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‘El mal menor’, de C. E. Feiling
Altamarea Ediciones, 2026
C. E. Feiling es uno de los misterios de las letras bonaerenses. Fallecido a los 36 años en 1997, este escritor malogrado de origen británico lleva a cabo su trayectoria profesional con la publicación de un poemario, un libro de crítica, tres novelas conectadas a diferentes géneros y el trabajo en una cuarta que queda inconclusa, mientras además se ocupa de labores de traducción, periodísticas y de enseñanzas universitarias. ¿Por qué es, entonces, un misterio? ¿Acaso por su prematura desaparición?
Se trata de un enigma fundamentalmente relacionado con su tercer libro de ficción, el último que escribe, ‘El mal menor’, presentado en la colección Biblioteca del Sur de la Editorial Planeta, donde más tarde debuta, por ejemplo, Rodrigo Fresán.
Conectado al género de horror, desarrolla el particular recorrido previsto por el autor por determinadas categorías populares por medio de sus escritos. Mencionemos que antes de zambullirse en un singular entendimiento del miedo literario, se acerca a lo policial y lo aventurero con ‘El agua electrizada’ y ‘Un poeta nacional’. Por lo demás, el tour por las láminas de fantasía contemplado con ‘La tierra esmeralda’, efectivamente, no se acaba.
‘El mal menor’ (Altamarea Ediciones) se convierte, en consecuencia, en el final repentino de un planeado viaje largo y emocionante. ¿Esto lo distingue debidamente hasta concederle la comentada aureola extraña? Seguramente no, claro.

Sin embargo, la frase con que concluye forzosamente este asunto fabuloso de la inmersión en unos caracteres por lo general infravalorados, y su convencida afirmación, sí le confiere a todo, incluidos los movimientos distintos del escritor, bastante misterio.
“Pobrecita Inés, no soportó encontrarse con el hombre de sus sueños”, podemos leer en la última página, antes de cerrar el libro. A simple vista, esta podría parecer una irónica expresión empleada con mala baba en, tal vez, el desenlace de un relato relamido de amores. Y, sin ninguna duda, algo de eso también encontramos en la novela, aunque de manera periférica, casi irónicamente teórica.
Fuera de esto, desempeña en el total una función desestabilizadora fantástica, puesto que, de veras, ironiza en relación a unos determinados destinos sentimentales, pero, ante todo, pone de manifiesto un punto sorpresivo, que golpea de manera decisiva los sentidos anteriores, con la revelación de una posible y escurridiza voz narrativa.
Las tres páginas colocadas en el volumen, después de esa señal del fin indicada sobre una cuartilla negra, desconciertan sobremanera al estar conducidas por un personaje secundario que, solo entonces, descubre su auténtica importancia en el relato y, además, inyecta a todo lo previo una ambigüedad sorprendente y perturbadora que, ciertamente, fija el libro en un humeante limbo, mientras destruye estructuras y voces, o, en cualquier caso, las deja sin efecto al mostrar, en los párrafos de cierre, su inutilidad.
“Los he engañado a todos y estoy vivo, realmente vivo”, reivindica el personaje secreto –no lo vamos a descubrir aquí– un poco antes de la conclusión; un poco después, sí, del desvanecimiento de un posible espejismo en el que, sin darnos cuenta quizá, hemos estado atrapados desde el comienzo, a partir de la presentación del personaje de Inés en el momento de su mudanza a un nuevo apartamento, todavía ajena a los insólitos hechos posteriores explicados.
La expresión de victoria del esclarecedor prólogo parece también aludir sin rodeos al propio Feiling y a su actuación. Relacionando la escritura con las circulaciones de unos seres del otro lado, de una dimensión situada entre el letargo y la vigilia, sugiere la posibilidad de la hechicería en los procesos del arte, o cuando menos la influencia de lo enigmático, casi de lo inexplicable.
De acuerdo con un planteamiento mágico-filosófico de choques, de su problemática, trenza la visión de un mundo borroso autónomo, conforme a la unión de numerosas imágenes sacadas de una determinada cultura popular heterodoxa en la que conviven Borges y Cronenberg, entre muchos otros, y al desarrollo de una característica historia de inmersión progresiva en un enigma atávico.
