Félix Sabroso

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Félix Sabroso
Premio Luna de Valencia
Cinema Jove
41ª edición del Festival Internacional de Cine
Hasta el 27 de junio de 2026

Un día, durante tu juventud, sueñas con dedicarte a hacer películas. Al otro, te despiertas y, sin darte cuenta, ya han pasado treinta años de una carrera con un sólido historial a tus espaldas; ese bagaje que te da cierta autoridad para mirar hacia atrás, al presente y, sobre todo, al futuro con la certeza de que, con tus éxitos y fracasos, has hecho lo que querías hacer.

Esto es lo que piensa, con otras palabras, el director Félix Sabroso, Premio Luna de Valencia 2026 que estos días visita nuestra ciudad de la mano del festival Cinema Jove. Como explicó en el primer encuentro que mantuvo con el público y la prensa, Sabroso se siente en uno de sus mejores momentos, con muchos proyectos en el horizonte, pero, sobre todo, con las mismas ganas de aquel primer día para ponerse detrás de una cámara y darlo todo por el espectador.

A Sabroso, el reconocimiento le llegó relativamente pronto, con su segunda película, una destartalada comedia de enredo de título tan largo como peculiar: ‘Perdona, bonita, pero Lucas me quería a mi’. Primero, junto a su pareja sentimental, la también guionista Dunia Ayaso, y, tras el fallecimiento de esta, en solitario, Sabroso atesora una filmografía que transitará en buena parte desde la comedia, con títulos como ‘El grito en el cielo’, ‘Descongélate’ o ‘Los años desnudos’.

Su curiosidad artística, sin embargo, lo embarcará en proyectos más íntimos con piezas como ‘La isla interior’, quizá su trabajo más reconocido, una reflexión sobre las relaciones familiares que le es muy personal, como nos cuenta aquí. Cine, pero no solo cine, también teatro y mucha televisión, bien con proyectos propios, como ‘Mujeres’, o para otros, como fue su colaboración para la serie ‘Veneno’, de los famosos Javis.

Ahora, dice que está feliz con ‘Furia’, su última producción, una serie donde puede jugar con su vena más surrealista y socarrona, que cuenta con un reparto de lujo (Carmen Machi, Candela Peña, Ana Torrent y Alberto San Juan, entre otros), de la que ha terminado de rodar su segunda temporada y ya tiene firmada una tercera para HBO Max España.

Félix Sabroso, Premio Luna de Valencia 2026. Foto: Daniel García Sala, cortesía de Cinema Jove.

Aunque no es tu primera película, el primer éxito de tu carrera te llega allá por 1997, hace justo ahora treinta años, con tu segundo largo, ‘Perdona bonita, pero Lucas me quería a mí’. ¿Cómo ves ahora ese comienzo?

Bueno, yo he tenido que contradecirme y pelearme con mis primeros trabajos, porque fueron películas que funcionaron muy bien y tuvieron mucho éxito, pero también fueron crucificadas por la crítica, lo que generó mucha controversia entre el tono, que era desvergonzado y juvenil, y lo que se consideraba que debía ser el cine hace treinta años, en el que primaban otros tonos más realistas o sociales.

Ahora lo veo con distancia y no solo me perdono, sino que me reivindico. Me gusta lo que hacía de joven; es como si viera al que fui y lo que lo machacaron y me da como pena porque me parece que eran películas muy frescas, muy desvergonzadas y muy interesantes.

De hecho, las formas de cierto cine contemporáneo se han acercado más a eso que hacías al comienzo de tu carrera. Tú has colaborado con los Javis en la serie ‘Veneno’, que, de alguna manera, tiene más en común con esos primeros trabajos que con otros cines más reconocidos entonces.

Cuando los Javis me llamaron para que colaborase con ellos en ‘Veneno’, me sentí muy orgulloso. Me dije: “Mira, una gente joven que está empezando su carrera y piensa que mi escritura como guionista puede favorecerles o con la que se pueden identificar”. Y que gente joven que estaba empezando su carrera mirasen hacia mí, me enorgulleció.

