‘Digger’, de Alejandro González Iñárritu

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‘Digger’, de Alejandro González Iñárritu
Reparto: Tom Cruise, Riz Ahmed, John Goodman, Sandra Hüller y Jesse Plemons
Música: Cosmo Sheldrake
Fotografía: Emmanuel Lubezki
128′, Estados Unidos, 2026

En el año 1964, el director estadounidense Stanley Kubrick presentaba su película número siete (y en el caso de Kubrick, como todo el mundo sabe, la numeración es muy relevante). Rodada en un sobresaliente blanco y negro, la cinta narraba la posibilidad de que se desencadenara una tercera guerra mundial.

Estábamos en los años más calientes de la llamada Guerra Fría y el miedo a una conflagración nuclear que dejara el planeta como un campo infértil de labranza y acabara con nuestra existencia sobrevolaba la mente de toda persona de bien. En la película, convencido de una inminente invasión comunista, un general del ejército de los Estados Unidos ordenaba un inesperado ataque contra la URSS, desatando el pánico entre los Gobiernos de ambos países.

La cinta, considerada hoy en día como un clásico del cine distópico, nos ponía ante dos realidades ciertamente perturbadoras. La primera de ellas nos remitía a la fragilidad de nuestra presencia en la Tierra. El desarrollo tecnológico había llegado a tal extremo que bastaba la determinación de un loco desquiciado para que el mundo volara por los aires.

La otra verdad es que, frente a este y otros posibles locos, quizá nos veíamos en la obligación de confiar nuestra salvación a otra banda de locos igualmente trastornados: nuestros gobernantes. El título de la película, ya lo saben: ‘¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú’ (o, en su título original, mucho más bonito: ‘Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb’). Su trama, como todo el mundo también sabe, terminaba mal, pero este inconveniente no borraba la sonrisa de nuestros labios. Sosténganme un momento este argumento.

Hoy, las cosas no parece que estén mucho mejor que entonces. El planeta vuelve a estar al borde del colapso. Al aun no exorcizado peligro nuclear se añade ahora la amenaza de todo tipo de catástrofes naturales fruto de nuestra intervención en los ecosistemas.

Esto es lo que piensa el director mexicano, afincado artísticamente en los Estados Unidos, Alejandro González Iñárritu. ‘Digger’ su último trabajo, nos presenta, así, a otro de estos locos desquiciados, un tal Digger Rockwell. Un magnate del petróleo que vive en una mansión y que una mañana se levanta con la noticia de que una de sus perforaciones en Groenlandia ha provocado el desgajamiento de un enorme bloque de hielo que se dirige contra Europa amenazando la vida de miles de personas. Ante la catástrofe, Digger, junto al Gobierno de Estados Unidos, debe afrontar una situación que los ha colocado contra sus aliados. ¿Quién cargará con las culpas?

‘Digger’, de Alejandro González Iñárritu

Salvando algunas distancias, existen muchas similitudes entre esta última producción de González Iñárritu y la obra de Kubrick (sí, ya sé que estamos tratando con un tótem de la cultura occidental del siglo XX; pero no pasa nada, relájense).

La primera de ellas nos remite a una película que podríamos inscribir dentro de la comedia negra o surrealista. Desde los primeros compases de la trama, González Iñárritu nos deja las cosas bien claras. Amanece en un paisaje idílico. Se abre un telón y entonces descubrimos que ese paisaje forma parte de las vistas del dormitorio que el tal Digger tiene en su lujosa vivienda.

A su lado duerme Maggie, una gata por la que siente un especial afecto. Maggie se encuentra muy enferma por culpa de su avanzada edad y Digger se esfuerza por salvarla contra las mismas leyes de la naturaleza. Pero desde los primeros fotogramas nos damos cuenta de algo extraño: Maggie no es una gata real; es un muñeco.

Esta primera escena pone las bases sobre las que se va a mover esta producción. Que sirva como advertencia para cualquier espectador despistado: ‘Digger’ es una película que, como sucedía en la cinta de Kubrick, se mueve en el terreno de lo paródico, lo burlesco.

