La pandemia en la literatura y otras reflexiones

Pandemia por el coronavirus
Valencia. Marzo de 2020

Como dijo el sociólogo Zygmunt Bauman, en una entrevista de Fernando Vallespín para Babelia, “entre lo que sabemos y lo que podemos hacer hay una brecha que no sabemos cómo superar”. Y lo que sabemos, a raíz de la pandemia por coronavirus, es que el agente infeccioso más pequeño que conocemos, más diminuto que las bacterias, sigue alterando, y de qué manera, la vida de los occidentales acomodados que, ante semejante invasión, nos defendemos confinados en nuestras casas. “En estos años se ha advertido la emergencia de muchos nuevos virus”, escribió hace ya casi 20 años Brian Mahy (Centro de Control de Enfermedades de Atlanta, EEUU), refiriéndose al sida, dengue, lassa, ébola o SARS, este último causante de la neumonía asiática en 2003.

Pancarta en un balcón de Valencia. Foto: Begoña Siles

Los cambios ecológicos y la globalización se apuntan como causas probables de esa emergencia constante de virus y de su rápida propagación. Sea como fuere, lo cierto es que nunca como ahora nos hemos visto agredidos por un virus que ha convertido nuestras vidas en foco de atención cotidiana, más allá de la ciencia ficción que hayamos podido consumir como espectadores que asistíamos, desde nuestras confortables butacas, al dantesco espectáculo hoy convertido en triste realidad. Por eso las citas literarias que a continuación ofrecemos, pertenecientes a diferentes novelas que han tratado, de una forma u otra, el drama de la pandemia, nos pueden ayudar a sentir de verdad la importancia de la ficción a la hora de transmitir lo real de la existencia, que la sociedad del bienestar suele acolchar.

Pintada en un macetero de Valencia. Foto: Begoña Siles

Las imágenes que acompañan estos fragmentos literarios fueron tomadas durante el fin de semana del anuncio por parte del gobierno del Estado de Alarma debido al coronavirus. Una Valencia vacía como reflejo del aislamiento social obligatorio causado por la pandemia. “No hay soluciones locales para problemas generados a nivel global”, decía Bauman en esa entrevista, al tiempo que advertía cómo ante los desastres de la guerra o la pandemia la gente se suele movilizar olvidando sus diferencias y discrepancias, para retornar después al origen: “En cuanto la cuestión unificadora desaparece de la atención y la preocupación del momento, las divisiones vuelven a hacer acto de presencia, a menudo profundizadas y fortalecidas por la frustración”. He ahí ese otro virus, humano, demasiado humano, que diría Nietzsche, y que conviene tener siempre muy presente.

Anuncio en un local de Valencia. Foto: Begoña Siles

La peste (Albert Camus)

«La estupidez insiste siempre».
«El hábito de la desesperación es peor que la desesperación misma».
«La gente se casa, se quiere todavía un poco de tiempo, trabaja. Trabaja tanto que se olvida de quererse…El cansancio era la causa, él se había abandonado, se había callado cada día más y no había mantenido en su mujer, tan joven, la idea de que era amada. Un hombre que trabaja, la pobreza, el porvenir cerrándose lentamente, el silencio por las noches en la mesa, no hay lugar para la pasión en semejante universo».

Una calle de Valencia completamente vacía. Foto: Begoña Siles

«El mal que existe en el mundo proviene casi siempre de la ignorancia, y la buena voluntad sin clarividencia puede ocasionar tantos desastres como la maldad». 
«La plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar».
«Lo que es preciso subrayar es el aspecto frívolo de la población y de la vida. Pero se pasan los días fácilmente en cuanto se adquieren hábitos, y puesto que nuestra ciudad favorece justamente los hábitos, puede decirse que todo va bien».

Calle de Valencia completamente vacía de tráfico. Foto: Begoña Siles.

Ensayo sobre la ceguera (José Saramago)

«La ceguera también es esto, vivir en un mundo donde se ha acabado la esperanza».
«Hasta este punto puede engañarse el espíritu cuando se rinde a los monstruos que él mismo ha creado».
«Dentro de nosotros hay algo que no tiene nombre, esa cosa es lo que somos».
«Es lo que nos pasa a todos, siempre hemos sido más alguna vez…Quiere decir que tenemos palabras de más, quiero decir que tenemos sentimientos de menos. O los tenemos, pero dejamos de usar las palabras que los expresan y, en consecuencia, los perdemos».
«No hay en el mundo nada que, en sentido absoluto, nos pertenezca».

Una de las calles de Valencia sin tráfico. Foto: Begoña Siles

La montaña mágica (Thomas Mann)

«Procure recordar que la tolerancia se convierte en un crimen cuando se tiene tolerancia con el mal».
«El tiempo no posee ninguna realidad. Cuando nos parece largo es largo, y cuando nos parece corto es corto, pero nadie sabe lo largo o lo corto que es en realidad».
«Sabemos perfectamente que introducir cambios y nuevas costumbres es el único medio del que disponemos para mantenernos vivos».

Anuncio en el interior de una pastelería de Valencia. Foto: Begoña Siles

«Nada puede ser, en el fondo, más mezquino que tachar de absurdo el hecho de que el espíritu quiera defender su dignidad frente a la naturaleza y se niega a rendirse ante ella».
«A veces es muy difícil discernir la estupidez de la inteligencia. Es tan difícil separarlas, están a un paso tan pequeño la una de la otra».
«Las contradicciones pueden conciliarse. Sólo las mediocridad y las medias verdades son imposibles de conciliar».

Pintada en Valencia. Foto: Begoña Siles

La máscara de la muerte roja (Edgar Allan Poe)

«Y la tiniebla, y la ruina, y la muerte roja tuvieron sobre todo aquello ilimitado dominio».
«En el interior existía todo esto, además de la seguridad. Afuera, la muerte roja».

Némesis (Philip Roth)

«Cuanto menos miedo, mejor. El miedo nos castra. El miedo nos degrada».

Ilustración en el muro de una calle en Valencia. Foto: Begoña Siles

Julia Galán: a voz en grito

Un grito a voces, de Julia Galán
Museu Valencià de la Il·lustració i de la Modernitat (MuVIM)
C / Quevedo, 10. València
Hasta el 8 de noviembre de 2020

A finales del siglo XIX, el pintor noruego Edvard Munch se hizo eco de la angustia existencial humana mediante su obra El grito, a modo de presagio de la violencia letal que se avecinaba con las dos grandes guerras mundiales del siglo XX. En ese famoso cuadro, una figura andrógina ubicada en primer plano, con las manos a ambos de la cabeza y la boca abierta con expresión desencajada, mostraba la desesperación de quien se siente atropellado por la vida. El MuVIM, salvando las distancias temporales y estéticas, acoge en su vitral otro grito, en esta ocasión realizado por la artista interdisciplinar Julia Galán.

El título de la obra, Un grito a voces, ya interpela al espectador de un modo distinto a como lo hizo Munch, puesto que la boca abierta que ha creado Galán con la ayuda de una amiga actriz, sin duda presa de un desgarro parecido, termina suavizándose al decantarse en forma de voz. “Sí, no es solo un grito, sino a voces, de manera que el desgarro acaba transformado en mensajes”, explica la artista. Mensajes que, a su vez, protagonizan el panel dispuesto para ser recogidos del puño y letra de cuantos quieran aportar su grano de arena reivindicativo a la exposición.

Julia Galán (izda) junto a Semíramis González, comisaria de la exposición. Imagen cortesía del autor.

