Jürgen Schadeberg, canícula y conflicto

Fallece el fotógrafo alemán Jürgen Schadeberg a los 89 años
‘Jürgen Schadeberg, canícula y conflicto’
‘Realismo(s) & Playa’ | Revista Canibaal nº10
Octubre de 2018
Domingo 30 de agosto de 2020

Con motivo del fallecimiento del fotógrafo alemán Jürgen Schadeberg a los 89 años, MAKMA reproduce el reportaje que Jose Ramón Alarcón y Ximo Rochera –junto con Merche Medina– llevaron a cabo para el décimo (y último) número de la revista Canibaal –’Realismo(s) & Playa‘ (octubre de 2018)–.

Bajo la tórrida canícula de Barx –municipio montañoso de la comarca de la Safor, al sureste de la provincia de València– habita junto a su esposa Claudia (desde hace casi un lustro y por estocásticos motivos de amistad y errática búsqueda) una figura ineludible en el horizonte diacrónico de la historia de la fotografía, aquella que discurre bajo el convulso calor de la segunda mitad del siglo xx: Jürgen Schadeberg (Berlín, 1931).

La obra del octogenario fotógrafo alemán se ha ecumenizado como testimonio inmediato de cuantos acontecimientos acaecieron en Sudáfrica a partir de la década de los cincuenta –tras el acceso al poder del Partido Nacionalista de François Malan y la institucionalización del vergonzante sistema de segregación racial internacionalmente conocido como apartheid–, así como la ulterior y contemporánea República parlamentaria del África Austral en tiempos de liderazgo del Congreso Nacional Africano (CNA), abanderado por el eximio abogado y activista Nelson Rolihlahla Mandela.

Imagen de portada del reportaje publicado en ‘Realismo(s) & Playa’ (Canibaal nº10), en octubre de 2018. Foto: Merche Medina.

No en vano, su conspicua instantánea de un introspectivo presidente Madiba oteando a través de los barrotes de la que fue su celda en el penal de Robben Island es considerada una de las cincuenta fotografías icónicas del siglo pasado, razón de peso para que este extremo de su vastísima producción suela atraer sobre sí buena parte de los encomios y atenciones conferidos a su trabajo.

Sin embargo, no es únicamente esta veta de su longeva tarea la que, en principio, comanda las inquietudes del presente artículo. Con motivo de la primera edición del Festival del Libro SINDOKMA, organizado en València en noviembre de 2016 por la revista MAKMA, y gracias a la labor de Juan Pedro Font de Mora (director de la Librería Railowsky), Schadeberg tuvo ocasión de compartir con el público algunos de los acentos más significativos de su trayectoria vital y profesional, reportando a quienes suscribimos un motivo de atención que podría consumarse en forma de encuentro con el autor alemán cuando la ocasión y los proyectos respectivos volvieran a aproximarse.

De este modo, la decisión de articular el décimo número de la revista Canibaal en torno a los conceptos ‘realismo(s)’ y ‘playa’ tornaba conveniente y plausible la idea de retomar contacto y visitar la hacienda mediterránea del fotógrafo berlinés –paradigma de cuantas razones y semánticas puedan argüirse sobre el propósito de la revista en su (por el momento) último número– con el fin de transitar por el azaroso territorio de la memoria y descubrir algunos aspectos determinantes de su semblanza profesional.

«La suerte es ser el primero en llegar, el primero en narrar o mostrar»

Un autor como Schadeberg, cuya ilustración infante, en plenos albores de la Segunda Segunda Guerra Mundial, se gesta «a partir de las lecturas de Tolstói (León), Dostoievski (Fiódor), Chéjov (Antón) o Upton Sinclair» mientras es «testigo, cuando era muy pequeño, de la Noche de los Cristales Rotos» y que dispara su primera fotografía –tras la popular lente de una Instamatic– en un húmedo refugio antiaéreo berlinés (en 1942), a la par que, como declara nuestro autor, «tomé mi primera cerveza», parece haber sido nebulosamente destinado a solidificar testimonio, a documentar la existencia de todo lo que envuelve su fascinante y ubicuo horizonte vital, jalonado por acontecimientos que trascienden la mera y personal magnitud biográfica.

