Más raro que una escalera verde

El rayo verde, de Fermín Jiménez Landa
La Gallera
C / Aluders, 7. Valencia

La Gallera, que de no mediar solución a su altísimo alquiler, puede cerrar como centro del Consorcio de Museos, aloja estos días una gran escalera de caracol de color verde. Ocupa todo el recinto, de parte a parte y tumbada en diagonal, porque de pie no cabía. Las desproporcionadas medidas, tomadas a conciencia, impiden su posición vertical. De manera que El rayo verde, como ha titulado Fermín Jiménez Landa su instalación de 13 metros de altura, aparece como un tótem caído al que rendir culto hubiera supuesto contravenir los deseos del artista.

Su intención no era levantar acta de la defunción de La Gallera (“ojalá no sea la última exposición para otros artistas”), sino advertir acerca de lo efímero de ciertas experiencias, como la de percibir el fenómeno atmosférico de ese rayo verde que da título a su propuesta. Rayo que únicamente se puede ver bajo condiciones poco frecuentes durante la refracción de la luz cuando roza el horizonte. “Es la atracción por lo que no podemos tener”, subraya Jiménez Landa, que incluye, como aspectos paralelos de esa atracción, la euforia y el fracaso.

Fermín Jiménez Landa junto a su instalación 'El rayo verde'. Imagen cortesía del Consorcio de Museos.

Fermín Jiménez Landa junto a su instalación ‘El rayo verde’. Imagen cortesía del Consorcio de Museos.

Euforia por haber logrado sostener, sin cables ni fijaciones, la gran escalera de caracol completamente recta, sin panza, entre ambos extremos del interior del edificio. Y fracaso porque, después de todo, aparece tumbada, que es de lo que se trataba. “Me interesa la inutilidad de una escalera que no sirve para ir a otro lugar, porque el peso del público no lo resistiría”. Una escalera rara como un perro verde, a la que Jiménez Landa ha dotado de un “aire industrial” tan pesado como ligero. Esa dicotomía entre lo enhiesto y lo caído, lo duro y lo frágil, forma parte del espíritu de un artista que utiliza su obra para provocar.

Obra, pues, excesiva, al tiempo que dada al guiño humorístico. Pero con matices, ya señalados cuando presentó su exposición 300,4 litros en la galería pazYcomedias: “Odio el exceso de intelectualidad, porque expulsa al público, pero tampoco me gusta que mi obra caiga del lado del chiste o del gag”. De manera que su rayo verde, siendo excesivo a simple vista e inclinado, sin llegar a caer, remite a esa reflexión de la luz y del propio pensamiento desprovisto de falsos aditivos y colorantes, para que el espectador se sorprenda a través de la pura emoción.

Vista general de 'El rayo verde', de Fermín Jiménez Landa en La Gallera. Imagen cortesía del Consorcio de Museos.

Vista general de ‘El rayo verde’, de Fermín Jiménez Landa en La Gallera. Imagen cortesía del Consorcio de Museos.

En este sentido, casa perfectamente con el primer rayo verde descrito por Julio Verne y con el posterior cinematográfico de Eric Rohmer. Porque hay ciencia y un sesgo poético en su instalación. “Me gustan las cosas empíricas de la ciencia unirlas con aspectos distintos de la realidad”. De ahí que haya intentado a su vez “hacer un falso verde en el mar, pero no lo he conseguido, lo cual encaja con este espíritu de frustración”. Acostumbrados a que la realidad quepa en la red virtual que propicia la tecnología, la propuesta de Jiménez Landa viene a cuestionarlo con su inútil escalera: “La obra no es la escalera, sino la relación inadecuada entre el objeto y el espacio”.

