«Entiendo la Meseta como un lugar físico y mental»

#MAKMACine #MAKMAEntrevistas | Juan Palacios
‘Meseta’
75′ | Doxa Producciones, Jabuba Films y Atera Films, 2020
Atlàntida Film Fest | Filmin
Martes 1 de septiembre de 2020

Si en uno de sus poemas de ‘Campos de Castilla’ (1912) Antonio Machado evocaba “Las tierras labrantías, / como retazos de estameñas pardas, / el huertecillo, el abejar, los trozos / de verde obscuro en que el merino pasta, / entre plomizos peñascales, siembran / el sueño alegre de infantil Arcadia” –dignificadas como vestigio último del mundo pastoril clásico–, el paisaje contemporáneo amanece consumido y abandonado a una suerte de desidia, incuriosa y negligente, alejado de aquella Castilla de utopía e idealismo que barnizaba los plúmbeos juegos florales de algunos noventayochistas.

Y hacia estas tierras agrestes y caniculares dirige (o más bien, retorna) su mirada lírica y experimental Juan Palacios (Eibar, 1986) en ‘Meseta’ (2019) –segundo largometraje del cineasta armero, tras su laureado ‘Pedaló’ (2016) y diversos cortometrajes que jalonan su incipiente y ensayistica filmografía–.

Un sugestivo y háptico documental (no exento de una cierta y bienvenida causticidad) que radiografía un cosmos rural tan mentado como ignoto, cuya excelencia compositiva ha formado parte de la sección ‘Política y controversia’ en la décima edición de Atlàntida Film Fest –organizado por Filmin–, y que aguarda su venidero recorrido en salas comerciales tras haber obtenido la mención especial del jurado en el Festival CPH:DOX (Dinamarca), el premio al mejor largometraje nacional en el Festival de Cine Independiente de Barcelona l’Alternativa y el premio del gran jurado y del jurado joven en el Festival de Pesaro (Italia).

Meseta, Juan Palacios

Por ello, MAKMA entrevista a su director con el fin de tantear un territorio que, a pesar de que la actualidad (editorial, política y diurna) ha reconvertido en ubérrimo, prosigue yermo en cuanto cae la noche sobre las innumerables mesetas que pueblan el rústico paisaje (cultural y económico) de la “España vacía”.

Según el DRAE, una meseta es una “planicie extensa situada a considerable altura sobre el nivel del mar”. Por su parte, el Instituto Geográfico Nacional perfuma esta vasta extensión para matizarla en relación a las poblaciones de la Submeseta Norte de España, incorporando conceptos paisajísticos como penillanuras y ondulaciones. ¿Qué significado encierra ‘meseta’ en tu concepción y manejo del término, más allá de cuencas hidrográficas y altas montañas que circundan el Mombuey?

Desde que era un crío, cuando iba con mis padres desde el País Vasco al pueblo en Zamora, recuerdo que siempre me fascinaba cruzar el desfiladero de Pancorbo. De repente, se abría una llanura que me parecía la sabana africana. A partir de ahí todo cambiaba, el paisaje y la gente.

Siempre me han atraído esos cielos enormes y horizontes lejanos que van más allá de lo pintoresco, de película del oeste, cinemática, ancestral y solitaria. Con temperaturas gélidas en invierno y sol tórrido en verano puede resultar una tierra hostil, pero de ella miles de labradores han vivido durante siglos. Hoy, sin embargo, para algunos es una zona de paso abstracta que surcan a toda velocidad cuando van de una ciudad a otra. Para otros, como yo, es el lugar de origen del mito familiar. Entiendo la Meseta como un lugar físico, pero también mental.

¿Qué implicaciones personales mantienes con Fresno de la Carballeda? ¿Sería posible ‘Meseta’ sin vínculos ni parentescos?

Puede que en la película todo parezca rodado en un pueblo concreto (el único letrero que vemos en la película es, efectivamente, el de Fresno de la Carballeda), pero, en realidad, son muchos lugares en los que he rodado. Desde Tierra de Campos o el Valle del Tera hasta la Sierra de la Culebra y la Carballeda. Al acabar el rodaje me fijé en el cuentakilómetros de mi coche y me di cuenta de que había conducido más de 20.000 km.

Por supuesto, cada pueblo es diferente y tiene sus particularidades, pero en mi película no quise centrarme en uno en concreto, sino, más bien, aproximarme a ese pueblo que forma parte de la mitología familiar de muchos. Un pueblo universal, por así decirlo. Sin embargo, el punto de partida es el pueblo de mis ancestros, Sitrama de Tera.

Fotograma del documental ‘Meseta’, de Juan Palacios. Imagen cortesía de Filmin.

Creo que ‘Meseta’ también le habla al que no tiene pueblo y puede conectar bien con ella, pero a la hora de hacer la película el vínculo parental que yo tengo con el lugar ha sido indispensable. Muchos de los personajes, empezando por mis abuelos, que son parte de la película, los conozco desde que soy niño.

A la hora de trabajar el espacio de forma visual y aural, el camino me lo iban indicando recuerdos y fascinaciones que tengo desde que soy niño: la red de caños que se usa para regar por inundación, el color de la arcilla roja de los barreros de donde se saca la tierra para hacer adobe, la bodega de mi abuela, que es casi un lugar místico… Bebo de ese vínculo personal que tengo con el lugar.