Ahí encierran Iñárritu y sus guionistas la eficacia de su discurso, no tanto en lo realista de su interpretación de la realidad como en una versión tan exagerada que, sin embargo, nos remite inevitablemente a ella (o a esa versión de la realidad que, por las noticias que nos llegan cada día desde los telediarios, la prensa y las redes sociales, se nos presenta en nuestra imaginación): estamos gobernados por unos dementes dispuestos a todo para salvar su culo.

Tom Cruise como Digger Rockwell en un instante de la película.
Tom Cruise como Digger Rockwell en un instante de la película.

Y aquí, como sucedía también en la cinta de Kubrick, al margen de las situaciones que vamos a ver y de los diálogos (brillantes), Iñárritu pone en pantalla unas interpretaciones que, a mi modesto entender, están a la altura de la propuesta del maestro.

Como sucedía en ‘Teléfono rojo…’, Iñarritu hace de lo grotesco el sentido mismo de su mensaje. Cuenta para ello con la complicidad de un Tom Cruise que borda uno de los mejores papeles de su carrera. Cierto es que su Digger roza por momentos lo inverosímil, pero es que es en ese margen, en esa frontera entre lo real y lo irreal, donde avanza la película, de ahí lo adecuado de su elección.

En manos de Cruise, Digger se mueve entre la decadencia física y la fortaleza que le dan ciertos arrebatos de testosterona (otro elemento motor de la película de Kubrick) con los que ha construido su imperio petrolero; entre lo patético y una exaltada lucidez propia de un verdadero genio del mal.

Le acompañan un cartel de secundarios que hacen de la mímica y la expresión facial un auténtico arte. John Goodman, en su caracterización de un fanático presidente de Estados Unidos tan carcomido físicamente como la gata de Digger, está simplemente asombroso. Pero no es el único.

John Goodman encarna al fanático presidente de Estados Unidos en 'Digger', la nueva sátira geopolítica de Alejandro González Iñárritu.
John Goodman encarna al fanático presidente de Estados Unidos en ‘Digger’, la nueva sátira geopolítica de Alejandro González Iñárritu.

Vaya por delante que nunca he sido un ferviente seguidor del cine de Alejandro González Iñárritu. Para la mayoría de sus críticos, existen dos partes de su carrera, antes y después de su colaboración con el escritor Guillermo Arriaga. Pero un servidor, desde sus primeros trabajos, siempre ha recelado de una ampulosidad bigger than life que veía tanto en sus tramas como en su desmedida y, con frecuencia, hueca puesta en escena.

Sin embargo, creo que, aun sin abandonar ciertos excesos, justificados aquí en función de su armadura dramática, encuentro en este ‘Digger’ al Iñárritu más contenido, entregado al desarrollo de un libreto en el que ha puesto todas sus expectativas.

Ese condicionar la cámara al texto hace, incluso, que nos olvidemos de que estamos ante una de sus películas. Funcionalidad que, sin embargo, tampoco renuncia a una cierta autoconciencia que le sirve para provocar al espectador.

Pero es que aquí lo cómico se impone y el manejo del tiempo –el juego de planos– tiene que ser preciso o, en caso contrario, la broma no funciona. Y de fondo creo que no nos equivocamos tampoco si invocamos de nuevo al gran Kubrick, tanto en el empleo de ciertos elementos ya icónicos (¡la bomba!) como en el recurso a los planos angulares y a exagerados contrapicados que sirven como mecanismo para apuntalar la ironía, otorgando a los personajes una grandilocuencia que de inmediato se vuelve ridícula precisamente por esa categoría deformante de las imágenes.

Fotograma de ‘Digger’, de Alejandro González Iñárritu.

Pero creo que si esta película funciona es gracias a un guion que avanza como un tren de alta velocidad. Cabe destacar que en el cine suele ser frecuente que el número de guionistas acreditados en una película vaya en inversa proporción a la calidad del trabajo. Muchos no es siempre sinónimo de mejor.

Ahora bien, desconociendo, como no puede ser de otra manera, qué papel ha jugado cada uno de los escritores certificados en la elaboración de la historia, cada uno de los cuatro nombres (incluyendo al propio Iñarritu) que constan en los créditos tienen bien merecido su reconocimiento. Un relato que apunta sus flechas, al menos, en cuatro direcciones muy precisas que irán desplegándose según avanza el metraje.

