Feminismo islámico

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‘Feminismo e islam. Una ecuación imposible’, de Waleed Saleh
El Paseo Editorial, 2022

Apenas entra luz por la ventana de mi estudio de veinte metros cuadrados. Me desespera no saber qué tiempo hace fuera o cuanto día falta para que la noche caiga. Sentada, delante del portátil trato de poner orden a un artículo que pretende ser la reseña del último libro de Waleed Saleh, “Feminismo e islam. Una ecuación imposible”. Levanto la vista de la pantalla, miro de reojo mis anotaciones. Flechas y asteriscos que relacionan ideas, conceptos que trato de digerir como puedo en este mundo repleto de discursos.

No me concentro. Dejo de teclear sin sentido. Observo la portada del libro de Saleh como si la interpelara. Una mujer a la que solo se le ven los ojos en señal de victoria. En el antebrazo luce lo que parece un tatuaje que trata de aunar el símbolo del feminismo con una hoz y una estrella, emblemas del comunismo.

El libro fue un regalo, quien me lo dio me dijo: “Toma, para tus investigaciones”. Estuve unos segundos contemplando esa portada. La mirada de la mujer no es frontal, mira hacia un lado, como si dijera: “Mírame, yo que lucho y resisto sin necesidad de mirarte”. Me dio la impresión de que esta mujer, que trata de representar el libro, será la única legítima en ir cubierta –de nariz para abajo– porque su gesto le asegura de antemano esta valoración.

Feminismo islámico. Waleed Saleh
Contraargumentar contra el velo

En un ensayo apretado, ceñido al traje emocional con el que el subtítulo reviste al título, Waleed Saleh trata de desarticular el feminismo islámico. Leí el libro concentrada, atenta, releyendo, subrayando, anotando. Pienso que el libro de Saleh no me interesa mucho, pero sí me interesa por encima de todo la visceralidad con la que está escrito.

La suya es una escritura cargada de tintas de frustración y de rabia, de empecinamiento en desacreditar más que en argumentar, de sostener la crítica sobre una mole anecdotaria. Su lenguaje suena a herida. Da la impresión de que el libro no pretende ser una pregunta, sino una respuesta tajante: el feminismo y el islam como enemigos íntimos (y públicos). Para Saleh, más que una relación imposible, estamos ante una relación prohibida.

Vuelvo a la pantalla, pero por mucho que mi vision vaya del libro a la página de Word no logro articular nada con sentido. Me levanto. Meto mi portátil en una mochila y abandono el libro de Saleh sobre la mesa. Salgo de casa. Afuera, el sol ondulante cae sobre mi cara. El otoño tan solo es una concesión del invierno. Sé a donde voy. Hay una cafetería a escasos metros. Es una pecera con sus ventanales de cristal.

Bajo por un callejón y un grupo de turistas entorpece mi ritmo. Esta ciudad es un cielo repleto de trayectorias temporales de personas dejando su estela a cada paso. Como si todo siguiera un particular hilo de confluencias, el conglomerado turístico que tengo enfrente está compuesto de mujeres que llevan velo. Entre ellas apenas cuento dos o tres hombres. Calculo que la media de edad es de cincuenta años y ralentizo mi paso. Acorto distancias, quiero mezclarme con el grupo, escuchar qué idioma hablan.

Por un momento, me veo desde fuera como una intrusa rompiendo con la familiaridad que hay entre ellas. Pienso en el libro de Saleh navegando entre este pequeño mar de mujeres con velo y, de repente, se me hace pequeño e insignificante.

La presencia de este grupo en una calle de una ciudad española, mostrandose sin mostrarse, tiene una fuerza difícilmente aceptable en un espacio donde el cuerpo descubierto, accesible y, sobre todo, visible, es la cara de la individualidad.

