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‘El mal hijo’, de Jaime Lorente
Guion: Jaime Lorente y Salvador S. Molina
Reparto: Miguel Ángel Puro, Susi Sánchez, Hugo Arbués, Óscar de la Fuente y Chechu Salgado
Música: Luismi González Bedmar. Canción principal: Niño de Elche
Fotografía: Elias M. Félix
106′, España, 2026
Con títulos como ‘Todos lo saben’, del iraní Asghar Farhadi, o ‘La sombra de la ley’, de Dani de la Torre, el malagueño Jaime Lorente daba sus primeros pasos en la pantalla de cine hasta lograr su primer papel protagonista en ‘¿A quién te llevarías a una isla desierta?’, del gaditano Jota Linares. Mientras su imagen iba escalando en la gran pantalla, por otro lado, su carrera iría cobrando renombre internacional gracias al éxito de series como ‘La casa de papel’, ‘Élite’ o ‘Cristo y Rey’.
Pero las inquietudes de Lorente no terminan en la interpretación y durante un tiempo ha estado abrazando la posibilidad de lanzarse a la dirección con varios proyectos que (solo de momento) no han encontrado su camino.
Sería gracias a su amigo y actor Miguel Ángel Puro que Lorente hallaría el material base para su primera película en las páginas de la novela ‘El mal hijo’, del también murciano Salvador S. Molina, un relato en el que el actor encontraría muchos de los temas que, dice, le inquietan.
Con un tono de thriller y guionizada por el propio autor de la novela, ‘El mal hijo’ cuenta la historia de Rubén, un niño de 11 años que vive con su abuela como consecuencia de una familia desestructurada, con una madre más pendiente de sus propias necesidades y un padre ausente enganchado a las drogas.
Pasado el tiempo, el joven Rubén se convertirá en un hombre, pero la rémora de ese pasado y esa herencia recibida –sobre todo, de su padre– le convertirán en la víctima perfecta de un entorno social degradado y, sobre todo, de sus propios conflictos internos. Rubén tendrá que enfrentarse a ese pasado para saldar cuentas con su padre, con un mafioso local al que le debe dinero y consigo mismo.
Nos encontrábamos en los Cines Lys de València con Jaime Lorente, tras el estreno de su debut el pasado 16 de octubre, para charlar con él sobre la gestación de este proyecto, de paternidades fracasadas y de sus inquietudes como director.

La película se titula ‘El mal hijo’, pero a mí me salen no uno, sino dos hijos en la película. ¿Quién es el mal hijo?
Bueno, en este caso, es un título que corresponde al padre, pero creo que la definición más acertada es la etiqueta social que ponemos. Es una etiqueta social más que un título que lo defina.
La paternidad está hoy en entredicho. Hace poco se estrenaban ‘El ser querido’, de Sorogoyen, ‘Lionel’, de Carlos Saiz, y el mes que viene se estrenará también ‘El mal padre’, de Roberto Bueso. ¿Cuál es tu mirada particular sobre esa paternidad? ¿Cuál dirías que es tu punto de vista sobre los conflictos que provoca?
Bueno, yo tengo una sensibilidad que, al final, me define y define lo que hago. Y, en ese sentido, creo que he sido absolutamente poco juicioso al contar estos personajes en un contexto tan complicado. He intentado, precisamente, quitar un poco la etiqueta que define a los personajes para ver una verdad un poco más profunda.
¿Y cuál dirías que es esa verdad? ¿Cuál es su nudo?
Bueno, creo que es la contemplación. Al final, para mí el cine es un acto de violencia positiva. De verdad, porque tú vas voluntariamente a que te obliguen a mirar una historia desde un punto de vista que no es el tuyo. Es lo mágico, pero también es violento porque ahí hay algo, una tensión. Y a mí la contemplación, lo contemplativo, lo que se insinúa, lo que no se dice, es lo que más me interesa. No me he dado cuenta de esto, pero en los últimos 15 minutos de la película no se dice una palabra. Ahí hay algo que me apasiona.

Aunque la película no lo dice específicamente, yo sitúo el comienzo de la historia en los años 90 o principios del año 2000. En ese sentido, ‘El mal hijo’ retrata una realidad muy reconocible. Pensaba, sobre todo, en el cine quinqui de los años 80. Ahí está esa moto Vespino que lleva el padre de Rubén en el primer plano de tu película. Pasan las décadas y parece que no hemos cambiado mucho. ¿Qué tiene esta película de retrato social de país?
No, no hemos cambiado mucho. También es verdad que yo siempre consideré esta película como una especie de western rural, en el que en el paisaje hay una especie de tensión, que yo en este caso reconozco porque he vivido ahí, he nacido y crecido ahí con mi madre, que es huertana, y he visto mucho esa huerta donde se da una especie de mézclum.
Me gusta mucho porque la película no se termina de situar, no te regala la información de en qué año estamos, pero hay una mezcla de elementos que puede tener cualquiera. Hoy en día, te metes en cualquier pueblo y dices: esa bici es de los años no sé cuántos, ese coche es de tal, es una especie de mézclum extrañísimo, pero que me parece que funciona.

