consumados. La forman asimismo las posibilidades que no llegaron a materializarse, las decisiones que no llegamos a tomar, los lugares a los que no pudimos arribar, las personas a las que no volvimos a ver. La memoria mezcla inevitablemente lo sucedido con la imaginación de lo que habría podido suceder.
No sabía yo todo eso cuando empecé a leer a Muñoz Molina. O al menos no me lo había planteado tan expresamente. Antes incluso de haber leído una línea suya, mi padre me recomendaba ‘Beatus ille’. “Debes leerlo, debes leerlo”, me decía. Yo me resistía.
La novela estaba ambientada en la Guerra Civil y en aquel momento no tenía demasiadas ganas de encontrar también en la literatura aquello que como historiador ocupaba una parte de nuestros pensamientos. Finalmente lo leí.
Después llegaron ‘El invierno en Lisboa’, ‘Beltenebros’, ‘El jinete polaco’, ‘El dueño del secreto’, ‘Plenilunio’, ‘Sefarad’, etcétera. Llegaron también las tribunas, las columnas y los ensayos. Con el tiempo escribí tres libros dedicados a su obra, además de artículos, reseñas, intervenciones y comentarios. Pero aquella frase de mi padre quedó en el origen de todo: “Debes leerlo”. Lo hice y, sobre todo, he seguido haciéndolo.
Memoria y deseo
‘Beatus ille’ ya contenía buena parte de los problemas que después reaparecerían transformados. Una ciudad imaginaria, Mágina, un pasado que debe reconstruirse, un joven que investiga, unos muertos que continúan interviniendo en la vida de quienes vienen después, documentos, recuerdos, versiones, deseos.
El pasado parece estar allí, esperando que alguien lo descubra, pero nunca se entrega enteramente. Quien investiga selecciona rastros y establece relaciones; quien recuerda modifica aquello que recuerda; quien desea introduce en lo ocurrido la posibilidad de otra historia.
La memoria, por eso, no es un depósito al que podamos acceder para encontrar intactos los acontecimientos. Recordar significa reconstruir. A veces reconstruimos con extraordinaria convicción cosas que quizá no ocurrieron exactamente como las contamos. Hemos repetido una historia tantas veces que la versión termina ocupando el lugar del acontecimiento.
Añadimos explicaciones que entonces no teníamos, atribuimos intenciones que solo conocimos después, convertimos determinados episodios en causas porque ya sabemos cuáles fueron las consecuencias.
La memoria trabaja desde el presente, y eso vale para los individuos y también para las sociedades. El pasado histórico se convierte fácilmente en una narración retrospectivamente ordenada: sabemos que algo ocurrió y tendemos a encontrar en los acontecimientos anteriores los anuncios de lo que finalmente sucedió. El desenlace organiza retrospectivamente sus antecedentes, aunque quienes estaban allí no conocían ese desenlace y vivían, como nosotros, hacia delante.
Esa diferencia me ha interesado siempre como historiador y como lector de novelas. El historiador cree conocer lo que ocurrió; los individuos que estudia, no. Nosotros sabemos que en julio de 1936 comienza lo que después se llamará Guerra Civil. Quienes vivían unas semanas antes tenían compromisos para agosto, trabajos pendientes, amores, viajes, proyectos y enfermedades.
El futuro todavía era el porvenir inasible. Parece una obviedad y, sin embargo, olvidarla produce una deformación decisiva: hace que la historia parezca inevitable. La ficción puede hacer algo que al historiador le resulta mucho más difícil: devolver incertidumbre al pasado. No porque posea una verdad superior, sino porque trabaja de otro modo.
El historiador está obligado a establecer lo que sucedió y a probarlo. En cambio, el novelista puede reconstruir una situación desde dentro, limitando el conocimiento de sus personajes a aquello que podían saber entonces. La novela es, o puede ser, una reconstrucción potencial del mundo. He empleado esa expresión muchas veces y sigo creyendo que explica una parte fundamental de lo que me interesa en la obra de Muñoz Molina.
