Yo, Calígula

Calígula, de Albert Camus
Traducción: Borja Sitjà
Dramaturgia y dirección: Mario Gas
Sagunt a Escena
Viernes 18 y sábado 19 de agosto de 2017

Demente, depravado, cruel, tiránico, incestuoso…La mala reputación de Calígula es tan compacta como un bloque de granito sin una grieta o resquicio ni a la bondad ni a la virtud. Pasó a la historia sobre un pedestal de vicios y perversidades que lo encumbran como uno de los gobernantes más nefastos de la antigua Roma junto a Tiberio o Nerón. En gran parte por méritos propios pero también por la tergiversación de historiadores como Suetonio que en su obra ‘Vida de los doce césares’ acentuó los rasgos más negativos de su personalidad para complacer a sus mecenas, Trajano y Adriano, enemigos acérrimos del dueño del veloz semental  Incitato.

Pero Calígula era algo más que un tirano colérico y caprichoso propenso a hacer correr la sangre de sus súbditos. Detrás del monstruo se ocultaba un hombre lleno de contradicciones y debilidades que Camus exhumó en los años cuarenta en una pieza dramática que llega este fin de semana (18 y 19 de agosto) al Teatro Romano de Sagunto en un montaje de Mario Gas protagonizado por el actor catalán Pablo Derqui con una puesta en escena nada historicista, sin togas pero sí con coronas de laurel, de Paco Azorín.

Calígula. Imagen cortesía de Focus Teatro

Calígula. Imagen cortesía de Focus Teatro

Tanto Azorín como Derqui subrayan las afinidades entre el emperador romano y el actual presidente de Estados Unidos. «La arbitrariedad de sus decisiones, la simplicidad de sus mensajes, la pobreza de sus planteamientos, lo caprichoso de sus deseos y lo arcaico de su agresividad recuerdan mucho a Donald Trump», declaró Azorín en una entrevista de El Cultural.

Por su parte, Derqui considera que el magnate americano es «una extraña mezcla de Calígula y Enrique IV de Castilla», en referencia al hermanastro de Isabel la Católica, un rey pusilánime y dubitativo que él mismo encarnó en la primera parte de la serie Isabel. El intérprete confiesa que nada de su personaje le repugna. «Si bien es atroz en sus acciones, lleva en su interior una gran angustia y desasosiego. Cuando uno pretende acercarse a un personaje y vestirse de él, debe tratar de quererle, de comprenderle. Los actores somos fingidores profesionales. Preparamos, durante meses, un disfraz que luego mostramos en público. Más que contaminarnos, nos encariñamos de él. En este caso, bajo la dirección de Mario Gas nos interesaba mucho más la humanidad de Calígula, su sensibilidad. La extrema lucidez del que asume el dolor humano. Ese era el punto que creíamos que hacía brillar mejor al personaje, a la obra. Así creíamos también que lo entendió el autor».

Calígula, de Mario Gas. Imagen cortesía de Focus Teatro

Calígula, de Mario Gas. Imagen cortesía de Focus Teatro

Junto a ‘El extranjero’ y ‘El mito de Sísifo’, ‘Calígula’ forma parte de lo que Camus denominó ‘trilogía del absurdo’ que culminó bajo el influjo de los horrores de la II Guerra Mundial que dejaron a la Humanidad huérfana de ideales, al borde del abismo. De ahí la angustia existencial y el nihilismo que destila un texto construido en torno al personaje atormentado, el poderoso emperador incapaz de ser feliz. «La de Calígula es la historia de un suicidio superior», escribió Camus. «Es la historia del más humano y más trágico de los errores. Infiel a los seres humanos a causa de su excesiva lealtad a sí mismo, Calígula consiente en morir después de darse cuenta de que no puede salvarse solo y que nadie puede ser libre en contra de otros». ¡Nada, siempre nada!, estalla con su último aliento cuando los conjurados le dan muerte.

Estrenada con gran éxito el pasado 12 de julio en el Teatro Romano de Mérida, Calígula recrea en su escenografía la racionalista arquitectura del fascismo italiano. En concreto la fachada del Palazzo della Civilttà del Lavoro en Roma máximo exponente de ese estilo propiciado por el Duce. «Mussolini rescató la iconografía del imperio romano para ornamentar su régimen, pero nosotros no hacemos historicismo ni documentalismo del fascismo», dice Azorín. «Tampoco utilizamos togas como sugirió el propio Camus, aunque en España, cuando se ha montado esta obra, casi siempre se ha recurrido a ellas». Completan el reparto: Borja Espinosa, Mónica López, Bernat Quintana, Xavi Ripoll, Pep Ferrer, Pep Molina, Anabel Moreno y Ricardo Moya.

