#MAKMALibros
‘Ver fútbol, sentir el fútbol’, de José Luis Ibáñez Salas
Prólogo de Emilio Gavilanes
Marcial Pons, 2026
El fútbol es la cosa más importante de las cosas sin importancia. La fórmula se la disputan Arrigo Sacchi, Juan Pablo II y el antropólogo Christian Bromberger, que lo llamó “la bagatelle la plus sérieuse du monde”. Da igual quién la acuñara. Es precisa, y José Luis Ibáñez Salas la hace suya en ‘Ver fútbol, sentir el fútbol‘, un libro exactamente pasional, escrito por un historiador que en algún momento decide dejar de serlo para hablar como aficionado.
Quien firma estas líneas no suele ver fútbol. Lo lee: a Jorge Valdano, a Manuel Vázquez Montalbán, a Javier Marías y, hace bien poco, los artículos, tan finos, que Paco Cerdà publicó en El País con motivo del último Mundial.
Leo, pues, este libro desde fuera de la grada. El lector debe saber, además, que José Luis es amigo mío y que en sus páginas finales cita un relato que escribí. No pretendo ser imparcial. Pero espero ser justo.
Dos verbos y una dedicatoria
El título ya es una declaración de principios. Ver y sentir no son lo mismo, y el libro se mueve entre ambos verbos como entre dos áreas. Ver es la tarea del espectador que analiza, del que distingue una presión alta de un repliegue, del que sabe por qué un equipo pierde el centro del campo.
Sentir es otra cosa: es algo más que un cosquilleo, es el estómago encogido, es la superstición del hincha, es la camiseta que no se lava mientras dure la racha. Dante Panzeri, el viejo sabio argentino que Ibáñez Salas cita a menudo, repartía el juicio del fútbol entre quienes van a ver jugar y quienes van a ver ganar. El autor pertenece a los dos bandos sin disimularlo.
La dedicatoria que abre el volumen lo anticipa: “Le falta fútbol a la vida que vives, sobra realidad”. Es una línea que vale casi como programa: lo que escasea en la vida es el juego, y lo que sobra es realidad. Y el primer capítulo, que se titula con provocación ‘Odiar el fútbol’, arranca con una pregunta dirigida al lector que no juega: dónde empezó a odiarlo. No se trata de una interpelación agresiva. Es, por el contrario, una invitación a reconocer que la indiferencia también tiene historia, que también se aprende.
Yo, que nunca he odiado el fútbol pero tampoco lo he amado, me he sentido aludido. Entre el odio y la pasión hay un territorio amplio, el de la curiosidad, y desde ahí se puede leer este libro con mucho provecho.
Ibáñez Salas tiene, además, el buen gusto de reírse de sí mismo desde la primera página. Cierra esa introducción con una frase del periodista Enrique Ballester, que confesaba quejarse de la cantidad de libros de fútbol que se publican para acabar escribiendo otro. El autor se apropia de la broma. Es una manera elegante de desactivar al lector escéptico antes de que este abra la boca.
El historiador en la grada
Ibáñez Salas es historiador, y el libro lo demuestra en su capítulo más extenso, una “historia brevísima” que no es tan breve. Allí están el folk football y la soule, aquellos juegos multitudinarios y brutales que los reyes ingleses prohibían una y otra vez; los cercamientos que privatizaron los campos comunales y, con ellos, los juegos campesinos; las public schools y la reforma de Thomas Arnold; las reglas de Cambridge de 1848; la Freemason’s Tavern en 1863; la aceptación del profesionalismo en 1885.
Y está, con un detenimiento que se agradece, la historia del fútbol femenino: las obreras de las fábricas de municiones durante la Gran Guerra, los 53 mil espectadores de Goodison Park en 1920 y la prohibición de la Federación inglesa al año siguiente, que no se levantaría hasta medio siglo después.
El autor maneja bien a sus guías –Teresa González Aja, Mickaël Correia, Juan Antonio Simón, Martí Perarnau, Alejandro Quiroga– y no oculta cuándo discrepa de ellos.