Pensé: “Bueno, pues la gente joven sí mira lo que estoy haciendo”. Fue como si el tiempo me diera una cierta razón. Es verdad que muchas cosas que hice en esa época no se miraron de la misma manera que se miran ahora, y ese cambio de perspectiva me enorgullece. Me alegra que las cosas hayan cambiado en ese sentido.

Hablabas en el encuentro con el público sobre las referencias de esas nuevas generaciones de cineastas. Pero ¿cuáles fueron tus influencias cuando empezaste, sobre todo, en el campo de la comedia?

Bueno, yo era muy ecléctico. Evidentemente, el primer Almodóvar me impactó, me gustaba mucho, pero también me gustaba mucho Percy Adlon, me gustaba mucho Peter Greenaway, Fellini, me gustaba mucho Robert Altman; había muchos directores que estaban muy de moda en los 80 que me impactaban mucho y que me gustaban.

Y aunque yo hiciera películas que, en realidad, no tenían mucho que ver con ninguno de ellos, yo estaba amalgamando todo ese espíritu. Pero es verdad que, a la hora de escribir, a la hora de contar historias, yo miraba mucho la realidad. Yo vivía en un escenario emocionante y divertido.

Los 80 y los 90 en España fueron fulgurantes, burbujeantes, divertidos, sorpresivos; había mucha ilusión por las nuevas formas, por los nuevos modos, por las nuevas modas, y todo eso me tenía impregnado. En ese contexto, yo no necesitaba mirar tanto a mi cinefilia como a la propia realidad que me rodeaba para sentirme inspirado.

Has insistido muchas veces sobre esa mirada hacia la realidad como fuente de inspiración. Pero ¿qué despierta de esa realidad tu mirada cinematográfica? ¿Hay un algo específico que te inspira? ¿Una especie de patrón o chispa que enciende o te dicta qué quieres contar?

A mí, me gusta mucho la contradicción humana y recurro mucho a ella para hablar de nosotros, de quiénes somos y de qué buscamos. También tiene que ver con entenderme a mí mismo y entender la realidad para poder sufrirla menos.

No sé si hay un patrón. Lo que sí hay, al retratar la contradicción humana, es una mirada a veces cáustica o una mirada agria y satírica sobre lo que nos ocurre y cómo nos engañamos a nosotros mismos, cómo hacemos huidas hacia adelante dándole la espalda a la realidad. Cómo somos los seres humanos en eso de ir mareando la cosa cuando, al final, hay algo que pesa mucho más, que es el miedo a la muerte, el miedo a que la realidad nos supere, el miedo a no sentirnos protegidos. Todo eso nos convierte en seres humanos enloquecidos, que niegan la mayor, y esa es un poco la esencia de lo que siempre quiero contar.

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Las relaciones humanas, pero, sobre todo, las relaciones con respecto al grupo, los demás, es algo que está muy latente en tus películas. ¿Qué relación dirías que hay entre tú y eso que quieres contar a los otros sobre esas relaciones?

Tiene mucho que ver con cosas que experimento de manera personal. Ninguna de mis películas es biográfica, pero todas las emociones y las experiencias que retrato las he vivido directa o indirectamente. O las he visto y me han afectado o han merecido mi mirada y mi curiosidad. Eso está retratado en mi cine y por eso siempre hago historias corales, porque necesito más puntos de vista y más perspectivas para retratar un asunto que la que te ofrece un solo personaje.

¿Y qué te aporta esa coralidad?

Me aporta esa diversidad que, a veces, puede ser mucho. A lo mejor con menos podría ser más eficaz, contando solo la historia de un personaje y desarrollándolo en profundidad, pero me gusta la idea de que la realidad está como concatenada y que hay una cosa que al final tiene que ver con la otra, que siempre hay un efecto mariposa entre una historia y otra. Amalgamar todo eso me da la posibilidad de crear un espectro más amplio a la hora de retratar una realidad, más poliédrico y con más puntos de vista.

