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‘El viaje’, de Paco Roca
Astiberri Ediciones, 2026
Hay algo muy especial en las viñetas de Paco Roca. Se trata, sobre todo, de esa genuina capacidad para llegar a la esencia de los asuntos desde una emocionalidad conmovedora. Esta habilidad se acompaña del compromiso artístico admirable de apelar, de forma gradual, en efecto, a lo imprescindible, formal y literariamente, en la composición de los trabajos.
Desde hace unos años, recorre sus páginas el empeño de reunir una comprobación de las memorias, particulares y generales, de una determinada generación –o, mejor dicho, de unas ciertas sensibilidades– y una lectura de su colocación temblorosa en el mundo. Todo ello aparece formando una sorprendente cadena conceptual y emocional, al mismo tiempo, a propósito del intento de recolocación de unos sujetos extraviados por diferentes motivos.
‘El viaje’, la nueva novela gráfica del dibujante, publicada por Astiberri tres años después de ‘El abismo del olvido’, sigue exactamente el principio apuntado. Conforme a los funcionamientos de una narración asombrosamente fundamental, se refiere a los procesos dificultosos de sanación y reubicación personal de un hombre perdido tras la separación de su mujer. Ese escritor interesado, precisamente, en la indagación en los recuerdos, propios y ajenos, y en la arquitectura de figuras singulares con los fragmentos de imágenes pasadas, al que, desde luego, no parece difícil vincular, en más de un punto, al propio autor.
Después de veinte años de relación, la pareja de Fran y Susana se rompe. El relato comienza unos meses más tarde, y, centrándose en el hombre, se ocupa de comentar sus dificultades para aceptar y superar realmente la situación. En verdad, está atrapado en un momento concreto de su historia y es incapaz de seguir adelante.

Repasa una y otra vez distintos episodios de la convivencia y trata de entender qué ha ocurrido, totalmente bloqueado por las circunstancias y una sensación sinsentido de orfandad. Como puede, dedicándose al trabajo y también a repensar el vínculo con sus hijas, afronta los días esperando, por supuesto, que el angustioso estado del divorcio se solucione pronto.
Roca diseña el mapa emocional de este personaje roto. Lo hace enfocándose en la descripción respetuosa de la angustia inestable y los pequeños detalles. A este respecto, ‘El viaje’ es extraordinariamente precisa por su destreza recogiendo e interpretando los significados de algunos movimientos privados, en ocasiones casi inapreciables, y por su acompañamiento de una aflicción tan concreta como, a veces, indeterminada.

Todo esto se realiza sobre las páginas del cómic con una exactitud quirúrgica y sentimental. Según un portentoso sentido del equilibrio y la intimidad, no por conocida y característica menos formidable.
No hay aquí respuestas o soluciones maravillosas. Roca se mueve en torno a la duda. Avanza siempre desde ahí, esquivando con habilidad la tentación del parloteo de púlpito o de las fórmulas confortables de la representación. Sabe que no puede haber contestaciones únicas en un escenario como el retratado.
‘El viaje’ no deja de moverse y, naturalmente, ofrece conclusiones valiosas, en especial en un último acto emotivo por su naturalidad. De igual forma, evita la atracción por el ombliguismo. Pese a que la imagen de Fran llena las viñetas, el resto de los personajes (Susana, las niñas o esa desconocida, Sonia, que, en cierta forma, con el encuentro inesperado, le ayuda a intentar pasar página de verdad) están perfectamente definidos, aunque sea con unas delicadas pinceladas, como es el caso de las chiquillas.
Hay mucho amor, miedo y esperanza aquí, y el autor los maneja y combina con una maestría notable. En suma, el cómic progresa en la tarea de relatar el estado de las cosas en la actualidad desde la atenta observación de unas transformaciones afectivas del conjunto y las singularidades.
Otro de los aciertos más importantes de la propuesta es la decisión de montarla en un espacio de tránsito, en un escenario fuera del escenario. Así, la historia se desarrolla alrededor del aeropuerto de Montevideo, después de la cancelación del vuelo que debe llevar al protagonista de vuelta a casa.
Como Tom Hanks en ‘La terminal’ (Steven Spielberg, 2004), aunque por motivos bien distintos, Fran se convierte, durante unos pocos días, en una suerte de apátrida, en un náufrago atrapado en una isla desconocida. Este espacio emocional insólito se materializa en el aeropuerto y a continuación en el hotel donde la compañía aérea aloja a los pasajeros que se han quedado colgados.
De esta forma, en el cómic se escenifica una especie de pieza de cámara sobre soledades localizada en dos escenarios tan concretos como difusos. En esa tierra de nadie, primero solo y luego acompañado de una mujer, en el fondo, tan herida como él, aunque quizá más resolutiva y menos emocional, el hombre examina su biografía sentimental e intenta recomponerse y también reconciliarse con los recuerdos de su ex.

Para el conjunto, es muy valiosa la intervención de Sonia, porque lo aparta, en el momento exacto, de la sugestión de la condescendencia y, dentro de unos límites predecibles, perturba casi todo fugazmente.
La explicación de la reunión de las dos figuras en una larga escena de conversación, desarrollada en un tercer escenario curioso –otro hotel con bar y discoteca abiertos descubierto por unos pasajeros inquietos–, pone de manifiesto la fantástica capacidad narrativa de Roca con la propuesta de una imagen de charla sostenida y continuamente acariciada por la irrupción de visiones pretéritas e imaginaciones diversas.
Aun cuando, en efecto, resulta una situación extensa, se resuelve con delicadeza y una tensión permanente sobre las configuraciones definidas desde el principio. Sonia cambia el cómic y con sutileza e ironía bromea a propósito de nuestras expectativas y creencias. Quizá es un símbolo, el estímulo necesario para que Fran reaccione y pase a una siguiente fase, pero su retrato es tan concreto y hermoso que, en realidad, no importa demasiado la función inicial.
Al igual que ‘La casa’ o ‘Regreso al Edén’, ‘El viaje’ se presenta en formato apaisado. Como ocurre antes, esta decisión formal no es casual, ya que beneficia la exploración física y sensitiva de los paisajes desconocidos descubiertos y visitados. Pero también ayuda a establecer una sugestiva conexión con el cine.
A decir verdad, en algunos momentos los dibujos parecen transformarse inesperadamente en los planos de una película. Surge entonces una cadencia nueva y exclusiva. Aparecen, con el posible encuentro entre miradas, los verdaderos movimientos de los personajes y sus emociones en una tierra extraña.
Es el momento de las confesiones en voz alta y de la oportunidad de continuar hacia lo desconocido. Algo tan difícil y esquivo es perfectamente retratado por Roca. La verdad es que su nuevo cómic es la hermosa afirmación de un triunfo conocido.
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