De artistas y galeristas

Con motivo del cierre de la galería Espaivisor de València
Noviembre de 2019

Una gran parte del mundo del arte se encuentra tan perdida que, a veces, incluso produce ternura. Este texto nace de las declaraciones del vicepresidente de LaVAC (Asociación de Galerías de Arte Contemporáneo de la Comunidad Valenciana) en Levante-EMV con motivo del cierre de la Galería Espaivisor: “Valencia sigue con la política de los grandes eventos… no hace nada para retener a las galerías”, “los políticos solo atienden a los grandes centros”, “nosotros nos jugamos el tipo en cada exposición”, “las galerías carecemos de absoluto interés para los políticos”.

Pintada en una pared. Fotografía: MAKMA.

Los artistas se lamentan

No hace mucho se organizó aquí, en València, una suerte de seminario en el que se pretendía ofrecer al artista del hoy “un mapa de herramientas y estrategias con las que reorientar y enmendar su situación de inestabilidad profesional”. Se llamó ‘Hacia la profesionalidad del artista visual’ y contó, como era de prever, con toda una plantilla de profesionales que se mostraban preocupados verdaderamente por el futuro del artista del hoy: comisarios, gestores culturales, galeristas, periodistas, artistas y miembros de asociaciones o agrupaciones pertenecientes a dos sectores de ese mundo. 

Detalle en una puerta. Fotografía: MAKMA.

Las galerías de arte se lamentan

Parece ser que, en efecto, parte de ese mundo del arte actual anda desconcertado. ¡Pero hay que decir que no todos los elementos que configuran su mundo!: los políticos y gestores culturales institucionales (no solo de las capitales, sino de todos los municipios, tengan el tamaño que tengan) parecen vivir en constante estado de excitación y éxtasis. Y tienen motivos para ello, pues a veces les sobrepasa la cantidad de eventos que tienen que atender cada semana. Tampoco los grandes centros de arte pueden poner mala cara, pues sus alegrías crematísticas ya no provienen de una sola vía, la política/institucional, sino de dos: la política (que con ello gana votos) y la privada (que gana en desgravaciones). Aunque siempre les parecerán pocas esas alegrías a los grandes centros de arte, todo se ha de decir. Llorones.

Entonces, ¿quiénes se encuentran desconcertados, además de compungidos? Pues ya lo hemos avanzado: fundamentalmente, dos sectores de ese mundo, el de los artistas y el de los galeristas; precisamente esos dos sectores que hasta no hace mucho eran los verdaderos generadores de la idea de ‘arte contemporáneo’. Pero ya no (se siente), y por eso se embarcan, constantemente, en seminarios, congresos, jornadas, abiertos, mesas redondas, nocturnos y encuentros con el fin de superar lo que ellos mismos llaman, no sin cierta ingenuidad, “reto del nuevo mercado global”, analizando conceptos como branding, comunicación offline, RR. SS., composición curricular, estrategias online, autogestión e, incluso, autogestión sostenible. Ya digo, desconcertados y perdidos.

Detalle de un maniquí. Fotografía: MAKMA.

De los artistas

Si hay algún sector verdaderamente patético en eso que aún llamamos mundo del arte es el de los artistas o, mejor, el de todos esos personajes que se autodenominan artistas. Los que se autocalifican artistas –que son todos los que creen hacer arte– se caracterizan por la queja, por vivir su profesión en permanente estado de lamento. O bien se quejan de no vender o bien se quejan del poco cariño que le muestra la institución política o, si quieren, el poder fáctico. Ambas quejas, insisto, es lo que convierte en patético a los representantes del sector. 

Respecto a la la primera, porque convierte a los supuestos artistas en seres molestos, como molestos son todos aquellos que se empeñan en vendernos algo que no queremos. Y, respecto a la segunda, porque la queja supone una contradicción insalvable, pues la primera función (misión) que dicen tener los supuestos artistas es la de cuestionar el sistema, el poder fáctico, si quieren. Por lo que si alguien se empeña en trabajar para Él es solo porque quiere ser un lacayo, lo contrario de un ser libre. Su falta de dignidad es solo equiparable a su falta de pudor.

Cabeza de una maniquí. Foto: Makma

De las galerías de arte

Y respecto a las galerías, baste recordarles tres cosas: 1) que lo suyo se trata de un negocio y NO de un servicio cultural. 2) Que el producto que venden ya no representa ni siquiera el espíritu de nuestra época. Y, 3), que ellos, los galeristas, montaron su negocio por voluntad propia y, además, nadie les pide que “se jueguen el tipo con cada exposición”.

Parecen ignorar que las cosas del ahora nada tienen que ver con las cosas acaecidas antes de la caída de Lehman Brothers en 2007; mismo año en el que surgieron los smartphones; mismo año en que se consolidó Facebook; mismo año de la expansión de Twitter; mismo año en el que Google lanzó Android y promovió Youtube; mismo año, en definitiva y sobre todo, donde las RR. SS. se impusieron como forma de comunicación inmediata y masiva. En estas circunstancias, el método hagiográfico (el artista como ser que inevitablemente produce objetos sagrados), que aún siguen usando los galeristas, ya no solo es anacrónico, sino también obsoleto. 