Una novela reconstruye algo que pudo suceder aunque no sucediera exactamente así. Nos introduce en una circunstancia posible, nos presta durante unas horas otra experiencia y nos obliga a aceptar la incertidumbre de quien no sabe cómo acabará aquello que está viviendo.
En ‘El jinete polaco’ (1991), memoria y deseo adquieren otra amplitud. El pasado familiar, la ciudad, las fotografías, las historias relatadas por los mayores, la voluntad de marcharse y la necesidad de regresar terminan componiendo una gran investigación sobre aquello de lo que estamos hechos. Manuel, el protagonista, quiere escapar.

Como tantos personajes de Muñoz Molina, necesita alejarse del lugar de origen para poder inventarse. Mágina representa la pertenencia, pero también la limitación…, la familia, pero también la obligación…, la memoria, pero también el peso de una vida que parece decidida de antemano. Marcharse permite convertirse en otro, aunque nunca enteramente, porque nadie se inventa desde cero.
Podemos cambiar de ciudad, de profesión, de lengua cotidiana y de costumbres; podemos escuchar músicas que nuestros padres no escucharon y leer libros que ellos no leyeron. Pero no escogemos dónde nacemos ni quiénes fueron nuestros muertos ni la lengua primera en la que aprendimos a nombrar las cosas. La libertad trabaja con materiales heredados.
Eso vale también para el escritor. Un escritor joven necesita emanciparse y, simultáneamente, necesita una tradición. Muñoz Molina empezó a publicar en una España que acababa de salir de una larguísima dictadura y que tenía detrás una tradición cultural violentamente fracturada. La Guerra Civil, la represión y el exilio no solo habían producido una catástrofe política y material: habían roto continuidades intelectuales y literarias. Había autores olvidados, libros mal leídos, obras que apenas habían circulado y genealogías interrumpidas.
Había que reconstruir, pero reconstruir no significa obedecer. La tradición es libertad y tarea. El joven escritor puede elegir a Galdós, Baroja, Barea o Max Aub y simultáneamente a Faulkner, Flaubert, Proust, Melville, Verne, Thomas Mann o Philip Roth. No hay una frontera nacional capaz de contener una biblioteca verdadera.
Uno se inventa literariamente escogiendo a sus antepasados. Por eso la tradición y la identidad individual comparten un mismo problema: heredamos materiales que no hemos elegido y debemos decidir qué hacemos con ellos. Podemos conservarlos, rechazarlos o transformarlos. La tradición no es un museo, pero la memoria tampoco.
La historia cuando todavía no sabemos cómo termina
‘El dueño del secreto’ (1994) me interesa particularmente porque convierte esa incertidumbre en materia narrativa. La abordé en MAKMA. Un muchacho provinciano llega al Madrid de 1974. Tiene 18 años. Descubre la gran ciudad, la política clandestina, el sexo, las conspiraciones, los restaurantes, los cafés, el miedo y la posibilidad de otra vida.
Nosotros sabemos lo que sucederá después. Franco morirá, comenzará la Transición, llegará con obstáculos la democracia. El muchacho no sabe nada de eso y vive un presente que todavía no se ha convertido en historia.
Muchos años después, el narrador adulto que nos detalla esta historia recuerda aquel tiempo. Sabe más que el joven que fue y, sin embargo, ese conocimiento no lo vuelve omnisciente. Ha ganado información y ha perdido inmediatez.
Conoce el desenlace de acontecimientos cuyo significado entonces ignoraba, pero ya no puede recuperar exactamente la emoción de aquella ignorancia. Saber más no significa necesariamente comprender mejor. Sigue comprendiendo mal el significado de sus actos…
Por eso he vuelto tantas veces a ‘El dueño del secreto’. En una ocasión conté que acababa de leerlo por sexta vez. Podría justificarlo profesionalmente: llevaba años trabajando sobre historia y ficción. Pero había algo más. Yo había comprado la novela en 1994 y aquel Madrid de 1974 se aproximaba al tiempo de mi propia adolescencia y de mi primer viaje a la capital. La novela contenía una época que yo podía reconocer sin haber vivido exactamente la vida del protagonista. Lo histórico se volvía personal.