Calígula, de Mario Gas. Imagen cortesía de Focus Teatro

Calígula, de Mario Gas. Imagen cortesía de Focus Teatro

Bel Carrasco

Clásicos y héroes

Sagunt a Escena
Teatro Romano de Sagunto y otros espacios
Del 18 de julio al 8 de septiembre de 2017

La ciudad que se ganó a sangre y fuego la reputación de heroica se llena este verano de clásicos, de héroes y de antihéroes, lema de la 34 edición del festival que cubre los meses más cálidos del año. “Estamos en un momento en el que deberíamos reflexionar cómo creamos a nuestros héroes y antihéroes”, dice Juan Vicente Martínez Luciano, director del evento. “Y los clásicos nos ayudan a pensar en ello. Nuestro propósito es mostrarlos con nuevos lenguajes escénicos”.

Con un sustancioso cóctel de grandes figuras que incluye a Carme Portaceli, Aitana Sánchez Gijón, Silvia Pérez Cruz, Mario Gas, Joan Amèric o Ximo Tébar, entre otros artistas, Sagunt a Escena ofrece más de 50 días repletos de propuestas, 32 espectáculos de teatro, danza, música y circo, entre el 18 de julio y el 8 de septiembre. Con una trayectoria consolidada en torno al relato, el festival aspira, en palabras de su director, “a ser más que un escaparate de grandes espectáculos y generar conocimientos y reflexión”. Mérida, Almagro o el Grec son los ejemplos a seguir.

Escena de Sukei a Naima. Imagen cortesía de Sagunt a Escena.

Escena de Sukei a Naima. Imagen cortesía de Sagunt a Escena.

Se inició con una serie de piezas protagonizadas por mujeres. De Sukei a Naima, coproducción del Institut Valenciá de Cultura y La Dependent, un texto de la dramaturga alcoyana Gemma Miralles, dirigido por Cristina Lügstenmann, que  profundiza en la pérdida de la identidad y la cultura de los moriscos tras su expulsión y aborda diversas temáticas relacionadas con las migraciones, los desplazados, la integración y el perdón.   Siguió Silvia Pérez Cruz, Vestida de nit, y el ballet Man Ray inspirado en el fotógrafo surrealista, que fue también bailarín, y su relación con sus  modelos. Como muestra de espectáculos fronterizos entre el teatro, la danza y otras disciplinas, Amazonas de la compañía Andanzas, dirigida por Juana Casado, que se presenta con carácter de estreno absoluto el 26 de julio.

Tras un intervalo musical, la Jove Orquestra de la Generalitat  y el flamenco de  Israel Galván, La Fiesta, llega a principios de agosto el plato fuerte del menú: Troyanas, Calígula, Dead Hamlet y Tao Dance Theatre con 6 y 7 máximo exponente de la danza minimalista.

Troyanas. Imagen cortesía de Sagunt a Escena.

Troyanas. Imagen cortesía de Sagunt a Escena.

Víctimas y verdugos

Las mujeres no iban a luchar pero el destino que esperaba a las del pueblo vencido era incluso peor que el de los hombres. Convertidas en botín de guerra, las derrotadas acababan sometidas y ultrajadas como esclavas sexuales. El grito de las troyanas viaja a través de los siglos hasta la ciudad siria de Alepo en el montaje dirigido por la valenciana Carme Portaceli y protagonizado por Aitana Sánchez-Gijón en el papel de Hécuba, que se estrenó en Mérida y estará en Sagunto el 3 y 4 de agosto.

Con escenografía de Paco Azorín inspirada en una dramática imagen de Hula, otra ciudad siria arrasada por la guerra, y sobre un texto de Alberto Conejero, la pieza da voz a esas mujeres vencidas que claman por sus hijos, maridos y padres muertos. Sobre su dolor se alza la fortaleza de Hécuba que las insta a la resistencia dándoles un aliento de esperanza.

Cartel de Calígula. Imagen cortesía de Sagunt a Escena.