Pero hay un momento del libro en que Ibáñez Salas suspende deliberadamente su oficio. “Ahora no soy un historiador”, advierte, y se presenta como un ciudadano con una pasión controlada, de esas que nos permiten abandonar temporalmente la razón sin hacer daño a nadie.
Esa tensión es la clave de la obra.
Al comienzo del capítulo histórico, el autor recoge una oposición que funciona como su propio retrato: el historiador frente al aficionado, la historia frente a la memoria. Ibáñez Salas es las dos cosas a la vez, y su volumen va y viene entre ambas. De un lado, la cronología, las fuentes y los matices. Del otro, el barrio de Legazpi y La Chopera, los partidos en La Pradera junto al Calderón, las porterías de abrigos, el “el que mete el último gana”, Pirri, Gárate y Santillana.
Del fútbol del populacho al balompié
Como historiador, lo que más he apreciado es la paciencia con que Ibáñez Salas desmonta las genealogías fabulosas. El kemari japonés, el cuju chino, el juego de pelota mesoamericano, el harpastum de las legiones.
Casi todos los pueblos han reclamado la paternidad del fútbol, normalmente a partir de un parecido superficial. Lo único que une esos juegos al moderno, concluye el autor con Teresa González Aja, es la pelota.
El caso del calcio florentino es elocuente: volvió a jugarse en la Piazza della Signoria en 1930 porque a Mussolini le venía bien sumar el invento del fútbol a las glorias de su régimen. Más sugerente es la pervivencia de Ashbourne, donde desde al menos 1683 se disputa en carnaval un partido de dos días entre los nacidos a uno y otro lado del río Henmore. Es el folk football convertido en fósil viviente.
El libro sigue después analizando la transformación social del juego. Primero, el dribbling game de los gentlemen, individualista e impetuoso, en el que pasar el balón se tenía casi por cobardía y en el que, de hecho, uno atacaba y los demás miraban.
Después, el juego de pases que impulsaron los escoceses del Queen’s Park y que los obreros del norte inglés hicieron suyo. Correia lee el pase como un acto de altruismo nacido de la solidaridad fabril. Por su parte, Ibáñez Salas recoge la lectura sin hacerla del todo propia.
El hito simbólico llega en 1883, cuando el Blackburn Olympic, un club de trabajadores de Lancashire, derrota al Old Etonians en la final de la FA Cup.
Hobsbawm hablaría luego de la religión laica del proletariado británico, con su iglesia, su templo y sus feligreses. El autor no ahorra la crudeza de aquel fútbol: en 1890 murieron veintiséis jugadores en Inglaterra, antes de que las áreas y el penalti pusieran límites a la carnicería.
Para un lector valenciano hay un dato sorprendente. La primera vez que la palabra foot-ball apareció impresa en España fue en 1868, en la revista valenciana El Panorama.
Luego vendrían la crónica del Eco Republicano de Compostela, que en 1873 se asombraba de unos ingleses que se divertían dando patadas a una pelota; los ingleses de las minas de Huelva y su Recreation Club de 1889; los estudiantes vascos que volvían de Cambridge; el balompié que propuso Mariano de Cavia en 1908; la petición a la Academia en 1916.
La grafía castellana acabó de imponerse cuando una ley franquista de 1940 desterró los nombres extranjeros y obligó a los Athletic a llamarse Atlético. La historia del fútbol es también una historia de las palabras. Y de los contratos: las trescientas pesetas mensuales que Manuel Amechazurra arrancó a Joan Gamper, o el Reglamento del Profesionalismo de 1926, con un derecho de retención que ató a los futbolistas a sus clubes hasta bien entrados los años setenta.
Las futbolistas que la Federación quiso borrar
Uno de los hilos mejor trenzados del libro es el del fútbol jugado por mujeres, al que el autor dedica una extensión infrecuente en ensayos de este tipo. El primer partido documentado entre mujeres se disputa en Edimburgo en 1881. La prensa comenta los atuendos, no el juego, y el segundo encuentro, en Glasgow, se suspende cuando el público invade el campo para perseguir a las jugadoras.