Esa falta de adecuación se halla igualmente en El rayo verde que atraviesa La Gallera: “La obra tiene mucha presencia física y es al mismo tiempo fugaz”. A mitad de camino entre la arquitectura y la percepción sensorial de un fenómeno atmosférico, entre lo adusto y lo volátil, la gran escalera de caracol remite a la transición permanente entre dos estados que no terminan de ligar entre sí. Una especie de manierismo (“igual por el camino me he ido haciendo manierista”, dice entre risas), al que se adhiere cierto aire surrealista: “Me ha salido muy siglo XX, muy de vanguardia”. En todo caso, como apunta César Novella, comisario de la exposición, “es una reflexión sobre lo visual”. Reflexión inacabada que, tratándose de La Gallera, puede tener su punto y final con El rayo verde de Fermín Jiménez Landa.

Fermín Jiménez Landa junto a su instalación 'El rayo verde'. Imagen cortesía del Consorcio de Museos.

Fermín Jiménez Landa junto a su instalación ‘El rayo verde’. Imagen cortesía del Consorcio de Museos.

Salva Torres

La Gallera acoge una performance de Greta Alfaro

Greta Alfaro. “Comedias a honor y gloria”
La Gallera
Inauguración y presentación del catálogo, el 8 de abril de 2016, 19 h.
Performance: 10 de marzo, 19 h.
Calle Aluders, 7. Valencia

Comedias a honor y gloria es una propuesta de la artista Greta Alfaro, comisariada por Alba Braza, ex profeso para la sala La Gallera. Una cuidada construcción arquitectónica repleta de copas llenas de vino, un arma y cámaras de vigilancia conforman el escenario para un público, que convertido en actor, contribuye violentamente a su destrucción. Comedias a honor y gloria consta de dos momentos, de la acción y de su resultado, de un ofrecimiento y de los restos tras la catarsis.

Greta Alfaro, desarrolla su trabajo en diferentes medios, principalmente vídeo, fotografía, instalación y collage. Ha expuesto en centros como Whitechapel Gallery, Saatchi Ga- llery, Institute of Contemporary Art de Londres; CCBB Brasilia, Brasil; Bass Museum of Contemporary Art, Miami; Armory Center for the Arts, Pasadena; International Film Festival Rotterdam; Centre Pompidou, La Conciergerie París; Kunsthause, Essen, Alemania; Trafó House of Con- temporary Art, Budapest o La Casa Encendida, Madrid. Ha presentado su obra de forma individual en la galería Rosa San- tos, Valencia; MoCA, Hiroshima; Artium, Vitoria; Museo ExTeresa, Ciu- dad de México; Centro Huarte de Arte Contemporáneo, Pamplona; gale- ría Marta Cervera, Madrid; Dryphoto arte contemporánea, Prato, Italia. Recibiendo prestigiosos premios como El Cultural de Fotografía de El Mundo, el Premio Generaciones de la Fundación Caja Madrid, la beca de la Ge- nesis Foundation para estudios en el RCA en Londres, la beca CAM de Artes Plásticas, The James Price en la Moving Image Video Art Fair en Nueva York.

El espacio de la Gallera se presenta ante la artista como: “un lugar muy especial y lleno de posibilidades” según palabras de la misma, recoge la idea original del lugar, concebido para peleas de gallos, recuperando su condición de espacio destinado al espectáculo. Esta mención al mismo se vuelve recurrente en los trabajos de Greta Alfaro, concibiendo este, desde una perspectiva más amplia que incluirá el mundo de la imagen tal y como hoy se nos presenta, como consumo voluntario o involuntario dentro de nuestra cotidianidad, junto con la presencia constante de las cámaras en nuestra vida, un elemento transmutador de roles que convierte al espectador en actor de forma tenaz, incorporando a nuestra vida la presencia de un público invisible, pero presente.

 La instalación presenta elementos que remiten a una estética místico-religiosa, logrando convertirse en una imagen con un fuerte poder que encarna una serie de referentes culturales hasta el punto de hacerlos reales y de convertir pues su destrucción en un acto nefando. Así, la alba pulcritud del espacio será pronto leyenda, pues quien desee visitar el interior de la instalación será invitado/a a llevar consigo un arma que le entregará el guardia de seguridad que custodia la puerta y obligado/a a firmar una declaración de responsabilidad civil y de cesión de sus derechos de imagen. Una vez dentro, la puerta se cierra, y el tiempo, el arma y los elementos quedan a merced del invitado/a. La profanación tendrá lugar inevitablemente, y ésta será vigilada y registrada.

