Circus of Books, testimonio de 50 años de lucha

#MAKMAPantallas | ‘Circus of Books’ (2019), de Rachel Mason
Netflix, 2020
Jueves 28 de mayo de 2020

La última apuesta gayfriendly de Netflix nos lleva de la mano de la familia Mason a conocer la historia de una de las emblemáticas distribuidoras y productoras de contenido erótico y pornográfico de Estados Unidos. ‘Circus of Books’ es un documental autobiográfico dirigido por Rachel Mason que expone el surgimiento y muerte de aquello que bien podríamos denominar un imperio empresarial dedicado a la producción y distribución de contenido pornográfico gay.

Exterior de la Librería Circus of Books. Fotografía cortesía de Netflix.

El documental, dividido en dos grades apartados, comienza con una presentación de los miembros de esta curiosa familia judía afincada en Los Angeles, exponiendo a través de videos caseros las dinámicas de Karen y Barry y sus tres hijos Micha, Rachel y Joshua Mason. La superposición de estos vídeos grabados por la propia directora en su infancia, junto con las imágenes y testimonios permiten al espectador adentrarse en la atmósfera de los Estados Unidos durante la década de los ochenta. Cintas caseras, recortes de periódicos e imágenes documentales se convierten en la conjugación perfecta que otorga al audiovisual esa pátina vintage tan sugestiva y atrayente.

«‘Circus of Books’ es una librería y una tienda de material pornográfico duro gay»: con esta sentencia Karen Mason da paso a la intro de un documental que tiene de todo menos «porno duro gay». Sin duda, la promoción del documental por parte de la plataforma Netflix ha generado ciertas expectativas sobre esta producción, que lejos de adentrarse en los entresijos de la industria del porno gay de las últimas décadas, nos presenta un testimonio destinado a toda la familia de cómo la homosexualidad y la pornografía han sido y son un tabú social y, al mismo tiempo, una industria muy rentable económicamente.

Fotograma del documental con Karen y Joshua Mason en la entrada de la sinagoga. Fotografía cortesía de Netflix.

El documental, presentado en el Festival de Tribeca, se suma a la parrilla propuesta por la plataforma Netflix, aportando diversidad a su catálogo de contenidos y acercando a los neófitos a la cultura queer. La primera parte de la producción, de tono más didáctico, se estructura a partir de la ingente recogida de testimonios llevada acabo por Rachel. De este modo, trabajadores de Circus of Books, cineastas y artistas del mundo del porno gay, activistas y demás generadores de contenido articulan, junto con la familia Mason, un complicado engranaje que otorga fluidez y dinamismo al documental. Tomando la pequeña librería como centro neurálgico, las historias recogidas nos hablan de la conformación de espacios compartidos en los que la relación, el encuentro y la identificación surgían de manera espontánea.

‘Circus of Books’, de manera natural y muy familiar, aúna testimonios vivos e imágenes trasnochadas del underground californiano que aproximan al espectador a los ajados códigos de relación entre la comunidad homosexual. Las bandanas de colores y los callejones salen a la luz desestigmatizados y son incorporados a la narración de manera natural. De igual modo, los arrestos, las persecuciones y la violencia ejercida contra la comunidad antes del incidente de Stonewall son recogidos en pro de contextualizar el surgimiento, tan necesario, de refugios para los homosexuales como la librería Circus of Books, hoy un negocio anticuado con el agua al cuello, víctima directa del avance de las nuevas tecnologías, donde el porno analógico ha sucumbido frente a la accesibilidad y privacidad del consumo online.

La segunda parte del documental, de un marcado tono autobiográfico, está dedicada a exponer tanto el lado más conservador como el más liberal de la familia Mason. «Gay era una palabra mala», afirma Joshua, el hijo menor de los Mason, quien nos sirve de guía a través de los dramas familiares generados por la enraizada fe de Karen y el conflicto producido con su trabajo en la industria del porno.

El documental se convierte en un ejercicio de reconciliación familiar y de trabajo emocional que expone como, a lo largo de nuestra historia, el colectivo LGBTI ha necesitado de aliados y aliadas para construir lugares como la librería Circus of Books, un bastión, que, más allá de difundir y producir pornografía gay, supuso un lugar de encuentro para muchos homosexuales que vivieron la criminalización y persecución acometida por las políticas ultraconservadoras de Reagan durante los ochenta. Reachel Mason consigue con su documental que el gran público acceda a través de un testimonio sincero a la historia, nuestra historia, aquella que a lo largo del tiempo se ha redactado en los márgenes de la heteronorma.

Karen y Barry Mason en el cartel promocional de Netflix.

Andrés Herraiz Llavador

Distopías de Hollywood: sueños en ‘Fase 0 (y medio)’

#MAKMAOpinión #MAKMACine | Sueños en Fase 0 (y medio)
‘Erase una vez en… Hollywood’ (Tarantino, 2019) y ‘Hollywood’ (Ryan Murphy, 2020)
Viernes 22 de mayo de 2020

Durante todas estas semanas de pandemia global y de confinamiento, resulta tentador analizar esta época y nuestra sociedad aplicando todo lo que hemos aprendido de las innumerables distopías que consumimos en formato televisivo, cinematográfico o literario.

Inevitablemente, en nuestra mente se agolpan imágenes de extrañas enfermedades que transforman a la población en un peligro mortal para sus congéneres, ya sea transformándoles en zombies, hombres lobo o en vampiros anteriores a ‘True Blood’ (2008-2014) y a ‘Crepúsculo’ (2008). Incluso hemos podido ver en las noticias como las calles de Singapur pueden ser controladas y transformadas en ‘Metalhead’, uno de los episodios más inquietantes de la cuarta temporada de ‘Black Mirror’ (2011-actualidad). Todos los sueños anteriores a la COVID-19 se han ido transformando en aquellas pesadillas que nunca imaginábamos poder leer en la prensa ni ver en las noticias, y aún menos en ‘Sálvame’.

