¿Qué hijo te gustaría tener?

El fill que vull tindre, de El Pont Flotant
Las Naves
C / Joan Verdeguer, 16. Valencia
Del 11 al 14 de febrero de 2016

El fill que vull tindre (El hijo que quiero tener) es una reflexión sobre la educación y el papel de los padres, de los abuelos, de los maestros y de los hijos en el proceso de aprendizaje. De su importancia y de su valor, la dificultad y el esfuerzo que requiere educar.

En esta nueva producción de la compañía -la séptima- El Pont Flotant reflexiona sobre el hecho de tener hijos hoy en día. ¿Qué educación queremos darles? ¿Qué sistema educativo sería el mejor? ¿Cómo educamos en casa? ¿Qué educación recibimos nosotros? ¿Qué cambiaríamos? ¿Qué mantendríamos siempre? ¿Qué está cambiando y ya no podemos parar? ¿Qué responsabilidad tienen los abuelos? ¿Qué espacios quedan para los niños y para los mayores? ¿Cómo podríamos convivir mejor?

El fill que vull tindre. Imagen cortesía de Las Naves.

El fill que vull tindre. Imagen cortesía de Las Naves.

Una propuesta que habla sobre los lazos emocionales con los hijos y con los padres, sobre los conflictos, las alegrías y las penas. Sobre cómo proyectamos en los otros nuestros miedos, nuestras deficiencias o nuestras expectativas. Del esfuerzo que debemos hacer para comprender a los hijos y los nuevos tiempos que corren, y también de la dificultad para comprender a las generaciones pasadas.

Un trabajo de creación colectiva de Àlex Cantó, Joan Collado, Jesús Muñoz y Pau Pons, que cuenta con la presencia de tres generaciones en escena que han participado en un Taller Escénico Intergeneracional para la creación de la pieza.

De nuevo, El Pont Flotant teje una dramaturgia con el hilo del tiempo, no exenta de autocrítica, humor, ternura e ironía. Esta vez, presente, pasado y futuro se encuentran en escena para contarnos historias que hablan en definitiva, de la vida, de cómo amamos a nuestros hijos y a nuestros padres, y de cómo nos cuesta, a veces, comunicarnos.

Humor, ternura, momentos de alta irradiación emotiva, proximidad con el espectador, realidad dentro de la ficción y uso de diferentes lenguajes son algunos de los ingredientes fundamentales de esta nueva creación de la compañía valenciana que estrenó su primer montaje en el año 2002.

El fill que vull tindre. Imagen cortesía de Las Naves.

El fill que vull tindre. Imagen cortesía de Las Naves.

 

“Sólo quiero un poco de tiempo”

Olivia y Eugenio, de Herbert Morote, dirigida por José Carlos Plaza
Intérpretes: Concha Velasco, Hugo Aritmendiz, Rodrigo Raimondi
Teatro Olympia
C / San Vicente Mártir, 44. Valencia
Hasta el 31 de enero de 2016

“Yo quiero ser Concha, Conchita!”. Nada más. Porque, como ella misma dice, “yo no tengo nada que ver con los personajes que interpreto”. Aunque en esta ocasión haga una excepción: “La obra tiene un final esperanzador, por eso la acepté”. Porque, a pesar de los pesares, “apuesta por la vida”. Como Concha Velasco que, en Olivia y Eugenio, dirigida por José Carlos Plaza y presentada en el Teatro Olympia, parece encarnar la demanda de su protagonista: “Sólo quiero un poco de tiempo”. Tiempo que no tienen muchos de los actores ya fallecidos con los que ha trabajado. Y, de nuevo, las excepciones: “José Sacristán y yo, que somos de edad parecida, y Arturo Fernández, un poco más mayor, somos la imagen viva de la cultura de la posguerra”.

Con Olivia y Eugenio, texto escrito por Herbert Morote, la actriz vallisoletana prolonga esa cultura hasta la más rabiosa actualidad. “Se abordan temas importantes, pero para mí el principal sería el de quién es normal en este mundo”. Y se interroga por esa normalidad preguntando a su vez: “¿Lo son los corruptos, los terroristas, los traficantes?” Y todo ello para subrayar la presencia en la obra de Hugo Aritmendiz, actor con Síndrome de Down que acompaña a Concha Velasco durante todo el tiempo de la representación, algo que la actriz considera un hecho inusual.