“No nací mujer para morir por serlo”; “si nosotras paramos se para el mundo”; “de camino a casa quiero ser libre, no valiente”; “disculpar las molestias pero nos están matando”, o “unidad y sororidad” son algunos de los mensajes ya recogidos en el panel como parte del proyecto expositivo. Mensajes que después serán recogidos en forma de libro, junto a diversas consignas de las formuladas en las pancartas del 8-M, Día Internacional de la Mujer, y una serie de reflexiones de mujeres vinculadas al arte y la cultura.

“Son gritos que se pueden leer. Voces y más voces de mujeres que reivindican su igualdad”, afirma Galán, cuya imagen del vitral parece estar ahora en boca de todas ellas. Una boca diríase seductora, incluso netamente publicitaria, si no fuera por ese fondo negro del que procede la angustia que solicita ser escuchada. “Es un grito que reverbera hacia el interior y el exterior del MuVIM para unirnos y reconocernos”, señala su autora. Sororidad o hermanamiento femenino en pos de esa igualdad de derechos paulatinamente alcanzada. “Queda todavía mucho por hacer”, subraya Galán. “Los cambios son desesperadamente lentos”, añade.

Que la mujer sea representada mediante ese grito obstinado que sale al encuentro del espectador, ya sea al entrar en el hall del MuVIM o desde el exterior mismo, tiene su explicación: “El cuerpo de la mujer se localiza en esa boca, porque ha estado mucho tiempo silenciada”, lo cual no quiere decir, como enseguida apunta Galán, que todo gire en torno al cuerpo, cuyo derecho a ser usado a voluntad, tal y como proclama el feminismo, protagonice muchas de sus proclamas. “Yo no disocio ambas cosas. El cuerpo ha estado sometido y el pensamiento también”. De ahí la necesidad de recuperar la voz, “las voces de miles de mujeres”, resalta Galán.

Semíramis González y Julia Galán, en el panel que acompaña al mural. Imagen cortesía del autor.

La intención es que ese grito “tenga impacto a través de las redes”, que salga “a la calle y se amplifique su voz”, porque es la voz, una vez atenuado el grito, lo que interesa a Julia Galán que se propague. Sabedora de que la razón no la tiene quien más grita, sino el que mejor argumenta, la artista promueve mediante las múltiples voces recogidas ampliar vínculos “con el objeto de crear normas, legislación y políticas en pro de la erradicación de la opresión de género”.

Ya en uno de sus anteriores trabajos, que tituló elocuentemente Adiestrada, la artista y doctora en Bellas Artes por la Universitat Politècnica de València se hacía eco de la problemática de la mujer frente a las normas sociales y los distintos roles. “Fue un video en el que se escuchaba a modo de letanía las voces de un hombre y una mujer en el proceso de adiestramiento de un perro, con las frases típicas de ‘siéntate’, ‘dame la pata’, etc., expresiones que sirven también para hablar del adoctrinamiento y domesticación de la mujer por el sistema patriarcal”.

El grito a voces del proyecto que ahora presenta en el MuVIM también tiene que ver con la sororidad, “pero no una sororidad romántica o ideal, sino una que tenga en cuenta las diferencias existentes entre las mujeres del mundo entero”. Mujeres que, como Rosa Luxemburgo, a rebufo del grito aquí proclamado, señaló que lo más revolucionario que una persona podía hacer era “decir siempre en voz alta lo que realmente está ocurriendo”. De nuevo la voz y de nuevo el sonido aumentado, corriendo el peligro de que el grito alcance el volumen de la furia. “Simboliza a millones de mujeres”, concluye Galán, que habla por boca de todas ellas en lo que ella misma denomina un clamor: “¡Por mí y por todas!”.

Semíramis González (izda) y Julia Galán, ante el vitral de su obra. Imagen cortesía del autor.

Salva Torres

El cómic toma el campus universitario

¿Pintas o dibujas?
Exposición impulsada por Acción Cultural Española (AC/E), Acció Cultural del Ayuntamiento de Valencia, la Universitat Politècnica de València (UPV) y el Salón del Cómic de València
Semicírculo exterior de la Facultad de Bellas Artes de Valencia
Hasta el 5 de marzo de 2020

¿Pintas o dibujas? He ahí el título de la exposición que reúne a 11 autores del cómic para dar respuesta a esa cuestión. Mauro Entrialgo, uno de los artistas de la muestra, lo plantea en sus viñetas. “El pintor cuando mira reinterpreta la realidad en manchas y colores. Ve el conjunto. Ve luz”. Mientras que el dibujante “mira las mismas formas, pero calcula un inexistente margen concreto entre ellas y adjudica un trazo a esa frontera imaginaria. Ve líneas”. 

Y así, a base de luz, mucha luz por el sol ayer reinante, y líneas, muchas líneas en el interior de cada uno de los paneles expuestos en el semicírculo exterior de la Facultad de Bellas Artes, fue presentada la exposición impulsada por Acción Cultural Española (AC/E), Acció Cultural del Ayuntamiento de Valencia, la Universitat Politècnica de València (UPV) y el Salón del Cómic. La muestra, que permanecerá hasta el 5 de marzo, se ha hecho coincidente con el Salón que ha acogido Feria Valencia del 28 de febrero al 1 de marzo.

Vista de la exposición ‘¿Pintas o dibujas?’. Imagen cortesía de la UPV.

Volviendo a Entrialgo, y sus distinciones entre quien pinta y quien dibuja, señala: “La mirada del pintor fluye. La del dibujante, cuando avanza, lo hace a lapsos”. Como la exposición no se plantea como una tesis entre ambas disciplinas, sino a modo de reconocimiento de ambas, los artistas seleccionados se dedican a mostrar sus respectivos talentos, al servicio de una causa común: establecer lazos entre la alta cultura de los grandes artistas plásticos y la baja cultura de los autores del cómic. ¿El resultado? “En la Facultad de Bellas Artes no se debate si el cómic es un arte menor. Antes se hablaba de él con atrevimiento, pero esa cultura popular ha crecido y ya es imposible de discutir su prestigio”, aseguró José Luis Cueto, vicerrector de Cultura de la UPV.

¿Pintas o dibujas? se presenta con un formato “callejero”, de manera que pueda “llegar a un público distinto, que no iría al museo, pero que si se lo encuentra puede generar un flujo positivo”, señaló Ainhoa Sánchez, como representante de AC/E. Maite Ibáñez, concejala de Acció Cultural, destacó el “valor del lenguaje del cómic”, que permite a los niños descubrir “el amor por la cultura”. Jorge Díez, comisario de la muestra, insistió en derribar esa barrera que se pretende colocar entre alta y baja cultura: “No hay arte mayor o menor”. Como tampoco hay “estamentos sagrados”, sino una cultura “que trasciende lo popular”, resaltó Cueto.

Vista de la exposición’¿Pintas o dibujas?’, en el exterior de la Facultad de Bellas Artes. Fotografía: Makma

Desterrados los complejos, la exposición termina ligando pintura y dibujo para que los 11 ilustradores seleccionados puedan dialogar con otros grandes del arte como Picasso, Duchamp, Velázquez, El Bosco, Frida Kahlo o el cineasta Buñuel. A través de las clásicas viñetas, fragmentos de álbumes e historietas, Antonio Altarriba Pablo Auladell, Ana Galvañ, María Hesse, Keko (José Antonio Godoy), Max, Laura Pérez Vernetti, Fermín Solís, Santiago García y Javier Olivares, y el propio Entrialgo, van dando rienda suelta a su imaginación para interpretar libremente a clásicos y contemporáneos.

Todos ellos mostrando el alto nivel de la ilustración española, ahora brillando con especial luz en territorio valenciano por la serie de premios cosechados este último año. “Pocas líneas de cultura son tan identificadas como el cómic para los valencianos. A Paco Roca todo el mundo le conoce y hay otros diez más que podría citar. Aquí sí somos una potencia cultural” en materia de cómic, dijo Armando Nsue, director del Salón del Cómic de València. “Nos lo tenemos que creer nosotros, para que se lo crean los demás”, añadió.