Sin embargo, frente a esta visión distópica del mundo –que ya deja de serlo por el mero hecho de haberse convertido en nuestra cotidianeidad–, 2020 también, aún sin pretenderlo, nos está mostrando un portal abierto a presentes alternativos solo con que un pequeño detalle del pasado se hubiera modificado. Frente a la pesadilla real surge un no menos inquietante “What if?” que deja patente el carácter irreconciliable, aunque no incompatible, entre el “gran sueño americano,” presentado y vendido bajo el atractivo envoltorio de la fabrica de sueños hollywoodiense, y unos seres humanos que torpedean unos principios tan básicos y primordiales como deberían ser la coexistencia feliz, la autoaceptación, la importancia de ser diferente. En el presente del mundo desde los balcones, los aplausos también conviven con la policía de los balcones.

Leonardo Di Caprio y Brad Pitt en una escena de ‘Erase una vez en… Hollywood’, de Quentin Tarantino.

El título de ‘Erase una vez en… Hollywood’ (Tarantino, 2019), inevitablemente, remite al mundo de los cuentos infantiles en un desplazamiento hacia un tiempo y un espacio narrativo en el que los personajes van adquiriendo distintas funciones proppianas dependiendo del plano en el que se mueven. La realidad, la ficción, la metaficción y la faction se desarrollan en un tiempo mítico de finales de los años 60, con glamurosas fiestas de Hollywood y los últimos coletazos del movimiento hippie. Los westerns y sus protagonistas, versiones maduras y caducas de un antiguo star system, intentan convivir con las nuevas comedias de Hollywood y sus jóvenes y prometedoras estrellas, del mismo modo que se desdoblan y se convierten en narraciones dentro de la narración. Dentro de este marco temporal de cambio surge, tras los puntos suspensivos, Hollywood, ese espacio mítico e imaginado en el que los sueños se pueden cumplir.

A lo largo de la mayor parte de las casi tres horas de película, el espectador se va moviendo por el mundo onírico de Hollywood en el que ficción y realidad se mezclan. Solo en este estadio de onirismo resulta posible que a Cliff Booth se le pueda confundir, solo dentro de la ficción, con Rick Dalton, el actor de westerns llegado a menos al que doblaba en sus escenas peligrosas. Esta suerte de doppelgänger de ficción se mueve por una ciudad y una industria en la que la ficción se convierte en vecina de Roman Polanski y de Sharon Tate en Cielo Drive, una convivencia entre destinos similar a la de la transformación del set de rodaje de ‘Bounty Law’, interpretada por Rick, en el hogar de la secta de James Manson. Resulta a su vez relevante y revelador que el esperable resultado de la suma de violencia, en la que los elementos aditivos son Manson y Tarantino, demuestra que dos más dos no siempre dan cuatro. La violencia resultante, lejos de convertir la existencia de los personajes en una pesadilla, se transforma en un final abierto en el que sus sueños se pueden cumplir. Sin embargo, el espectador sabe que la historia no fue así, que lo que acaba de presenciar es un final de cuento de hadas, un “y fueron felices y comieron perdices” que hace olvidar que las heroínas de los cuentos nunca tienen una existencia idílica.

La misma fábrica de sueños, aunque esta vez durante la época posterior a la Segunda Guerra Mundial, se convierte en el marco espacial de ‘Hollywood’ (Ryan Murphy, 2020). De nuevo, la ficción y la realidad habitan el mismo espacio: Rock Hudson o Hattie McDaniel conviven con los personajes salidos de la mente de Murphy y, al igual que en ‘Erase una vez… en Hollywood’, se convierten en personajes dentro de juegos metanarrativos y metacinematográficos que comienzan un viaje liberador desde la gasolinera de Ernie West a ‘Dreamland’, esa tierra de sueños que libera sexualmente a mujeres casadas y a hombres gays. En este Hollywood, la historia del suicidio de Peg Entwistle se reescribe para convertirse en un ejercicio de transformación de la mentalidad hostil de los años 40 a la visibilidad de la diferencia, de Peg a Meg solo cambiando una letra. Una ‘M’ permite que Rock Hudson pueda vivir su homosexualidad de manera abierta y convertirse en un icono gay positivo en vez de la primera víctima famosa de sida, con toda la estigmatización que ello conllevaba durante la época de Reagan. Una ‘M’ que permite a Camille Washington abandonar sus papeles de criada sobreactuada y ganar un Óscar como protagonista y convertirse en un espejo en el que muchas otras Camilles racializadas puedan soñar despiertas –y devolver su lugar y su dignidad a actrices como Hattie McDaniel–. Meg sobrevive a la censura y se convierte en un éxito, el éxito de la diversidad racial, de la diversidad de género, de la diversidad afectiva y sexual. De nuevo, como en ‘Erase una vez… en Hollywood’, un “What If?” da como resultado otro final de cuento de hadas tan hermoso como ficticio, en el que Rock Hudson puede interpretar ‘Dreamland’, la primera historia de amor entre hombres.

En un momento histórico como el actual, el futuro que albergaba planes y sueños se ha transformado en un momento incierto y aterrador a la espera de avanzar al menos media décima. La desescalada global que va a permitir esa “nueva normalidad” de la que oímos hablar está lejos de ser ese proceso tan liberador como se esperaba y se anhelaba, ya sea por sufrir el “síndrome de la cabaña” o por experimentar este nuevo espacio público, que se parece al que conocíamos, pero que ya no es el mismo, como si hubiéramos abandonado la habitación de ‘Habitación’ (Lenny Abrahamson, 2015). Frente a este futuro y a un presente que acota nuestros movimientos y nuestras relaciones personales y sociales, resulta inevitable mirar hacia el pasado, mitificarlo, idealizarlo y revivirlo como si realmente hubiéramos sido felices, como si nuestros vecinos de Cielo Drive nos hubieran invitado a su fiesta, como si hubiéramos ocupado la butaca que nos merecíamos, y sentir que ahora se nos ha privado de él. Las viviendas se han convertido en crisálidas de transformación del pasado a un nuevo futuro y, en esta nueva vida en fases, la sociedad puede que salga transformada en mariposa empoderada o, tal vez, siga estando conformada por gusanos soñadores.

Fotograma perteneciente al opening de la serie ‘Hollywood’, de Ryan Murphy.

