Tánger

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Tánger
Primavera de 2022

Tánger estalla. Implosiona en fragmentos de luz azul anaranjado. Es una olla a presión que hierve sin nunca terminar de cocer lo que lleva dentro. La carne queda cruda, el pan sigue desnudo. Tánger necesita fermentar su levadura mitológica, acrecentar su masa grumosa de fantasías. De forma cuasi impúdica, derrama sangre cada vez que la rozan. Tánger es una herida que se resiste a cicatrizar. Aquí, morir de desamor es alimento más que suficiente para el día a día. Ciudad que vive a la luz de su sombra internacional. Se reproduce hasta agotar existencias en cada relato, en cada cuento sin moraleja, en cada leyenda de bohemio desprevenido.

Tánger vive a doble velocidad, en direcciones opuestas, y esto la paraliza, la consume como un animal moribundo al que se lanzan trozos de ambrosía para que siga creyéndose dios del Olimpo. Tánger es la ciudad amputada. Ser tangerino es una nacionalidad robada. Porque uno es tangerino como lo es el invitado que irrumpe en una comida familiar. Siempre dispuesto a suplantar, a mentir si hace falta, a degollar la verdad para que surja la autenticidad. Por eso yo no creo en Tánger. Pero creo en lo que hace Tánger. Siempre dispuesta a ser observada, siempre maravillada consigo misma, es la ciudad viva de todo cuanto tiene que ocurrir.

Con el escenario dispuesto, peregrino hasta el Gran Café de París. Bajo por la Rue Mohamed VI, son las nueve de la mañana y una amalgama de coches y bocinas se enreda en el enjambre de asfalto. Como por arte de intuición, en el reino del caos emerge el orden por sí solo. La terraza del Café, llena de hombres. Me decido por una mesa en el interior. Entro en la cafetería en apnea. Más hombres, a esta hora todo es testosterona con ojos penetrantes. El oxígeno se bloquea bajo mis pies.

Pienso en la frase de mi madre sobre la mujeres que se sientan en este tipo de sitios. Una palabra tomada del francés y que carga con la inmoralidad que supone para una mujer adquirir el papel de observadora en lugar de observada. Clochard: significa perder el tiempo, perder la vida, ir en deriva hacia una vida que solo los hombres pueden permitirse el lujo de malgastar.

Vista desde la mesa del Gran Café de Paris de Tánger. Foto: Karima Ziali.

Busco una mesa que me permita estar cerca de la terraza. Quiero mirar el exterior sin ser vista. Quiero convertirme durante unos minutos en protagonista del genuino acto del observador. Pido mi desayuno favorito: tortilla de dos huevos con queso fresco, zumo de naranja y café con leche. Las aceitunas y el santo botellín de agua se imponen sobre la mesa, aunque no los quieras.

En lo que va de semana he acumulado media docena de botellas. Las pongo sobre la mesa de mi habitación, una detrás de la otra, destilan una sensación de desfile militar en pleno repaso de tropas. Me pregunto si irán a parar al mar, junto a la madera de todas las barcas hundidas en el Estrecho, junto a los huesos y los dientes de la humanidad ilegal.

Me lo pregunto mientras el camarero dispone todo el arsenal sobre la mesa. Lo hace con un ademán coreográfico que ha integrado a lo largo de años de servicio hostelero. Sonríe todo el rato. Es alto y corpulento. Una barriga redonda compite con la línea externa de su nariz. Es afable y redondo en sus andares. Se desplaza como si balanceara su cuerpo en direcciones opuestas.

Las escenas del concierto de anoche afloran ante mí. La Cinémathèque derrochando cañones de luces eclécticas, filtrando la voz equidistante al éxtasis de Oum. Su agudos, sus tonalidades de líneas finas reverberan en los músculos del centenar de personas que se acumulan en el espacio diáfano. Vibran bajo los dedos ágiles y pellizcantes de Carlos en la mesa de mezclas, en su saxo de orgasmo eterno. La sensación de bruma sobre los ojos inunda la sala de butacas. Algunos nos ponemos de pie, ocupamos el espacio central, enmoquetado y cálido, sin asientos que bloquen nuestro tránsito.