Vista de la exposición ‘¿Pintas o dibujas?’. Imagen cortesía de la UPV:

“El cómic es como un enfermo imaginario”, apuntó Auladell, refiriéndose precisamente a su capacidad para vivir por encima de cantos de sirena o cerradas etiquetas. “Desde los años 80, la Comunidad Valenciana ha sido un foco para la renovación del cómic. Y se ha dado una confluencia de agentes públicos y privados para que ahora esté así”, manifestó el comisario, interrogado acerca de si Valencia era al cómic, lo que Nueya York es al cine. “Son todos artistas con mayúsculas”, destacó Sánchez, al margen de la identidad nacional de los artistas y del éxito del que gozan ahora los ilustradores valencianos. 

Santiago García y Javier Olivares, haciéndose cargo de Las Meninas de Velázquez, zanjan la cuestión a través de sus personajes: “¿Te burlas de mí? ¡Has hecho mi retrato sin mi permiso!”, a lo que responde otro: “Señor, eso es un espejo. En el espejo no pinta ningún hombre. En el espejo pinta la naturaleza sin que nuestra mano haga algo”. ¿Pintas o dibujas? Pues eso: un mismo espejo en el que se reflejan 11 autores del cómic en una exposición itinerante que arrancó y Cáceres y ahora prosigue en otras ciudades.

Vista de la exposición ‘¿Pintas o dibujas?’. Imagen cortesía de la UPV.

Salva Torres

Seis artistas intervienen la finca de Ausiàs March

Inventar el espacio 2020, de Ana Serratosa
Intimidades colectivas, comisariado por Pedro Medina
C / Cabillers, 3. Valencia
Febrero de 2020

Fue desvelando el proyecto poco a poco, a ritmo de violín y poesía. Jerahy García puso la música y Jaime Siles y Shirin Salehi, la lectura de poemas. Luego fue el comisario Pedro Medina quien introdujo las claves del ascenso posterior por las escaleras de la finca de la calle Cabillers de Valencia, donde vivió el poeta Ausiàs March. Seis artistas aguardaban con sus respectivas obras, estratégicamente colocadas en el rellano y sucesivos pisos del edificio. Ana Serratosa, responsable del proyecto Inventar el espacio 2020, lo ha llamado Intimidades colectivas. Seis artistas cohabitando entre sí, para demostrar que el espacio que conduce a los diferentes pisos de la finca puede dar mucho de sí.

Obra de Shirin Salehi. Foto: Makma

“Intervenir un espacio es un modo de habitarlo, una manera de darle vida para producir significados nuevos en su interior. Por ello, todo el que trabaja en la creación de espacios, suele guiarse por alguna definición preferida de lo que significa habitar”. Y Pedro Medina citó a la escultora Eva Lootz: “Habitar es ser amigo de lo dado”, lo que establece, dijo el comisario, “una alianza entre lo nuevo y lo heredado”.

Obra de Venske & Spänle. Foto: Makma

Lo nuevo proviene de la rehabilitación de la finca de Cabillers y lo heredado tiene que ver con el espíritu de Ausiàs March que sirve todavía de aliento al edificio. Presente y pasado dándose la mano, como se la dan entre sí los artistas Venske & Spänle, Bernardí Roig, Javier Riera, José Luis Albelda, Bob Verschueren & Dominique Sintobin, y la propia Shirin Salehi. Todos ellos demostrando, con la sutileza o radicalidad de sus respectivos trabajos, que subir por unas escaleras puede convertirse en un acto que excede el rutinario movimiento de ascenso, para convertirse en una ascensión cuasi mística.

Para entender la magnitud de la intervención artística en el espacio, Medina aludió a Martin Heidegger que, en Construir, habitar, pensar, se refiere al efecto “que tiene un puente cuando es colocado sobre dos espacios que en nada se diferencian del resto de la orilla”. Descubriéndose, de esta forma, “que el artista tiene la capacidad de inferir un nuevo significado al espacio con su intervención”, ligando lo íntimo “a esta manera de relacionarse con el espacio”. El comisario del proyecto de Ana Serratosa, tras explicar la doble acepción que en el idioma inglés tiene la palabra intimidad, apuntó que se podía abrir “el habitar artístico de un espacio a una intimidad compartida y colectiva, y al mismo tiempo privada”.

Obra de Bernardí Roig. Foto: Makma

La incursión dentro del edificio de la calle Cabillers, que se realizó en grupos de 15 personas para que el ascenso por las escaleras fuera fluido y, efectivamente, más íntimo, depara, como destacó Medina, una primera sorpresa: “Los smörfs [singulares esculturas de mármol] de Julia Venske y Gregor Spänle, fascinantes criaturas invertebradas, de rostros y extremidades ocultos, cuya naturaleza marmórea surge ahora de las entrañas del mismo inmueble”. 

Esto sucede nada más entrar en la finca. Después, al fondo y debajo de la escalera, hay una figura “inquietante” de Bernardí Roig. “Sus ojos están cerrados y su expresión está claramente turbada, pues alberga un profundo malestar”, explicó Medina. La apesadumbrada figura parece sostener sobre sus espaldas la escalera entera de la finca a modo de martirologio. 

Obra de José Albelda. Foto: Makma

“Fascinación y estupefacción se reúnen así en el inicio del recorrido”, para después ir ascendiendo por las escaleras impulsados por cierto deseo, que Medina vinculó, aludiendo al Diccionario etimológico de la lengua latina, con cierta forma de “desviar la mirada de las estrellas hacia el suelo, para poder moverse por el mundo. Sin embargo, ello tuvo una terrible consecuencia: produjo en la humanidad un hondo anhelo por algo perdido”. El deseo aparece, así, vinculado a cierta imposibilidad, que motiva el acto creativo de narrar esa pérdida.

Imagen de Javier Riera. Foto: Makma

“La solución”, señala el comisario, “es volver a mirar al cielo, girar de nuevo la cabeza y contemplar las estrellas”. Justo en ese momento se divisa una nueva parada: “Las capillas de José Albelda, que invitan al recogimiento y a una experiencia directa y pausada de la obra”. Un ciervo proyectado en las paredes de la escalera acompaña el ascenso del visitante. “Siluetas de ciervos que han sido extraídas por un lento proceso de rotoscopia a partir de imágenes grabadas por Javier Riera de animales en libertad”, recoge el texto que acompaña la exposición. 

Obra de Bob Verschueren y Dominique Sintobin. Foto: Makma

La instalación de Bob Verschueren, serie de ramas de las que parecen brotar palabras poéticas, sirven de vasos comunicantes entre las piezas “para que germine un poema de Ausiàs March, habitante ilustre del edificio”, precisó Medina. Shirin Salehi, por su parte, acoge la poesía del místico sufí Hafez, “también él un poeta medieval como March”, para construir con sus poemas “una delicada estación, un recoveco que invita de nuevo a la reflexión y al recogimiento”. ¿Y qué hay al final del ascenso?, se interroga por último el comisario: “Los confines gozosos de un universo iluminado que permite otra epifanía: nuevos smörfs que emergen del propio edificio, como resultado de esta catártica metamorfosis”, concluye. El espíritu de Ausiàs March, revivido.

Obra de Venske & Spánle. Foto: Makma

«Mi trabajo es muy impactante visualmente»

Travesía litoral, de Julio Anaya
Plastic Murs
C / Dénia, 45. Valencia
Hasta el 8 de febrero de 2020

Dice que volvía locos a sus profesores de la carrera, durante los siete años que la cursó, porque cada semana les llevaba un proyecto, después de mezclar la pintura y el óleo con diferentes barnices y practicar con los nuevos lenguajes plásticos. “A mí me gusta toda la pintura, la contemporánea, las vanguardias, pero utilizo la del siglo XIX porque su figuración es la que entiende todo el público. Son obras de arte y no se cuestionan. Las utilizo como gancho para que se acerquen a mi trabajo”, explica Julio Anaya Cabanding que, en apenas un año, ha suscitado la publicación de más de 40 artículos en todo el mundo sobre su obra. “Una locura absoluta”, reconoce.