Posteriormente la sala reabrirá sus puertas inaugurando una exposición que constará de un vídeo que pone en tensión la lógica de los acontecimientos cotidianos y de una instalación que se verá únicamente desde fuera de la sala, ofreciendo todo un escenario imposible de encontrar en la vida real, inspirado en construcciones típicas del arte e iconografía del barroco para adaptarlas al contexto actual.

La artista explora como la idea del espectador como ser pasivo y miembro de la masa informe ha ido transformándose desde el espectáculo tradicional, anterior a la televisión hasta la actual concepción de en espectáculo destinado a las grandes masas. Así pues y según palabras de la propia artista:

Este proyecto trata de invertir el rol tradicional de espectador pasivo para transformar al visitante en un sujeto individual y responsable, consciente de la presencia del público y de la cámara, confrontándolo personalmente con la idea de violencia y destrucción activa.”

Uno de los temas más importantes de la investigación artística que desarrolla Greta Alaro desde hace un tiempo, es la importancia ritual de la celebración y la representación para afianzar el vínculo social, aproximándose a la estética religiosa, entre lo cristiano y lo pagano, manifiesta las formas atávicas de estos rituales. En esta ocasión, cobra primacía la copa, como doble símbolo de lo terrenal y de lo divino, la copa del brindis, de la fiesta, de la vida social, y, como no, el cáliz de la sangre derramada en sacrificio.

Valencia, ciudad chocante

Valencia insólita, de Roberto Tortosa
Editorial Sargantana

La fachada más estrecha de Europa, la estación de tren más antigua de España, el primer hospital psiquiátrico que funcionó en el mundo, la segunda cúpula más grande de España. Muy pocos saben que estos lugares se encuentran en Valencia, enclaves pintorescos y curiosos, eclipsados por la riqueza de nuestro patrimonio histórico artístico. Las primeras piscinas de agua dulce y salada construidas en Europa, la vivienda con el primer caso de fenómenos paranormales documentado en España o un cementerio de la Corona Británica son otros aspectos chocantes dignos de mención.

En el libro ilustrado Valencia insólita (Editorial Sargantana) Roberto Tortosa propone un paseo por esta otra cara de la ciudad que va más allá de lo meramente raro y pintoresco para dar una visión diferente de la urbe.

Cares d'aigua, del libro Valencia insólita, de Roberto Tortosa. Imagen cortesía del autor.

Cares d’aigua, del libro Valencia insólita, de Roberto Tortosa. Imagen cortesía del autor.

Diseñador industrial de profesión, aunque a causa de la crisis tiene otro trabajo alimenticio, Tortosa pertenece a esa estirpe de cronistas espontáneos apasionados por la historia y el pasado del espacio donde viven. Fotógrafo y escritor, preside una asociación sobre cine y bandas sonoras y creo hace años una web, La Valencia insólita que fue el germen de este libro. Él mismo realizó 3.700 fotografías de las que seleccionó las 400 que ilustran el texto.

“De niño ya me gustaba perderme por el casco antiguo y descubrir rincones singulares”, recuerda. “La curiosidad inicial se fue transformando en afán de conocimiento y me dediqué a estudiar  y a documentar todos esos lugares que  llamaron mi la atención”.

Partiendo de una serie de enclaves que quería reflejar en el libro, ha desarrollado una labor de consulta de diversas fuentes bibliográficas en su colección particular,  fondos de la Biblioteca Valenciana o hemerotecas. En algunos casos concretos recibió asesoramiento de especialistas y en otros he tenido como guías personas que conocen en profundidad los sitios a visitar.

Casa del verdugo, del libro Valencia insólita, de Roberto Tortosa. Imagen cortesía del autor.

Casa del verdugo, del libro Valencia insólita, de Roberto Tortosa. Imagen cortesía del autor.