Y si de algo estoy agradecido es de que mi familia, mis abuelos en concreto, me hayan mantenido conectado con unas formas ancestrales de hacer y de relacionarnos con lo que nos rodea.

Sentenciaba el escritor Sergio del Molino, en su ya conspicuo título ‘La España vacía. Viaje por un país que nunca fue‘, que “a la España vacía le falta un relato en el que reconocerse. Las historias que la cuentan complacen a quienes no viven en ella y halagan dos clases de prejuicios: los de la España negra y los del beatus ille”. ¿Se revela ‘Meseta’ en ese posible relato ausente o no has querido llegar a tanto?

A tanto no se si habré llegado, pero es precisamente ahí donde me quería posicionar. ¿Qué hay entre esas dos miradas que mencionas? A veces lo rural se equipara con la vida sencilla y la libertad. Una mirada que puede resultar naïve si uno no sopesa lo sacrificado que puede ser vivir en el campo.

Es precisamente eso lo que se pone de manifiesto al escuchar historias de intentos de vuelta al pueblo frustrados. Es el caso de la escena de Jorge, el hombre que llama a la radio para contar su desventura de cuando intentó vivir en varios pueblos con su mujer y su hija. Historias poco comunes en los medios de comunicación que, por lo general, tienden también a fomentar esa visión romántica del campo que en realidad le hace flaco favor. Para otra gente, sin embargo, el campo está lejos de suscitarles cualquier tipo de atracción.

Durante muchos años, el deseo por el progreso llevó a la antagonización de lo rural, a considerarlo un mundo atrasado, y creo que esto ha generado que mucha gente, hoy en día, tenga un gran desapego a lo rural, aunque sus orígenes también estén ahí. ‘Meseta’ busca indagar entre estas dos miradas: entre la visión romántica, a veces naïve, de lo rural y el desapego del que no quiere poner un pie sobre un pueblo de Castilla.

En una escena de la película, por ejemplo, cuando cae la noche, no muy lejos de los clubs de alterne, dos hombres “berrean” en la noche Zamorana. Nos llevan de safari nocturno por la Sierra de la Culebra, en la frontera entre España y Portugal. Un territorio fantasma, como ellos lo llaman, en el que, debido a la poca presencia humana que queda en la zona, lo salvaje ha reconquistado lo que una vez se le arrebató.

Un instante de ‘Meseta’, de Juan Palacios. Imagen cortesía de Filmin.

El bosque y la fauna del lugar ha crecido de manera excepcional y los pocos campesinos apenas pueden cultivar porque los animales se comen lo que siembran. Esto plantea una cuestión muy interesante que indaga en la brecha existente entre el campo y la ciudad. La mayoría de la sociedad, los urbanitas, queremos que los bosques sean salvajes y exuberantes, y cuantos más animales haya en ellos, mejor.

Pero este deseo hace muy difícil el medio de vida tradicional de las personas que viven en esta zona en concreto. Los dos hombres conversan sobre lo olvidados que se sienten por las Administraciones y plantean, irónicamente, si a los ojos del Estado forman parte de la sociedad o se han convertido en un animal más.

¿Ha complacido a los escasos carballeses que aún habitan el lugar?

En el campo faltan muchas cosas: escuelas, hospitales… y también cines. De momento, la película solo se ha visto en festivales de cine que casi siempre se celebran en ciudades. Mis abuelos vinieron al estreno nacional en el Festival de Cine de Gijón y sé que a ellos les gustó. Les pareció un poco lenta, eso sí. También se proyectó en la Muestra de Cine de Palencia, donde vinieron amigos del pueblo y algunos de los protagonistas. Por lo que sé, les complació. Pero creo que eso se lo tendrías que preguntar a ellos personalmente.

En ‘Las ciudades invisibles’, el periodista y escritor Italo Calvino afirmaba que “lo que dirige el relato no es la voz, es el oído”. ¿Qué importancia le concedes a la percepción del paisaje sonoro de ‘Meseta’? ¿Atesoraba un papel aún más determinante que la composición visual durante la gestación del proyecto?

Muchas escenas están concebidas a partir del sonido y no de la imagen, así que tiene una importancia vital. Cuando estaba haciendo la película leí ‘Castilla’, de Azorín. En él hay un capítulo dedicado al mar, o más bien a su ausencia. Y, si mal no recuerdo, en un pasaje del texto, Azorín trata de evocar haciendo uso de los aspectos estéticos y sensoriales que le ofrece el campo.

Pensé en hacer una “adaptación contemporánea” de ese pasaje porque algo que caracteriza al paisaje de la Meseta es ese clima hostil alejado de la costa. Para ello me centré en ese sonido casi narcótico de las horas de más calor en el campo. Las cigarras y otros insectos junto a la autovía que pasa a lo lejos y el sonido vibrante de la electricidad, que corre por el kilométrico tendido eléctrico que surca Castilla, crean una amalgama de ruido blanco en la que, si uno se deja llevar, puede llegar hasta las olas del mar.

También juego con el sonido grave, tipo drone, de los, sorprendentemente, muchos aviones que sobrevuelan el lugar. A veces crean una atmósfera lynchiana que hacen que los álamos que agita el viento escondan mucho más de lo que a priori parece. Al sonido del avión se le une el de la berrea de los ciervos y el de la tormenta que cada vez está más cerca para, una vez más, crear una densa textura aural.