“Mi trabajo, por las características que tiene, es muy impactante visualmente, y hay una confrontación de cosas que lo hacen atractivo. Y luego está el tema ese romántico del chico que pinta obras de arte en lugares abandonados”, avanza el artista malagueño que exhibe en Plastic Murs una obra, por enmendar la frase popular, con trampa y cartón. La trampa, en el mejor sentido de la palabra, que consiste en pintar cuadros, en este caso, de clásicos valencianos como Joaquín Sorolla, Ignacio Pinazo, Antonio Muñoz Degrain, Enrique Simonet o Bernardo Ferrándiz, no sobre lienzo o tela, sino sobre un humilde cartón. 

Obra de Joaquín Sorolla sobre cartón, de Julio Anaya. Imagen cortesía de Plastic Murs.

“Contrapongo la estética, la idea de la belleza que tenemos asociado al cuadro, la figuración, lo verosímil, las imágenes bucólicas, con la estética de calle y los lugares en los que intervengo, que normalmente son inhóspitos, abandonados, de absoluta decadencia, y donde el paso del tiempo se hace evidente. El cartón se convierte así en una manifestación de esos lugares”, explica Anaya. Cartones que recogen el deterioro de esos espacios y que el artista, después de un proceso de desinfección y tratamiento, convierte en insospechado soporte de su trabajo. “Los coleccionistas que me compran la obra, si vieran ese trozo de cartón en su cocina lo tirarían corriendo a la basura, les repugnaría y, sin embargo, pintando, enmascarando el cartón, de tal manera que represente un cuadro, pues les parece maravilloso”.    

Julio Anaya, cuando Vicente Torres, responsable de Plastic Murs, le propuso exponer en Valencia, quiso vincular ambas ciudades: la suya propia y la del destino que le aguardaba. Desechó una primera opción: “Le pedí a Vicente que me hiciera fotografías de obras de artistas valencianos para, a partir de ahí, construir algo”. Pero aquello no le convenció y decidió buscar a esos artistas en las propias instituciones culturales de Málaga. Entonces se dio cuenta que artistas como Muñoz Degrain, Simonet o Ferrándiz habían viajado en su día de Valencia a Málaga, incluso asentándose y creando escuela. De manera que cerró el círculo reuniendo  a esos artistas en Málaga para traerlos a Valencia. De ahí esa ‘Travesía litoral’ que da título a la exposición.

Obra de Emilio Sala sobre cartón, de Julio Anaya. Imagen cortesía de Plastic Murs.

“Mi trabajo tiene esas dos lecturas: la primera es que es muy impactante, pero detrás de todo eso hay un trabajo intelectual muy grande”, señala Anaya, que dice encantarle Sorolla. “Es un artista que entendía la pintura de una manera especial. La gente dice que era un privilegiado y yo creo que era un currante, capaz de pintar 20 piezas al día, y que tenía una habilidad extraordinaria. Para mí Sorolla es Velázquez con una paleta cromática. Contemplas su obra y ves cómo ha construido el cuadro, la pincelada y hasta la velocidad con la que pintaba”. 

También dice gustarle el trampantojo, “porque cuestiona la imagen”. Más allá de que sea una simulación o una ilusión, a él le resulta “inquietante, porque de forma ilusoria ocupa el espacio del espectador”. Y añade: “Si la perspectiva nace en el Renacimiento, con esa capacidad para introducirte dentro del cuadro, el trampantojo es todo lo contrario: no viaja hacia atrás, sino que se abalanza sobre el espectador”. Interesado en la pos verdad y en la duda sobre la imagen, Anaya considera que en una sociedad construida sobre el paradigma de la imagen digital, la idea del trampantojo vendría a colocar al espectador en ese engaño, a través de la simulación, de forma que “le obliga a pensar acerca de lo que está viendo”.

Obra de Antonio Muñoz Degrain sobre cartón de Julio Anaya. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Julio Anaya saca virtualmente la obra del museo y la reproduce en lugares donde queda expuesta a la climatología, a la posibilidad de que la destruyan e incluso de que nadie la vea. En este sentido, asegura que tiene disputas con los grafiteros, “porque represento casi todo lo opuesto a lo que representan ellos. Hay gente que no me puede ni ver”. Sus intervenciones callejeras, que pueden verse en Instagram y por las que ha ido adquiriendo asombrosa notoriedad, son tan grandes que suele emplear una semana en su realización. “Cada vez que voy a casa y vuelvo al día siguiente, el camino hacia la obra es de absoluta incertidumbre porque no sé si la voy a encontrar intacta o se la han cargado. Y al día siguiente el mismo sufrimiento, que está ahí cada vez que empiezo una obra en la calle”.

Su ‘Travesía litoral’ es un viaje de Málaga a Valencia y viceversa, en la que Anaya demuestra una habilidad especial para que case el academicismo de los grandes clásicos de la pintura valenciana, con el arte de la calle. Arte, a su vez, del reciclaje, puesto que el cartón, como aquellas alfombras mágicas de las narraciones fantásticas, se transforma por obra y gracia del artista malagueño en soporte de engaños que maravillan.

Julio Anaya Cabanding junto a su obra de Enrique Simonet ‘Decapitación de San Pablo’. Foto: Makma

Salva Torres 

Levando anclas con los Iturbi en Valencia

XX Premio Internacional de Piano Iturbi
Diferentes espacios de València
Del 11 al 29 de septiembre de 2019

El nombre de José Iturbi figura en el Paseo de la Fama de Hollywood. Y la Universidad de California ofrece una beca anual con el nombre de Amparo Iturbi, dedicada al perfeccionamiento pianístico. Y es que los Iturbi dejaron profunda huella en la meca del cine, poniendo música a comedias tan emblemáticas como Levando anclas (George Sidney, 1945), Tres atrevidas hijas (Fred M. Wilcox, 1948) o El beso de medianoche (Norman Taurog, 1949). Antes, José Iturbi ya había dejado profunda huella en la Orquesta Municipal de València, hasta el punto de ser nombrado posteriormente su director honorario, siendo a su vez Socio de Honor de la Filarmónica de Bilbao.

La Diputación de Valencia, aprovechando la celebración del 20 aniversario del Premio Iturbi, cumplido en 2017, ha decidido tomarse un respiro este año para, en lugar de proseguir con la competición, reflexionar en torno a las figuras de José y Amparo Iturbi. Lo hará mediante una serie de ejes temáticos que Glòria Tello, diputada del Premio Iturbi, resumió enfocados en la investigación de sus respectivas e ilustres trayectorias, una exposición con el material descubierto, diversos conciertos, conferencias, clases magistrales de algunos de los pianistas galardonados, y un ciclo de cine con las películas Levando anclas y Holiday in Mexico.

De izda a dcha en la mesa, Antonio Galera, Glôria Tello, Josep Vidal e Inés Sevilla. Imagen cortesía de la Diputación de València.

“Se trata de poner en valor a los tres Iturbi”, explicó el pianista Antonio Galera, refiriéndose a las figuras de los hermanos José y Amparo Iturbi, y al propio Premio Internacional de Piano, que se quiere “más abierto a la sociedad en general”, subrayó Tello. “Si los Iturbi eran universales que el Premio Iturbi también lo sea”, añadió Josep Vidal, jefe de servicio de Cultura de la Diputación de València, quien insistió en esa puesta en valor de los Iturbi y de una “figura tan universal como Amparo, aquí un poco olvidada”.

