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Entrevista al filósofo José Antonio Marina
MAKMA ISSUE #09 | ‘La cultura como necesidad’
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2026
La cultura, en tanto “conjunto de soluciones que una sociedad ha dado a los problemas sociales y que han adquirido la suficiente estabilidad como para ser transmitidos a la generación siguiente”, según la define José Antonio Marina en esta entrevista, puede dar lugar a lo mejor, pero también a lo peor, de la creación humana.
Es por ello que el filósofo, ensayista y pedagogo ha dedicado dos libros a reflejar esa dualidad. Así, en ‘Biografía de la humanidad’ (Ariel, 2018), coescrito junto al historiador Javier Rambaud, se centraba en explicar la historia de la evolución cultural a través del desarrollo del arte, la política, las instituciones sociales, la religión o la tecnología, mientras en ‘Biografía de la inhumanidad’ (Ariel, 2021) ponía el acento en su contrario: la exploración de los errores o crueldades de nuestra historia.
En su más reciente ensayo, ‘La vacuna contra la insensatez’ (Ariel, 2025), se pregunta cómo es posible que si somos seres tan inteligentes podamos caer, de nuevo, en tantas estupideces y atrocidades, para lo cual propone, precisamente, esa vacuna contra los virus mentales que corrompen nuestra inteligencia dificultando el desarrollo de esa otra cultura más humanitaria.
Y es que Marina, a pesar de los pesares, no ceja en su empeño –reflejado en diversas publicaciones– de fortalecer el pensamiento crítico con el fin de despejar, en la medida de lo posible, la tantas veces nublada reflexión sometida a los sesgos de confirmación que impiden cierto acceso a la verdad, una vez desactivados los tópicos que, al modo de trampas cognitivas, nos mantienen a resguardo de la más mínima duda.
En esta entrevista, va desbrozando el campo de la cultura, cada vez más minado por tanta insensatez, explicando las diversas formas de contaminación, así como sus posibles antídotos, siempre girando en torno a ese pensamiento crítico que nada tiene que ver con la crítica a cuanto nos incomoda mediante la utilización de lo que el propio Marina llama “razonamientos motivados”, es decir, siempre de parte o tribales.
¿Qué entiende usted por cultura?
Cultura es el conjunto de soluciones que una sociedad ha dado a los problemas sociales y que han adquirido la suficiente estabilidad como para ser transmitidos a la generación siguiente. Los contenidos de la cultura cinco estrellas (arte, música, literatura, etcétera) solo son una pequeña parte de la cultura en sentido amplio. Las costumbres, las creencias, la organización política, los modelos de familia, el modo de resolver conflictos, forman también parte de la cultura.

En este sentido, Daniel Innerarity –recogido por usted en su libro ‘La vacuna contra la insensatez’– insiste en esa necesidad de producir buenos ciudadanos en aras de una mejor democracia, cuando, contrariamente, el sistema político tan solo favorece la aparición de ciudadanos teledirigidos, emocionalmente fervorosos y con una capacidad crítica sedada. ¿Somos conscientes de ello o tendemos a pensar que ese ciudadano teledirigido siempre es el otro?
La falta de participación ciudadana en el poder y de pensamiento crítico, y el poder de la obediencia, han sido endémicos en la historia de la humanidad. Lo que diferencia este momento es que esos fenómenos se dan cuando los niveles culturales y democráticos son más altos que nunca.
Una de las razones es que hay instituciones beneficiosas que producen indirectamente credulidad y pasividad: me refiero a la democracia, el mercado y las redes sociales. La democracia se basa en la opinión del votante y los políticos tienden a movilizar a la ciudadanía con emociones y no con argumentos.
El mercado prefiere un comprador compulsivo que un comprador crítico. Y las redes sociales están consiguiendo un debilitamiento de la atención voluntaria. Me parece necesario desarrollar la inteligencia ciudadana, y eso supone, entre otras cosas, vacunar a los ciudadanos contra la insensatez.

Todas las instituciones culturales creadas por el hombre han sido pensadas para protegernos de las inclemencias propias de la vida. Sin embargo, estas mismas instituciones también pueden ser utilizadas para lo contrario. ¿La cultura es dual?