En cualquier caso, tal y como ya advertí en un artículo anterior, ¡claro que seguirá habiendo galerías de arte que funcionen bien económicamente!, pero ahora, más que nunca, serán solo aquellas que trabajen con coleccionistas superpoderosos (los pocos que van quedando), o con narcotraficantes, o con traficantes de armas, o, si quieren, con brokers desalmados, o con empresarios de alto standing que saben desgravar con elegancia o blanquear con permisividad y connivencia, etcétera. ¡Y claro que seguirá habiendo grandes ferias Basel, pero para dar servicio solo a los (galeristas) que son capaces de llegar a ellas! Unos cuantos elegidos, privilegiados. 

Máscara veneciana. Foto: Makma

Alberto Adsuara

‘Psico’: El inconmensurable deseo femenino

‘Psico’, de Alberto Adsuara
Con Elena Climent
Cámara y montaje: Samuel Navarro / Sonido: Jacobo Vallier / Música: Victoria Contreras
Octubre Centre de Cultura Contemporània de València
Viernes 18 de octubre de 2019

¿Qué quiere la mujer?, se preguntó Sigmund Freud en 1925. Una pregunta que años más tarde, en 1932, intentó abordar en su conferencia titulada ‘La feminidad’. Una pregunta sobre el deseo femenino que Freud reconoció, al final de dicha disertación, solo poder contestar de manera incompleta y fragmentaria; y, por ello, sugirió a los oyentes que si deseaban conocer más en profundidad el alma femenina que indagasen en la obra de los poetas. 

Ese enigma de la feminidad, que recorre con insistencia no solo la obra de Sigmund Freud, sino también la teoría psicoanalítica, subyace en el mediometraje ‘Psico’, del polifacético director Alberto Adsuara. La película está dividida en tres partes que corresponden a las tres sesiones de terapia psicoanalítica que mantiene la protagonista. De ahí, el título ‘Psico’, abreviatura de psicoanálisis y no de psicosis, tal y como precisó el director en la presentación. Una aclaración pertinente porque la protagonista no está loca, solo quiere saber acerca de cierta obsesión sexual que, como ella misma confiesa al psicoanalista, le perturba, le desasosiega, le inquieta.

Será la actriz Elena Climent quien dé, con una plenitud extraordinaria, la voz, los ojos y el cuerpo, a esta mujer que acude al análisis para comprender ese deseo sexual que, literalmente, le desborda.

Elena Climent, en ‘Psico’, de Alberto Adsuara. Imagen cortesía del autor.

Un actriz y un diván

Tres personajes componen la puesta en escena de ‘Psico’: en campo, una actriz y un diván; en fuera de campo, un psicoanalista al que no se ve, ni se escucha. Minimalista, pero no austera. La iluminación y la banda sonora envuelven a estos tres personajes, creando una atmósfera de matices poéticos. Y, junto a la iluminación y la banda sonora, el texto y la cámara.

El texto, un monólogo teatral, es ingenioso, irónico –con un tono, en ciertos momentos, que recuerda al estilo de los escritos de Woody Allen–. Adsuara explicó que lo escribió en 1992 “como una pieza de teatro, para que fuese interpretado por la actriz Cristina Fenollar, pero nunca se materializó el proyecto”.

El mediometraje narra la insatisfacción de una mujer que parece tenerlo todo: un trabajo que le agrada, un marido que la quiere, unos hijos que la adoran; pero hay una obsesión sexual que no puede evitar, que la domina, a pesar de que quiere a su marido, como deja claro en la terapia. 

Elena Climent, en un momento de ‘Psico’, de Alberto Adsuara. Imagen cortesía del autor.

Y será esa obsesión sexual quien la lleve a tumbarse en el diván para poder verbalizar la verdad de su deseo. Allí tumbada, la mujer habla y en sus palabras –palabras que le sorprenden a ella misma– se vislumbra la pulsión sexual que la despierta de esa vida acomodada y satisfactoria. O debido a esa pulsión sexual no encauzada en la infancia –cabe señalar que la obsesión sexual de esta mujer se concentra en su culo–, no hay vida acomodada que pueda acallarla. 

Al inicio, en la primera sesión, la cámara mira a la mujer tumbada en el diván, del mismo modo que ella escucha las palabras que hablan de su deseo: distante, discreta y temerosa. En las siguientes sesiones, la cámara pierde el pudor y sigue, rodea, penetra a la protagonista, al mismo ritmo in crescendo que sus palabras y su cuerpo se van desinhibiendo hasta contar sin represión el goce sexual que la habita. Será, en la última sesión, cuando esta mujer narre al psicoanalista, ya en estado de catarsis delirante, hasta dónde le impulsó su obsesión sexual. 

La mujer sabe. Sabe que en ella gravita una pulsión sexual que ningún marido puede satisfacer. Pero tampoco, ningún otro único hombre. Igual ¿muchos? o ¿todos? puedan colmarla.

Una descripción de éxtasis sexual, magníficamente interpretada, escrita con verdadera chispa y elegantemente representada por la cámara. Una mirada y posición de cámara, entre otros aspectos, que hacen de ‘Psico’ una obra cinematográfica y no una obra teatral grabada.

Elena Climent, en ‘Psico’, de Alberto Adsuara. Imagen cortesía del autor.