Vidal fue un poco más allá (“que la cosa no pare”), remarcando la idea de que el galardón “no se limite a ser un premio cada dos años, sino que los Iturbi estén más presentes en nuestra vida”. En la vida de todos los valencianos, precisó, “y no solo de Valencia”, buscando con ello “territorializar la acción”. De esta manera, el 20 aniversario se toma un respiro a nivel competitivo, volviendo el año que viene con su 21 edición, para relanzarse a través de la investigación de los Iturbi.

Inés Sevilla, comisaria de la exposición Iturbis que tendrá lugar en el Centre Cultural la Beneficència, avanzó que habrá programas de sus conciertos históricos, fotografías “muy interesantes”, currículums “de cómo se presentaron a sí mismos”, destacando los escasos estudios dedicados a sus figuras: ninguna biografía de José y prácticamente sin estudios, en el caso de Amparo. Robert O’Sullivan-Ballester, nieto de ésta, será quien arranque el ciclo de conferencias. También habrá una gala final en el Teatre Principal, conducida por Cashalada (Noelia Pérez y Josep Zapater), en la que se interpretarán fragmentos de música clásica, de jazz y de los musicales de Broadway. “Queremos que el Principal sea un escenario de Hollywood en homenaje a los Iturbi”, destacó Galera.

Frank Sinatra, Kathryn Grayson y Gene Kelly en ‘Levando anclas’, con música de José Iturbi.

Salva Torres

El academicismo pasional de Vicente Rodes

Vicente Rodes. El estudio del natural
Museo de Bellas Artes San Pío V
Calle San Pío V, 9. Valencia
Hasta el 8 de septiembre de 2019

“Su fama es brutal como retratista”, subraya Pilar Tébar, comisaria junto a Sergio Pascual de la exposición Vicente Rodes. El estudio del natural. El Museo de Bellas Artes acoge la muestra, casi un siglo después de la única monográfica dedicada a su pintura realizada en Valls (Tarragona) en 1926. “Ha pasado desapercibida su obra”, recalca Tébar, empeñada en relanzar el trabajo de Rodes, cuyo busto figura en la fachada del Parlamento de Cataluña, donde goza de gran consideración, a pesar del extensible vacío expositivo de su producción. Castellón, ahora Valencia y después Alicante empiezan a llenar ese vacío con esta muestra itinerante.

Un total de 75 obras, en su mayoría retratos, integra la exposición organizada por el Consorcio de Museos de la Comunitat Valenciana, en la que colaboran diversos museos e instituciones públicas. La muestra tiene un elocuente subtítulo: De la Academia al Romanticismo. Denominación que viene a subrayar ese trasvase de estilos en la producción de Rodes: “Es más valiente en los retratos, más libre, que en los óleos”, señala Tébar, sin dejar de subrayar su enorme talento para el dibujo. Talento que iba unido a la rapidez y calidad con la que trabajaba.

Vista de la exposición de Vicente Rodes. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Valencia.

De hecho, la exposición recoge en el fragmento de un artículo de Maurici Serrahima la siguiente e ilustrativa anécdota: “Corría por Valencia durante la guerra de los franceses, y cuentan que se valía de su prodigiosa facilidad para hacer retratos al minuto de los oficiales del ejército, que cobraba a tres pesetas”. Tébar recuerda que Rodes fue de los primeros que tuvo una cámara de daguerrotipo: “Pienso que se debía a que le gustaba captar la inmediatez, por eso las obras en pastel son para mí mucho mejores que los óleos. Esa inmediatez del pastel es lo que le atrae luego de la fotografía”.

Hay referencias a Dominique Ingres (“era un admirador” del pintor francés) y a Théodore Géricault, que la comisaria ve claramente en el cuadro de una de las grandes damas retratadas. Esa “captación del complaciente orgullo burgués de los retratados”, junto a “la introspección psicológica de los personajes” es lo que acerca su obra “a los retratos de Géricault”. También a Ingres, de quien se recoge una cita sin duda próxima al sentir del propio Rodes: “Consigamos unos ojos que miren bien, que miren con sagacidad… El arte nunca llega a un grado de perfección más elevado que el que alcanza cuando se parece a la naturaleza y por el que se le puede confundir con ella misma”.

Una de las obras de Vicente Rodes. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Valencia.

Vicente Rodes, en una carta a su alumno Claudio Lorenzale, diríase que prosigue por su cuenta esa reflexión de Ingres cuando dice: “Bueno es oír y ver, pero hacer lo que la abeja, que saca la miel de la flor amarga”. Y añade: “Fórmese usted original por lo que le sugiera la verdad, que es esto el verdadero camino, lo demás son cavilaciones y la perdición de muchos talentos”. Su dedicación al dibujo y a extraer de él esa verdad aludida fue constante a lo largo de una producción ahora rescatada del olvido por Pilar Tébar y Sergio Pascual: “Ahora hay gente que se ha enterado de la exposición y está dando lugar a la aparición de nuevos Rodes”, remarca la comisaria.

Vicente Rodes, El estudio del natural muestra óleos sobre lienzo, tintas y aguadas sobre papel y, sobre todo, sus prodigiosos pasteles. “Primero hacía el pastel y luego, aunque no siempre, los óleos, que son de formato más grande y que coge ya al retratado en tres cuartos. Los pasteles son cabezas de frente y no incluían por lo general las manos. Y muchas veces el fondo es seda, de manera que el pastel sobre seda es ya muy delicado”, explica Tébar. En los bocetos de Rodes dice que hay “un interés por conseguir el dominio de los tejidos, las posturas, las expresiones gestuales y faciales que roza lo obsesivo”.

Uno de los desnudos académicos de Vicente Rodes. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Valencia.

Esa obsesión adquiere rasgos diferentes cuando se trata de un desnudo académico que cuando se lanza en busca de una mayor hondura expresiva. “En los desnudos académicos el trazo es fino y continuo”, que viene a guardar relación con la “finitud de los cuerpos”, mientras que en las obras de corte más religioso “el movimiento de las composiciones determina una ocupación menos continua del trazo”, ligado en este caso con la “estética tardo barroca”. Según Tébar, “es más romántico al final” de su obra.

Rodes fue alumno de Vicente López [pintor español del neoclasicismo], recuerda la comisaria, lo cual se ve en “las carnaciones y en cómo trabaja la mirada”. El desnudo, aunque aparece en la muestra, fue algo que, sin embargo, no trabajó tanto, “quizás en sus años de formación, de ahí que los hayamos reunido bajo el título de Academia, y donde aparecen esas extrañas bolsas escrotales que estaban entonces de moda”.

Las obras de Rodes, aunque todavía insuficientemente conocidas, salen a subasta “y se venden bastante bien”, destaca Tébar, para señalar a continuación que dos de las últimas las ha comprado el Museo del Romanticismo [de titularidad estatal y ubicado en Madrid] “que no tenía obra de Rodes”. La exposición del Museo de Bellas Artes ayuda, en este sentido, a seguir impulsando su trabajo y a ofrecerlo de una forma atractiva. “Hemos hecho un montaje como muy elegante. No te aburres de ver los retratos”, concluye la comisaria.

Una joven ante algunas de las obras de Vicente Rodes. Imagen cortesía del Museo de Bellas Artes de Valencia.

Salva Torres

«Soy del amor al arte de Soledad Lorenzo»

MAKMA ISSUE #01
Entrevista a José Miguel G. Cortés, director del IVAM
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2018

José Miguel G. Cortés, director del IVAM, habla en todo momento de proyecto, porque según él la mayoría de museos y centros de arte cuentan con programaciones que valen para cualquier sitio. Y su proyecto, con una mirada internacional y cosmopolita, no se olvida de la proximidad y la singularidad del entorno. También critica los tiempos livianos actuales que dan por válido todo, al tiempo que se manifiesta contrario a la dictadura de las audiencias. Sueña con un IVAM del siglo XXI ampliado, porque necesita más espacio para mostrar en condiciones los más de 100 años de arte moderno y contemporáneo que atesora el museo valenciano.