Joyas ocultas

“Existe una Valencia típica y tópica que aparece en las guías turísticas y otra dentro de ella que esconde lugares interesantes pero poco conocidos”, escribe Tortosa en la introducción. “Joyas arquitectónicas como el convento de Santo Domingo o el monasterio de la Trinidad no gozan del reconocimiento que merecen, espacios culturales como La Gallera o la capilla neobizantina de la Beneficencia”

Además de la fachada de la Plaza Lope de Vega, considerada la más estrecha de Europa, su libro incluye imágenes realmente inéditas, “como  la marquesina de la antigua estación de Aragón o el interior del depósito de aguas de Quart, que posiblemente es la primera vez que se muestran al público. Otros como algunos refugios antiaéreos, cementerios o elementos de señalización también resultan prácticamente inéditos”, señala.

Arco de tendetes, del libro Valencia insólita, de Roberto Tortosa. Imagen cortesía del autor.

Arco de tendetes, del libro Valencia insólita, de Roberto Tortosa. Imagen cortesía del autor.

El paseo que propone Tortosa se inicia en clave religiosa por las cruces de término, la Valencia Vicentina y las ermitas. Tras un repaso de las necrópolis, entre las que destaca el Cementerio protestante perteneciente a la Corona Británica, el recorrido prosigue por la ciudad industrial, ferroviaria y marítima, con un colofón dedicado a la ciudad como plató cinematográfico.

“Creo que el libro puede interesar desde el  estudioso del tema hasta al simple curioso”, comenta Tortosa. “Al intentar abarcar en el libro buena parte de los barrios y pedanías de la ciudad, a cualquier lector le será fácil  identificarse con aquellos lugares en donde vive o transita habitualmente”, concluye.

Refugio del colegio Jesús María. Imagen de Rubén Tortosa.

Refugio del colegio Jesús María, del libro Valencia insólita, de Roberto Tortosa. Imagen cortesía del autor.

Bel Carrasco

Llorenç Barber: “Somos lo que sonamos”

Batallar/Batallem. So-Crit-Tro
Llorenç Barber, Rafael Tormo i Cuenca y Orxata Sound System
Comisarios: Marc Delcan y Àngel Gallego
La Gallera
C / Aluders, 7. Valencia
Hasta el 27 de septiembre de 2015

“Somos lo que sonamos”. Y lo que sonamos, para Llorenç Barber, está muy lejos de sonar como debiera en una tierra tan plagada de músicos como Valencia. “Siendo un país tan rico culturalmente, a los artistas nos tratan como residuos; se nos degrada”. En medio de un gran cono de madera invertido, en cuyo centro cuelga una de sus significativas campanas, Barber se hizo altisonante eco del proyecto que presentaba en La Gallera. El título ya es elocuente: Batallar / Batallem. So – Crit –Tro. Resitència i cultura comú. Y cual Quijote, el artista fue dando mandobles a diestro y siniestro, mientras explicaba su propuesta sonora.

Instalación sonora de Llorenç Barber en La Gallera.

Instalación sonora de Llorenç Barber en La Gallera.

“La campana es la memoria de una comunidad”. Memoria que Barber pretende rescatar contra el viento y marea de la torpeza de los programadores culturales. “Valencia no puede ser tan dilapidadora de la creatividad”. Y puso el IVAM como ejemplo (“llevamos 20 años de retraso”), el Palau de la Música (“jamás han abierto sus puertas al arte sonoro”) o Les Arts. Instituciones públicas que a su juicio han vivido de espaldas a las prácticas artísticas novedosas. Por eso agradeció a Felipe Garín, director del Consorcio de Museos, la oportunidad de programar en La Gallera, antiguo espacio de “encuentros, apuestas y peleas”, describió Garín.

De manera que en lugar tan emblemático, Barber propone otro tipo de batalla en pro de la recuperación de la música y las prácticas colaborativas. “El artista sonoro se pregunta por lo que escucha la humanidad”. Interrogación que él despliega en La Gallera junto a Rafael Tormo i Cuenca y el grupo Orxata Sound System, bajo el comisariado de Marc Delcan y Àngel Gallego.

