Jürgen Schadeberg, canícula y conflicto

Fallece el fotógrafo alemán Jürgen Schadeberg a los 89 años
‘Jürgen Schadeberg, canícula y conflicto’
‘Realismo(s) & Playa’ | Revista Canibaal nº10
Octubre de 2018
Domingo 30 de agosto de 2020

Con motivo del fallecimiento del fotógrafo alemán Jürgen Schadeberg a los 89 años, MAKMA reproduce el reportaje que Jose Ramón Alarcón y Ximo Rochera –junto con Merche Medina– llevaron a cabo para el décimo (y último) número de la revista Canibaal –’Realismo(s) & Playa‘ (octubre de 2018)–.

Bajo la tórrida canícula de Barx –municipio montañoso de la comarca de la Safor, al sureste de la provincia de València– habita junto a su esposa Claudia (desde hace casi un lustro y por estocásticos motivos de amistad y errática búsqueda) una figura ineludible en el horizonte diacrónico de la historia de la fotografía, aquella que discurre bajo el convulso calor de la segunda mitad del siglo xx: Jürgen Schadeberg (Berlín, 1931).

La obra del octogenario fotógrafo alemán se ha ecumenizado como testimonio inmediato de cuantos acontecimientos acaecieron en Sudáfrica a partir de la década de los cincuenta –tras el acceso al poder del Partido Nacionalista de François Malan y la institucionalización del vergonzante sistema de segregación racial internacionalmente conocido como apartheid–, así como la ulterior y contemporánea República parlamentaria del África Austral en tiempos de liderazgo del Congreso Nacional Africano (CNA), abanderado por el eximio abogado y activista Nelson Rolihlahla Mandela.

Imagen de portada del reportaje publicado en ‘Realismo(s) & Playa’ (Canibaal nº10), en octubre de 2018. Foto: Merche Medina.

No en vano, su conspicua instantánea de un introspectivo presidente Madiba oteando a través de los barrotes de la que fue su celda en el penal de Robben Island es considerada una de las cincuenta fotografías icónicas del siglo pasado, razón de peso para que este extremo de su vastísima producción suela atraer sobre sí buena parte de los encomios y atenciones conferidos a su trabajo.

Sin embargo, no es únicamente esta veta de su longeva tarea la que, en principio, comanda las inquietudes del presente artículo. Con motivo de la primera edición del Festival del Libro SINDOKMA, organizado en València en noviembre de 2016 por la revista MAKMA, y gracias a la labor de Juan Pedro Font de Mora (director de la Librería Railowsky), Schadeberg tuvo ocasión de compartir con el público algunos de los acentos más significativos de su trayectoria vital y profesional, reportando a quienes suscribimos un motivo de atención que podría consumarse en forma de encuentro con el autor alemán cuando la ocasión y los proyectos respectivos volvieran a aproximarse.

De este modo, la decisión de articular el décimo número de la revista Canibaal en torno a los conceptos ‘realismo(s)’ y ‘playa’ tornaba conveniente y plausible la idea de retomar contacto y visitar la hacienda mediterránea del fotógrafo berlinés –paradigma de cuantas razones y semánticas puedan argüirse sobre el propósito de la revista en su (por el momento) último número– con el fin de transitar por el azaroso territorio de la memoria y descubrir algunos aspectos determinantes de su semblanza profesional.

«La suerte es ser el primero en llegar, el primero en narrar o mostrar»

Un autor como Schadeberg, cuya ilustración infante, en plenos albores de la Segunda Segunda Guerra Mundial, se gesta «a partir de las lecturas de Tolstói (León), Dostoievski (Fiódor), Chéjov (Antón) o Upton Sinclair» mientras es «testigo, cuando era muy pequeño, de la Noche de los Cristales Rotos» y que dispara su primera fotografía –tras la popular lente de una Instamatic– en un húmedo refugio antiaéreo berlinés (en 1942), a la par que, como declara nuestro autor, «tomé mi primera cerveza», parece haber sido nebulosamente destinado a solidificar testimonio, a documentar la existencia de todo lo que envuelve su fascinante y ubicuo horizonte vital, jalonado por acontecimientos que trascienden la mera y personal magnitud biográfica.

Página interior del reportaje publicado en ‘Realismo(s) & Playa’ (Canibaal nº10), en octubre de 2018.

«Era como estar sentado encima de una bomba, en el centro de la bomba; un momento de extraordinaria tensión»

Tras la senda del segundo matrimonio de su madre, que en Alemania «era una actriz de reparto y tenía amigos artistas a los que solía escucharles hablar», recala en el país sudafricano en 1950 –«Sudáfrica era terrorífica, una área de conflicto»–, en el que desarrollará su decisiva labor como fotógrafo documental (Leica M o Rolleiflex de formato medio en mano) y director artístico de la revista Drum (denominada en su inicios Africa Drum), icónico magazín de reportajes de investigación, vida urbana y hedonista de Sophia Town –popular suburbio negro de Johannesburgo–, perfumada con los influjos estéticos de la cultura negra norteamericana.

Schadeberg orienta su voluntad de retratar el pulso cotidiano de la excluida periferia y denunciar las insalubres condiciones laborales de buena parte de la mano de obra nativa en el cinturón minero del país sin obtener respaldo: «Fui a los periódicos y nadie quería saber nada. Envíe mis fotografías y nadie las quería publicar».

«Debes salir fuera a buscar la verdad, la historia verdadera»

Estos y otros vínculos e implicaciones del fotógrafo alemán con la comunidad negra determinan su forzosa salida del país y su retorno a un crispado Berlín encorsetado por el «Muro de la vergüenza» (Schandmauer). «En el Oeste había luces, color, entretenimiento… En el Berlín Este todo era gris».

En la Alemania Occidental de los años sesenta se erige en abrumado testigo fotográfico del resurgimiento clandestino de grupos nazis, cuyos overoles y cánticos uniforman una soterrada parte de la RFA que ningún medio alemán quiere mostrar; será la prensa extrajera (New Yorker o Paris Match) la que publique sus instantáneas.

«Tenía mucho que hacer fotografiando la vida cotidiana, la miseria, la tristeza, la alegría, la música»

Schadeberg renuncia a enrolarse como fotógrafo bélico en determinados conflictos como el de Vietnam. Cuestiona los turbios objetivos de determinados periodistas y fotógrafos por rubricar su presencia por encima de los acontecimientos, la inmoral sed de notoriedad a través de la imagen explícita –recuerda, entre otros, el (malinterpretado) caso del Pulitzer Kevin Carter– y sentencia que, amén de determinados casos en los que la implicación emocional debe prevalecer sobre la tarea profesional («no hagas una fotografía, condúcete por el instinto, ayuda a esa persona»), «para ser un buen fotógrafo debes ser neutral, no dejarte conducir por los prejuicios».

Página interior del reportaje publicado en ‘Realismo(s) & Playa’ (Canibaal nº10), en octubre de 2018. Fotos: Merche Medina.

«Debes estar envuelto desde la infancia en las artes para evolucionar en la educación visual, musical, pictórica»

Jürgen Schadeberg recala en España a finales de los años sesenta para alimentar diversas facetas de su diletantismo artístico. Procura, de este modo, cursar estudios de pintura, «para investigar la luz, el color, la composición, entender el lenguaje corporal. Quería estudiar y explorar las diferencias respecto de la fotografía».

Igualmente, señala, «intenté estudiar guitarra clásica, pero no podía tocar porque era ya demasiado mayor (25 años). Cuando era pequeño nunca estuve expuesto a la música. Sucede con todas las disciplinas artísticas».

«Las playas son interesantes e importantes, porque la gente va allí a relajarse, a disfrutar»

En esta época toma contacto y orienta su mirada hacia el paisaje vacacional que perfila los estíos de la Costa del Sol. Aupado por un contexto henchido de albricias, la onerosa carga vital del fotógrafo se libera y únicamente porta consigo el denso poso de la experiencia y la naturaleza técnica para fijar la mirada en otras latitudes de la idiosincrasia popular (tal y como ya había demostrado con maestría en sus instantáneas sobre el universo del jazz y los músicos y bailarines negros de los guetos sudafricanos).

En estas descriptivas series caniculares sobre el verano y la playa –territorio en el que confluye buena parte de su acervo profesional– fijamos la atención y solidificamos la bienvenida colaboración de Jürgen Schadeberg con Canibaal.

«Veo la realidad desde el punto de vista técnico de la fotografía, a través de un lenguaje natural ya inherente por el aprendizaje y la práctica»

Una práctica que ha ejercido y sigue desarrollando sobre ideas recurrentes, erigiendo al individuo, al rostro, al lenguaje corporal y a las costumbres como temas centrales de su obra, que gobiernan, definitivamente, la impronta de su estilo.

Algunos títulos recomendados

‘The Way I See It. A Memoir’ (2017).
‘España Then and Now’ (Pagina & J & C Schadeberg, 2015).
‘Jürgen Schadeberg’ (2008).
‘Jürgen Schadeberg: Photographies’ (2006).

Jürgen Schadeberg
El fotógrafo Jürgen Schadeberg en su domicilio de Barx (València). Foto: Merche Medina.

Jose Ramón Alarcón y Ximo Rochera

Little Review Dadá: Revistas & Mujeres

#MAKMAArtistas #MAKMAOpinión | MAKMA ISSUE #02
Ximo Rochera | Little Review Dadá: Revistas & Mujeres
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2019
Jueves 6 de agosto de 2020

Hablar de Dadá exige desviar la mirada a Nueva York, año 1915: en el bar de la Modern School –centro gratuito en el que se instruía sobre filosofía, literatura, pintura y sindicalismo, con profesores como Emma Goldman, Isadora Duncan o Jack London, y cuyo lema era “¡Ni premios ni castigos!¡Ni jurados!”– están reunidos Man Ray, Beatrice Wood, Francis Picabia y Marcel Duchamp, y comienzan a dar forma a Dadá.