Concha Velasco y Hugo Aritmendiz en 'Olivia y Eugenio'. Imagen cortesía de Teatro Olympia.

Concha Velasco y Hugo Aritmendiz en ‘Olivia y Eugenio’. Imagen cortesía de Teatro Olympia.

Olivia y Eugenio trata de una mujer poderosa a la que le diagnostican un cáncer terminal. En semejante tesitura, piensa en el suicidio, no sin antes repasar su situación en el marco de esa actualidad plagada de corrupción, inseguridad y violencia. Sólo Eugenio, el hijo con Síndrome de Down, parece al margen de tan cruda realidad. “Ellos son adorables”, señaló Concha Velasco en relación a cuantos padecen esa enfermedad. “No tienen el germen de la maldad”, subrayó mientras cogía de la mano a Hugo Aritmendiz, nervioso ante los medios. Apenas pudo esbozar que trabajaba en una pastelería y que le gustaría seguir como actor.

La influencia de Eugenio en la vida de Olivia, marcada por ese cáncer, será determinante. A alguien se le escapó el final de la obra y Concha Velasco le restó importancia: “Sí, me convence para que no me suicide, pero tampoco pasa nada por saber el final, porque lo importante es todo lo que va sucediendo”. Esa “mujer socialmente poderosa se siente rechazada por tener un hijo con Síndrome de Down”. De ahí que la actriz pusiera de nuevo el acento en la supuesta normalidad del mundo, que desprecia a seres como Eugenio y acepta otra serie de comportamientos asociales.

Escena de 'Olivia y Eugenio'. Fotografía de Javier Naval. Teatro Olympia de Valencia.

Escena de ‘Olivia y Eugenio’. Fotografía de Javier Naval. Teatro Olympia de Valencia.

Con cerca de un centenar de películas a sus espaldas, obras de teatro y series de televisión, Concha Velasco reconoció su “versatilidad” profesional como fruto de su biografía familiar. “Quizás se deba a que soy hija de una maestra y un militar que me educaron en la disciplina”. De ahí que tenga “tiempo para todo”. Eso y que lo suyo “es vocacional”. Contó que siendo niña ya le dijo a su madre aquello tan célebre de “mamá, quiero ser artista”.

También tuvo tiempo para ironizar sobre la presencia del hijo de la diputada de Podemos, Carolina Bescansa, en el Congreso. “Eso de llevar niños al trabajo… Estos camerinos han sido guarderías donde se han criado los niños”. Y puso como ejemplo sus dos hijos, a los que crío mientras iba de gira con espectáculos como Filomena Marturano. Eso sí, tanta versatilidad y tiempo para todo tiene igualmente sus excepciones: “Ahora todo el mundo quiere dirigir. Yo sólo quiero ser actriz”. Tener la suerte de “poder vivir otras vidas”, para después volver a ser sin más “Concha, Conchita”.

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Concha Velasco en 'Olivia y Eugenio'. Teatro Olympia de Valencia.

Concha Velasco en ‘Olivia y Eugenio’. Teatro Olympia de Valencia.

Salva Torres

El padre: el fin del patriarcado

El padre, de August Strindberg, por la compañía Atelier del Drama
Dirección: Juan Prado
Sala Russafa
C/ Dènia, 55. Valencia

Los conflictos entre padres y madres a la hora de educar a los hijos, el principio del fin del patriarcado, la envidia del hombre ante el vínculo visceral que se establece entre la mujer y sus hijos. Son algunas de las cuestiones esenciales que plantea ‘El Padre’. Una adaptación del clásico de August Strindberg, dirigida por Juan Prado, que se estrenó este pasado fin de semana en la Sala Russafa a cargo de la nueva compañía valenciana Atelier del Drama integrada por María Minaya, Begoña Navarro, Andrés Simarro, Vicente Soriano, Isabel Torrijo, Amparo Iserte y Carlos Bañuls.