En ‘La noche de los tiempos’ (2009), esa diferencia entre lo que sabemos nosotros y lo que saben los personajes adquiere una gravedad mucho mayor. Ignacio Abel, su protagonista, vive en Madrid en 1936. Trabaja, se enamora, comete adulterio y hace proyectos. Nosotros conocemos el desastre que se aproxima. Él, no. Desde nuestro presente, todo parece cargado de presagios; para él, en cambio, las posibilidades continúan abiertas.
Cuando leí la novela me interesó especialmente lo que llamé el progreso modesto de las cosas. Ignacio Abel cree en una modernización concreta: escuelas, viviendas dignas, higiene, calefacción, electricidad, una arquitectura que mejore materialmente la existencia.
No espera la redención absoluta de la España atrasada. Confía en mejoras tangibles. Ha visto otros países europeos y piensa que España puede avanzar en esa dirección, mientras nosotros sabemos que su mundo está a punto de derrumbarse.
La angustia procede precisamente de esa asimetría. Lo valioso tarda mucho en construirse y puede ser destruido con extraordinaria rapidez: una democracia, una institución, una escuela, una vida profesional, una relación amorosa. La civilización no es una adquisición irreversible.
La novela no necesita convertir esa experiencia en doctrina. Basta con mostrarnos a alguien viviendo el día anterior. Ahí reside su fuerza moral y también histórica. El historiador sabe que aquello terminó. La novela puede hacer que durante unas horas vuelva a su víspera sin la carga de las consecuencias.
Esto es importante porque la ficción no repara el pasado. No devuelve a los muertos ni corrige una decisión. Tampoco debería servir para organizar retrospectivamente una consolación. Una novela verdaderamente dramática no nos asegura que la alternativa que no elegimos habría sido mejor. ¿Quién puede saberlo?
Las otras posibilidades de nuestra vida existen en nuestra imaginación, no en la experiencia. La ficción puede explorarlas sin convertirlas en certezas.
‘No te veré morir’ (2023) vuelve de manera especialmente intensa sobre esas vidas alternativas. El amor, la separación, la vejez, el tiempo transcurrido, lo que pudo ser y no fue. Pero no creo que estas preguntas aparezcan de repente en 2023.
Estaban en ‘Beatus ille’, en ‘El jinete polaco’, en ‘El dueño del secreto’ y en muchas páginas anteriores. Lo que cambia es la edad desde la que se formulan. No se recuerda igual a los treinta años que a los setenta y tampoco se desea igual, pero la edad no cancela el deseo: lo transforma.
De nuevo, memoria y deseo.
Mirar sin saber
Hay otra figura que atraviesa la escritura de Muñoz Molina y sobre la que llevo años volviendo: el observador aturdido. La expresión puede parecer paradójica. Observamos para conocer, pero cuanto más miramos más evidente resulta a veces lo poco que sabemos. El observador aturdido presta atención. Mira una cara, una habitación, una calle, un objeto. Escucha una conversación y reúne indicios, pero no posee la clave que permita organizar definitivamente aquello que ve. Tiene datos parciales y debe imaginar lo que falta.
Eso hacemos todos. Vemos a un desconocido en un tren, observamos su indumentaria, sus gestos, la manera de mirar el teléfono, escuchamos involuntariamente una frase y empezamos a imaginar quién es. En unos segundos podemos levantar una biografía. Probablemente nos equivoquemos, pero la imaginación ha empezado a trabajar. La capacidad de invención depende mucho de la capacidad de observación.
Muñoz Molina mira y después conjetura. Lo hace el narrador, lo hace el novelista y lo hace el articulista. La diferencia está en el contrato que cada género establece con el lector: un artículo no puede presentar como ocurrido lo que el autor ha inventado. En cambio, una novela sí puede hacerlo. Pero la operación inicial puede ser semejante: fijarse.
En ‘Plenilunio’ (1997), la mirada adquiere una condición particularmente inquietante. Hay que escrutar para hallar a alguien, hay que observar rostros, comportamientos y gestos. El inspector que protagoniza la novela intenta reconocer al asesino entre la multitud, como si el mal tuviera que dejar necesariamente una marca visible. Pero ¿qué aspecto tiene un criminal? ¿Qué puede revelar un rostro?