Estas mujeres, con su cabeza redondeada por la tela, parecen pegarse tanto la una a la otra que, desde mi perspectiva, habría sido difícil distinguirlas. Son como un organismo de vínculos, una red anudada a través del tiempo, de la comida, de la fiesta, de las canciones, de los llantos, de las risas, de las vidas que traen y dejan de traer, de las dudas y las decisiones. Sería difícil reducirlo todo al velo, a pesar de que el ojo lo percibe con la viveza con la que captamos lo más primario.

Un grupo de mujeres musulmanas durante la manifestación del 8M de 2020. Foto: Javi Martínez (El Mundo).

Me pregunto dónde ha quedado todo esto en el libro de Saleh, y cómo el ansia de contraargumentar deja de lado la necesidad de aproximarse al velo como un elemento confluyente dentro de todo el mundo vinculante de las mujeres. Este espacio también es significativo y choca contra los muros de carga del prohibicionismo que pesa sobre el velo.

Waleed Saleh es arrollador con el velo y con el relativismo cultural que ampara su uso como hecho cultural. Y no es para menos, tal vez la postura relativista es un lugar desde el que todo se confunde y desde el que la acción queda aniquilada de antemano. El relativismo como bandera de tolerancia, según Saleh, ha sido el lugar donde el velo ha logrado presentarse como un elemento de identidad cuando en realidad es un elemento del patriarcado, una prenda que simboliza la represión más visible que se ejerce sobre el cuerpo de las mujeres. Ninguna mujer, según este argumento, escogería desde su voluntad y decisión usar el velo.

Saleh olvida que toda acción –cualquier acción– está sujeta a las circunstancias, incluso aquellas que son fruto de la obligatoriedad, incluso aquellas que parecen atentar contra la libertad individual. Usar el velo no es solo usar una prenda, porque ponerse el velo, en tanto que acción, es llevada a cabo siempre por la presión del entorno, siempre atendiendo a los juicios, internos y externos, siempre atada a la perspectiva de la sociedad, a la tensión de las relaciones que se establecen y se rompen a través de una acción que se ha convertido en el foco público y político. Cabe preguntarse si existe realmente una acción descontextualizada y carente de posicionalidad.

Pienso que la cuestión del velo se presenta como si fuera una acción absoluta. El velo como acción, como praxis, no deja de ser un elemento relacional –más allá de si es identitario o patriarcal, más allá de si es religioso o empoderador–, es decir, que ocurre, se da en un espacio de encuentros y desencuentros, esto es, en un espacio humano.

Evidentemente, el conflicto y la presión están insertos en los contextos relacionales humanos. Una niña con un velo es el resultado visible de todo esto. Señalarla como problema es olvidar que eso le confiere mayor fortaleza al velo y dejar en evidencia que los discursos se polarizan sin hallar espacios donde esta niña sea capaz de entender qué lleva sobre la cabeza.

Las generaciones del velo

Tomo un camino distinto al de las turistas. Intuyo por sus gestos que no terminan de entender la dirección que marca el navegador. No me extraña, el Albaicín es una trampa para quienes confían en el mapa digital. Bajo por una calle peatonal y cruzo Gran Vía. Enseguida llego a la cafetería-pecera. Me acomodo, saco mi portátil y escondo mi apuntes en la mochila. Solo quiero llenar una página de lo que acaba de pasar. Levanto la vista y me doy de bruces con todo lo que implica querer rebasar la realidad con los discursos.

Una chica joven –de apenas 20 años–, detrás de la barra preparando cafés. Lleva un delantal color caqui, una camisa blanca asoma por los laterales. Solo veo los vaqueros ajustados cuando sale del mostrador. Pero lo que no se escapa a mis ojos es el velo azul intenso que le enmarca el rostro de forma firme. Líneas rectas que se unen a sus pómulos transversales ligeramente difuminados por el colorete rosado.