«Es un doble estreno, el de la compañía y el de la pieza, por eso decidimos trabajar sobre un texto de Strindberg, ya que es el mejor entrenamiento”, dice Prado, protagonista de la obra. “Sus personajes ofrecen tal riqueza que son un sueño para cualquier actor».

Hay muchos motivos para disfrutar de este gran dramaturgo capaz de trazar “un retrato profundo y clarividente de nuestras almas escindidas, incapaces de conocernos a nosotros mismos y mucho menos a la  persona con la que compartimos la  vida”, dice Prado. “Strindberg tiene la habilidad de formular tantas preguntas, que seguro que alguna va a hacer pensar al espectador”.

Escena de 'El padre', de August Strindberg, por la compañía Atelier del Drama, dirigido por Juan Prado. Imagen cortesía de Sala Russafa.

Escena de ‘El padre’, de August Strindberg, por la compañía Atelier del Drama, dirigido por Juan Prado. Imagen cortesía de Sala Russafa.

Padre ‘versus’ madre

La trama se sitúa en 1880, en Suecia, donde un capitán de caballería y científico de prestigio se enfrenta a su mujer por un desacuerdo en la forma de educar a la hija de ambos. Una disputa que derivará en una dura y tensa batalla entre sexos. Insistiendo en la autoridad que le otorga su condición de padre, el capitán topará con la firme oposición de su esposa, convencida de la precaria salud mental de éste y dispuesta a utilizar cualquier arma para evitar que lleve a cabo sus planes.

“La obra reflexiona sobre la envidia del hombre ante el vínculo natural de una madre con un hijo, del que se siente excluido y es incapaz de comprender”, comenta Prado. “La mujer sólo por el hecho de ser madre ya es creadora, el hombre, en cambio, ha necesitado crear civilizaciones para sentirse creativo. Este cuento de Strindberg es su personal visión de cómo los cambios que empezaron en su época llegarían a transformar la sociedad occidental, la caída del patriarcado. También nos advierte de que si las mujeres se aferran al poder como los hombres, el resultado será más de lo mismo, en una constante rueda de lucha por el poder”.

Escena de 'El padre', de August Strindberg, por la compañía Atelier del Drama, dirigido por Juan Prado. Imagen cortesía de Sala Russafa.

Escena de ‘El padre’, de August Strindberg, por la compañía Atelier del Drama, dirigido por Juan Prado. Imagen cortesía de Sala Russafa.

Según Prado, este texto marca el nacimiento del drama moderno y anuncia, hace un siglo, un colapso del patriarcado que está hoy de plena vigencia. «Nunca antes se había hablado sobre este tema de manera tan clara y profunda. Strindberg llega a plantear qué es lo que nos hace realmente hombres y mujeres, madres y padres. Además, siembra la duda de si alguna vez podremos llegar a conocer al otro y a nosotros mismos».

Veinte años de experiencia

Prado ha desarrollado durante dos décadas su carrera en Madrid. Ha trabajado en proyectos cinematográficos, la televisión y en la Compañía de Teatro Español. Ha ejercido como ayudante de dirección en numerosos montajes del Centro Dramático Nacional y ha impartido cursos de interpretación. Además, ha dirigido ocho montajes, el último una adaptación para la compañía cántabra Suma Teatro del texto de Arthur Miller, ‘Panorama desde el puente’.  Hace unos meses por circunstancias personales, Prado regresó a Valencia y decidió mantenerse en activo, impulsando esta nueva compañía que inicia su andadura.

El estreno en Sala Russafa es el primer paso de un proceso que continúa. «Vamos a seguir trabajando, profundizando en los personajes y mensajes de ‘El Padre’ porque, mientras el montaje esté activo, el teatro no deja de evolucionar y crecer.  Esperamos llevarla a Madrid y toda España, pero vamos paso a paso”, concluye Prado.

El padre. Sala Russafa.

Escena de ‘El padre’, de August Strindberg, por la compañía Atelier del Drama, dirigido por Juan Prado. Imagen cortesía de Sala Russafa.

