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MAKMA ISSUE #09 | ‘La cultura como necesidad’
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2026
Sabemos que la revista MAKMA es un medio preferentemente digital, pero que, en ocasiones especiales, nos salimos de este formato para adentrarnos en la fisicidad, en ese olor tangible que a veces nos gusta sentir, ya que es casi como tocar las palabras.
Cuando me llegó el tema de este nuevo número que nos acontece, recordé el número 03, titulado ‘Los nuevos años 20’, en el que pretendimos intuir, a ciegas y con mucha incertidumbre, qué pasaría en esta nueva década de los 20. ¿Sería feliz y de progreso como la del siglo pasado?
En aquel momento, acabábamos de salir de esa gran pandemia que nos mantuvo encerrados muchos meses. Las versiones sobre el futuro eran cautelosas, pero destilaban cierta positividad, quizá derivada de haber visto durante el encierro esa cultura necesaria que nos salvó a muchos o, quizá, por esos retazos del pasado que tanto ansiábamos repetir. Mantener cierta esperanza en el futuro parece estar en nuestro carácter humano natural.
Repaso ahora mi artículo sobre el hecho de aceptar la aporía, es decir lo paradójico, lo contradictorio, como una característica más de la cultura para poder así avanzar. Entender el contexto en el que nos movemos para sustentar la hipercultura que nos rodea. Y de verdad creo que ese prefijo hiper parece haberse quedado desfasado ante la velocidad que últimamente nos abruma.
En medio de este barullo informativo, la revista MAKMA se mantiene como un auténtico archivo de todo lo que ocurre en la Comunidad Valenciana –principalmente, aunque también en otros lugares –. Así, se alza como un auténtico archivo digital, en un momento en el que los archivos están en extinción, pero son más necesarios que nunca.
La función de archivo y la preservación de la memoria son claves en la cultura contemporánea. La historia se nos presenta, muchas veces, desligada del presente y quizá, siguiendo la teoría de W. Benjamin, trata de situarse en una falsa neutralidad. Sin embargo, la realidad es que esa “débil fuerza mesiánica” –apuntada por Benjamin en su ‘Tesis de filosofía de la historia y otros fragmentos’– del pasado que nos ha sido otorgada nos permite posicionarnos, crear espacios de debate y rescatar memorias. Sobre todo aquellas de los vencidos, las que más se suelen olvidar.

Existen numerosos ejemplos recientes que tratan de ayudarnos a imaginar pasados alternativos. En la producción de la pionera del arte conceptual Concha Jerez, la memoria siempre ha sido relevante. De hecho, en ‘Que nos roban la memoria’, este concepto se convierte en el eje central. En esta instalación realizada en el edificio Sabatini del Museo Reina Sofía en 2020, la artista cuestiona el presente desde su memoria personal y también desde la colectiva, recolectando objetos personales y restos residuales de los medios de comunicación.
Pero también se dan estos procesos en contextos locales donde incluso los resultados artísticos colectivos más inmediatos están presentes. Por ejemplo, en el pasado PhotoAlicante 2025 se presentó el proyecto de Fuerteluciafuerte titulado ‘El Ravah’, donde transformaba la singularidad del actual barrio del Raval de Elche en una suerte de relatos textiles que no olvidaban el origen de este barrio como la antigua morería de la ciudad.

También nos hablan sobre esa necesaria memoria social inmediata el guionista Raul Cordero y el dibujante Boris Ramírez en ‘7291’, un cómic en el que, gracias a las memorias de trabajadoras y familiares de usuarios de las residencias de mayores durante la pandemia, recrean los hechos desde su perspectiva. Una manera de crear un relato visual, evocado pero innegable, para contribuir a que aquella situación no vuelva a repetirse.
Por supuesto, también existen los archivos que hablan de las memorias marginales. Los archivos de memorias queer o LGTBIQ+ se reparten por todo el territorio y se caracterizan por su espíritu de supervivencia y sus características dispares. El centro de documentación Ca la Dona, el de Armand de Fluvià, que gestiona Casa Lambda, o el Archivo digital T tratan de salirse de las variantes normativas de un archivo clásico.
En este punto, resulta imprescindible el proyecto de investigación de Lucía Romero sobre estos ‘Archivos indisciplinados’, cuya recopilación a modo de fanzine ya apunta la importancia de la lucha queer antifascista y su relación con la autoedición o con las publicaciones rápidas propias de los movimientos sociales.
Y todo este conjunto de representaciones culturales crean una memoria colectiva, que no suele estar completa, pero cuyo objetivo es llegar a estarlo. Si llegamos al punto de construir todos estos discursos de manera colectiva, alcanzaremos esa cultura que pretende ser una indispensable herramienta de reparación simbólica. Pero ¿es posible crear esos espacios culturales de resistencia cuando todo tiende a la velocidad y especularización?
Entender el conjunto nunca fue algo fácil. Byung-Chul Han, en ‘La sociedad del cansancio’, nos lleva de nuevo a Walter Benjamin cuando dice: “La cultura presupone un entorno en el que sea posible una atención intensa. Esta atención intensa está siendo desbancada (…), cambia rápidamente su foco entre diferentes tareas, fuentes informativas y procesos. Como también tolera muy mal el aburrimiento, no admite aquel aburrimiento profundo que no dejaría de tener su importancia para el proceso creativo (…). Benjamin se lamentaba de que en la Modernidad desaparezcan cada vez más esos nidos de relajación y de tiempo que construía el ave de ensueño”.
Hagamos que la cultura sea ese “nido de relajación”, ese pararnos a respirar, ese ejercicio de introspección que luego sentimos que debemos compartir imperiosamente. Pues el nuevo hecho de archivar no debería ser el de guardar el pasado, sino el de activar el futuro que buscamos.
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