Isabel Muñoz

#MAKMAArte
‘El mar que somos’, de Isabel Muñoz
Photo Tanger. Festival Internacional de la Imagen
Galería Cervantes (Instituto Cervantes de Tánger)
Av. Belgique 10, Tánger
Hasta el 4 de septiembre de 2026

Decía Antonio Machado que se canta lo que se pierde. O, dicho de otra manera: creamos para evocar aquello que, una vez perdido, resulta irrecuperable y que, precisamente por ello, no dejamos de perseguir con el afán, al menos, de experimentar lo que nos cautivó en ciertos instantes singulares de nuestra vida. Instantes, por seguir en esto a la filosofía, tan anestésicos como hiperestésicos: tan adormecedores como excitantes.

De hecho, fue Arthur Schopenhauer quien criticó el arte por entender que, dado su carácter anestésico, aquietaba la voluntad que, según él, era la voluntad siempre incómoda de vivir. Sin embargo, para Friedrich Nietzsche, el arte era lo estimulante, lo que intensifica la vida, despertando a ese yo adormecido.

Tendríamos así, por un lado, a la belleza como cortina que vendría a velar, o a tapar en cierta forma, el abismo que se oculta tras esa apariencia bella, y, por otro, a lo inquietante que aflora cuando se rasga ese velo amortiguador de la convulsa energía que amenaza con invadirlo todo. Conciliar lo bello y lo siniestro es tarea difícil, cuando no la misión imposible que guía al artista.

El filósofo José Antonio Marina lo plantea en otros términos similares, cuando habla de cómo los astrónomos pueden ver el universo iluminado con luz visible, percibiendo de esta forma la armonía de las esferas y de los planetas, o bien contemplarlo iluminándolo con rayos gamma, captando entonces un turbión de energías, de fuerzas en acción.

'El mar que somos'. Isabel Muñoz. Galería Cervantes. Instituto Cervantes de Tánger. Photo Tanger
Vista de la exposición ‘El mar que somos’, de Isabel Muñoz, en la Galería Cervantes, del Instituto Cervantes de Tánger.

Valga esta introducción para situar la obra de Isabel Muñoz, Premio Nacional de Fotografía 2016, en esa dialéctica entre lo anestésico y lo hiperestésico; los rayos de luz visible y los rayos gamma; lo bello y lo siniestro. Sus fotografías, auténticos cantos de aquello que se pierde, y que ella trata de recuperar mediante la exploración de los límites del lenguaje fotográfico, diríase poseídas por ese turbión de energías que se agitan en el interior de sus imágenes, clamando por alcanzar cierta serenidad tras zambullirse en sus fondos.

Y cuando hablamos de fondos, en su caso pueden ser los del maltrato de las mujeres congoleñas, los de las migraciones, los de los espacios naturales del Real Monasterio de San Lorenzo o los de los propios fondos acuáticos a los que ahora nos referimos, por la exposición ‘El mar que somos’ que acoge la Galería Cervantes del Instituto Cervantes de Tánger, en el marco del Festival Internacional de la Imagen Photo Tanger.

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Ya de entrada, conviene detenerse en el título mismo: ‘El mar que somos’. Evoca, sin duda, a ese mar al que damos la espalda, vertiendo en él todo tipo de residuos –“son fotografías que pretenden llamar la atención sobre el problema del plástico en los mares”, apunta la propia artista–, para poner el foco en la necesidad de sentir ese mar como si fuera parte de nuestro propio organismo, de manera que lo cuidemos como lo hacemos con nuestro cuerpo.

Esa íntima ligazón entre el mar y los seres que lo habitan, incluyéndonos a nosotros mismos, invita a pensar la muestra fotográfica como una suerte de inmersión en las profundas aguas de sus imágenes.

Inmersión que el propio montaje expositivo en la Galería del Instituto Cervantes de Tánger favorece mediante una iluminación tenue y delicadamente vertida en cada una de las obras, y que Isabel Muñoz cuidó con el mismo esmero con el que ha ido realizando durante varios años las fotografías de ‘El mar que somos’.