¿Qué tiene el IVAM que no tengan otros museos?

El IVAM fue uno de los primeros museos de arte moderno y contemporáneo que se creó en España y que lo ha hecho de una manera distinta. Incluso antes de inaugurarse ya tenía una colección importante. En otros muchos museos, primero se creó el espacio y luego se ha ido comprando la colección. Yo he intentado recuperar esa actitud de, lo primero de todo, tener un proyecto. De hecho, uno de los grandes problemas que ha tenido precisamente el IVAM durante estos últimos años es que no ha tenido un proyecto. Y el no tener proyecto lo que significa es que todo vale, de manera que no puedes discutir por qué se hace una cosa u otra porque no hay ningún criterio.

¿Y cuál es su proyecto?

El proyecto que yo presenté tiene unas características muy específicas. Por un lado, que tenga una mirada internacional y cosmopolita y, por otro, muy anclado en el entorno. Uno de los problemas que tenemos es que la inmensa mayoría de los museos y los centros de arte da igual que estén en Valencia o en Honolulu. Y me refiero a espacios tanto públicos como privados. Son programaciones que se pueden hacer en cualquier sitio. Un ejemplo (y no es que me parezca mal): la fotografía de calle norteamericana está muy bien pero la puedes hacer en Valencia, en Bilbao, Estrasburgo, Liverpool o donde sea. Entonces, trabajar el entorno es algo fundamental bajo mi punto de vista.

¿Cómo se atrae al público en la coyuntura actual?

Hay que trabajar con una concepción del arte que no se vea como un aspecto de banalización, de vulgarización del pensamiento. Creo que vivimos en unos tiempos livianos, en los cuales cualquier cosa es válida y no tienes que justificar nada, simplemente que está bien, es chulo, o es joven o es viejo, como si eso fuera un valor en sí mismo. Habrá gente joven que tenga discursos muy bien elaborados y gente mayor que no los tenga. El problema, entonces, no es ser joven o viejo, sino qué cuentas, en torno a qué.

Extracto inicial de la entrevista publicada en MAKMA ISSUE #01.

¿Y en qué se centra su proyecto, qué cuenta?

El actual proyecto del IVAM se basa en varios ejes. Y uno de ellos es el Mediterráneo, que es una parcela que nadie estaba reivindicando hasta ese momento. ¿Y por qué el Mediterráneo y no el Atlántico? Bueno, pues porque nuestras raíces históricas, sociales y culturales tienen que ver con el Mediterráneo.

¿Y eso atrae?

El IVAM no está en el ranking del número de visitantes. Esa no es nuestra lucha, no es nuestro planteamiento, no es nuestra liga. Nuestro planteamiento es: o el IVAM sirve para ampliar nuestra mente, para hacernos mejores sensitiva y conceptualmente, o no sirve para nada, por muchos millones de visitantes que tenga. A un museo no se le puede medir por el parámetro del número de visitantes –ese puede ser uno, pero secundario–. Lo fundamental es cómo ayudas a difundir el conocimiento del arte. Por poner un ejemplo, entre muchos: ¿qué es mejor, una película de La 2, que ven 100.000 personas (¡que ya son personas!), u otra de La 1 o de Telecinco, que ven dos millones de personas, que es un blockbuster sin el menor interés, ni fílmicamente ni en ningún otro sentido? Ahí está la cuestión.

También es importante cómo haces las cosas. Tú puedes hacer una exposición y poner los medios para que la gente la entienda. Las exposiciones temáticas son una forma de atraer a un público distinto. No se trata de hacer una programación difícil, críptica, extraña, sino de hacer una programación exigente, pero poniendo los medios para que a la gente le interese. ¿Que es complicado? Sí, es complicado, pero se trata de trabajar para lograrlo.

Esto nos lleva al dilema de ofrecer al público lo que supuestamente se espera de él o arriesgar a la hora de programar.

No se trata de culpabilizar a nadie, pero generalmente hay una conciencia de que todo tiene que ser flojo, débil, banal, superficial, una actitud no hedonista de la vida, sino intrascendente de la existencia, y que lo otro es aburrido. Y claro está que hay cosas sesudas, aburridas y mal planteadas, y cosas banales muy divertidas. No se trata de plantearlo en blanco o negro. Hoy en día ya no hay un público, sino muchos públicos, hay minorías de públicos. Y un centro vivo como el IVAM tiene que ser capaz de llegar a todas esas minorías con actividades diversas, sin importar si a una conferencia vienen diez o vienen cincuenta. Esa carrera alocada por la audiencia no nos lleva a ninguna parte.

¿Atender a lo más próximo significa descuidar lo más alejado y viceversa?

Pues no. Mira, un ejemplo, Josep Renau y Martha Rosler. En esta ciudad, en esta Comunidad, en este País Valenciano /llamémosle como queramos), a Josep Renau se le ha visto miles de veces, por arriba, por abajo, por delante, por detrás, de miles de maneras, pero, qué casualidad, a nadie se le había ocurrido plantear a Renau con otros artistas internacionales. ¡Joder, menudo olvido!

Portada de MAKMA ISSUE #01, a partir de una de las obras del proyecto ‘Caminos del deseo’, del artista y miembro de MAKMA Ismael Teira.

¿El IVAM, como museo público, se enfrenta al auge de la iniciativa privada por dejadez de las instituciones públicas en relación con la cultura?

Que quede claro, si alguien se gasta dinero en comprar arte, muchísimo mejor que si se lo gasta en un yate. Pero, ojito, porque esto es igual que los hospitales privados y las universidades privadas. ¿Quién tiene biblioteca? Los museos públicos. ¿Quién hace exposiciones y trabajos sobre cuestiones que nadie trabaja? El IVAM. Si me muestras siempre Sorolla o Manolo Valdés o un artista norteamericano muy conocido, pues vale, eso es lo mismo que hacen las universidades privadas. ¿Qué es lo que se vende, medicina, arquitectura y derecho? Perfecto, pues para mí y para ti, poesía francesa del XVIII. Yo vengo de la pública y ahí trabajamos sobre aspectos que nadie trabaja.

De manera que yo amor al arte, todo, pero soy del amor al arte de Soledad Lorenzo, que cede su obra al Reina Sofía, de Martínez Guerricabeitia, que cede su obra a la Universidad de Valencia, de los coleccionistas norteamericanos que dan 200 millones de dólares [y lo repite], 200 millones de dólares, para la ampliación del MoMA. Yo soy de esos.

Pero ante la dejadez de lo público –que la ha habido en materia de cultura–, lógico que se hayan volcado muchos en busca de esa iniciativa privada, ¿no?

¿Sabe las dificultades que hay para que un museo público funcione? Son brutales. De personal, de presupuesto, de cuestiones administrativas… La ley de mecenazgo permite que una empresa privada se desgrave por compra de obra y nosotros no. Tú tienes un Picasso, me lo cedes a mí y, hoy por hoy, no te lo puedes desgravar, y se lo cedes a una empresa privada y puedes hacerlo. ¡Si esto no es ir contra la institución pública, que venga dios y lo vea!

¿La colección del IVAM es uno de los puntos fuertes de su proyecto?