Obviamente, el silencio también forma parte del espacio vacío que quería capturar en la película. No hay música extradiegética, pero creo que la película tiene cierta musicalidad. Hay una especie de sonido directo alterado que funciona casi como una banda sonora.

Para rubricar su relato, es plausible afirmar que el narrador precisa del sustento y manejo de sus personajes; y en tu película abundan, sintetizando una forma diversa y compleja (en ocasiones, hilarante) de ser/estar en el mundo, quizás los penúltimos habitantes de un microcosmos en ineludible decadencia. ¿Caben alternativas a la melancolía tras el éxodo o a la nostalgia silente del que permanece?

Durante el rodaje me encontré con Jeromo Aguado y Arturo Sócrates, dos campesinos que para mí también son filósofos. Rodé una conversación entre ellos que me encanta, pero que al final no me encajaba en el montaje, y que, muy a mi pesar, tuve que dejar fuera. Aun así, de ellos aprendí mucho. Entre otras cosas, me contaban que el futuro de la humanidad pasa por la vuelta al campo, por la vuelta al saber ancestral.

Volver no por una cuestión de nostalgia, sino por la necesidad de una calidad de vida que las ciudades, cada vez más saturadas, ya no pueden ofrecer. Cultivar tus propios alimentos, intercambiar, autoorganizarse, vivir en comunidad de forma no utópica…

Una vida que no está exenta de un gran esfuerzo, ni mucho menos, pero que tal vez ofrezca un sentido de pertenencia mucho más profundo. Creo que la Meseta es el sustrato donde esta posibilidad se puede dar.

Meseta
El cineasta Juan Palacios. Fotografía cortesía del autor.

Jose Ramón Alarcón

Fragments y el paisaje urbano de Markel Redondo

IV Beca Fragments | Markel Redondo
Unió de Periodistes Valencians
Viernes 12 de junio de 2020

La Unió de Periodistes Valencians ha otorgado al fotógrafo Markel Redondo la IV Beca Fragments para la producción de un ensayo fotográfico destinado a investigar la transformación del territorio de la Comunitat Valenciana a través del paisaje.

Según ha explicado el autor en su propuesta, viajará “por todo el territorio con el fin de establecer un relato contemporáneo de los paisajes afectados por el urbanismo brutal entre la década de los 90 y los 2000, poniendo especial atención a las zonas del litoral”.

Fotografía de Markel Redondo. Imagen cortesía de la Unió de Periodistes Valencians.

El objetivo final, tal y como ha señalado Redondo, es el de documentar los efectos que producen el desarrollismo urbano, el turismo y la desertización tanto en el paisaje como en los habitantes. “Espero que el proyecto sirva también para reflexionar sobre el tipo de entorno y el tipo de turismo que queremos”, ha afirmado, al tiempo que ha cuestionado “si buscamos un turismo de masas que busca sol, golf y fiesta o un turismo sostenible que respete el medio ambiente y sea coherente con el entorno y el resto de habitantes”.

Markel Redondo (Bilbao, 1978) es graduado en fotografía y vídeo por la Universidad de Bolton (Reino Unido). Completó sus estudios en China con un máster en fotoperiodismo. Ha colaborado para varios medios internacionales y estatales como Time, New York Times, Le Monde, Stern y El País Semanal, entre otros. Actualmente está representado por Panos Pictures y desde 2018 es operador de drones habilitado por AESA en España. Ha participado en diferentes exposiciones y festivales como, Getxophoto, DOCfield Barcelona, Singapore International Photo Festival, Angkor Photo festival y Guernsey Photo Festival.

Fotografía de Markel Redondo. Imagen cortesía de la Unió de Periodistes Valencians.

El ganador de la cuarta edición de la beca dispondrá de un año para realizar su proyecto, con un presupuesto de 6.000 € en honorarios y un mínimo de 9.000 € para la producción de una exposición y un fotolibro. Fragments, con la coorganización de la Generalitat Valenciana, la colaboración del MuVIM y del Área de Cultura de la Diputación de Valéncia, y el compromiso y patrocinio de Aguas de Valencia, es un proyecto cultural compuesto por una beca de producción, un proyecto expositivo, un proyecto editorial y un programa de actividades que reflexionan sobre el periodismo gráfico.

Detalle de una las fotografías de Markel Redondo. Imagen cortesía de la Unió de Periodistes Valencians.

MAKMA

El paisaje y la luz del norte de Leo Wellmar

Land, de Leo Wellmar
My Name´s Lolita Art
C / Almadén, 12. Madrid
Inauguración: jueves 25 de abril de 2019, a las 20.00h

Hablar del movimiento romántico en el paisaje, es hablar de emociones y estados de ánimo. Exaltaciones contenidas en el atelier, donde el artista desataba toda su imaginación a la luz de las velas y alejado de la naturaleza.

El paisaje como excusa para provocar emociones y, sobre todo, para adentrarse en el estudio del color y de la luz, es lo que ha llevado a la pintora Leo Wellmar (Estocolmo, 1965) a realizar esta serie de trabajos, manteniendo como inspiración el paisaje y la luz del norte.

Leo Wellmar es consciente de la constante presencia de la naturaleza y de la importancia del paisaje en su vida. La propia artista habla de los “fuertes contrastes  de ambientes y gamas cromáticas en cada estación… una auténtica explosión de matices y de elementos y, desde mi punto de vista, un paraíso como medio de expresión”.