En la práctica, las tres páginas finales de ‘El mal menor’ representan el hallazgo de una imagen lo suficientemente clara de este mundo soñado, puede que involuntariamente, por el escritor. Hablan de las primeras probabilidades de la investigación de una arquitectura todavía abocetada y preparan el eventual hundimiento futuro en un mapa aun impreciso.
En otras palabras, C. E. Feiling, durante la escritura, considerando una navegación tóxica, teórica y emocional por las fronteras de dimensiones, identifica y apunta las formas de lo no programado. O sea, tropieza con sus propias palabras.
Aquí está el gran misterio. El fallecimiento frustra la oportunidad de reconocer e impulsar esa suerte de abstracción imprevista. Lo que queda es un panorama desenfocado de lo excepcional, una ojeada fugaz por una cerradura a una habitación repleta de secretos.
¿Qué viene luego de ‘El mal menor’? ¿Acaso la solución pudo surgir brevemente en la planificación del desventurado ‘La tierra esmeralda’? La conexión de este libro sin escribir, con las configuraciones de la fantasía literaria, a lo mejor proporcionan la respuesta.
‘El mal menor’ comienza con una cita extraída del relato corto de Stephen King ‘El hombre del traje negro’. Feiling se divierte con el montaje de su historia mezclando planos de cine e invenciones literarias ajenas, lo mismo que agitaciones confidenciales sociológicas locales, pero, en modo alguno, parece dejar nada al azar, aunque este actúa cuando le corresponde, sin duda.

El cuento del norteamericano, según los recuerdos de un anciano, muestra el encuentro de un niño con un individuo perturbador que, tal vez, es el mismísimo diablo. La reunión en un bosque de dos planos distintos, aunque interconectados a su modo, provoca la irrupción en las páginas de la geografía emocional de un espacio indeterminado y mestizo. Al igual que en el libro que nos ocupa.
Esto, por supuesto, no es tan extraordinario, dado que distingue muchas veces una buena parte de las letras del miedo. Pero la anormal intensidad de los dos artefactos y, en especial, su capacidad de explorar temas profundos, como la culpa o los traumas del pasado, mientras se relata un clásico enfrentamiento entre el bien y el mal, o se prepara el lanzamiento de su fotografía, sí los une y diferencia.
La constante observación y la cooperación de las dimensiones en los capítulos motiva la presencia de una estructura singular, determinada por la aparente entrada y salida de varias voces en una idea del Buenos Aires de principios de los años 90 tan subjetiva como ligada a una oportuna realidad tangible.
En la relación de esos bloques –llevados, por lo visto, por Inés, la joven socia de un restaurante moderno, y Nelson Floreal, ese vidente nervioso y algo teatral influido por el legado mágico de su madre, que, juntados, en distinto grado, en la novela conformarían una interpretación curiosa de las buddy movies de la época–, lo más importante son exactamente los huecos separadores.
Por encima de unos figurados folios en blanco, ocurren unos hechos relevantes no recogidos. Esos agujeros, esas visiones de sueños o pesadillas no recordadas al despertar, administran, personificados en la turbia imagen del Profano, el ser elemental de la propuesta, los interrogantes.
‘El mal menor’ equivale a la aparición parcial de un sueño. De ahí, tal vez, el sesgado vínculo con una parte de los versos de Borges. ¿Acaso C. E. Feiling no es el proyecto posmoderno de un Borges flipado por la cultura pop? Puede ser.
Sea como fuere, su tercera obra seguramente es el mayor misterio de la literatura argentina del final del siglo XX. Por lo que dice y por lo que no dice. Por lo que muestra y por lo que no. Por su descripción nublada de una escritura exclusiva del mañana, íntimamente asociada a un hoy que ya no existe.
En abril de 2026, trece años después de la distribución en España de una versión guiada por Ricardo Piglia, la editorial Altamarea presentó una primera edición propia del libro, acompañada por un elocuente texto de introducción de Mariana Enríquez. El moderno revoloteo de este OVNI por las estanterías de las librerías supone para los lectores la ocasión de aventurarse en sus letras y, sobre todo, en sus incógnitas.
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