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‘Arriba tutto’, de José Mota
Reparto: José Mota, Karra Elejalde, Pablo Cabello, Olivia Molina, Diego Anido y Mila Borrás
Música: Alicia Morote
Fotografía: Kiko de la Rica
98′, España, 2026
Para hacer una semblanza de la carrera de José Mota no hace falta guglear su nombre en Internet, basta con preguntarle a tu vecino de rellano. Desde sus comienzos con el dúo Cruz y Raya, pasando por los muchos programas de sketches con los que ha ido colonizando todas las cadenas de televisión y su trabajo como actor de doblaje y de cine, el camino hacia su popularidad –guste más o menos a unos y a otros lo que hace–, hay que reconocerlo como una celebración de la perseverancia.
Ahora, tras todos estos años en la brecha, Mota da el salto a la dirección de su primer largometraje con un relato que aspira a ser un homenaje a la comedia y a todas las grandes figuras del género de la historia del cine.
‘Arriba tutto’ cuenta, así, la historia de Michi, un niño de 7 años que recorre con su padre, un payaso de vodevil, los caminos de aquella España rural de principios del siglo XX. En un país marcado por la pobreza y las diferencias sociales, el padre de Michi (Karra Elejalde) lleva una sonrisa, con su teatro de variedades, a todo aquel que la necesite.
Sin embargo, el constante enfrentamiento con las autoridades de la época acabará en tragedia. Años después, un Michi ya adulto (el propio Mota) ha sido nombrado sargento del ejército republicano durante la Guerra Civil. La muerte prematura de su padre y el contexto de la guerra han hecho de Michi un hombre amargado que ha perdido el placer por la vida. Pero ese Michi niño que todavía lleva dentro tiene mucho que decir.
Charlamos con José Mota en los Cines Kinépolis de València sobre la gestación de este proyecto, sobre la pérdida de la inocencia y de todas esas cosas que, pasado el tiempo, guardamos como un tesoro en un rincón de nuestro corazón, de nuestra memoria. La historia empieza y acaba así: la cámara apunta al filo de una loma en mitad del campo castellano. De repente, entran en escena, corriendo, Don Quijote, Laurel y Hardy, Chaplin y los hermanos Marx perseguidos por una patrulla de nazis. Ahí lo dejamos.

Con esta película das el salto, como director, de la pequeña a la gran pantalla. No digo que, a estas alturas de tu carrera, te haya supuesto un desafío, pero evidentemente se trata de otro lenguaje y, quizá, otra dimensión. ¿En quién te apoyaste para dar este paso?
¿Te digo, de verdad, en quién me apoyé? Pues en la pasión que sentía aquel niño que fui, que es el que más me ha insistido en contar esta historia. Por un montón de experiencias vividas, tanto familiares como, luego, profesionales, yo tenía hace aproximadamente doce o trece años una serie de emociones que tenía que sacar y vehiculizar a través de la historia que he contado, la necesidad de rendir un homenaje a la comedia y a los cómicos, porque es en lo que creo de verdad, desde que era un niño.
Yo recuerdo cuando tenía 8 años y veía actuar en la tele a Pajares, a Esteso, a Tip y Coll, y sentía que eso era pura magia porque tenía la sensación –y la sigo teniendo hoy en día– de que la comedia nada a contracorriente de todo lo establecido. Era la manera más directa en la que yo me proyectaba como un ser humano libre y eso me hacía sentir cosas maravillosas. Y de aquellos barros, pues estos lodos.
Como dices, tu película homenajea a grandes figuras de la comedia como los hermanos Marx, Laurel y Hardy, Chaplin o Buster Keaton. Todos ellos, como los protagonistas de tu historia, empezaron en el vodevil, un género que, pasado el tiempo, ha desaparecido o quizá se haya transformado en otra cosa. ¿Qué nos hemos perdido al abandonar aquella manera de conectar con el público que tenía esa forma de entretenimiento popular?
¿Con aquellos entonces y ahora? ¿Qué nos hemos perdido? Bueno, yo he sido una persona que siempre he tenido una grandísima admiración y respeto por todo lo que ha significado el pasado profesional, tanto por los más recientes de este país como por los más antiguos.
Pero aquí me refiero a Keaton, a Chaplin, a Harold Lloyd, a todos los que inventaron lo que hoy entendemos como cine. Estos han sido los grandes maestros, los que han cogido el testigo de los quijotes. Por eso saco a Don Quijote en la película, porque me parece que es el gran cómico.
¿Y por qué? Porque Don Quijote es el gran soñador de la humanidad, y un cómico es un soñador. Un cómico es alguien que cree en la utopía; en la utopía de que la comedia puede cambiar el mundo. Eso es lo que cree el personaje de Karra, el padre.
Por eso, en esta semblanza, el padre es Don Quijote y por eso escribe ‘El caballero de la comedia’ [un texto inventado que intentará representar], en alusión directa a ‘Don Quijote de la Mancha’. Por eso saco al Quijote huyendo del miedo. La gente que le persigue es el miedo y la comedia es la libertad. Esos son los planteamientos.