Begoña Siles

Alumnos de ESAT exponen en Railowsky

Exposición fotográfica de alumnos de ESAT
Railowsky
C / Gravador Esteve, 34. Valencia
Inauguración: viernes 12 de abril de 2019, a las 19.30h

Un año más los alumnos de fotografía de la Escuela Superior de Arte y Tecnología (ESAT) exponen sus trabajos fotográficos realizados en la asignatura Fotografía de Estudio, clases de teoría y práctica que se imparten en la escuela, y que en esta ocasión tendrá lugar en Railowsky a partir de este viernes 12 abril.

El referente artístico desarrollado en las clases del profesor Alberto Adsuara se realiza en el plató de fotografía de ESAT, siendo David La Chapelle el artista en el que los alumnos se inspiran, una práctica grupal para recrear la estética de éste fotógrafo y director norteamericano, creador de atmósferas coloristas, un artista irreverente provocador e inquietante.

Esta exposición de fotografías, comisariada por el propio Adsuara, fotógrafo, cineasta y responsable de Audiovisuales de ESAT, forma parte de su práctica docente que cada año realiza con su alumnado. Una actividad que imparte a los alumnos de primer curso de la carrera Arte & Diseño de la Escuela Superior de Arte y Tecnología de Valencia, ESAT www.esat.es.

Algunas de las imágenes de estos jóvenes estudiantes, así como otras mas personales pertenecientes a la misma asignatura, se podrán ver en esta exposición. Railowsky es una galería profesional de fotografía con casi 30 años de experiencia siempre preocupada más por el contenido que por el continente.

Por ella han pasado no sólo fotógrafos reconocidos, sino también históricos de la fotografía como Alberto Schommer, Ramón Masats, Xavier Miserachs, Bernard Plossu, Juan Manuel Díaz Burgos, Xurxo Lobato, Jean Dieauzaide, Koldo Chamorro Gary Winogrand, Mary Ellen Mark, Juan Manuel Castro Prieto, Ferdinando Scianna, Franco Fontana, Tina Modotti y Juan Rulfo, entre otros.

Cartel de la exposición fotográfica en Railowsky. Imagen cortesía de ESAT.

Cartel de la exposición fotográfica en Railowsky. Imagen cortesía de ESAT.

Nace ‘Nostromo’, revista en papel singularizada

Presentación de la revista Nostromo
Convent del Carmen
Plaza Portal Nuevo, 6. Valencia
Viernes 5 de abril de 2019, a las 19.00h

El Convent del Carmen acogerá el próximo viernes 5 de abril la presentación de ‘Nostromo’, revista en papel con una tirada de 400 ejemplares en la que colaboran artistas que desarrollan su trabajo en muy diversos ámbitos plásticos, que nace por iniciativa de Alberto Adsuara y Antonio Soto, responsables de la carrera de Arte&Diseño de la Escuela Superior de Arte y Tecnología (ESAT) de Valencia.

‘Nostromo’ se editará cada seis meses con 400 nuevos depósitos numerados. No habrá dos Nostromos iguales: los 400 serán distintos. Si alguien quisiera adquirir los 400 ejemplares tendría 400 revistas diferentes. Al igual que ninguno de sus colaboradores es igual a otro ni lo será jamás.

Interior de la revista Nostromo. Imagen cortesía de sus editores.

Página 89 de la revista Nostromo. Imagen cortesía de sus editores.

‘Nostromo’ carece de objetivos precisos, más allá de prescindir de cualquier carácter reivindicativo y, por lo tanto, es producto de la plena libertad. El lector será quien, finalmente, decida qué hacer con el contenido de la revista. Así, cada visitante podrá arrancar aquellas imágenes que no le satisfagan lo suficiente.

El encuentro con esta nave será posible en las siguientes coordenadas 39.481051,0.380026. El espacio elegido para que ‘Nostromo’ aterrice -dejando libre a los integrantes que lleva en su interior- será el antiguo convento del Carmen en pleno corazón de la ciudad de Valencia.

Página 97 de la revista Nostromo. Imagen cortesía de sus editores.

Página 97 de la revista Nostromo. Imagen cortesía de sus editores.

Chucho, experiencia estética de un domingo de teatro

Chucho, de Mafalda Bellido, bajo la dirección de Xavier Puchades
Intérpretes: Jordi Ballester y Mafalda Bellido
Sala Ultramar
C / Alzira, 9. Valencia
Del 1 al 18 de noviembre de 2018

Pocas veces obtiene uno la satisfacción que todas las propuestas estéticas al fin y al cabo pretenden, porque eso es lo que pretenden todos los creadores de propuestas estéticas: que el espectador sienta, durante la percepción misma de la obra (teatro, pintura, cine, danza), una satisfacción que deviene, no tanto del placer (más o menos equívoco) en sí mismo cuanto de sentir lo que sólo puede ser proporcionado por la expresión coherente de una verdad. En cualquier caso soy consciente de que se trata ésta de una afirmación difícil en la medida en que el relativismo ha hecho del lenguaje un revolutum que precisamente le ha venido de perlas a la Ideología Dominante del hoy.