Bel Carrasco

Cuatro mujeres en Femenino singular

Femenino singular, de [In]constantes Teatro
Con Marta Belenguer, Lucía Jiménez, Carolina Solas y María Vázquez
Teatro Talía C / Caballeros, 33.
Valencia Del 21 de enero al 1 de febrero

‘Femenino singular’ pretende reflexionar sobre las mujeres hoy, desde sí mismas, con los hombres como telón de fondo, como sujeto elíptico, con sus caras, sus actos, con todo lo que evidencia que los hombres son circunstancia necesaria, inevitable en esta propuesta, pero su presencia física es eludible: no necesariamente mala.

En la función se liberan de sus responsabilidades, que han sido asumidas por sus maridos-parejas-exmaridos- exparejas-abuelos-hermanos-canguros, cada una como ha podido, han empaquetado a las criaturas y dejando la comidita preparada y la hoja de papel anotada con todo lo que deben hacer en su ausencia, y ni una cosa más, baño, crema, pijama, cena, cama, cuento, apagas la luz, no duermas con la criatura, sola, que se acostumbre, la tele bajita, y ni una cosa más, me entiendes, ni una.

Escena de 'Femenino singular', de [In]constantes Teatro. Imagen cortesía de Teatro Talía.

Escena de ‘Femenino singular’, de [In]constantes Teatro. Imagen cortesía de Teatro Talía.

El mundo al revés. No es mala la idea de que todo se vuelva del revés. Por ahí hay una esperanza. Esa noche Carolina, María, Marta y Lucía, abandonan aparentemente sus roles y asumen otros, los de sus compañeras.

Este texto nace de las experiencias de sus protagonistas, de las mujeres que, subidas al escenario, narran sus vidas desde que decidieron ser madres. Incluso desde antes. Las cosas cambian. Nadie te lo dice, pero cambian. Los hijos te llevan a la renuncia, a la entrega, al sacrificio, a pelear con el tiempo. No hace falta que lo cuenten otros: lo cuentan ellas porque lo han vivido y lo viven. Y aún les queda cuerpo para hacerte reír con el asunto.

Escena de 'Femenino singular', de Inconstante Teatro. Teatro Talía.

De izquierda a derecha, Carolina Solas, Lucía Jiménez, Marta Belenguer, María Vázquez, en una escena de ‘Femenino singular’, de [In]constantes Teatro. Imagen cortesía de Teatro Talía.

El Nombre o esa cena salvaje

El Nombre, de Mathieu Delaporte y Alexandre de la Patellière
Versión de Jordi Galcerán
Dirección: Gabriel Olivares
Con Amparo Larrañaga, Antonio Molero, Jorge Bosch, Kira Miró y César Camino
Teatro Olympia
C / San Vicente, 44. Valencia
Hasta el 25 de enero

Que la violencia nos habita es un hecho mayor de nuestra existencia. No sólo por la implosión terrorista en el corazón del mundo civilizado. También por las numerosas muestras de crispación, a las que basta una chispa para prender un gran incendio. Los ejemplos se multiplican, en prensa, televisión y cine. Incluso en el teatro. Como es el caso que nos ocupa: ‘El Nombre’, de Mathieu Delaporte y Alexandre de la Patellière.

De izquierda a derecha, Antonio Molero, Jorge Bosch, Kira Miró, Amparo Larrañaga y César Camino, protagonistas de El Nombre. Imagen cortesía de Teatro Olympia.

De izquierda a derecha, Antonio Molero, Jorge Bosch, Kira Miró, Amparo Larrañaga y César Camino, protagonistas de El Nombre. Imagen cortesía de Teatro Olympia.

Lo de menos es la excusa que proporciona ese nombre. Amparo Larrañaga, Antonio Molero, Jorge Bosch, César Camino y Kira Miró (esta última ausente de la rueda de prensa en el Teatro Olympia) explicaron que tal nombre es el de cierta criatura a punto de nacer. Su revelación será el desencadenante de la crispación entre el grupo de amigos reunidos para cenar. “Por el nombre que le van a poner a esa criatura, salen todas las rencillas y trapos sucios”, subrayó Molero.