Cartel de Calígula. Imagen cortesía de Sagunt a Escena.

El Calígula nihilista de Albert Camus dirigido por Mario Gas y protagonizado por Pablo Derqui es otro peso pesado del festival, el 18 y 19 de agosto. Camus se inspiró en la compilación de biografías de Suetonio, Vida de los doce césares, pero sin cargar las tintas en la figura del emperador famoso por su locura y depravación. Su texto ahonda en el absurdo existencial, la enajenación metafísica, el sufrimiento y la lógica del poder. Tras la muerte de su hermana y amante, Drusila, el caprichoso tirano somete a sus súbditos a una serie de aterradoras demostraciones de lo que él considera su verdad absoluta.

Dead Hamlet. Imagen cortesía de Sagunt a Escena.

Dead Hamlet. Imagen cortesía de Sagunt a Escena.

Entre ambos títulos, el 12 de agosto, aterriza una vistosa versión libre de Hamlet para teatro físico y danza a cargo de Sennse Teatro Laboratorio, Dead Hamlet. Ataviados con un impresionante vestuario, los intérpretes encarnan la venganza, la traición, la hipocresía, la locura…Son fantasmas en una oscura pesadilla en la que todos están muertos o agonizando, pero anhelando una vida auténtica.

Tao Dance Theatre. Imagen cortesía de Sagunt a Escena.

Tao Dance Theatre. Imagen cortesía de Sagunt a Escena.

Como muestra de espectáculos internacionales, la mencionada danza china de Tao Dance Theatre y el estreno de la ópera La Brecha (3 de septiembre), una apuesta por la internacionalización que se quiere consolidar en futuras ediciones. Dirigida por Paco Azorín, esta ópera cuenta  con patrocinios públicos y privados de  relevancia como la del Parlamento Europeo o la Fundación Hulencourt.

Bel Carrasco

Cicuta demócrata para paladares socráticos

Sócrates, juicio y muerte de un ciudadano
Coproducción de Teatre Romea, Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y Grec 2015
Teatro Olympia
San Vicente Mártir 44, Valencia
Hasta el domingo 15 de noviembre

En pleno ejercicio de conmemoración de su centuria, el Teatro Olympia -otrora teatro de ópera y sala de exhibición cinematográfica, ambigú de referencia marmolada en los sótanos y más de medio siglo bajo la gestión de la familia Fayos- acoge durante el presente fin de semana una de las giras teatrales más esperadas por provincias, al calor protagónico del conspicuo molletense Josep María Pou y la regencia escénica de una voz ilustre tras las bambalinas como Mario Gas, ‘Sócrates, juicio y muerte de un ciudadano’.

El elenco de la obra a las puertas del Teatro Olympia, tras la rueda de prensa. Fotografía: Merche Medina.

El elenco de la obra a las puertas del Teatro Olympia, tras la rueda de prensa. Fotografía: Merche Medina.

Gran parte de cuanto aditamenta de partida esta coproducción se antoja atractivo. A saber: recuperar para los escenarios la diluida figura del mayéutico Sócrates de Atenas -distante en el tiempo el ‘Sócrates’ cubista del ceremonioso Marsillach, bajo la dirección de Enrique Llovet en 1972-, para asentar un ejercicio reflexivo sobre el legado moral de su conducta (emparentado con la razón vertebral de su naturaleza filosófica) y ajusticiamiento a manos del Estado ateniense; la batuta de Gas, las riendas interpretativas de Pou y el complemento de aplaudidas segundas voces, como son Amparo Pamplona, Carles Canut y Pep Molina.

El texto de la obra -rubricado a manos del director y del también actor Alberto Iglesias- se gesta inspirado en las ‘apologías socráticas’ legadas por Platón y el ágil e impreciso historiador Jenofonte, en las que se ofrece una versión del alegato de defensa de Sócrates frente a los tribunales atenienses, acusado de impiedad por razones de escepticismo respecto de los dioses de la polis, así como de corromper intelectual y pedagógicamente la moral de la juventud, distanciándola de los vigorosos fundamentos de la democracia ateniense. La obra permite, de este modo, procurar un incisivo escenario de iniquidad consanguíneo del convulso horizonte coetáneo del espectador, henchido de atribuladas y viles corruptelas semejantes morfológicamente a cuantas trufaban las entrañas ocultas y las asaduras viscerales de la democracia y la ciudadanía en la Antigua Grecia.