Primero: el término satisfacción puede encontrarse relacionado con el placer pero también con el displacer, es decir, la satisfacción no necesariamente implica disfrute continuado (aunque podría haberlo y en mi caso lo hubo), sino una suerte de sensaciones contradictorias que son satisfactorias en la medida en la que responden a una verdad coherentemente expresada desde la propuesta estética. En realidad a esa coherencia le hemos llamado siempre Belleza, pero como bien sabemos este término es uno de los que lleva tiempo discriminado por sospechoso. Como el de verdad, inscrito en la misma frase inmediatamente anterior.

Mafalda Bellido en 'Chucho'. Imagen cortesía de Sala Ultramar.

Mafalda Bellido en ‘Chucho’. Imagen cortesía de Sala Ultramar.

Yo reivindico aquí, en la obra de teatro ‘Chucho’ (vista el pasado domingo [4 de noviembre] en un teatro alternativo y pequeño que suelo frecuentar), una belleza que se encontraría en la misma propuesta escénica y que responde a una verdad que siendo inevitablemente subjetiva ha sabido trascender esa nimiedad que es al fin y al cabo la subjetividad. Para eso ha estado siempre el arte, ¿no?, para que a través de expresiones inevitablemente subjetivas se alcance una verdad trascendida por la belleza, que para uno no es sino una forma de llamar a la adecuación oportuna entre el texto o contenido (voluntad) y su adecuación (forma) en la propuesta.

Así, ‘Chucho’ le ha proporcionado a uno una verdadera experiencia estética; la que se obtiene cuando todo cuadra: un texto inteligente, un tono interpretativo adecuado, un control de los tiempos mesurado, una escenografía casi inexistente (por innecesaria) y un montaje, en definitiva, en el que se ha hecho prevalecer una cierta sensatez. ¿Sensatez? Sí, sensatez, eso de lo que carecen la práctica totalidad de las barrocas propuestas estéticas que nos rodean por doquier desde hace ya unos años. Y no se trata de una defensa del minimalismo (Vs. Barroquismo), no, lo que en uno hay es más bien un rechazo contundente hacia todas esas producciones que se constituyen, organizan y proyectan para ideologizar al espectador, cada vez más adocenado precisamente por haber caído en la trampa del barroquismo ideologizador bienpensante.

‘Chucho’ se encuentra en otra dimensión debido, pues, a la verdad que hay en ella con independencia de su autoconsciencia, como sucede con toda verdadera obra de arte. Su sencillez no debe despistarnos y debemos agradecer el tono elegido en la interpretación que oscila hábilmente entre lo humorístico, lo cómico y lo dramático, pero sin abandonar nunca el aspecto humano que los personajes necesitan para poder suministrar pequeñas (las justas) identificaciones. Muchas de las obras de teatro que uno ha visto en los últimos años son insoportables por equivocar el tono de las interpretaciones respecto al texto concreto al que remiten, más allá de los propios textos que, en general, suelen adolecer de ingenuismos panfletarios. El auténtico mal del hoy, el de la ideologización sin arte ninguno.

Jordi Ballester y Mafalda Bellido en 'Chucho'. Imagen cortesía de Sala Ultramar.

Jordi Ballester y Mafalda Bellido en ‘Chucho’. Imagen cortesía de Sala Ultramar.

Alberto Adsuara

Sin Arte

Abierto Valencia
Finales de septiembre de 2018

Se acerca la Gran Fiesta del Arte Valenciano. A falta de Feria, Fiesta: Abierto Valencia 2018, Fiesta inaugural de temporada de las galerías de arte valencianas. ¿Qué pensar de todo ello?

Todo el Arte de los dos últimos siglos hasta aproximadamente 2007 ha evolucionado y se ha desarrollado en base a los argumentos, a las teorías y a los discursos. Desde Hegel todo Producto Arte ha devenido, guste ahora o no, de una Teoría legitimadora que siempre ha tomado forma ideológica y absolutista: el Zeitgeist. O el progreso. Una Gran Teoría donde se han ido acurrucando pequeñas teorías subsidiarias: Adorno, Lukács, Plejánov, Antal, Hauser, Francastel, Panofsky y tantos otros… incluido el mismo Danto.

Lo que ha sucedido de unos años a esta parte (2007) es que esa forma de entendimiento del arte ha desaparecido. Harald Szeemann dio el pistoletazo de salida, Lehman Brothers el gran empujón y las redes sociales la estocada. El problema surge, pues, cuando no existiendo las condiciones para seguir siendo hegeliano hay quien se empeña en seguir siéndolo. Con las consiguientes previsibles y lógicas consecuencias, y la consiguiente inoportuna queja de todos: artistas, galeristas, directores de museos, comisarios… De todos, menos de los políticos, que son los grandes beneficiarios de los errores cometidos por tanta falta de conocimiento objetivo sobre el actual estado de las cosas. Y sobre el pasado.

Responsables institucionales y galeristas en la presentación del Abierto Valencia.

Responsables institucionales y galeristas en la presentación del Abierto Valencia.

Para que pudiera irles bien -a los galeristas- en aquello de lo que se quejan deberían de ser conscientes al menos de que no existiendo las condiciones para seguir siendo hegeliano lo mejor es abandonar la idea. O mejor la Idea. Deberían, para empezar, dejar de cometer errores que además de garrafales resultan contraproducentes para todos (menos para los políticos, con los que, por cierto, les gusta tontear); así deberían aceptar y asumir:

1. Que lo suyo se trata de un negocio y NO se un Servicio Cultural.

2. Y que el producto que venden ya no representa ni siquiera el Espíritu de nuestra Época.

No aceptarlo es, precisamente, lo que les convierte primero en anacrónicos y segundo en obsoletos, al menos tal y como están planteados esos negocios.