Según el cineasta Hans Richter, Dadá tenía vínculos con el ¡da, da! esloveno (sí, sí, en castellano), aunque el propio Tristan Tzara, en su revista Dadá (1917-1921), publicaba su manifiesto dadaísta y aseguraba que Dadá no significaba nada. Oficialmente –Wikipedia dixit– se creó en 1916 en Zurich, en el Cabaret Voltaire, por el escritor Hugo Ball, aunque me pregunto si algo tendría que ver Emmy Hennings –poetisa y performer creadora de la revista Revolution, dueña de Cabaret Voltaire y pareja de Ball–.

Dadá era un movimiento creador que unificaba las “viejas vanguardias”: cubismo, expresionismo, futurismo, constructivismo, cubismo órfico… “Dadá es un misil dirigido a la cabeza”, concepto que utilizó Walter Benjamin para definir el movimiento artístico. En los ‘Soirées dadá’, en Cabaret Voltaire, la provocación a los asistentes era constante. Era fácil ver a Mary Wigman danzar con movimientos extraños de su cuerpo, retorciéndose y arrastrándose por el suelo –principio de la danza contemporánea–, o a Sophie Taeuber bordando líneas geométricas y coloridas –en los años 30 publicó su diario constructivista ‘Plastique’–.

Dadá, Ximo Rochera,
Páginas iniciales del artículo publicado en MAKMA ISSUE #02.

Zurich y Barcelona, además de Nueva York, se establecieron como centros neurálgicos del dadá. Barcelona estaba repleta de artistas exiliados como Robert Delaunay, Marie Laurencin, Olga Sacharoff o Arthur Cravan, y espías como Mata Hari o Martha Richer. También Arthur Cravan –sobrino de Oscar Wilde, poeta, boxeador y viajero– creó su propia revista, Maintenant (1912-1915), y editó cinco números en París.

Dadá tuvo lugar en una época en la que las mujeres comenzaron a tener un rol más activo, no solo en los ámbitos políticos y sociales, sino también artísticos. Marinetti, editor de la revista Poesía (1905-1909), publicó en Le Figaro, el 20 de febrero de 1909, su manifiesto futurista: “Queremos glorificar la guerra… y el desprecio por la mujer (…) queremos defender los museos, las bibliotecas, combatir el moralismo, el feminismo…”.

La misoginia es algo que siempre ha estado presente en los movimientos de avant-garde artísticos. El género y la identidad son transgredidos en Dadá y también en el surrealismo.

Emma Goldman mostraba sus amantes en público y se enfrentaba a la policía; Emmy Hennings utilizaba su cuerpo como soporte dadá; Mina Loy escribió un manifiesto feminista inédito hasta su muerte, en 1966; Isadora Duncan era una artista libre que defendía la emancipación de la mujer a través de la protesta y de la liberación sexual.

Mabel Dodge Luhan era una activista wobbly precursora y mecenas de la revista The Masses (1911-1917); Winnifred Efferman (Bryer) fue una escritora y mecenas involucrada en revistas lésbicas y feministas, fundó la revista de cine Close-up (1927-1933) y financió la apertura de la librería Shakespeare and Company en París; Elsa von Freytag-Lorinhoven fue descrita en la revista The Little Review (1914-1929) como “la única persona viviente en el mundo que se viste dadá, ama dadá y vive dadá”; la dadásofa Hannah Höch fue una figura fundamental en el dadá berlinés.

Realizó fotomontajes dando una nueva visión de la mujer en torno a su identidad sexual –irónicamente representaba a la novia como un maniquí o un niño–, sus personajes eran ambiguos. Höch, precursora del punk, denunciaba la imagen frívola que transmitían algunos medios de la mujer liberada; Beatrice Wood –la mamá dadá– combinaba la cerámica y el dibujo en sus obras, fundó la revista The Blind Man junto a Henri-Pierre Roché y Marcel Duchamp. Roché se jugó en una partida de ajedrez el futuro de la revista con Picabia: quien perdiese dejaba de editar.

Portada de MAKMA ISSUE #02, a partir de una de las obras del proyecto ‘Autocines’ (2019), de la fotógrafa Gala Font de Mora.

Picabia pudo continuar editando 391 (1917-1924) mientras The Blind Man (1917) finalizaba en el número 2 con una defensa de ‘La Fuente’ de Duchamp. El resultado de la partida de ajedrez se publicó en la revista de un solo número Rongwrong –Picabia también publicó Cannibale (abril-mayo, 1920)–; Suzanne Duchamp fue una de las pocas artistas visuales femeninas de las que se ha documentado como participante del movimiento dadá.

De alguna forma, Marinetti, con su manifiesto misógino, hizo de acicate de ese movimiento reivindicativo de las mujeres. Valentine de Saint Point contestaba a Marinetti con su manifiesto de la mujer futurista, publicado en la revista Lacerba el 25 de marzo de 1912: “Es absurdo dividir la humanidad en hombres y mujeres, pues se compone solo de feminidad y masculinidad. El übermensch está compuesto al mismo tiempo de elementos masculinos y femeninos”.

También Mina Loy escribió su manifiesto feminista el 15 de noviembre de 1914, que envió manuscrito a su amiga Mabel Dodge Luhan, en el que expresaba la necesidad de realización de la mujer a través de una “Demolición Absoluta”.

El paso de más de cien años desde que se creó Dadá y la demanda de un espacio propio para la mujer no parece que haya servido para que una búsqueda en Google sobre Dadá nos muestre a las mujeres que no solo estuvieron en el movimiento, sino que lo crearon.

Es relativamente fácil encontrar a Hugo Ball como fundador de Dadá sin que se nombre a Emmy Hennings, o descubrir ‘La Fuente’ de Marcel Duchamp sin que se pueda acceder a Elsa von Freytag-Lorinhoven; ver la apuesta imagen deportiva de Arthur Cravan sin que imaginemos el rostro de Mina Loy, las fotografías de Raoul Hausmann sin Hannah Höch, o las esculturas de Jean Arp sin los bordados de Sophie Taebeur.

There is no Life or Death / Only activity / And in the absolute / Is no declivity.
There is no Love or Lust / Only propensity / Who would possesess / Is a nonencity.
There is no First or Last / Only equality / And who would rule / Joins the majority.
There is no Space or Time / Only intensity, / And tame things / Have no inmensity

Este poema de Mina Loy fue editado en la revista Camera Work, de Alfred Stieglitz, en 1914, y finalizo con la traducción de la última estrofa, a modo de reflexión sobre el lugar que ocupa la mujer en los anaqueles, tanto físicos como de códigos binarios, hoy en día: “Lo domesticado / carece de inmensidad”.

Dadá
‘Dada damen. 100 jahre dada Mujeres Dadá celebran el centenario del Cabaret Voltaire en la explanada de la estación central de Zurich’ (2016), de Pere Sousa.

Ximo Rochera

Vine a Valencia porque acá me dijeron…

MAKMA ISSUE #01
Opinión | Ximo Rochera (editor de Canibaal y Libros del Baal)
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2018

Vine a Valencia porque acá me dijeron… Podría ser este un buen comienzo para empezar a hablar entre “murmullos” del “páramo” en el que se convirtió la ciudad en los primeros años del siglo XXI.

Dice Jorge Volpi, a propósito del prólogo que escribió para el maravillo libro de Juan Rulfo –‘Pedro Páramo’–, que “Comala podría estar en cualquier parte justamente porque no está en ninguna”.

Valencia podría estar en cualquier parte. Igual que Comala, durante un tiempo fue un terreno baldío. La creencia de que nada se podía hacer cuando todo estaba por hacer se instauró en el ADN de todos aquellos relacionados con las letras y la cultura.

Página inicial del artículo publicado en MAKMA ISSUE #01.

“¡Tan tan! ¿Quién es? Es el diablo
es una espesa fatiga,
un ansia de trasponer
estos lindes enemigos,
este morir incesante,
tenaz, esta muerte viva.”
(José Gorostiza, ‘Muerte sin fin’, 1939)

Sin embargo, ¡nada había muerto!

¡Valencia no estaba muerta!

Pre-Textos editaba libros sin descanso. En 2008 le otorgaban el Premio de la FIL de Guadalajara (México). El mismo año el Ministerio de Cultura premiaba al Caballero de la Blanca Luna con el Premio Nacional de Edición en la categoría de Libros de Bibliofilia: ‘Fabulas Literarias’ de Tomás de Iriarte.

¡Valencia no estaba muerta!, estaba murmullando. Rulfo quería titular su libro de otra forma: ‘Murmullos’. Quizá tenían que redefinirse los lindes.

En 2010, Toni Moll y Víctor Segrelles se atrevían, ¡qué osados!, otra vez con el Café Malvarrosa, a la vez que editaban pequeñas joyas en su editorial Leteradura. En Imprevisual, entre murmullos también, se gestaban otros dos proyectos editoriales: Manuel Turegano se aventuraba con la editorial Contrabando y Ximo Rochera hacía lo propio con Ediciones Canibaal. En Canibaal se arriesgan con un espacio que nació para perdurar únicamente en el recuerdo, Le petit Canibaal, un verdadero murmullo. Litera libros se especializaba en libros de crianza con un proyecto muy personal. El Nadir apostaba por la colección gráfica rescatando a Gustave Doré y Oskar Andersson, entre otros. Se abrían librerías como Bartleby o Leo.

¡El murmullo ya es un grito, se avecinan cambios!

José Ramón Alarcón y Merche Medina buscan cohesionar ese murmullo editorial creando una feria editorial en el barrio de Ruzafa. Dos años más tarde, Russafa Book Weekend da paso a SINDOKMA, que se instaura en La Nau como festival de la edición independiente, organizada por MAKMA.