El paisaje es el escenario perfecto para un paseo emocional (concepto romántico), donde las sensaciones adquiridas toman fuerza a través de su propia luz, sin límites visibles entre la realidad y la ficción. En este punto puede haber un coqueteo científico – impresionista, el cual es evitado por la propia artista al hablar de su trabajo como “paisajes imaginarios e ilocalizables”.

En definitiva, el proyecto que presenta Leo Wellmar para la exposición, estaría vinculado a un proceso emocional y conceptual. El paisaje como punto de partida para lograr conceptos utópicos. Una simbiosis entre el “significante y el significado”, con el fin utópico de conseguir el concepto universal de la imagen.

Su obra es, en definitiva, el argumento perfecto para profundizar en el campo conceptual de los estados lumínicos. Variaciones  conceptuales, imaginarias, de paisajes inalcanzables, que se precipitan en figuraciones formales y reconocibles.

Red Trees, de Leo Wellmar en la exposición 'Land'. Imagen cortesía de My Name's Lolita.

Red Trees, de Leo Wellmar, en la exposición ‘Land’. Imagen cortesía de My Name’s Lolita.

Los paisajes híbridos de Ibáñez

Eduardo Ibáñez
Mímesis
Galería Railowsky
Grabador Esteve, 34. Valencia
Del 15 de febrero al 9 de abril de 2019

Eduardo Ibáñez nació y creció en Tavernes de Valladigna, en la comarca valenciana de La Safor, cuna de la humanidad peninsular como demuestran los restos hallados en la mítica cueva de Bolomor. Un valle de extraordinaria belleza, con el mar próximo y la montaña siempre presente. Con el Centro Excursionista de Tavernes tuvo la oportunidad de recorrer esas montañas cercanas, “lugares donde poner a prueba nuestra curiosidad e intentar conocer de primera mano cómo son las formas de la naturaleza y valorarlas”, comenta.

Los paisajes de su serie Mímesis, que se exponen en Galería Railowsky hasta el 9 de abril no se parecen nada a los de su ciudad natal. Son hoscos, duros, abruptos y accidentados y no reflejan lugares reales, sino híbridos entre lo real y lo imaginario. Es la magia del fotomontaje que Ibáñez ha desarrollado y perfeccionado desde sus inicios como artista, cuando tuvo la ocasión de tratar a  Renau. “Conocí a Renau al poco de volver del exilio en un momento difícil en los inicios de mi carrera”, recuerda. “Fue un revulsivo y un espejo en donde mirarme al mismo tiempo. Era el artista y la persona que necesitaba en aquel momento. Necesitaba de su sabiduría, de sus conocimientos, de su lealtad a si mismo. Tuve la ocasión de visitarlo en su casa de València los domingos por la tarde durante algunos meses. Fue un privilegio conocer, a través de sus palabras su dilatada carrera creativa, su ideario político y la función que debe tener el arte en la sociedad moderna”.

Fotografía de Eduardo Ibáñez. Imagen cortesía de Railowsky.

Fotografía de Eduardo Ibáñez. Imagen cortesía de Railowsky.

La muestra Mímesis, es una  selección de 30 imágenes que forman parte de una serie de medio centenar, un trabajo desarrollado entre los años 2015 y 2018. Para  dar forma a estos paisajes ha utilizado como material de construcción la madera y corteza de distintas especies de árboles que combina con las rocas y piedras, “puesto que su estructura formal, la variedad de texturas y su apariencia caprichosa, ofrece cualidades miméticas que se asemejan y en ocasiones se confunden con el material pétreo”, explica.

Mímesis aborda el paisaje partiendo de imágenes de lugares reales o ficticios, ahondando en su significado escenográfico y evocador”, escribe Ibáñez en el catálogo. “Mi interés se centra en el paisaje como escenario, sometido a sus propias leyes naturales, como conjunto de formas físicas capaces de transformarse por el paso del tiempo y los rigores del clima. Es, ante todo, orografía en continua transformación. Parte de este fenómeno concierne a la masa vegetal y arbórea que convive con las masas rocosas en una suerte de juego mimético”.

Ibáñez confiesa que  ha sido un trabajo arduo localizar los paisajes, realizar las composiciones, trabajar los montajes, maquetas y material base a partir de centenares de fotos de corteza de árboles, talas, leñeras, recolección de pequeños trozos de madera en playas, etcétera. “A ello hay que añadir el trabajo con programas informáticos de tratamiento de imagen. Otra parte importante ha sido el seguimiento del copiado y la calidad de la impresión”.

Fotografía de Eduardo Ibáñez. Imagen cortesía de Railowsky.

Fotografía de Eduardo Ibáñez. Imagen cortesía de Railowsky.

Los montes escarpados, las canteras y menhires lanzan un grito contra  la explotación de los recursos naturales más allá de los límites sostenibles que está sometiendo al planeta a una agonía sin retorno. “El futuro del planeta depende de cómo gestionemos el presente. De ahí que parte de la serie se centre en ese ‘paisaje moderno’ que supone la explotación de recursos naturales y que registro en las fotografías de canteras a cielo abierto”.

Pintor, grabador, fotógrafo, doctor en Bellas Artes  y profesor de dibujo en la Universidad Politécnica, con medio centenar de exposiciones y una trayectoria consolidada, Ibáñez tiene una  visión agridulce del momento cultural y artístico. “Nunca en nuestro país ha habido más oportunidades que, mediante la cultura y el arte en particular, haya permitido al ciudadano medio acceder a un nivel de conocimiento, criterio y visión crítica de la sociedad que nos acoge como en este inicio de milenio. No obstante,  es una pena que un colectivo importante de la sociedad esté sumida en la vulgaridad y no aprovechen esta oportunidad para crecer como personas; pero soy optimista al respecto”.