Josep María Pou (Sócrates) y Carles Canut (Critón) durante un instante de la representación. Imagen cortesía de la compañía.

Josep María Pou (Sócrates) y Carles Canut (Critón) durante un instante de la representación. Imagen cortesía de la compañía.

Planteado el corpus de la obra, resta la compleja y decisiva tarea de convertir sus fundamentos en texto dramático, territorio en el que se adivinan ciertas ortopedias prosódicas, carestías de ritmo y dificultad para trasladar al público los preceptos elementales del pensamiento socrático (cuestión esencial para comprender los cimientos del juicio), no tanto por la complejidad del discurso -cuestión ineludible que debe agradecerse- sino en lo que respecta a la integración de la prédica en la materialización del diálogo sin que éste parezca, más bien, una sucesión de soliloquios como réplica.

Mario Gas, conducido por diversos principios del distanciamiento brecthiano, emplea un par de recursos de anacronismo durante el proemio y el colofón de la obra con cuestionable resultado (relacionado con el empleo de los dispositivos móviles de los espectadores), aunque acierta al desproveer a ‘Socrates, juicio y muerte de un ciudadano’ de una carga emotiva que transformaría en cuita lo que debe ser en todo momento ironía socrática -embrión de su metodología dialéctica-, en pro de suscitar las cavilaciones de la platea. Resta descubrir el motivo por el que Gas, Iglesias o la propia Amparo Pamplona transforman a Jantipa -esposa de Sócrates- en una rústica mujer de maneras oprobiosas, tendiendo en cuenta su noble abolengo (la insolencia y el desprecio no deben ser entendidos como análogos de la simpleza).

Sea encomiable el intrincado propósito de hacer gira de escenarios de la mano de un icono de la filosofía clásica y excelso personaje de los manuales de la historia del filosofía occidental (ocasión práctica para adolescentes instruidos y profesores que se precien de serlo).

Josep María Pou durante un instante de 'Sócrates, juicio y muerte de un ciudadano'. Imagen cortesía de la compañía.

Josep María Pou durante un instante de ‘Sócrates, juicio y muerte de un ciudadano’. Imagen cortesía de la compañía.

Jose Ramón Alarcón

 

Invernadero o los abusos del poder

Invernadero, de Harold Pinter, bajo dirección de Mario Gas
Teatro Olympia
C / San Vicente, 44. Valencia
Hasta el domingo 25 de octubre

Un elenco de lujo para dar vida a una obra soberbia. En vísperas de la celebración de su 150 aniversario, el Teatro Olympia acoge Invernadero de Harold Pinter, dirigida por Mario Gas sobre una traducción de Eduardo Mendoza. Gonzalo de Castro y Tristán Ulloa, dos rostros televisivos, encabezan un reparto que incluye a Isabelle Sttofel, Ricardo Moya, Jorge Uson, Carlos Martos y Javivi Gil Valle. Lástima que su paso sea tan fugaz y sólo permanezca en cartel hasta el domingo 25 de octubre.

Pinter escribió The Hothouse, en 1958, como pieza radiofónica para la BBC, y la reconvirtió en obra teatral, pero acabó arrumbada en un cajón, quizá porque compartía tema de fondo -el totalitarismo imponiéndose sobre el individuo- con su obra The Birthday Party, que cosechó escaso éxito. En 1980, se estrenó bajo su dirección en el Hampsted Theatre y ha sido numerosas veces repuesta en Gran Bretaña, pero en España sólo se representó en una ocasión.

Invernadero, de Harold Pinter, bajo la dirección de Mario Gas. Imagen cortesía del Teatro Olympia.

Invernadero, de Harold Pinter, bajo la dirección de Mario Gas. Imagen cortesía del Teatro Olympia.

El Premio Nobel concibió el texto bajo una doble conmoción: la invasión de Hungría por los tanques soviéticos y las secuelas de una experiencia de cobaya humana que, con el fin de ganar algún dinero, sufrió dos años antes. El joven dramaturgo se presentó voluntario a unas pruebas de percepción sensorial en el Maudsley Hospital de Londres, donde le sometieron a un tratamiento de shock psicológico, con electrodos y sonidos de altísima frecuencia, muy similar al que  describe en su obra. “Pasé varios días temblando de pies a cabeza, preguntándome a quiénes estarían destinados aquellos experimentos, y tardé mucho tiempo en olvidar la experiencia”, confesó años después a su biógrafo.

