‘Bab Sebta’: la radiografía fronteriza de Randa Maroufi

#MAKMAEntrevistas | Randa Maroufi
‘Bab Sebta (Ceuta’s Gate)’
19′
Barney Production & Montfleuri Production, 2019
29 de abril de 2020

En la introducción de su celebrado título ‘Lugares fuera de sitio’ (Premio Espasa 2018), el lúcido periodista y escritor Sergio del Molino reflexiona en torno del concepto, semántica y singularidad de la frontera, más allá de su simple funcionalidad como línea separatoria de circunscripiciones y Estados, concibiéndola como “un territorio de significados múltiples y paradójicos. Un lugar que es y no es, donde termina y empieza todo y donde las naciones se definen con una violencia y una grosería impropias de la civilización”; un espacio equívoco e incierto en el que “crecen rarezas y personajes que rompen los moldes de los prejuicios nacionales y de las inercias con que un país suele pensarse a sí mismo”.

Uno de esos epicentros limítrofes consuma su naturaleza excepcional al otro lado del Estrecho, en la región fronteriza de la península Tingitana que divide la ciudad autónoma de Ceuta de la provincia de Castillejos, en Marruecos, a través de la denominada Bab Sebta o Puerta de Ceuta, convulso núcleo de mercancías, contrabando y trasiego consuetudinario –controvertidamente clausurado desde finales de 2019 y, en la actualidad, huérfano de circulación hasta el último tercio de 2020, como consecuencia de la medidas implementadas por la autoridades marroquíes en relación a la pandemia por COVID-19–.

Y acerca de la idiosincrásica simbología de este ignoto (para muchos) confín, tan consanguíneo y deudo como remoto e inextricable, la artista y cineasta Randa Maroufi (Casablanca, Marruecos, 1987) reflexiona en su más reciente proyecto cinematográfico, ‘Bab Sebta (Ceuta’s Gate)’, un excelso cortometraje que, provisto de los mimbres formales de la ficción, erige su película en un preciado documento y artefacto artístico que radiografía el raquis conductual y cartográfico que ha venido caracterizando a este paso fronterizo.

No en vano, su filme, amén de haber sido censurado en el reciente Festival de Cine Mediterráneo de Tetuán para proteger «la paz social» (según informaban los poderes públicos de la ciudad marroquí), viene disfrutando de una laureada acogida internacional, recibiendo el Gran Premio del Festival de Cine Tampere (Finlandia, 2020) o el Primer Premio Competición Internacional en el Festival Internacional de Cortometrajes de Winterthur (Suiza, 2019).

En consecuencia, MAKMA entrevista a Randa Maroufi –cuyo mirífico cortometraje ‘La Grande Safae’ (2014) un servidor ha tenido ocasión de analizar por estos predios–, quien, desde su confinamiento parisino, conversa en torno de los fundamentos de su película.

¿Cuál es la génesis del proyecto ‘Bab Sebta’? ¿Tienes alguna estrecha vinculación con la región fronteriza de Ceuta y Tetuán?

Es importante para mí hablar sobre la parte anecdótica de este proyecto, porque me ayudó de alguna manera a mi deseo de querer trabajar sobre este tema.

Ceuta es un territorio que he frecuentado desde mi corta edad, porque mi padre era inspector de aduanas (no en Ceuta). Además, muchas personas de mi familia (en el norte del país) trabajan en este campo, así como en tránsito, importación y exportación, etc. La jerga aduanera se repitió, a menudo, en nuestras reuniones familiares. Recuerdo que, incluso, utilizamos productos de las incautaciones aduaneras.

Viví durante varios años en la región de Tánger y estudié 4 años en el Instituto Nacional de Bellas Artes de Tetuán. Siempre me ha marcado la influencia española en esta región, casi omnipresente, que se encuentra fuertemente en el dialecto regional, la forma de vida y, especialmente, en la cultura del consumo.

En 2015, tuve la oportunidad de quedarme en Trankat Art Residency. Pasé tres semanas, volviendo a pie y en coche para ver este ballet de personas alrededor de la frontera de Bab Sebta. La dinámica del movimiento, la apariencia plástica y visual del pasaje, las situaciones características de espera y los gestos me interesaron de inmediato. Este experimento de observación remota inauguró el proyecto.

¿Dónde se rodó la película?

La película se rodó en Azla, un pequeño pueblo no muy lejos de Tetuán. Transformamos parte de una antigua fábrica de mortadela en un estudio. Decidí trabajar con personas reales que trabajan en la frontera de Ceuta.

Plano cenital de una de las secuencias de ‘Bab Sebta’. Fotografía cortesía de la cineasta.

¿Cómo llevaste a cabo la morfología de su puesta en escena?

La película fue filmada con dos puntos de vista diferentes, uno cenital y otro frontal. La elección del punto de vista cenital parecía importante, adecuado y más justo para analizar un tema relacionado con la separación de dos territorios, puesto que permite realizar la dimensión cartográfica del proyecto. En ese sentido, puede tener reminiscencias de la arquitectura, la topografía, pero también del monitoreo.

El travelling frontal me permitió obtener la delicadeza de los detalles y las situaciones, pero también dejar un lugar para la figura humana y revelar los rostros.

Hubo un gran trabajo de posproducción, ya que la película está compuesta solo de tomas fijas. Todos los movimientos de la cámara son virtuales; un diseñador gráfico ha agregado los dibujos del suelo y la señalización.

¿Qué obras, películas o imágenes has tenido en cuenta como referencia estilística y conceptual para desarrollar este trabajo?

‘Dogville’, de Lars Von Trier, en la posición principal. Luego, otros trabajos como los de Mika Rottenberg, Daniel Firman, Kim Sooja, Dirk Brommel, Gerhard Treml & Léo Calice, Avi Mograbi, Chantal Akermann…

Un papel fundamental del cortometraje reside en la semiótica de las líneas fronterizas, departamentos, divisiones y estructuras. ¿De qué modo afectan al comportamiento de las personas? ¿Qué reflexiones te has planteado acerca de la ubicación de los individuos/cuerpos en este singular y extraño espacio público?

Hay una ruta mecánica que se crea a través de esta división. La gente actúa como en una fábrica, la cadena es conocida. Los trabajadores me describieron el pasaje como unas “instrucciones de uso” de la frontera. Quería insistir en este aspecto técnico y austero del uso de una frontera, donde el cuerpo se mueve de forma estructural.

¿Consideras que este factor semiótico que hay en ‘Bab Sebta’ caracteriza, igualmente, los fundamentos de tus trabajos anteriores? ¿Estás de acuerdo con que cortometrajes como ‘The Great Safe’ o ‘Stand-by Office’ redundan, en buena medida, en torno a los signos y símbolos de comunicación que afectan a nuestro modo de ver y de relacionarnos?

El punto común de mis películas es la puesta en escena de cuerpos en espacios. Trato de mostrar lo que estos espacios reales o simbólicos hacen a los cuerpos.

La presente pandemia global por la COVID-19 ha exarcebado los controles fronterizos internacionales y, en algunos casos como el de Marruecos, directamente se han cerrado, imposibilitando los flujos de entrada y salida. ¿Crees que ‘Bab Sebta’ sería un proyecto diferente si lo hubieses llevado a cabo tras el fin de la pandemia por coronavirus?

No creo que ‘Bab Sebta’ hubiera sido diferente después de la situación actual. Estamos en la ficción y no en la frontera misma. Sin embargo, tal vez las voces estarían en el pasado, ya que el punto de cruce de Ceuta se cerró mucho antes del COVID-19, a finales de 2019, donde podemos ver muy claramente un impacto social significativo.

¿De qué como ha afectado la pandemia y el confinamiento a tu trabajo y tus proyectos en curso o futuros? ¿Cómo estás llevando personalmente esta situación?