En 1894, una feminista que firma con seudónimo, Nettie Honeyball, funda con Florence Dixie el British Ladies’ Football Club para demostrar que las mujeres no son las criaturas ornamentales e inútiles que los hombres creen. El British Medical Journal advertía por entonces de los daños que el balón causaría a los órganos reproductores.
La Gran Guerra lo cambia todo.
Las obreras de las fábricas de municiones sustituyen a los hombres en las cadenas y también en los campos. Nace en Preston el Dick, Kerr’s Ladies, con Lily Parr, que debutó a los catorce años y marcaría cerca de mil goles. El 26 de diciembre de 1920, 53 mil personas las ven jugar en Goodison Park. Un año después, la Federación inglesa les cierra los estadios con el argumento de que el fútbol no es adecuado para mujeres.
Ibáñez Salas no se deja engañar: detrás de los informes médicos estaba el miedo a una competencia comercial incómoda, y detrás de ese miedo, como dice Correia, el deseo de restaurar el orden patriarcal a través del orden futbolístico.
El autor sigue el hilo hasta el presente: los torneos al margen de toda autoridad oficial que organizaron empresarios italianos, como aquella Copa del Mundo de 1970 patrocinada por una marca de vermú; el Azteca lleno en 1971; la retractación de la Federación inglesa ese mismo año y su disculpa formal en 2008; el primer Mundial oficial, en China en 1991; los 91 mil espectadores del Camp Nou en 2022. Y lo remata con una confesión honesta: no se siente todavía capaz de opinar sobre jugadoras, salvo para decir que la mejor que ha visto es Aitana Bonmatí.
La furia y el fracaso
El historiador reaparece cuando Ibáñez Salas aborda las identidades, de la mano de Alejandro Quiroga y su ‘Goles y banderas’. Ningún otro deporte, sostiene Quiroga, ha contribuido tanto a consolidar identidades y narrativas nacionales.
En el caso español, esa narrativa fue doble: la furia y el fracaso. Todo empezó en Amberes, el 1 de septiembre de 1920, con el célebre grito de Belauste a Sabino pidiendo el balón para arrollar a la defensa sueca. García Candau añade el dato irónico: aquella furia española nació con un once de nueve vascos y dos catalanes.
El mito lo inventaron observadores extranjeros, lo adoptaron los españoles, lo administró el franquismo junto al “Spain is different” y lo arrinconó la modernización democrática, hasta que la Eurocopa de 2008 lo volvió obsoleto de una vez.
Lo interesante es que el libro no se limita a analizar esa narrativa: también la vive. Ibáñez Salas reproduce las notas que escribió durante el Mundial de Sudáfrica, en el verano de 2010. En ellas celebra a una selección llena de vascos, andaluces, madrileños y catalanes como la auténtica vertebración de una sociedad a la que se siente orgulloso de pertenecer.
Ahí se cruzan en la misma página el historiador que estudia cómo se fabrican las identidades y el aficionado que participa de una de ellas. Es un documento valioso precisamente por ello, y el autor tiene la honradez de no esconderlo.
Una historia cultural del fútbol
Conviene detenerse aquí, porque el libro de Ibáñez Salas se inscribe, quiéralo o no, en una tradición historiográfica que tiene ya varias décadas.
Durante mucho tiempo, el deporte fue para los historiadores un asunto menor, una curiosidad de cronistas o de eruditos locales. Eduardo Galeano lo denunció con su habitual vehemencia: los libros de historia del siglo XX apenas mencionan el fútbol, que ha sido decisivo para la gente de carne y hueso.
Esa ausencia empezó a corregirse cuando la disciplina dejó de mirar solo los gabinetes, los parlamentos y las fábricas, y quiso entender también los ocios, las fiestas y las pasiones. Es decir, cuando la historia social se hizo historia cultural.
