Tres hombres torpemente seguros

La defensa del dragón, de Natalia Santa
Sección Oficial de Largometrajes
Festival Internacional de Cine de Valencia – Cinema Jove
Del 23 de junio al 1 de julio de 2017

Tan inequívocamente seguros, ya sea jugando al ajedrez, al frente de una pulcra relojería o suministrando productos homeopáticos, como torpemente inseguros en lo afectivo. Así son los tres protagonistas de La defensa del dragón, la película de la colombiana Natalia Santa, que Cinema Jove presenta en su sección oficial de largometrajes. Para seguirlos en ese proceder metódico, la directora hace lo propio manejando la cámara como si tuviera miedo de incomodar la rutina de sus personajes. Es así, suavemente, como logra penetrar en sus vidas, revelando la melancolía que apenas logran tapar a base de un comportamiento lógico.

Fotograma de 'La defensa del dragón', de Natalia Santa. Imagen cortesia de Cinema Jove.

Fotograma de ‘La defensa del dragón’, de Natalia Santa. Imagen cortesia de Cinema Jove.

Si en Sexy Durga, la provocadora película de Sanal Kumar Sasidharan, también a competición en Cinema Jove, la inquietud procede de una violencia oscura explícitamente puesta en escena, en La defensa del dragón, la inquietud es producto de una violencia interior domesticada que, no obstante, aflora en cierto momento del filme, justo cuando la sexualidad de Samuel (Gonzalo de Sagarmínaga) y Marcos (Manuel Navarro) es puesta en entredicho. Entonces, ambos se enzarzan, en la única secuencia manifiestamente violenta.

Santa, haciendo honor a su apellido, se entrega a sus personajes, sin juzgarlos, para extraer de ellos el patetismo que sus respectivas vidas profesionales disimulan. Es en el interior de sus hogares, más bien casas a las que les falta precisamente el aroma del afecto comprometido, donde estos tres hombres revelan su fracaso: Samuel, maestro del ajedrez, perdiendo cada partida emocional que le ofrece la vida (le llegara a decir al marido de su ex esposa que jugar al ajedrez es lo único que sabe hacer); Joaquín, intentando sacar adelante su relojería, teniendo que planchar la cama por las noches para combatir el frío lecho, y Marcos, el médico homeópata, tapando el insomnio con póker y drogas.

Fotograma de 'La defensa del dragón', de Natalia Santa. Imagen cortesía de Cinema Jove.

Fotograma de ‘La defensa del dragón’, de Natalia Santa. Imagen cortesía de Cinema Jove.

La masculinidad de estos tres hombres, sin duda alicaída, queda compensada por su amistad, a la que se aferran y de la que extraen la energía que les impide caer definitivamente en el pozo de la melancolía. Un club de ajedrez, un casino y una cafetería son los escenarios por donde transcurren sus vidas, que Santa sigue en todo momento con pulso templado, acorde con la vitalidad apagada de sus tres protagonistas.

La defensa del dragón transcurre con cadencia, paso a paso, lentamente, creando las condiciones necesarias para que el menor atisbo de luz pueda colarse por alguna rendija de tan metódicas vidas. Natalia Santa, he ahí su mayor virtud, parece saber aguardar con paciencia ese momento. De hecho, son muchos los instantes que lo anticipan y que la cámara registra colocándose allí donde ciertas chispas saltan: un cuadro colgado de la pared, una paloma en la ventana, una puerta a punto de abrirse… Detalles que convierten a la Bogotá de la película y a estos tres hombres en radiografía de un tiempo marchito al que corresponde esa masculinidad vencida, y a la que Santa parece ofrecer una salida, por tenue que ésta sea.

Fotograma de La defensa del dragón, de Natalia Santa. Imagen cortesía de Cinema Jove.

Fotograma de La defensa del dragón, de Natalia Santa. Imagen cortesía de Cinema Jove.

Salva Torres

Sexy Durga, de la veneración al acoso

Sexy Durga, de Sanal Kumar Sasidharan
Sección Oficial de Largometrajes
Festival Internacional de Cine de Valencia – Cinema Jove
Del 23 de junio al 1 de julio de 2017

Una joven pareja huye de la ciudad caminando de noche por una carretera en el sur de la India. En su avance, Kabeer y Durga son recogidos por un coche, cuyos ocupantes se ofrecen a llevarles a la estación de tren que buscan para poner tierra de por medio. Ya desde el principio, se establece una relación incómoda a causa del carácter provocador de quienes conducen el vehículo. Paralelamente, vemos cómo se celebran unos festejos en honor a la diosa Durga, en los que algunos hombres, tras alcanzar cierto trance bailando, son suspendidos de ganchos atravesados en sus espaldas, siendo paseados por el pueblo. Estas dos secuencias, el de la escapada nocturna y el del extraño ritual, se van complementando a lo largo de la película, estableciéndose sugerentes paralelismos.

Fotograma de Sexy Durgan. Imagen cortesía de Cinema Jove.

Fotograma de Sexy Durga. Imagen cortesía de Cinema Jove.

El primero y principal tiene que ver con el nombre invocado en ambas situaciones. Durga es la diosa venerada, a la que se entregan en sacrificio los hombres del festejo ritual, como Durga es la muchacha que se siente acosada por los ocupantes de la furgoneta. Cierta violencia atraviesa ambas escenas: la violencia contra el propio cuerpo, cuyo éxtasis se vincula a la devoción profesada hacia la diosa, y la violencia, más verbal que física, de los hombres hacia la pareja en ese trayecto nocturno que parece inacabable.