Portada de MAKMA ISSUE #01, a partir de una de las obras del proyecto ‘Caminos del deseo’, del artista y miembro de MAKMA Ismael Teira.

Otros festivales se acomodan incómodamente en teatros migrados a la fuerza como el Carme Teatre (deslindándose). David Trashumante pelea por la poesía en Vociferio. Mientras todos sonríen ilusionados se produce el esperado cambio, sin embargo, cierran espacios y librerías. Se apagan proyectos. Valdeska, Café Malvarrosa, Le petit Canibaal; también Leo y Ambretta.

Otros tantos resiten, se reinventan. Juan Pedro Font de Mora realiza exposiciones fotográficas y presentaciones en su librería Railowsky. Inma Pérez se atreve a exportar su librería Dadá al IVAM, aunque tiene que retirarse en poco tiempo. La librería Ramón Llull busca otros lindes geográficos para que Almudena y Paco enchufen su altavoz literario. Sala Russafa también entiende que la resistencia es la única alternativa.

Paco Inclán y David Barberá siguen bostezando murmullos y la revista Bostezo edita un nuevo número. Lletraferit no deja de hacerlo. Renace la poesía: 21 versos.

Y tantos otros que transitan los márgenes y crean los ecos para que esos murmullos sean escuchados.

¿Qué ha cambiado, entonces?

Nada ha cambiado y, sin embargo, todo es diferente: los editores no esperan ayudas, los libreros saben que tienen mucho trabajo y nadie les ampara. Los proyectos entienden que están solos. Que en Valencia, igual que en Comala, los murmullos de los muertos tienen que ser escuchados.

‘Comala en Valencia’, de Ximo Rochera.

Ximo Rochera

El paseo. Cultura en València

Hace unos días acompañé a mi hijo a un cumpleaños al Bioparc. Es un lugar bonito en el que puedes llegar a tener la sensación de que los animales son privilegiados que disfrutan de unos ecosistemas hechos a su medida. No puedo evitar recordar al lobo de Tasmania, al sapo dorado, a la foca monje o al tigre de Java, todos ellos extinguidos, en mayor o menor medida, por la acción humana.

Dejé a mi hijo con sus amigos y seguí con la bicicleta por el cauce que recorre el río Turia, hasta que llegué a Manises. Bajo unos puentes de madera vi familias de patos; las madres protegían a los polluelos de los ruidos de la autovía y de los adolescentes que disfrutaban tirándoles piedrecitas. Me acerqué hasta la orilla: plásticos, latas y envoltorios de Hacendado se mimetizan entre el verde eléctrico de los arbustos. El hombre ha sido capaz de generar 8.300 millones de toneladas de plástico de los que 6.300 millones de toneladas se convirtieron en residuos. Algunos patos volaron asustados por mi presencia e intuyo que indiferentes a mis ensoñaciones. Tuve el impulso de volver a por mi hijo y marcharnos a casa, pero ¿qué culpa tiene él?

Había pedaleado media hora pensando en los proyectos que tengo en la cabeza, pero al llegar al final del trayecto me asaltó una noticia leída en prensa: “La galería Pepita Lumier echa el cierre en València”. Cristina Chumillas y Lucía Vilar intentarán seguir con el proyecto, pero dándole un giro, eliminando el espacio físico. También Librería Dadá cierra de forma temporal; Inma Pérez buscará nuevas fórmulas que le permitan seguir peleándose con el día a día. Espacios, librerías, galerías, revistas, editoriales, teatros, todos ellos forman parte del tejido cultural valenciano. No quiero recordar a los que ya no están –cada uno tuvo, en su momento, razones para no continuar–, pero creo que es obligado pensar en qué está ocurriendo con la cultura en València. Tenemos Feria del Libro, festivales de barrio, La Mostra, Cinema Jove… Tiene que ser difícil gestionarlo todo y no puede ser producto de la casualidad que se reproduzcan los comportamientos.

A fin de cuentas, ¿qué es la cultura? Edward B. Tylor, en 1871, la definió como todo complejo que incluye el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres y los hábitos y capacidades adquiridas por el hombre como miembro de la sociedad.

Ya, eso está bien, pero ¿qué piensan los políticos de la cultura? Como acabamos de vivir un proceso electoral largo, es fácil indagar en cuáles son sus ideas acerca de este tema, me refiero a aquello que se vea reflejado en sus programas electorales:

PSOE: hacer un pacto de Estado por la cultura (suena bien, pero si no son capaces de pactar para ocupar los sillones del Congreso… No acabo de creerlo), Ley de Mecenazgo, financiación para la RAE, destinar parte de la recaudación de la lotería para la producción de cine; PP: Plan Nacional de Tauromaquia (ahí tenemos a la cultura), fiscalía especializada en la protección de la propiedad intelectual (quizá ya no sea necesaria dentro de unos pocos años), blindar el archivo de Salamanca, Ley de Mecenazgo; Unidas Podemos: plan de reforma de RTVE, Estatuto del Artista (ocurre lo mismo que con la fiscalía del PP), potenciar la producción de cine en las lenguas del Estado; Ciudadanos: difusión de la Historia de España, Ley de Mecenazgo (parece que ahí todos coinciden, que paguen otros), rebaja del IVA cultural, plan estratégico del patrimonio cultural; VOX: favorecer el arraigo a la tierra y las tradiciones folclóricas (cómo te quedas al leer su programa…).

Según sus programas parece que la solución política al problema cultural está en aplicar deducciones fiscales a aquellos que se animen a actuar como mecenas (financiar y proteger a los artistas).

En un reciente estudio de la Generalitat de la Comunitat Valenciana, elaborado por Antonio Ariño y Ramón Llopis, se concluye que el 33 % de los valencianos pasa de la cultura, aunque el 56 %, no obstante, piensa que la cultura es importante. Según Ariño, “la revolución digital ha hecho que los bienes culturales pasen a estar en nuestro bolsillo”. Carmen Amoraga se encuentra “satisfecha” de alguna de las iniciativas puestas en marcha desde la Conselleria de Cultura. Hemos de entender que las ayudas a una Feria del Libro que cada año pierde más el pulso con la ciudadanía, o el fomento de Cinema Jove, con un contrato a su director Carlos Madrid que sugiere una apuesta cortoplacista, llenen de “orgullo y satisfacción” a la actual secretaria autonómica de Cultura y Deporte. Serán estos unos años fértiles para la cultura valenciana, pensaron muchos de los agentes culturales hace cuatro años.

Se han hecho cosas, por ejemplo, el Ayuntamiento de València ha generado ayudas de 150.000 € destinados a la programación de proyectos culturales sin ánimo de lucro y con carácter asociativo; Glòria Tello hace un llamamiento a la participación. Se recupera, también desde el Ayuntamiento de València, La Mostra, después de estar suspendida desde 2011 (en la 33ª edición se destinaron 40.000 € en premios, 72.170 € para la directora gerente Rosa Roig y 65.000 € más para Eduardo Guillot (vicedirector y responsable de programación).

Entonces, ¿por qué el ánimo de los personajes que forman el entramado cultural: artistas, escritores, galeristas, programadores, etc., está tan bajo? ¿Falla algo? ¿Qué haría falta?

ARÍSTIDES ROSELL. GALERÍA IMPREVISUAL

Siento la necesidad de preguntar a alguno de esos personajes cuál es su percepción, no quiero dejarme influir por mi escéptica visión del vaso medio vacío mientras escucho el aleteo de los patos y entiendo que ese ruido de pluma contra pluma lo emiten a modo de queja. Es por eso que me he acercado hasta la Galería Imprevisual (c/Doctor Sumsi, 35) y, además de disfrutar de una maravillosa exposición de carteles de cine cubanos, aprovecho para hablar con Arístides Rosell.

Arístides Rosell posa junto a una de sus obras y el volumen ‘El cartel. Revolución’. Fotografía cortesía de Ximo Rochera.

Lo encuentro hablando con el artista Vicent Marco sobre el seminario impartido en el Sporting Club Russafa por Marta Pérez Ibáñez “El artista y la autogestión: emprender en el mundo del arte”. ¿Es la cultura un comercio?, comentan. Arístides me dice que no le gusta hablar de datos económicos, así que comienza haciéndolo sobre los movimientos culturales que se generaron en los barrios a partir de 2006-2008:

–Había desidia y silencio cultural, desde 2008, y, concretamente, en el barrio del Cabanyal se genera una barricada cultural que no quiere dejar morir la arquitectura o la cultura; se genera una revolución cultural que llena de eventos la ciudad. A partir de la crisis emergen los movimientos culturales en los barrios (siguiendo la inercia del Cabanyal), los artistas se instalan en esos barrios y se generan interconexiones. Sin embargo, no existe comunicación directa con la Administración. No existe apoyo, que es algo que no tiene que ver con las subvenciones. Podríamos decir que hay una desidia cultural política.

No obstante –prosigue Arístides–, esos movimientos emergentes contra la voluntad política continúan con fuerza (Russafart, Russafa Escénica, Cabanyal Íntim, Ciutat Vella Oberta…). Creo que los políticos no han amparado a estos movimientos (por cierto, esto no es original de València, más bien es una dinámica internacional). Se han sacado subvenciones y líneas de actuación, pero en ningún caso se ha acompañado. Pienso que los políticos no estaban preparados. Solo se ha hecho un diagnóstico, pero nunca se vio a esos movimientos como aliados –Arístides acaba de hacerme de espejo. En su frente he visto volar también esos patos del Turia–.

Tiene que marcharse a una reunión en Buñol para preparar un festival. Me queda preguntarle si ve el futuro con escepticismo o con ilusión. Él responde rápido mientras recoge su bolso y se prepara para salir conmigo de su galería:

–Con ilusión, siempre hay que dejar un margen de actuación. Ya están los diagnósticos. Ahora,¿actuamos?