Muchas veces confundimos un objeto cultural con el uso que se hace de él. La pintura, la literatura o el cine pueden ser instrumentos de propaganda. Como siempre vamos a estar rodeados de gentes que querrán manipularnos para que hagamos lo que ellos quieren que hagamos, la mejor solución es trabajar para desarrollar el pensamiento crítico y el comportamiento ético.
¿Podríamos estar cayendo en lo contrario, es decir, en sentir cierta hostilidad contra esa cultura pensada para protegernos que, sin embargo, nos incomoda, favoreciendo un cierto regreso a condiciones de vida más primitivas, más cercanas a una supuesta naturaleza libre de injerencias humanas tóxicas?
La vuelta a la naturaleza es imposible porque no somos seres naturales, sino culturales. Lo que podríamos hacer es inventar culturas más inteligentes que permitieran modos de vida menos violentos, relaciones menos tóxicas.
Cada cultura, en tanto diferentes formas de concebir las relaciones humanas en colectividad, diríase caracterizada por lo que usted introduce como “razonamientos motivados” que no buscan la verdad, sino sostener la propia opinión para proteger nuestro yo o el pensamiento de la tribu. ¿Cómo se puede escapar de eso, cuando está en juego nuestra propia identidad configurada precisamente a través de esos razonamientos?
Los neurólogos nos han mostrado que las áreas del cerebro donde radica la propia identidad están muy próximas a aquellas donde se guardan creencias básicas que nos identifican, como son las religiosas y las políticas. Por eso, cuando alguien ataca estas ideas, con facilidad las tomamos como un ataque a nuestra identidad personal. La solución para que no suceda es aplicar la vacuna contra la insensatez.
En este mismo sentido, la cultura, asociada a esa idea del nacionalismo como identidad cultural propia e intransferible de cada nación, ya no se puede declinar en singular, sino en la pluralidad de tantas culturas como hombres diferentes las integran, ¿no?
En ‘La vacuna contra la insensatez’ he defendido que somos víctimas de una serie de chapuzas evolutivas, físicas o mentales, que nos hacen propensos a equivocaciones previsibles. Una de ellas es la necesidad de integrarnos en un grupo y de construir nuestra identidad a partir de él. Eso da lugar al pensamiento y a las emociones tribales, que se convirtieron más tarde en reinos y después en naciones. Eso ha producido un sentido de la lealtad que antepone las ideas que defienden al grupo, a las ideas justas o verdaderas.

La cultura que, asociada a la ley y al derecho, debería de ser un dique de contención al poder, ¿se ha convertido en aliada del poder? ¿Cada cultura, al igual que usted señala, cada grupo e incluso cada individuo poseen su propia verdad incomunicable que, a su vez, es emblema de su poder?
Uno de los temas centrales de la vida social es el poder: cómo conseguirlo, cómo mantenerlo, cómo ejercerlo y cómo defenderse de él. La evolución histórica se ha dirigido hacia una limitación del poder absoluto y una participación ciudadana en él. Sin embargo, este indudable progreso se ve alterado por grandes movimientos regresivos que vuelven a sistemas de poder tiránico.
El siglo XX lo demuestra con claridad. Por una parte, aumentó el número de países con constituciones democráticas, y, por otra, aparecieron grandes tiranías como las de Alemania, la Unión Soviética, China, Vietnam y varias repúblicas hispanoamericanas. Eso nos demuestra que pueden aparecer movimientos descivilizatorios, que suponen una vuelta a soluciones ya superadas, pero que vuelven a la vida.
Respecto a lo que dice de la verdad, uno de los virus mentales que se ha inoculado a nuestra sociedad es la idea de que no hay verdades universales, sino que cada cultura tiene su propia verdad. Esto es un disparate que ha desprestigiado a la filosofía.
Se ha extendido la idea de que todas las opiniones son respetables porque están protegidas por el derecho a la libertad de creencias y a la libertad de expresión. Pero estos derechos protegen a las personas que opinan, no al contenido de sus opiniones, que deben ser sometidas al sistema de verificación apropiado para los temas que traten: si son matemáticos, los criterios matemáticos; si son históricos, los históricos; si son éticos, los éticos.