Por momentos, me parecía parte de la huerta de València. Ese plano en el que padre e hijo están al lado de una acequia es muy reconocible.
Sí, ¿verdad?
Se parece bastante a algunos lugares del extrarradio de València. Pero ¿por qué decides no situar específicamente esos espacios? ¿Es, quizá, una invitación a una cierta universalidad?
Primero, creo que la historia es muy muy localista. Para mí era importante que el pueblo fuese creíble, pero toda la novela está basada en Murcia. Nosotros tuvimos que rodar en Madrid y en Canarias.
Yo siempre me imaginaba la película en una especie de Orihuela porque es un lugar que, a nivel paisajístico, es idéntico a Murcia. De repente, hay un acento que ya no existe; no es un acento murciano, sin embargo, hay mucha gente de Murcia que está viviendo ahí. Me imaginaba, sobre todo, este lugar.
La película tiene dos bloques bien diferenciados. Uno que narra la infancia de Rubén y otro que se pasa directamente a su edad adulta. ¿Por qué escogiste esta estructura en vez de un relato más lineal, como en la novela?
Fíjate, en la novela se cuenta toda la historia de Rubén niño; no existe ese salto temporal. Pero yo he necesitado un paso de tiempo para ver qué consecuencias había tenido en Rubén la relación con su padre. Y quería ver también cómo Rubén recibe toda la herencia de amor de su abuela y decide devolvérsela con esos cuidados que le dedicará más tarde.

La herencia, el destino, es un clásico del cine de género. A pesar de todo, ¿nos sigue empujando es idea de qué heredamos y cómo nos condiciona?
Qué mochila llevamos. De hecho, así termina la película, con Rubén soltando una mochila, que es bastante metafórico. Pero, sí, es que hay muchas veces que nos negamos a soltar la mochila y hay que soltarla, vaciarla, para luego seguir con ella.
La figura femenina es la otra pieza clave del relato. De un lado, está la abuela de Rubén y, por otro, su madre. ¿Qué significa para ti?
Para mí es el contrapunto necesario para que Rubén tuviese una visión más sensible, vulnerable, honesta, que yo considero que debería tener cualquier ser humano. Es una mujer que parece que ha llegado para cuidar. Es la que consigue cambiar el destino de su nieto, es la que le enseña, a través de los gestos del amor, que tiene mil lenguas, mil formas, que otra vida es posible.
Una de las cosas que más me ha gustado de ‘El mal hijo’ es el trabajo del departamento de arte con los espacios. El otro día hablaba con Diego Luna y me parecía que, en su película [‘Ceniza en la boca’], había representado muy bien nuestro país. Generalmente, nosotros no solemos hacerlo tan bien, pero parece que están apareciendo algunos filmes que sí están dando con el tono adecuado, más realista, más creíble. ¿Estamos volviendo a escribir y dibujar mejor nuestro país en el cine español?
Yo creo que sí. Creo que hemos avanzado. Por ejemplo, ahora en las películas hay muchos más recursos, mucha más información, cada vez se hace mejor cine y eso hace que lo siguiente que venga esté también cada vez más nutrido. Todo tiene que ver con una idea de lo pretencioso. Hay trabajos que no me gustan, otros que me gustan mucho o normal, pero se están dejando de querer hacer cosas pretenciosas; no las soporto.
Has estado delante de la cámara muchísimas veces y ahora has pasado al otro lado. ¿Qué te llevas de esas dos experiencias?
Yo creo que son dos seres destinados a convivir juntos, por lo menos en mi caso, pero nunca pasará de una bonita amistad. O sea, son dos energías muy diferentes que he experimentado, una actuando y otra dirigiendo. Creo que me ha servido muchísimo el hecho de saber lo que siente un actor en un set de rodaje para intentar cuidarlo lo más posible.
Y a la hora de manejar a los personajes, ¿cómo te has visto? ¿Qué has traído de tu propia experiencia a la hora de dirigir?
Pues intentar crear un espacio donde no tengamos miedo a que las cosas salgan mal. Creo que cuando se hace el suficiente trabajo previo, se trabaja los personajes como lo hemos trabajado (tuvimos muchos ensayos), lo que luego hay que evitar es crear un lugar de inseguridad para que, así, salga la magia sin estar pensando en cómo quedará esto o cómo no quedará.
¿Aquí acaba tu trabajo como actor? ¿Es un paréntesis o es algo que vas a ir retomando en paralelo?
No, yo estoy destinado a vivir con esas dos facetas porque así lo quiero. De hecho, ya estoy escribiendo la segunda cosa.
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