Delante de mí, una chica baila con su cuerpo liviano. Levanta los brazos, empuña el móvil para capturar los momentos espectrales. Lleva velo y casi no me doy cuenta de ese detalle que tantas veces nos trae de cabeza quienes no lo usamos y quienes lo usan a contracorazón. Son las nueve de la noche y sus contoneos son un bofetón a la rigidez teórica del antihyiabismo.

Oum y Carlos nos mecen como si habitáramos nuestra cuna primordial, como si nunca nos hubiéramos hecho mayores. Junto a la chica del velo hay otra chica. Son amigas. Viste falda y zapatillas, camiseta sin mangas. Su pelo cae como una cascada en ebullición. Sentados en el suelo, a escasos centímetros de ambas, unos chicos algo sobreexcitados, intercambian alegrías y gustos sobre el concierto. Forman un grupo, son amigos.

Todo brilla en Tánger. Foto: Karima Ziali.

Me abruma pensar que todo esto es nuevo para mí. Mi primer concierto en Tánger, que para mí no deja de ser Marruecos, por mucha literatura que se le eche encima. En este Marruecos soy una recién llegada. Disfruto de cada segundo como si fuera irrepetible. De hecho, lo es. En el Tánger que ocurre, que se hace a cada instante, se vive solo de hecho.

Tánger es virgen en cada instante. Tánger es penetrada en cada grito, en cada bocinazo, en cada espectáculo inesperado. Esta ciudad necesita de grandes dosis de fantasía para sostenerse, para erigirse sobre la tierra y el mar. Tánger, paraíso que ocupa un espacio de infierno. Tánger sostiene el límite que separa lo sólido de lo líquido. Es en sí misma una frontera, una línea trazada sobre la locura amatoria de un verso vacuo y estéril.

Avanzo con hambre en mi tortilla con queso. Desde esta mesa, me doy cuenta de que a través de mis ojos pasan más imágenes de las que puedo procesar. Las cafeterías son una sobresaturación de ocurrencias.

Levanto la vista y observo a un hombre apurando su café en la terraza. Charla con su colega de mesa. Se miran de lado. Su vista está puesta en la calle, la miran igual que lo harían con el mar. Tánger se dibuja como una ciudad sumergida. Las aguas saladas se han extendido por toda la ciudad y todos somos ciudadanos acuáticos de un submundo hecho a medida.

El hombre trata de foragitar una abeja que se ha colado en su café con un ladrillito de azúcar. Confundida por el dulce sucedáneo, queda atrapada en el cristal, y con sus patitas arranca gránulos blancos que se desprenden sobre ella como piedras sobre un montañero despistado. Se que él no me ve, pero me apropio de su gesto divertido y matador de tiempo. La luz de la cafetería, siempre escasa, juega su papel. Solo así se puede uno convertirse en un voyeur.

Toda la luz pertenece a la calle y no tarda en iluminarse con el torso descubierto de un chico joven que pasa masticando chicle con descaro. Exhibe su dentadura amarillenta, un auricular cuelga de su oreja, el otro ha desaparecido y solo un cable roto desciende por su espalda. Cruza gesticulando y exponiendo sus carnes hinchadas de alcohol. Los ocupantes de la terraza engullen su desagrado con una mirada de soslayo. Queda el silencio que se esfuma en cuanto el joven desaparece de su campo de visión.

Tánger
Luces en la Medina de Tánger. Foto: Karima Ziali.

Entonces, emergen las manos airadas que cierran el espacio con sus palmas. La desnudez disgusta, especialmente cuando es la de un hombre que revela la fragilidad varonil de forma apabullante. La de una mujer recrea el deseo y eso revierte en la violencia que trata de aplacar la insatisfacción. La desnudez pública siempre nos retrotrae a nuestras debilidades.

Pronto no ha pasado nada más que nada. La calle se estrecha con los petit taxi rediseñando los carriles, inventando los tramos, rehuyendo las distancias que impiden avanzar. Pienso que la cafetería ocupa un lugar privilegiado. Mira hacia un cruce. Aquí confluyen gentes que deciden qué dirección tomar y cuál rechazar. Una glorieta se convierte en el artificio de la elección.