Yasmina Reza se encargó de esa misma violencia, a raíz de un hecho insignificante, en sus obras ‘Arte’ y ‘Un Dios salvaje’. A esta última se refirió el propio Molero, como referente de ‘El Nombre’. “El detonante es igual de absurdo, pero permite abordar temas como la guerra de sexos, la política, la hipocresía o la lucha social”. De manera que una cena habitual entre amigos se acaba convirtiendo en una batalla campal.

Una escena de El Nombre. Cortesía de Teatro Olympia.

Una escena de El Nombre. Cortesía de Teatro Olympia.

La referencia a la Navidad también apareció en las explicaciones de los protagonistas de ‘El Nombre’, que se presenta en el Olympia en versión de Jordi Galcerán y dirección de Gabriel Olivares. Larrañaga y Bosch se refirieron a ella como esa fecha en la que se reúne la familia y, al igual que sucede en la obra, puede dar lugar a “situaciones conflictivas” y a “gente que explota después de muchos años”. “En el 90% de las familias y amigos nunca se dice nada. Las cosas se retienen y hace falta una tormenta perfecta para que salga todo”, señaló Molero.

‘El Nombre’, según César Camino, “es una catarsis”. La violencia se desencadena, a partir de un comentario en apariencia intrascendente, y vuelve a su cauce tras arrasar una cena cordial. “Habla de las  miserias humanas”, destacó Bosch. “Más cosas no se pueden decir”, reconoció Larrañaga. Seres civilizados, con las necesidades básicas cubiertas, poniendo en solfa la educación recibida por un “detonante absurdo”.

Una escena de El Nombre. Cortesía de Teatro Olympia.

Una escena de El Nombre. Cortesía de Teatro Olympia.

La obra de Delaporte y De la Palletière, como antes las de Yasmina Reza y tantas otras, no deja de mostrar la violencia que anida en el ser humano, para la cual apenas basta una simple y absurda chispa. “Choca que gente burguesa, o lo que entendamos por burguesa, que defiende la cultura del bienestar, pierda los papeles y se comporte como animales”, indicó Molero. “Es una cena que se sale completamente de madre”, subrayó Larrañaga.

Más que un aviso para navegantes, ahora que las aguas de la democracia vienen turbias, ‘El Nombre’ es la constatación de cuán próximos se hallan civilización y barbarie. “Va de la amistad y de la familia”, y de cómo “amigos que tienen ideologías distintas se terminan desahogando sin más”, insistió Amparo Larrañaga. Y añadió: “Es una función coral, en la que cuentan mucho los gestos y las miradas”. Gestos y miradas como antesala de la violencia desencadenada por un nombre, que los actores prefirieron mantener en secreto.

Una escena de 'El Nombre', versión de Jordi Galcerán y dirección de Gabriel Olivares. Cortesía del Teatro Olympia.

Una escena de ‘El Nombre’, versión de Jordi Galcerán y dirección de Gabriel Olivares. Cortesía del Teatro Olympia.

Salva Torres

Silmäterä: ¡Peligro, mujer protectora!

Silmäterä, de Jan Forsström
Sección oficial de largometrajes
Festival Internacional de Cine de Valencia – Cinema Jove
Del 20 al 27 de junio

Madre no hay más que una, pero cuando su figura se engrandece hasta querer abarcarlo todo, siendo más-que-una la totalidad, surgen los problemas. Problemas para el hijo que, de sentirse protegido, pasa a reclamar el aire que le falta por tan asfixiante delirio de seguridad. Silmäterä, del director finlandés Jan Forsström, narra el caso de una de esas madres sobreprotectoras. Marja (Emmi Parviainen) es una madre soltera feliz de tener para sí a su hija Julia (Luna Leinonen Botero). Hasta que llega Kamaran (Mazdak Nassir) reclamando su paternidad, para desatar en ella un irracional estado de sitio en defensa de su queridísima hija.

Emmi Parviainen (izquierda) y Luna Leinonen Botero en un fotograma de 'Silmäterä', de Jan Forsström. Cinema Jove.