Inspirado por este optimismo valora positivamente “la proliferación de nuevos espacios expositivos, algunos excelentes, que permiten mostrar la polifacética creación en el ámbito de las artes visuales. Vivimos desde hace años un periodo de mestizaje rico y amplio, añade, en el que los discursos artísticos se centran en visualizar los aspectos más acuciantes dentro de la complejidad de la sociedad contemporánea. Es un momento plácido para los artistas jóvenes, que están disfrutando, como nunca, de un momento dorado de visibilidad y consideración. Eso es bueno y enriquece el mapa de la genética expresiva. Dentro de este panorama, la fotografía ocupa un lugar privilegiado por ser el medio más utilizado y omnipresente en la sociedad actual”, concluye Eduardo Ibáñez.

Fotografía de Eduardo Ibáñez. Imagen cortesía de Railowsky.

Fotografía de Eduardo Ibáñez. Imagen cortesía de Railowsky.

Bel Carrasco

Mónica Jover: más allá de la pura visión

De lo que sí percibimos, de Mónica Jover
Sala d’art La Capella de l’Antic Asil
Carrer del Camí, 42. Alcoi (Alicante)
Del 23 de marzo al 18 de mayo de 2018

‘De lo que sí percibimos’ es el título de la nueva exposición de Mónica Jover (Alcoi, 1973). Licenciada en Bellas Artes por la Universidad Politécnica de Valencia, su trabajo se articula desde la pintura. La naturaleza siempre como fuente de inspiración. El paisaje como vehículo para representar un mundo que no existe y contar historias.

Un espacio imaginado entre los límites de lo real, donde el mundo interior se hace presente y realidades opuestas conviven mutuamente. Arte y naturaleza. Color. En constante transformación, se mueve entre dicotomías: figuración/abstracción, textura/gesto, solidez/ligereza, continuo/discontinuo, materia/espíritu, nítido/difuso, completo/fragmento, centrado/descentrado.

Obra de Mónica Jover. Imagen cortesía de la autora.

Obra de Mónica Jover. Imagen cortesía de la autora.

La frase completa sería: lo que no vemos, pero sí percibimos. Se trata de un proyecto que abarca tres años de investigación pictórica. Comienza con la introducción del hilo en el 2015, el cual marcó una diferencia. El lienzo se va expandiendo hacia los lados, conectando con otra dimensión. El espacio creado es ahora un espacio que trasciende los límites físicos del bastidor. Ahora ese espacio se toca y se percibe, y si se toca, también tiene otra textura.

Trabaja una serie de obras en las que la pintura dialoga con el hilo, el cual se hace presente a pedazos, a manchas, o incluso resbala fuera del marco. Hay otros que se funden con la pintura misma y sólo hay que tocarlos para adivinarlos. Hay perforaciones en el lienzo, y el hilo se cuela en ellos.

Obra de Mónica Jover. Imagen cortesía de la autora.

Obra de Mónica Jover. Imagen cortesía de la autora.

Después hay obras en las que el espacio pictórico se rompe para luego ensamblarlas y formar otras nuevas. De-construcción y reconstrucción. Como un juego a modo de puzzle en el que el color, adquiere gran  relevancia.

Y en todas ellas, el paisaje sigue estando ahí. Como referente para contar historias. Como conexión directa con la naturaleza. La dimensión espiritual que yace oculta tras su apariencia visual, atrapa una y otra vez a la artista. Para ella es un misterio que quiere interpretar una y otra vez.

Obra de Mónica Jover. Imagen cortesía de la autora.

Obra de Mónica Jover. Imagen cortesía de la autora.

Al final, el objetivo es que lo material, lo natural y la apariencia visible puedan desvelar su dimensión espiritual y trascender lo físico a través de la representación pictórica. Esa búsqueda constante de representar lo que no se ve pero se puede sentir, percibir.

Y aquí enlaza con su última serie llamada Piedras. Como elementos de la naturaleza. Poseen energía y vibran como todos los elementos de la tierra. Como todos nosotros. Esas vibraciones que nos envuelven y nos hacen sentir o percibir lo positivo y lo negativo de todo lo que nos rodea. Lo que no vemos pero sí percibimos.

Obra de Mónica Jover. Imagen cortesía de la autora.

Obra de Mónica Jover. Imagen cortesía de la autora.

La lucha urbana que salvó El Saler

‘El Saler per al poble, ara! El poder de la ciudadanía en la transformación responsable del paisaje y del territorio’
La Nau de la Universitat de València
C / Universitat, 2. Valencia
Hasta el 15 de octubre de 2017

La Universitat de València acoge en La Nau ‘El Saler per al poble, ara! El poder de la ciudadanía en la transformación responsable del paisaje y del territorio’, una exposición conmemorativa y reivindicativa sobre la Devesa del Saler. Producida por el Vicerrectorado de Cultura e Igualdad, con la colaboración del Ayuntamiento de València, Caixa Popular, el Colegio Territorial de  Arquitectos de València y la Fundació General de la Universitat, la exposición rememora el éxito de ‘El Saler per al poble’, uno de los primeros movimientos ciudadanos de España, que en los años setenta consiguió paralizar una urbanización que hubiera acabado con la Devesa de El Saler, y reivindica los retos que todavía quedan para este Parque Natural.