DANIEL GASCÓ. VIDEOCLUB STROMBOLI

Me alejo con la bicicleta y recorro migratoriamente la calle Centelles hasta mi nueva parada: el Videoclub Stromboli. Allí espero encontrarme a Daniel Gascó. Le abordo directamente; casi sin darle las buenas tardes, le pregunto su impresión sobre los logros culturales en estos últimos años. Comienza diciendo que no cree que haya un buen reparto de los recursos y que también se han producido situaciones injustas (como en el caso de La Mostra).

Daniel Gascó en las dependencias de su Videoclub Stromboli. Fotografía cortesía de Ximo Rochera.

–Parece que a veces lo social y lo democrático no tenga que ver con la cultura –continúa hablándome de la gran cantidad de acontecimientos que hay en València–. Estoy de acuerdo con Maite Ibañez en que hay mucha dispersión de la cultura en cuanto a número de festivales. Falta cohesión o recortar su número.

Le interrumpo diciéndole que quizá eso significaría ir a una política de grandes acontecimientos, de fotografía para artículo de prensa.

–Por ejemplo, el número de acontecimientos cinematográficos del año no se corresponde con la infraestructura. Creo que faltan salas. No todo puede ir a la Filmoteca, porque afecta a su normal funcionamiento –responde Gascó.

Mi hijo me enseña la película que quiere que alquilemos y me apremia a que acabe con mi charla, así que le pregunto directamente sobre cómo ve el futuro:

–València es una ciudad muy culta, por encima de los políticos que haya. Está dentro de la médula de la ciudad: gente que trabaja porque sí, una especie de voluntariado no remunerado, gente muy generosa. No creo tanto en los políticos. No pienso que dos o tres personas con poder puedan organizar culturalmente la ciudad. Son estas personas las que en ocasiones desestiman proyectos muy importantes. Lo hacen por miopía o por incapacidad, o porque sí.

Acaba con una frase que me deja pensando mientras pedaleo hasta mi nuevo destino:

–Hay militancia cultural.

INMA PÉREZ. LIBRERÍA DADÁ

Muevo los pedales con menos ganas que hace solo unas horas y no es que esté cansado, más bien es una especie de nube gris que ha comenzado a envolverme y que ha dejado un ambiente un poco pegajoso que no me permite pedalear libremente, aunque sigo haciéndolo hasta la calle del poeta Monmeneu, 18. Allí se encuentra el Espacio Paco Bascuñán y, de forma temporal, Inma Pérez ha desplazado dadaístamente parte de sus libros y de la Librería Dadá, en esa especie de éxodo forzado en el que se encuentra inmersa. La terraza interior rodeada de plantas es un lugar magnífico para conversar.

Inma Pérez durante un instante de la entrevista en el Espacio Paco Bascuñán. Fotografía cortesía de Ximo Rochera.

No dejo pasar muchos minutos antes de abordar a Inma con la primera pregunta:

–Después de muchos años con gobiernos que no parecía que favoreciesen demasiado a la cultura, se recibió con mucha ilusión el cambio político en la Comunitat y en la ciudad; sin embargo, parece que la sensación entre aquellos que se dedican a la gestión cultural es que tampoco han cambiado mucho las cosas. ¿Cuál es tu percepción?

–(Sonríe antes de comenzar a hablar) Quizá esperábamos demasiado, teníamos muchas ganas de que los nuevos gestores, que conocían y nos conocían, pudieran cambiar las cosas –yo tengo la intención de no interrumpir su discurso, así que permanezco callado–. Han puesto en marcha iniciativas necesarias, pero, para mí, algunas cosas se han hecho sin contar con muchos de los que ya estábamos. No todos estamos agremiados o asociados, no todos tenemos la misma visibilidad ni los mismos medios, pero estamos trabajando también cada día en el sector y nos hubiese gustado formar parte de la elaboración de estrategias puntuales o de la redacción de diagnósticos sobre el estado de la situación, por ejemplo, pues nos afecta lo que ellos decidan.

(Asiento con la cabeza y dejo que continúe). Si queremos fortalecer el sector cultural, se debe abordar detectando los problemas desde la diversidad y la realidad de todos, teniendo en cuenta que lo que vale para uno no vale, seguramente, para los demás. Deberíamos dejar también de pensar en términos cortoplacistas y establecer medidas destinadas a que podamos crecer y consolidarnos, a medio y a largo plazo, teniendo en cuenta también que lo que vale para hoy quizá no valga para mañana. Muchos llevamos algunos lustros sobreviviendo– asevera.

Me gustaría hablar sobre los museos, concretamente sobre las librerías albergadas en el interior de los museos, así que comienzo diciéndole que cuando alguien viaja a diferentes ciudades de Europa y recorre sus museos se da cuenta de lo que significa tener una librería dentro de uno de ellos. Creo que su opinión es una de las más válidas en la Comunitat Valenciana para desvelarnos por qué, en València, independientemente del color político, no tenemos librerías de ese tipo. Inma, seguramente, ha tenido que contestar esta pregunta muchas veces (incluso a ella misma), por esa razón su respuesta salta como accionada por un mecanismo de muelles:

–Es algo complejo de explicar y daría para una charla –sonríe, nuevamente, y continúa con una explicación que intuyo será clarificadora–. En primer lugar, porque no hay demanda real. La mayoría de la gente que visita un museo espera comprar algún souvenir o merchandising, esperan encontrar eso porque es lo que ven en todos los lados. Este material cuesta mucho de producir y mucho más de vender porque las cifras reales de visitantes, que no asistentes, no mantienen un negocio vendiendo solamente postales o lápices, que es lo que casi todo el mundo quiere, algo que no sea caro. El gasto por visitante es muy reducido y el gasto que genera el negocio es más elevado, por eso se termina cerrando.

La venta de catálogos –revela–, además, es también reducida; se siguen regalando bastantes ejemplares, otros tantos terminan en algunas librerías a precios reducidos…, así que por una parte o por otra tampoco se genera demanda, salvo momentos puntuales y eso tampoco da para mantenerte. No olvidemos que, muchas veces, estos visitantes de museos se encuentran con puntos de información donde tienen de forma totalmente gratuita revistas, carteles…; y el paso por una tienda, o librería, es para mirar, porque ya han cargado previamente sin tener que pagar nada por ello –indica Inma Pérez.

Habla con rapidez y con fluidez. Pienso que cuando alguien ha vivido de cerca problemas similares se genera cierta empatía instantánea. No puedo dejar de pensar en el cierre de Le Petit Canibaal o en el necesario giro del proyecto Canibaal. Entiendo perfectamente de qué está hablando Inma y sé que no necesita que le diga que comprendo cada una de sus palabras. En ocasiones nos podemos permitir hablar con las miradas.

–En segundo lugar –prosigue–, porque la institución, la que sea, no siempre cree en la librería, en una librería. Se debe sacar rédito económico (totalmente de acuerdo y nada que objetar) con una licitación, atendiendo al negocio que alguien abrirá y los supuestos beneficios que éste obtendrá, por eso se licita con un precio que va al alza. Suele ser una licitación de duración muy reducida que, muchas veces, no permite amortizar inversión alguna, pues no solo compras material, también mobiliario, equipamiento diverso y quizá debes contratar personal; siempre está el riesgo de que cuatro años después decidan que, una vez terminado el contrato, quieran otro modelo de negocio y tú te puedes quedar compuesto y con una librería/tienda en marcha.

No hay estudios rigurosos –continúa– sobre el impacto económico de los visitantes, lo que no ayuda al que arriesga su capital, que se debe guiar por lo que pide la institución, o lo que le dicen los que allí trabajan, mayormente en las oficinas, pero que luego resulta que puede que no sea totalmente cierto. Se trabaja sobre expectativas, pero no sobre la realidad –asevera.

Mi hijo da vueltas por el patio y husmea entre las plantas, me pregunta si puede sacar la bolsa con sus piezas de Lego para entretenerse. Inma le mira de reojo y sigue contestándome:

–Una librería en un museo es un valor añadido, no debería ser sólo una tienda de souvenirs o un espacio que todo el mundo espera; y no es el mismo modelo de negocio, las librerías tienen márgenes comerciales prácticamente invariables y los precios de los libros son fijos y están regulados por ley, cuesta mucho producir beneficio económico. La librería genera comunidad, que se une a la del propio museo.

Apostar por un espacio así en las instituciones –mantiene– supondría cambiar los pliegos, para que fueran más ajustados a la realidad y más flexibles, pues todas y cada una de las decisiones que además se toman en estas instituciones repercuten directamente en el devenir de la implantación y consolidación de la librería. En un sólo año puede cambiar muchísimo el panorama, y por muchas razones.

Yo he estado 12 años en un museo –recuerda Inma Pérez–, durante un tiempo en dos, y los retrasos en la publicación de los catálogos, los cambios de dirección, la subida del precio de las entradas, la modificación del horario de apertura y hasta el cierre de la cafetería pueden repercutir directamente en tu negocio. Montar una librería en un museo debería ser una gran y magnífica oportunidad, pero en estos momentos es una auténtica locura –concluye.

Recuerdo las palabras de Arístides Rosell sobre los tiempos de diagnosis, así que decido hacerle una última pregunta a esta librera incansable:

–¿Crees que nos esperan otros cuatro años de diagnosis o quizá se pongan a trabajar en serio? Me refiero a si ves el futuro de la cultura con escepticismo o con cierta ilusión (Inma levanta la mirada con cierta pereza por responder a una pregunta que quizá se haya formulado demasiadas veces en las calles y en algunos espacios culturales).

–Ahora mismo tengo ante mí una situación muy complicada y solamente pienso en cómo salir adelante, así que quizá no esperaré nada de nadie para no sentirme defraudada o decepcionada.

Ojalá que lo nuevos gestores lo tengan claro esta vez y que lo podamos ver, porque ya no habrá margen para excusas y quizá no más oportunidades –confiesa.