En tu cine, casi desde el principio, has trabajado con actores y actrices bastante conocidos. ¿Lo imaginabas cuando empezaste? De todos ellos, ¿quién te ha sorprendido más?

Yo trabajo, sobre todo, con gente a la que admiro mucho. Por ejemplo, ahora, en ‘Furia 2’, Alberto San Juan me ha subyugado. Es la tercera vez que trabajo con él, pero me parece que es fantástico. Trabajar con Carmen Machi, con Carmen Maura, para mí ha sido muy emocionante. Ver lo que hace la mirada de Carmen Maura ante el objetivo; ese tipo de cosas me han emocionado mucho.

Pero también me ha emocionado trabajar con Candela Peña, con Antonia San Juan, con Pilar Castro… Las actrices o los actores con los que he trabajado siempre me han despertado mucha admiración. También porque hay un actor dentro de mí, ¿sabes? Alguna vez, cuando era muy jovencito, soñé con ser actor, pero luego tenía mucho pánico escénico y me bloqueaba. Por eso sé lo difícil y lo costoso que es. Me genera mucha admiración la gente que es capaz de romper esa barrera y actuar.

¿Qué va antes para ti, el personaje o el actor o actriz que va a interpretar ese papel?

Normalmente, cuando escribo, hay personajes que nacen sin saber qué cara van a tener, pero muchos personajes los escribo imaginando quiénes lo van a interpretar, y eso me ayuda muchísimo a dibujarlo porque, mientras escribo, estoy oyendo su voz, su tono, su intencionalidad, lo que van a transmitirle al personaje, y me ayuda a dialogarlo.

¿Cómo ha evolucionado la comedia desde aquellos años 90 en los que empezaste tu carrera? Parece que hoy el cine se siente un poco coartado a la hora de plantear ciertas historias, bien por causa de eso que hemos llamado lo políticamente correcto o por un cierto tipo de censura o autocensura que yo creo que, en los 90, no existía y que ahora parece que actúa de una manera subterránea. ¿Has sentido ese cambio en la evolución de tu cine?

Bueno, está todo lo de lo políticamente correcto y, tal cual, hay dictámenes, efectivamente, subterráneos que tienen que ver con el respeto y las libertades del prójimo y la inclusión que, algunas veces, ocultan una misión secreta que es no excluir a ningún abonado, no excluir a nadie, no para ser inclusivo, sino para que ningún abonado se sienta mal representado.

Ahí sí que hay algo hipócrita del sistema, pero yo estoy recibiendo un cierto premio a mi constancia y al esfuerzo que me han supuesto, entre proyecto y proyecto, los tiempos de parón que he tenido por defender lo que quería hacer. Y eso me está permitiendo hacer cosas y no me siento tan presionado a la hora de limitar mis contenidos o mi mirada.

Félix Sabroso, en el encuentro que mantuvo con María Albiñana, directora de Cinema Jove. Foto: Daniel García Sala, cortesía del festival.

Hablábamos antes de ‘Perdona bonita, pero Lucas me quería a mi’, también has mencionado a Almodóvar… Cuando, a veces, se habla de esta falta de inclusión, me pregunto cuándo el cine español ha dejado de ser inclusivo o si, en realidad, siempre fue inclusivo, de alguna manera.

Yo creo que el arte y la cultura siempre han tenido una mirada más libre respecto de todas estas cosas. Hay pulsos sociales que sí que marcan las campañas de concienciación y de inclusión para el día a día, para los seres humanos que viven en la calle o que en su medio de trabajo o en su pueblo sienten esa presión, pero no creo que el cine sea el ámbito en el que no hayamos sido inclusivos.

Sí que es verdad que había un discurso más heteropatriarcal en la visión del cine de antes que ahora mismo se revisa, y eso sí que me parece que está cambiando para mejor porque se está tomando conciencia de una diversificación de las temáticas; y eso no me parece malo.