Sanal Kumar Sasidharan, director de Sexy Durga, con la que compite en la sección oficial de largometrajes de Cinema Jove, juega con ambas violencias, creando un ambiente opresivo que la cámara no deja de subrayar con sus movimientos alrededor de esos cuerpos y de esa noche infinita. El rito asociado a la mítica diosa queda rebajado al nivel de lo más áspero y prosaico en la realidad atosigante de la pareja fugitiva. De manera que el ritmo repetitivo de los tambores festivos, deja paso al metal ácido de la música que acompaña a los ocupantes de tan siniestra furgoneta. Y así, ligados ambos universos, vemos desplegarse una violencia que, al igual que les sucede a Kabeer y Durga, el espectador percibe como terriblemente extraña.

Fotograma de Sexy Durgan. Imagen cortesía de Cinema Jove.

Fotograma de Sexy Durga. Imagen cortesía de Cinema Jove.

Sasidharan, al introducir el adjetivo sexy al nombre de Durga, no hace más que movilizar esa violencia, que no termina de recaer sobre la pareja protagonista, a modo de juego tan macabro como irónico. Un juego que va del propio rito, a estas alturas percibido como mero trasunto folclórico, al temor ¿infundado? de los jóvenes huidizos. Una película intensa, inquietante, que el director indio conduce con soltura y sarcástica mirada. De la veneración a la diosa Durga, Sasisdharan pasa a esa otra Durga más terrenal, tan acosada por los extraños ocupantes como por sus propios miedos.

Fotograma de Sexy Durga. Imagen cortesía de Cinema Jove.

Fotograma de Sexy Durga. Imagen cortesía de Cinema Jove.

Salva Torres

Elena López, de Cannes a su Cinema Jove

Programación de Cinema Jove
Festival Internacional de Cine de Valencia
Del 19 al 26 de junio de 2015

Sucedió porque sí. Jamás se pretendió que ocurriera a la fuerza. Lo cierto es que la 30 edición del Festival Internacional de Cine de Valencia ha batido su récord en cuanto a la presencia de cortometrajes españoles, al tiempo que hay un 50% de largometrajes dirigidos por mujeres. Entre ellas, una muy singular: Elena López Riera, cuyo corto ‘Pueblo’, con el que se presenta a Cinema Jove, fue seleccionado en la Quincena de Realizadores nada menos que del Festival de Cannes.

Fotograma de 'Pueblo', de Elena López Riera, cortometraje a concurso en Cinema Jove 2015.

Fotograma de ‘Pueblo’, de Elena López Riera, cortometraje a concurso en Cinema Jove 2015.

Vieja conocida de la casa, puesto que durante años formó parte del certamen valenciano en calidad de programadora, vuelve a Valencia dentro la Sección Oficial de Cortometrajes. La centenaria revista Variety, por si fuera poco, la considera una de los diez cineastas españoles con mayor proyección. ‘Pueblo’ narra la vida de unos jóvenes, a caballo entre las procesiones religiosas de Semana Santa y las procesiones nocturnas en busca de emociones más terrenales. Aunque entre unas y otras el límite a veces se confunda.

Fotograma de 'Bienvenidos', de Javier Fesser, cortometraje a concurso en Cinema Jove.

Fotograma de ‘Bienvenidos’, de Javier Fesser, cortometraje a concurso en Cinema Jove.

Como vuelve 20 años después, Javier Fesser, esta vez con Bienvenidos, el corto con el que ha logrado ya varios premios. Aún se le recuerda en Cinema Jove por sus trabajos Aquel ritmillo y El secdleto de la tlompeta. En esta ocasión, regresa para contarnos las dificultades de algunos niños para llegar a su escuela, situada a más de tres horas de camino. Difícil lo tiene el jurado compuesto por el actor y director alcoyano Pau Durà, el escritor y productor iraní Mahmoud Reza Sani y la directora polaca Anna Kazejak, para otorgar el premio al mejor corto, de entre los 56 seleccionados de 28 nacionalidades.

No menos dura es la competencia por lograr el Premio Luna de Valencia al mejor largometraje. Diez películas, todas ellas atravesadas por una misma lucha, la de reinsertarse en “un mundo carcomido por la crisis, ya no sólo económica sino de valores”, según describen sus programadores (César Campoy, Jorge Castillejo y Antonio Llorens), optan al galardón. “La mitad de esas diez películas ha sido realizada por mujeres”, explicó Rafael Maluenda, director de Cinema Jove. Eso sí, quiso dejar claro que las películas se seleccionan “por su calidad, al margen de que luego detrás de la cámara haya un hombre o una mujer”.

CIMA Valencia, Asociación de Mujeres Cineastas y de Medios Audiovisuales, otorgará por primera vez un premio al mejor largo o corto realizado por una mujer. Paqui Méndez, en representación de la asociación, adelantó que para esta primera cita en colaboración con el certamen valenciano se contará con la presencia de Josefina Molina, Presidenta de Honor de CIMA.

Fotograma de 'A Minor Leap Down', de Hamed Rajabi, largometraje a concurso en Cinema Jove 2015.

Fotograma de ‘A Minor Leap Down’, de Hamed Rajabi, largometraje a concurso en Cinema Jove 2015.

Las actrices Olimpia Melinte y Lolita Chammah y el actor Jorge Roelas deberán elegir como jurado entre películas de diferentes países y directores, algunos de los cuales presentan su ópera prima, como el sueco Ronnie Sandahl (Underdog), el iraní Hamed Rajabi (A Minor Leap Down), la italiana Laura Bispuri (Sworn Virgin), la sueca Carolina Hellsgard (Wanja) o la francesa Sophie Artus (Valley). Películas realizadas muchas de ellas en coproducción, “signo de los tiempos”, subrayó Maluenda.