Instalación sonora de Llorenç Barber en La Gallera.

Instalación sonora de Llorenç Barber en La Gallera.

Mezclando las intervenciones de cada cual, a partir de elementos tradicionales de la cultura valenciana, van articulando campanas, música hablada, orquestas sonando a su manera, videoclips, disparos de cohetes y retazos de movimientos sociales como Salvem Catarroja, el Cabanyal o el 15M, con sus secuelas en forma de mascletà inactiva, que 100 niños de un colegio valenciano representará el jueves 18 en La Gallera con botellas de plástico.

“Se trata de repensar el acto de la creación”, señaló Tormo i Cuenca. “Las formas que no se dejan apropiar”, explicó Delcan en relación con la cultura popular, toman de esta forma La Gallera, contrariando así el espíritu público de exclusión de este tipo de prácticas. Sonidos, gritos y truenos, tales son los ejes expositivos, clamando por esa recuperación de la memoria que Barber inscribe en el interior de las campanas. “Es un caudal a preservar y del que gozar”, para que Valencia salga del “embobamiento” en el que se encuentra.

Instalación de Llorenç Barber en La Gallera.

Instalación de Llorenç Barber en La Gallera.

“Hemos perdido la batalla de la pedagogía”. Batalla que Llorenç Barber emprende mediante la “educación de puertas abiertas que durante tres meses” (los que dura la exposición) desea realizar al menos un día a la semana en La Gallera. “Ofrezco una universidad libre para explicar lo que los conservatorios no hacen”. El “silencio cultural en la escena valenciana” se transforma en ‘Batallar / Batallem’ en un conjunto de gestos rompedores. Gestos que amalgaman el silencio, la pausa, la sincronía y el ritmo, con la fiesta, el fuego, la implosión y el cuerpo, palabras igualmente utilizadas en el proyecto expositivo.

Por eso al final lo que cuenta es tener una “cabeza sinestésica”, tal y como se recoge en uno de los textos de la práctica colaborativa, que pueda dar cuenta de esa mezcla de sonidos y sensaciones que batallan entre sí en La Gallera. Sinestesia que vendría a desperezar a Valencia de tanta “banalidad artística”. Llorenç Barber lo hace a campanazo limpio, cuyos ecos se escucharán hasta el 27 de septiembre.

Instalación sonora de Llorenç Barber en La Gallera.

Instalación sonora de Llorenç Barber en La Gallera.

Salva Torres

 

Agustín Serisuelo. Quebrar el silencio

Agustín Serisuelo. Space before place
La Gallera
C/ Aluders, 7. Valencia
Hasta el 12 de enero de 2015

“Soñé que me moría en la calle.
Yo estaba ahí y cómo he llegado hasta aquí, cómo me ha llegado la muerte, es todavía un misterio para mí. En pocas palabras, cuando me di cuenta de que estaba muerto, ya hacía tiempo que estaba muerto en ese lugar (…)”[1].

 

A veces las circunstancias se alían de tal forma, que nuestros sentidos pierden su capacidad para traducir de forma inteligible la realidad que nos rodea, en otras ocasiones simplemente nos dejamos llevar por las pautas de nuestro entorno. En cualquier caso vivir con los ojos cerrados, o en una especie de trance hipnótico, no nos exonera de responsabilidad en las acciones que llevamos a cabo ni en las omisiones en las que incurrimos, de la misma forma que el desconocimiento de la ley no nos libera de su cumplimiento.