Lo que resulta de alguna forma patético es que en un mundo donde ya hay muchos más nativos digitales que coleccionistas aún sigan publicitando el evento, su evento, con este espíritu benefactor decadente:

“ABIERTO VALÈNCIA tiene como objetivo fundamental acercar el arte contemporáneo a la ciudadanía con una apuesta firme por la difusión de la cultura de una forma abierta y sencilla” (MAKMA)*. O la justificación de la propuesta ARCO Gallery Walk (hay que ser hortera): “El objetivo de hacer accesible la cultura para la ciudadanía”.

Y con el habitual aire grandilocuente:

“Abierto Valencia convierte a València en la capital del arte contemporáneo y en cita ineludible para coleccionistas nacionales e internacionales”.

Ya será menos. Lo siento por los asociados de LaVAC pero creo que no son conscientes del paso del tiempo (como una anciana que se resiste a envejecer y se pintarrajea como un loro) ni parecen ser sabedores del cambio que se ha producido en la humanidad desde hace una década.

Obra de Mathieu Mercier en una de las pasadas ediciones de Abierto Valencia.

Obra de Mathieu Mercier en una de las pasadas ediciones de Abierto Valencia.

Podrían empezar a concienciarse de que hemos cambiado no de época sino de era; hemos pasado de una era hegeliana (marxista) a una era liberal (pero políticamente correcta); de una era fundamentalista (Una Historia) a una era relativista (historias múltiples); de una era analógica (galerías) a una era digital (red); de una era politizada a una era ideologizada; de una era de expertos (elitista) a una era de redes sociales (democrática); de una era literaria (expertos y letra escrita) a una era numérica y cuantitativa (likes); de una era inestable (política) a una era controlada (big data); de una era metafísica (a pesar de su empirismo racionalista) a una era nihilista (a pesar de su fe en la tecnología); de la era del Art in America a la era del Instagram; de la era del Arte (la Idea) a la era del arte (las artes).

Así: ¡ya no hay posibilidad de usar el concepto FUTURO en las ventas!, argumento favorito de la era pretérita y que tantos fraudes ha permitido. Eso es algo que ha quedado exclusivamente adscrito a la tecnología. Y además, los argumentos de las ventas sólo pueden estar fundamentados en trivialidades (como el gusto o algo similar). Se siente. Ya no queda otra en un mundo realmente democratizado en lo que concierne a la imagen. Si lo que en última instancia (y en primera) quieren los galeristas es revitalizar (sic) las ventas lo mejor que pueden hacer es abandonar la Idea y sustituirla por nuevas estrategias.

¡Claro que seguirá habiendo galerías de arte que funcionen bien económicamente, pero ahora más que nunca serán solo aquellas que trabajen con coleccionistas superpoderosos, o con narcotraficantes, o con traficantes de armas de alto nivel, o con brokers desalmados, etc., tal y como lo hacen las mejores galerías del mundo, que por algo se mantienen y son las mejores! ¡Y claro que seguirá habiendo Grandes Ferias “Basel”, pero para dar servicio sólo a los -galeristas- que son capaces de llegar a ellas! El resto, en un mundo sin Arte pero con mucho arte, se tendrá que conformar con migajas. No hay otra si lo que quieren los galeristas es dinero y además estatus. Si lo que quieren es sólo dinero aún están a tiempo de inventarse algo.

Anécdota: El bueno de Manolo Escobar de hecho no sólo perdió su carro, sino mucho dinero “gracias” al arte, pobrecillo y que en paz descanse. Cuando quiso vender el 90% de una colección que había sido adquirida comprando a galeristas que le aseguraban la inversión (futuro) no encontró a nadie, no ya que le diera lo que se gastó, sino que le diera siquiera algo. Nada es exactamente lo que le daban por el 90% de su colección. El otro 10% de obra coleccionada que no quiso vender el bueno de Manolo se correspondió, en mayor o menor medida, con un cierto éxito de las compras en tanto que inversión, pero ni en el caso de que las hubiera conseguido vender (cosa improbable por extremadamente difícil) habría ganado dinero, pues habría que descontar los costes del fracaso del 90%. Y eso en los tiempos donde aún tenía cierto sentido coleccionar, pues la gente tenía casas y por tanto… ¡paredes! Ahora no hay nativo digital que no sea plenamente consciente de su circunstancialidad laboral, sexual, económica y en definitiva vital.

*Todos los entrecomillados están extraídos de una artículo publicado en MAKMA, pero yo estoy hecho un lío con el nuevo periodismo; ya no sé si los textos firmados por la propia revista los ha escrito un colaborador de la misma o son textos realizados por los mismos “anunciantes”. En cualquier caso es igual para los efectos.

Obra de José Antonio Orts en una de las pasadas ediciones de Abierto Valencia.

Obra de José Antonio Orts en una de las pasadas ediciones de Abierto Valencia.