Me parece que, siempre que se produce un cambio social y se toma conciencia de algo, a veces tomamos unas posturas radicales en las que se puede crear un espacio muy cómodo para la estupidez, pero luego siempre se acaba generando un equilibrio y se acaba relativizando. Supongo que para que las cosas cambien hay que tener momentos de radicalización para tomar conciencia real. Yo me imagino que estamos en un proceso y que se seguirá ajustando.

Has trabajado en el cine, en la televisión, en el teatro… ¿Qué te gusta más?

Pues supongo que la A es hacer cine, pero hacer series de televisión con la libertad con la que estoy haciendo ‘Furia’ me hace sentir muy satisfecho. No obstante, cuando he hecho teatro también he sido muy feliz. La sensación de estar girando por teatros de toda España con una función y tener la reacción del público de una manera muy directa, lo que has escrito, cómo funciona y testarlo es muy adictivo.

¿Cambia tu forma de escribir, tu forma de pensar el proyecto, dependiendo de a qué medio te vas a dirigir?

Sí, efectivamente. Es como lo de esta persona de la que se dice que tiene mucha personalidad porque siempre va vestido de negro. A mí la gente con muchísima personalidad me parece un coñazo. Me parece más interesante la versatilidad, la flexibilidad, la relatividad, el poder tener escucha para otras miradas, otros puntos de vista.

Lo que sí que me ha pasado con mi cine es que, cuando yo hice ‘La isla interior’, la película y la historia que yo tenía en la cabeza y que yo había escrito no me pedía las mismas cosas que me pidió ‘Perdona bonita…’. A mí se me puede entender en la suma de muchas cosas, pero, si tú comparas una película como ‘La isla interior’ y ‘Perdona bonita…’, son tan distintas que parece que podrían ser de cineasta diferentes.

Pero es que he decidido no mirarme el ombligo en cada cosa que hago o parecerme a mí mismo en cada cosa que hago, sino otorgarle a cada historia lo que considero que necesito. Y ahí me he permitido ser otro y cambiar.

También es verdad que, cuando vas sumando ya mucha obra, sí que empiezan a detectarse denominadores comunes por los que se puede hablar ya de una trayectoria, que es esa mirada un poco sarcástica e irónica, el elemento del humor, incluso en el mayor de los dramas, los diálogos no naturalistas; todo ese tipo de señales están en toda mi obra.

La isla interior. Dunia Ayaso y Félix Sabroso

¿Qué significó para ti ‘La isla interior’? ¿Había ahí una especie de deuda que tenías contigo o con esa imagen exterior que la crítica le daba a tu obra y con la que te querías resarcir?

Puede ser que, durante esas primeras películas, yo quisiese demostrar que podía enfrentarme a un drama, que podía contar algo con otros parámetros, pero también es verdad que me pilló en un momento personal muy duro. Entonces, se enfermó y murió mi padre, algo que viví en primera persona, y estaba en un momento de dificultades para sacar un proyecto nuevo. Eso hizo que la mirada me saliera así, oscura y amarga.

Por otro lado, pensé mucho en eso de la herencia familiar, en el peso que tiene la herencia familiar, no solo sobre los problemas de salud, sino en la herencia emocional, psicológica, y lo que supone para los seres humanos como yugo para encontrar nuestra propia identidad, para crecer, para convertirnos en quienes queremos ser. Y cómo, al final, no conseguimos cambiar y nos quedamos enclaustrados en la familia, como en una cárcel.

Ese era el supertema y, claro, lo que quería contar era suficientemente crudo o fuerte como para que fuese una película muchísimo más dura, más desnuda, más descarnada, más frontal, con menos elementos, con menos comedia.

Has trabajado para otras personas como, decíamos, los Javis. Cuando trabajas para proyectos ajenos, ¿cómo te sientes? Alguien que dirige sus propios proyectos y que escribe con una voz propia, ¿cómo se adapta a esa otra voz, al trabajo de otros directores?