Ha sido un día intenso: he recorrido carriles bici que antes no existían y me he podido acercar a espacios naturales, librería, galería y videoclub sin apenas salir de ellos. He estado en contacto con la naturaleza y disfrutado viendo a mi hijo pasarlo bien. He podido ver una València más amable para las familias y los niños y, para ser justos, cierta predisposición hacia la cultura, pero no puedo dejar de hacerme la siguiente pregunta: ¿es suficiente con tener una buena predisposición hacia la cultura después de haber cubierto una legislatura?

Puede que la política cultural sea como un elefante: grande y majestuoso, pero con movimientos muy lentos.

Detalle de un paseo elefantiásico por Bioparc. Fotografía: Ximo Rochera.

Ximo Rochera

El ejercicio de ajedrez con la realidad de Ximo Rochera

‘La entropía de los relojes rotos’, de Ximo Rochera
Ediciones Canibaal, 2018

Neus Flores entrevista para MAKMA al escritor Ximo Rochera (Castellón, 1968) con motivo de la presentación de ‘La entropía de los relojes rotos’ (Ediciones Canibaal, 2018), en la Clínica Arvila Magna de Barcelona –un acto que hubo presentado la escritora y periodista Roser Amills, con la presencia del artista Antonio Beneyto–.

¿Cómo surge la necesidad de escribir ‘La entropía de los relojes rotos’?

Este libro obedece a una necesidad de escribir casi diaria. En realidad, se trata de una recopilación de relatos, por lo que, para ser preciso, es el resultado de muchas necesidades a lo largo de estos últimos doce años. El orden de estos relatos en el libro no sigue, sin embargo, ningún tipo de cronodeterminación, sino más bien un impulso temático que lo muestra más coherente.

¿Cuál ha sido la parte más difícil de la escritura del libro? ¿Alguna anécdota?

Como digo, es un libro lleno de momentos. Doce años dan para muchos momentos y unas cuantas anécdotas. Pero me parece interesante la argucia familiar que utilizo algún domingo para refugiarme y escribir poemas: lleno la bañera de agua y, una vez dentro, subo la temperatura (seguramente busco algún tipo de respuesta corporal, como una bajada de tensión), cojo un lápiz y comienzo a escribir poemas. Mis hijos saben que en esos momentos no pueden molestarme y lo respetan. Los dos poemas del libro están escritos de esta forma.

Ximo Rochera. MAKMA

¿Por qué decidiste estructurarlo en capítulos descriptivos?

Algo que caracteriza a todos los relatos es el final. La mayoría de las veces (me refiero a los relatos más cortos) la historia la tengo determinada antes de comenzar a escribirla. El final condiciona el relato. También ocurre lo mismo con el título (en muchas ocasiones viene condicionado por el final). Otras veces, cuando la historia es más larga, ocurre como en las novelas: son los personajes los que se adueñan, de alguna forma, de la escritura y no sabes muy bien en qué va a acabar todo (una especie de antideterminismo literario).

¿Cuál es la idea más directa que quieres que la gente entienda de ‘La entropía de los relojes rotos’?

Marga, mi pareja, siempre me dice que busco la justicia universal. Como científico, analizo demasiados datos diarios y cotidianos que forman un cuadro muy colorido en mi mente. Es de ahí de donde cojo los personajes, las ideas y las retuerzo, llevándolas un poco hacía el surrealismo o el postismo. Quizá también como científico no me dejo influir por los resultados y puedo llegar a ser despiadado con los personajes. Esto puede llevar al lector a reflexionar sobre lo que somos y el camino que recorremos. Si eso ocurre, ya me siento satisfecho.

Tus títulos anteriores ya dibujan tu genérico perfil literario. ¿Crees que esta nueva publicación marca una distancia al respecto o, por lo contrario, sigue fiel a tu estilo?

En el mismo libro se puede encontrar una evolución. Aquellos relatos más antiguos tienen otro pulso diferente a los más actuales. El estilo quizá sea similar en todos ellos: relatos delirantes, absurdos en ocasiones, con toques de humor y, en general, desgarradores en cuanto a la capacidad de diseccionar la condición humana y su cotidianidad.

Respecto a los otros libros, diría que se trata de un libro más maduro y, quizá, el estilo, con el paso de los años, lo he ido depurando, aunque la esencia es la misma.

Habiendo presentado el libro en Barcelona, ¿volveremos a verte durante San Jordi para que nos firmes algunos ejemplares?

Siempre es agradable pasarse por Barcelona, recorrer las Ramblas y visitar a los amigos que tengo en la ciudad. Desde 2013, en el que, junto al escritor y artista chileno Aldo Alcota y al poeta Fran Amador, fundamos la revista de arte y literatura Canibaal, es obligada nuestra visita a Barcelona para presentar alguno de los números de la revista o de la editorial. Ahora voy solo, pero siempre que me acerco a Barcelona voy a Canaletas a dar un trago de agua (es una tradición que he copiado de mi amigo Aldo Alcota y que mantengo para recordar los principios de Canibaal). Así que yo creo que es posible que pase el día de Sant Jordi en Barcelona.

"#culturebaal #summertime #laentropíadelosrelojesrotos #animals. También los burros leen 'La entropía de los relojes rotos'. Poniendo orden". Fotografía cortesía de Ximo Rochera.

«#culturebaal #summertime #laentropíadelosrelojesrotos #animals. También los burros leen ‘La entropía de los relojes rotos’. Poniendo orden». Fotografía cortesía de Ximo Rochera.

¿Qué significaría para ti ganar un premio literario en Cataluña?

Nunca me he planteado qué significaría ganar un premio. Miento; hace quince años, cuando comencé a escribir soñaba con ganar un premio literario. Yo venía del mundo de la química y me dedicaba a crear y fabricar azulejos cerámicos. En la industria cerámica el resultado de tu esfuerzo casi siempre se veía recompensado en un modelo nuevo o en una excelente fabricación, así que fue natural pensar que todo seguiría igual con la literatura. Pero eso ocurrió solo al comienzo. No obstante, la pregunta me ha retrotraído a esos años y un cosquilleo recorre mis brazos mientras contesto, así que imagino que ganar un premio sería maravilloso.

¿Con qué escritores te gustaría colaborar?

La revista me ha dado la oportunidad de colaborar (más bien colaborar ellos en Canibaal) con infinidad de escritores, artistas, fotógrafos. Pese a que son cientos, destacaría, por supuesto, a Antonio Beneyto –además ha colaborado en ‘La entropía de los relojes rotos’ con una colección de 6 maravillosos dibujos– o a Roser Amills, con la que desde que colaboramos nos une una amistad muy bonita; por supuesto a Vila Matas y recuerdo con especial cariño al poeta Raúl Zurita. Pero por ceñirme exactamente a la pregunta: creo que tengo el gusanillo de poder colaborar en alguna ocasión con Arrabal (con el que mantengo contacto) y con Houellebecq.

¿Cuál es el nuevo proyecto en el que estás trabajando? ¿Puedes contarnos algo?

Sí, aunque son varios. Por un lado, acabo de poner en marcha otro sello editorial, Libros del Baal, con el que espero publicar varios títulos al año; por otro, en 2019 me gustaría publicar un poemario en el que he estado buceando en la bañera todo un año: ‘Nacimiento, vida y muerte del pájaro-apóstol’. También he acabado una novela que espero que se publique este año, ‘Teoría de cuerdas’. Y quizá algún proyecto más que de momento está en fase embrionaria.

¿Qué le dirías a un estudiante de literatura que quiera convertirse en escritor? ¿Algún consejo?

Mi consejo a cualquier estudiante o cualquier chico o chica que quiera dedicarse a la escritura es el mismo: lee siempre cuatro veces más de lo que escribes, pero no dejes de hacer ninguna de las dos cosas ningún día del año. Lo otro: el éxito, los premios, la edición, llegarán más adelante.

'La entropía de los relojes rotos' exhorta al lector "a reflexionar sobre lo que somos y el camino que recorremos". Fotografía cortesía de Ximo Rochera.

‘La entropía de los relojes rotos’ exhorta al lector «a reflexionar sobre lo que somos y el camino que recorremos». Fotografía cortesía de Ximo Rochera.

Neus Flores

Grandes ciudades a simple vista

Travel Art, de José Juan Gimeno
Galería Alba Cabrera
C / Joaquín Costa, 4. Valencia
Hasta el 13 de enero de 2019

Dice Italo Calvino en ‘Las ciudades invisibles’ que todas las bellezas que el viajero ya conoce, por haberlas visto también en otras ciudades, pueden adquirir, bajo una atenta mirada, el esplendor de lo visto por primera vez. Y cuando eso sucede, uno “se pone a envidiar a los que ahora creen haber vivido ya” un día igual a éste “y haber sido aquella vez felices”. Las ciudades que José Juan Gimeno muestra en la Galería Alba Cabrera poseen ese mismo misterio que salta a simple vista, a condición de detenerse ante ellas más allá de la urgencia del turista.

Obra de José Juan Gimeno en la exposición 'Travel Art'. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

Obra de José Juan Gimeno en la exposición ‘Travel Art’. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

Por eso resulta apropiado el título de la exposición: Travel Art. Es decir, viaje y arte en franca comunión reveladora de lo que ocultan las grandes ciudades. En este caso, Nueva York y Maryland. Porque lo que diferencia al turista del viajero es precisamente la mirada atenta de éste, frente a la monótona de aquel, más preocupado por captar la imagen que atestigüe su paso por esa ciudad de postal, que de imbuirse de su misterio. Un misterio que Gimeno atrapa en sus cuadros leyendo, como se leen las líneas de una mano, las huellas de las casas de Maryland y las fachadas de Nueva York.