El punto de partida es, otra vez, Huizinga. ‘Homo ludens’, de 1938, sostenía que la cultura surge en forma de juego, y a la vez lamentaba que el deporte moderno hubiera perdido su sentido lúdico al profesionalizarse.
Ibáñez Salas lo cita al comienzo, y no es casual: toda la tensión entre juego y espectáculo que recorre su libro está ya en Huizinga. Pero la gran aportación vino después, con la sociología histórica.
Norbert Elias y Eric Dunning, en ‘Deporte y ocio en el proceso de la civilización’, analizaron el deporte moderno como una pieza del largo proceso por el que las sociedades europeas fueron domesticando la violencia.
El folk football medieval, con sus muertos y sus molinos quemados, y el fútbol reglamentado de 1863 serían dos estadios de esa misma historia: la del autocontrol creciente de los cuerpos y las emociones.
El deporte, según ellos, permite un descontrol controlado de las emociones, una excitación agradable en sociedades que han reprimido casi todas las demás. A esa lectura se sumaron otras. Eric Hobsbawm incluyó el deporte de masas entre las tradiciones inventadas de finales del XIX, junto a los himnos y las fiestas nacionales.
¿A qué me refiero? A rituales nuevos que se presentaban como antiguos y que daban cohesión a sociedades transformadas por la industria. Pierre Bourdieu se preguntó cómo se puede ser deportista y leyó las prácticas deportivas como un campo de distinción social: no se juega igual al rugby, al tenis o al fútbol, ni se juega igual siendo hijo de un notario o de un minero.
Ambas ideas atraviesan el capítulo histórico de Ibáñez Salas: el fútbol de los gentlemen que se convierte en religión laica del proletariado, las élites anglófilas que lo adoptan como signo de modernidad, la furia española como narrativa nacional fabricada y reciclada.
La historia cultural añadió algo más: la atención al sentido. Clifford Geertz, en su célebre ensayo sobre la riña de gallos en Bali, mostró que un juego puede interpretarse como un teatro, puede leerse como un texto, como un relato que una sociedad se cuenta sobre sí misma.
Christian Bromberger aplicó esa mirada al fútbol en su etnología de las hinchadas de Marsella, Nápoles y Turín, donde el partido aparece como una dramatización de la existencia, con su mérito, su azar y su injusticia. No es raro que Bromberger sea uno de los autores más citados en ‘Ver fútbol, sentir el fútbol’.
El historiador navarro Francisco Javier Caspistegui, a quien Ibáñez Salas recoge, lo formula con precisión: en la trama de significaciones que los seres humanos tejemos para dar sentido a nuestro mundo, también el fútbol juega su papel, y buscar sus significados ayuda a conocer mejor la sociedad en la que se inserta.
De ahí salió una bibliografía ya abundante. En el ámbito británico, los trabajos de Tony Mason sobre el fútbol y la sociedad inglesa victoriana, o de Richard Holt sobre el deporte y los británicos. En Francia, Alfred Wahl.
En España, el estudio de Ángel Bahamonde sobre el Real Madrid en la historia de España, y una generación más reciente que Ibáñez Salas maneja con soltura (a quienes lamento no haber leído): Juan Antonio Simón, Alejandro Quiroga, Teresa González Aja, David Mota Zurdo. Todos ellos comparten una convicción: el fútbol no es un reflejo pasivo de la sociedad, sino un lugar donde esa sociedad se produce, se representa y se discute.
¿Qué lugar ocupa este libro en esa tradición? No es una monografía académica, ni pretende serlo. Es otra cosa, y para el historiador cultural quizá más interesante: es a la vez un estudio y un documento.
Ibáñez Salas resume con solvencia lo que la historiografía ha establecido, pero su libro es también una fuente para la historia de una sensibilidad. Registra un cambio cultural que él mismo encarna: el paso del desdén intelectual hacia el fútbol, el de Borges o el de Sebreli, a su plena legitimidad literaria. Dentro de unas décadas, quien quiera saber cómo sentían el fútbol los lectores cultos españoles de principios del siglo XXI, cómo lo citaban, cómo lo justificaban y cómo lo amaban, tendrá en este libro un testimonio de primera mano.