Probablemente tengo todo el tiempo que siempre he esperado tener para desarrollar algunos proyectos, pero no es fácil. Los proyectos de exhibición han sido cancelados o pospuestos, lo cual es normal. Intento concentrarme en escribir un nuevo proyecto y dar un paso atrás, pero sigo siendo optimista.

Randa Maroufi en el set de rodaje de ‘Bab Sebta’. Fotografía cortesía de la cineasta.

Jose Ramón Alarcón

Nuestra pandemia se atajó antes aquí, en Tánger

#MAKMAOpinión | Nuestra pandemia se atajó antes aquí, en Tánger

Nuestra pandemia se atajó antes aquí, en Tánger, porque Marruecos no se puede permitir el desembarco del coronavirus. Sin seguridad social ni verdadera estructura sanitaria, se enfrentaría a que su población, más joven que la europea, también más desabastecida, se viera diezmada en semanas.

Tiempo antes del cierre del fronteras, en el puerto y aeropuerto, ya tomaban la temperatura, todo muy discreto pero en aumento, según crecían los afectados en el mundo y en Europa se pasaba de la amenaza. Los locos, que huelen las tormentas de lejos, señalaban a Cabal, mi perro, y mascullaban: “Maladie”.

Testa de Cabal sobre fondo deshabitado. Fotografía: Javier Rioyo.

Íbamos de viaje a las Azores, entonces se cerró el país. De un día para otro, echaron a los hombres de los cafés, clausuraron las mezquitas y restaurantes. Eso resultó lo más efectivo; en un país donde gran parte la población masculina se dedica a vagabundear, sin rumbo fijo ni rutina, era la mejor manera de frenar la expansión de la epidemia. Las mujeres siguieron trabajando, por supuesto.

Después le llegó el turno a colegios, institutos y hoteles, las farmacias pusieron barreras con los clientes, lo mismo que los puestos del mercado. Se agotaron la harina, el concentrado de tomate, la henna para el pelo. El marroquí se adapta a los imprevistos, curtido en el “todo está escrito” y en la voluntad de Alá. No tienen miedo porque nada se puede hacer, en su opinión, ante los inescrutables designios divinos, mas piensan que pueden ser favoritos, no en vano viven en una sociedad teocrática alimentada en el paternalismo, luego respetan a la policía y el Gobierno.

Los geles y las mascarillas y los plásticos aparecieron poco a poco; las mascarillas son, en su mayoría, de las malas y siempre están agotadas en las farmacias (con precios de hasta 150 dírhams, 15 € nada menos). Veía a mi portero, muy religioso –con golosa afición por los muchachos a quienes encula en el rellano de la escalera, entre genuflexiones–, apartarse de mi perro y tocar las cosas, para no contagiarse del bicho, con un pañuelo lleno de mocos.

El toque de queda se estableció a las seis. Al principio, los fundamentalistas favorecieron marchas nocturnas y caceroladas; no duraron mucho ni levantaron polvareda alguna. Los almuédanos, en cambio, mantuvieron sus cantos, inalterables, según corresponde a los obreros del paraíso. Cabal, sentado en la ventana, como un gato, erizaba el espinazo, pues la naturaleza teme el vacío. Sin embargo, los felinos ocuparon más aún las calles con su calma y dulce silencio. El día les pertenece, la noche la pueblan los perros que aúllan a su soledad y discuten en el cementerio, entre tumbas florecidas de lirios en la solitaria primavera.

Ada del Moral y Cabal en las proximidades del Instituto Cervantes de Tánger. Fotografía: Javier Rioyo.

Tánger aguarda el fin de la era vírica, como todos. Ramadán se echará encima y la mala leche que se adueña de tanto practicante hará mella en los súbditos de la ciudad blanca, en su largo camino hacia una ciudadanía plena de derechos, en la cual alhamdulillah e inshallah no valgan lo mismo para un roto que para un descosido. Aquí se prefiere la espera a la acción: cuando algo se cae, nadie lo recoge, pues es la voluntad del señor y nunca hay prisa para solucionar nada, pues nada se puede cambiar. Sin embargo, quienes mandan tomaron antes las medidas y, aunque nunca se sepa la verdad a ciencia cierta, en la patria del rumor estamos, de momento, más seguros que en la vieja y trastornada Europa, ese continente que aprovecha cualquier circunstancia para la guerra silenciosa o sangrienta, y los cortes de mangas burocráticos de unos países a otros.

De los pobres a los ricos, de los que viven en su grandeur sin reconocer un fallo. Todo está vacío en las calles del mundo. Aquí, los locos lanzan sus profecías y recogen el pan del suelo, meado por las bestias, en una suerte de apocalipsis.

Que no sea el fin de la humanidad, sino la toma de conciencia de que solos nos consumiremos; debemos contar con el otro para que el miedo no inunde las calles mientras las casas se preñan de incertidumbre y de la locura que acecha a los prisioneros, atrapados en sus madrigueras para frenar esta epidemia que empezó en un mercado de Wuhan –cuya paciente cero quizás fue una vendedora de camarones–, y que partió de la avidez humana, capaz de no escuchar al primer especialista que advirtió de la amenaza, de emprender absurdos recortes sanitarios, de agrupar a sus viejos cual soluciones finales aunque sin dejar de mamar de sus pensiones, de asesinar pangolines, mágica criatura de la diversidad; de olvidar, en definitiva, nuestra condición de organismos sujetos a la mortalidad, que ahora golpea a la especie humana por no respetar los límites.

Ada del Moral y Cabal, solitarios viandantes de una avenida de Tánger. Fotografía: Javier Rioyo.

Ada del Moral

«Tánger es un mundo emparentado con nosotros»

#MAKMAEntrevistas | Javier Rioyo (nuevo director del Instituto Cervantes de Tánger)
Septiembre de 2019

Perfumado con el heterodoxo overol que rezuman los consumados diletantes, Javier Rioyo Jambrina (Madrid, 1956) porta sobre las angarillas de su memoria inquieta el fecundo eco de aquellos otros tiempos modernos de prosodias radiofónicas y literaturas periféricas, el savoir faire de las predilecciones afrancesadas y la mirada esculpida de cineasta alumbrado por la necesidad del documento.

Y es ahora que maduran sus ubérrimas proclividades cuando Rioyo pasea su experimentada facundia por el Zoco Chico, tras descender del distrito íbero tingitano con el rozagante predicamento que confieren las nuevas asunciones en el Cervantes de Tánger, ciudad a la que retorna en calidad de director de su instituto –tras su paso por los de Lisboa y Nueva York–. Si bien sea Tánger una urbe de la que, como buen estravagario cultural, haya sido imposible desvincularse.

¿Cuál es la génesis de tu vínculo con esta ciudad?

Yo vine hace muchos años por lo que veníamos casi todos: por un poco de fascinación literaria y un poco de referencia simpática a un sitio y un trayecto que se llamaba bajarse al moro. Cuando bajabas te dabas cuenta de que, más allá de la literatura y más allá del hachís, había un mundo que tenía que ver con algo que podíamos haber sido –y que fuimos, seguramente (hablo de Tánger, no hablo de Marruecos)–: una mezcla. Qué decía Ferlosio que es el español: “soy un moro judío viviendo entre los cristianos”. Y un poco era eso. Aquí, repito, podías ser un moro judío viviendo entre los cristianos, o al revés (como quieras contar la frase), y te das cuenta de que, aunque apenas había ya judíos, estaban ahí las referencias, la convivencia, algunos que conocí, y habían vivido bien de manera natural; estaba, por supuesto, todo el mundo islámico, mayoritario, y estaban el resto de los cristianos o ateos –occidentales–, que convivían en esta ciudad singular que había tenido muchas vidas.

Fotograma del documental ‘Tánger. Esa vieja dama’ (2001), de Javier Rioyo. Fotografía cortesía de RTVE.