Página interior del reportaje publicado en ‘Realismo(s) & Playa’ (Canibaal nº10), en octubre de 2018.

«Era como estar sentado encima de una bomba, en el centro de la bomba; un momento de extraordinaria tensión»

Tras la senda del segundo matrimonio de su madre, que en Alemania «era una actriz de reparto y tenía amigos artistas a los que solía escucharles hablar», recala en el país sudafricano en 1950 –«Sudáfrica era terrorífica, una área de conflicto»–, en el que desarrollará su decisiva labor como fotógrafo documental (Leica M o Rolleiflex de formato medio en mano) y director artístico de la revista Drum (denominada en su inicios Africa Drum), icónico magazín de reportajes de investigación, vida urbana y hedonista de Sophia Town –popular suburbio negro de Johannesburgo–, perfumada con los influjos estéticos de la cultura negra norteamericana.

Schadeberg orienta su voluntad de retratar el pulso cotidiano de la excluida periferia y denunciar las insalubres condiciones laborales de buena parte de la mano de obra nativa en el cinturón minero del país sin obtener respaldo: «Fui a los periódicos y nadie quería saber nada. Envíe mis fotografías y nadie las quería publicar».

«Debes salir fuera a buscar la verdad, la historia verdadera»

Estos y otros vínculos e implicaciones del fotógrafo alemán con la comunidad negra determinan su forzosa salida del país y su retorno a un crispado Berlín encorsetado por el «Muro de la vergüenza» (Schandmauer). «En el Oeste había luces, color, entretenimiento… En el Berlín Este todo era gris».

En la Alemania Occidental de los años sesenta se erige en abrumado testigo fotográfico del resurgimiento clandestino de grupos nazis, cuyos overoles y cánticos uniforman una soterrada parte de la RFA que ningún medio alemán quiere mostrar; será la prensa extrajera (New Yorker o Paris Match) la que publique sus instantáneas.

«Tenía mucho que hacer fotografiando la vida cotidiana, la miseria, la tristeza, la alegría, la música»

Schadeberg renuncia a enrolarse como fotógrafo bélico en determinados conflictos como el de Vietnam. Cuestiona los turbios objetivos de determinados periodistas y fotógrafos por rubricar su presencia por encima de los acontecimientos, la inmoral sed de notoriedad a través de la imagen explícita –recuerda, entre otros, el (malinterpretado) caso del Pulitzer Kevin Carter– y sentencia que, amén de determinados casos en los que la implicación emocional debe prevalecer sobre la tarea profesional («no hagas una fotografía, condúcete por el instinto, ayuda a esa persona»), «para ser un buen fotógrafo debes ser neutral, no dejarte conducir por los prejuicios».

Página interior del reportaje publicado en ‘Realismo(s) & Playa’ (Canibaal nº10), en octubre de 2018. Fotos: Merche Medina.

«Debes estar envuelto desde la infancia en las artes para evolucionar en la educación visual, musical, pictórica»

Jürgen Schadeberg recala en España a finales de los años sesenta para alimentar diversas facetas de su diletantismo artístico. Procura, de este modo, cursar estudios de pintura, «para investigar la luz, el color, la composición, entender el lenguaje corporal. Quería estudiar y explorar las diferencias respecto de la fotografía».

Igualmente, señala, «intenté estudiar guitarra clásica, pero no podía tocar porque era ya demasiado mayor (25 años). Cuando era pequeño nunca estuve expuesto a la música. Sucede con todas las disciplinas artísticas».