En un primer acercamiento, ‘Digger’ señala a unos Estados Unidos que han puesto por delante el beneficio económico sobre la protección del planeta y la misma humanidad. Como en la Biblia a la que tanto se encomienda (hasta cierto punto, según veremos) el presidente Compson, el hombre ha sido puesto en la Tierra para ser el dueño de la creación.

Ese es nuestro propósito en el mundo: ir siempre un poquito más allá. Y si en el camino caen algunos cientos de miles de congéneres, pues, oye, es un precio más que asumible. Al fin y al cabo, al planeta le importamos muy poco. Estaba ahí antes de nosotros y ahí seguirá cuando nos marchemos. El problema es cuando esos problemas que hemos generado disparen contra nosotros mismos.

Fotograma de ‘Digger’, de Alejandro González Iñárritu.

Por otra parte, ‘Digger’ señala a una Unión Europea que, escondida tras el poder de los EE. UU., se agarra a una parálisis igualmente destructiva, por parasitaria. Como dirá el propio Digger ante un enfurecido Parlamento Europeo tras la catástrofe, el Viejo Continente se ha convertido en un mausoleo de burócratas que se esconden tras unas leyes proteccionistas que, en el fondo, se sustentan bajo la tutela protectora de los desmanes del Tío Sam.

Si Compson se puede entender como una parodia de Donald Trump, en este tramo de la película Iñárritu casi le da la razón al presidente, dando a la sátira un giro inesperado que funciona como un jarro de agua fría contra nuestras conciencias comprometidas e igualmente adormecidas por la comodidad que nos brindan los beneficios de la tecnologización y el consumo sin medida de energía fósil.

Y de fondo, Rusia y China. Iñárritu y su equipo saben de lo que hablan y plantean la pregunta de manera muy concreta: ¿estamos realmente dispuestos a perder nuestra hegemonía en el mundo?

De manera sutil y tosca al mismo tiempo, brillante, Iñárritu dibuja al Parlamento Europeo como un grupo de muñecos (a ver quién descubre el gazapo) vestidos con trajes grises, que se enervan sobre las injusticias que comete el imperio, para no hacer nada.

La tercera de las flechas dispara contra el arte como herramienta de denuncia de estas cuestiones de orden social o político. Resulta difícil hablar de ello sin desvelar la sorpresa (aunque hay quien ya lo ha descubierto en varios artículos). Simplemente diremos que para Iñárritu y sus guionistas el arte puede servir como mecanismo de catarsis ante los conflictos que asolan el mundo, pero tiene poca utilidad si todo ello no va acompañado de una acción que cambie realmente las cosas.

Ante la obra de arte nos sentimos confortados como cómplices de esa denuncia feroz, pero esta se vuelve estéril, pues, al final, queda en una mera expresión de un estado de ánimo que no aporta ningún rédito.

Una forma de destilar nuestra frustración que, de nuevo y en un giro perverso pero inteligente, acaba sirviendo al poder, o que este patrocina para lavar sus vergüenzas y como un nuevo mecanismo de control de masas (ahora que vamos a elecciones, la comparación es perfecta). Y el poder tiene la fórmula para manejar incluso cualquier posible apunte de disidencia real: dándole la razón y, luego, haciéndola dependiente de él.

Pero la película se vuelve realmente poderosa cuando, acabada la representación, la parodia desborda la pantalla y apunta al mismo corazón del espectador de la sala de cine. Me refiero al espectador real, a usted, que está leyendo esta crónica y quizá vaya a ver o ya haya visto esta película, o a mí mismo.

Tras los títulos de crédito, se encienden las luces y salimos a la calle satisfechos de haber cumplido nuestro cometido como público exigente. Vanidosos, sonreímos y cruzamos nuestras miradas y los sabios comentarios en señal de reconocimiento mutuo. Lo hemos pasado bien y, sobre todo, hemos entendido el mensaje.

La pregunta que Iñárritu plantea a los personajes de ficción tiene, sin embargo, su extensión sobre nosotros. Y, bueno, ¿ahora qué? La ficción mira a la realidad ficcionada para luego mirar de un golpe a otra realidad: la real, la nuestra. El verdadero cine en tres dimensiones era esto, no lo de las gafitas.