Eduardo García Agustín

La oscilante coreografía del éxito de Michael Jordan

#MAKMAPantallas ‘The Last Dance’ (‘El Último Baile’) | Michael Jordan
Miniserie | 10 capítulos de 50 minutos
ESPN, Netflix, 2020
14 de mayo de 2020

Recuerda un servidor –perteneciente a la generación ilustrada, vertebralmente, en el desarrollismo educativo inmediatamente ulterior a la recién incoada Transición– que albergar inquietudes deportivas (más allá de su mera puesta en práctica en calzón corto) debía ser motivo de vergonzante ignominia para quien perfilara su devenir académico y profesional por los predios de la alta cultura –a la que comenzaban a asomarse, por aquel distante entonces, autores, artistas y otros incógnitos seres del folclorismo intelectual, con lúbricas intenciones heterodoxas (alimentadas, eso sí, al calor de heráldicas y abolengos)–.

Salvo perseverantes excepciones, la incorporación a los dominios de la comunicación cultural –en tanto que extremidad imprescindible, decisiva y ubicua como tecnológica consecuencia de las presentes y líquidas modernidades– de quienes resultan ser coetáneos del abajo firmante –formando parte de esa vasta progenie que domina el gráfico poblacional, con morfolofía de bulbo– ha modificado no solo el orden de predilecciones, sino el modo en que estas son retratadas y difundidas.

Y ha sido, ahí, precisamente, donde el deporte ha encontrado aliados que enaltecen y auxilian a dibujar un discurso dignificador con el que dejar de sonrojarse por experimentar semejante y efervescente pasión por las vicisitudes, logros y derrotas gimnásticas de los abanderados del entretenimiento sudorífico, que por las eruditas disquisiciones en torno de las heterogéneas artes.

Arquetípico ejemplo de este ennoblecimiento reposa en el producto audiovisual que tiraniza las obscuras estadísticas de la plataforma Netflix durante las recientes y excepcionales semanas de confinamiento: ‘The last dance’, miniserie de 10 capítulos, producida por ESPN, que, partiendo proposicionalmente de las contingencias y albures que encaminaron a Chicago Bulls hacia la consecución de su sexto anillo en el marco de las últimas ocho temporadas –un último baile sacramentado por el “Zen Master” Phil Jackson–, traza un opulento y prolífico devenir por las incandescencias y penumbras biográficas de uno de los summum de la centenaria historia del deporte: Michael Jordan.

‘The last dance’ progresa formalmente mediante previsibles técnicas propias del género, entre las que destaca un vívido y pedagógico empleo de analepsis y prolepsis con los que retratar los tres tiempos narrativos de la serie: la evolución de los Bulls durante la temporada 1997/98 (antesala de la segunda retirada profesional de Jordan y de la consecuente disolución de la plantilla); el armígero progreso deportivo de “MJ23” (especialmente, a partir de recalar en la Universidad de North Carolina procedente del Laney High School de Wilmington); y el apreciado testimonio retrospectivo de adláteres y émulos, consanguíneos y antagonistas, feudatarios, directivos, políticos, empresarios y plumillas (a buen seguro, el principal valor, junto a las abundantes imágenes inéditas, que acopia y concita esta briosa y estimulante serie documental).

Debe ser, precisamente, este último aspecto el que erige en acontecimiento lo que podría haber sido una previsible y monótona hagiografía ad maiorem “Air” gloriam (igualmente apetitosa para practicantes y feligreses). Sin embargo, de la mano de Jason Hehir –director y responsable artístico de ‘The last dance’– asistimos a una postrera coreografía en constante equilibrio entre las aguerridas beatitudes sobre la pista y las (desnudas) opacidades que, henchidas de envites, excesos y tabaco fermentado, completan el más atinente retrato procurado sobre las oscilantes perturbaciones del éxito –gélida cumbre a la que ascender provisto de arneses y mosquetones manufacturados por un sediento afán de competitividad y una mayúscula dosis de autoexigencia–.

Michael Jordan celebrando ‘The Shot’, excelsa y legendaria canasta que supondría la eliminación de Cleveland Cavaliers de los playoffs de 1989. Fotografía cortesía de Netflix.

Jose Ramón Alarcón

Harterofilias domésticas | Estado de alarma (II)

#MAKMAOpinión #MAKMACine #MAKMALibros | Harterofilias domésticas | Estado de alarma (II)
3 de abril de 2020

Lacerado su espíritu por la insania apremiante –y en los días previos a su internamiento clínico por enajenación sifilítica y megalomanía–, Friedrich Nietzche (1844 – 1900) rubricaba uno de sus últimos ensayos, ‘Ecce homo. Cómo se llega a ser lo que se es’ (1889) –cuya publicación se demoraría hasta 1908–, un insólito dietario costumbrista de predilecciones domésticas en el que, amén de estas prosaicas periferias, el pensador sajón revisita su opus filosófico y, a la par, inficiona con vaticinios apocalípticos sus desenfrenadas reflexiones.

En el tercer punto del proemio Nietzche advirte del “aire fuerte” de sus escritos y sugiere la necesidad ineludible de adaptarse a sus alturas, puesto que “de lo contrario se corre el no pequeño peligro de resfriarse en él”. Y en su pertinaz búsqueda ”de todo lo proscrito hasta ahora”, se interroga:

“¿Cuánta verdad soporta, cuánta verdad osa un espíritu? Esto fue convirtiéndose cada vez más, para mí, en la auténtica unidad de medida. El error (el creer en el ideal) no es ceguera, el error es cobardía. Toda conquista, todo paso adelante en el conocimiento es consecuencia del coraje, de la dureza consigo mismo, de la limpieza consigo mismo. Yo no refuto los ideales, ante ellos, simplemente, me pongo los guantes”.

Y uno, encaminado por su heterodoxa senda, toma el guante (con la asepsia del látex) y prosigue el curso (¿ilimitado?) de ‘Harterofilias domésticas | Estado de alarma’.