El director de Cinema Jove, para periodistas no especializados y público en general, advirtió que aunque muchos de estos realizadores son “menos mediáticos” que los de otros festivales, son “cineastas brillantes” sobre los que el Festival de Valencia “pone el foco” para darlos a conocer en España. He ahí el espíritu de Cinema Jove, en consonancia con las cualidades de la juventud: “Riesgo, inconformismo formal y temático, directores que buscan su propio camino”, concluyó Maluenda.

Fotograma de 'Pueblo', de Elena López Riera, cortometraje a concurso en Cinema Jove.

Fotograma de ‘Pueblo’, de Elena López Riera, cortometraje a concurso en Cinema Jove 2015.

Salva Torres

‘Cherry Pie’ y ‘Matka’, ganadoras en Cinema Jove

‘Cherry Pie’, de Lorenz Merz: Premio Luna de Valencia al Mejor Largometraje
‘Matka’, de Lukas Ostalski: Premio Luna de Valencia al Mejor Cortometraje
Festival Internacional de Cine de Valencia – Cinema Jove
Del 20 al 27 de junio

El premio Luna de Valencia de la 29ª Edición del Festival Internacional de Cine de Valencia – Cinema Jove ha recaído en la película suiza Cherry Pie, de Lorenz Merz, según dio a conocer Rafael Maluenda, director del certamen valenciano. Una película “con momentos muy poéticos, con una apuesta formal muy rompedora”, según afirmó Juan Manuel Chumilla-Carbajosa, miembro del Jurado de la Sección Oficial de Largometrajes. Por su parte, la Luna de Valencia al Mejor Cortometraje fue a parar a la película polaca Matka, de Lukas Ostalski, que a juicio del jurado es una historia contundente, muy bien rematada y muy bien interpretada.

Juan Manuel Chumilla-Carbajosa, la suiza Christine Repond y la macedonia Teona Strugar Mitevska, directores de cine y miembros del jurado de la Sección Oficial de Largometrajes, han coincidido en destacar Cherry Pie porque crea una serie de atmósferas y sensaciones que la alejan de lo convencional. “La película juega más con la sugerencia que con la narración y, además, ha conseguido emocionar al jurado y que eso es lo más difícil en películas que también toman ese camino narrativo tan poco ortodoxo”, afirmó Chumilla-Carbajosa.

Lolita Chammah, en un fotograma de 'Cherry Pie', de Lorenz Merz, Premio Luna de Valencia. Imagen cortesía de Cinema Jove.

Lolita Chammah, en un fotograma de ‘Cherry Pie’, de Lorenz Merz, Premio Luna de Valencia al Mejor Largometraje. Imagen cortesía de Cinema Jove.

Cherry Pie, ópera prima del suizo Lorenz Merz, está interpretado por Lolita Chammah, Fionella y Orfeo Campanella, entre otros, y narra la historia de Zoé, una joven que quiere huir de sí misma. En su viaje hacia el norte se sube a un ferry, donde una misteriosa mujer desaparece de repente. Con un estilo austero y prácticamente sin diálogos, una cámara en mano le sigue a través de carreteras, gasolineras o estaciones de servicio. Se trata de un experimento muy arriesgado y totalmente independiente. Según su director Lorenz Merz: “Mi intención era hacer cine con las necesidades más básicas y sin presión. Un hombre, una cámara y una actriz, porque el modo en que miras las cosas es a menudo más importante que lo que estás mirando en sí”. El largo recibirá los 30.000 euros que otorga el premio para su distribución.

Fotograma de 'Matka, de Lukas Ostalski, Premio Luna de Valencia al Mejor Cortometraje. Imagen cortesía de Cinema Jove.

Fotograma de ‘Matka, de Lukas Ostalski, Premio Luna de Valencia al Mejor Cortometraje. Imagen cortesía de Cinema Jove.

La directora Laura Pinto, la actriz Malena Alterio y el director Ferenc Cakó, jurados de la Sección Oficial de Cortometrajes, han destacado Matka por contar una historia valiente sobre la familia y las drogas. Una historia con un final contundente que te deja marcado. Matka, de Lucasz Ostalski, narra cómo Malgorzata -una reputada política- se dirige a su casa en el lago porque su hijo –drogadicto- necesita su ayuda. Malgorzata le pide apoyo a su hija. En casa encuentran al hijo semiinconsciente y el cuerpo destrozado de una joven. El cortometraje recibirá un premio valorado en 8.000 euros para el director del mismo.

Palmarés 29ª Edición del Festival Internacional de Cine de Valencia – Cinema Jove:

Luna de Valencia al Mejor Largometraje: ‘Cherry Pie’ (Lorenz Merz, Suiza, 2013).

Luna de Valencia al Mejor Cortometraje: ‘Matka’ (Lukasz Ostalski, Polonia, 2014). Mención Especial del Jurado de Largometrajes: ‘Obietnica’ (Anna Kazejak, Polonia, 2014).

Mención Especial del Jurado al mejor cortometraje documental: ‘La larme du bourreau’, de Layth Abdulamir.

Mención Especial del Jurado al mejor cortometraje de animación: ‘Nashorn im Galopp’, de Erik Schmitt.

Mención Especial del Jurado al mejor cortometraje de ficción: ‘O umbra de nor’, de Radu Jude.

Premio Pecera Estudio al cortometraje español con mejor sonido:

‘Subterráneo/Underground’, de Miguel A. Carmona, España, 2014

Premio Canal+ al mejor cortometraje: “’Boles’, de Spela Cadez.

Premio Grupo Pasarela Audiovisual al mejor director de cortometraje de producción valenciana, consistente en trabajos de iluminación: ‘Bikini’, de Óscar Bernacer.

‘Cherry Pie’: ver crítica en:

https://www.makma.net/cherry-pie-a-la-deriva/

Lolita Chammah, de espaldas, en un fotograma de 'Cherry Pie', de Lorenz Merz, Premio Luna de Valencia de Cinema Jove.