Estrenas esta película precisamente en un momento en el que a Cervantes se le está reivindicando desde muchos frentes, y no solo en el mundo del cine o académico. Hoy te acercas, incluso, a YouTube y hay muchas figuras que están diciendo: “Vamos a volver a mirar a don Quijote”.
Es que el ‘Quijote’ es la gran Biblia de la sociología del ser humano. No es solo una novela, es que habla de lo que somos. Da la casualidad, además, de que hace un mes y medio aproximadamente me terminé de leer todo el ‘Quijote’. La primera parte la había leído hace muchísimo tiempo, pero luego he vuelto a leérmela junto con la segunda y, entonces, comprendes.
Por eso yo, intuitivamente, quise que el Quijote capitaneara esta aventura, que fuera el padre de todos ellos, por ser, como te he dicho antes, el gran soñador, el hombre más libre de la humanidad, aquel que fue capaz de hacerse pasar por loco con tal de perseguir la utopía de la libertad del ser humano.

Mientras veía la película me preguntaba cómo has encontrado el tono particular de tu personaje. Te lo digo porque imagino que, incluso mientras la estabas escribiendo, debías de estar pensando en ese espectador que quizá tiene en su cabeza a esos otros personajes que has interpretado en la televisión y que tu misma presencia rememoraba. ¿Cómo has gestionado esas expectativas?
Es que eso lo cuidé muchísimo, desde el primer momento, porque yo sabía que estaba en un escaparate diferente. Aquí tocaba contar una historia y dotarla, dentro de que estamos en una fábula, en un cuento que nos cuenta un niño, de la máxima credibilidad y el máximo realismo.
Lo tuve muy claro desde el primer momento y asumí esa responsabilidad; fue una toma de conciencia que ya tuve con la escritura del guion. Te da muchísima ventaja haber escrito la película porque estás en las tripas de la historia y, luego, cuando subes a la superficie, vienes con una toma de tierra muy sólida. En ese sentido, yo sabía dónde tenía que estar.
El personaje que interpretas pasa por unas situaciones dramáticas que le hacen perder su inocencia. ¿Cuándo perdemos la inocencia?
Cuando abandonamos al niño que fuimos y nos llenamos de inseguridades, de miedos, de esos secuestros de ese futuro que nos espera y que tienen que ver con ese miedo. Entonces, empezamos a alejarnos de aquel niño que vivía en el presente continuo. Cuando éramos niños todo era “ahora” y “aquí”, jamás era “después” y “allí”. Tiene que ver con el famoso carpe diem, vive el momento.
Han sido cinco años de introspección, de tener muy claro qué tipo de mensaje queríamos contar. Te digo que esto ha nacido de una necesidad vital y de unas emociones que he vivido tanto a nivel personal como profesional. O sea, que he tratado de verdad de hacer una película honesta, en el sentido más amplio de la palabra.
Entre los muchos temas que toca la película está la cuestión de la relación entre el humor y el poder. ¿Al poder le sigue dando miedo el humor?
Sí, claro, porque el humor te desnuda, te retrata, el humor radiografía, y al poder siempre le da miedo el desnudo; al poder le da miedo quedarse en pelotas, siempre. Pero eso es lo que hace el humor, por eso el poder le teme tanto a la comedia.