Un invernadero es un lugar al resguardo de la intemperie, de temperatura y humedad controladas para garantizar el bienestar de las plantas. En el invernadero creado por Pinter los termómetros han enloquecido y la temperatura pasa de un frío gélido a un calor infernal, de la risa cruel a la crítica descarnada. La acción transcurre en un centro de reposo de la posguerra británica, durante una jornada navideña marcada por un nacimiento y una muerte. Una escalera de caracol, concebida por el escenógrafo Juan Sanz, parte verticalmente el escenario evocando el acto de trepar, de ascender o también de caer. Los protagonistas son los directores, intermediarios y subalternos del tétrico lugar. Los internos, simples números e invisibles.

Escena de Invernadero, de Harold Pinter, bajo la dirección de Mario Gas. Imagen cortesía de Teatro Olympia.

Escena de Invernadero, de Harold Pinter, bajo la dirección de Mario Gas. Imagen cortesía de Teatro Olympia.

“La obra habla del poder, del abuso del poder y de la falta de empatía de los poderosos respecto a la gente de la calle”, comentaron los actores en la presentación del montaje. “A través del humor, de la paradoja y del absurdo delirante, Pinter lleva a cabo una deformación sistemática de la realidad, una constatación del absurdo de nuestra sociedad”.

¿Una obra incómoda? “Depende de la butaca que se ocupe”, respondió, irónico, Ricardo Moya. “Pero precisamente  la función del teatro es incomodar, al poner un espejo delante del público”, añadió Tristán Ulloa, “y esto Pinter lo hace de forma magistral”.

Pese a los años y los profundos cambios transcurridos desde su concepción, la obra mantiene plena vigencia. “En los cincuenta estaban los tanques y hoy columnas de refugiados en busca de asilo en un invernadero entre vallas y alambradas que es Europa”, dijo Moya.

La reducida presencia femenina es quizá el único punto que revela la edad de la pieza que de haber sido escrita hoy contaría con más actrices. “Mi personaje Cutts es muy histriónico, con aires de femme fatale y usa sus armas femeninas para hacerse valer”, señaló Isabelle Stoffel.

Escena de Invernadero, de Harold Pinter, bajo dirección de Mario Gas. Imagen cortesía de Teatro Olympia.

Escena de Invernadero, de Harold Pinter, bajo dirección de Mario Gas. Imagen cortesía de Teatro Olympia.

Teatro del Invernadero es también el nombre que ha elegido la nueva compañía que inicia su andadura. “Crear hoy una compañía teatral es un acto de fe”, afirmó Ulloa, uno de sus componentes. “Tal como están las cosas, incluso llenando el teatro se pierde dinero. En nuestro país la figura del actor se valora muy poco, parece que algunos no nos perdonan que disfrutemos con nuestro trabajo”.

“Pinter es siempre inquietante y negro. Se le identifica con el silencio, la paradoja y las palabras no dichas. Aquí, en Invernadero, Pinter destroza, desintegra lo que tiene sentido del lenguaje, en un tono absolutamente sardónico. Es una comedia en la que la risa va quedando atrapada y se va haciendo cada vez más densa hasta acabar en una demostración de cinismo terrorífico”, explica Gas, para quien esta obra va mucho más allá de la época de la guerra fría y los años cincuenta o sesenta.

“En la sociedad occidental de hoy se ha llegado a unos niveles de brutalidad, sofisticación y de negación absoluta de las cosas que ocurren fuera del control del poder que no hace falta ponerle nombre y apellido. A poco que pienses y sientas, todo lo que retrata Pinter lo relacionas con lo que estamos viviendo. Las armas del poder económico y político han atrapado al ciudadano medio”.

Bel Carrasco

Las 10.001 noches del Escalante

Les 1001 Nits, de Vicent Vila
Escalante Centre Teatral
C / Landerer, 5. Valencia
Estreno: lunes 13 de octubre
Hasta el 21 de diciembre, 2014

Para celebrar sus 30 años, el Escalante estrenará la producción propia ‘Les 1001 Nits’, un proyecto largamente deseado por su director Vicent Vila. Y ahora que han pasado más de 10.000 noches desde que el Centre Teatral de la Diputación de Valencia arrancará en 1985, la famosa recopilación de cuentos ve la luz con nueve actores en escena que dan vida a 72 personajes, apoyándose en el uso de marionetas.