Lolita Chammah, de espaldas, en un fotograma de ‘Cherry Pie’, de Lorenz Merz, Premio Luna de Valencia al Mejor Largometraje de Cinema Jove.

 

 

Cherry Pie, a la deriva

Cherry Pie, de Lorenz Merz
Sección oficial de largometrajes
Festival Internacional de Cine de Valencia – Cinema Jove
Del 20 al 27 de junio

Si Violet, de Bas Devos, nos mostraba el grado de melancolía de un quinceañero abatido por la muerte de un amigo, Cherry Pie, de Lorenz Merz, lleva esa melancolía al extremo. En la primera, la angustia no alcanza el paroxismo porque el joven, aunque a duras penas, siente cierta compañía. Nada de eso le sucede a Zoé (Lolita Chammah), que arranca la película huyendo crispada de un apartamento y su trayecto hacia ningún lugar lo hará en la más absoluta soledad. Ambos directores plasman esa melancolía mediante planos de interiores, paisajes y lugares prácticamente vacíos, fruto del ensimismamiento de sus protagonistas, pero Merz lleva esa poética del alma herida al más hondo desgarro emocional.

Fotograma de la película 'Cherry Pie', de Lorenz Merz. Cinema Jove.

Fotograma de la película ‘Cherry Pie’, de Lorenz Merz. Cinema Jove.

“Yo soy este lugar”, escuchamos decir a Zoé. También: “Soy una niña que aún no ha nacido”. Zoé, en su huida crispada, se siente parte del paisaje, porque en el fondo ansía alcanzar, aunque se tome su tiempo, ese vacío existencial que antecede al nacimiento y prolonga definitivamente la muerte. De eso, he ahí la angustia, sabemos igualmente en vida; en esos instantes de impotencia que suelen ir acompañados del sinsentido del lenguaje. Por eso Zoé llega a decir: “Lo que oigo no es lo que oigo”. Las palabras que escucha dejan de tener sentido.

Lorenz Merz acompaña a la protagonista de su película en ese trayecto a la deriva. Se pega a ella, para mostrarnos su crispación, abandono, rabia y apatía, mediante inquietos movimientos de cámara y una mirada enfocada toda ella a ilustrar el sinsentido del viaje hacia ninguna parte emprendido por Zoé. Hay momentos en los que no sabemos si la joven está viva o muerta, lanzando pensamientos deshilvanados que parecen proceder de una criatura venida del más allá. En el fondo se trata de eso: de hacernos ver lo que siente alguien que, sin estarlo, vaga como el muerto que ya prácticamente es.

Lolita Chammah en un fotograma de 'Cherry Pie', de Lorenz Merz. Cinema Jove.

Lolita Chammah en un fotograma de ‘Cherry Pie’, de Lorenz Merz. Cinema Jove.

Tampoco la realidad con la que se va encontrando Zoé ayuda a despejar la incógnita del por qué de su deriva. O sí. Cuando la joven entra de noche en una casa, para sentarse sigilosa junto a un matrimonio que ve la tele sin percatarse de su presencia, sentimos que los fantasmas están por todas partes; que el mundo de los vivos está sospechosamente dormido, alienado, cariacontecido. Lorenz Merz se limita a levantar acta de esa defunción con su cámara, dejando que sea esa cámara la auténtica protagonista de una historia sin relato posible.

Zoé irá de aquí para allá, usurpando incluso el lugar de una mujer desaparecida, dejando que el aire, como a una hoja, la lleve de un sitio a otro. No espera nada de la vida, máxime cuando ésta sólo le va mostrando personajes a los que poco parece importarles esa vida. Personajes abúlicos, suicidas, derrotados, violentos. Sólo el pastel de cerezas (cherry pie) al que alude el título de la película, parece ofrecer cierta tregua en ese trayecto desencantado.

Lo demás es una concatenación de imágenes que, como los pensamientos sueltos y amargos de Zoé, muestran el desgarro existencial de una mujer sin punto de retorno. No hay hogar, ni siquiera casa a la que regresar, porque un tal Toma (al que nunca veremos) ya le advirtió al dejarle que su puerta se cerraba para siempre. A la deriva, sintiendo la intemperie en su cuerpo, Zoé dejará que la cámara de Lorenz Merz la explore en su extrema melancolía.

Lolita Chammah en un fotograma de la película 'Cherry Pie', de Lorenz Merz. Festival Internacional de Cine de Valencia - Cinema Jove.

Lolita Chammah en un fotograma de la película ‘Cherry Pie’, de Lorenz Merz. Festival Internacional de Cine de Valencia – Cinema Jove.

Salva Torres

Silmäterä: ¡Peligro, mujer protectora!

Silmäterä, de Jan Forsström
Sección oficial de largometrajes
Festival Internacional de Cine de Valencia – Cinema Jove
Del 20 al 27 de junio

Madre no hay más que una, pero cuando su figura se engrandece hasta querer abarcarlo todo, siendo más-que-una la totalidad, surgen los problemas. Problemas para el hijo que, de sentirse protegido, pasa a reclamar el aire que le falta por tan asfixiante delirio de seguridad. Silmäterä, del director finlandés Jan Forsström, narra el caso de una de esas madres sobreprotectoras. Marja (Emmi Parviainen) es una madre soltera feliz de tener para sí a su hija Julia (Luna Leinonen Botero). Hasta que llega Kamaran (Mazdak Nassir) reclamando su paternidad, para desatar en ella un irracional estado de sitio en defensa de su queridísima hija.

Emmi Parviainen (izquierda) y Luna Leinonen Botero en un fotograma de 'Silmäterä', de Jan Forsström. Cinema Jove.