La exposición está comisariada por los arquitectos Carles Dolç, Tito Llopis, Felipe Martínez y Luis Alberto Perdigón, y por la periodista Maria Josep Picó. Se puede visitar en la Sala Estudi General de La Nau hasta el 15 de octubre.»Como indica el título de la exposición, pretendemos rememorar uno de los primeros movimientos ciudadanos de España, posiblemente el primero ecologista, que consiguió defender el patrimonio natural y que aún hoy se estudia y sigue siendo objeto de investigaciones y tesis en universidades europeas y estadounidenses”, comentó uno de los comisarios, el arquitecto Carles Dolç de una exposición colectiva, que describe la historia del movimiento que salvó la Devesa del Saler.

El vicerrector de Cultura Antonio Ariño destacó la importancia de realizar ahora esta exposición sobre “la lucha urbana y ecológica, que no es nueva, sino que ya en los años 60 y 70, los entonces nuevos movimientos sociales, encabezados por científicos, arquitectos, y vecinos daban voz en la clandestinidad a aquellos que no la tienen, como son el agua y los patos de la Albufera”.  En este sentido, subrayó la importancia de la memoria para valorar “conquistas históricas”.

Vista aérea de El Saler. Fotografía: Pere de Prada por cortesía de La Nau.

Vista aérea de El Saler. Fotografía: Pere de Prada por cortesía de La Nau.

El concejal delegado de Conservación de Áreas Naturales y Devesa-Albufera Sergi Campillo calificó la exposición de “magnífica” en tanto que recupera “una de las joyas naturales más importantes de la ciudad de Valencia que conmemora este año el 30 aniversario como Parque Natural” y agradeció la labor de la Universitat en poner en valor este espacio. Del mismo modo, Francesc Alós, en representación de Caixa Popular, entidad patrocinadora de esta exposición, manifestó “el papel importantísimo que está desarrollando La Nave para abrirse y acercarse a la sociedad” y en concreto de esta exposición subrayó que gracias al movimiento ciudadano, la Devesa es ahora lo que es, pero podría haber sido otra cosa bien diferente.

Según explicó, Tito Llopis, la exposición recoge un amplio material tanto gráfico como documental, que se caracteriza por su carácter histórico e inédito, ya que parte del mismo se ha realizado ex profeso para esta exposición. Fotografías de la época se entremezclan con vistas aéreas captadas sobre la zona con motivo de este proyecto expositivo; audiovisuales de la década de los setenta se proyectan junto con otros actuales que recogen las voces de algunos de los protagonistas de aquel exitoso movimiento ciudadano; documentos de cartografía histórica conviven con material de planeamiento urbanístico y cartelería reivindicativa de la época.

Todo para recordar la “batalla” de El Saler y las cuestiones pendientes. En 1962 el Ayuntamiento de València promovió un plan para urbanizarlo y convertirlo en una marina mediterránea más, destinada al alojamiento temporal del “turismo de masas” con el que Manuel Fraga Iribarne, ministro entonces de Información y Turismo, planteaba colonizar los espacios marítimos más singulares. El Plan fue aprobado el 1965 por el consistorio que presidía el alcalde Adolfo Rincón de Arellano, comenzó a ejecutarse poco tiempo después y pronto se van a visualizar sus efectos destructores en el bosque y la playa.

En aquellos años, finales de los sesenta, algunas voces minoritarias apuntaron las críticas iniciáticas al proceso urbanizador. Fueron biólogos y ambientalistas que comprobaron los daños y la ausencia de criterios de respecto a la naturaleza en las obras. Voces como las de los profesores Docavo, Mansanet o Gil Corell, a les que se van a sumar Félix Rodríguez de la Fuente con un programa de “Vida Salvaje” en TVE en 1970, provocaron una primera polémica pública y generaron en la sociedad valenciana dudas fundamentadas sobre la bondad de la urbanización de la Devesa.

Reunión del Saler convocada por la Coordinadora de Asociaciones de Vecinos. Junio de 1978. Foto de Josep Vicent Rodríguez por cortesía de La Nau.

Reunión del Saler convocada por la Coordinadora de Asociaciones de Vecinos. Junio de 1978. Foto de Josep Vicent Rodríguez por cortesía de La Nau.

’El Saler per al poble” fue el emblema de la campaña ciudadana que en el verano del 1974 planteó con rotundidad que la urbanización era un desastre y que se debía recuperar la Devesa. El movimiento ciudadano fue apoyado por las asociaciones vecinales nacidas en los barrios y pueblos en el final del franquismo y por la iniciativa de profesionales diversos, sociólogos (Josep Vicent Marqués), arquitectos (Just Ramírez), docentes (Trini Simó), periodistas… Desde Las Provincias, María Consuelo Reyna publicó tres artículos muy críticos sobre el proyecto y se convirtió en altavoz de una larga polémica. Se recopilaron 15.750 firmas oponiéndose a la urbanización, una cifra increíble bajo la dictadura.

El trabajo del movimiento ciudadano consiguió que no se continuara construyendo la urbanización. Los edificios que todavía hay en el interior del bosque del Saler, la autopista que se estrangula o el campo de golf son algunos de los recuerdos o cicatrices de una urbanización que habría acabado con la Devesa.