Harterofilias domésticas | Estado de alarma (XI) | Martes 24 de marzo de 2020

“(…) Cada individuo es virtualmente un enemigo de la civilización, a pesar de tener que reconocer su general interés humano. Se da, en efecto, el hecho singular de que los hombres, no obstante, serles (sic) imposible existir en el aislamiento, siente como un peso intolerable los sacrificios que la civilización les impone para hacer posible la vida en común. Así, pues, la cultura ha de ser defendida contra el individuo, y a esta defensa responden todos sus mandamientos, organizaciones e instituciones, los cuales no tiene tan sólo por objeto efectuar una determinada distribución de los bienes naturales, sino también mantenerla e incluso defender contra los impulsos hostiles de los hombres los medios existentes para el dominio de la Naturaleza y la producción de bienes. Las creaciones de los hombres son fáciles de destruir, y la ciencia y la técnica por ellos edificada pueden también ser utilizadas para su destrucción” (‘El porvenir de una ilusión’ | Sigmund Freud)

Primera serie para MAKMA, a modo de memorando/dietario, de las diez primeras jornadas de confinamiento, fruto del decreto de estado de alarma por la pandemia de coronavirus.

Harterofilias domésticas | Estado de alarma (XII) | Miércoles 25 de marzo de 2020

“El final del presidio nos impide llegar con nuestra conciencia viva a las míticas regiones subterráneas. Nos han despojado del más dramático desplazamiento: nuestro éxodo. (…) El retorno, esa misma procesión en dirección contraria, no tiene ya sentido. En mí, la destrucción del presidio corresponde a una especie de castigo del castigo: me castran, me extirpan la infamia”.

Intoxicarse con la ebria abyección, confesional y decadente, de un instruido descuidero, excelso chapero de la lectroescritura.

‘Diario del ladrón’ (1949), de Jean Genet (RBA, 2010).

Harterofilias domésticas | Estado de alarma (XIII) | Jueves 26 de marzo de 2020

–“(…) en algunos aspectos, el humor y la ironía son respuestas políticas y son reductivas. (…) Está pretendiendo protestar cuando realmente no lo es. Alguien alguna vez llamó a la ironía la canción de un pájaro que ha llegado a amar su jaula. Y aunque canta sobre no gustarle la jaula, realmente le gusta estar ahí” (David Foster Wallace).

Frente a la pulsión feraz y posmoderna de un ahorcado.

David Foster Wallace unedited interview‘ (ZDF, 2003 | Manufacturing Intellect).

Harterofilias domésticas | Estado de alarma (XIV) | Viernes 27 de marzo de 2020

–“Si nosotros nos vamos a un país utópico, siempre sería a un país que encarga muy bien, pero no solo el diseño, sino todas las actividades culturales, por ejemplo. Gente que sabe utilizar los recursos disponibles de la mejor manera posible, con la máxima economía, la máxima rentabilidad, la máxima eficacia, la más pedagógica, la más formativa. Eso es una utopía (José María Cruz Novillo).

Cruz Novillo, el sujeto que actualizó un país y lo perfumó de semiótica y Helvética.

El hombre que diseñó España‘ (2019), de Andrea G. Bermejo y Miguel Larraya.

Harterofilias domésticas | Estado de alarma (XV) | Sábado 28 de marzo de 2020

(François Truffaut) –“Porque la actitud de James Stewart constituye la curiosidad pura…”.
(Alfred Hitchcock) –“Digámoslo, era un voyeur, un mirón… (…) Sí, el hombre era un voyeur, pero ¿no somos todos voyeurs?”.
(F.T.) –“Somos todos voyeurs, aunque no sea más que cuando miramos un filme intimista. Además, James Stewart en su ventana se encuentra en la situación de un espectador que asiste a un filme”.

Mayúscula entrevista estival, uniformada de canículas, almuerzo en Universal y cine en paños menores.

‘El cine según Hitchcock’ (1966), de François Truffaut (Alianza Editorial, 2016).

Harterofilias domésticas | Estado de alarma (XVI) | Domingo 29 de marzo de 2020

(Goreng, leyendo ‘Don Quijote de la Mancha’) –“El grande que fuere vicioso será vicioso grande y el rico no liberal será un avaro mendigo, que al poseedor de las riquezas no le hace dichoso tenerlas, sino el gastarlas, y no el gastarlas comoquiera, sino el saberlas bien gastar”.
(Don Quijote) –“Al caballero pobre no le queda otro camino para mostrar que es caballero sino el de la virtud, siendo afable, bien criado, cortés y comedido, y oficioso; no soberbio, no arrogante, no murmurador, y, sobre todo, caritativo”.

Descollado abreboca dominical. Frugal divertimento ético.

El hoyo‘ (2019), de Galder Gaztelu-Urrutia.

Harterofilias domésticas | Estado de alarma (XVII) | Lunes 30 de marzo de 2020

“Durante la cuarta semana en Venecia, Aschenbach hizo algunas observaciones desagradables relacionadas con el mundo exterior. (…) –’Usted se quedará, caballero, usted no tiene miedo al mal’. (…) Le pareció que aquel aroma venía envolviéndolo todos los días, sin él haberse dado cuenta; un olor dulzón, oficial, que hacía pensar en plagas y pestes y en una sospechosa limpieza” (Thomas Mann).

Oler/discenir, escuchar/advertir, leer/descifrar el ocaso, la decadencia y ruina del ensueño sobre las quiméricas aguas hediondas y delicuescentes.

Muerte en Venecia‘ (2013), de Deborah Warner, obra musical de la English National Opera basada en la novela ‘La muerte en Venecia’ (1912), de Thomas Mann.

Harterofilias domésticas | Estado de alarma (XVIII) | Martes 31 de marzo de 2020

–“Poder ver lo que una persona puede llegar a hacerle a otra”.
–“Tengamos una pequeña charla”.
–“La salsa no te ha salido lo suficientemente sabrosa”.
–“Toda esta mala gente”.
–“Bien, pues vete a dormir. Adiós”.

Enlodadas cuitas de interior. Sorda vecindad de obsesiones y parafilias en un tórrido verano periférico de Viena.

Dog Days‘ (2001), de Ulrich Seidl.