Alberto Adsuara

De Russafart y otros festivales similares

(También podría haberse llamado Carta abierta a los galeristas)

A nadie le afectan ya sentencias que den por acaecida la muerte del arte. Es más: por aceptadas ya resultan hasta cansinas. Y cuando digo a nadie hago fundamentalmente referencia a esas personas que se dedican, aún y curiosamente, a generar productos en nombre del arte con unos u otros fines, siempre legítimos. O dicho de otra forma: los artistas no dejan de producir aún cuando puedan sospechar que, de alguna manera, el arte ya no es lo que era. Así, por fin, ¡porque que ya era hora!, los artistas del hoy son inevitablemente escépticos ante un mundo, el del arte, que aparenta ser (existir) sin poder hacerlo realmente dadas las condiciones que rigen las sociedades sociales actuales (Internet y RRSS). Lo he dicho en algún que otro artículo, alguno publicado en esta misma revista: 1. El último fin del Arte Moderno fue su democratización (‘Arte=Vida’ y ‘Todos somos artistas’ Beuys dixit), 2. La democratización del arte ha sido posible, de forma definitiva, gracias a las potencialidades tecnológicas.

¿Qué pueden hacer entonces ante estas circunstancias los aspirantes a artistas? Sólo tienen dos opciones, pero si eligen una deben renunciar a la otra. No son compatibles. El problema que sufren los aspirantes a artistas, que generalmente se pasan la vida quejándose de la falta de coleccionistas, de la falta de espacios dedicados al arte emergente (sic), de no tener acceso a ferias, del nimio caso que reciben de las pocas galerías que quedan en las calles, de la falta de cultura de los ricos que prefieren gastarse el dinero en yates, de los políticos que no los eligen para sus exposiciones sufragadas con dinero público… emerge, pues, ante el hecho de quererlo TODO. Abrazan eufóricos la democratización porque les permite estar en la calle (Vida), pero sin renunciar a lo que en el fondo más desean: tener un valor económico justo (sic) en el mercado. Un valor económico justo que les dignifique.

Pintada callejera en el barrio de Russafa en Valencia. Fotografía: Begoña Siles

Pintada callejera en el barrio de Russafa en Valencia. Fotografía: Begoña Siles

Pero TODO no puede ser, como bien deberían saber los adultos. O se acepta la (siempre deseada) democratización, y por tanto no cabe ya ninguna queja posible porque con ella se ha renunciado a todo lo que huela a elitismo cultural, o seguimos creyendo en el elitismo de la Alta Cultura y entonces debemos renunciar a todo acto popular y populista, no tanto porque queramos o no cuanto porque resulte incompatible. Así, a los aspirantes a artistas no les cabe más que elegir entre una de las dos opciones, o la de ser unos hippies de su mercancía (siendo +- pobres) o la de ser unos esclavos del mercado (siendo +- ricos). No hay otra. Otra cosa es que, después, pueda entrar en juego el factor suerte (tan capitalista él), y éste haga de un hippie una estrella de la creación. Lo que en el fondo TODOS desean.

Hagámonos dos preguntas e intentemos que sus respuestas clarifiquen este embrollo:

1. ¿Cuál ha sido y sigue siendo el mecanismo de legitimación de un artista real (artista real: el señalado por la Institución, que es el Mercado)? Respuesta: aquel que precisamente lo sitúa en un mercado y otorga un precio “indiscutible” al producto en ese mercado. ¿El mecanismo, entonces?: ser elegido por alguien con peso en el mercado del arte -todos desean ser elegidos- que te exima de ser un hippie, con lo que ello te obliga a aceptar: que tu valor en el mercado conlleva el reparto del beneficio con terceros, muchas veces a varios terceros y a veces mucho más elevados que los propios beneficios del artista.

2.¿Qué hemos entendido siempre por un ‘mercadillo hippie’? Respuesta: aquel lugar en el que el creador es el mismo vendedor de su producto. Cobra por su mercancía pero jamás por su faceta de vendedor (que es la faceta propia de un tercero).

Así pues, conclusión: está muy bien que los artistas sean hippies y está muy bien que se generen condiciones para que la (deseada) democratización vaya generando canales por los que los artistas lleguen al pueblo. Lo que no está tan claro es que los artistas quieran nadar y guardar la ropa simultáneamente. Si son hippies no podrán quejarse nunca más de ser unos incomprendidos. Nunca. Así, insisto, está muy bien que los artistas renuncien a los intermediarios y generen su particulares formas de venta directa, e incluso está muy bien que en su fuero interno deseen que algún intermediario importante se fije en ellos aún cuando ello suponga venderse al maldito mercado capitalista. Digo yo.

Mientras a los intermediarios profesionales (las galerías de arte) no les importe que sus artistas se comporten como hippies cuando les venga en gana rompiendo las reglas del juego (las que permiten a un artista tener un precio estable en el mercado), yo no soy quién para criticar nada a nadie. O sí, si lo que quisiera es exigir a alguien cierta coherencia. La verdad es que no me hacen demasiada gracia quienes reivindican el hippismo si lo que en su fuero interno desean es un chalet de lujo en una urbanización privilegiada. Porque suelen ser unos engreídos muy cansinos que se pasan media vida quejándose. Pobres galeristas, que son los únicos que parecen no haberse enterado de nada…

Imagen tomada en una fachada del barrio de Russafa en Valencia. Fotografía: Makma

Imagen tomada en una fachada del barrio de Russafa en Valencia. Fotografía: Makma

Alberto Adsuara

Lo digital y el factor humano

La enseñanza de las artes en la era digital: el factor humano
Las Naves
C / Joan Verdeguer, 16. Valencia
Jueves 31 de mayo de 2018, a las 19.00h

La tecnología y las redes sociales han cambiado la forma de ver el arte. La tecnología, para inducir a un significativo cambio de apoyo, y las redes sociales, democratizándolo.