La primera corporación democrática valenciana, presidida per Ricard Pérez Casado, paralizó definitivamente la ejecución del plan urbanizador, inició en 1980 los estudios para la recuperación del Saler y aprobó el Pla Especial protector de la Devesa en 1982. Después, en 1986, la Generalitat declaró el Parque Natural de La Albufera donde se incluye la Devesa del Saler, comenzó la regeneración de los sistemas dunares (1990-2000) arrasados por la urbanización y la ordenación de los usos turísticos de la zona.

La exposición se estructura en cinco secciones: Antecedentes no construidos, donde se visualizan obras que no se construyeron, como un aeropuerto o la universidad laboral que finalmente se emplazó en Cheste; análisis del proyecto urbanizador ejecutado con las “cicatrices” que sí se erigieron; el movimiento ciudadano del 1974-1976, donde ocupa un lugar preminente la contra exposición, informativa y propositiva, que se organizó en junio del 1974 en el Colegio de Arquitectos con el título ‘El Saler: Dades per a una decisió col·lectiva’; una sección dedicada a la paralización del plan y los trabajos de rehabilitación de los ecosistemas de la Devesa a partir de los años 80; y el último apartado está dedicado a las reivindicaciones pendientes: cómo restaurar las playas alteradas por la expansión del Puerto de Valencia, la recuperación de la calidad que tenía el agua del lago en 1960, la anomalía de una autopista que se dirige al corazón de un parque natural, el campo de golf en contradicción completa con la riqueza de los ecosistemas del Saler, el futuro de las edificaciones existentes en la Devesa, recuperar la conexión del poblado de El Saler con su puerto, etc.

Esta sección, que mira al presente y al futuro, se acompaña del libro de la exposición, que no es un catálogo al uso, sino más bien una suma de artículos de diferentes autores que actualizan gran parte de los registros -científicos, culturales y sociales- posibles en un paisaje metropolitano tan singular como único.

El reflejo acuoso de Mª Dolores Mulá

‘Tierra inundada’, Mª Dolores Mulá
Comisarios: Pepe Calvo y Juan Antonio Roche
Sala Juana Francés, Sede Universitaria Ciudad Alicante
Avd. Ramón y Cajal 4, Alicante.
Hasta el 2 de marzo de 2017

Una breve pero intensa porción del imaginario de la fotógrafa catalana Mª Dolores Mulá puede verse estos días en la Sala Juana Francés de la Sede Ciudad de Alicante perteneciente a la Universidad de Alicante. Esta artista, asentada en Elche desde hace tiempo, destaca por una larga trayectoria en el panorama artístico valenciano gracias, sobre todo, a sus pinturas y grabados los cuáles, por cierto, han tenido un merecido hueco en el Repertorio bibliográfico de artistas valencianos contemporáneos: 1950-2000, proyecto de investigación dirigido por el académico Román de la Calle. Es precisamente de la Calle el que regala la clave principal para entender la obra de Mulá:

“la mayoría de imágenes generadas por María Dolores Mulá en sus numerosas pinturas y grabados pueden ser asociadas – como efectos descriptivos de su recepción- a determinados términos lingüísticos, que conllevan quizás fuertes connotaciones poéticas. ¿Cómo no relacionar las imágenes con los términos expresivos que ellas mismas motivan? ¿Cómo no vincular las obras, de alguna manera, con los efectos de su recepción?”

A pesar de que Tierra inundada’ son fotografías, técnica no acostumbrada a exhibirse en la obra de la artista, las imágenes sirven de puente para observar claramente el regreso a esa motivación y recepción poéticas de las que nos habla Román de la Calle.

Sin título (2013). Una de las piezas que puede verse en la muestra. Imagen cortesía Sede Universitaria Alicante.

Sin título (2013). Una de las piezas que puede verse en la muestra. Imagen cortesía Sede Universitaria Alicante.

Agua, naturaleza, tierra y memoria. Mulá fue desterrada, despojada consecuentemente, de su lugar natal. El pequeño valle donde nació quedó sumergido por las reposadas y grises aguas de un pantano. Ese tono grisáceo parece dirigir todo el recorrido puesto que va saltando del agua, a la tierra y por último al cielo. La muestra se encuentra dividida en cuatro apartados Agua desbordada’, ‘Agua retenida’, ‘Agua rota’ y ‘El misterio del origen’. En ellos crea un nuevo ciclo imaginado: primero el agua desborda, no contiene su fuerza y fluye sin que la nimiedad del ser humano pueda hacer nada; luego, descansa y se detiene en charcas, lagunas e incluso cráteres de volcanes, para más tarde caer y romperse, con gran estruendo, no quiere pasar desapercibida por aquellos caminos que la naturaleza a dispuesto; por último, reaparece y germina de nuevo, sosegada, apacible…

Si la fotografía trata de captar el instante, el conjunto presentado en la semicircular Sala Juana Francés relata un continuum que conecta el agua y la tierra, la historia con los sucesos y un entorno que se mantiene cambiante pero impasible. Mª Dolores Mulá, y también los comisarios ideadores, han logrado mantener al espectador en vilo hasta el último momento, casi sin atender a la respiración como si nos estuviéramos ahogando inconscientemente, sumergiéndonos en tierras fangosas y aguas grisáceas.

