Pieter Bruege. Cultura histórica. La cultura como necesidad

#MAKMALibros
Cultura histórica. De qué nos sirve
MAKMA ISSUE #09 | ‘La cultura como necesidad’
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2026

El pasado no está en el silencio funerario del museo, archivo o biblioteca, allí donde se albergan óleos, esculturas, legajos, libros, manuscritos o impresos. Los restos del pasado yacen en esos depósitos, pero también están fuera: en un presente de ruido y furia.

La historia no es vía de escape, sino disciplina que impone reglas a quienes practican un oficio que sirve para iluminar el presente y su antesala. El historiador no traslada huesos de un cementerio a otro. Tampoco colecciona ruinas. Es alguien que ordena el caos de los hechos ocurridos: también de los emprendidos pero no consumados. Es alguien que jerarquiza vestigios, examinando los datos con el sentido y contexto originarios.

El mundo no es transparente. Es un repertorio de sedimentos entreverados. Investigamos el pasado no por curiosidad ornamental, sino por necesidad: de lo contrario, aquello que ahora ocurre resulta incomprensible.

Las ciudades, los conflictos, las palabras y hasta las emociones más íntimas dejan vestigios, cicatrices visibles cuya genealogía los historiadores rastreamos. Por ello, la historia funciona como un peritaje: muestra y demuestra que nada surge de la nada y que toda forma es el resultado de capas sucesivas, de esos sedimentos: una suma de acciones, decisiones, acontecimientos imprevistos y anhelos consumados o fracasados.

Caminar por una calle permite, para quien tenga cultura histórica, leer algo así como un palimpsesto. Las ciudades se edifican, se reedifican, en parte se destruyen y se rehabilitan. Se reescribe sobre ellas.

¿Un palimpsesto? Sí, como la superficie de un pergamino que una y otra vez se caligrafía partiendo de la escritura raspada o en blanco en la que quedan restos de trazos anteriores. Reaparece lo desaparecido o invisible.

El pasado no es un territorio clausurado, sino un presente continuo, un proceso en acto. Lo actual es aquello que se ha realizado, pero lo realizado sigue operando. Las legiones romanas, la guillotina revolucionaria, un óleo o una guerra civil no son datos inertes: sobreviven en nuestras leyes, en nuestros prejuicios y en nuestras formas de sentir.

Portada de MAKMA ISSUE #09 | ‘La cultura como necesidad’, realizada por el diseñador José Antonio Campoy.

Por decirlo con Quevedo: estamos obligados a vivir en conversación con los difuntos y a escuchar a los muertos con los ojos, porque aquellos nunca acaban de abandonarnos.

La historia nos abre el ángulo de visión, ampliando lo contemporáneo. Nos saca de la cárcel de lo inmediato, permitiéndonos habitar un tiempo que tiene pliegues. Lo presente es algo más que una mera superficie plana.

Tener cultura histórica facilita, también, un ejercicio de autoexamen: sirve para averiguar qué nos separa de nuestros antepasados o por qué no somos mera réplica. Sin esa perspectiva, el presente carece de profundidad. Con ella se convierte en un ecosistema de ideas, objetos, etcétera, que dialogan entre sí.

En este punto entra en juego la memoria, frágil y maleable. La memoria individual y la colectiva suelen ser una mezcla de mitos y silencios que pueden moldearse con la emoción, la herida, el placer, el olvido.

El historiador no está para recordar o para cultivar la nostalgia, sino para fijar temporalmente lo que ocurrió, asumiendo la provisionalidad. Su función es transformar el recuerdo en conocimiento contrastado, rescatando la verdad tentativa de los hechos. El buen historiador ejerce la crítica frente a la memoria y, por eso, resulta incómodo: examina lo que quizá preferiríamos olvidar.

Por ello, los balances históricos tienen caducidad: los acontecimientos siguen desplegando efectos y quienes los gozan o padecen son otros. Vivimos inmersos en procesos que aún no han concluido. La cultura histórica nos vale, entonces, para gestionar la colisión de temporalidades de nuestra experiencia cotidiana.

En una época dominada por la verosimilitud, el conocimiento histórico impone límites. Ante los relatos cerrados o las invenciones emocionales, los historiadores aplicamos método, contraste; y, antes que nada, el reconocimiento explícito de nuestra ignorancia inicial.

Los datos no son adorno: son el cimiento sobre el que levantar explicaciones e interpretaciones honestas. Pero el historiador no está solo. “Ningún hombre es una isla”, podemos repetir con John Donne. Cada resto cultural es una vía de ingreso a una conversación, a una red de debates y versiones. Comprender la historia implica comprender a quienes la vivieron y la contaron. Somos herederos de una inteligencia acumulada.

De ahí la importancia de los vestigios materiales y la pericia en examinarlos. Un libro antiguo con anotaciones o tachaduras no es solo un texto. Es la prueba de que el pasado estuvo habitado por cuerpos que leían y conversaban. Pero el pasado no se activa solo. Necesita preguntas que nacen de las inquietudes del presente. Cada generación ilumina la historia de manera distinta. La historia nunca se repite, aunque los hechos tengan algunas equivalencias.

Frente a las narraciones monumentales, la cultura histórica es una forma de defensa civil. Es un saber público que permite entender lo pretérito como proceso, no esencia. Cuando un relato político presenta una identidad como esencia eterna, la historia pregunta por sus discontinuidades. Frente a la fantasía o la melancolía, un ciudadano con cultura histórica es menos proclive a mesianismos y soluciones milagrosas.

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En un mundo de consignas y extremismo, la historia introduce el matiz. Su función es ralentizar el juicio. Los actores del pasado son algo más que monstruos o santos. Villanos o no, son seres atrapados entre fuerzas complejas. Que el historiador nos haga explícita esa incomodidad es una forma de seguir aprendiendo.

La lección final es la de la contingencia. Las cosas pudieron ocurrir de otro modo. Reconocerlo nos libera del fatalismo. Si el mundo en parte fue consecuencia de decisiones humanas, también puede ser transformado por ellas. Hasta cierto punto.

En última instancia, escribir historia es un acto de confianza en la razón. No para rendir culto al pasado –esa fatalidad a la que estaríamos obligados, según denunciaba Nietzsche–, sino para entender cómo y por qué somos.

La historia es un rompecabezas al que siempre le faltan piezas, con partes inconexas. No solo buscamos saber qué pasó. Intentamos averiguar qué pasa ahora, cuando seguimos sin contar con todas las piezas.