Podríamos encajar a la película dentro de una categoría genérica de comedia blanca, algo que no tiene, en principio, por qué desmerecer. ¿Quizá hay demasiado humor negro en este momento?
Yo creo que lo que queremos contar con esta película, mediante ese lenguaje del niño, ese lenguaje narrativo que puede ser de fábula o de cuento, es algo muy serio. La pregunta es: ¿estás dispuesto a pagar un precio por ser libre? ¿Te atreves? Por eso esta película, entre otras cosas, queda resumida en esa nariz de payaso que le planta cara a un carro de combate. Eso también es ‘Arriba tutto’.
De alguna forma, estamos en un momento en el que, si no implicados directamente, la guerra nos rodea o se asoma en nuestro horizonte como una amenaza, una posibilidad. ¿La guerra nos sigue cortando la risa?
Sí, sí, sí. Claro, la guerra es la constatación más palpable del fracaso frente al no habernos entendido hablando. No hemos podido y fruto de eso es la guerra, el “yo más que tú”, el odio. El odio es lo que termina poniendo en pie cosas tan terribles como una guerra, como un enfrentamiento. Así es.
Entre las muchas cuestiones que representa este personaje que interpretas, encuentro que, de alguna manera, nos dice que aunque crezcamos, aun pasado mucho tiempo, siempre guardamos dentro de nosotros a ese niño que fuimos una vez; una especie de conciencia que nos seguirá diciendo cosas a lo largo de la vida. ¿Qué te dice a ti esa conciencia?
¿Qué me ha estado diciendo, a veces?: “A ver, José, ¿cuánta piel de dignidad te has dejado para llegar a este sitio al que querías llegar?”. Y entonces yo pienso y reflexiono, y si me he dejado mucha piel, eso no le gusta al niño, me echa la bronca. Cuando yo saco los pies del tiesto, del tiesto de la dignidad y del respeto propio, el niño se enfada, no le gusta. Se revela contra mí cuando ocurren estas cosas.
¿Y qué te reprocha ese niño cuando se enfada?
Me dice que no merece la pena. Me dice cosas como que el fin no justifica los medios, que el fin son los medios, que lo importante es el camino, no querer llegar allí al precio que sea. Eso no le gusta al niño.
Hay un pasaje interesante de la película que es ese momento en el que Michi está viendo una película en el cine y, cuando termina, le pide al proyeccionista que dé marcha atrás a la cinta a fin de volver a ver ese beso que se dan los protagonistas antes del final. Este suceso se retomará después en la película como metáfora de ese deseo de recuperar los buenos momentos de la vida. Si tú pudieras rebobinar, ¿a qué punto te llevarías?
¿De mi vida entera? Pues mira, yo creo que cuando llegué a Madrid, en el 87. Fíjate, el otro día iba andando, después dar una charla en un cine en la calle Arcilla, en Madrid, y me di cuenta de que el cine estaba enfrente del primer sitio donde estuve viviendo alquilado con el que era mi compañero, Juan, de Cruz y Raya, y con el que fue nuestro mánager entonces, Alberto.
Y digo: “Caramba, Arcilla 48, ¡si aquí estuve yo!”. Te juro que no había pasado desde entonces. Pues créete que vino un vecino, abrió la puerta, entró y yo la atasqué así, con el pie, y entré también. Entré otra vez al portal para revivir. Yo creo que volvería ahí, a esos años.
¿Qué encontrarías si volvieras a esos años?
Bueno, en parte creo que entonces el niño estaba más cerca de mí. Ese niño estaba más próximo a mí. Aunque estoy en un buen momento, ahora está un poquito más alejado. Y porque entonces tenías la sensación de que todo estaba por ocurrir. Eso te dota de una efervescencia vital incomparable. Sobre todo, eso.

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