Un libro de libros
La forma del volumen merece un comentario aparte. ‘Ver fútbol, sentir el fútbol’ es un libro de libros, una silva de varia lección. Su autor lee en compañía y deja hablar a los demás: Jorge Valdano por encima de todos, con su columna ‘El juego infinito’; Juan Villoro, Eduardo Galeano, Manuel Vázquez Montalbán, Javier Marías, Simon Critchley, Simon Kuper, Dante Panzeri, Rafa Cabeleira, Manuel Jabois, Galder Reguera.
Emilio Gavilanes lo describe bien en el prólogo: pequeña enciclopedia, sí, pero también recuerdos, expansiones líricas, confesiones diarísticas y críticas de libros.
Esa polifonía tiene su riesgo. A veces el coro tapa al solista, y el lector echa en falta la voz propia del autor entre tanta cita. Pero cuando Ibáñez Salas se deja oír, el libro sube de temperatura.
Ocurre en el poema en prosa dedicado a Messi, en las notas fechadas durante el Mundial de 2010 o en la réplica a Juan José Sebreli, el pensador argentino para quien defender el fútbol es populismo de cátedra. Ibáñez Salas le contesta con ironía y promete escribir algún día un libro titulado ‘Develando lo que Sebreli creía saber sobre el fútbol’. Ojalá lo cumpla.
Hay además un rasgo que dice mucho de la honestidad de la obra: el prologuista le lleva la contraria. Villoro sostiene, y el autor lo recoge, que no hay grandes novelas de fútbol. Gavilanes no está de acuerdo y reivindica ‘Los once y uno’, de Gonzalo Suárez. Un libro que admite la discrepancia en su propio umbral es un libro vivo.
El prólogo merece por sí solo la lectura. Gavilanes evoca los partidos de barrio que duraban hasta que se iba el sol y ya solo se oía botar la pelota.
Cuenta también una escena de las memorias de Helenio Herrera: de niño, en Casablanca, cuando se enfadaba con su mejor amigo, este botaba el balón bajo su ventana y los dos se pasaban la tarde jugando sin mirarse ni hablarse, hasta reconciliarse sin una palabra.
Y recomienda la carta en que Osvaldo Soriano contó a Galeano su visita, junto al viejo delantero José Sanfilippo, a un hipermercado levantado sobre el antiguo campo de San Lorenzo: el jugador reconstruía su gol más rápido entre estanterías de pilas, arroz y sartenes. Es un buen pórtico para un libro que se mueve entre la memoria y el desengaño.
Tampoco son decorativos los epígrafes y sus rótulos. Cada capítulo se abre con uno, de Gramsci a Dylan Thomas, de Philip Kerr a Carlos Drummond de Andrade. Casi todos anuncian el tono de las páginas que encabezan.
Agonismo, no guerra
¿Qué es, entonces, el fútbol para Ibáñez Salas? No es ajedrez, insiste con Valdano. Es juego en el sentido de Huizinga: una actividad seria que se practica sin perder el carácter lúdico y que da, mientras dura, la conciencia de ser de otro modo.
Gavilanes va más lejos en el prólogo: jugando un partido, uno es realmente otro. Es también, con Critchley, el aprendizaje de la derrota. Y es, con Bromberger, una representación del incierto destino de los hombres en el mundo contemporáneo, donde el mérito convive con el azar y la justicia con la arbitrariedad.
Modestamente, yo lo he llamado agonismo. No la guerra sin reglas, sino su representación arbitrada: un modo refinado de escenificar el conflicto para sublimar sus efectos más dañinos. En el césped hay una ordalía individual, cada jugador midiéndose con su propio cuerpo; en la grada, unos espectadores que viven esa prueba por persona interpuesta.
El libro de Ibáñez Salas confirma esa intuición desde dentro, desde quien ha estado en ambos lugares. Y no esquiva lo que la contradice: la violencia de los ultras, el racismo en los estadios, la corrupción de la FIFA.