Harterofilias domésticas | Estado de alarma (XIX) | Miércoles 1 de abril de 2020

“Hay asombro y censura ante lo que se perciben como muestras de decadencia, pero también una curiosidad evidente por lo que parece ser el nacimiento de un mundo nuevo” (‘Influencias disolventes en la España de los pantanos’ | Alejandro Alvarfer).

Descender a los aljófares subterráneos del hedonismo mod, overol “moderno y retromaníaco”.

‘In Crowd. Aproximaciones a una subcultura escurridiza’, de VV.AA (Colectivo Bruxista, 2019).

Harterofilias domésticas | Estado de alarma (XX) | Jueves 2 de abril de 2020

🏋🏻‍♂️ Harterofilias domésticas | Estado de ⏰ 2️⃣0️⃣..🗣 (Escritor) —“Vaya experimento. Experimentos, hechos, la verdad en su última instancia. En sí no hay hecho alguno y menos aún aquí. Todo esto es un invento idiota de alguien. ¿Acaso no lo notan? Cómo es natural, ustedes necesitan saber quién lo inventó. ¿Por qué? ¿Qué de bueno tienen sus conocimientos? ¿A quién le remorderá la conciencia por ellos? ¿A mí? No tengo conciencia, solo nervios”..👉 Escudriñar las afligidas brumas postapoacalípticas. Acechar La Zona, proscrita y miraculosa..🎥 ‘Stalker’ (1979), de Andrei Tarkovski..#CulturaVsCoronavirus #ConfinadoVerCine #PelículasPandémicas #Stalker #AndreiTarkovski

Publiée par Jose Ramón Alarcón San Martino sur Jeudi 2 avril 2020

(Escritor) –“Vaya experimento. Experimentos, hechos, la verdad en su última instancia. En sí no hay hecho alguno y menos aún aquí. Todo esto es un invento idiota de alguien. ¿Acaso no lo notan? Como es natural, ustedes necesitan saber quíen lo inventó. ¿Por qué? ¿Qué de bueno tienen sus conocimientos? ¿A quién le remorderá la conciencia por ellos? ¿A mí? No tengo conciencia, solo nervios”.

Escudriñar las afligidas brumas postapocalípticas. Acechar La Zona, proscrita y miraculosa.

Stalker‘ (1979), de Andrei Tarkovski.

Harterofilias domésticas | Estado de alarma (XXI). Foto: Jose Ramón Alarcón.

Jose Ramón Alarcón

El hoyo: «Los de arriba, los de abajo, los que caen»

‘El hoyo’, de Galder Gaztelu-Urrutia
Basque Films, 2019
Netflix
Marzo de 2020

“Hay tres tipos de personas: los de arriba, los de abajo, los que caen”

Con estas palabras empieza la película, y no podía hacerlo de forma más acertada. El cineasta vasco Galder Gaztelu-Urrutia se estrena con su ópera prima ‘El hoyo’, un thriller de ciencia ficción que está dando que hablar a todo el mundo. El filme ha sido aclamado en festivales internacionales como el de Toronto, pero, sin duda, pasará a la historia como la primera producción española en obtener el premio a mejor película en el Festival de Sitges.

Escena de la platafortma con comida de ‘El hoyo’.

‘El hoyo’ es un espacio físico –y metafórico-, una especie de cárcel vertical dividida en numerosas plantas –de entrada, se desconoce el número– y en cada una de ellas conviven dos personas. Un agujero en el centro de cada nivel permite la circulación de una plataforma que desciende todas las mañanas con suculenta comida, la cual se detiene dos minutos en cada planta para que los presos se alimenten, de forma que en los niveles más bajos la plataforma llega sin comida. Cada mes los presos cambian aleatoriamente de nivel, pasando de comer sin cesar a morirse de hambre. Todos estos mecanismos están controlados por ‘La Administración’.

Partiendo de estas premisas arranca el filme. Goreng (Ivan Massagué), despierta una mañana en el nivel 48 junto a su compañero de celda Trimagasi (Zorion Eguileor), una especie de Hannibal Lecter que le explica el funcionamiento de ‘El hoyo’. Inconformista y con un espíritu quijotesco, cuestionara sus mecanismos y tratara de hacer tambalear el orden impuesto.

El actor Ivan Massagué como Goreng durante un instante de ‘El hoyo’.

Se presenta una idea muy simple y directa, una más que evidente alegoría del capitalismo moderno más salvaje y la lucha de clases, de los de abajo contra los de arriba. Sin embargo, las reflexiones que lanza’ El hoyo’ van más allá. Según avanza la narrativa se van descodificando numerosas lecturas que parten de esta idea principal.

Galder Gaztelu-Urrutia reflexiona en estas “memorias del subsuelo” sobre la condición humana cuando esta se tensa hasta el límite. Solidaridad, egoísmo, violencia, justicia o locura son conceptos que se ponen en juego cuando el tejido del bienestar de la sociedad moderna se deshila. No es solo una lucha de los de arriba contra los de abajo, sino del yo contra el otro, una competencia por la supervivencia.

Todo este entramado sociopolítico y filosófico se lleva a la pantalla como una auténtica experiencia fílmica gracias a la fotografía de Jon D. Dominguez y un impresionante diseño de producción de Azegiñe Urigotia, con una música perturbadora de Aránzazu Calleja que embalsama al espectador en una atmósfera claustrofóbica e inquietante. Además, algunas pinceladas de gore alimentan este clima.

El actor Zorion Eguilero como Trimagasi durante una escena de ‘El hoyo’.

Pero, sobre todo, cabe destacar el brillante e ingenioso guion de David Desola y Pedro Rivero como piedra angular del discurso narrativo. Todo bajo la dirección de Galder Gaztelu-Urrutia, quien ha mostrado una gran habilidad técnica construyendo todo el relato en un solo espacio mediante el juego de planos y encuadres.

Toda una experiencia inmersiva que hace partícipe al espectador en el dantesco viaje que realiza Goreng. Un trayecto que no trata de buscar respuestas ni dar lecciones morales, sino provocarlo y dar un toque de atención.