«Las playas son interesantes e importantes, porque la gente va allí a relajarse, a disfrutar»

En esta época toma contacto y orienta su mirada hacia el paisaje vacacional que perfila los estíos de la Costa del Sol. Aupado por un contexto henchido de albricias, la onerosa carga vital del fotógrafo se libera y únicamente porta consigo el denso poso de la experiencia y la naturaleza técnica para fijar la mirada en otras latitudes de la idiosincrasia popular (tal y como ya había demostrado con maestría en sus instantáneas sobre el universo del jazz y los músicos y bailarines negros de los guetos sudafricanos).

En estas descriptivas series caniculares sobre el verano y la playa –territorio en el que confluye buena parte de su acervo profesional– fijamos la atención y solidificamos la bienvenida colaboración de Jürgen Schadeberg con Canibaal.

«Veo la realidad desde el punto de vista técnico de la fotografía, a través de un lenguaje natural ya inherente por el aprendizaje y la práctica»

Una práctica que ha ejercido y sigue desarrollando sobre ideas recurrentes, erigiendo al individuo, al rostro, al lenguaje corporal y a las costumbres como temas centrales de su obra, que gobiernan, definitivamente, la impronta de su estilo.

Algunos títulos recomendados

‘The Way I See It. A Memoir’ (2017).
‘España Then and Now’ (Pagina & J & C Schadeberg, 2015).
‘Jürgen Schadeberg’ (2008).
‘Jürgen Schadeberg: Photographies’ (2006).

Jürgen Schadeberg
El fotógrafo Jürgen Schadeberg en su domicilio de Barx (València). Foto: Merche Medina.

Jose Ramón Alarcón y Ximo Rochera

Charpa, siempre a contracorriente, nos deja

Mercè Moreno, Charpa
Junio de 2020
Obituario

La conocí cuando decidió reabrir la Galería Charpa, después de mucho trotar por el mundo. Fue en marzo de hace seis años, cuando en un reportaje periodístico trataba de recoger su venida a Valencia, al tiempo que Kessler Bataglia cerraba su sala. Una sonada defunción junto a otro exclamativo renacimiento. La conocí y enseguida hicimos buenas migas, porque mientras ella largaba, sin pelos en la lengua, yo tomaba buena nota de su insolente manera de llamar a las cosas por su nombre. Venía, como los antiguos aventureros, trayendo consigo el aire fresco de los lugares distantes, el aire que despeja la turbia atmósfera local impidiendo, muchas veces, ver al rey desnudo.

Ella seguía a lo suyo, dispuesta, en lo que llamaba su “capilla” artística que reabría en Tapinería, a mostrar en Valencia nuevos artistas venidos de lejos, en este caso de China, hoy tan de moda. Apasionada, lenguaraz, entusiasta del arte hasta límites indecibles, se fue volcando con cada exposición, como se vuelcan los niños con un juguete al que dotan de inconmensurables poderes anímicos. No entendía la vida consumida a sorbos, sino a tragos largos, al igual que se encendía cada vez que las palabras, como los relojes de Dalí, se ablandaban por la rutina. Siempre a contracorriente, una enfermedad tan tenaz como ella se la ha llevado, dejando su “capilla” con un silencio insondable. Para que su voz siga resonando, valgan estas palabras del día en que rememoró su vuelta a Valencia.

Charpa observando una de las obras de su galería. Imagen extraída de su Facebook.

18 de marzo de 2014

Todo el mundo la conoce por Charpa. Su verdadero nombre, Mercedes Moreno, sólo sale a relucir “cuando me viene algún recibo del banco”. Fundó su Galería Charpa, a modo de estudio, en Gandía hace ya 35 años. “En 1983 me vine a Valencia”. Primero a la calle Sorní y luego a Tapinería, donde todavía permanece contra viento y marea. El pasado año, en plan frenazo de película muda, decidió cerrar y recorrer medio mundo: Pekín, Londres, Nueva York. De manera que el hastío que le produce Valencia (“da muy poco de sí”), no ha podido con su pasión por el arte, ahora reverdecido tras su largo periplo viajero. “He conocido a una serie de magníficos artistas chinos y americanos”, a los que piensa exponer en Charpa, arrancando así nueva etapa.