María Ramis

Paisajes de contradicciones

Paisajes de contradicciones, Alba Cataluña
Espai d’Art Colón
C/ Colón 27. Valencia
Hasta el 27 de noviembre de 2016

Las obras de la joven artista Alba Cataluña se exponen en el espacio del Ámbito Cultural de El Corte Inglés de la calle Colón. La tarea de promoción y divulgación de arte joven que lleva a cabo el Corte Inglés, la Real Academia de Bellas Artes y el Centre de Documentació d’Art Valencià Contemporani Román de la Calle, ha tomado un nuevo rumbo al trasladarse, por fin, al centro de la ciudad de Valencia.

Alba Cataluña es licenciada en Bellas Artes por la Universidad Politécnica de Valencia donde se especializó en pintura. En la actualidad, trabaja en sus proyectos artísticos y los compagina con la ampliación de sus estudios.

En el texto crítico que escribe Gabriela Georgieva se explica que “su pintura es poesía visual. Mediante una profunda introspección la pintora se centra en la búsqueda constante entre el contraste creado entre la ausencia o presencia de la luz. La artista presenta una variación constante en su percepción del mundo, fluctuando en su cambiante sentido, dominado solamente por el color y la luz.

Así pues, pigmentos y luz se funden en una danza interminable, mágica. Crean movimientos como si de un vals de altibajos se tratase. Ella es su propia obra de arte: muchas veces incapaz de dominar la fuerza que brota del lienzo, que llama a gritos al espectador, pero sí con la fuerza suficiente para mandar sobre sí misma. Sus pensamientos, sentimientos y deseos únicamente pueden ser descubiertos a través de la contemplación serena de sus piezas.

Una de las obras de Alba Cataluña. Imagen cortesía Centro de Documentación de Arte Valenciano Contemporáneo.

Una de las obras de Alba Cataluña. Imagen cortesía Centro de Documentación de Arte Valenciano Contemporáneo.

Alba se presenta en la actualidad como una autora que emplea todas las herramientas que se encuentran a su disposición, para centrarse, primordialmente, en la realización de pinturas en las cuales el dripping, el assemblage y el violento pero preciso rasgado de las telas se convierten en su signo de identidad.”

La obra de la artista se fundamenta en fragmentos de paisajes blancos y negros, parajes desolados, donde el tiempo, en su soledad, nos muestra superficies aparentemente limpias en las que puede plasmar el dibujo de la línea, línea como escritura, como huella, como un diario, un abecedario propio, en el cual simplemente recoger la tranquilidad que éstas superficies le confieren al artista día tras día. El enfrentamiento entre estas obras crea un deseo de tocar, la necesidad del tacto mediante la mirada, ese otro tacto que puede llegar a ser embarazoso y al mismo tiempo perturbador de la sensibilidad.

Cartografías de Óscar Carrasco

Cartografías del olvido, de Óscar Carrasco
Galería Luis Adelantado
C/ Bonaire, 6 Valencia
Hasta el 17 de noviembre de 2016

Se dice de la figura del artista que debe mantener su estilo, esa transmisión estética y conceptual que le haga reconocible. Al mismo tiempo no debe perder originalidad, ni tampoco contemporaneidad, la obra creada debería formar parte del momento histórico social, debería ser fruto de las preocupaciones, inquietudes o desvelos del creador. Plasmar estos deberes es un reto diarios que el artista debe salvar de manera continuada en su día a día. Las fotografías de Óscar Carrasco consiguen compaginar todos estos ‘deberes’ y darles una nueva significación.

La exposición ‘Cartografías en el olvido’ se puede observar de dos formas diferenciadas. Una primera en la que posicionarse en frente de la obra crea, gracias al reflejo, una extraña sensación de  inmersión. Al igual que el paisaje ha sido olvidado, el espectador se transforma en un intruso cuya presencia, humana, no acaba de encajar. El segundo modo de observar las cartografías presentadas, hoja de sala en mano, es la forma que permite identificar lugares y la mejor manera de excarbar, solo con saber su aproximación geográfica aproximada, en los recovecos de las estructuras fantasmales.

Club El Cisne Negro. Una de las obras que pueden verse en la exposición. Imagen cortesía Galería Luis Adelantado.

Club El Cisne Negro. Una de las obras que pueden verse en la exposición. Imagen cortesía Galería Luis Adelantado.

Una serie de elementos, como la arquitectura inundada de graffitis, basura y escombros, se repiten y dotan a la imagen de un carácter simbólico. Ese simbolismo se logra gracias a la creación de un muestrario ejemplar de la técnica fotográfica: buen encuadre, luz adecuada y puntos de fuga irreales. A pesar de esa realidad inherente en las piezas, volvemos a trasladarnos a una utópica y extraña materialidad. La fotografía, una vez más, se convierte en el medio que se extiende hacia una nueva dimensión, más allá de la captada por el ojo.

El propio Óscar Carrasco confiesa que le interesa “la ruina como crítica a la civilización y al poder devastador del ser humano, como recordatorio de su vanidad y fracaso ante el tiempo y el entorno”. Es casi inevitable analizar su visión de la sociedad, esa que realiza a través de nuestros vestigios actuales, al igual que los románticos del XIX buscaban respuestas en la pureza de paisajes furiosos. Una analogía dispar con un mismo resultado: la razón del ser humano, que toma forma de construcción aquí, se torna nimia ante la resistencia de la naturaleza.

Vista general de la exposición. Imagen cortesía Galería Luis Adelantado.

Vista general de la exposición. Imagen cortesía Galería Luis Adelantado.

María Ramis