El desconocido se convierte en problema, y eso introduce una cuestión que complementa el problema histórico de otras novelas. No solo ignoramos lo que va a suceder: tampoco conocemos enteramente a quienes tenemos delante. Los demás poseen una opacidad que ninguna atención, por firme y fina que sea, consigue abolir. La literatura intenta atravesar esa opacidad, pero no debería fingir que la elimina.
En ‘Sefarad’ (2001), el problema se ensancha hacia las vidas de otros. El libro se aproxima a deportados, perseguidos, exiliados, enfermos, víctimas de algunas de las grandes catástrofes del siglo XX. Incorpora personajes históricos, testimonios, lecturas y figuras inventadas. Podemos preguntarnos qué estamos leyendo: ¿una novela, una sucesión de relatos, biografías, testimonios, memoria? La dificultad para clasificar el libro no es un defecto, sino parte de su naturaleza. Pero, además, plantea una cuestión moral que va más allá de esta obra.
¿Con qué derecho contamos la vida de otro? El novelista imagina experiencias que no son las suyas. Habla como mujer siendo hombre, como anciano siendo joven, como muerto estando vivo, como perseguido sin haber padecido aquella persecución. La literatura presupone ese desplazamiento.
No podemos vivir todas las vidas. Apenas comprendemos la nuestra. La ficción puede, sin embargo, aproximarnos condicionalmente a experiencias ajenas. No nos convierte en víctimas de aquello que no padecimos ni nos concede de modo retrospectivo una experiencia que no tuvimos. Simplemente nos pone en riesgo y a salvo.
Esa es una de las capacidades más poderosas de la ficción. Durante unas horas aceptamos la existencia de alguien que no existe, tememos por ese personaje, deseamos que no haga algo que sabemos que hará, lo compadecemos o nos irrita.
Incorporamos provisionalmente a nuestra experiencia una vida ajena. ¿Provisionalmente? Sus efectos perduran. Eso no nos hace mejores de manera automática, porque la literatura no expide certificados de buena conducta, pero puede hacernos menos simples.
En ‘Como la sombra que se va’ (2014), esta cuestión adopta otra forma. James Earl Ray es un personaje histórico. Sabemos que asesinó a Martin Luther King. Existen documentos y podemos reconstruir sus movimientos, pero ningún archivo permite entrar directamente en una conciencia.
Ahí empieza la imaginación atemperada. La novela reconstruye a Ray y a la vez reconstruye al joven Antonio Muñoz Molina que llega a Lisboa en 1987 mientras termina ‘El invierno en Lisboa’. Dos itinerarios distintos se cruzan narrativamente.
No son equivalentes y la novela no pretende que lo sean, pero la investigación del otro termina siendo también una investigación acerca de uno mismo: historia y autobiografía, documento e imaginación, el otro y el yo. La literatura establece relaciones que el archivo no establecería, porque sus responsables trabajan con otra clase de inteligibilidad.
Irse, quedarse, regresar
Muchos personajes de Muñoz Molina quieren marcharse. No es un detalle secundario. El lugar de origen puede servirnos de protección y asfixia, de pertenencia y límite. Mágina, la ciudad inventada por el escritor jienense, concentra esa ambivalencia: es la ciudad de la memoria y simultáneamente el lugar del que hay que escapar.
En ‘El viento de la Luna’ (2006), el muchacho de 1969 contempla un futuro que parece estar llegando literalmente desde otro planeta. Los astronautas Armstrong y Aldrin pisan la Luna mientras en la España rural sobreviven formas de vida antiquísimas. La televisión muestra computadoras, módulos espaciales, escafandras y una tecnología que parece de ciencia ficción. Mientras tanto, en las casas continúan presentes los relatos y los silencios de la Guerra Civil, los trabajos agrícolas y los hábitos heredados. El futuro y el pasado conviven en una misma habitación.

Interesa especialmente el exergo de Antonio Machado que Muñoz Molina inserta en sus páginas: “Solo recuerdo la emoción de las cosas”. La precisión es fundamental: no las cosas, sino su emoción.