Estamos en lo mismo. No se trata de hacer colección por colección. Tenemos más de 11.000 obras. Y estamos en un intento de organizar, de estructurar la colección. Yo me encontré con cosas muy buenas y también con un totum revolutum. Por ejemplo, lo que se hizo con las vanguardias europeas de los años 20 y 30 todavía tiene coherencia. Esto es de lo mejor a nivel estatal. Es que en Valencia no se tiene ni idea de lo que tenemos. El tema también de fotografía, de arte pop español y extranjero, realmente bueno. Hasta los 70 tenemos una colección magnífica y a partir de ahí tenemos obras muy buenas, pero no tenemos colección.

¿Y qué presupuesto de compra tiene?

Cuando yo entré teníamos 80.000 euros y el año pasado ya teníamos 600.000. Hemos dado un salto importante.

Entonces, ¿existe ahora una mayor sensibilidad política?

No toda la que nos hubiera gustado, pero también es verdad que yo pido más.

Tiene contrato hasta 2020, ¿es tiempo suficiente para desarrollar su proyecto?

Para un museo como el IVAM yo pienso que cada cuatro años es poco, has de contar con un mínimo de 10 años. Menos, no te da tiempo a nada, entre que tomas posesión del cargo, conoces donde están las cosas y demás, se te he pasado ya un año.

¿Cómo está posicionado el IVAM con respecto a otros museos?

Pienso que tiene una identidad propia y muy específica. Estamos trabajando mucho en torno al Mediterráneo, o en la presencia de las mujeres en la colección. Y en museos importantes de arte moderno y contemporáneo solo estamos el Reina Sofía y nosotros. Y el IVAM antes.

Pero el IVAM arrastra cierta mala imagen de estos últimos años.

Es un trabajo larguísimo que hay que hacer. Pero lo cierto es que no hay nadie en España que le interese el arte que no valore al IVAM como uno de los mejores museos y con una programación más coherente y más interesante de este país. El MACBA en 2018 tiene seis exposiciones y nosotros tenemos 12.

José Miguel G. Cortés. Fotografía: Biel Aliño.

¿No caemos con eso a la valoración en función de la cantidad?

No, a ver, tampoco se puede obviar que si un museo como el MACBA hace seis exposiciones y de las seis, solamente una corresponde a una mujer, ya no es una cuestión de números, sino de cultura ideológica. Nosotros estamos prestando mucha atención al trabajo realizado por mujeres y por mujeres a las que, pensamos, no se les ha dado la oportunidad que merecen.

¿Qué le gustaría dejar como legado?

Me gustaría, en el 30 aniversario, darle un impulso al IVAM. En dos sentidos: por un lado, consolidar el museo de arte moderno, que sería el centro Julio González –y aquí incidir mucho en la colección–, y, por otro lado, digitalizar la colección para que pudiera estar a disposición de los estudiosos. Y una cosa más: ampliar la labor de la biblioteca, que es magnífica y ahora está muy reducida, y darle mayor importancia a la educación, a la didáctica. Todo eso con relación al centro Julio González.

Y luego, la ampliación del IVAM del siglo XXI, porque el IVAM necesita otros espacios, otras maneras de abordar el arte de los últimos 20 o 30 años y el arte del futuro. Y aquí no tenemos espacio para abordar todo esto. Nosotros tenemos, en cuanto a metros cuadrados y en cuanto a presupuesto, teniendo en cuenta el arco histórico que estamos trabajando, desde inicios del siglo XX hasta mañana, un espacio ridículo. Estamos trabajando un siglo. Hay sitios que tienen menos que nosotros, pero están trabajando con chavales jóvenes.

¿Cómo Luther King, usted también tiene el sueño de un IVAM del siglo XXI ampliado y carente de polémicas?

Bueno, cuando se creó el IVAM ya hubo mucha polémica, porque luego las cosas se mitifican. Yo considero que igual que digo que no se puede comprar o exponer cualquier cosa, sino que todo tiene que ir en función a un programa, también deberíamos tener las líneas muy claras con respecto a la política cultural que nos gustaría tener. Y hay cosas que son fundamentales. El IVAM se creó hace 29 años y medio y fue un acierto completo, a pesar de la polémica y que iban cuatro a las exposiciones, porque repito que aquí las cosas se mitifican. Al Centro del Carmen iban otros cuatro, porque yo estaba allí y la segunda exposición la hice yo. Y ahora parece que todo aquello era maravilloso, cuando resulta que el 80% de los que hablan de eso ni venían. Bueno, pues se trata de hacer una apuesta, y este es el momento de aprovechar el 30 aniversario del IVAM para hacerla.

Esta entrevista fue publicada en MAKMA ISSUE #01, revista especial en papel con motivo del quinto aniversario de MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, en junio de 2018.

José Miguel G. Cortés. Fotografía: José Cuéllar.

Salva Torres

Muere Joan Cardells, el artista «febril”

Joan Cardells, fundador junto a Jorge Ballester de Equipo Realidad, falleció el pasado sábado 6 de julio (2019) de forma «inesperada», según informaron fuentes cercanas a la familia. Con él se va un artista que, como recordó en la entrevista realizada con motivo de su exposición ‘Grafitos’, en la Galería Punto hace cinco años, trabajaba con enorme pasión. No sabía de las medias tintas, sino de volcarse por completo en una obra que ahora deja por razones ajenas a su voluntad. Una voluntad de hierro que su muerte funde, dejando un gran vacío en el mundo del arte. A continuación reproducimos tal cual, el artículo publicado en Makma con motivo de aquella muestra.

Joan Cardells. Imagen cortesía de la Galería Punto.

Joan Cardells. Imagen cortesía de la Galería Punto.

A Joan Cardells le obsesiona el dibujo. Y se nota. La serie de grafitos que expone en la galería Punto de Valencia refleja esa elocuencia de lo que inspira pasión. Tanta, que desborda su obra, lo cual se hace patente cuando el propio artista se arroja a la tentativa de explicar su trabajo. Entonces, al igual que le sucede con sus dibujos, Cardells va tirando del hilo de la memoria para tejer un discurso que no tiene desperdicio. “No se puede trabajar con 36,5, sino en estado febril”. Ese “relámpago en la frente” que le hace seguir el rastro de su obsesión, ese “estado furioso” que reclama como necesario para la creatividad, “aunque no se refleje luego en la obra”, es el que hace de Joan Cardells un artista en estado puro.

Obra de Joan Cardells. Imagen cortesía de Galería Punto

Obra de Joan Cardells. Imagen cortesía de Galería Punto

Todo aquello que venga a distraer el objeto de su pasión, queda en un segundo plano. No es que la bajada del IVA no le importe: “Me parece secundario, frente a lo principal que es la emoción, que algo por encima de todo te motive”. O que el IVAM le resbale: “La diferencia entre el IVAM actual y el anterior no la he estudiado, pero en todo caso es importante que el IVAM siga existiendo”. O que las promesas políticas le traigan sin cuidado: “Hubo mucho progre deseoso de atender a la cultura, que luego ha demostrado ser fingimiento”. Pero todo eso resulta secundario, cuando aparece la fiebre motivada por el dibujo. “Lo que va a pasar 10 centímetros después del lápiz, es lo que estimula”.

Obra de Joan Cardells. Imagen cortesía de Galería Punto.

Obra de Joan Cardells. Imagen cortesía de Galería Punto.

Si hay algo que a Joan Cardells le enerva sobremanera es, precisamente, la incapacidad para salir de los compartimentos estancos a los que nos conduce la ideología. “Yo lo que pido es que se sea menos gregario”. Y apela a la soberanía, pero una soberanía “individual, que es la más costosa”. Soberanía que, en su caso, ha ido alcanzando por la vía del lento aprendizaje. Ninguna prisa de por medio. ¿Para qué correr cuando el lápiz te abre a cada paso las sendas del estímulo por las que Cardells transita? “Uno siempre busca el placer de pintar”. Eso y la revancha de la que habla, refiriéndose a los 14 grafitos y tres esculturas expuestos en la galería Punto, a modo de ajuste de cuentas con esa primera etapa de aprendizaje cuya impresión es de fracaso.