Emmi Parviainen (izquierda) y Luna Leinonen Botero en un fotograma de ‘Silmäterä’, de Jan Forsström. Cinema Jove.

Silmäterä se presentó a concurso en Cinema Jove después de que lo hiciera la rumana Roxanne, de Vali Hotea. Merece la pena su visionado una al lado de la otra, porque de la comparación entre ambas películas saltarían chispas en un debate posterior. En ambas hay dos hombres solicitando su justa paternidad, pero el destino de los acontecimientos es muy distinto en una y otra. En Silmäterä, Kamaran es despreciado como padre de esa hija, lo cual provoca sucesivos desatinos en la mente de Marja, mientras en Roxanne, la paternidad reclamada va encontrando apoyos, por dolientes que sean, en pos de una verdad que se le trata de ocultar.

Emmi Parviainen en un fotograma de 'Silmäterä', de Jan Forsström. Cinema Jove.

Emmi Parviainen en un fotograma de ‘Silmäterä’, de Jan Forsström. Cinema Jove.

Silmäterä, he ahí su principal virtud, ahonda en la sobreprotección de esa madre soltera, mostrando los estragos de su obsesión. La muestra sin caer en la tentación, tan posmoderna, de terminar deleitándose con el sin sentido al que convoca el progresivo avance hacia el abismo, de una mujer entrega a la defensa numantina de su hija. Kamaran, que tan sólo pretende el reconocimiento de su paternidad y poder conocer a Julia, será el detonante de la explosividad de Marja, posesiva hasta límites suicidas.

Jan Forsström debuta en el largometraje con Silmäterä, y lo hace con grandeza. No sólo por saber trasladar a la pantalla un material tan ignífugo sin quemarse, sino por hacerlo asumiendo riesgos en la interpretación por parte de dos jóvenes (jovencísima Luna Leionen) actrices. El salto al vacío le sale bien, porque la película sigue los avatares de esa madre y su hija, cuanto más unidas igualmente condenadas a un suicida aislamiento. Soledad que ya viene marcada por el trabajo nocturno de Marja y esa pléyade de trabajadores de diferentes países, a modo de metáfora de la difícil convivencia entre culturas diversas.

Luna Leinonen Botero en un fotograma de 'Silmäterä', de Jan Forsström. Cinema Jove.

Luna Leinonen Botero en un fotograma de ‘Silmäterä’, de Jan Forsström. Cinema Jove.

Forsström no rehúye este conflicto social, pero apunta en otra dirección: “Estoy también interesado en las cuestiones sociales, pero opino que son a menudo un subproducto de la psicología”. Y la psicología de esa madre soltera que tiende a proteger a su hija pistola en mano si hace falta, es lo que reclama toda la atención del director finlandés. Y a ello se entrega, mostrando el paulatino descenso a los infiernos de Marja, cuya irracionalidad se nutre de los fantasmas que van poblando su cabeza, por efecto de una maternidad que niega la función paterna.

Silmäterä, como ya sucediera en Nagima o en Ártico, otras dos películas a concurso, pero ofreciendo una salida bien distinta, habla de la maternidad y las dificultades para sacar adelante un hijo, cuando la existencia está cogida con hilos. Con tan finísima urdimbre emocional, Forsström teje una historia cuyo giro final la engrandece. Sin duda candidata al Premio Luna de Valencia.

Emmi Parviainen en un fotograma de 'Silmäterä', del director finlandés Jan Forsström. Festival Internacional de Cine de Valencia - Cinema Jove

Emmi Parviainen en un fotograma de ‘Silmäterä’, del director finlandés Jan Forsström. Festival Internacional de Cine de Valencia – Cinema Jove

Salva Torres

Obietnica, una palabra tuya bastará…

Obietnica, de Anna Kazejak
Sección oficial de largometrajes
Festival Internacional de Cine de Valencia – Cinema Jove
Del 20 al 27 de junio

Aquella creencia bíblica en la palabra, una sola bastará para sanar, se torna en la película Obietnica (The Word), de la directora polaca Anna Kazejak, palabra maldita. Porque será la palabra a la que alude el título del film, pronunciada por la joven Lila (Eliza Rycembel), la que desencadenará la pulsión asesina de Janek (Mateusz Weiclawek). La perversa nínfula, que recuerda en esto la retorcida representación de la infancia en La cinta blanca, de Michael Haneke, pedirá a su novio infiel que si quiere volver a tener su amor mate a quien ha osado robarle el cariño: la atractiva Angelika (Luxuria Astaroth).

Eliza Rycembel y Mateusz Wieclawek en un fotograma de 'Obietnica', de Anna Kazejak. Festival Internacional de Cine de Valencia - Cinema Jove.

Eliza Rycembel y Mateusz Wieclawek en un fotograma de ‘Obietnica’, de Anna Kazejak. Festival Internacional de Cine de Valencia – Cinema Jove.

Esa transformación de la palabra sanadora, que hasta hace bien poco servía igualmente para sellar acuerdos sin necesidad de papeles, aparece rebajada en Obietnica a palabra deudora de muerte. Habrá otras, pero serán de rango policial, sin duda necesarias para descubrir a los autores del crimen, pero incapaces de detener el mal de amores de los jóvenes adolescentes. Como sucede en la gran mayoría de películas a concurso en Cinema Jove (lo cual daría para un análisis más profundo), las familias apenas sirven de marco impotente a tamaña crispación juvenil.