La memoria conserva de manera caprichosa. Podemos olvidar una conversación decisiva y recordar el olor de una habitación. Podemos olvidar fechas y, a la vez, conservar una voz, el timbre de una voz. Podemos recordar un objeto insignificante que estaba sobre una mesa…, mientras desaparece casi por completo el resto de la escena.
Los objetos son importantes en Muñoz Molina: acumulan tiempo, función y sentido. Una fotografía, una carta, un libro, una prenda o un disco no son mero decorado: son huellas o conservan huellas. También las palabras, las canciones y las ciudades.
En ‘El viento de la Luna’, además, aparece con gran claridad el conflicto entre la deuda hacia los mayores y el deseo de escapar. El padre pertenece a un mundo que el hijo quiere abandonar, pero el deseo de marcharse no anula el afecto ni la deuda.
Esta es una experiencia moderna muy poderosa. Los padres trabajan para que los hijos puedan irse y, cuando los hijos se van, pueden sentir y padecer el abandono. El progreso familiar implica esa contradicción. Algo parecido sucede con la tradición literaria: los antepasados nos proporcionan aquello que necesitamos para poder alejarnos de ellos.
Muñoz Molina ha vuelto muchas veces a los lugares, pero viajar tampoco significa llegar a un espacio vacío. Nadie llega por primera vez a Roma, Lisboa, Nueva York o Madrid. Llegamos con imágenes, novelas, películas, fotografías y canciones. El viajero lleva consigo una biblioteca.
En sus libros de viajes y en ‘Ventanas de Manhattan’ (2004), esa relación entre experiencia y representación resulta fundamental. Nueva York ya existía antes de que el narrador la recorriera: había sido mil veces leída, escuchada, contemplada en fotografías y películas.
La ciudad real confirma algunas imágenes y desecha otras. Viajar consiste también en comprobar la distancia entre el mundo imaginado y el mundo material, y el viajero que observa una ciudad se observa simultáneamente a sí mismo. Elegimos aquello que miramos y esa elección nos delata.
En ‘Un andar solitario entre la gente’ (2018), esa condición del observador se radicaliza. El paseante, como un trapero, recoge materiales heterogéneos, anuncios, voces, papeles, imágenes, residuos verbales de la ciudad contemporánea.
Caminar se convierte en una técnica de percepción y también de montaje. El escritor parece un recolector, incluso un náufrago, y esa figura conduce hacia otra que Muñoz Molina ha utilizado repetidamente: Robinson Crusoe.
Robinson y los restos del mundo
La figura de Robinson reaparece muchas veces en las lecturas de Muñoz Molina. Reaparece, transformada, en su escritura. El náufrago queda separado del mundo y debe reconstruir una vida con los restos disponibles: recoge, clasifica, guarda, aprovecha.
El escritor hace algo semejante. Tiene recuerdos, conversaciones, fotografías, periódicos, libros, músicas, objetos, experiencias propias y relatos ajenos. Con esos materiales construye algo que antes no existía. No reproduce el mundo, sino que construye otro, aunque, si lo hace bien, nosotros reconoceremos allí el nuestro.
Robinson estaba ya en ‘El Robinson urbano’ (1984). El escritor es un paseante que convierte la ciudad en territorio de exploración. Más adelante, muchos años después, en ‘Ventanas de Manhattan’, el narrador vuelve a ser de algún modo un náufrago urbano: observa, camina, escucha, mira por las ventanas y recoge impresiones. La ciudad, Nueva York, después del 11 de septiembre, está herida, pero continúa viviendo, y la experiencia urbana se construye con fragmentos.

En ‘Tus pasos en la escalera’ (2019), el naufragio adquiere otra condición. El narrador espera una catástrofe, reúne indicios, acumula provisiones e interpreta señales. El mundo parece estar a punto de acabarse. No se trata únicamente de averiguar si tiene razón. Lo inquietante es comprobar cómo construye un relato capaz de convertir cualquier dato en confirmación.
Los indicios confirman la historia…, porque la historia decide previamente qué debe considerarse indicio. Naturalmente, hay grados, pero todos tendemos a seleccionar los datos compatibles con nuestras explicaciones. Construimos coherencia también con nuestra biografía y con la historia.