De momento, ahí está la dedicada a Bingyi, de la que habla maravillas, no sólo ella, sino Vicente Todolí que acudió a verla. A Charpa, curtida en mil batallas, le sigue sorprendiendo el “escaso interés” por el arte que existe en Valencia. Y aunque tiene claro que una galería debe vender obras, también subraya que, por encima de todo, “es una forma de entender la vida”. Por eso habla de su galería como si fuera una “capilla”, que le sirve de fortaleza interior frente al adverso ambiente exterior. “Se han cargado el IVAM, que en su día dinamizó la ciudad. Y no lo digo porque esté Consuelo Ciscar, que esto viene de antes, sino por esa utilización del museo para fines personales, y con exposiciones mediocres y sin interés”.

Las galerías de arte, “ahora mismo”, dice que “tienen poco sentido”, frente al avance estrangulador de los museos. También apunta que en pleno auge económico no es que hubiera más coleccionistas, sino que había “compradores” salidos de la construcción. “Ahora ni eso”. Tampoco le seduce ARCO: “No me interesa cómo está montado, con mucha morralla que se hace pasar por bueno; prefiero los Documenta o las bienales”. Eso, y seguir apostando por los artistas que de verdad le conmueven. Allí, en su “capilla” de la galería Charpa, donde las campanas han vuelto a sonar con ritmo asiático.

Charpa en una imagen extraída de su Facebook.

Salva Torres

Carlos Cruz-Diez, el artista que reinventó el color

Ha fallecido en París, a los 95 años, Carlos Cruz-Diez, dejando un enorme legado al arte contemporáneo y un mensaje de optimismo y esperanza a los venezolanos.

Conocí a Cruz-Diez un día de 1986 en los amplios espacios del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas. A la sazón, yo trabajaba como periodista en el suplemento cultural de El Diario de Caracas. La directora del museo, Sofía Imber, también periodista, me llevó hacia donde se producía una febril actividad de montaje y me lo presentó.

Entre muchos operarios que instalaban sus obras, me encontré a un artista con aspecto de laboratorista, debido a su bata blanca. Era un hombre más bien pequeño, de grandes patillas y mirada afable tras los lentes.

Yo estaba emocionado pues sabía que estaba ante uno de los grandes artistas contemporáneos no solo de Venezuela sino de todo el mundo, cuyo su nombre se inscribía, junto al de otros renombrados representantes del arte cinético y del op art como Vasarely, Le Parc o el también venezolano Jesús Soto.

Imagen de una de las obras de Carlos Cruz-Diez. Fotografía cortesía de @ateliercurzdiez.

Como visitante de museos había disfrutado en muchas ocasiones de sus obras, pero también en muchos espacios urbanos de Caracas y otras ciudades, pues Cruz Diez siempre se planteó la integración de la obra con la ciudad como lo demostró en la ‘Inducción Cromática por Cambio de Frecuencia’, el mural cinético más largo de América (2 kilómetros) en la pared del puerto de La Guaira, obra hoy lamentablemente desaparecida.

Acostumbrado a las entrevistas, respondió a las preguntas con mucha seguridad, haciendo gala de sus profundos conocimientos en teoría del color. Pero yo, fiel a mi escuela de periodismo rompedor, guardaba la pregunta-gatillo para el final:

–¿Qué les diría a quienes opinan que es un pintor de rayitas?

No voy a decir que se molestó, porque Cruz-Diez tenía buen humor, pero sí abrió los ojos bastante y diría que se sobresaltó porque hasta entonces la entrevista había discurrido por un muy civilizado intercambio de preguntas y respuestas.

–¡No soy un pintor de rayitas! –me dijo airado. Y, a continuación, explicó por enésima vez sus teorías y su convicción de que el color es capaz de suscitar la emoción del movimiento sin la necesidad de la anécdota. Así fue que me regaló uno de los títulos más redondos en mi carrera periodística.

Obra de Carlos Cruz-Diez en el Buffalo Bayou Park Cistern de Houston (EE.UU.). Fotografía cortesía de @ateliercurzdiez.