Pues no es mi lugar favorito. Tengo que reconocer que he aprendido mucho de trabajar por encargo, de escribir guiones de encargo, de dirigir por encargo o de desarrollar proyectos con otras personas.

Ha sido un aprendizaje, pero no es el lugar en el que me encuentro más satisfecho ni en el que siento que desarrollo mis habilidades. Pero, bueno, lo he hecho muchas veces porque me apetecía el proyecto o porque necesitaba trabajar, también. Por ejemplo, me apeteció mucho escribir ese guion para ‘Veneno’.

Estás embarcado en la serie ‘Furia’, que es un proyecto que ya va para su tercera temporada. Creo que es probablemente tu proyecto más largo, en el sentido de contar algo en el tiempo.

Sí, he hecho dos temporadas y, al final, entre desarrollo, escritura, preproducción, postproducción y rodaje, llevo más de dos años y medio haciendo ‘Furia’. Sí, desde luego es el proyecto más largo que he hecho y por eso me permito que sea como un cajón de sastre donde quepan todas mis preocupaciones, todas mis curiosidades y todas las cosas que yo quiero retratar.

Luego, yo ya hago el esfuerzo de juntarlas, de amalgamarlas para que funcionen como un todo porque si va a durar tanto en el tiempo y va a ser un éxito prolongado, prefiero sentirme satisfecho y realizado en la suma.

¿En qué cambia tu escritura, tu manera de afrontar esa proyección en el tiempo con respecto a una película convencional?

Pues cuando veáis la segunda temporada veréis que hay, efectivamente, muchas diferencias narrativas y de estilo. Es verdad que sigue jugando con denominadores comunes, pero hay una especie de crecimiento e, incluso, de jugada desestructural que tiene que ver con que vas sumando experiencia y te vas enriqueciendo, que vas apuntando con más certeza a lo que quieres contar.

Me comentaba hace poco Jonás Trueba cómo la aparición de las plataformas ha producido un gran cambio en la industria. Pero, al mismo tiempo, él temía que, a pesar de todo, ese crecimiento quizá pudiera estar creando una especie de burbuja parecida a la burbuja inmobiliaria del año 2008, pero en el mundo audiovisual. ¿Cómo ves la irrupción de las plataformas en el sector? ¿Se está viviendo una época dorada o será algo transitorio?

Bueno, se está viviendo una época dorada, pero puede ser efímera. Quiero decir que el Imperio romano también se acabó. Cuando se dice: “Es una burbuja que puede estallar”, pues sí, pero es que nosotros, los humanos, tenemos tendencia a instalarnos en la realidad como si fuera para siempre.

Hay gente que se compra una casa y se tira dos años reformándola como si se fueran a quedar aquí para siempre. O decimos: “Ahora se usa el cine”, y abrimos salas de cine por todo el mundo y maxisalas de cuarenta salas gigantes, pero luego resulta que nadie va al cine. Entonces, nos preguntamos: “¿Y qué hacemos con todos esos espacios?”. Pues como los circos romanos: que desaparecerán, se utilizarán para otras cosas.

Antes, hasta en el pueblo más inmundo había un teatro digno y bonito donde se veían películas, obras de teatro y arte popular; espectáculos para que la gente pudiera entretenerse porque no tenían un televisor en la casa. Ahora, están abandonados. Por eso yo no tengo ningún temor, porque yo también me voy a acabar.

Quiero decir que creo que las cosas irán evolucionando y, al final, lo único que importa es la percepción, la mirada que tenemos sobre la realidad. Hay gente que se sienta ante una película en Netflix o en Amazon y es capaz de leer, con ese formato y en ese contexto, algo que les emociona, que les conmociona y que cambia sus vidas. Y hay gente que, yendo al cine por el milagro ese de la sala oscura, no consigue hacer otra cosa que comerse un bote de palomitas y quedarse dormido.