Entonces, te vas metiendo en unas capas primeras y luego vas queriendo saber más. Depende de con el dinero que vengas vas mejorando los hoteles, los bares, los lugares, las playas… y dices: “¡qué lugar tan plácido!”. Además, había una ventaja añadida maravillosa e importante: que estaba a tiro de ferri –primero veníamos de Algeciras y luego vinimos desde Tarifa–. La suma de lo literario y de lo concreto cuando llegas, la luz y las posibilidades que tiene, hacen que sea muy seductor.

¿Quienes eran aquí los referentes españoles en ese momento? ¿Se erigían en motivo de seducción para visitar la ciudad?

La primera vez que vine mis referencias eran que había leído a Bowles (Paul) y a Jean Genet –no había leído a Chukri (Mohamed) –creo que ni existía todavía como escritor–, a Pierre Loti; había leído relatos sobre Marruecos. Los Bowles (Jane y Paul) y la Beat Generation sí, esos sí que te ayudan a venir; y eso esta asociado o es muy cercano al mundo de fumar y de libertad.

Pero los referentes ya tangerinos que me hacen conocer mejor y querer a la ciudad son estas historias de las que te vas enterando: Pepe Hernández –que me gusta tanto y es un pintor cojonudo– es de aquí; Ramón Buenaventura es de aquí; Diego Galán, que es el crítico de cine, es de aquí; Emilio Sanz de Soto; el grandísimo director de fotografía José Luis Alcaine… Vas haciendo unas referencias… Bibi Andersen; Concha Cuetos es de aquí; una compañera que tenía en la radio, tangerina; otro de Larache… Te vas enterando de la cantidad de gente asociada a esta ciudad; Arrabal (Fernando), de Melilla; el otro de Nador… El mundo español en el norte de Marruecos; un mundo muy peculiar que te hace que sea todo más interesante, más disperso.

Tánger es como si pudiera ser una parte de España donde las guerras no hubieran sido tan crueles.

¿Una España ucrónica?

Claro. Una ucronía en la que podía seguir siendo razonable la convivencia. Siendo desigual y habiendo fronteras y muros, pero en la que se dan espacios comunes. Y eso tenía sus bondades. Luego te vas dando cuenta de que aquí actúa el franquismo de una manera… Aquí también actúan los liberales, y están los masones… Como si no hubiera habido guerra civil en ningún momento. La ciudad internacional, ‘Casablanca’…, todo eso va sumando. Esas fueron la primeras seducciones, que van convirtiéndose en visitas más o menos habituales.

¿Llegaste a coincidir aquí con Eduardo Haro Ibars, por ejemplo?

En Tánger no, porque Haro Ibars se fue muy pronto, en los años sesenta y tantos. Conocí mucho a Eduardo en Madrid, pero al que conocí más es al padre (Eduardo Haro Tecglen), porque trabajé muchos años con él. Haro Ibars era más mayor que yo, pero yo me hice más amigo del padre porque, además de trabajar conmigo, era, digamos, menos complicado que el hijo. Ibars era muy interesante en muchas cosas, pero yo tuve una relación con él en un momento suyo difícil; estaba metido en cosas que le obligaban a ganarse la vida como podía. Lo conocí cuando había hecho un libro sobre las drogas que era muy interesante (‘De qué van las drogas’, Las Ediciones de la Piqueta, 1978). Yo estaba ya en Radio 3 y le llevamos.

¿Advertías algún tipo de relación umbilical, aunque fuera inefable, entre todos esos individuos que tenían como punto en común la ciudad de Tánger?

Absolutamente. Quizás sea una tontería, pero creo que los tangerinos, aunque no lo dijeran, se reconocerían como tales y yo creo que les podría reconocer a muchos. Primero, hay una forma de hablar, un tono y un toque y una forma de ver ciertas cosas… Eso lo vi en Madrid pronto: había un grupo tangerino –Pepe Hernández, Ramón Buenaventura, Gloria Berrocal (que era de al lado) y otros cuantos– que frecuentaba mucho; tenían muchas cosas en común de puntos de vista, de manera de hablar, de manera de entender las cosas. Diego Galán un poco menos, porque quizás le pesaba menos la melancolía de la ciudad. Esta ciudad impregna de una melancolía y de un poso de nostalgia a mucho gente –a uno se les da y se les nota más que a otros–.

Por ejemplo, yo no había notado nunca que Concha Cuetos fuera tangerina, y cuando yo hice el documental sobre Tánger (‘Tanger. Esa vieja dama’, 2001) tiré de los que conocía –no pudo estar Alcaine porque estabá rodando algo, no estuvo Bibi por algún otro motivo–. Hubo muchos de los que yo quería y conocía tangerinos, sobre todo con la coordinación de Emilio Sanz de Soto, el tangerino más puro que he conocido –no conocí a Ángel Vázquez, que podía ser una de las esencias de ser tangerino, pero no más que Sanz de Soto, ni más que Carleton–.

Pepe Carleton rememora parte de su devenir tangerino en el documental ‘Tánger. Esa vieja dama’ (2001), de Javier Rioyo. Fotografía cortesía de RTVE.

Pepe Carleton, otro personaje ineludible…

Pepé Carleton era un personaje increible porque tiene que ver con el Tánger que conocemos mitificado por el mundo internacional. Los Carleton son una familia inglesa que está en Menorca y, cuando Menorca deja de ser inglesa, vienen al Estrecho. Entonces el Estrecho se reparte entre Gibraltar y esta otra orilla, que tienen mucho que ver. Tú ves los hoteles de una época, Algeciras, Gibraltar, Tánger, el mundo del espionaje, de la vida compleja, escondida, o haciendo fortuna, o huyendo de algo. Se casan con familias tangerinas judías, en la mayor parte de los casos de gente bien. Hacen una especie de alianza entre ellos, entre familias de conversos árabes, católicos no muy radicales y judíos abiertos. Eso es muy Tánger.

En una entrevista durante tu etapa como director del Cervantes de Lisboa te interrogaban sobre la saudade y referías que si bien es posible que la mayor de las saudades se concite y experimente en Portugal, los españoles podríamos padecerla, igualmente, de un modo intensísimo. Sin embargo, y por lo que has matizado previamente, parece que en Tánger también puede ser exacerbada e idiosincrásica.

Es verdad. La ciudad ha sido portuguesa antes que española y otras cosas, y en los alrededores también. Aquí muere el mito de Portugal, don Sebastián (Sebastián I de Portugal “el Deseado”), en una batalla absurda (todavía están esperando que vuelva). La saudade portuguesa tiene una melancolía más marcada y aquí hay como el paraíso perdido; les han robado una cosa que era posible y razonable, y que habían vivido y conocido, que no era solo mito del pasado. Estamos hablando que hasta los años sesenta… A mí me decía Pepe Carleton que cuando se les acaba esto tenían la necesidad de inventar algo parecido, y se inventaron Marbella –que ahora lo ves y no tiene mucho que ver, pero en esa época sí–. El Tánger, digamos, pijo, esteta, cosmopolita… Yo veo fotos de Pepe Carleton con Audrey Hepburn y con toda esa gente –con Edgar Neville yendo a su bar junto a Vitín Cortezo y Ana de Pombo–, y es ese mismo mundo cosmopolita que se movía por aquí –parecido–. La intención de seguir la buena vida.

Luego hay otro Tánger. Como decía Alberto Pimienta, que es un tangerino judío bien –digo bien, de familia de judíos que han tenido aquí propiedades–, había mucha pobrería, de todas las capas sociales y religiones; y la hay. No hay que quedarse con el Tánger mitológico y espumoso, que está ahí, pero más en la recreación de lo que no has vivido que en la realidad.

No obstante, superviven algunos ecos en forma de vestigios.