Obra de José Juan Gimeno en la exposición 'Travel Art'. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

Obra de José Juan Gimeno en la exposición ‘Travel Art’. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

Como señala el propio artista, él parte de fotografías tomadas en esas ciudades para después irse olvidando de ellas. Hasta el punto que el referente, sin duda obvio para la mirada del turista, alcanza de pronto la singularidad de lo visto por primera vez, a la que alude Calvino. De la fotografía, pues, a la pintura. De la más estricta figuración, a la más inquietante percepción de un paisaje urbano deshabitado y en el que parecen aflorar ciertos fantasmas.

Obra de José Juan Gimeno en la exposición 'Travel Art'. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

Obra de José Juan Gimeno en la exposición ‘Travel Art’. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

Resulta a este respecto igualmente apropiado el diálogo entre las obras en color, referidas a Nueva York y Maryland, y las difuminadas en blanco y negro, que aluden al encuentro con personas y detalles del viaje. Los fantasmas de las casas y fachadas estrechamente vinculados a esos otros diríase más explícitos, por la evocación sugerida en la tonalidad de grises. Fantasmas inscritos en las sombras de los bajos edificios de Maryland y en las fachadas de la gran metrópoli neoyorquina.

Obra de José Juan Gimeno en la exposición 'Travel Art'. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

Obra de José Juan Gimeno en la exposición ‘Travel Art’. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

Ximo Rochera, escritor y fundador de ediciones Canibaal, apunta en el texto que acompaña a la exposición otro detalle: “En la actualidad dejamos constancia de nuestros viajes en las redes sociales. Para José Juan Gimeno esto no es así”, ya que la muestra es “un cuaderno de viaje”, que “nos transporta junto a él en un recorrido apasionante”. Por eso incluye ciertos iconos en sus obras, a modo de guiño irónico que alude a la forma en que nos recomiendan ciertos alojamientos en las páginas de viajes. Las redes sociales interfiriendo la belleza plástica de los lugares sin duda contaminados por esa mirada turística.

Los cielos más bien apagados, de un azul y un gris mortecino, contrastan con las fachadas coloridas. Aún así, hay algo inquietante en todas esas casas y edificios. Como si el color no pudiera suplir la nostalgia que supuran esos paisajes deshabitados. Como si el exterior evocara los fantasmas interiores que nos asolan a quienes habitamos un mundo agitado al tiempo que vacío. A ese vacío se asoma José Juan Gimeno, tratando de llenarlo con la poesía que destila su pintura.

Obra de José Juan Gimeno en la exposición 'Travel Art'. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

Obra de José Juan Gimeno en la exposición ‘Travel Art’. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

Salva Torres

Géneros de la técnica y el espanto en ‘Arquitectura y Terror’

‘Arquitectura y Terror’, nº8 de la revista Canibaal
Colegio Mayor Rector Peset
Horno de San Nicolás 4, Valencia
Viernes 26 de mayo de 2017 a las 19:30

La revista valenciana Canibaal (Revista de Arte, Literatura y Filosofía del colmillo) presenta el viernes día 26 de mayo su octavo número, dedicado en esta ocasión a una sugerente doble temática: ‘Arquitectura y Terror’. Como ya viene siendo habitual, la presentación tendrá lugar en el Colegio Mayor Rector Peset de Valencia (Plaza del Horno de San Nicolás, 4), situado en pleno dentro del barrio de El Carmen. El acto dará comienzo a las 19:30.

Canibaal. Makma

Inma Coll (imagen de cubierta), Jesús Palacios, José Luis Jover, Juan Francisco Ferré, Bárbara Traver, Susi Lizondo o Álvaro Colomer son solo algunos de los más de 50 colaboradores (artistas plásticos, fotógrafos, pensadores, poetas y escritores) que han participado en un número en papel de más de 150 páginas. Se ha reflexionado de forma interdisciplinar sobre vanguardia, crisis y actualidad de la arquitectura, literatura y arte que tienen al terror como principal motivo y, finalmente, sobre algunas de las inquietantes intersecciones clásicas entre ambos temas: la mansión gótica, la Torre de Babel, el monumentalismo, con especial atención a confluencias actuales no exentas de una mirada crítica en términos sociales, morales y estéticos: los nuevos «muros», los campos de refugiados, la pervivencia de construcciones vinculadas a los totalitarismos.

Encrucijadas y confluencias que abarcan un número imaginativo de episodios y referentes: del cine de Hitchcock a Birdie de la Compañía Señor Serrano, Guantánamo, la valla de Melilla, casas del bosque, albergues incendiados en el corazón de Europa, el hotel Overlook (El Resplandor), la casa de los Usher de Poe, el «no lugar» del antropólogo Marc Augé, las ruinas, King Kong en la cumbre del Empire State y muchos otros.

Imagen del ínclito Hotel Overlook, edificación protagónica de 'El Resplandor' (Stanley Kubrick, 1980).

Imagen del ínclito Hotel Overlook, edificación protagónica de ‘El Resplandor’ (Stanley Kubrick, 1980).

Se consagra la polémica sección de crítica del delegado en España de FIPRESCI, Oscar Peyrou, sobre películas que no ha visto, el ensayo, la poesía y los ecos que el doble leitmotiv del número suscita en los ámbitos artístico, literario, musical y cinematográfico, así como las nuevas secciones de pensamiento con reflexiones en clave feminista (la metáfora del «techo de cristal») y socioeconómica: suburbans, Lager, espacios de ocio de acuerdo con la crítica ya clásica de Marcuse, metáforas arquitectónicas y clases sociales (J. G. Ballard), los Centros de Internamiento de Extranjeros o las Torres Gemelas de Nueva York.

Fotograma de la película 'King Kong' (Cooper & Schoedsack, 1933), aupado sobre el Empire State Buiilding de Nueva York.

Fotograma de la película ‘King Kong’ (Cooper & Schoedsack, 1933), aupado sobre el Empire State Buiilding de Nueva York. 

Literatura & Alcohol: el canibaal en el matadero

‘Literatura & Alcohol’
Ciclo organizado por la revista Canibaal
Slaughterhouse
Denia 22, Valencia
Miércoles alternos de cada mes a las 19:30

El ciclo ‘Literatura & Alcohol’ organizado por la revista valenciana de arte, literatura y filosofía (del colmillo) Canibaal, que se celebra quincenalmente en el local Slaughterhouse del barrio de Ruzafa (una antigua carnicería, precisamente), ha cumplido un año y sigue adelante con su programación.

Todo comenzó con la novela ‘Bajo el volcán, del escritor inglés Malcolm Lowry, y, en particular, con el hechizo dipsomaníaco de su mítico y bebedor protagonista, Geoffrey Firmin, un ex-cónsul británico tierno y alcohólico.

El poeta y novelista británico Malcolm Lowry supuso la génesis del ciclo 'Literatura & Alcohol', alumbrado por la revista Canibaal.

El poeta y novelista británico Malcolm Lowry supuso la génesis del ciclo ‘Literatura & Alcohol’, alumbrado por la revista Canibaal.

Sin embargo, la idea de hablar de forma distendida, pero sobria, de la relación entre el alcohol y la literatura, tuvo éxito y se sucedieron, una tras otra, breves charlas como copas de saber, con la parafernalia típica de la revista y del local que lo cobija bajo el tema de Tom Waits, ‘The piano has been drinking, a propósito de escritores y escritoras asociadas al alcohol (de Bukowski a Tenesse Williams, de Lope de Vega a Dylan Thomas, de Patricia Highsmith a John Fante).

‘Michi Panero’, por Pablo Miravet; ‘Charles Bukowski’, por Ximo Rochera; ‘Anne Sexton’, por Luci Romero; ‘Jay Gatsby: la luz verde al otro lado del botellón’, por Jesús García Cívico; ‘Gil de Biedma’, por Carmen Herrando; ‘Maldito malditismo: Celine’, por Cristina Llamedo; «Roland Topor’, por Aldo Alcota; ‘La cama de Tracey Emin’, por Sara Trujillo; ‘La taberna de Roque Dalton’, por Paco Inclán, ‘Dorothy Parker’, por Eva Peydró; ‘Borges que bebía agua’, por Oscar Peyrou; ‘Alejandra Pizarnick: el canto de una leprosa’, por Arturo Borra; ‘Marguerite Duras’, por Éncar Reig; ‘Sátira política italiana’, por Francesco Biondo; ‘Taneda Santoka’, por Danny Blackwell; ‘Teatro nipón y sake’, por Marinela Forcadell, ‘¿Es el talento inflamable? Dipsomanía y literatura’, por Bárbara Blasco.

Literatura & Alcohol. Makma

Las próximas citas previstas son:

‘Ilustrando entre bebedizos: sobre literatura, cómic y alcohol’, por Carlos Maiques (22 de marzo).

‘Migajas de pan etílico: Mohamed Chukri’, por José Ramón Alarcón (5 de abril).

‘¿Por qué los poetas beben como si no hubiera mañana? El caso de la Escuela de Barcelona bajo la lente de la microsociología interaccionista’, por David Barberá (19 de abril).

Instantánea doméstica del escritor rifeño Mohamed Chukri, cuya dipsomanía será objeto de aproximación en el ciclo 'Literatura & Alcohol'.

Instantánea doméstica del escritor rifeño Mohamed Chukri, cuya dipsomanía será objeto de aproximación en el ciclo ‘Literatura & Alcohol’.

