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El cine del siglo XXI es político, y justamente por eso también es necesario
MAKMA ISSUE 09 | ‘La cultura como necesidad’
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2026
A propósito de cambios y visiones
¿Cuál es lugar que ocupa hoy el cine en nuestras realidades? En términos generales, ha perdido mucha trascendencia y alcance para el individuo y el grupo. Es evidente que, al igual que otras manifestaciones artísticas, erra, desconcertado, por esa nueva escena dejada por la pandemia y el confinamiento, y, naturalmente, por el importante avance registrado por las nuevas tecnologías.
Del mismo modo, se ha producido en las nuevas generaciones un rechazo sistemático y paulatino, perfectamente entendible, a una suerte de herencia cultural y social en la que el hecho del cine ocupa, de veras, posiciones importantes.
Chicos y chicas de unos 20 años, seguramente, ya no buscan el sentido de las cosas, o incluso aprender a vivir o amar, a partir de la experiencia con la imagen en movimiento, como sí ocurría con muchas personas –ante todo hombres– en el pasado, o, al menos, ya no lo hacen desde los rituales pretéritos ligados al descubrimiento del milagro de cine en una de esas idealizadas salas ahora desaparecidas para siempre.
Recordar ahora que hace cincuenta años, poco más o menos, el cine, lo mismo que la música o la poesía, podía, en cierta forma, además de conformar una educación sentimental, cambiar el mundo parece ciencia ficción o una invención cursi.
¿Nos hemos vuelto demasiado incrédulos o es que la escena actual no precisa de imágenes que evoquen una emocionante idea de libertad y compromisos? Puede ser. Probablemente, ayer muchos espectadores se acercaban a las salas, comerciales o no, para tratar de rascar algo de eso, aunque, en realidad, la película en cuestión, fuera de Bergman, Pasolini o Rocha, no les importara demasiado.
De todas formas, antes de continuar, quizá deberíamos cuestionar qué es exactamente eso del cine al que nos referimos en estas líneas, antes de determinar si es o no una necesidad. ¿Hablamos de una hermosa expresión artística que hoy ha mutado decisivamente, tras la entrada de las nuevas tecnologías, las plataformas de streaming o las redes sociales, o, en efecto, de unos espacios enormes conectados a ceremonias de romanticismos?

Sospecho que, al menos para mi generación, las dos visiones son inseparables. Por eso, por su fundamental discrepancia, sería muy interesante hacer una serie de preguntas a un posible público más joven que, desde luego, ha educado su mirada con enseñanzas y dispositivos muy diferentes.
Por encima de la disparidad generacional, o la facultad del arte, sea el que sea, para hacer referencia, desde puntos de vista diversos, a la realidad y comentarla, el cine, y ya entramos en la cuestión, ¿es verdaderamente una necesidad o puede serlo? ¿Existe un cine necesario y otro que no lo es?
Indudablemente, muchas personas responderán a esto con un rotundo sí, y además no es demasiado difícil imaginar qué obras del audiovisual contemporáneo son para ellas necesarias y cuáles no, conforme a una postura de manifiesta discriminación cultural y ensimismamiento político.
Supongo que numerosos espectadores colocarán, por ejemplo, en el primer grupo –o sea, el de obras necesarias para movilizar conciencias y condenar hechos tan horrorosos como el genocidio en Palestina– ‘La voz de Hind’ (2025), el largometraje de Kaouther Ben Hania, basado en unos hechos reales, acerca de los malogrados esfuerzos de los voluntarios de la Media Luna Roja por ayudar a una niña atrapada en un automóvil después de un terrible ataque de las tropas israelís.
Y, quizá, en el segundo ‘Batman v. Superman: El amanecer de la Justicia’ (Zack Snyder, 2016). Sin embargo, la cinta de superhéroes, agarrada a unos sistemas de ficción esencialmente cinematográficos, ofrece, en realidad, una visión política (de los atentados del 11 de septiembre y sus consecuencias) mucho más compleja que la tunecina, enganchada, desde el principio, a unas configuraciones artísticamente insignificantes y exhibicionistas, por mucho que su mensaje sea incontestable.
El cine, como cualquier expresión de arte, es político, por supuesto que sí, pero esto no significa que sea valioso y necesario por su proximidad a un asunto de interés humano. En todo caso, esto puede ser un primer paso sobre el que trabajar. El problema es que demasiadas películas, cineastas y espectadores se conforman, exclusivamente, con un mensaje bienintencionado tragándose todo.
Vamos a repetirlo: el cine es político. Es así, digan lo que digan algunos miembros del jurado de la última edición del Festival de Berlín, se llamen Wim Wenders o no. La negación de esto, y más en momentos de auténtica urgencia humanitaria, solo puede justificarse, por lo que sea, desde el silencio cómplice con el agresor.
El audiovisual del siglo XXI es político, y justamente por eso también es necesario, pero ¿es capaz de aproximarse a una realidad tan grave como la actual y comentarla con el suficiente espíritu crítico sin extraviar, por el camino, sus propias composiciones, por mucho que estas, continuamente, pasen por mutaciones?
‘Sirat’ (Oliver Laxe, 2025) es una demostración muy significativa, puesto que lee muy bien una situación concreta sin renunciar a la busca de afirmaciones artísticas. Las airadas discusiones a propósito de sus ideas y su incidencia comercial confirman que, a pesar de todo, el cine todavía puede significar algo y poner de manifiesto sus diálogos con el público y los creadores.
En un momento de transformaciones notables y crisis, quizás, el desafío más urgente a resolver es el de establecer modernas formas de comunicación, mientras se definen otra vez las reglas del juego.
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