Por eso, ‘Tus pasos en la escalera’ se fusiona con angustias muy anteriores de Muñoz Molina. Cuando escribí sobre esta novela, advertí ecos de ‘Beatus ille’, ‘El jinete polaco’, ‘Plenilunio’, ‘Ventanas de Manhattan’, pero también de obras aparentemente menores como ‘Carlota Fainberg’ (1999) o ‘En ausencia de Blanca’ (1999).
Una obra extensa se vuelve un palimpsesto: un libro queda debajo de otro, no desaparece y reaparece transformado. Los escritores vuelven sobre sus obsesiones sin repetirse exactamente y los lectores hacemos algo parecido.
Durante la pandemia, al leer los materiales que desembocarían en ‘Volver a dónde’ (2021), Robinson reaparece. El habitante urbano estaba confinado y debía reconstruir una normalidad con los materiales disponibles. El espacio físico se reducía mientras la memoria se expandía.
El presente despertaba recuerdos de infancia y adolescencia, de los padres, de las canciones y de las lecturas. El tiempo dejaba de ser lineal y se superponía. Eso es precisamente lo que hace la memoria.
Las vidas que vivimos y las que no
Llegados a cierta edad, una pregunta se vuelve inevitable: ¿qué habría ocurrido si hubiera elegido otra cosa? No podemos saberlo, pero podemos conjeturar, y ahí está el territorio de la ficción.
Insisto. Una vida no está hecha únicamente de hechos consumados. Está rodeada por un inmenso repertorio de posibilidades: personas a las que no llamamos, trabajos que rechazamos, ciudades en las que no vivimos, decisiones que pospusimos hasta que dejaron de ser posibles.
Esas vidas alternativas pueden obsesionarnos, porque nunca tuvieron que someterse a la prueba de la realidad. La vida que vivimos envejece. En cambio, la que imaginamos permanece intacta. Por eso es tan fácil idealizarla.
‘No te veré morir’ se instala de manera particularmente intensa en ese territorio. El amor perdido, la separación, el paso del tiempo, las decisiones que parecieron necesarias y que décadas después pueden contemplarse de otro modo. Pero la novela no repara, y eso me parece esencial.

La ficción no sirve para volver atrás y corregir. En todo caso, nos permite imaginar. Nada más y nada menos. ¿Habría sido mejor la vida alternativa? No podemos saberlo. Puede que hubiera sido peor. La literatura no tiene por qué consolarnos con la fantasía de una existencia perfecta que perdimos por equivocación. Puede hacer algo más incómodo. Confirmarnos algo simple: nunca sabremos.
Ahí reside también su dimensión moral. Las novelas de Muñoz Molina no suelen decirnos qué debemos hacer. Sus personajes se equivocan demasiado para servir de modelos. La literatura coloca a alguien en una circunstancia y después vemos qué hace: un hombre se marcha, otro se queda, alguien llama y alguien no llama, una persona dice la verdad y otra calla.
Una decisión aparentemente menor modifica veinte años de una vida. Podemos preguntarnos qué habríamos hecho nosotros, aunque la pregunta resulta engañosa porque conocemos las consecuencias.
Habría que formularla de otro modo: ¿qué habría hecho yo sabiendo únicamente lo que aquel personaje sabía entonces? Ahí las certezas disminuyen. Esa es una de las razones por las que me interesa lo ordinario, lo cotidiano e incluso lo vulgar en Muñoz Molina. No hacen falta grandes acontecimientos para que exista una decisión moral.
La vida transcurre sobre todo en circunstancias menores: un café, una llamada, un viaje, una conversación, una cobardía, una obstinación, una espera. Nada de eso aparecerá probablemente en una historia general y, sin embargo, puede decidir una existencia.
La letra pequeña del mundo
Y está la prosa, la de Muñoz Molina. Conviene recordarlo porque a veces hablamos de las novelas como si fueran únicamente argumentos, personajes, temas o documentos históricos. La literatura está hecha de palabras. Importa quién habla, desde dónde, qué sabe, qué ignora, qué palabra escoge y qué ritmo tiene una frase.