 

 

 

Imágenes a 60 intensos segundos

‘60 segundos de luz’, de Fotolateras (Lola Barcia y Marinela Forcadell)
Ediciones Canibaal
La Llotja de Cànem (Castellón)
Miércoles 30 de noviembre
Fotolibrería Railowsky (Valencia)
Viernes 2 de diciembre de 2016

Una caja metálica con un agujerito por el que entra la luz y un trozo de papel fotográfico en su interior bastan para hacer fotografía. Las Fotolateras lo saben bien y han producido más de 4.000 imágenes con latas convertidas en cámaras estenopeicas, una de las técnicas más primitivas para hacer fotografía. Desde que “cocinaron” su primera fotolata en 2008, han perfeccionado la técnica y la han enseñado a más de 1.000 alumnos en lugares tan diversos como la Universitat de València, el Instituto Confucio o la London School of Economics. Tras ocho años viajando para ‘enlatar’ más de 50 ciudades de cuatro continentes, ahora editan su primer libro y cuentan toda su experiencia en ’60 segundos de luz’ publicado por la editorial Canibaal.

fotografía de Fotolateras. Imagen cortesía de Railowsky.

Fotografía de Fotolateras. Imagen cortesía de Railowsky.

Fotógrafas itinerantes, viajeras incansables y apasionadas de la técnica estenopeica, Lola Barcia Albacar y Marinela Forcadell Breva viajan con sus “cámaras” (construidas a partir de latas) ‘enlatando’ el mundo. De una manera calmada y serena, retienen imágenes de ciudades bulliciosas y vivas transportando en sus maletas 45 latas y todo lo necesario para construir sus clásicos laboratorios ambulantes alrededor del mundo. El libro ’60 segundos de luz’ es en parte una guía de viaje.

El libro incluye decenas de obras, expuestas, entre otros, en el Museo Príncipe Felipe de Valencia, la galería Kowasa de Barcelona o la Atrium Gallery de Londres y muestra cómo su técnica les permite ver las ciudades desde una perspectiva más reflexionada: la del tiempo que tarda cada imagen en “cocinarse” dentro de las latas, 60 segundos.

Desde una perspectiva didáctica, generosa en detalles, las Fotolateras explican en el libro cómo construir tu propia fotolata, cómo realizar las fotografías y cómo revelarlas. Además, ’60 segundos de luz’ incluye pinceladas de historia de la fotografía y los consejos aprendidos en ocho años de trayectoria en la búsqueda por la perfección técnica. Una búsqueda que las ha llevado a dividir el trabajo y especializarse cada una en un aspecto de la captación de imágenes: Lola es experta en encuadrar y Marinela en controlar el tiempo de exposición.

Pekín, fotografía de Fotolateras. Imagen cortesía de Railowsky.

Pekín, fotografía de Fotolateras. Imagen cortesía de Railowsky.

Su voracidad cultural y su necesidad de nuevos retos las han llevado a organizar numerosos proyectos de intercambio artístico como Beerlowsky, cerveza etiquetada con imágenes de diversos artistas o Versus, el proyecto en el que retaron a duelos fotográficos a diversos creadores culturales, fotógrafos, escritores o periodistas.

Con prólogo del periodista y crítico musical, Rafa Cervera, ’60 segundos de luz’ es, además, el tercer título de Ediciones Canibaal. Canibaal no es sólo el rótulo de la revista semestral, impresa e independiente de arte, literatura y filosofía (del colmillo) que ha publicado a artistas y escritores como Raúl Zurita, Esther Ferrer, Isabel Muñoz, Concha Prada, Artur Heras o Enrique Vila-Matas y que cuenta entre su consejo asesor con nombres como los de Carmen Calvo, Antonio Beneyto, Ferrer Lerín o Javier de Lucas, sino que es también una editorial caracterizada por un fino equilibrio entre riesgo, innovación y calidad. Ximo Rochera (Castellón, 1968) y Jesús García Cívico (Valencia, 1969) están detrás de esta facción Canibaal dedicada a libros de ficción, poesía y ensayo, así como a títulos de géneros híbridos y modernos como el que tenemos aquí.

La presentación del libro tendrá lugar el miércoles 30 de noviembre en la Llotja de Cànem de Castellón y el 2 de diciembre en la librería Railowsky de Valencia.

Cuenca, fotografía de Fotolateras. Imagen cortesía de Railowsky.

Cuenca, fotografía de Fotolateras. Imagen cortesía de Railowsky.

El aullido ubuesco de Aldo Alcota

Conversación con el artista y poeta chileno Aldo Alcota, con motivo de su reciente participación en Russafart 2016 y en la Revista de Arte y Literatura Canibaal

Merodear y reflexionar en torno de los turbios y densos cuerpos limítrofes que solidifican el encuentro entre obra -artística y literaria- y biografía exige aproximarse al inmediato devenir de individuos en sempiterno ejercicio atlético de su condición indisoluble, a perfiles sin descanso ni rutinas del ser, figuras volcanizantes que, aún dormitando, claman desde lo onírico una permanente vindicación de su fértil aullido.

Un complejo cómputo de estas contingencias existenciales cobran morfología natural en la figura de Aldo Alcota (Santiago de Chile, 1976), cuasi-inefable hombre de atributos ubuescos (un oremus por el disoluto patafísico Alfred Jarry) y radical cosmogonía de lo consuetudinario, cuya narración mítica palpita permanentemente en su conversación con la revista Makma.

Obra perteneciente a la serie 'Mundo Bruto' expuesta en IMT, para Russafart. Fotografía: Jose Ramón Alarcón.

Obra perteneciente a la serie ‘Mundo Bruto’ expuesta en IMT, para Russafart. Fotografía: Jose Ramón Alarcón.

EL ALIMENTO/ LA OBRA

Los galpones comerciales de IMT (Literato Azorín, 35) y L’envers Du Decor (Cuba, 43) han sido refugio material de una selección de la obra reciente del chileno, consecuencia de su participación nominal en la quinta edición de Russafart, que ha permitido exhumar su intervención plástica en desechos rudimentarios, gabinetes de computadoras, papel pintado y objetos efímeros -”me gusta intervenir cosas en desuso, revivirlas, darles una nueva vida”, así como diversos dibujos sobre cartones encontrados que procuran componer un mapa comunicativo propio del movimiento ‘L=A=N=G=U=A=G=E poets’ norteamericano, con Charles Bernstein, Hanna Weiner o Clark Coolidge a la cabeza -”todos hablando a la vez, con diferentes tipos de energía”-.

Alcota manifiesta sumarísimamente el influjo dominante y explícito de la Patafísica, el Dadaísmo, y el Surrealismo, o la heteróclita humedad de lo sótanos de Pierre Molinier y el Marqués de Sade, la irreverencia de Eduardo Haro Ibars y el puerto erótico y delictivo de Jean Genet, si bien “algún crítico diría que lo mío es un arte ubuesco, de lo monstruoso, de la deformación de la corporalidad”. A propósito de alguno de sus trabajos asevera que “este es un tiempo de fragmentación. Por ello no son cuerpos en su totalidad, sino fragmentos (…) una especie de laboratorio del desmembramiento”

Sobre los anaqueles del IMT reposa su impía serie ‘Mundo Bruto’, una colección de collage sobre el frágil soporte de bandejas alimentarias de cartón -”comencé a emplearlas como recurso en 2007”, que se aproxima a personajes ínclitos, dementes, chamanes y magos, políticos y beodos “que viven un delirio surrealista”, como es el caso de la presente secuencia de ministros del Imperio británico extraídos de una enciclopedia sobre la época victoriana. “Trabajo sin boceto, soy primitivo, arrojo todo, papel, tinta y pintura (…) me seduce la precariedad del soporte mínimo, povera, de una bandeja para comer. Mi arte es alimenticio. Los ojos devoran la imagen”, es por ello que postula “que el ojo sea una mandíbula para comer imágenes”.

Detalle de varias piezas de Aldo Alcota expuestas en L’envers Du Decor, para Russafart. Fotografía: Jose Ramón Alarcón.

Detalle de varias piezas de Aldo Alcota expuestas en L’envers Du Decor, para Russafart. Fotografía: Jose Ramón Alarcón.

SANTIGO DE CHILE/ DERRAME/ LA GÉNESIS

Reflexionar sobre el raquis teleológico de la obra de Alcota exige recurrir, de un modo ineludible, al denominado contexto de producción, acudir al origen del primer destello, que en el caso del autor capitalino -hijo de la dictadura, en tanto que nacido en pleno Régimen Militar, comandado por el general Augusto Pinochet- se remonta a una adolescencia perfilada por el influjo de uno de sus profesores de Liceo, Luis Reyes, quien le inoculó el ímpetu de salir de Chile y viajar al Viejo Continente -”había estado en Francia, en París, hablaba de arte en sus clases, de Salvador Dalí y de Miguel Ángel”-.

Con posterioridad, Aldo Alcota cursa estudios de periodismo en la Universidad Andrés Bello de Chile y se fraguan con ahínco sus inquietudes primigenias. Con los escritores y poetas Rodrigo Hernández, Rodrigo Verdugo y Roberto Yáñez Honecker -nieto del ínclito y denostado Jefe de Estado de la RDA-, entre otros, funda en 1999 la revista ‘Derrame’, que nomina al homónimo y ulterior grupo surrealista y cuyo título procede anecdóticamente “de haberse derramado una copa de vino sobre un libro de Vicente Huidobro”; sobre ella asevera que “algún día será leyenda”. ‘Derrame’ supervive durante ocho números, en los que se homenajea al surrealista portugués Cruzeiro Seixas y se dan cita nombres como Joan Brossa, Chema Madoz, Rosamel de Valle, el Grupo Mandrágora o Carlos de Rokha, con la pretensión, en muchos casos, de retomar la atención sobre figuras postergadas injustamente al olvido literario y artístico.

Paralelamente, irrumpe en la existencia de Alcota la agreste y nicotínica presencia de la poeta de la Generación del 50 chilena Stella Díaz Varín, popularmente conocida como La Colorina y determinante musa de Alejandro Jodorowsky; “la conocí en la Feria del Libro de Santiago de Chile. Yo había estado ese día con José Donoso (…) fue una de mis maestras. Se pintaba el pelo de color verde y llevaba un tatuaje de una calavera atravesada por un puñal (…) murió en 2006, tras diez años de amistad”. Acerca de Stella afirma que “era un vendaval, fuerte, capaz de golpear a un hombre. Allí golpeó a muchos escritores que la ninguneaban. En Chile se hablaba de esas anécdotas, que era buena para el boxeo (…) siempre he querido reivindicar su figura como poeta”.