Los padres, tanto en Obietnica como en Ártico, Nagima o Violet, por citar algunas de las ya presentadas a concurso, aparecen como meros comparsas de la desnortada vida de sus hijos, los cuales vagan como almas en pena en contextos, no por diferentes, igualmente vacíos de sentido. Anna Kazejak narra la desolación de Lila, tras descubrir la infidelidad de su novio, y su posterior sed de venganza, con la cámara pegada a los rostros de sus protagonistas. Resulta claustrofóbico ese seguimiento y, al hilo de las últimas tendencias, repetitiva esa manera de colocarse a sus espaldas, pero aunque plásticamente no haya aportaciones dignas de encomio, la narración crece en intensidad a medida que se va desvelando la autoría criminal.

Fotograma de la película 'Obietnica', de la directora polaca Anna Kazejak. Cinema Jove.

Fotograma de la película ‘Obietnica’, de la directora polaca Anna Kazejak. Cinema Jove.

Lila lo fiará todo a la palabra con la que Janek ha sido abducido: jamás revelará que fue ella quien le indujo a cometer el vil asesinato. Lila se sabe fuerte, a pesar del llanto que sigue a su particular versión de los hechos, porque Janek la tiene por diosa de un amor eterno. Diosa que impone cierto sacrificio de muerte, que su novio cumplirá como fiel devoto; devoción imaginaria a la que sucumbe vía internet mostrándole Lila su desnudo cuerpo. La masturbación será el lógico desencadenante de su frustrada relación con aquella que le demanda muerte en lugar de encuentro amoroso.

Aceptado el lugar residual de los padres, patéticos adultos reflejo de la inmadurez de sus propios vástagos, sólo queda la red social como alternativa del sufrido amor esquivo o la crispación derivada de su imposible consumación. Obietnica es un ejemplo más, sin duda clarividente, del malestar juvenil en tiempos de indolencia paterna. Tachada la institución familiar de conservadora, por ese marchamo de rancio autoritarismo, el cine se llena de jóvenes perdidos que optan por la violencia o el crispado desencanto. Lo muestra la directora polaca Anna Kazejak, pero es el síntoma reflejado en otro buen puñado de películas y cortometrajes de Cinema Jove, sin duda magnífico escaparate para un posterior análisis sociológico.

Eliza Rycembel en un fotograma de 'Obietnica', de Anna Kazejak. Festival Internacional de Cine de Valencia - Cinema Jove.

Eliza Rycembel en un fotograma de ‘Obietnica’, de Anna Kazejak. Festival Internacional de Cine de Valencia – Cinema Jove.

Salva Torres

Nagima: ¡Madre mía!

Nagima, de Zhanna Issabayeva
Sección oficial de largometrajes
Festival Internacional de Cine de Valencia – Cinema Jove
Del 20 al 27 de junio

La palabra machismo sirve para describir la violencia del hombre contra la mujer, ya sea por manifiesta agresión o simple imposición a la fuerza del ordeno y mando. Su opuesta, esto es, el feminismo, no refleja un exceso parecido por parte de la mujer, sino la más noble expresión de su lucha por la igualdad. De manera que no tenemos una definición que contemple la violencia de la mujer, en un plano similar al contemplado con el machismo. Y haberla hayla. ¿Quieren un ejemplo? La película Nagima, de la directora kazaja Zhanna Issabayeva, presentada en la sección oficial de largometrajes de Cinema Jove.

Dina Tukubayeva en un fotograma de 'Nagima', de Zhanna Issabayeva. Cinema Jove.

Dina Tukubayeva en un fotograma de ‘Nagima’, de Zhanna Issabayeva. Cinema Jove.

Conviene aclarar que, en el caso que nos ocupa, no se trata de una violencia contra el sexo opuesto, sino la ejercida por una madre contra su hija, abandonada desde muy pequeña en un orfanato. Del padre de esa vilipendiada hija, como de otras parejas masculinas, nada sabremos, porque el film de Issabayeva sólo se ocupa del triste destino de las mujeres que protagonizan la áspera narración. Nagima es la joven destinada a deambular por el mundo, debido a la doble expulsión del universo familiar por parte de su cruel madre: de niña, abandonándola en un orfanato y, ya de adolescente, negándole la posibilidad de integrarse en la familia reencontrada.

Esa violencia de la madre con su hija, sin duda determinante en el lento pero agónico discurrir de los acontecimientos, Issabayeva la muestra descarnada en mitad de un seco paisaje. Cuando la vuelva a abandonar, tras achacar a la hija la ruina que supuso su alumbramiento (Ártico, de Gabriel Velázquez, también alude a este hecho), esa madre dará definitivamente la espalda a Nagima, separando a ambas mujeres una chirriante y cruel barrera en medio de un campo yermo.

Fotograma de 'Nagima', de Zhanna Issabayeva. Cinema Jove.

Fotograma de ‘Nagima’, de Zhanna Issabayeva. Cinema Jove.

La orfandad es el tema principal de la película; la orfandad y la búsqueda desesperada de amor por parte de Nagima, a raíz sobre todo de la muerte de su amiga y “hermana” de orfanato Anya. Como en ‘Johnny Guitar’, de Nicholas Ray, también aquí solicitará Nagima a un amigo que la mienta: “¡Dime que me quieres!”. Y se lo dirá, pero hará que se lo repita: “¡Dímelo de verdad!”. Abrazado a él, siquiera por un instante, sentirá un amor pero sin cuajo, porque en la vida de Nagima no cabe el amor una vez que la madre lo ha aniquilado con su doble expulsión del universo familiar.

Aún así, Nagima lo seguirá intentando, con toda la torpeza del mundo. A rebufo de esa intolerable crueldad materna, la joven se hará cargo del bebé que tuvo su amiga al fallecer desangrada, repitiendo así el ciclo de orfandad que se sucede en la película como un torrente baldío. Zhanna Issabayeva reconoció al concluir la película que dudó entre dos finales, para quedarse con el que más sentido tenía: aquél que refleja, al igual que lo hace la fotografía, el “tono plomizo y desesperanzado” de la narración.