Tengo una colección de fotografías de ese Tánger, cuando Truman Capote estaba en las grandes fiestas en las casas más espectaculares. Luego está este otro Tánger de finales del siglo XIX y principios del XX que conocieron los que hacían el camino del orientalismo y el Grand Tour. Conocían esas historias de las ciudades de la buena vida.

Tánger fue una ciudad más libre y con menos cargas de impuestos para los ricos del mundo. Todo eso atraía, también, a gente. La vida medieval convivía con una vida muy desarrollada en todos los sentidos.

Javier Rioyo durante un instante de la entrevista (al fondo, el puerto de Tánger). Fotografía: Merche Medina.

En lo que respecta a la Tánger contemporánea, ¿debe renunciar a ese pasado para edificar su futuro inmediato?

No, creo que no. Es como si París tuviera que renunciar al glamur de los años veinte, o Nueva York a la eclosión después del crack del 29. No hay que renunciar a lo que ha sido una ciudad, pero no tiene que colgarse solo de eso. Aquí se están haciendo cosas de otro calado y otros intereses, que vive muy al margen del mundo mitificado. Aquellos de los que hablábamos estaban muy interesados en el mundo que tiene que ver con lo arábico-andaluz o con lo musulmán-exótico, mientras que ahora tiene que ver con un puerto, un desarrollo, dinero, inversiones, hoteles de lujo.

¿Incluirías en esos nuevos intereses a la juventud tangerina que se reúne en el Cinéma Rif?

El Cinéma Rif es herencia de otro Tánger. Aquí había diez o doce cines. Aquí se veían las películas de muchas nacionalidades. La formación cinéfila de Diego Galán, de Emilio Sanz de Soto y de Alcaine tiene que ver con que han visto, desde pequeños, películas en varios idiomas; y las han visto sin censura, atendiendo más al espíritu que a la frontera lingüística.

Aquí, como en tantas partes de Marruecos, después de haber 40.000 españoles en los años 30, 40 y 50 –siendo la población extranjera absolutamente mayoritaria–, cuando el país se hace independiente lo francés gana esa batalla cultural. Tarda en calar en Tánger, puesto que lo español ha seguido perviviendo.

En ese sentido, ¿qué papel juega ahora el español, como lengua, en todo ello?

Importantísimo. Nosotros no somos la primera lengua extranjera, que es la francesa por dominio político y económico, pero cada vez somos, otra vez, una lengua requerida y queríendose conocer, no por razones de reinvindicar la lengua que dominaban o conocían los abuelos, sino por razón de que somos la puerta natural de un mundo que les es cercano –aquí estamos a 14 km de Tarifa–. Los tangerinos tienen una relación, primero por lo geopolítico, natural con España y con el español.

Felizmente, el Instituto Cervantes de Tánger es el cuarto instituto del mundo que más alumnos tiene, y hablamos de ciudades que tienen veinte veces más habitantes. Frente a otros países, nosotros representamos, en general, un territorio de modernidad. Ellos (los marroquíes) ven mucho la televisión española; entran por el fútbol, pero también por las series, películas, noticiarios… España es un país, para ellos, muy cercano, con una historia con la que han tenido mucho que ver. Históricamente, la presencia musulmana en España fue de siglos. Y por otra lado, somos, clarísimamente, la puerta de entrada de Europa. No somos la frontera de los Pirineos, somos Europa.

Presumo que lo interesante es que aquí el castellano se convierta en una herramienta imprescindible no solo en el ámbito cultural, sino en el empresarial…

Se ha visto que es útil el conocimiento del idioma no solo para la vida cotidiana y para el turismo, sino que es útil desde el lado del beneficio económico.

Javier Rioyo secundado por una obra costumbrista de Stephen Church. Fotografía: Merche Medina.

En la praxis, para poder materializar las cosas.

En la praxis, como esa historia que se cuenta tanta veces de que somos el tercer o cuarto país en el que hablamos español. El español se habla en numerosos sitios mucho más que en España, es decir, no somos el país de más habitantes que habla español. Y eso, finalmente, se sabe.

En Nueva Delhi, por ejemplo, se estudia el español porque van a ir a América del Norte y allí saber español es importante, aunque la mayoría hable en inglés, claro. El siguiente idioma necesario e importante es el español. Aquí no es eso exactamente así, pero aquí hablan francés muchas de las capas de estudiantes de las clases medias y medias altas, y el idioma que tienen que recuperar de los abuelos (digo en la zona de Tánger) es el español.

El Cervantes se instituye en 1991 con una pretensión y en un momento, quizás a la postre y visto ahora, decisivos, que permitieron ir sembrando lo que acontece en la actualidad con la internacionalización del idioma.

Con los modelos de las Casas de España y la representación española que tiene que ver con los consulados y embajadas no estaban centralizadas ni lo que era la enseñanza del idioma, por supuesto, ni la muestra de lo que somos. El Cervantes muestra lo que somos culturalmente, en el sentido más amplio de la palabra –científica, artística, cinematográfica, gastronómicamente…, nuestra alta y nuestra baja cultura–, y nuestro idioma; certificar que se habla, por si alguien necesita acreditarlo para un trabajo. Eso no estaba articulado y empieza a estarlo en los años noventa; por tanto, somos muy jóvenes. Ten en cuenta que el British Council o el Instituto Francés nos llevan décadas de ventaja.

Indudablemente, hay que mejorar muchas cosas, pero el Cervantes tiene sentido y tiene razón de ser; no es el resultado imaginativo de un político en un momento determinado.

Por tanto, ¿el Cervantes subsiste más allá de la coyuntura política?

Sí, esa es la clave. A veces, hay que pelear con eso. Sin duda, hay que despolitizar, en la medida que se pueda, lo que es la institución, porque esta tiene que ver más con los profesionales que la mueven que con las políticas que la dirigen.

¿Tiene más que ver, en consecuencia, con el trabajo gris o que menos reluce, como es la docencia cotidiana y el hecho de crear o propiciar castellanohablantes?

El alma primera de la cultura y de nuestra relación es la lengua. Entonces, la importancia que tiene la enseñanza es fundamental. Hacer los eventos, las presentaciones, los encuentros culturales, pertenece a la muestra de la elite cultural necesaria en la que se mueven ciertas cosas, pero lo primero y fundamental es el conocimiento de la lengua, que posibilita conocer otros aspectos del país: cómo es, quiénes son, qué piensan, qué hacen…

Jose Ramón Alarcón y Javier Rioyo durante un momento de la conversación. Fotografía: Merche Medina.

Que el alumnado acuda a la biblioteca y pueda disponer de ese acceso al conocimento o responder a todas estas inquietudes es una extremidad fundamental de esa educación y de la propia institución. En este sentido, ¿cómo se gestiona la Biblioteca Juan Goytisolo del Cervantes de Tánger, que, si no me equivoco, es, junto con la del instituto de Nueva York, la que más volúmenes atesora y maneja?

Todavía tenemos sitio (risas). Nosotros nos cambiamos de lugar hace unos años. Las dependencias del Cervantes tienen que ver con la presencia española aquí, en una época donde se hace el hospital –que es magnífico y es el hospital no africano más importante del continente–, el colegio, el instituto, el consulado, la residencia del cónsul, los jardines y lo que era la residencia de estudiantes, que es nuestro edificio actual.

La biblioteca tiene más de 70.000 volúmenes. Hay muchas donaciones muy interesantes que todavía hay que catalogar y valorar –aunque está bastante avanzado–. Atesoramos primeras ediciones de los años sesenta, setenta, etc., importantísimas, de numerosas editoriales españolas. Por tanto, antes de realizar ningún cambio o expurgar ejemplares por el hecho de que estén repetidos, por ejemplo, vamos a ver las necesidades de nuestra red de institutos en Marruecos.