Obra de Joan Cardells. Imagen cortesía de Galería Punto.

Obra de Joan Cardells. Imagen cortesía de Galería Punto.

“Me gusta fabricar imágenes con el menor instrumental posible”. Y, a la manera zen, Joan Cardells va construyendo una obra minimalista que se eleva y eleva de forma tan imperceptible como prodigiosa. “Con lápiz y papel puedes hacer todas las cosas del mundo”. Y en su mundo hay “querencia por el bodegón” y por la “evocación de los olores de los mercados, de las tiendas”. En el fondo, Cardells recuerda que la materia prima con la que trabaja es “la memoria”. Y su memoria le lleva a todos esos lugares que, como una simple ferretería, encandilaba sus jóvenes sentidos al contemplar ollas, pucheros y los más variados recipientes, que luego han ido formando parte indisoluble de su trabajo.

“Combino lo orgánico con lo industrial”. Olivas, odres, gallos, patos, es decir, “el clásico bodegón español”, que le ha servido como “reto de aprendizaje”. También hay algo en sus grafitos de “coreográfico”, por aquella “tendencia a bailar” que Cardells observa en los objetos de su pintura. “Y el gusto por el gris”, subraya. Esa “reducción al blanco y negro” tiene mucho que ver de nuevo con esa “vuelta al mundo del aprendizaje”. No es que haya renunciado al color, pero aquel color del Equipo Realidad, que formó con el recientemente fallecido Jorge Ballester, pertenece a una “época interesante”, que Cardells recuerda sin nostalgia, porque “la de ahora es apasionante”. Una pasión que guía su obra y las palabras que, a modo de revancha, dan cuenta de su largo y fructífero aprendizaje. La fiebre de venganza está, en el caso de Joan Cardells, plenamente justificada.

Joan Cardells. Imagen cortesía de Galería Punto.

Joan Cardells. Imagen cortesía de Galería Punto.

Salva Torres

“Quiero que el ojo entre en el cuadro”

Beyond, de Juan Olivares
Galería Shiras
C / Vilaragut, 3. Valencia
Hasta el 6 de julio de 2019

“Me he inspirado en la idea de contraste entre la belleza y la crudeza”. La belleza de una ciudad como Shanghái, con 30 millones de habitantes censados (“casi toda España cabe allí”) y “tan potente como Nueva York en rascacielos”, en la que destacan a su vez las más humildes casas de madera “casi cayéndose”. Esa tensión entre lo bello y lo siniestro, que diría el filósofo Eugenio Trías, es la que ha encandilado la mirada de Juan Olivares (Catarroja, 1973). Encantamiento que traslada a sus lienzos en la exposición Beyond, que la galería Shiras acoge hasta el 6 de julio.

Belleza y crudeza reunidas en los 12 lienzos que integran la muestra, tres de gran formato (2×1,80 metros), y en los 15 papeles ubicados en la sala inferior denominada refugio. Olivares, lejos de caer en la angustia de algunos representantes del expresionismo abstracto que, junto al informalismo español, ha ejercido influencia en su pintura, se deja llevar por la emoción que provocan los colores yendo más allá de su armonía. “Beyond es un guiño a ese ir más allá [traducción al castellano del título de la exposición]. Tras cinco años dedicados al collage, he querido volver a la tela con algo nuevo. Utilizo paleta de colores que no son armónicos y el reto era armonizarlos, jugar con las disonancias”.

Una de las obras de la exposición ‘Beyond’, de Juan Olivares. Imagen cortesía del artista.

Si como propuso Trías, lo siniestro constituye la condición y el límite de lo bello, la emoción que suscita la obra de Olivares tiene que ver con ese fondo siniestro de sus cuadros (“he utilizado tinta china y, cuando estaba seca, he impregnado el lienzo de pintura”), a partir del cual irrumpe la belleza mediante el gesto vibrante de esos colores disonantes. “La noche de Shanghái me impactó. Está toda llena de neones, en las aristas de los edificios, en la ventanas. Es una ciudad con mucha humedad, que crea sorprendentes efectos atmosféricos. Es un espectáculo total”, explica Olivares, que durante noviembre y diciembre vivió en la ciudad china disfrutando de una residencia de artistas, tras superar dos cribas selectivas. “Fueron dos meses de intenso trabajo, viviendo experiencias nuevas cada día”.

El bombardeo continuo de estímulos, tanto visuales como sonoros (“hablan chino tradicional, de manera que debes llevar todo anotado para entenderte con ellos”), aparece tamizado en la obra de Olivares. “Los colores me fascinaron, sobre todo los morados. Es todo muy emocional y lo he volcado en los cuadros”. Emoción que destilan los colores tras sucesivas capas y tratamientos en forma de veladuras, sugiriendo de nuevo caminos de encuentro con lo expresado por Trías en su ensayo Lo bello y lo siniestro: “Lo siniestro debe estar presente bajo forma de ausencia, debe estar velado. No puede ser desvelado”.

Obra de la exposición ‘Beyond’, de Juan Olivares. Imagen cortesía del artista.

“No utilizo el blanco para mezclar, sino por veladuras. No pastelo. Son colores vibrantes, casi puros. Es un trabajo de veladuras, con unas 20 capas. Un poco como la arqueología”, explica quien volvió a Shanghái en marzo, tras su residencia a finales del pasado año, y tiene pensado repetir el próximo noviembre, ya por su cuenta, todavía impresionado por lo vivido en la ciudad china. “Los contrastes allí son tremendos. Tienen la última tecnología, con los rascacielos más punteros, conviviendo con casas muy humildes, en apenas 300 metros de distancia entre ellos”. 

Olivares insiste en los contrastes, rasgo distintivo de las grandes megalópolis contemporáneas: “Tienen espacios sofisticados, muy bellos, junto a cabañas. Y esas dos caras están ahí, la crudeza y lo bello a la vez”, subraya. Las veladuras de su obra dejan entrever el desfiladero por el que avanzan los colores, para amortiguar ese lado sombrío de la rutilante vida en Shanghái. “Yo soy optimista por naturaleza y cada cuadro es un descubrimiento”. Descubrimiento al que invita al espectador: “Quiero que el ojo entre en el cuadro y fuera como si te lanzaras por un tobogán o buceando sin parar. Me gustaría que los lienzos transmitieran eso al espectador”, remarca.

Obra de la exposición ‘Beyond’, de Juan Olivares. Imagen cortesía del artista.

Por eso, alejándose del dictamen de Schelling, que recoge Trías en su libro, de que lo siniestro “es aquello que, debiendo permanecer oculto, se ha revelado”, Olivares prefiere mantenerlo en el fondo de su obra, con el fin de que sea la emoción del color quien prevalezca sobre lo amargo de la existencia. “No es el reflejo de una angustia, sino de una experiencia que me ha fascinado”, dice. Fascinación que modula en la exposición con un montaje tan rítmico como el que destila cada una de las piezas por separado. 

“Pusimos ésta en blanco y negro para calmar tanta explosión de color”, explica, antes de precisar que tuvo que sacrificar algunas obras para que dialogaran entre sí, “para que se puedan ver bien”. Lo mismo sucede con la serie de papeles Shanghái Room, en la sala Refugio. “Es una serie que tiene que ver con la meditación. Está hecha toda en un gesto, pero con una preparación previa”. Las ha agrupado tomando como referencia el viento, de nuevo sugiriendo el contraste entre lo crudo y lo bello, bajo otro prisma: “El viento como algo suave y agradable, pero también como algo tremendo, una fuerza devastadora”, concluye.

Juan Olivares, junto a una de sus obras en la Galería Shiras. Foto: Makma.

Salva Torres