Muchas cosas pasaron desde entonces, Cruz-Diez se fue a vivir a Francia y su obra siguió, indetenible, su proceso de internacionalización. Aquí, en España, tuvieron lugar dos exposiciones individuales de relevancia: una en 2003, bajo título ‘Carlos Cruz-Diez. De lo Participativo a lo Interactivo, otra Noción del Color’, llevada a cabo por el Ayuntamiento de València en el Museo del Almudín; y otra en 2009, llamada ‘Carlos Cruz-Diez: el color sucede’, promovida por la Fundación Juan March en Palma de Mallorca.

Su obra ‘Cromointerferencia de color aditivo’, en el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía, se ha convertido en un icono de la diáspora, ya que millones de venezolanos se llevan como último recuerdo una foto con ella.

En una entrevista reciente se lamentaba de este éxodo y sus circunstancias, pero a la vez se mostraba optimista y esperanzado, como escribió en una carta a la juventud venezolana.

Carlos Cruz-Diez. Fotografía cortesía de @ateliercurzdiez.

Eloi Yagüe Jarque

Amparo Zaragozá, madre de Galería Punto

Amparo Zaragozá, madre de la Galería Punto falleció la pasada semana.

El tiempo nos arrolla y parece que nunca disponemos del suficiente para cumplir con nuestras obligaciones del día a día, y más aún cuando llegamos a fin de mes y el reloj deja atrás cada segundo para no volver, pero todavía hay excepciones que nos emocionan y piden un alto para reflexionar, hacen que lo dejemos todo y mantengamos un momento de silencio para rendir tributo. Al menos éste es mi caso, escribir unas palabras para homenajear a alguien que ha dado ejemplo con su trayectoria profesional, -en su caso- muy discretamente, por voluntad propia, rasgo inherente a su capacidad y preferencia a mantenerse en un segundo plano.

Amparo Zaragozá en Arco, Febrero 2007. Foto Vicente Chambó. Archivo personal.

Amparo Zaragozá en Arco, Febrero 2007. Fotografía: Vicente Chambó. Archivo personal.

Mis palabras están dirigidas a una excelente galerista, divulgadora y visionaria, una persona que contribuyó a que el arte estuviera presente en las vidas de sus contemporáneos desde los años 70 del s. XX hasta la madrugada del viernes. Nos ha dejado una persona que hizo de su vida una carrera profesional dedicada a dinamizar el mundo del arte desde una galería considerada histórica. Una mujer con nombre propio, Amparo Zaragozá; algo más que un eslabón entre el artista y el público.

Amparo Zaragozá, fundadora junto a su marido Miguel Agraït de la Galería Punto. Fotografía: Fernando Carrión.

Amparo Zaragozá, fundadora junto a su marido Miguel Agraït de la Galería Punto. Fotografía: Fernando Carrión.

Ella y su esposo Miguel Agraït (Valencia, 1929 – 2010) fundaron la Galería Punto en 1972, y son cofundadores de ARCO (1982), a la galería Punto están ligados nombres como Equipo Realidad, Joan Miró, Antoni Tàpies, José Hernández Mompó, José María Sicilia, Allen Jones, Salvador Soria, Rafael Canogar, Luis Feito, Karel Appel, Manuel Viola, José Paredes Jardiel, Valerio Adami, Miquel Navarro, Ramón de Soto, Leiro, Juan Genovés, Peter Phillips, Gastón Orellana, Wolf Vostell o Christo. La pasada semana, inauguraba un nuevo proyecto: Área 72. Lamentablemente no podrá ver su arranque con nosotros. Es incuestionable que su gestión y dinamismo contribuyó de una u otra forma al reconocimiento de muchos de los nombres del Informalismo Español, los ya citados Saura, Tàpies, Lucio Muñoz, Luis Feito o Rafael Canogar. El arte contemporáneo y las industrias culturales tienen una trayectoria en la que fijarse, por y para los que vendrán. Descanse en paz.