Vuelvo a mi página, me debato entre tropezarme con lo poco que he escrito o seguir observando. La miro de frente. Se dirige hacia mí con una sonrisa suave, saca su pda para tomarme nota. Se mueve con ligereza y soltura. Sus ojos alargados por el eyeliner waterproof se intensifican con la cercanía. ¿Cómo será su cabello? ¿Lo llevará largo, con permanente, teñido? No lo sé. Y esa es justamente su intención: que no lo sepa. Ni yo ni la calle. Que solo lo sepa ella y, tal vez, su pareja –si es el caso–, su madre, sus hermanas, sus allegadas (quizás algunos allegados también).

Presupongo muchas cosas cuando la veo. Pero trato de volver a la reseña. Feminismo e islam, islam y feminismo. Entra una mujer, en su madurez, con la tez algo ajada. Parece la madre de la camarera. Risueña, ocupa todo el espacio, se maneja con familiaridad. Me doy cuenta de que debe de ser la dueña del local. Se dirige a la joven, que parece estar preparando mi café. Hablan con cercanía. Madre e hija, no lo sé. Pero cercanas, desde luego.

Observo a la mujer mayor, se apoya contra la pared, de fondo suena ‘Satisfaction’, de los eternos The Rolling Stones. La mujer madura balancea ligeramente su pie derecho, lo devuelve al azar del ritmo espacial, se inculca a sí misma un autocontrol sobre el gesto que no despega, que se mantiene sobre la tierra, a una corta distancia del universo sólido que le mantiene firme. No pretende ir más allá.

La mujer joven, que ahora se mueve por la sala de parqué, se desliza bajo la voz crepitante de Jagger, sus cuerdas vocales parecen vibrar bajo su velo. Sus piernas no dudan en definir el contorno de los acordes. Despega con cada puño percusivo, airea su movimiento con cada paso en danza.

Imagino a las dos mujeres mirándose la una a la otra y se me antoja una imagen que resuena como una verdad a media luz. La mujer mayor se equilibra sobre su propia rigidez, la otra, la joven, se desequilibra sobre su propia experiencia. Veo dos mundos que se miran y se desajustan generacionalmente. Sus velos parecen iguales, pero en cada una funcionan de forma distinta.

¿Cómo pasar por alto la tensión madre-hija cuando se trata de comprender algo sobre el velo? ¿Cómo tratar de acercarse al significado del velo sin abordar la relación de poder entre ambas? Digamos que el ensayo de Saleh camina por el tejado y apenas se pasea por la cocina, por la sala de estar, por el cuarto de baño, es decir, por el interior de la casa de donde todo sale disparado hacia el exterior.

Del Corán como pretexto a la acción como texto

Sin embargo, aún cuando se deja al margen el espacio de poder íntimo que habla sobre las relaciones de poder que se establecen sobre el cuerpo –y donde el velo se erige como uno de tales mecanismos–, a mi parecer, Saleh sigue buscando solo donde hay luz. El autor dedica un capítulo a la mujer en relación a los textos fundacionales del islam, así como otro en relación al discurso oficial y legal.

Son páginas que solo tienen sentido cuando, finalmente, aborda la reelectura que muchas intelectuales y académicas han llevado a cabo sobre el Corán desde una perspectiva feminista. Es decir, consideran que en el texto fundacional del islam se halla el discurso feminista de forma manifesta. Sin emabrgo, para hallar esta peculiar lectura del Corán, se debe llevar a cabo un arduo trabajo de interpretación y análisis lingüístico, todo un trabajo de finura artesanal.

Sería importante no perder de vista que el cuerpo discursivo oficial –y el Corán lo es– no es un referente teórico definitivo, sino un texto que tiene tal magnitud hermenéutica que tiene sentido como parte integrante de un diálogo significativo que se traza con las prácticas y las acciones, individuales o colectivas. En otras palabras, el Corán es el pretexto, la acción, el texto.

