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‘El general de la Rovere’, ‘La noche’, ‘El desierto rojo’, ‘Accattone’, ‘El empleo’, ‘Divorcio a la italiana’, ‘El conformista’
Roberto Rossellini, Michelangelo Antonioni, Pier Paolo Pasolini, Ermanno Olmi, Pietro Germi, Bernardo Bertolucci
Blu-ray
Compañía Divisa
En diciembre del pasado año, Divisa Films publicaba en formato doméstico cuatro piezas relevantes del cine italiano. Situadas entre 1949 y 1965, y realizadas por Federico Fellini y Vittorio De Sica, ofrecen, en su conjunto, una elocuente lectura respecto a las importantes transformaciones experimentadas por su escritura, del neorrealismo de ‘El ladrón de bicicletas’ (De Sica, 1949) hasta esa modernidad sui generis planteada por ‘Giulietta de los espíritus’ (Fellini, 1965) en su inmersión fantasiosa en la psique de una mujer insatisfecha.
En las últimas semanas, la distribuidora prolonga la experiencia con el lanzamiento de siete nuevos títulos del mejor cine de Italia. Localizados fundamentalmente en las primeras jornadas del ciclo de los Nuevos Cines, o sea, en torno al comienzo de los años 70, contribuyen, con su reunión y la combinación al experimento previo, a formular un ensayo preciso acerca de las extraordinarias evoluciones de la imagen con la entrada de nuevas miradas y emociones.
En cierta forma, ese momento de creación es tan significativo como el de 1945, cuando irrumpe de veras el neorrealismo tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Sobre 1960, cineastas ya renombrados presentan algunas de sus obras más notables, mientras que una nueva generación accede a las cámaras y, paralelamente, al desarrollo del compromiso político, ético y artístico, planteando variaciones esenciales y nuevos asuntos enunciados con herramientas novedosas.
La selección de Divisa conjunta exactamente estas energías. Así, los filmes editados en Blu-ray a finales de abril agrupan las manifestaciones de Michelangelo Antonioni, Roberto Rossellini, Pier Paolo Pasolini o Bernardo Bertolucci. Esta selección subraya la rigurosidad inquebrantable de unas iniciativas llevadas a cabo de acuerdo con la exploración de cuestiones existenciales y políticas, unificadas en los planos con un emocionante impulso poético y teórico.

A decir verdad, ‘El general de la Rovere’ (Rossellini, 1959), ‘La noche’ (Antonioni, 1961) o ‘El empleo’ (Ermanno Olmi, 1961) exponen, de igual forma, una segura interpretación de la memoria histórica y, ante todo, de una sociedad sometida entonces a sustanciales cambios de distinto signo, no por intelectualizada o incluso hermética, en algunos casos, menos esclarecedora.
‘Divorcio a la italiana’ (Pietro Germi, 1961) supone la rara avis del surtido por su relación con el humor negro. A partir del comentario de la estrafalaria figura de un noble caído en desgracia, ese barón siciliano maravillosamente representado por un Mastroianni casi de dibujos animados, el director Germi se refiere a las tradiciones despreciables del país y a su idiosincrásico temperamento machista.
En la película, el protagonista, enamorado de una chica de 17 años de su familia, busca la forma de librarse de su mujer, con la que lleva doce años y a la que desprecia profundamente. En los delitos de honor de las leyes italianas, encuentra la fórmula legal para asesinar a la esposa y no recibir un castigo severo. El epílogo completa la inspección con una mala intención admirable, y estrecha las conexiones con la narrativa popular anterior profundizando en la viñeta grotesca a fin de fijar la interpretación política.
Gestionando un papel totalmente opuesto, de manera igualmente formidable, Marcello Mastroianni interviene en ‘La noche’, el segundo título de la denominada ‘Trilogía de la incomunicación’, de Antonioni, como un escritor intelectual en crisis.
Construida desde el anuncio de la muerte de un amigo del matrimonio protagonista, a quien da vida el cineasta alemán Bernhard Wicki, la película deambula por unas angustias particulares convertidas en la imagen en distintivas de un tiempo y una clase social, mientras se desespera frente a lo irremediable –el fin de un amor que quizá nunca existió de veras– y la incapacidad de establecer vínculos modernos con figuras y objetos desconocidos sin destruirlos.