De su etapa santiaguesa recuerda su primera exposición individual, en 2001, bajo el título ‘Jarry Monster’, en la que el escritor y crítico de arte italiano Enrico Baj le dedica unas palabras de ensalzamiento de su naturaleza ubuesca. Mención ineludible merece rememorar la censura de su obra en una exposición en el Instituto Chileno Norteamericano de Cultura, en 2004, según recoge el diario Tiempo Libre: “Tras detectar la presencia de minúsculos penes y senos en alguna de las composiciones del autor, el Instituto Chileno Norteamericano de Cultura intentó excluir esas obras. Ante ello, el artista decidió abortar el montaje”.

Diversas imágenes del álbum personal de Aldo Alcota. De izquierda a derecha, con Anne Éthuin, Édouard Jaguer, Stella Díaz Varín, Carlos Sedille y Jean Benoît. Fotografías cortesía del artista.

Diversas imágenes del álbum personal de Aldo Alcota. De izquierda a derecha, con Anne Éthuin, Édouard Jaguer, Stella Díaz Varín, Carlos Sedille y Jean Benoît. Fotografías cortesía del artista.

PARÍS/ LA ARCADIA SURREALISTA

Portando su reciente licenciatura, se traslada por primera vez a Europa -”mis padres, quienes me han apoyado mucho y a quienes admiro, me regalan el viaje”- y recala en París durante cuatro meses con un visado de turista que no osa mancillar -”intenté quedarme pero no tuve la valentía de permanecer como ilegal (…) qué hubiera sido de mí si me hubiera quedado en París”-. Allí se hospeda en la casa de uno de los miembros del Grupo Surrealista Derrame, el franco-peruano Carlos Sedille, periplo sobre el recuerda que “fui a su casa en la afueras. Tuve una relación delirante con su padre, un veterano de la guerra de Argelia, lepeniano y obsesionado con Napoleón”.

En París contacta con el eximio escultor surrealista Jean Benoît, quien “fue uno de los grandes amigos de Jodorowsky”. Benoît es recordado, entre otras singularidades, por su confección de insólitos trajes, como el de su pieza ‘El testamento del Marqués de Sade’, en el marco de la Exposición Internacional de Surrealismo -“en el apartamento de Joyce Manosur hizo un ceremonial primitivo-surrealista y con un hierro candente se marcó en el pecho las iniciales de Sade, secundado por Matta (Roberto)”, ante la presencia de André Breton-. Sobre una de sus creaciones (‘El traje del necrófilo’), Alcota escribe para la revista satírica chilena The Clinic. Con Benoît comparte una experiencia con un apurado desenlace superviviente: “Acudíamos a una exposición de Roberto Matta, Jorge Camacho y Gerardo Chávez. Benoît me invita a beber cerveza en un bar, vamos borrachos por París y casi nos arroya un autobús. Fue una experiencia alucinante”.

Igualmente, mantiene relación con el poeta y crítico de arte parisino Édouard Jaguer, a quien “todos los martes lo veía. Cenaba una botella de vino con galletas” y entabla relación con el pintor surrealista cubano Jorge Camacho y su esposa Margarita -”sabía de él por referencias enciclopédicas (…) pensaba que algún día lo conocería”. En el transcurso de una exposición y ante un cuadro de André Michaux, conversan acerca de la propia obra de Alcota y Camacho le reporta una sugerencia determinante a partir de entonces: “tienes que deformar más (…) y empecé a deformar las figuras”.

Por mediación de los Camacho y el auxilio de “una joven húngara que trabajaba en una galería parisina” se aproxima a la obra del poeta cubano Reinaldo Arenas, erigido desde entonces en una referencia. “Margarita Camacho me regaló ‘Antes que anochezca”, la celebrada autobiografía del autor. “Hay una frase de Arenas que me ha impactado mucho: yo escribo por venganza”; esto supone la revelación de un escritor a la contra que “yo comparto” -”Camacho (Margarita) decía que era un genio”-. Años después, conoce en Valencia al escritor cubano Juan Abreu, amigo y figura decisiva de Reinaldo y compañero de la denominada Generación del Mariel, en referencia al Éxodo del Mariel, que supuso el exilio masivo de cubanos hacia el puerto de Miami, en 1980.

Imagen de varias publicaciones y referencias del archivo personal de Aldo Alcota. Fotografía: Jose Ramón Alarcón.

Imagen de varias publicaciones y referencias del archivo personal de Aldo Alcota. Fotografía: Jose Ramón Alarcón.

EL MEDITERRÁNEO/ PENÚLTIMO PUERTO/ COLMILLO CANIBAAL

En 2007 arriba en Valencia -tras los fortuitos e inesperados pasos de su hermano Miguel Ángel, chef de referencia afincado en Londres, en la actualidad- matriculado como visitante en la Facultad de Bellas Artes de San Carlos y posteriormente cursa un máster de gestión cultural. Acerca de esta experiencia Alcota manifiesta que “vine con otra concepción del arte. Había una práctica muy fanática por artistas como Antonio López, pero yo llegaba con otro discurso, influido por Roberto Matta, el arte primitivo o Basquiat”. De esta etapa recuerda las clases de Enrique Tormo, “de Arte Africano y Arte de Oceanía. También a Facundo Tomás, un hombre provocador, gran teórico del arte. Llevó una exposición sobre el Equipo Crónica a Chile y allí pude verla”, años atrás. Con ulterioridad, trabaja en el MUVIM en calidad de becario durante dos años y medio -”gané experiencia museística. Viví todo el conflicto con Román de la Calle”.

Tras este período “conocí a Ximo Rochera (director de la Revista de Arte y Literatura Canibaal) en el taller de literatura LAB, en la galería Imprevisual (dirigida por el cubano Arístides Rosell). Lo impartía Manuel Turégano (editor del sello Contrabando). Allí coincidí con Fran Amador Luna, Bárbara Blasco y Edu Reptil”, entre otros. Entablada la relación con Turégano, publica su primer poemario ‘Guayacan/ Virgen Bacon’ en Contrabando, tras haber formado parte de la antología ‘Por donde pasa la poesía’ (Baile del Sol Ediciones). Por su lar valenciano han transitado diversos poetas latinoamericanos, como Héctor Hernández Montecinos o Enrique Winter, amén de poetas visuales como el catalán JM Calleja, lo que le ha permitido “reconciliarme con la poesía. Puedo afirmar que en Valencia me he iniciado como tal”.

2013 supone la génesis de la revista Canibaal, comandada desde sus orígenes por Ximo Rochera y en la que Alcota ha sido director de arte y ahora colaborador y corrector, en compañía de Sergio Pinto Briones -”gran amigo, con quien he hecho diversas performance”. En la actualidad, forman parte del equipo directivo de Canibaal Jesús García Cívico y Pablo Miravet, “compañero de andanzas nocturnas, con quien realizo grandes homenajes a Lou Reed, Candy Darling (transexual amiga de Dalí y Capote, actriz en las películas de Andy Warhol) y Michi Panero.

Portada del número 6 de la Revista Canibaal, 'Carne y Metaliteratura'. Fotografía cortesía de la revista.

Portada del número 6 de la Revista Canibaal, ‘Carne y Metaliteratura’. Fotografía cortesía de la revista.

Fruto de la referencia al ciclo ‘Literatura y alcohol’, desarrollado por Canibaal, durante los meses precedentes, en la conspicua carnicería literaria Slaughterhouse, Alcota repasa su propio devenir etílico, determinante en su proceso de extraversión: “el alcohol es un excitante para poder hablar. Desde pequeño sufro de una pequeña tartamudez. Cuando bebo puedo leer ante el público, entro en un mundo de excitación y de delirio. Me siento como ‘El barco ebrio’ de Rimbaud, la alucinación de Bukowski. Con Stella (Días Varín) bebía mucho. Suponía olvidarse un poco de la crudeza del mundo, entrar en otra fase, de tranquilidad y de excitación a la vez, de catarsis (…) es como si estuviera aquí el dios Pan y todo empezara a enloquecer”.

Por Canibaal han transitado nombres decisivos como Nazario Luque Vera  -”conocer a Nazario ha sido uno de los momentos más grandes de mi vida. Caminar con él por barrio gótico barcelonés en compañía de Ximo Rochera (…) imaginar la Barcelona de Ocaña y Camilo…”-, Ana Curra o Enrique Vila-Matas, sobre el que recuerda que “pude conocerlo en la Feria del Libro de Santiago de Chile en 2002. Le regalé un cuaderno mío de poesía y dibujos (…) tiempo después me escribió un mail en el que me decía: he pensando en ti. Espero que te vaya bien”. Este encuentro pudo fructificar años más tarde, cuando Alcota le requiere para escribir en la revista -”desde entonces es un colaborador absoluto de Canibaal”.

A propósito del último número de la revista, ‘Carne y metaliteratura’, concluye que “el siglo XX, tan violento, ha supuesto una gran representación de la carne y la corpolaridad desgarrada, un colmillo canibal que devora a unos y a otros. La revista va acorde con los tiempos. Como afirma Woody Allen: el mundo es un gran restaurant”. En base a estos precedentes, Aldo Alcota no dubita en confesar que “el gran tema de hoy es el hambre, el físico y el espiritual”.

El artista y poeta Aldo Alcota, frente a una de sus obras expuesta en IMT, para Russafart. Fotografía: Jose Ramón Alarcón.

El artista y poeta Aldo Alcota, frente a una de sus obras expuesta en IMT, para Russafart. Fotografía: Jose Ramón Alarcón.

Jose Ramón Alarcón