Jugar: once soledades
El capítulo ‘Jugar al fútbol’ es el más lírico del libro. Arranca con Villoro, para quien un buen equipo está hecho de la misteriosa energía que reúne a once soledades, y para quien el jugador, durante buena parte del partido, no es más que la posibilidad de un futbolista.
Ibáñez Salas lo corrige con gracia: el fútbol no ocurre solo donde está la pelota, ocurre donde está el fútbol. Luego viene el diálogo con Dante Panzeri y su ‘Fútbol, dinámica de lo impensado’, de 1967, la defensa del imprevisto frente a la pizarra.
El autor lo admira y lo discute: le parece un libro detenido en su tiempo, empeñado en analizar algo que seguramente existió y ya no existe. La pizarra recibe, en cambio, su mejor sátira en la anécdota de Garrincha, que tras escuchar las instrucciones del entrenador preguntó si ya se había puesto de acuerdo con los rivales para que les dejaran hacer todo aquello.
En estas páginas aparecen también Simon Critchley, que llamó al fútbol el ballet de la clase trabajadora y vio en su forma asociativa una especie de socialismo, en contradicción con el capitalismo desbocado de su contenido…
Y Albert Camus, portero en Argel, que aseguraba haber aprendido la poca moral que sabía en los campos de fútbol y en los escenarios de teatro. Y aparece, sobre todo, una historia que el lector no olvidará: la de Nikolái Stárostin, estrella del Spartak de Moscú condenado al gulag por alabar deportes burgueses.
Los jefes de los campos le pedían que entrenara a sus equipos, y hasta los peores delincuentes callaban cuando contaba sus partidos. El fútbol, decía, era para muchos la última oportunidad de conservar en el alma una pequeña reserva de simpatía hacia los demás. Kuper añade el contrapeso necesario: el fútbol ayuda a entender las sociedades reprimidas, pero rara vez las cambia.
Y entre cita y cita, el propio autor: el sudor de las tardes en el barrio, las zapatillas doloridas, el “te toca de portero”, los amigos que ya no están y a los que vuelve a inventar en sus cuentos como eternos jugadores de un partido eterno. Son las páginas en las que el libro deja de explicar el fútbol y empieza a contarlo.
Ver: un hincha siempre tiene 7 años
Si jugar es la infancia, ver fútbol es su prolongación. Ibáñez Salas recoge el origen de la palabra hincha. Prudencio Miguel Reyes, el talabartero que inflaba los balones del Nacional de Montevideo y gritaba desaforadamente desde la tribuna.
Recoge también la narración radiofónica de Víctor Hugo Morales del segundo gol de Maradona a Inglaterra en 1986, aquel barrilete cósmico, y la frase de Valdano que mejor resume el capítulo: un hincha siempre tiene siete años. El autor se pregunta si exagera. Yo creo que no.
Pero el capítulo no es complaciente. Recoge la observación de Jean-Claude Trotel según la cual la identidad del aficionado se construye tanto apoyando al propio equipo como despreciando al adversario, convertido en el enemigo común que forja el nosotros.
Y repasa la discusión eterna de los hinchas sobre el mejor jugador de la historia: el podio de García Candau con Di Stéfano, Pelé y Maradona; la admiración casi religiosa de Sergi Pàmies por Cruyff; la sentencia de Helenio Herrera, para quien Pelé era el primer violín, pero Di Stéfano era la orquesta entera.
El autor, por cierto, no oculta su bando. Es del Madrid, “del Madriz”, como se decía en su barrio, quizá porque lo eran su tío Antonio y su padre, o quizá porque no pudo mirar a otro lado cuando supo que era el mejor equipo del mundo. Y en esas sigue.
El negocio y la mala hierba
El capítulo dedicado al futuro del fútbol es el más polémico y, para un lector como yo, el más interesante. Allí comparecen los críticos de la mercantilización: Ángel y María Cappa, para quienes el negocio nos ha robado el fútbol; Correia, que contrapone el fútbol dominante al que se juega desde abajo; Vázquez Montalbán, que lo veía convertido en droga de diseño y religión del capitalismo multinacional.