Una escena de 'Les 1001 Nits', de Vicent Vila, en el Escalante. Imagen cortesía de Escalante Centre Teatral de la Diputación de Valencia.

Una escena de ‘Les 1001 Nits’, de Vicent Vila, en el Escalante. Imagen cortesía de Escalante Centre Teatral de la Diputación de Valencia.

Para reforzar la magia del libro, y el milagro que supone contar con un teatro público reiteradamente premiado, el Escalante exhibe 87 dibujos de Josep Segrelles realizados en 1932 para ilustrar precisamente ‘Las 1001 noches’ que tradujo Vicente Blasco Ibáñez. Como recordó el comisario de la exposición, Joan Josep Soler, hablamos del artista plástico valenciano por el que sienten admiración (“son auténticos fanáticos de su obra”) Guillermo del Toro (‘El laberinto del fauno’) o John Howe, ilustrador de ‘El señor de los anillos’. Soler avanzó que el cineasta, de hecho, tiene previsto visitar en breve el Museo Segrelles de Albaida.

La efemérides se completa con una macro exposición en el MuVIM, que tendrá lugar en diciembre. Ocupando la Sala Parpalló, podrán verse los diseños, el vestuario, las escenografías y los carteles originales de ilustradores valencianos que han ido participando durante estos 30 años en las producciones y exposiciones del Escalante. Y para remate conmemorativo también se editará, en colaboración con Bromera, un anexo al libro que celebraba el 25 aniversario del teatro, con textos de las últimas producciones teatrales.

Escena de 'Les 1001 Nits', de Vicent Vila, en el Escalante. Imagen cortesía de Escalante Centre Teatral.

Escena de ‘Les 1001 Nits’, de Vicent Vila, en el Escalante. Imagen cortesía de Escalante Centre Teatral.

¿Que por qué un teatro como el Escalante sigue vivo y coleando, pese a la sempiterna crisis del teatro y la más reciente pero devastadora crisis económica? La palabra la tiene Vicent Vila: “Es un secreto publico: porque nunca nos ha faltado el apoyo de la Diputación de Valencia y porque había un público que atender y una demanda por parte de los profesionales”. Lo cual ha hecho que el Escalante haya montado más de 40 producciones propias, obteniendo prácticamente otros tantos premios, para un total de 2.500.000 espectadores.

“Es un ejemplo de teatro público de calidad y sostenible”, que cuenta con “un 90% de ocupación en cada función”, destacó Cristóbal Grau, diputado de Teatres, encantado de poder ofrecer una buena noticia en tiempos de descrédito de la clase política. Una buena noticia que, en el caso del Escalante, “casi pasa desapercibida por lo habitual que resulta”, subrayó su director.

Actores y responsables institucionales, tras uno de los ensayos de 'Les 1001 Nits' ante los medios de comunicación. Imagen cortesía del Escalante.

Actores y responsables institucionales, tras uno de los ensayos de ‘Les 1001 Nits’ ante los medios de comunicación. Imagen cortesía del Escalante.

‘Les 1001 Nits’ que ha escrito y dirige Vicent Vila, cuenta con un reparto encabezado por María Almudéver, con sonido original del Premio Nacional de Música, Joan Cerveró, y dirección artística de Ana Garay, escenógrafa que ha trabajado con Pilar Miró, Adolfo Marsillach, Mario Gas o Josep Maria Pou, entre otros. La exposición de Segrelles se completa igualmente con esculturas de la ceramista Reme Tomás.

‘Las 1001 noches’ representa sin duda el espíritu del Escalante: un  teatro que se mantiene vivo, como Sherezade, porque el rey Shahriar (la Diputación) no puede dejar morir a quien embelesa con tanta narración ya vista y por venir. De nuevo Vicent Vila: “Es un homenaje al equipo técnico del Escalante, que se ha entregado al montaje con abnegación, amor y profesionalidad”. Y así durante ya más de 10.000 y una noches.

Escena de Les 1001 Nits, de Vicent Vila, en el Escalante. Imagen cortesía del Escalante Centre Teatral de la Diputación de Valencia.

Escena de Les 1001 Nits, de Vicent Vila, en el Escalante. Imagen cortesía del Escalante Centre Teatral de la Diputación de Valencia.

Salva Torres