Las despensas y cocinas en las que «los de arriba» preparan el banquete pantagruélico de ‘El hoyo’.

‘El hoyo’ es el perfecto ejemplo de que el buen cine no necesita de un excesivo presupuesto con un derroche de medios y efectos especiales que compensen otras carencias. Una buena idea y aprovechar al máximo los recursos disponibles es más que suficiente para colocarse entre una de las propuestas más interesantes de 2019 y el presente 2020.

Como pasa con gran parte del cine independiente, su estancia en las salas fue efímera, eclipsada por otros títulos comerciales de menos calidad. Sin embargo, Netflix ha apostado por ella y se encuentra disponible en su catálogo desde hace unos días, encumbrándose como uno de los filmes más vistos a nivel internacional en la plataforma. Un ejercicio idóneo para los tiempos de crisis que vivimos.

Plataforma de ‘El hoyo’.

Pau Tronch

GOD SAVE THE DRAG QUEEN

Tras la cancelación de la serie ‘A.J and the Queen’, ficción televisiva emitida a través de la plataforma Netflix, el pasado día 6 de marzo, muchos fans han manifestado su descontento a través de Twitter, red social donde el mismo RuPaul anunciaba su cese. 

El serial televisivo surgido de las mentes de RuPaul y Michael Patrick King se suma a una larga lista de ficciones canceladas tras su primera temporada o con apenas andadura en la pequeña pantalla. Víctima de la ingente oferta audiovisual que plataformas como Netflix, HBO o Amazon Prime lanzan al espectador, ‘A.J and the Queen’ no ha salido airosa de la feroz competición que supone llegar a ser un producto estrella, puesto que no todas las ficciones televisivas pueden ser ‘The Witcher’, ‘Elite’ o ‘Sex Education’.

Imagen promocional de ‘A.J and The Queen’, perteneciente a la plataforma Netflix.

El entretenimiento audiovisual, en constante actualización, ha ido transformándose para acabar ocupando un espacio preferente en nuestras televisiones, tablets y móviles inteligentes. Subsumidos por la vorágine de estar al día con las últimas series de moda, caemos en las trampas de las reiteradas recomendaciones algorítmicas que nos dicen qué ver, partiendo, supuestamente, de nuestras elecciones previas. Un mundo en el que se retroalimentan aquellos seriales más reproducidos, aquellos que comentamos en las pausas para el café o que recomendamos de forma pertinaz a nuestros conocidos, un mundo donde apenas hay espacio para aquellas historias que viven en los márgenes de la heteronormatividad.

RuPaul viene transformando el panorama televisivo con su concurso de drag queens americanas ‘RuPaul Drag Race’, que lleva más de una década en televisión y que atesora doce magnificas temporadas en las que hemos podido acercarnos, desde el humor, a las realidades y deseos de muchas drag queens.

Desmarcándose de la ya más que conocida carrera de reinas, RuPaul apostó este 2020 por lanzar desde la plataforma Netflix una serie atrevida, a caballo entre las clásicas sitcoms y las series de carácter más biográfico, ahora en auge. Una decisión algo osada, pero que contaba con el apoyo de Michael Patrick King, creador de ‘Will & Grace’, y de la más que exitosa serie ‘Sex and the City’, cuyas seis temporadas y sus dos secuelas a modo de filmes han dejado una marcada impronta en nuestro imaginario colectivo.

Señorita Peligro (Tia Carra) y Hector Ramirez (Josh Segarra) en ‘Columbus’, tercer episodio de la primera temporada.

Sin duda, la receta que hizo que Carrie Bradshaw, interpretada por Sarah Jessica Parker, llegara al corazón de miles de telespectadores, subyace en el personaje de Ruby Red, interpretada por RuPaul, ganador de varios Emmy, y en la más que carismática A.J, interpretada por la prometedora Izzy G., ‘A.J and the Queen’ narra las aventuras y desventuras de una drag queen entrada en años, interpretada por RuPaul, a la que la vida no parece más que darle golpe tras golpe, pero que en el momento en el que se enfunda sus botas y peluca consigue sobreponerse a cualquier vicisitud. Una ficción amable con toques de dramática realidad, pero repleta de tonos fantásticos en donde los sinsabores de la vida se aderezan con ese humor ácido tan característico de las producciones de la drag queen.

Junto a nuestras protagonistas, un elenco de actores secundarios da vida a personajes muy bien construidos, que no caen en las consabidas divisiones maniqueas de otros seriales, en los que bondad y maldad vienen definidas casi en una formula readymade. Retomando aspectos propios de las comedias realizadas durante los años noventa, los malvados de ‘A.J and the Queen’, más que rechazo, generan una pena cómica y, en ocasiones, entrañable, que nos permite conectar con sus sentimientos y vivencias, aquellas que los llevaron a ser malvados y que, sin eclipsar la narrativa central, relatan sus propias historias.

Uno de los préstamos más significativos del serial es aquel que los creadores toman del filme ‘A Wong Foo, gracias por todo! Julie Newmar’ (1995), protagonizado por Patrick Sawyce y en la que el mismo RuPaul hizo un cameo. El viaje por los Estados Unidos se convierte en un punto de encuentro entre ambas ficciones, donde a modo de oposición cómica nos aproximamos a los conflictos y aprendizajes generados por contraste entre el mundo drag y el resto del universo. En este periplo, RuPaul rescata alguna de las viejas reinas de su concurso como Chad Michaels o Latrice Royale para que sirvan de testimonio de que se puede construir narrativas queers utilizando a actores que pertenecen al colectivo LGBTI.

No es la primera vez que Netflix pone fin a un serial atrevido y subversivo sin que este apenas haya llegado a su segunda temporada. Este es el caso de ‘Sense8’, una ficción que, en 2015, conmocionó a los telespectadores de todo el mundo truncando con sus historias las narrativas canónicas de un único protagonista y poniendo en el candelero el valor y la fuerza de la diversidad. La cancelación de esta serie, dos años después de su primera emisión, supuso tal shock para sus seguidores que la plataforma tuvo que lanzar un capitulo especial que, en 2018, a modo de cierre, ayudó a los telespectadores a realizar el duelo. ‘Sense8’ fascinó al gran público a través de narrativas que abordaban realidades plurales opuestas a las dicotómicas historias basadas en el género binario y donde las identidades queer, en las antípodas del valor complementario o accesorio, eran empoderadas a ser las heroínas de sus propias historias.

