#MAKMALibros
Luis Goytisolo (1935-2026)
Obituario
Era difícil adivinar a Luis. No se trasparentaba en el rostro. Una mezcla de cara de escéptico y de aburrido le hacia impenetrable. Así que, viniendo de él, la propuesta de aquella noche en Manila fue no solo sorprendente, sino más bien desconcertante.
Conocí a Luis Goytisolo en el lugar más insospechado para un devoto de su escritura y la de sus hermanos, en un territorio que parecía solo abonado para los miembros de la tribu.
Estábamos a mediados de los 80 y el verdadero tifón filipino se había llevado por delante a los Marcos, a Imelda y sus zapatos, pero la ascensión al poder de Cori Aquino peligraba. Allí fuimos para cubrirlo unos cuantos reporteros internacionales, con el jefe Manu Leguineche a la cabeza.
Cuando las crónicas estaban despachadas y aplacados los rumores de una intentona militar, hubo tiempo para lo más esperado: una cena para comentar la situación y desengrasar los peligros, regada, además, con vino español gentileza del vasco con hotel en Manila que cobijaba a Manu. El legendario cuentaguerras siempre conocía a algún cónsul vasco en cualquier punto del planeta.
Corrió el vino y hasta el caviar iraní, porque Manu venía directamente de cubrir la guerra Irán-Irak. También estaban otros trotamundos. Alfonso Rojo, de El Mundo, mi convecino corresponsal con base en Tokio Ramon Vilaró, para El País, y algún colega más de Efe o France Presse. Analizábamos, entre exceptivos y críticos, el lío filipino, tan complejo como el número de islas del archipiélago.
Sin mucho caviar ya por repartir, apareció a los postres, como si nada y de improviso, Luis Goytisolo. Nadie entendía qué hacía por allí un considerado y considerable escritor poco dado a las actualidades y las contingencias del mundo. Pero lo cierto es que Luis también colaboraba en los medios y preparaba una serie entre geográfica, histórica y personal sobre las rutas del Pacífico. La publicaría, efectivamente, en prensa tiempo después y, además, harían una serie de televisión con base literaria.
Había que cerrar la noche para volver a reportear al alba y empezamos a despedirnos. Manu, al hotel de los vascos, y los de los medios más potentes, al Hotel Manila, maravilla de lujo asiático parapetada como un fortín por sus murallas, que ofrecía al residente hasta su propio papel de carta personalizado con el nombre impreso en letras doradas… Pero Luis insistió en seguir la ronda nocturna. “Tengo que ir de putas”.
Oír semejante mandato de boca de aquel hombre menudo y atildado con cara de despiste nos dejó perplejos. “Es que tengo que verlo para la historia que escribo”, añadió como a modo de disculpa. Pero lo cierto es que el panorama que ofrecían los clubes y salones de “niñas filipinas” en el barrio del placer y los peligros obligaban a ver, saber y denunciar. Me apunté a la expedición y nos aventuramos en la noche, que fue fructífera en sorpresas y harto desagradable por el mísero comercio carnal de aquellas niñas agotadas de bailar sobre las barras de los bares nocturnos para exhibirlas en busca del mejor postor.
Así conocí a Luis, y la escena creo que representa bien su forma de estar en el mundo: silencioso y curioso, tan sigiloso como aventurero. Un hombre que hace lo que deba hacer sin alharacas, pero sin detenerse. Así creo que es su vasta literatura. Muy personal y tremendamente universal. Llena de pequeñas historias de la experiencia propia, pero siempre con una mirada de largo alcance. Escritor prolijo, abundante, de palabra certera y extensión sin límites. Aquella noche en Manila, mientras los reporteros iban a conciliar el sueño, Luis, el escritor, hacia sus deberes a pie de calle… Yo también estuve allí para certificarlo.
Un cabestro en palacio
Volví a Luis años más tarde, cuando ya estaba vestido de académico, trasmutado en cabestro de la RAE. En la Real Academia –esté o no en el diccionario histórico– se denomina “cabestros” a los dos últimos académicos ya integrados en su sillón tras haber leído sus discursos de ingreso, que acompañarán al novato para hacerle el paseíllo hasta la tribuna donde leerá el suyo. Este ultimo no era ni más ni menos que don Mario Vargas Llosa, que fue acompañado a su entrada en la sala magna de la calle Felipe IV por los honorables cabestros Lledó y Goytisolo.