Vicente Chambó

El desencanto mortal de Leopoldo María Panero

El desencanto, de Jaime Chávarri
Básicos de la Filmoteca
CullturArts de La Filmoteca-IVAC
Plaza del Ayuntamiento, 17. Valencia
Jueves 27 de marzo, a las 19.00h

El jueves  27 de marzo,  tres semanas después de la muerte del poeta Leopoldo María Panero, el IVAC-La Filmoteca de Valencia proyecta en su programación Básicos de la Filmoteca, el documental El desencanto de Jaime Chávarri rodado en 1976 sobre la familia Panero.

“Tanto sobre la familia como sobre los individuos. En particular, hay dos historias que se pueden contar. Una es la leyenda épica, esto es, las hazañas del yo, y otra es la verdad. Y la leyenda épica de nuestra familia, que es la que me figuro que se ha contado en esta película, es muy bonita, romántica y lacrimosa, pero la verdad es una experiencia deprimente.” (Leopoldo María Panero)

Felicidad Blanc con sus tres hijos en un fotograma de 'El desencanto', de Jaime Chávarri.

Felicidad Blanc con sus tres hijos en un fotograma de ‘El desencanto’, de Jaime Chávarri.

El  relato El desencanto no narra la leyenda épica de la familia Panero, sino que nos devela la “verdad” sórdida de esta saga de escritores y poetas. Una “verdad” que empieza a manifestarse cuando hace acto de presencia en el documental  Leopoldo María Panero.

“Leopoldo María es el alma de la película, sin su intervención y su  visión opuesta al resto de los miembros de la familia, de lo que fue la vida familiar, no hubiese habido película.” (Jaime Chávarri)

En El desencanto, como señala Chávarri, “se hace una reflexión de la familia y, más concretamente, sobre el padre, sobre la figura del padre.”

El inicio y el final de El desencanto es el mismo. Esto es, el plano de una fotografía de la madre, Felicidad Blanc, con sus tres hijos, Juan Luis, Leopoldo María y Michi, cuando eran pequeños, y, por corte, se pasa al plano de una estatua tapada y maniatada por un plástico que oculta la figura del padre.

Estatua del padre de los Panero en un fotograma de 'El desencanto', de Jaime Chávarri,

Estatua del padre de los Panero en un fotograma de ‘El desencanto’, de Jaime Chávarri,

 

Por tanto, una estructura circular que nos muestra una desgarradora presencia de la madre que no permite la visualización de la figura del padre, ni como estatua.  Así pues, si la figura paterna está eclipsada por los fascinantes rayos de la madre, serán los hijos los que ocupen su lugar, a modo de deseo metafórico,  en el lecho de la madre.

“Una vez en un restaurante, el camarero tenía la idea de que yo era el gigoló de mi madre. Y me hizo mucha ilusión. Me excitó sexualmente, era muy divertido.”  (Juan Luis Panero)

Probablemente, sea ese deseo de querer ocupar la posición del padre, el lugar de encuentro y desencuentro entre los hermanos Panero, Juan Luis y Leopoldo María.

Juan Luis Panero, a la derecha, y Michi Panero en un fotograma de 'El desencanto', de Jaime Chávarri.

Juan Luis Panero, a la derecha, y Michi Panero en un fotograma de ‘El desencanto’, de Jaime Chávarri.

“A raíz de la muerte de mi padre todo fue un desastre, parte de ese desastre fue porque cada uno quiso ocupar el lugar del padre. (…) A mi lo que me gustaría sería acostarme con mi madre. Soy plenamente consciente de ese deseo.” (Leopoldo María Panero)

Tras la muerte del padre, el desastre familiar, económico y emocional se apoderó de los Panero. La escritura era, como dice el poeta Leopoldo María Panero, “la salida que nos quedaba para existir en el círculo vicioso, imposible de romper, de desastre familiar.”

Un desastre familiar que Leopoldo María Panero atribuye con cruel desgarro, tanto en la realidad como en la creación poética, a su madre.