Debo decir que es más importante lo que tenemos del siglo XX que los ejemplares que disponemos del XIX; vi que era más intersante desde el punto de vista de la bibliofilia, aunque debe hacerse un meticuloso trabajo al respecto, con detenimiento. Hay muchas publicaciones y revistas que apenas se usan y que serían interesantes para los investigadores, y eso hay que ponerlo en contexto y en valor.

Por todo ello y en base a tus reflexiones, ¿es Tánger, en calidad de sede del Cervantes, un lugar excepcional, incomparable, atendiendo tanto a razones estratégicas e históricas como metodológicas, respecto de otras ciudades en las que se asienta el instituto?

He tenido la suerte de estar en sedes muy singulares, diferentes, pero muy importantes. La de Nueva York es una de las grandes sedes, sin duda, situada en una las grandes ciudades imprescindibles para entender nuestra modernidad; y Lisboa tiene que ver con lo que fuimos y con lo que somos, con nuestras cercanías y necesidades. Tánger tiene que ver con un mundo que se emparenta mucho con nosotros. En numerosos aspectos aquí conviven elementos de nuestro pasado cultural y social que aún están presentes, en plena convivencia.

Tras tu reciente incorporación al cargo, ¿cuáles son tus objetivos inmediatos y a medio plazo? ¿Cómo te seduciría que fuera perfilado tu tránsito por el Cervantes de Tánger?

Quisiera, de una manera natural, hacer un hueco y un reconocimiento mayor de lo que ha sido la presencia pictórica y arquitectónica de la ciudad que tiene que ver con España, que ha sido muy importante. Igualmente, nuestra biblioteca se llama Juan Goytisolo (desde 2007); Goytisolo es uno de los referentes del acercamiento al mundo marroquí y quiero hacer un homenaje a Juan y que vengan aquellas figuras cercanas que lo conocieron y quisieron bien. Reconocer a los escritores que han conocido el mundo de expresión española aquí y, también, el mundo de la mezcla de la jaquetía, que decía Ángel Vázquez… También saber lo que pasa ahora en la ciudad, quién hay escribiendo, qué están haciendo, qué referencias nuestras tienen, qué dialogo pueden tener con nosotros, qué intercambio podemos hacer…; reactivar lugares pertenecientes al instituto para llevar a cabo becas de residencia; ese sería uno de mis mayores deseos, crear ahí un lugar donde se esté haciendo investigación, cultura, exposiciones, etc.

Y en plano personal, a uno le gustaría que fuera, primero, bien recordado y querido. Que dijeran: “mereció la pena, estuvo aquí un tiempo, lo hizo bien y era un tipo cariñoso…”. Pero más allá de eso, lo que me gustaría hacer –al margen de lo que es obvio, que es poner en valor lo que representa esta ciudad para nosotros– es entrar más en la ciudad, conocer más lo que fue, es y será Tánger; conocer más el paisaje y el paisanaje de la ciudad y su corpus vital. Además, que los tangerinos sientan que el Cervantes es un lugar accesible, cercano, que lo sientan como suyo, como parte de su historia reciente –que lo es–, que puedan venir a leer y conversar y que puedan hacerlo en la lengua que hablaron sus abuelos…

Aquí han pasado muchas cosas desde muchos puntos de vista. Parte de la historia española reciente –y no tan reciente– pasa por esta zona.

El periodista y cineasta Javier Rioyo, nuevo director del Instituto Cervantes de Tánger (al fondo, la medina y la Kasbah de Tánger). Fotografía: Merche Medina.

Jose Ramón Alarcón

Undécima edición de M’zora Caravane en Marruecos

XI M’zora Caravane
Larache (Marruecos)
Junio de 2019

Con la participación de un total de 53 artistas de nueve países distintos (Marruecos, Camerún, Bélgica, Francia, Inglaterra, Holanda, Chile, Japón y España), el pasado mes de junio de 2019 (del 12 al 17) ha tenido lugar en Larache (Marruecos) el undécimo encuentro multicultural de artistas M’zora Caravane, con la presencia física de 37 artistas en la ciudad y la colaboración de los 16 creadores restantes a través de sus obras.

El encuentro –promovido desde España por el Colectivo LA ESPIRAL, ACC y contando también, por primera vez, con la asociación marroquí LARACHE EN EL MUNDO– ha sido apoyado por el Consorci de Museus de la Comunidat Valenciana y por distintos organismos del país vecino, como son el Ministerio de Cultura y Comunicación o el de la Juventud y Deportes de Marruecos, entre otros.

Este singular proyecto de creación contemporánea viene generando un recorrido propio (Línea Sur-Norte), bajo unas mismas ideas de colaboración y entendimiento entre personas y artistas de Europa y África.

Se pretende aportar desde el seno del arte un planteamiento donde prima lo colectivo y transcultural, en una iniciativa que denuncia las restricciones a la libertad de movimiento de las personas. De ese modo, se cuestionan las actuales políticas migratorias y se unen, a través de la práctica contemporánea, artistas de muy distintos orígenes, bajo una misma sensibilidad. Tiene especial relevancia en estos encuentros la dramática situación actual en el Mediterráneo.

A la vez, esta iniciativa está siendo compartida, desde sus inicios, en una multitud de encuentros hermanados celebrados en distintos países, el último de ellos en el Museo L de Lovaina la Nueva (Bélgica), bajo el título de ‘BienvenUE’, donde participaron mas de 40 artistas internacionales de África y Europa.

Inauguración de la exposición en la Torre del Judío de Larache. Fotografía cortesía de Emilio Gallego.

PROGRAMA

El programa público del encuentro comenzó el viernes 14 de junio, con una visita al Cromlech de M’zora, lugar de origen de los encuentros en 2009, con la actuación del grupo de payasos belgas Cie Voilà l’enchantement, en el colegio de aquella localidad.

Posteriormente, por la tarde se inauguró con gran asistencia de público, autoridades y entidades, la exposición de arte contemporáneo en la Torre del Judío, edificio medieval situado en la ciudad de Larache.

A continuación, se presentó el libro ‘L’enfant clandestin’ por parte de su autor, el poeta camerunés David Essomé; así mismo, tuvo lugar un adelanto del libro del poeta local marroquí Abdeslam Serroukh, que recitó acompañado al laúd por Zahara el Bounani. La jornada finalizó con la proyección de cuatro cortos y vídeos de Pablo Barce (‘El Nadador’), Outman Akjeje (’96º’), Manuela de Tervarent y Charley Case (‘Je suis mon rêve’) y Josep Ginestar (‘Casa XII’).

Actuación de música gnawa en el recinto del coliseo romano. Fotografía cortesía de Emilio Gallego.

El programa del sábado 15 de junio fue intenso, contando, igual que el día anterior, con una gran participación y una excelente acogida. Entre las actividades mas destacadas cabe mencionar los talleres dirigidos por diversos artistas (Andrea Brontons, Benoit Vivien y Myrtille Sauvage), enfocados a niñas y niños de la medina de Larache, agrupados en una asociación local de carácter social.

Este día, la jornada tuvo lugar en el interior del yacimiento arqueológico de Lixus, de origen fenicio y romano, situado a tres kilómetros de Larache. En este escenario se presentaron performances como las del Grupo Habémus o la Foz Machine de Fred Chemama, acompañado del músico japonés Degurutieni. También se realizaron in situ instalaciones, como la del artista Najib Cherradi o la de David Bartholomeo.

Para finalizar, ya al atardecer, en el interior del recinto del coliseo romano y en un ambiente totalmente festivo, tuvieron lugar distintas actuaciones: desde música gnawa o percusión a cargo del grupo de batucada Sambalaraxe, a los Acróbatas de Mito. Entre todos ellos supieron crear una verdadera fiesta de la transculturalidad, que duró hasta la madrugada.