'El mar que somos'. Isabel Muñoz. Galería Cervantes. Instituto Cervantes de Tánger. Photo Tanger
Vista de la exposición ‘El mar que somos’, de Isabel Muñoz, en la Galería Cervantes del Instituto Cervantes de Tánger.

En esas aguas del sur de Japón –Isigaki, Amami y Hokkaido– y de España –Tenerife–, Isabel Muñoz va recreando una suerte de danza submarina teniendo como protagonista a la artista Ai Futaki, récord Guinness mundial de doble apnea, quien se define a sí misma como “mensajera del mar”. Una mensajera que baila en esos fondos marinos sin apenas ropa, para dibujar con su cuerpo envuelto en un ligero plástico diversas formas casi etéreas.

Diríase que Futaki, dirigida en sus movimientos por Isabel Muñoz –que aprendió a bucear para llevar a cabo su proyecto–, se mimetiza con ese mar –“tengo más miedo a estar en medio de una ciudad que bajo el agua”, afirma la artista japonesa– hasta el punto de revelarse en ella una suerte de fantasmagoría subacuática muy próxima a la que se trasluce en las ecografías del embarazo.

Muy oportunas son, en este sentido, las palabras de Juan Vicente Piqueras, director del Instituto Cervantes de Tánger, quien en el texto que acompaña a la exposición apunta en la dirección de ese mar “primigenio y amniótico del que venimos”, en el cual “se sumerge Isabel, pescadora de perlas”, en tanto esas perlas “raras, luminosas” simbolizan “las heridas humanas”.

He ahí, en ese origen amniótico, el carácter anestésico e hiperestésico, bello y siniestro, de las fotografías de Isabel Muñoz. ¿No estamos, en el fondo –valga ahora la doble acepción del término–, recreando constantemente esa música que nos lleva al principio de los tiempos, allí donde todavía la conciencia no ha cuajado por hallarse en un estado líquido?

Ante ‘El mar que somos’, el espectador –al igual que antes la propia artista– siente el placer de esa inmersión, que, efectivamente, diríase que anestesia sus sentidos embriagados por esa danza marina, al tiempo que no puede evitar la sensación de hallarse poseído por un goce que puede llegar a anegarlo todo.

'El mar que somos'. Isabel Muñoz. Galería Cervantes. Instituto Cervantes de Tánger. Photo Tanger
Brahim Alaoui, Tahar Ben Jellloun, Juan Vicente Piqueras, Isabel Muñoz, Jamal Souissi y Mariem Berroho. Foto: Begoña Siles.

La utilización de la platinotipia –impresión con sales de platino paladio sobre papel de acuarela– en sus fotografías no deja de incrementar esa sensación de extrañeza que atraviesa el conjunto expositivo. Las fotos de Isabel Muñoz, vinculadas con el platino, “uno de los elementos más raros en la corteza terrestre”, son –subraya Juan Vicente Piqueras– “testimonios de la aventura y desventura humanas”.

Aventura y desventura: esto es, la ventura de lo que ha de venir y la suerte adversa. ‘El mar que somos’ es una exposición atravesada por ambas corrientes: la más venturosa del cuerpo ingrávido que siente la comunión con la naturaleza de la que provenimos, y la inquietante sensación de que esa armonía puede quebrarse en cualquier instante.

Por eso Isabel Muñoz juega con la luz visible que va dibujando esa danza submarina mediante el cuerpo evanescente de Fukati ­–en ocasiones acompañado por otro cuerpo masculino–, y con el turbión de energías que delicadamente se desencadena en tan misterioso fondo marino.

Lo bello y lo siniestro haciéndose eco –grafía– del anhelo de la artista por dar cuenta de aquello que nos cautivó en algún momento singular de nuestra vida.

'El mar que somos'. Isabel Muñoz. Galería Cervantes. Instituto Cervantes de Tánger. Photo Tanger
Isabel Muñoz, junto a una de las obras de su exposición ‘El mar que somos’, en la Galería Cervantes del Instituto Cervantes de Tánger. Foto: Salva Torres.