Las feministas islámicas, según Saleh, con su ejercicio de exégesis de aquellos fragmentos del Corán donde se menoscaba la dignidad y la libertad de la mujer, logran apropiarse de un texto sobre el cual, hasta no hace mucho, solo los ulemas tenían algún tipo de autoridad a la hora de llevar a cabo el ejercicio de la interpretación. Para Waleed Saleh, enfrascarse en matizar términos como “pegadles”, en favor de “reñidlas” o “conversad”, es un claro indicio de la misoginia que desprende el Corán y del titánico esfuerzo de las femnistas islámicas por salvar la distancia entre el islam y los derechos de las mujeres.

Si el juego de las feministas islámicas implica redefinir el mismo Corán, si su ejercicio no es otro que el de reelaborar la terminología, ¿acaso no estamos ante un forma de desnaturalizar un texto que es la encarnación misma de Dios? Y no es secundario preguntarse qué hay detrás de esta necesidad de desesencializar el Corán por parte de las feministas islámicas.

Es latente la perspectiva historicista con la que se confronta este texto, por eso se vuelve una excusa, porque lo importante no es tanto la exégesis misma, sino que, una vez aceptada la dimensión temporal del Corán, las feministas islámicas tratan de ponerle remedio a esa caducidad inherente, extendiendo su vida un poco más allá, restaurando sus grietas, retocando sus contornos, para que al final surja una pieza contra la cual tanto las mentes más seculares como las más fundamentalistas (islámicas) lograrían estar de acuerdo en que eso ya no es el Corán.

Ambas partes no reconocerían el Corán de las feministas islámicas, ambos extremos cuestionarían este ejercicio de deconstrucción. Ambos, movidos por la idea de aunar algo que es intransferible, deslegitiman a las feministas islámicas: los primeros, por su feminismo enmarcado en el secularismo; los segundos por su islamismo enmarcado en la misoginia. ¿Cuán lejos están los unos de los otros?

Lo que queda difuminado de esto es que las feministas islámicas tratan de transmutar la voz divina impresa en el Corán, no solo por una voz humana, sino por una voz de mujer. Todo el arduo trabajo que implica rastrear la historia femenina del islam conlleva la desaparición o la invisibilización del patrón masculino de Dios en favor de un patrón femenino de Dios. Quizás esta es la transgresión de unas mujeres que pretenden ocupar un espacio de poder desde un discurso propio.

Tal vez a Saleh esto es lo que le suena a traición por parte de las feministas islámicas: que hayan hecho suya un arma que tenía todas las papeletas de apuntar en su contra. Me pregunto si esta peculiar forma de revirtuar un texto como el Corán no es más que un marco teórico desde el que hallar un espacio de poder para la mujer, y no tanto un espacio religioso de identificación.

Más allá del feminismo islámico

Mi café ha llegado mientras trato de anotar algunas ideas. Por un momento he olvidado la presencia de las dos mujeres. Presiento que esta cafetería les permite vivir bien. Sus ropas, sus formas de hacer, de hablar, de atender de forma tan afable, su cafetería de aire aplomado, todo apunta a una familia de clase media.

Pienso seriamente en la necesidad de entender todas las dimensiones que atraviesan al feminismo islámico. También hasta qué punto el marco islámico desde el que se busca esa legítima igualdad entre hombres y mujeres es insuficiente, porque la realidad trasciende el discurso religioso.

La realidad habla de familias que viven en la periferia de grandes ciudades, de jóvenes que apenas pueden articular dos palabras en el idioma de origen de sus padres, de resistencias a las tradiciones y a las modernidades, del dinero que no llega, de la universidad cerrada por falta de posibilidades, del trabajo que cuesta encontrar o dejar, del amor que se pierde o se desajusta a lo esperado, de la maternidad que llega o se aparca o se enfrenta o se exige, del miedo a pensar.

El feminismo, si pretende ser un discurso universal, debe cruzar transversalmente cada tramo de realidad y, en eso, el feminismo islámico tiene un trabajo pendiente, quizás inalcanzable desde el lugar que pretende ocupar.

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