Fotogframa de 'Nagima', de Zhanna Issabayeva. Cinema Jove.

Fotogframa de ‘Nagima’, de Zhanna Issabayeva. Cinema Jove.

Casas a modo de barracones infames, carreteras polvorientas y lugares inhóspitos acogen las vidas monótonas de Nagima, la enferma Anya y la prostituta Ninka: tres mujeres sin futuro, que se aferran a la más triste de las supervivencias. En ese Kazajistán que parece desmoronarse (“no estoy segura de la dictadura, pero sí de su corrupción”, explica Issabayeva), Nagima camina como alma en pena; sin familia, sin papeles, sin nada.

Fotograma de 'Nagima', de Zhanna Issabayeva. Festival Internacional de Cine de Valencia - Cinema Jove.

Fotograma de ‘Nagima’, de Zhanna Issabayeva. Festival Internacional de Cine de Valencia – Cinema Jove.

Salva Torres

Mandariinid: de héroes y tumbas

Mandariinid, de Zaza Urushadze
Sección Oficial de Largometrajes
Festival Internacional de Cine de Valencia – Cinema Jove
Del 20 al 27 de junio

Mandariinid (Mandarinas) es una película de Zaza Urushadze que habla de eso: de mandarinas. En un poblado en medio de las montañas caucásicas viven dos hombres sencillos, Ivo (Lembit Ulfsak) y Margus (Elmo Nüganen) que, en medio de la guerra entre estonios y georgianos, luchan por sacar adelante una cosecha de mandarinas. Lo hacen por sobrevivir pero, como subraya Margus, por que es una lástima que se pierda tan magnífica recolección. El dinero importa, pero menos.

Lembit Ulfsak (izquierda) y Elmo Nüganen en 'Mandariinid', de Zaza Urushadze. Festival Internacional de Cine de Valencia - Cinema Jove.

Lembit Ulfsak (izquierda) y Elmo Nüganen en ‘Mandariinid’, de Zaza Urushadze. Festival Internacional de Cine de Valencia – Cinema Jove.

Habla de mandarinas y del valor que hace falta tener para que dé sus frutos tan abnegada labor en medio de un clima de violencia. Cuando Ivo acoja en su casa a dos soldados heridos, el checheno Ahmed (Georgi Nakhashidze) y el georgiano Nika (Michael Meskhi), la violencia desatada entre ambos soldados enemigos, ahora bajo el mismo techo, se irá modulando gracias a la intermediación de los dos hombres sencillos, en mitad de un campo tan devastado por la guerra como floreciente de mandarinas.

Esa mezcla de violencia sin sentido, de enemistades patrias, y fructífera actitud de amor por la vida, por los frutos de la naturaleza que hay que preservar a toda costa, entre los que se encuentran la propia vida humana, sea del color que sea, y venga cargada de las sinrazones que sean, es lo que convierte Mandariinid en una notable película. Notable porque cuenta, sin caer en la tentación del mensaje fácil, lo complicado que resulta romper la coraza ideológica, cuando el odio al otro se vende como la única moneda de curso legal.

Lembit Ulfsak en un fotograma de 'Mandariinid', de Zaza Urushadze. Cinema Jove

Lembit Ulfsak en un fotograma de ‘Mandariinid’, de Zaza Urushadze. Cinema Jove

Ivo, que ya sabe lo que es perder un hijo en la guerra, mostrará su determinación a favor de la vida, teniéndose que enfrentar al odio mutuo de los soldados enemigos bajo el techo de su casa. Una casa que, a pesar de la violencia latente que la sacude, él se esfuerza por mantener a resguardo de tan destructiva ira bélica. Los soldados, ése es al pacto que llega, deberán recuperarse en el clima de paz que él les propone, dejando en suspenso el juramento de venganza lanzado por Ahmed contra Nika.

Mandariinid no debería verse como un simple alegato antibelicista, sino como una radiografía de la violencia, de lo real de la experiencia humana, allí donde ésta se descubre habitada por la sinrazón. Combatirla requiere la energía, que no la fuerza física, de Ivo, una persona mayor que, pese a la edad, conserva el vigor de quien funda su existencia en la transmisión simbólica de unos valores siempre amenazados, por la guerra, por las diferencias irreconciliables o, en suma, por el lado siniestro que nos habita.

Georgi Nakhashidze en un  fotograma de 'Mandariinid', de Zaza Urushadze. Cinema Jove

Georgi Nakhashidze en un fotograma de ‘Mandariinid’, de Zaza Urushadze. Cinema Jove

Y la madre tierra, de la cual procede el fruto de las mandarinas, emerge como protagonista de una película igualmente reveladora del poder destructivo que puede albergar a su vez la madre patria. De nuevo la floreciente productividad y la destructiva violencia por hacerse con el dominio de esa tierra, estrechando temibles lazos. Bastará decir, sin descifrar el final, que las propias tumbas abiertas por los muertos de uno y otro bando, se harán cargo de esa amalgama de sentimientos encontrados.

Zaza Urushadze narra con certero pulso las contradicciones de la llamada guerra de los cítricos, según recuerda Margus, entre estonios y georgianos hace ya más de 20 años. Si aceptamos, como se dice en un momento de la película, que el cine es una mentira, convendría decir que esa mentira transformada en relato resulta una vía privilegiada para llegar al corazón de cierta verdad en tiempos de abulia existencial.

Ivo (Lembit Ulfsak) enfrentándose a un vendado Nika (Michael Meskhi) en un fotograma de Mandariinid, de Zaza Urushadze. Festival Internacional de Cine de Valencia - Cinema Jove.