La XI edición de M’zora Caravane ha gozado de una gran repercusión en Marruecos, consolidando la trayectoria de un proyecto que, sin duda, seguirá su desarrollo allí y en otras ciudades, añadiendo calidad y cada vez más artistas a su nomina de participantes y aumentando su apuesta por la integración del arte contemporáneo como puente entre culturas.

Un instante de la performance del Grupo Habémus en M’zora Caravane. Fotografía cortesía de Emilio Gallego.

Emilio Gallego

Acerca del X equinoccio de creación – M’zora Caravanne

X equinoccio de creación – M’zora Caravanne
Yacimiento arqueológico de Lixus (Larache, Marruecos)
20 y 21 de septiembre de 2018

Felizmente este año se han cumplido diez desde el inicio de los encuentros que constituyen la Línea Sur-Norte. Desde 2009, en el encuentro del equinoccio en el Cromlech de M’zora, multitud de proyectos muy diversos se han ido generando a la vez que se han ido incorporando una cantidad importante de artistas de todo el mundo, que han compartido una filosofía de vida y una concepción del arte contemporáneo cercano, sencillo, con y de todos y para todos.

En Marruecos, España, Francia o Bélgica, mucha es la gente que ha contribuido a crear un movimiento internacional plenamente integrador, que no entiende de fronteras o de nacionalidad y mucho menos de élites artísticas, entendidas estas de un modo convencional.

Emilio Gallego. MAKMACon variedad de ópticas personales enriquecedoras, se ha ido construyendo un camino que aspira a poner en valor lo humano por encima de otras consideraciones al uso. Existe una coincidencia esencial, además del propio modo de entender este recorrido de cada participante. Lo que queda patente en las etapas construidas con constancia y tesón es que señalan una acción, sin duda histórica, en el mundo del arte.

Los inicios en M’zora, continuados en Stavelot, en la Galería Triangle Bleu, seguidos de Requena, con su aportación germinal de La Espiral –hermana de la posterior SinÈangulo–, después en Más d’Azil, donde nace el museo transfronterizo itinerante Muzoo; a continuación en París, en la galería Vanessa Quanq… y un sin fin más de acciones paralelas que han aportado tantísimos artistas, que cediendo su trabajo, con talento y generosidad, han alimentado un espíritu y un concepto colectivo, que ha ido creado un hito en la historia del arte. Con mayor o menor reconocimiento, se alza aquí ya de modo innegable, como un hecho constatable: Africa y Europa comparten un destino idéntico, integrando una acción artística que se continua desde hace 10 años.

Mapa que señaliza los encuentros que constituyen la Línea Sur-Norte de M'zora Caravanne. Fotografía cortesía de Emilio Gallego.

Mapa que señaliza los encuentros que constituyen la Línea Sur-Norte de M’zora Caravanne. Fotografía cortesía de Emilio Gallego.

Y todo esto hasta llegar al próximo encuentro ‘BienvenUE’, en el Museo L de Lovaina la Nueva, que generosamente también ha abierto sus puertas a este proyecto y que tendrá lugar en fechas cercanas. Sin duda va a ser una gran aportación al desarrollo de la Línea sUr-nortE, dando impulso a los siguientes encuentros y a más y más incorporaciones de artistas deseosos de contribuir con su trabajo a esta creación, tan sencilla como gigantesca humana y artísticamente.
No me atrevo a intentar siquiera nombrar a todas y todos los que han participado, ardua labor a día de hoy que puede rastrearse por las obras y los lugares transitados, pero eso no es óbice para que no sintamos un enorme sentimiento de gratitud hacia este gran colectivo de artistas, acompañado de los mejores deseos para que esto siga creciendo, con ellas y ellos y con los que vengan en el futuro.

Con la Caravana de M’zora, desde Lixus (Larache), en el equinoccio de otoño de 2018 y en acción coordinada con diversos creadores en otros puntos geográficos de Marruecos, Francias y Bélgica, se ha contribuido nuevamente a señalar la Línea sUr-nortE, idea surgida en La Espiral, que se va plasmando con experiencias y que en breve continuará en el Museo L de Lovaina la Nueva, en Bélgica.

Un instante de la celebración del equinoccio de creación - M'zora Caravanne, en el yacimiento arqueológico de Lixus (Larache, Marruecos). Fotografía cortesía de Emilio Gallego.

Un instante de la celebración del equinoccio de creación – M’zora Caravanne, en el yacimiento arqueológico de Lixus (Larache, Marruecos). Fotografía cortesía de Emilio Gallego.

Emilio Gallego

‘La Grande Safae’: brumosa memoria de la identidad sexual

‘La Grande Safae’, de Randa Maroufi
Le Fresnoy – Studio national des arts contemporains
Ficción/Documental
15’56”, 2014. Francia

Componer un mapa de predilecciones o devocionario de insondables fetichismos permite acudir a la estocástica búsqueda de documentos y registros, traslados, encuentros y sondeos inagotables entre fuentes dispersas que, amén de trazar un camino fértilmente desnortado, concluyen configurando una bienvenida calima de dilentantismo y una inopidada cartografía de hallazgos.

A estas caracterísitcas y nómina de requisitos responde el caso que nos ocupa: ‘La Grande Safae’, un inquietante cortometraje pseudodocumental rubricado por la artista y cineasta Randa Maroufi (Casablanca, 1987), quien, a la postre, se revela en una creadora con una excelsa deriva curricular, cuyos proyectos audiovisuales, fotográficos y performativos han alimentado el discurso programático de numerosos festivales internacionales, erigida en un referente del testimonio artístico franco-marroquí del último lustro, tanto por el orden conceptual de sus propuestas como por el desarrollo metodológico de los diversos cometidos en los que se ha embarcado desde la consumación de su diplomatura en el Instituto Nacional de Bellas Artes de Tetúan, a comienzos de la presente década.

Trailer «The Great Safae» by Randa MAROUFI from Randa Maroufi on Vimeo.

Maroufi, miembro residente de la Casa de Velázquez con un proyecto que pretende radiografiar alguno de los sótanos de la idiosincrasia ceutí –como es el tráfico de bienes manufacturados introducidos a pie atravesando la frontera del norte de Marruecos–, ha recalado recientemente en Madrid fruto de su participación en la edición de Estampa 2017, a través del centro de creación artística e investigación que l’Académie de France atesora en la capital. Cabe mencionar que su penúltimo ejercico en la dirección, ‘Le park’ (2015) –retrato generacional de un heteróclito grupo de jóvenes que merodean un parque de atracciones abandonado en la ciudad de Casablanca– ha recibido más de una veintena de premios internacionales y forma parte de la colección de fotografía y vídeo del Centre National des Arts Plastiques (CNAP).

‘La Grande Safae’, rodada en el invierno tangerino de 2014, en tanto que una lírica y neblinosa aproximación al frágil territorio de la memoria familiar y personal, viene a erigirse en una ineludible y singularísima opera prima que justifica el presumible y dilatado urdimiento de un proyecto alimentado sin definición por la doméstica herencia cultural, polarizada en torno de la figura de Safae, travestido empleado del hogar de la familia de Randa Maroufi hasta comienzos de la década de los ochenta, cuya identidad sexual hubo transitado como una extemporánea incógnita por el templado microcosmos del lar y del vecindario.

Un instante del cortometraje 'La Grande Safae', de Randa Maroufi'. Fotografía cortesía de la productora.

Un instante del cortometraje ‘La Grande Safae’, de Randa Maroufi’. Fotografía cortesía de la productora.

Maroufi se sirve de tres actrices y un actor – entre los que destaca Ayoub Layoussifi, presente en la gala inaugural del festival internacional de mediometrajes de València La Cabina, fruto de su dirección en ‘Tikitat-a-soulima’– para encarnar el papel de La Grande Safae en diversas e inquietantes secuencias cuyos planos generales evocan simbólicamente la identidad del personaje nuclear, cuya relación con los distintos espacios registrados (salón del hogar, azotea, garita urbana, entrada de hamman y gabinete marital) permite cuestionar y sondear la conducta y condición de sus transformaciones, solidificando un ejercicio de introspectivo y enteco equilibrio entre “lo que somos y queremos ser”.