Emmi Parviainen (izquierda) y Luna Leinonen Botero en un fotograma de ‘Silmäterä’, de Jan Forsström. Cinema Jove.

Silmäterä se presentó a concurso en Cinema Jove después de que lo hiciera la rumana Roxanne, de Vali Hotea. Merece la pena su visionado una al lado de la otra, porque de la comparación entre ambas películas saltarían chispas en un debate posterior. En ambas hay dos hombres solicitando su justa paternidad, pero el destino de los acontecimientos es muy distinto en una y otra. En Silmäterä, Kamaran es despreciado como padre de esa hija, lo cual provoca sucesivos desatinos en la mente de Marja, mientras en Roxanne, la paternidad reclamada va encontrando apoyos, por dolientes que sean, en pos de una verdad que se le trata de ocultar.

Emmi Parviainen en un fotograma de 'Silmäterä', de Jan Forsström. Cinema Jove.

Emmi Parviainen en un fotograma de ‘Silmäterä’, de Jan Forsström. Cinema Jove.

Silmäterä, he ahí su principal virtud, ahonda en la sobreprotección de esa madre soltera, mostrando los estragos de su obsesión. La muestra sin caer en la tentación, tan posmoderna, de terminar deleitándose con el sin sentido al que convoca el progresivo avance hacia el abismo, de una mujer entrega a la defensa numantina de su hija. Kamaran, que tan sólo pretende el reconocimiento de su paternidad y poder conocer a Julia, será el detonante de la explosividad de Marja, posesiva hasta límites suicidas.

Jan Forsström debuta en el largometraje con Silmäterä, y lo hace con grandeza. No sólo por saber trasladar a la pantalla un material tan ignífugo sin quemarse, sino por hacerlo asumiendo riesgos en la interpretación por parte de dos jóvenes (jovencísima Luna Leionen) actrices. El salto al vacío le sale bien, porque la película sigue los avatares de esa madre y su hija, cuanto más unidas igualmente condenadas a un suicida aislamiento. Soledad que ya viene marcada por el trabajo nocturno de Marja y esa pléyade de trabajadores de diferentes países, a modo de metáfora de la difícil convivencia entre culturas diversas.

Luna Leinonen Botero en un fotograma de 'Silmäterä', de Jan Forsström. Cinema Jove.

Luna Leinonen Botero en un fotograma de ‘Silmäterä’, de Jan Forsström. Cinema Jove.

Forsström no rehúye este conflicto social, pero apunta en otra dirección: “Estoy también interesado en las cuestiones sociales, pero opino que son a menudo un subproducto de la psicología”. Y la psicología de esa madre soltera que tiende a proteger a su hija pistola en mano si hace falta, es lo que reclama toda la atención del director finlandés. Y a ello se entrega, mostrando el paulatino descenso a los infiernos de Marja, cuya irracionalidad se nutre de los fantasmas que van poblando su cabeza, por efecto de una maternidad que niega la función paterna.

Silmäterä, como ya sucediera en Nagima o en Ártico, otras dos películas a concurso, pero ofreciendo una salida bien distinta, habla de la maternidad y las dificultades para sacar adelante un hijo, cuando la existencia está cogida con hilos. Con tan finísima urdimbre emocional, Forsström teje una historia cuyo giro final la engrandece. Sin duda candidata al Premio Luna de Valencia.

Emmi Parviainen en un fotograma de 'Silmäterä', del director finlandés Jan Forsström. Festival Internacional de Cine de Valencia - Cinema Jove

Emmi Parviainen en un fotograma de ‘Silmäterä’, del director finlandés Jan Forsström. Festival Internacional de Cine de Valencia – Cinema Jove

Salva Torres

Arte en la calle: Henry Moore

Esculturas de Henry Moore
Obra social “La Caixa”, en colaboración con el Ayuntamiento de Bilbao
Parque de Doña Casilda, entorno del Museo de Bellas Artes de Bilbao
Hasta el 17 de julio, 2014

¿Cómo sería la vida en el vientre materno? ¿Cómo fue? Y la desesperada bocanada de aire, el primer grito, ¿qué podrá nunca contener aquel desgarro, cuando un momento antes se estaba entre la vida y la muerte? ¿Y qué relación hubo luego entre la madre y su hijo durante aquellos primeros días y meses? Posiblemente, sólo la sensación de un cuerpo. Sin cambio, sin tiempo, un movimiento sostenido. La mente tiende a regresar de una manera instintiva a ese punto cero.