La prosa de Muñoz Molina puede ser expansiva, enumerativa, envolvente. Una frase incorpora detalles, percepciones, objetos, movimientos y asociaciones, pero esa expansión no excluye la precisión. Hace años la definí como una prosa sensitiva, sensual, una sintaxis que capta y envuelve, que amplifica y describe, que muestra y cuenta.
La palabra exacta importa. Una descripción minuciosa no tiene por qué ser ornamental. Una habitación puede decirnos quién vive en ella. Una prenda, una postura, un objeto sobre una mesa o una manera de caminar… pueden proporcionar conocimiento.
El detalle importa porque el mundo está hecho de detalles. Y los detalles son también la materia de sus columnas periodísticas. El artículo establece otro contrato con el lector. El escritor no puede inventar libremente; los hechos tienen una condición distinta, la extensión es otra y la actualidad impone sus urgencias.
Pero permanece la mirada. El articulista escoge algo entre miles de cosas que suceden, se detiene, distingue y nombra. La atención es una disciplina. Vivimos rodeados de imágenes, mensajes, consignas, titulares y declaraciones.
Miramos muchísimo y vemos poco. Las palabras se gastan, una expresión se repite hasta perder significado, un eufemismo puede ocultar y una exageración puede deformar. Nombrar bien no es una cuestión ornamental, sino una forma de responsabilidad.
Eso explica que algunos artículos sobrevivan a la circunstancia que los originó. La noticia envejece, pero la mirada puede permanecer. Una escena callejera, una fotografía, una exposición, un desconocido o una ciudad proporcionan al articulista un fragmento del mundo sobre el que detenerse y establecer relaciones.
La mirada del articulista y la del novelista no son idénticas, porque los contratos de verdad son distintos, pero ambas parten de una atención a lo concreto.
La escritura desatada
Y llegamos a Cervantes, no porque ‘El verano de Cervantes’ (2025) sea el último libro y haya que actualizar con él un recorrido cronológico. Precisamente, quiero evitar eso. Cervantes estaba antes, mucho antes. Lo que ‘El verano de Cervantes’ permite contemplar es otra cosa: un escritor experimentado que regresa a un libro que lleva toda la vida leyendo.

¿Qué ocurre cuando volvemos a un clásico después de décadas? El volumen material puede ser el mismo, pero nosotros no. Aunque quizá decirlo así sea demasiado sencillo, porque un libro existe plenamente cuando alguien lo lee y cada lectura sucede en un tiempo diferente.
Hay libros que leemos demasiado pronto. Entendemos unas cosas y otras no. Después vivimos y volvemos, y la experiencia ha cambiado nuestra lectura. Por eso El verano de Cervantes es también, entre otras muchas cosas, una autobiografía de lector.
Cervantes ofrece además una expresión extraordinaria: la escritura desatada. José-Carlos Mainer la recuperó para titular un libro suyo: ‘La escritura desatada. El mundo de las novelas’ (2000). Me parece especialmente fértil para pensar a Muñoz Molina.
La novela es impura, afortunadamente. Puede incorporar historia, memoria, documento, autobiografía, diálogo, descripción, reflexión, testimonio e imaginación. Puede ser trágica y cómica, lírica y narrativa, cambiar de voz y de perspectiva y aspirar a contener el mundo, aunque sepamos que nunca podrá hacerlo enteramente.
‘Sefarad’ es quizá uno de los ejemplos más evidentes, pero esa aspiración está también en novelas mucho más breves. La totalidad literaria no se mide al peso. Pueden abrir un mundo sin necesitar centenares de páginas.
Una frase puede contener veinte años, un objeto puede abrir una biografía y una ausencia puede organizar una existencia. He empleado alguna vez la expresión “totalidad siempre fragmentada” y me sigue pareciendo adecuada.
La novela aspira a reconstruir el mundo sabiendo que solo dispone de fragmentos, como Robinson, como el historiador, como cualquiera que recuerda. La diferencia está en lo que cada uno puede hacer legítimamente con esos restos.