Al final, la obra artística la termina siempre el espectador, siempre la termina el que la mira y el que la interpreta y la asocia a su realidad. Yo, ahora mismo, en ese mismo sistema de plataformas, estoy haciendo un ejercicio narrativo que me interesa y que capta mi atención.

Entonces, no soy tan apocalíptico, no tengo la sensación de que todo se desmorone. A mí, me encanta el cine, también en la sala de cine. Y creo que las salas de cine volverán y la gente volverá a echar de menos apagar el móvil y ver una película. De hecho, hay salas de cine en Madrid que están llenísimas.

Con este nuevo protagonismo de las plataformas, ¿en qué sientes que ha cambiado la relación con ese espectador? ¿No se ha alejado el autor del público, convertido ya en una mera presencia virtual?

Bueno, es verdad que eso sucede. Es verdad que, ahora, todo es más abstracto que en la relación directa con el público en un patio de butacas. Ahora, son unos números y unas estadísticas y unos resultados que no sabes, luego, hasta dónde son verdad o no. Pero, luego, está el pulso a través de las redes; ese pulso de lo que estás generando, de lo que está gustando, sí que lo acabas obteniendo.

La sensación de que nos distanciamos, de que nos deshumanizamos, no solo pasa con el cine, está pasando con las relaciones humanas, con las relaciones románticas. Antes, teníamos una enorme curiosidad por conocer personas. Tenía mucho valor enamorarte o hacerte amigo de alguien, o conseguir entrar en un grupo de amigos, o entrar en un bar y acabar encontrando a un semejante.

Eso, ahora mismo, está muy devaluado porque la gente tiene un millón de seguidores que les dicen las cosas que quieren escuchar, lo guapa que eres, lo bien que te queda tal vestido, lo bien que te has hecho el selfie o la foto, y eso devalúa tu idea de tener amigos. Es como los hijos de los ricos, cuando les regalan tantos juguetes que pierden el foco de atención y pierden el deseo. Y eso está pasando con los humanos en general, no solo con nuestra profesión.

Y tú, como director, ¿percibes que has perdido ese contacto?

Yo soy muy activo en redes y leo mucho lo que pone la gente de mi trabajo. Y también me leo hasta la última crítica y reseña que sale de mi trabajo. Me lo leo todo, soy muy obsesivo y me lo leo todo, lo bueno y lo malo.

Por otro lado, también termino de construir el mensaje de lo que hago con lo que he transmitido. Digo: “A ver, esto es lo que yo he querido contar y esto es lo que yo he conseguido transmitir”, y completo la comunicación con la escucha del que emite su opinión.

Es verdad que parecía que antes los cineastas tenían al público más cerca, pero también conozco a muchos cineastas de esas generaciones a los que les importaba mucho lo que ellos querían contar, pero no les interesaba lo más mínimo lo que les venía de vuelta. A mí, sí me despierta curiosidad.

En ese sentido, ¿cuál dirías que ha sido la última lección que has aprendido?

Pues, ahora que lo dices, en la amalgama de historias que tengo con ‘Furia’, por ejemplo, hay cosas que me interesan que no captan tanto el interés y, sin embargo, otras que me parecían menos interesantes son las que han resultado más llamativas. Es decir, que hay veces que la opinión general no se parece a lo que tú esperabas o a tu mayor interés.

Y, sí, la principal lección que siento es que nunca las tienes todas contigo porque la gente, cuando escucha lo que tú quieres contar, lo interpreta. Es como cuando vas al psicólogo y dices “Uy, todo lo que me ha dicho me acaba de iluminar”. Pero luego sales del psicólogo e intentas contarle a un amigo tuyo lo que ahí se ha producido y ya está tamizado por la realidad, por tu experiencia, y tu interpretación de lo que acaba de suceder ya no es la misma.

Y, cuando tu amigo se lo cuenta a otra persona, ya no será igual. La mirada de los demás sobre lo que tú haces, cómo lo cuentas y cómo ellos lo interpretan a partir de su experiencia personal es muy diferente y afecta a la obra artística.