Ivo (Lembit Ulfsak) enfrentándose a un vendado Nika (Michael Meskhi) en un fotograma de Mandariinid, de Zaza Urushadze. Festival Internacional de Cine de Valencia – Cinema Jove.

Salva Torres

Juventud, maldito tesoro

‘Artico’, de Gabri Velázquez, y ‘Safari’, de Gerardo Herrero
Inauguración del Festival Internacional de Cine de Valencia – Cinema Jove
Teatro Principal
C / Barcas, 2. Valencia
Viernes 20 de junio, a las 22.00 horas
Hasta el 27 de junio

La vida, y cuanto más larga mejor, por encima de todo. De manera que la juventud, símbolo de energía y vigor, es la estación de la vida por antonomasia, superando en puntuación a la infancia, la edad adulta y no digamos la vejez. Pero resulta que ese divino tesoro poetizado por Rubén Darío tiene su lado oscuro, menos glamuroso y, en ocasiones, detestable y detestado. Como sucede en las dos películas que sirven para inaugurar la 29ª edición de Cinema Jove: el largometraje Ártico, de Gabriel Velázquez, y el corto Safari, de Gerardo Herrero.

Juanlu Sevillano (con escopeta) y Víctor García en una secuencia de 'Ártico', de Gabriel Velázquez, película que inaugura el festival Cinema Jove.

Juanlu Sevillano (con escopeta) y Víctor García en una secuencia de ‘Ártico’, de Gabriel Velázquez, película que inaugura el festival Cinema Jove.

Ninguno de los dos directores acertó a explicar qué les pasa a los jóvenes de sus películas para estar tan crispados. Velázquez apeló a su inclinación por los quinquis, aquellos jóvenes de los 80 retratados por Eloy de la Iglesia (Navajeros, El Pico) o José Antonio de la Loma (Perros callejeros, Yo el Vaquilla). Y Herrero explicó que le atraía la violencia (“me fascinan las situaciones extremas”), y que no le interesaba el análisis de la violencia en la juventud, sino “la violencia en sí”.

De manera que ahí están, campando a sus anchas, los quinquis del siglo XXI de Ártico y el joven asesino de Safari, recreando la masacre de la escuela secundaria de Columbine. Todos ellos crispados, incapaces de hacer otra cosa que trapichear en la vida o planear una estruendosa venganza por acoso escolar, en un contexto social de familias desarticuladas o ignorantes de la impotencia de sus vástagos; impotencia que suele llevar aparejada una desproporcionada descarga pulsional.

Secuencia del cortometraje 'Safari', de Gerardo Herrero, incluido en la inauguración del festival Cinema Jove.

Secuencia del cortometraje ‘Safari’, de Gerardo Herrero, incluido en la inauguración del festival Cinema Jove.

Gabriel Velázquez narra la situación de sus jóvenes y crispados protagonistas sin mostrar directamente su violencia. Prefiere hacerlo de forma indirecta, mediante planos de una naturaleza tan bella como hiriente por el vacío al que convoca. También las fábricas, por oposición, revelan esa prisión en la que están encerrados Jota, Debi, Simón, Lucía y Alba. Jóvenes que se debaten entre dos de los postulados que aparecen en pantalla, a modo de citas de sus personajes: “Sin familia no eres nadie” y “Tener un hijo a los 16 años fue una ruina”. Esa búsqueda de una familia distinta a la que cada cual posee resultará trágica.

Gerardo Herrero reconoció la dificultad de mostrar en 15 minutos “algo tan complejo como la posesión de armas y el bullying”. Y más que hacerlo siguiendo los pasos de Gus Van Sant en Elephant,  dijo haberse fijado más en el cine de Michael Haneke. Sea como fuere, lo cierto es que Herrero logra transmitir esa desazón del adolescente que decide vengarse del acoso escolar tirando por la calle del medio, y tirando de verdad: escopeta en mano y a las bravas. Eso sí, lo hace desconcertando al espectador acerca de quién es el verdugo y quién la víctima.

Helen Kennedy, asustada, en una secuencia del cortometraje 'Safari', de Gerardo Herrero, en la inauguración de Cinema Jove.

Helen Kennedy, asustada, en una secuencia del cortometraje ‘Safari’, de Gerardo Herrero, en la inauguración de Cinema Jove.

Ártico, por aquello de la frialdad y la distancia con la que se cuenta la historia, y Safari, por aquello de narrar una cacería en la que se confunden los papeles del agresor y del agredido, abren el Festival Internacional de Cine de Valencia mostrando las contradicciones de una juventud asfixiada. Una juventud a la que le falta el aire que ni la familia, desestructurada, ni la educación, incapaz de discernir entre el autoritarismo y la autoridad, se muestran capaces de insuflar.

Así arranca Cinema Jove, a golpe de violencia juvenil, proyectando en la gala inaugural del Teatro Principal ambas películas, después de que se entreguen los Premios Luna de Valencia a Joachim Lafosse y Ferenc Cakó. Enrique Urbizu, Rodrigo Sorogoyen, Paco Plaza, Rosana Pastor y Gonzalo Suárez, entre otros, figuran entre los invitados a una gala que será presentada de nuevo por la actriz Ana Álvarez. La cita, un año más, promete buen cine y acalorados debates.

Deborah Borges (izquierda) y Lucía Martínez en una secuencia de 'Ártico', de Gabri Velázquez, película con la que se inaugura Cinema Jove. Imagen cortesía del Festival Internacional de Cine de Valencia.

Deborah Borges (izquierda) y Lucía Martínez en una secuencia de ‘Ártico’, de Gabri Velázquez, película con la que se inaugura Cinema Jove. Imagen cortesía del Festival Internacional de Cine de Valencia.

Salva Torres