Volver a leer
Y aquí regreso al principio, a mi padre y a aquel “debes leerlo”. Con los años, esa recomendación ha adquirido un significado que entonces no podía tener. Mi padre murió y los libros permanecieron, pero tampoco permanecieron exactamente iguales. Llevan adheridas nuestras lecturas anteriores.
Por eso he defendido tantas veces la relectura. En 2009, escribí algo así como… releer para escribir y reescribir. Pensaba en el trabajo crítico, pero quizá la fórmula iba más lejos de lo que yo mismo suponía.
Releemos también nuestra vida y la reescribimos. Cada vez que contamos un episodio antiguo lo hacemos desde un presente distinto. Incorporamos lo que después supimos y modificamos las proporciones. Algo que parecía decisivo se vuelve pequeño o un detalle olvidado adquiere importancia. Una segunda lectura no es necesariamente mejor que la primera: es otra, porque el lector es otro.
La música proporciona una comparación que me ha servido en alguna ocasión. Una partitura permanece y cada interpretación vuelve a ejecutarla. No quiero forzar la metáfora: el texto literario está ahí y no puede manipularse arbitrariamente.
Pero necesita un lector y cada lectura activa relaciones distintas. Releer no es repetir, sino ejecutar de nuevo. Eso es también, en cierto modo, lo que hace Muñoz Molina con Cervantes. Como antes señalaba, ‘El verano de Cervantes’ no inaugura su relación con el Quijote: registra una convivencia prolongada.
Ciertos libros nos acompañan tanto tiempo que terminan convirtiéndose en marcadores biográficos. Los leímos antes de que murieran nuestros padres, antes de conocer ciertas ciudades, antes de escribir nuestros propios libros. Después regresamos y la página es la misma, pero nosotros llevamos encima todo lo ocurrido.
Tras tantos años leyendo, releyendo y escribiendo sobre Antonio Muñoz Molina, podría parecer que mi relación con sus libros es principalmente profesional. He escrito sobre su obra, he analizado voces narrativas, estructuras, personajes y relaciones entre historia y ficción. Pero todo eso viene después.
Antes, están leer y el placer del conocimiento y, después, debería seguir el placer. Si tras escribir centenares de páginas sobre un autor ya no tuviéramos ganas de abrir sus libros, habría algo extraño en nuestro trabajo.
Yo continúo regresando, no necesariamente para comprobar una hipótesis, preparar una conferencia o escribir. Regreso porque los libros que merecen ser releídos conservan algo que no conseguimos agotar y también porque yo no soy ya quien los leyó.
A veces, encuentro una frase que subrayé hace veinte años y no comprendo del todo mi entusiasmo; otras, descubro una que entonces dejé pasar y que ahora me parece fundamental. ¿Dónde estaba? Allí. Era yo quien no podía verla. Tal vez esa sea una definición posible de la lectura prolongada: descubrir que el libro permanecía mientras nosotros cambiábamos.
Por eso tampoco quiero ordenar ahora la obra de Muñoz Molina como una sucesión cerrada de títulos. ‘Beatus ille’ no termina cuando empieza ‘El invierno en Lisboa’. ‘El jinete polaco’ reaparece de otra manera en libros posteriores. Robinson atraviesa décadas. Mágina se marcha y vuelve.
La Guerra Civil cambia de forma. Los padres envejecen y mueren. Los muchachos que querían escapar se convierten en adultos que regresan. Cervantes, que estaba antes, reaparece al final y vuelve a estar al principio. Una obra extensa no es una línea, sino una red. Y una lectura que dura décadas tampoco es lineal: volvemos, corregimos, recordamos bien y mal, descubrimos y olvidamos.
Hace muchos años, mi padre me dijo: “Debes leerlo”. Lo hice. Él, mi padre, ya no está, y yo –qué quieren– tampoco estoy, tampoco soy exactamente aquel que lo escuchó. Quedan los libros. Los abrimos de nuevo y comprobamos que tampoco ellos son enteramente los mismos, porque ahora contienen todas las lecturas, las marcas que hemos ido depositando sobre sus páginas.
Tal vez esa sea, después de todo, mi respuesta más sencilla: leer, volver a leer y comprobar qué ha hecho el tiempo con el libro y qué ha hecho el libro con nosotros.
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