La alusiva crónica secuencial de ‘La Grande Safae’ porta consigo el relato testimonial en voice-over de diferentes familiares y vecinos, cuyas aserciones y versiones contradictorias acerca de la identidad sexual de Safae solidifican la justificación última de la película, encaminada a reflexionar, a modo de narración semiótica, en torno de la ambigüedad de los cuerpos en el espacio íntimo y público. Destacada praxis de la brumosa memoria biográfica para recomponer, mediante la calima de procesos ficticios, el discurso inductivo de Randa Maroufi, celebrado descubrimiento para quien suscribe.

Un instante del cortometraje 'La Grande Safae', de Randa Maroufi'. Fotografía cortesía de la productora.

Un instante del cortometraje ‘La Grande Safae’, de Randa Maroufi’. Fotografía cortesía de la productora.

Jose Ramón Alarcón

 

 

Retrato de una mujer libre

Como arena entre tus dedos
Gadea Fitera
La Esfera de los Libros

Algunas personas tienen vidas tan intensas y extraordinarias que desafían las leyes de la verosimilitud. Vidas tan increíbles que parecen fruto de los delirios de un guionista trastornado por los excesos de las drogas y el alcohol. Es el caso de Margarita Ruiz de Lihory, aristócrata valenciana que, a principios del pasado siglo y con sólo 20 años de edad, abandonó a su marido, dejo a sus cuatro hijos al cuidado de su madre y  emprendió una aventura  insólita para una mujer de su época.

Gadea Fitera, autora del blog ‘Diario de una madre inexperta’ que publica El Mundo digital, fabula su historia en ‘Como arena entre tus dedos’ (La Esfera de los Libros). Un relato que plasma las múltiples facetas de esta mujer fuera de serie, la primera periodista con corresponsalía extranjera propia, agente doble, pintora, abogada y amante de grandes hombres de su tiempo, como Miguel Primo de Rivera o Henry Ford entre otros muchos. Además del título de baronesa de Alcahalí, que usurpó a su hermana mayor, acumuló otros varios títulos nobiliarios de abolengo.

Portada del libro 'como arena entre tus dedos', de Gadea Fitera.

Portada del libro ‘como arena entre tus dedos’, de Gadea Fitera.

“Conocí la apasionante figura de Margarita de forma casual durante una conversación con una de mis tías y quedé fascinada”, dice Fitera. “A medida que me informaba sobre su vida iba quedando más atrapada por la personalidad de esta mujer arrolladora, egocéntrica, narcisista, superdotada, ante todo un espíritu libre”.

Fitera se documentó a fondo en las hemerotecas de ABC y Las Provincias centrándose en el periodo 1920-1954 en el que trascurre la historia. A lo largo de los dos años que ha dedicado a escribirla afronta con valentía el reto de dar vida a un personaje que, de haber sido totalmente imaginario, la haría sospechosa de impostura y exageración. Porque la vida de Margarita Ruiz de Lihory es un conjunto de avatares que supera la más febril fantasía. “Fue una de esas personas que puede caer muy bien o resultar insoportable”, comenta. “Yo quería que los lectores empatizaran con ella, que al llegar al final del libro comprendieran sus motivaciones”.

Coleccionista de reliquias

Para lograr ese objetivo, Fitera combina el relato en presente y en primera persona con la voz de un narrador imparcial que rememora las peripecias de Margarita por Marruecos, México, Cuba, Estados Unidos y París hasta su regreso a España, donde residió sus últimos años a caballo de sus residencias en Madrid, Barcelona y Albacete. Fue en esa etapa cuando un macabro suceso eclipsó su brillante trayectoria para convertirla en carnaza del populacho y llevarla incluso a la cárcel, aunque por pocos días. Uno de sus familiares denunció que había amputado la mano del cadáver de su hija pequeña, Margot.

“El semanario El Caso dio noticia del suceso que suscitó un aluvión de críticas y rumores”, comenta Fitera. “Se decía de ella que oficiaba misas negras, que daba amparo a nazis, incluso que mantenía contactos con alienígenas del planeta Humo. Todo ello especulaciones sin sentido. Lo que sí es cierto es que Margarita tenía gran afición a conservar reliquias, desde el bisturí con el que habían operado a uno de sus hijos, a los órganos de sus mascotas que ella misma extirpaba y guardaba en formol tras su muerte”.

Gadea Fitera. Imagen cortesía de la autora.

Gadea Fitera. Imagen cortesía de la autora.

Como Fitera relata en las primeras líneas de su novela, fue en Marruecos donde se inició en los rituales funerarios de los yezidíes, una secta islamista que acostumbra a mutilar a sus difuntos.  Siendo católica devota combinaba su fe religiosa con las creencias esotéricas muy en boga en su época. La familia Bassols de su último esposo, mucho más joven que ella, era propietaria de la mayor biblioteca espiritista de Cataluña de la época. Mundana y cosmopolita y a la vez animada por un intenso afán espiritual que la impulsaba a buscar algo más allá de los límites de la realidad.

Entre claros y oscuros, gozos y tormentos, Fitera traza una retrato de un mujer libre, adelantada a su tiempo. “Es cierto que la situación de la mujer es hoy mejor que a principios del XX, pero creo que estos últimos años se ha producido una involución. Si una mujer abandona a sus hijos  recibe muchas más críticas y rechazo que si lo hace un hombre”.

‘Como arena entre tus dedos’ es la primera novela que publica, pero no la primera que escribe. Con ‘La sombra de un desconocido’ quedó finalista de los Premios Planeta. Ahora piensa ya en su próxima obra ambientada en Europa tras la Segunda Guerra Mundial.

Bel Carrasco

El Mediterráneo conflictivo en pantalla

Ciclo de películas sobre el Mediterráneo
Filmoteca de Valencia
Plaza del Ayuntamiento, 17. Valencia
Hasta el 3 de julio de 2016

La Filmoteca presenta un ciclo de cinco películas sobre el Mediterráneo con motivo de la exposición ‘Entre el Mito y el Espanto: El Mediterráneo en conflicto’ que se exhibe en el Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM) hasta el próximo 3 de julio. Organizada en colaboración con el IVAM, esta selección de películas rodadas en diversos países mediterráneos presenta en la última semana de mayo dos películas producidas en el Magreb en épocas muy distintas.

Los balizadores de Dios.

Los balizadores del desierto, de Nacer Khemir. Imagen cortesía de la Filmoteca de Valencia.

El ciclo se inició el  martes 24 de mayo, con la proyección en la sala Berlanga de la película tunecina ‘Los balizadores del desierto’ (1984) de Nacer Khemir. Ganadora de la Mostra de Cinema del Mediterrani de València en 1984,  es una fábula llena de lirismo que rinde homenaje al esplendor de la cultura árabe y que destaca por el carácter casi pictórico de sus encuadres.

Los caballos de Dios.

Los caballos de Dios, de Nabil Ayouch. Imagen cortesía de la Filmoteca de Valencia.

‘Los caballos de Dios’ (2012) de Nabil Ayouch por su parte, es una producción marroquí, con participación francesa y tunecina, que cuenta cómo dos hermanos que viven en los barrios más pobre de Casablanca se convierten en terroristas islámicos. La película es una interpretación libre de los atentados terroristas que tuvieron lugar el 16 de mayo de 2003 en Casablanca.

Calabuch, de Luis García Berlanga. Imagen cortesía de la Filmoteca de Valencia.

Calabuch, de Luis García Berlanga. Imagen cortesía de la Filmoteca de Valencia.