Amanita Caplan (Freema Agyeman) y Nomi Marks (Jamie Clayton) en ‘Resonancia límbica’, primer episodio de la primera temporada de ‘Sense8’.

Netflix, de nuevo, ha cerrado la puerta a una serie que aportaba aire fresco a la parrilla de ficciones de carácter masivo, en las que confluimos de manera inevitable y en las que, cada vez más, cuesta ver historias que se perpetúen y que narren, desde la ficción, realidades al margen de la heteronorma.

Andrés Herraiz Llavador

V edición del Anuario AC/E de Cultura Digital

V edición del Anuario AC/E de Cultura Digital
Acción Cultural Española (AC/E)

Acción Cultural Española (AC/E) ha publicado su quinta edición del Anuario AC/E de Cultura Digital dedicado, este año, al lector en la era digital. El Anuario AC/E es el resultado de la reflexión emprendida hace cinco años sobre la manera de incorporar la dimensión digital a los objetivos de AC/E y a la labor de apoyo al sector cultural. Una publicación anual que busca reflejar el impacto que Internet está teniendo en nuestra sociedad con el fin de profundizar en la transformación del sector cultural y ayudar a sus entidades y profesionales a crear experiencias en línea con las expectativas de los usuarios del siglo XXI.

En esta nueva edición, el Anuario expone, a través de ejemplos de buenas prácticas nacionales e internacionales, los grandes cambios que están experimentando la lectura y los lectores en la era digital.

El contenido se divide en dos grandes secciones para facilitar la lectura a los diferentes públicos objetivos. Por un lado, una primera parte que reúne siete artículos de profesionales de la cultura y especialistas del entorno digital para ayudarnos a conocer y reflexionar sobre los cambios en los que está inmersa nuestra sociedad en su conjunto, y tras los que también se adivinan nuevas oportunidades para el sector cultural.

AC/E. Makma

Los temas que la edición de este año son: ‘Las nuevas ciudades conectadas y la cultura’ (Mario Tascón); ‘La creatividad inmersiva, inmersividad creativa’ (José Manuel Menéndez y David Jiménez Bermejo); ‘Diseño digital de contenidos culturales: Hacia un nuevo modelo de exposición transmedia’ (UNIT Experimental, Universidad Politécnica de Valencia); ‘El futuro de las redes sociales’ (Jovanka Adzik); ‘Impacto del modelo Netflix en el consumo cultural en pantallas: Big Data, suscripción y Long Tail’ (Elena Neira); ‘El peso creciente de la voz y el sonido para comunicar en la era digital: El protagonismo de la oralidad’ (Emma Rodero); ‘La creatividad computacional como frontera de la inteligencia artificial y su potencial impacto sobre la creación literaria’ (Pablo Gervás).

Por otro lado, la segunda parte del Anuario plantea, como cada año, un Focus que en esta edición expone los grandes cambios que están experimentando la lectura y los lectores en la era digital con el objetivo de dar una visión de conjunto sobre esta cuestión.

Los autores, Luis Miguel Cencerrado, Elisa Yuste y Javier Celaya, trazan así un mapa para ayudarnos a conocer y a movernos con desenvoltura entre todo tipo de textos, destacando la figura del lector en el contexto actual de lectura híbrida (papel, digital, audio, visual, transmedia, etc.) que es la que propicia la era digital que nos ha tocado vivir.

Los anuarios se publican en español e inglés, en formatos PDF y EPUB, y con descarga gratuita bajo una licencia de Creative Commons tanto en la web de Acción Cultural Española, en la sección de publicaciones digitales así como en las principales distribuidoras de libros digitales nacionales e internacionales.

CONCLUSIÓN

En el conjunto de artículos del Anuario se ofrece una caracterización de las prácticas de lectoescritura en el entorno digital; se traza un boceto del lector multimodal, de las competencias que requiere y las habilidades que desarrolla; se identifican y presentan los materiales de lectura digital y los criterios de calidad a tener en cuenta para su análisis; se reflexiona sobre la adaptación de las estrategias de las campañas, actividades y programas de promoción de la lectura y de alfabetización múltiple al contexto híbrido de lectura en papel y en pantalla y se presentan experiencias de lectura digital desarrolladas en distintos espacios y ámbitos diversos.

Hablar de lectura y escritura hoy engloba multiplicidad de situaciones, de intenciones, de materiales, de canales y de formatos. Por tanto, es preciso revisar y fijar un acuerdo sobre qué entendemos por lectura en general y lectura digital en particular, buscando conseguir un equilibrio entre las prácticas espontáneas y letradas de lectoescritura, de manera que no queden excluidos significativos usos actuales de la lectura y la escritura que se desarrollan en la esfera digital.

AC/E. Makma

Al igual que se precisan datos fidedignos sobre la edición digital en España, también necesitamos datos claros sobre los niveles de lectura digital de los españoles. Ello implica contemplar en las encuestas y estudios estadísticos el concepto amplio de lectura y adaptar los parámetros centrados en la lectura impresa a los nuevos contextos de lectura.

De igual manera, necesitamos profundizar en una aproximación cualitativa al fenómeno de la lectura digital, conocer más a fondo los procesos de lectura y comprensión de la diversa tipología de textos digitales; preguntarnos sobre los mecanismos de motivación y adopción de la lectura digital por parte de los lectores de todas las franjas de edad.

La contextualización del libro y la lectura en lo que algunos denominan ecología mediática hace preciso que se revisen algunos conceptos y prácticas de difusión y promoción de la lectura con el objeto de que el tradicional punto de vista «librocéntrico» abra paso a una perspectiva más abierta, transmedia y multimodal.