Haría falta un debate profundo que analizara las consecuencias que ha generado el digital en la enseñanza de la creación en general y la de las artes aplicadas en particular. De momento, en esta mesa redonda el debate se centrará en la importancia del factor humano en la enseñanza de las artes en la era digital. Sobre todo en un momento en el que la información se encuentra fácil a golpe de clic.

Posiblemente sea ahora, cuando en cualquier tutorial puede encontrarse la manera de hacer algo, cuando más necesario se haga el factor humano. No deja de ser una tesis que resulta verosímil si atendemos al auge y proliferación de cursos y carreras artísticas.

Se trata de indagar, a través de la exposición y la mesa de debate, sobre las relaciones, vínculos e influencias que todavía se generan entre profesorado / profesionales de la materia que imparten y su alumnado. Y es en el ‘todavía’ donde encontramos la necesidad de abordar un tema no suficientemente explorado ni analizado. Y es en el ‘todavía’ donde toman relevancia estos vínculos y estas influencias citadas debido, precisamente, a esta individualidad hacia la que nos conduce el mundo digital, con sus vídeo-conferencias, cursos online y tutoriales de todo tipo.

Cartel de la mesa redonda. Imagen cortesía de ESAT.

Cartel de la exposición ‘Revolutum’. Imagen cortesía de ESAT.

Participantes

Ricard Huerta: Profesor en la Universidad de Valencia. Educador en artes. Investigador del Institut Universitari de Creativitat e Innovacions Educatives. Director de ERARI y eMuseari. Presidente de Avalem.

Elías Pérez: Profesor titular en el Departamento de Escultura de la Facultad de Bellas Artes de San Carlos, Universidad Politécnica de Valencia. Decano de la Facultad de Bellas Artes de San Carlos de la Universidad Politécnica de Valencia de 2004 a 2009.

Victoria Contreras: Artista multimedia y profesional freelance especialista en herramientas electrónicas e integración de recursos digitales. Socia fundadora de DES.AR.ME. (Desarrollo artístico de los Medios).

Moderador: Alberto Adsuara. Director adjunto de Art & Design en ESAT. Profesor de Fotografía y Narración Visual. Ha publicado cinco ensayos, entre los que destacamos el último por su vinculación a la imagen sintética, tan presente en los creadores contemporáneos.

Teatro en domingo

1789, en un universo paralelo, de Hadi Kurich
Teatro Rialto
Plaza del Ayuntamiento, 17. Valencia
Del 11 al 27 de mayo de 2018

¿Qué cosa es el público? ¿El público de qué? O mejor, ¿dónde está cuando no está donde debe?

Llevaba años esperando esperando -sin Godot- que algún espectáculo dramatúrgico me sacara de su estado letárgico. Y mientras esperaba me aburría o me indignaba precisamente por no cejar en esa esperanza. Esperanza en la espera activa, pues. Casi casi basura ha sido todo lo que a uno se le ha venido encima en los teatros a los que he ido acudiendo estos últimos años. No exagero. Basura aplaudida con ímpetu sin duda por un público ignorante por ideologizado o infantilizado. Años acudiendo al teatro, casi cada semana, con la esperanza de que, como en antaño, alguna obra me conmoviera. Alguna. De vez en cuando siquiera. No por una cuestión de innecesaria nostalgia, sino de pragmática necesidad. Cada vez más necesito creer en algo.

Ayer se cambió la dinámica. Tuve la suerte y el privilegio de ver un montaje teatral de primer orden. Como era de esperar, de prever y de suponer no éramos más de 30 personas las que en un domingo por la tarde tuvimos esa suerte y ese privilegio. La obra: ‘1789, en un universo paralelo’, de Hadi Kurich.

Escena de '1789, en un universo paralelo', de Hadi Kurich. Imagen cortesía del Teatre Rialto.

Escena de ‘1789, en un universo paralelo’, de Hadi Kurich. Imagen cortesía del Teatre Rialto.

Pero ¿por qué cree uno que había tan poca gente? Pues por varios motivos, los mismos motivos por los que, ya de entrada, se me hace difícil comprender la existencia de esta obra en los teatros valencianos: NO es una comedia, NO se trata de una compañía valenciana (subvencionada) y por último se trata de una obra exigente en la medida en que pudiendo ser entendida por la universalización del texto, la verdad es que sólo una persona medianamente culta puede disfrutarla en plenitud. Así, pues, obra condenada al fracaso, el fracaso por el que hoy en día se mide todo.