En la primera quincena del mes de junio está prevista la proyección de dos clásicos del cine europeo de la década de los cincuenta ‘Stromboli, tierra de Dios’ (1949) de Roberto Rossellini y ‘Calabuch’ (1956) de Luis García Berlanga. También podrá verse el documental  ‘Algèria, el meu país’ (2012) de Juli Esteve.

 

Fotograma de Los caballos de Dios. Imagen cortesía de La Filmoteca de Valencia.

Fotograma de Los caballos de Dios. Imagen cortesía de La Filmoteca de Valencia.

“Me interesan las historias al límite de lo creíble”

Con el frío, de Alberto Torres Blandina
Aristas Martínez

“Un día los animales desaparecieron de las ciudades. Los periódicos dijeron que huían de algo. Conjeturaron con un escape de gas, con el epicentro de un futuro seísmo, con la posible caída de un meteorito (…) los animales están confundidos, que por ello los pájaros  los peces han modificado sus rutas migratorias. Hacia el norte”.

Así comienza Con el frío (Aristas Martínez) última novela del valenciano Alberto Torres Blandina. Desde Valencia a Asilah (Marruecos) pasando por Vancouver o el desierto del norte de Australia, el relato recorre 16 países de los cinco continentes para contar, a través de otros tantos personajes, la reacción global del ser humano ante una anomalía que modifica los patrones climáticos perturbando la realidad. Nueva York, Dubai, Japón, Kenia, Laos, Chile y Bolivia son otros escenarios de este atlas del fin del mundo, la mayoría lugares conocidos por Torres, avezado trotamundos.

El viaje se intercala con el periplo de una antigua nave trirreme de nombre Esperanza que conduce hacia el norte a un grupo de personas que desconocen su misión y su destino. “Con el frío es una reflexión sobre el mundo actual y los mecanismos que generan las ‘verdades’ y la compleja red que teje este mundo hipercomunicado y, a la vez autista”, dice Torres. “Mi pretensión es que el lector de mi novela, cuando vea las noticias de la tele, piense en ella y le parezca que entiende un poco mejor cómo funcionan los odios y los fanatismos. Es mucha pretensión, pero con conseguirlo solo un poco me conformo”.

Miembro del colectivo Hotel Postmoderno, Torres se dio a conocer, en 2007, con Cosas que nunca ocurrirían en Tokio. Un año más tarde quedó finalista del Premio Café Gijón con Niños rociando a gatos con gasolina. Tras ser traducido a cinco idiomas, vender 25000 ejemplares de su obra en Europa y ganar dos premios en Francia, “me resulta curioso descubrir que la mayoría de los periodistas culturales de Valencia no saben ni quién soy”, ironiza. “Espero que, en mi siguiente novela, al menos no se equivoquen al citar mi nombre”.

Con el frío, de Alberto Torres Blandina. Imagen cortesía del autor.

Con el frío, de Alberto Torres Blandina. Imagen cortesía del autor.

¿Cuáles  son los principales peligros que realmente  amenazan a la Tierra?

Supongo que el peor peligro es el ser humano. Está convencido de que la Tierra le pertenece y puedo servirse de ella como quiera. Pensamos que la Tierra existe por nosotros y ni nos planteamos lo contrario: que nosotros existamos por ella.

Todo el mundo habla de calentamiento climático y la obsesión de viajar al sur. En su libro ocurre lo contrario, frío y norte.

La novela plantea una situación que escapa a nuestras expectativas, que no hemos sido capaces de prever y por lo tanto no sabemos cómo abordar. Necesitaba narrar esa anomalía, esa crisis que lleva al ser humano a buscar nuevas respuestas, relatos que expliquen qué está ocurriendo, pues lo que creíamos saber ya no sirve. En el fondo, la novela plantea cómo se construye la realidad, cómo diferentes versiones de “la verdad” luchan por imponerse, por ordenar el caos.

¿Hay un buque llamado Esperanza para la Humanidad? Una posibilidad de redención y supervivencia.

No me lo he planteado, la verdad. Mi novela se centra más bien en lo sociopolítico, en mostrar cómo funcionan las sociedades en épocas de crisis: fanatismos, lobbies empresariales, nacionalismos rancios… todos quieren sacar tajada. Sólo hay que mirar la televisión para darse cuenta de esto.

Se declara no animalista, pero su libro destila amor hacia los animales.

No soy animalista en un sentido militante pero no me gusta la prepotencia con la que el ser humano se ha autoproclamado guardián de la naturaleza, como si le perteneciera. Deberíamos conectarnos más a la tierra, no en un sentido hippie-new-age, sino simplemente escuchando a nuestro cuerpo. Nos altera la luna llena y la primavera, nos duele la cabeza cuando cambia el viento y el índice de suicidios y de crisis mentales aumenta en otoño. Es un hecho que estamos más conectados al universo de lo que parecemos creer…Hemos dado la espalda a nuestra parte animal.

Portada de la novela 'Con el frío', de Alberto Torres Blandina. Imagen cortesía del autor.

Portada de la novela ‘Con el frío’, de Alberto Torres Blandina. Imagen cortesía del autor.

¿Ha visitado todos los lugares que aparecen en su novela? 

He visitado casi todos los países que cito y la mayoría son lugares que me han fascinado por una u otra razón. Las minas de Potosí o Dubai, por ejemplo, me parecieron mundos extraños, inquietantes. En Vancouver me fascinó cómo la sociedad occidental había acabado en unos años con las tribus indígenas: rascacielos creciendo al lado de tótems. También conozco Bamako, he viajado en el tren Shinkansen de Japón y he subido a la colina de Luang Prabang igual que hace mi personaje. Nunca he estado en el desierto de Australia, por ejemplo, pero me interesaba hablar de los aborígenes y por eso elegí ese lugar para uno de los capítulos.

¿Cómo se mete en la mente de personajes de culturas y geografías tan dispares?

La novela habla de la globalización y al mismo tiempo de la imposibilidad de ella. Ocurre como en cualquier traducción: siempre hay algo que se pierde, matices más grandes cuanto más alejadas están las lenguas. Desde siempre me ha interesado la transculturalidad, la forma en que diferentes culturas interpretan la realidad. Cuando viajo presto mucha atención a la visión religiosa y mágica del mundo, por ejemplo. Aunque no hay que viajar mucho. Sin salir de España podemos encontrarnos mundos muy diferentes. Una vez entré por casualidad al Facebook de un amigo católico y nacionalista español de derechas y me asusté de lo diferente que puede ser la realidad para dos personas. Su Facebook y el mío parecían habitar realidades (visiones de la realidad) distintas.

¿Cómo ha evolucionado desde Niños rociando gatos con gasolina?  

La realidad es una ficción colectiva con muchos likes. Me interesan las historias que se desarrollan en los límites de lo creíble. Historias que podrían ser ciertas pero ponen en entredicho nuestro sistema de creencias. Los niños índigos son una de esas historias a mitad camino entre la ciencia ficción y el realismo. Yo ni siquiera creo que existan los niños índigos, pero mucha más gente de la que creemos está convencida de ser uno de ellos. Son grietas en nuestra sociedad racional, igual que el curanderismo, las religiones o el miedo a los fantasmas.

¿Cómo ve el panorama literario actual?

-Creo que se están haciendo cosas muy interesantes en España y, concretamente, en la Comunidad Valenciana que es donde vivo. Autores, la mayoría nacidos en la década de los 70 y 80, trabajan con un modelo de novela diferente al de la generación anterior. Un modelo menos apegado a la historia (ese conflicto que debe resolverse al final) y mucho más contaminado por el cómic, el ensayo, las series, los videojuegos, etcétera. Literatura que difícilmente puede llevarse al cine porque su pretensión va más allá de contar una ‘película’.

Alberto Torres. Imagen cortesía del autor.

Alberto Torres Blandina. Imagen cortesía del autor.

Bel Carrasco