La cultura es un compendio de emociones, que es como respondemos a los retos que nos plantea de manera inmediata la vida, y de razones, que es la ponderación de esas emociones; lo que usted denomina inteligencia generadora e inteligencia ejecutiva. ¿Está ahora esa cultura más inclinada del lado de las emociones?
No. Las sociedades se han movido siempre por emociones. Por eso, en ‘Biografía de la humanidad’ he intentado una psicohistoria, es decir, estudiar los movimientos sociales aplicando a ellos lo que sabemos de psicología. Emergen, entonces, las pasiones como grandes motores de la humanidad. Para bien y para mal.
¿Hay una determinada utilización de las redes sociales que favorece esa exaltación de la emocionalidad? Usted apunta que las redes exacerban el enfado y cita a Lauren de Sutter: “La furia es el fuego y las redes sociales, la leña”. ¿Hay que vacunarse contra el peligro que supone tamaña utilización?
Sin duda. Cuando aparecieron las redes, muchos pensamos que iban a ser un instrumento de democratización y de empoderamiento de sus usuarios. No ha sido así. Desde el punto de vista educativo, por ejemplo, tres sucesos aparentemente triviales que sucedieron en los años 2008 y 2009 han tenido efectos devastadores para nuestros jóvenes: los likes –inventados por Facebook–, el scroll infinito y la cámara frontal incorporada al móvil. Esto ha metido a mucha gente en una dependencia de la opinión de los demás verdaderamente peligrosa.
¿Donald Trump es, entre los líderes políticos, quien mejor ha sabido utilizar la leña de las redes sociales? ¿Es un genio de la manipulación, en el sentido por usted apuntado, de que sabe fomentar las pasiones colectivas dirigidas contra un enemigo?
Sí, es un genio de la manipulación porque sabe aprovechar todos los instrumentos que tiene a su alcance y los utiliza sin pudor. Conoce bien los trucos de la persuasión, maneja con soltura los sesgos cognitivos y conoce muy bien las debilidades emocionales de sus conciudadanos.
Ya durante su primer mandato utilizó los tuits para hacer política masiva. Si un granjero de Iowa recibe en su móvil un mensaje del presidente, da igual que sepa que eso lo ha hecho una máquina que lo ha transmitido a cuarenta millones de móviles. Lo único que piensa es que el presidente le ha escrito al suyo.
En este sentido, la inteligencia artificial nos gana, en tanto en cuanto está programada para operar de manera lógica, dejando de lado las emociones. Aunque hay quienes vaticinan que pronto dispondrá de sentimientos y capacidad de autogenerar ideas sin necesidad de intervención humana. ¿Ve plausible ese horizonte?
No podrá tener emociones, salvo codificadas como información, porque las emociones se basan en unas propiedades del ser vivo, como la necesidad de mantener la homeostasis, las sensaciones de dolor y placer, el cansancio, el miedo. Podemos enseñarle a que maneje los símbolos que designan esos sentimientos, pero no a sentirlo.
Ahora se aboga por la rebaja del IVA cultural al sector de las artes plásticas –del 21 al 7 %, como ya ocurre en otros países– porque se considera que el arte es un bien necesario que debe ser asequible para todos los ciudadanos. La cultura como necesidad. ¿Somos un país que no termina de valorar esa cultura como se merece?
En esta pregunta utiliza el concepto de cultura cinco estrellas, es decir, el arte, la literatura, la música. En este momento, vivimos el colosal éxito de las industrias culturales. Nunca se han hecho tantas películas, escuchado tanta música, editado tantos libros, visitado tantos museos. Lo que no sé es si esa enorme producción va acompañada de un aumento en la calidad.
Hay que intentar que ningún talento se pierda por falta de medios, pero no se trata de utilizar medios para promocionar a quien no tiene talento. Preferiría gastar el dinero en educar estéticamente a la población. Por ejemplo, pensamos poco en el papel del arte en la vida humana. Recuerdo que George Steiner, un gran humanista, decía desencantado: “Resulta escandaloso comprobar que la alta cultura no hace buenas personas”. Tal vez tengamos que repensar qué es la alta cultura.
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