Presencié la escena de cerca porque, entonces, estábamos rodando un documental sobre la Academia con la anuencia de Fernando Lázaro Carreter, su entonces director, que supo meterla en la modernidad y la subió a su punto de verdadero esplendor. Con su ayuda y la de Víctor García de la Concha, pudimos penetrar en aquel caserón, hasta entonces muy encerrado en sí mismo, y sacar a la luz sus sabios secretos…
Cada jueves –y allí estábamos con las cámaras– se reúnen los académicos en torno a la pecera, la gran mesa oval debida al académico y ebanista Juan Eugenio Hartzenbusch (más reconocido por ser autor de ‘Los amantes de Teruel’), para descurtir las palabras que tendrán la fortuna de entrar para siempre en el diccionario. Nos permitieron ojear y, después, se encerraron en el secreto de las deliberaciones.
Nos revelaba Luis Goytisolo cómo se desarrollaba aquel acto: “Hay debates muy largos sobre las palabras más insospechadas. Una palabra que recuerdo que nos tomó bastante tiempo fue la palabra ‘infierno’. El director decía: ‘Bueno, abandonemos ya este infierno’. Había cierta fatiga sobre las diversas definiciones de infierno; como tenía que ser”. Y apostilló el también académico y dramaturgo Paco Nieva: “Rodríguez Adrados dijo que lo primero era contemplar el lugar material donde el infierno se sitúa, es decir, donde lo situaron los clásicos, los griegos y los romanos”.
Luis seguía aportando: “La gente tiene una idea muy clara de lo que es el infierno católico, tradicional, con fuego y estas cosas, pero hay que hacer referencia a esta impresión que tienen porque forma parte de nuestra literatura”.
Francisco Nieva: “Y se sabe, indudablemente, que empezamos porque el infierno es como un alcantarillado anímico, una especie de Centro Pompidou, pero bajo tierra. Un lugar donde las almas viven en pena por la ausencia de Dios o de la gracia y penan sus culpas. Pero esa localización material, que es bajo la tierra, no se puede abstractizar demasiado, porque, realmente, los clásicos lo veían como un subterráneo”.
Luis fue un fiel trabajador de la palabra, con su asistencia constante a las sesiones de los jueves, con las reuniones de camaradería en la sala de pastas y, después, el debate sobre la última palabra. Incluso se instaló en un piso casi frente por frente a la real casa. Su aportación ha sido importante y, además, con una visión muy abierta de la constelación de las letras hispanas.
“El castellano –decía– se llena de americanismos; el inglés se llena de hispanismos. Esto es normal, yo no lo rechazo. ¿Por qué hay que rechazar los americanismos o los anglicismos o las expresiones latinoamericanas? Esto ha pasado siempre. A veces, entran psicosis de purismo. Los idiomas se han formado así; si no, todos seguiríamos hablando una especie de latín más o menos modulado. Pero los idiomas a partir del latín u otro tipo de influencias se han ido creando. A veces, como en el caso del inglés, con una fuerte influencia latina, más que del alemán”.
Luis se sentó a la mesa de las palabras con un elenco irrepetible: Lázaro Carreter, Camilo José Cela, Julián Marías, Pedro Laín, Miguel Delibes… Ha sido el más resistente entre los grandes.
Tres eran tres
A todos los Goytisolo los leí y admiré tempranamente, y por eso podría asociar a cada uno de ellos con aquellas obras que nos marcaron tanto. ‘Las palabras para Julia’ de José Agustín, las ‘Señas de identidad’ de Juan y ‘Las afueras’ de Luis. Difícil que se dé un trío de tal altura en el seno de la misma familia. Ellos eran el fruto de mucha lectura en soledad. Parece claro que la muerte de la madre, de Julia, en aquel bombardeo guerracivilista, dejó una marca en todos ellos que, quizá, solo pudieron redimir con las letras, las leídas y las escritas.
Mi buen amigo y cantautor Xavier Ribalta me encargó la realización de un video promocional para el lanzamiento de un disco recopilatorio de Paco Ibáñez. Lo preparamos con tanto esmero que fuimos incluso de viaje a París a visitar a Moshé Naïm, su mítico productor musical de aquellos long plays con carátulas en blanco y negro, tapas desplegables y con las letras de los poemas incluidas.
Hicimos el pequeño clip y crecimos en la idea de hacer un buen documental sobre Paco y aquellas canciones míticas que nos llenaban el alma y nos ponían el corazón en un puño con el ‘A galopar’ de Alberti o nos inducían a la dulce melancolía con las ‘Palabras para Julia’ de Goytisolo.

Paco y su autor, José Agustín Goytisolo, habían decidido iniciar un tour musical con recitados y canciones. El primero se programó en una barriada al sur de Madrid y allí nos presentamos con las cámaras para hacer un primer rodaje. Empezó el concierto y, poco a poco, el fuerte calor veraniego fue formando unos nubarrones de fondo. No tardaron en acercarse más y más, y rompió a llover. Ni organizado para la ocasión. Truenos, relámpagos y, al final, hubo que salir por pies. A galopar. Paco y José Agustín, por un lado, los técnicos, por otro, y nuestro equipo de cámaras en busca del coche para enfilar una autopista medio a oscuras, perdidos por carreteras anegadas. Allí feneció el documental.