No se puede desligar la lectura, y menos aún las prácticas de lectoescritura digitales, del resto de las prácticas culturales y de las transformaciones que también experimentan en su tránsito a la esfera digital. Dentro de las diferencias de lenguaje de cada expresión cultural y de la recepción de estas por parte del público existen muchos elementos y factores comunes en la evolución de todas ellas en el contexto actual, en los modos de acceder a sus contenidos y en las experiencias que transmiten que se deben tener en cuenta.

La evolución de las interfaces de lectura precisa también reforzar los espacios de intercambio, comunicación y formación en el uso y disfrute de la lectura digital. Al igual que las interfaces modulan y condicionan la lectura, la formación y la capacitación en torno a la lectura digital inducen al lector a rechazar las nuevas formas de lectura o favorecen que este asuma de forma práctica la complementariedad de canales y soportes en sus distintos itinerarios de lectura.

La evolución de la lectura digital no implica la ruptura con la tradición del libro y la lectura, pero requiere de cambios en las estructuras tradicionales ligadas a la creación, difusión y promoción de la lectura y la escritura. Se trata de aprovechar las ventajas que el entorno digital ofrece a todos los agentes que intervienen en estos procesos en torno a espacios más abiertos y polifónicos en los que tengan cabida las nuevas formas de narrar y de acercar informaciones y conocimientos.

En este contexto, obviamente, las tecnologías de la información y la comunicación están en la base de los cambios que se operan en los ámbitos educativo y cultural de nuestra sociedad. Este cambio de escenario que el avance tecnológico propugna trae como consecuencia que se remuevan profundamente también las estructuras de las instituciones educativas y culturales bajo el influjo de las nuevas formas de comunicación digital e interactiva.

La revolución digital produce, por tanto, un cambio en las prácticas sociales y culturales que implica la creación de nuevos escenarios y procesos culturales, así como la implementación de diferentes estrategias institucionales.

AC/E. Makma

 

 

El ordenado caos espacio-temporal de Dirk Gently

‘Dirk Gently. Agencia de detectives holística’, de Max Landis (2016)
Samuel Barnett, Elijah Wood, Hannah Marks, Fiona Dourif, Jade Eshete
NETFLIX 1 temporada (8 episodios).

Uno de mis grandes temores cuando el tema de conversación gira en torno a las series de televisión es el de caer, en un momento o en otro, dentro del mundo del spoiler. No es que lo haga de manera intencionada, pero es que yo soy inmune a ellos. Si me engancho a la serie, no hay spoiler que valga que pueda con mi capacidad – llamémosle casi “superpoder” – de disfrutar de ella y de sorprenderme incluso cuando llega la muerte correspondientemente spoilorizada. Como muestra de dicha capacidad, he sido capaz de ver todos los episodios de ‘The Walking Dead’ siguiendo en Facebook a varios grupos de la serie y consultando en Twitter por qué Abraham se había convertido en TT.

Todo esto viene a cuento porque, después de ocho episodios en tres días sin poder hablar con nadie de ella -¿a qué esperan mi familia y amigos a seguir mis recomendaciones?- lo único que me viene a la mente es: ¿cuándo van a rodar la nueva temporada? ¿cuándo la estrenan? ¿y la tercera? Quizá esto último es adelantarme demasiado en el tiempo, algo que resulta totalmente adecuado para hablar de esta serie: nada más y nada menos que ‘Dirk Gently’s Holistic Detective Agency’. O, lo que es lo mismo, ‘Dirk Gently Agencia de Detectives Holística’.

Dirk Gently. Makma

Esté el título en el idioma que sea, nada prepara al espectador para lo que va a ver durante casi ocho horas de su vida, temiendo que se vaya acercando capítulo a capítulo a su final. Espero que no sean spoilers, pero el universo de ‘Dirk Gently’, que navega entre la ciencia ficción y las series policiacas, está compuesto de viajes en el tiempo, un detective inglés en Seattle y su ayudante (¡grande Elijah Wood!), una psicópata invencible (que también tiene a su ayudante, y que es capaz de ver más allá de las muertes que ella provoca), locos intercambios de cuerpos, ataques de tiburón, ataques de pararibulitis… y al final, como espectador, uno siente que también querrías ser holístico, o al menos un poco (o al menos tener como mejor amigo a alguien que lo sea).

Aquellos que son grandes fans de las novelas de Douglas Adams, de las que la serie toma poco más que el título y algún otro detalle menor -que nadie espere ver ni a Bach ni a Coleridge, o por lo menos de momento- puede que se resistan a verla por motivos varios, incluyendo el no querer ver traicionado el espíritu de las novelas. Pero la verdad es que… ¿qué más da el espíritu de las novelas? ¿Acaso alguien se plantea un caso de traición en la versión siglo XXI de otro detective inglés, Sherlock? ¿O porque Watson sea Lucy Liu en Elementary?

Dirk Gently. Makma

Lo único que hay que hacer es darle al play y disfrutar de un mundo que parece que no tiene sentido, pero que está organizado de dos en dos. Dirk y Todd, Bart y Ken, Zimmerfield y Estevez de la policía de Seattle, Riggins y Friedkin de la CIA, Farah y Lydia Springs. Tras la desaparición de ésta última, todo el orden se trastoca, al menos aparentemente: los tres camorristas son cuatro (dos pares, realmente) y los miembros de la secta de la máquina, aunque cada vez sean más, tienen una relación individual con la persona con la que han intercambiado su cuerpo. Y es que, dentro del caos, hay orden y todo está conectado para llegar a un final que lleve a un nuevo principio.

Dentro del laberinto espacial y temporal que se plantea en esta serie, desde su cabecera con esos monitores, destaca un sentido del humor que mezcla la ironía británica de Dirk Gently con el humor de Bart, tan poco sutil como el de los hermanos Cohen cuando bromean con la muerte. El reparto también es un gran acierto, construyendo todos ellos unos personajes que son más complejos que la inicial sencillez que muestran, con buenos muy buenos y malvados muy malvados. Finalmente, hay que reconocer la labor de Paco Cabezas, afianzándose cada vez más como director en EEUU tras haber dirigido algunos de los episodios de otra excepcional serie de género: Penny Dreadful.

Dirk Gently. Makma

Eduardo García Agustín