Ibáñez Salas los escucha con atención y no les da toda la razón. Su argumento es sencillo: el fútbol es un arte, y como casi todo arte es objeto del negocio humano. Si debe serlo es otra cuestión. Se queda con Valdano, para quien el fútbol tiene la resistencia de una mala hierba, y con Galeano, que recordaba que el espejo no tiene la culpa de la cara.
Escribir para volver
El último capítulo trata de quienes escriben sobre fútbol y del largo desdén intelectual hacia él, con Jorge Luis Borges como figura emblemática. Pero el sentido del libro está en una confesión que llega casi al final.

Ibáñez Salas dice haberlo escrito para recuperar la infancia, la que vivió y la que sueña. Marías definió el fútbol como la recuperación semanal de la infancia. Villoro añadió que el fútbol mejora la infancia que tuvimos, igual que los sueños nos permiten ser otros.
Villoro sostiene que el fútbol llega ya narrado: contiene su propia épica, su tragedia y su comedia, y por eso hay mejores cuentos que novelas de fútbol. El libro lo ilustra con un repertorio generoso. Está Alejandro Zambra y su ‘Introducción a la tristeza futbolística’, cuyo narrador confiesa haber fingido durante dos años que no le gustaba el fútbol y atribuye su vocación de escritor a un locutor de radio antes que a Proust o a Vallejo.
Está Marta San Miguel, que en ‘Una forma de permanencia’ escribe sobre el Racing de Santander y ve en el fútbol un ensayo de la realidad, como ver el rayo y esperar el trueno. Está el teatro: la antología ‘La mano de Dios: fútbol y teatro’, preparada por Guillermo Heras; ‘Patadas’, de Antonio Álamo, con su portero que vigila un balón invisible; el ‘Fair play’ de Antonio Rojano, que presta un epígrafe al libro. Correia apunta que un partido respeta las tres unidades del teatro clásico: lugar, tiempo y acción.
Y está, en compañía tan ilustre, un relato mío, ‘Fútbol agónico’, escrito para el volumen solidario ‘La pelota sí se mancha‘. No me corresponde juzgarlo, pero sí agradecer la compañía. Un profesor perora sin saber gran cosa de fútbol…
El volumen se cierra con un cuento del propio Gavilanes, ‘La educación sentimental por el fútbol’. Un niño le pregunta a su padre por qué son de un equipo que lo gana todo, si lo romántico es estar con los que pierden.
El padre, abogado que acaba de perder su empleo, poeta sin editor, marido a punto de ser dejado, le responde que no se fíe de los perdedores. Y luego, por complacer al hijo, renuncia a la única victoria que le quedaba.
Es un final perfecto para un libro que habla de ganar y perder, de jugar bien y de ganar, y que sabe que en el fútbol, como en la vida, ambas cosas rara vez coinciden. Tras él solo queda un breve epílogo que toma prestado el título de las memorias de Di Stéfano: ‘Gracias, vieja’.
Punto y aparte.
Hace años, en unas jornadas que codirigí con Salvador Albiñana en el Colegio Mayor Rector Peset, planteábamos una disyuntiva: ‘El fútbol o la vida‘.
Ibáñez Salas la resuelve de otro modo. Para él, el fútbol es la forma que tiene la infancia de seguir viva en la edad adulta. Su libro no me ha convertido en hincha; tampoco lo pretende.
Pero me ha hecho entender mejor a quienes lo son, y eso es exactamente lo que cabe pedirle a la buena historia cultural. Quizá me ocurra algún día lo que al profesor que peroraba en aquel relato mío, que acaba gritando en una conferencia sin saber del todo por qué. Por si acaso, ya sé qué libro tener a mano.
- El fútbol. La recuperación cultural de la inocencia - 5 noviembre, 2026
- Antonio Muñoz Molina. Memoria y deseo, otra vez - 26 septiembre, 2026
- Cultura histórica. De qué nos sirve - 12 agosto, 2026