En ‘El desierto rojo’ (1964), algo así como una complementación autosuficiente del terceto, Antonioni lleva sus indagaciones al paroxismo, con la investigación del caso de una mujer herida profundamente.
Por encima del retrato existencial del personaje de Monica Vitti –cercano, en cierto modo, a alguno de los entregados por Bergman–, late con fuerza en el total la inmersión exhaustiva en el propio cuerpo de celuloide, en búsqueda de unos límites utópicos, mediante la aplicación a la imagen distintiva del autor de unos colores graves y fantasmagóricos, teñidos, por lo general, hacia lo metálico, lo inhumano, menos en unos momentos sorprendentes de invasión del rojo sangriento en un anuncio del ‘Gritos y susurros’ (1972) bergmaniano.
El aviso de la proximidad de la muerte de ‘La noche’ se convierte, aquí, en una afirmación trágica con la participación determinante de esos parajes industriales y las inquietantes visiones de una niebla espesa.
Los dos largometrajes de Antonioni son, sin duda, unos impecables ejemplos para apreciar esa parte de la escritura del cine italiano encendida por los interrogantes y las conmociones filosóficas.
Sin embargo, ‘Accattone’ (Pasolini, 1961) y ‘El empleo’ representan unas consecuencias evidentes del pasado neorrealismo. Desde unos planteamientos separados, aunque compartiendo numerosos medios, como el empleo de intérpretes no profesionales privados de una historia en la imagen, uno escoge la falta de fe violenta y el otro la poesía melancólica; los dos, con sus potencias y unas invenciones renovadoras, presionan los escombros del alfabeto pretérito y componen algo nuevo que, en la práctica, se resiste a romper del todo con el ayer.
Pasolini, en su primer largometraje, inspecciona la tragedia de los cuerpos condenados de los arrabales, exponiendo una mutación emocionante de sus trabajos literarios previos. La cámara recorre los rostros de los muchachos desheredados, en especial el de ese Franco Citti protagonista convertido enseguida en una de las figuras más carismáticas del cine del poeta, y los espacios marginales de las afueras de la Roma de los privilegios.
La escasa esperanza de las manifestaciones neorrealistas de los años 40 desaparece acá, arrollada por un daño tan obvio como misterioso. Por su parte, Ermanno Olmi describe en su filme las dificultades de las clases más humildes para labrarse un futuro próspero y encontrar, de veras, el amor.

La primera y la última película de la selección de Divisa, por lo menos cronológicamente hablando, ‘El general de la Rovere’ y ‘El conformista’ (Bertolucci, 1970), discursean alrededor de la memoria histórica.
La de 1959 une a dos de los principales representantes del neorrealismo primario, Rossellini y un De Sica enfundado en el traje de actor. Después del ciclo compartido con Ingrid Bergman, el director regresa a los escenarios y las agitaciones graves de la Segunda Guerra Mundial para retratar a un sinvergüenza que sobrevive, en 1943, comerciando información sobre prisioneros con los nazis. En última instancia, el relato se monta desde un conflicto moral que aparece cuando este hombre debe hacerse pasar por un líder de la resistencia italiana.
El dilema del personaje de Vittorio De Sica, descrito a la perfección por el intérprete y el cineasta, es por completo contrario al del Jean-Louis Trintignant de la película de Bertolucci. El fascista del reporte inspirado en Alberto Moravia es un traidor, o, mejor dicho, una especie de hombre vaciado que resiste en las distintas etapas con silencios ambiguos, engaños y trampas, tal cual se ve en el epílogo situado en los días de la liberación.
Obra inquietantemente estilizada y críptica, atormentada por los fulgores del ayer, lo mismo que su protagonista, consigue identificar con acierto un enlace simbólico con la historia del propio país, pero acaso sufre algo por puntos débiles, como esa misoginia transformada, igual que otras veces en la obra del autor, inclusive en la más sobresaliente, en voyerismo morboso disfrazado por turbulencias intelectuales.
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