En Nador, mi ciudad opaca, la antitánger de mis orígenes, un lugar como este estaría coronado por una foto del rey. Sin embargo, la imagen de M6 apenas es visible en las calles tangerinas. En los locales tiene un lugar reservado, y aunque sea al lado del vodka y del coñac, siempre siempre hay un lugar para él. Pero las calles de Tánger no lo necesitan. La agónica y plomiza artillería publicitaria Alauí que siempre ha caído de forma desmedida sobre el Rif está reservada en exclusiva al pueblo reaccionario de Abd el Krim.

Un grupo de estudiantes, chicos y chicas, con las mochilas a sus espaldas y las ojeras propias del cansancio de la adolescencia, ocupa unos segundos nuestro interés. Uno de los chicos, de los que se quedan atrás, me mira, me sonríe. Le devuelvo la sonrisa y sigue su camino. Esta juventud no es la mía. Nada tiene que ver con el asfixiante Nador que conocí con la edad de estos chicos. Los agostos, mis meses nadorinos, siempre diurnos, apenas dejaban margen para que emergiera lo tabú. Tánger me devuelve el rostro de ese Marruecos siempre vetado, escondido ante la más mínima sospecha de que pudiera emerger la posibilidad de otro Marruecos.

Viendo a este grupo de estudiantes, me acuerdo de mi tía, la hermana menor de mi madre, que se había ido a estudiar a la ciudad de Uchda. Lejos del control familiar, compartió piso de estudiantes durante años. Mi madre echó capas y capas de silencio sobre algo que nosotras podríamos desear en pocos años. Efectivamente, al poco tiempo la universidad se cerró para mí, porque vivir en España era sinónimo de sacrifico: trabajar, y respirar cuando el tiempo lo permitiera. Cedí y solo tres años después levanté el veto. La universidad empezó a ser real y, de hecho, lo fue.

En Tánger las partículas de oxígeno abundan. Pero trato de escudriñar en la trampa que pueda esconder. Pronto se hace evidente. Han prohibido el libro ‘Diarios de una lesbiana’, de Fatima Ezzahra Amezgar. No firmará libros en la feria del libro de Rabat; tampoco se venderán. La presión mediática de un salafí vuelve a abrir una brecha que nunca parece cerrarse.

Maniquís con la vestimenta tradicional masculina del ámbito doméstico y para acudir a la mezquita.

En este país donde tomar alcohol no está prohibido, pero tampoco es permisivo con su visibilización, donde un puñetazo en público encaja mucho mejor con la moral, pero un beso en la calle y en los labios excede los parámetros de la tolerancia, todo es lo que más o menos parece, pero nunca será lo que parece.

Es difícil tener contento a todo el mundo, los salafís verán un problema en la palabra “lesbiana” a pesar de que no hayan leído ni la primera página del libro, los progresistas vivirán como un atropello esta denominación de origen islámica en la que Marruecos cae una y otra vez. Por cierto, significativamente, Rabat se presenta de la siguiente forma en su Feria de Libro: Capitale culturelle du monde islamique. Por eso mi primera cerveza en Marruecos sabe a transgresión. Mi primer beso, también. También quizás por eso, de Tánger me creo bien poco, lo justo para entender que su libertad tiene apellidos europeos y pocas veces, muy pocas, marroquíes.

El Gran Café de París se vacía. Pero, enseguida, nuevos observadores se deslizan con la avidez de un famélico de hechos. Nunca hay tiempo para que se quede vacío. Doy los últimos tragos al café con leche, me quedan un par de aceitunas y media torta de pan pequeño. Me tomo con calma el tramo final. El último sorbo me sabe dulce, más dulce que nunca.

Ser tangerina puede llegarte en cualquier momento y por caminos inescrutables. Aquí, dos relojes nunca marcan la misma hora. El tiempo es tan íntimo que aflora como otro yo al que interrogar y enfrentarse. Tánger es la oportunidad para desahuciarse del miedo. Tal vez por eso sigue siendo la ciudad refugio, pero hay que andarse con cuidado, porque todo refugio es un riesgo que de tanta benevolencia termina asfixiando la luz.

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