Lo hace Henry Moore, intentando encontrar una forma, una expresión que lo sintetice, que lo resuma. Intentando dar con la forma que haga resonar ese misterio como la invocación de una palabra mágica. La forma de un estado que como no podrá ser nunca conocido, seguirá siendo eso, un eterno misterio inviolado, y por lo tanto, inconsciente, poderoso y sobrenatural.

'Formas conectadas reclinadas', escultura de Henry Moore en el Parque de Doña Casilda. Fotografía: Pilar Torres

‘Formas conectadas reclinadas’, escultura de Henry Moore en el Parque de Doña Casilda. Fotografía: Pilar Torres

Madre e hijo reclinados: el niño está hecho de ondulaciones como bocas abiertas que buscan el palpitante seno; la madre, sin boca, con ojos diminutos como los de una alienígena, muestra el seno que lo atrae y lo completa. El niño, la ondulante figura torneada que lo sugiere, se yergue probándose a sí mismo, su equilibrio; la madre se recuesta un poco cansada, lo deja hacer. El niño y la madre se funden en un solo cuerpo geométrico, porque lo geométrico es el cuerpo de la idea, y lo que aquí se expresa es la idea, el esquema de las cosas, el espectro de lo real.

'Gran figura de pie: filo de cuchillo', escultura de Henry Moore en el Parque de Doña Casilda en Bilbao. Fotografía: Pilar Torres

‘Gran figura de pie: filo de cuchillo’, escultura de Henry Moore en el Parque de Doña Casilda en Bilbao. Fotografía: Pilar Torres

Es uno de los siete bronces de gran tamaño que la obra social La Caixa, en colaboración con el Ayuntamiento de Bilbao, muestra en el entorno ajardinado del Museo de Bellas Artes. Las otras piezas, creadas entre 1960 y 1982 (como la anterior), forman parte de la apuesta de acercar el arte a la calle: «Formas conectadas reclinadas”, «Gran figura de pie: Filo de cuchillo», «Pieza de bloqueo», «Figura reclinada», «Figura reclinada en dos piezas número 2» y «Óvalo con puntos».

Aparte de la relación madre-hijo, todas ellas revelan la fascinación que sobre el artista ejerce el discurso latente entre la figura humana y el paisaje, convirtiendo los hombros, los brazos, los pechos en montañas rocosas, o las piernas y los troncos en pasadizos y grutas calizas sobre el mar…

'Figura reclinada en dos piezas, número 2', escultura de Henry Moore en el Parque de Doña Casilda en Bilbao. Foto: Pilar Torres.

‘Figura reclinada en dos piezas, número 2’, escultura de Henry Moore en el Parque de Doña Casilda en Bilbao. Foto: Pilar Torres.

La idea de una exposición itinerante es, no sólo sacar el arte fuera del marco de los museos, sino quizá aún más importante, la de compartir el arte. En los años 70 las sondas Voyager llevaban un disco de oro con una selección de música que provenía de múltiples culturas del mundo, saludos en 55 idiomas y una mezcla de sonidos característicos del planeta, entre otros mensajes e informaciones de la tierra. Los bronces de Moore que ahora pueden verse en Bilbao, ya han estado antes en Las Palmas, Tenerife y Valencia. La idea que las mueve, la de compartir la experiencia cultural, es la misma.

'Madre e hijo reclinados', escultura de Henry Moore expuesta en los aledaños del Museo de Bellas Artes de Bilbao. Fotografía: Pilar Torres.

‘Madre e hijo reclinados’, escultura de Henry Moore expuesta en los aledaños del Museo de Bellas Artes de Bilbao. Fotografía: Pilar Torres.

Iñaki Torres