Un solo día de rodaje para la posteridad, con José Agustín en los últimos hervores de su presencia poética, con su cara de haber librado mil batallas sentimentales, con las cicatrices del alma bien marcadas. Una presencia que, sin duda, imponía, como si almacenase en aquel rostro unas historias difíciles de contar. Antes del torrente, con una dulzura insospechada, recitó aquel poema que oímos, que sentimos miles y miles de veces en aquellos años 70, y siempre.
“Tú no puedes volver atrás / porque la vida ya te empuja / como un aullido interminable. / Hija mía es mejor vivir / con la alegría de los hombres / que llorar ante el muro ciego. / Te sentirás acorralada / te sentirás perdida o sola / tal vez querrás no haber nacido. / Yo sé muy bien que te dirán / que la vida no tiene objeto / que es un asunto desgraciado. / Entonces siempre acuérdate / de lo que un día yo escribí / pensando en ti como ahora pienso. / La vida es bella, ya verás / como a pesar de los pesares tendrás amigos, tendrás amor (…)”.
Aquella noche se salvó el poema antes de la tormenta, y volvió a convertirlo en un estandarte de vida.
Juan sin tierra
Nos queda por citar al tercer Goytisolo, a Juan. Se nos fue al otro lado con el Conde Don Julián. A las profundidades de Marrakech, donde asomado a la bulliciosa plaza de Jemaa el-Fnaa se hacía justicia a sí mismo en su visión y su gusto por otros mundos donde la diferencia es la norma. Larga historia la de Juan, tan minuciosamente abierta a todos en sus ‘Señas de identidad’. Queríamos ver de nuevo a Juan, que tuvo su tiempo de exposición pública, y luego sus etapas de retiro, de lejanía, de férrea voluntad de encierro. Traerle hasta Sevilla costó lo suyo.
En 1954, Juan publicó aquel sorprendente ‘Campos de Níjar’, donde la pobreza se atragantaba con las palabras, como si revisitáramos el viaje a Las Hurdes de Buñuel en aquel territorio almeriense marcado por la desolación. El libro causó en su momento un gran impacto, y coloca a Níjar en la ruta de la España agria y dura.
El documentalista andaluz, recién fallecido, Nonio Parejo había conseguido rodar ‘El regreso’ –ese fue el titulo final– de Juan a aquellos parajes de la Chanca, que han pasado de la pobreza al negocio de la agricultura del plástico. Un documento memorable que también recuperaba las imágenes fotográficas que en aquel libro reportaje original realizó, en su día, un fotógrafo llamado Vicente Aranda.
Los conseguí reunir a todos ellos en el Festival de Cine de Sevilla, que yo dirigía, en el año 2010. Vicente vino encantado, Nonio acudió sorprendido y Juan estaba muy remiso a venir. Para Aranda hubo Giraldillo de Honor; para Nonio, estar en sección oficial frente a la incomprensión de los cantamañanas de alguna prensa local; y Juan fue homenajeado, además, en la Universidad Hispalense.
No quería dejar a sus hijos adoptados en Marruecos, que fueron su preocupación vital en sus últimos años. Pero, tras laboriosas gestiones, se dignó a venir. Taciturno como él era, a veces osado y siempre profundo, Juan era quien ponía muy alto el listón de los Goytisolo. Respetado, incluso temido, nunca dejó indiferente a la cultura española, pisando charcos y sorprendiendo con su vida y su obra.
Con estos tres pilares, tres goytisolos tres, había que levantar un buen documental. Y creo que se lo llegué a comentar a Luis en alguno de nuestros encuentros en Prado del Rey, donde haría las series ‘Índico’ o ‘Mediterráneo’, convertido en un navegante de mares y océanos siguiendo siempre las olas de la cultura.
Juan, José Agustín, Luis: jónico, dórico, corintio… Estilos para elegir, pero columnas fundamentales, las tres, de la literatura española contemporánea. Luis, de la mano de su amada Elvira Huelves, no dejó hasta el final de navegar en la aventura de las letras. Siempre con proyectos, con ilusiones, con ganas de vivir. La navegación ha sido larga y fructífera. Deja un legado digno de los Goytisolo, con su imperturbable resistencia. Tres eran tres.
- Tres Goytisolos tres. La imperturbable resistencia de Luis Goytisolo - 16 julio, 2026
- Los secretos de ‘El desencanto’, 50 años después - 2 mayo, 2026
- Visiones de Béla Tarr. Los días del eclipse en el viejo imperio central - 9 enero, 2026