Sin embargo su indudable éxito se encuentra en la obra en sí misma, un prodigio de montaje para un texto milimétricamente preciso. El éxito de esta obra no era probable, pero ya se sabe: hoy en día, en estos tiempos de corrección política y de ideología agresiva, el éxito, cualquier éxito no puede ser otra cosa más que una forma de sofisticado fracaso. Y viceversa: muchos fracasos no pueden ser más que un signo de éxito. Así pues, 1789 un éxito (30 espectadores en domingo). Las cosas excelentes necesitan fracasar en alguna medida para poder ser excelentes. En alguna medida, repito, en alguna medida.

Escena de '1789, en un universo paralelo', de Hadi Kurich. Imagen cortesía del Teatre Rialto.

Escena de ‘1789, en un universo paralelo’, de Hadi Kurich. Imagen cortesía del Teatre Rialto.

El título ya avisa para que nadie se lleve a engaños. Un título disuasorio -y por tanto valiente- para todos aquellos que no le pongan cara a esa fecha, que son tantos… De hecho mi acompañante no sabía nada acerca de la fecha, ni reconocía los nombres de los personajes ni de lo que supusieron en la historia real. De tal forma que se tuvo que conformar con dejarse llevar por unos diálogos que no le referenciaban ni remitían a hechos concretos del pasado -del que salía este texto ficcional-, pero no por ello dejó de disfrutar por el sentido de universalidad que se desprende de la elaboración de un texto bello y preciso al que se añade la sobriedad de las interpretaciones. ¡Qué raro ya es encontrarse en el teatro algo de inteligente sobriedad!

Un espectáculo… ¡sobrio!, qué extraña paradoja y ¡qué bienvenida!: un espectáculo que utiliza la creatividad escenográfica para generar las sutiles metáforas que le permitirán evitar esa espectacularidad digital que tanto necesitan los ignorantes (al menos cuando no hay risas). Ignorantes, sí, los ignorantes que ha ido generando una Opinión Publicada absolutamente alineada, alienada y cobarde, que dejó de hacer verdadera Crítica de Teatro para que toda obra pudiera tener el mismo éxito merecido.Igualdad: todo es maravilloso y nadie es menos que nadie en el producto artístico. En la era de la corrección política no cabe ya la verdadera Crítica; ya no cabe el derecho al pataleo debido a una suerte del relativismo cultural que se nos ha impuesto por la vía de un buenismo populista; un buenismo cuya principal función es velar por la salud mental de los mediocres. No está hecha la miel para la boca des asno. ¿Éramos 30 personas en el teatro? Pues eso.

Escena de '1789, en un universo paralelo', de Hadi Kurich. Imagen cortesía del Teatre Rialto.

Escena de ‘1789, en un universo paralelo’, de Hadi Kurich. Imagen cortesía del Teatre Rialto.

Alberto Adsuara

‘Error fatal’ o la implacable justicia feminista

Error fatal, de Alberto Adsuara
Palacio Colomina
C / Almodí, 1. Junto a la Plaza de la Virgen (Valencia)
Viernes 18 de mayo de 2018, a las 19.00h

La cátedra de investigación Luis García Berlanga, del departamento de Comunicación Audiovisual y Publicidad de la Universidad CEU-Cardenal Herrera, en colaboración con el Institut Valencià de Cultura, la Fundación Aisge y la Asociación Cultural Trama y Fondo, presenta la película ‘Error Fatal (Variaciones en torno a un debate)’ del director Alberto Adsuara. La proyección y el coloquio será el viernes 18 en el Palacio Colomina de Valencia.

Fotograma de 'Error fatal', de Alberto Adsuara. Imagen cortesía del autor.

Fotograma de ‘Error fatal’, de Alberto Adsuara. Imagen cortesía del autor.

La historia de ‘Error fatal (Variaciones en torno a un debate)’ trata de unas  hermanas siamesas que dirigen una organización delictiva desde la clandestinidad de un “no lugar” (un zulo ubicado en un granero de la Albufera rodeado de arrozales). Delictiva aún cuando su principal cometido sea, tal y como ellas mismas dicen, «hacer justicia».

Su objetivo es, precisamente, tomarse la justicia por su mano en aquellos casos donde ellas estiman que la verdadera justicia ha fallado. Su forma de actuación es siempre la misma: secuestrar a los maltratadores (“seres erróneos”, al decir de ellas), practicarles unos cortes en los tendones del empeine, que no les dejarán andar con normalidad nunca, y abandonarlos en un descampado con un papel en el bolsillo en donde se lee “tipo corregido“.

Fotograma de 'Error fatal', de Alberto Adsuara. Imagen cortesía del autor.

Fotograma de ‘Error fatal’, de Alberto Adsuara. Imagen cortesía del autor.

El problema surge cuando las siamesas descubren que una de sus soldados puede haberse equivocado con el último de esos “seres erróneos”; cuando descubren que el último “tipo corregido” no era, posiblemente, el ser erróneo que ellas esperaban. Así, y mientras vemos la desgraciada vida que le toca vivir al último “corregido” (víctima posiblemente inocente), las siamesas se ven envueltas en una serie de conversaciones morales que no les llevan a ninguna parte.

Una historia contada desde la mirada plástica que caracteriza la obra del director y fotógrafo Alberto Adsuara. Una mirada plástica  que absorbe al espectador hasta eclipsar la esencia de la historia.

Fotograma de Error fatal

Fotograma de Error fatal

Alberto Adsuara