“Mi madre también fue la causa de mi desastre”, palabras pronunciadas en el documental de Chávarri. O en los versos de “Ma Mère», dedicado “A mi desoladora madre, con extraña mezcla de compasión y náusea que puede sólo experimentar quien conoce la causa, banal y sórdida, quizá, de tanto desastre.”

Una escritura para sobrevivir al estrago de la madre. “Juan Luis y yo éramos los que más bebíamos, llevábamos una conducta parecida a la de mi padre, nos convertimos en los sustitutos de mi padre, a nivel más malo, no como metáfora paterna sino como realidad. Mi madre nos convierte en sinónimos de lo peor de mi padre.” (Leopoldo María Panero)

Una escritura, la de Leopoldo María Panero, que grita desgarradora y enloquecedora el doloroso interrogante de ¿Quién soy yo? o como él mismo dice en el documental: “ Yo me destruyo para saber que soy yo y no todos ellos.”

Poesía para sobrevivir a la locura o locura sobreviviendo en la poesía.

Felicidad Blanc junto a Leopoldo María Panero, izquierda, y Michi Panero, en un fotograma de 'El desencanto', de Jaime Chávarri.

Felicidad Blanc junto a Leopoldo María Panero, izquierda, y Michi Panero, en un fotograma de ‘El desencanto’, de Jaime Chávarri.

Réquiem

“Me despierto a las cuatro de la madrugada y me arrodillo para rezarle a la muerte. Mi madre pisotea mi tumba.” ( Leopoldo María Panero)

Leopoldo María  Panero nació un 16 de junio de 1948 y murió durmiendo un 6 de marzo de 2014 en Las Palmas de Gran Canaria, en el Hospital Juan Carlos I en el área de salud mental. Esa madrugada la muerte no despertó al poeta.

Hijo de otro gran poeta, Leopoldo Panero, y de la escritora y actriz Felicidad Blanc, hermano del también poeta Juan Luis Panero y de Michi Panero, Leopoldo María Panero perteneció al grupo de los Nueve Novísimos, creado en 1970 por Josep María Castellet, junto con  Pere Gimferrer, Ana María Moix, Manuel Vázquez Montalbán, Antonio Martínez Sarrión, Félix de Azúa, Vicente Molina Foix, Guillermo Carnero y José María Álvarez.

Leopoldo María Panero escritor -ensayista, narrador y poeta, pero ante todo poeta-, vivió cubierto por la máscara de la locura. Una locura que arrastró tanto por los diferentes manicomios en los que estuvo internado prácticamente toda su vida,  como por su poesía. “No sé si está loco, ni qué tipo de locura es la suya, pero si debe tener alguna que justifique todo, será una platónica locura poética de altísima calidad, a la altura misma de su ironía.” (Segundo Manchado, su psiquiatra, ex director del Hospital Psiquiátrico de Gran Canaria).

Una poesía, transgresora, irracional y marcada por un vacío delirante, que empezó a escribir a los cuatro años, sumiendo a sus padres en un estado de total  desconcierto.

“Mi corazón temblaba y no era un sueño/ fueron muriendo todos los soldados de la guardia del rey/ y mi corazón seguía temblando.” “Los libros hablaban, hablaban y Dios iba diciendo: pronto se acabará el mundo.” (Poemas escritos por Leopoldo María Panero a los cuatro años y recitados por él mismo en el documental El desencanto).

Esos poemas infantiles son para Leopoldo María Panero “lo mejor que he escrito y además anticipa toda mi poesía posterior, hasta la temática del apocalipsis que la escogí más tardíamente está en ellos.”

Una infancia perdida, pero constantemente anhelada.

“En la infancia vivimos, después sobrevivimos.” (Leopoldo María Panero)

Leopoldo María Panero en un fotograma de 'El desencanto', de Jaime Chávarri.

Leopoldo María Panero en un fotograma de ‘El desencanto’, de Jaime Chávarri.

Begoña Siles