La realidad se compone de múltiples capas que van incorporando aspectos constitutivos de un panóptico abstracto que, según Deleuze, logra “imponer una conducta cualquiera a una multiplicidad humana cualquiera”. Esa es la capacidad de la elaboración de relatos, donde lo principal no es contar historias, sino ocultar la realidad con un velo de ficciones engañosas a la vez que se comparte un conjunto de creencias capaces de suscitar la adhesión o de orientar los flujos de emociones, creando un mito colectivo constrictivo. “Las historias pueden ser prisiones –escribe David Boje-. Una vez inscritos en historias, con unos personajes y una intriga, estamos implicados con otros que esperan que reaccionemos, hablemos y evolucionemos de una cierta manera. (…) Mejor que el control y la disciplina, compartir supuestamente una historia colectiva. (…) Las historias y el storytelling pueden compartir la mirada panóptica y la hegemonía del poder”[2]. Así es el capitalismo de las pasiones, capaz de trascender los objetos y los servicios puestos a disposición de los consumidores para introducirse de lleno en la mente y dirigir la proyección de las emociones y los deseos personales, haciéndonos partícipes de historias en las que nos transformamos en figurantes de una entretenida ficción. De la vida a la pantomima, del espejo al espejismo. Las redes sociales explotan en buena medida el concepto de la narración como argumento constitutivo de una colectividad, en la que los integrantes despliegan un papel que los representa y que se desenvuelve con cada historia incorporada al conjunto. Por esos caminos discurren las técnicas de control social del poder, entremezclándose el entretenimiento con el filtrado de ideas y la creación de unas necesidades que el mercado está dispuesto a satisfacer.

El insaciable deseo

Lipovetsky apunta que la “civilización del deseo” se construyó durante la segunda mitad del siglo XX. “La vida en presente ha reemplazado a las expectativas del futuro histórico y el hedonismo a las militancias políticas; la fiebre del confort ha sustituido a las pasiones nacionalistas y las diversiones a la revolución”[3]. El autor apoyaba sus apreciaciones en la “nueva religión” de la incesante mejora de las condiciones de vida, convertida en la tendencia general, en el principal objetivo de las sociedades democráticas, una sociedad que “funciona con hiperconsumo, no con desconsumo”. Pero los mecanismos macroeconómicos que ordenan los tiempos de crisis no están al alcance del consumidor, por muy entusiasta que éste pudiera ser. Consignar la “felicidad” a expensas de las satisfacciones del consumo y la posesión de bienes se antojaba atrevido, pero es innegable la creencia desarrollada durante décadas por la población alrededor de esta promesa.

Otras líneas de pensamiento apuntan a la necesidad de repensar los ritmos económicos sometidos al crecimiento, derivados de esa lógica del progreso que va aparejada al consumo compulsivo, fungible, que no solo nos da señas del modelo de sociedad por el que se ha apostado sino de las consecuencias personales y medioambientales que le suceden. Se han dedicado todo tipo de descalificaciones a los sectores sociales que han advertido y anticipado los efectos que, sobre las personas y el entorno, tendría el modelo económico imperante. Pasado el tiempo, tenemos ante los ojos algunos de los efectos visible de esa política depredadora, basada en la especulación, que ha sembrado el paisaje de ruinas presentes y futuras, llevando consigo a la quiebra a empresas y familias. Esa realidad se ha extendido en el Estado español, como si de una pandemia sin remedio se tratara, con hitos destacables en la Comunitat Valenciana. Agustín Serisuelo toma como ejemplo su entorno cercano, en la provincia de Castellón, para contribuir a enriquecer la narración de una época que sin duda requiere ser pensada y analizada, aún con la posibilidad de ser repetida en un tiempo como parte de nuestra escasa capacidad de aprendizaje.

Muchos de los principales enunciados y pensamientos expresados por destacados teóricos tienen su base en el más absoluto sentido común, ese que por algún motivo ha desaparecido de la vida cotidiana en algunos entornos sociales y especialmente en los escenarios del poder. Es como si las cabezas de quienes adoptan las decisiones que tanto afectan a la población, se hubieran girado 180º y no tuvieran la capacidad o la voluntad de mirar la realidad de frente. Las consecuencias de primar otros intereses por encima del interés general debiera tener efectos sobre los responsables públicos, pero lo cierto es que esos efectos pocas veces llegan; un aspecto más que contribuye a la desconfianza en las propias estructuras del Estado, por la relación de subordinación y dependencia que a menudo se evidencia entre los tres poderes.

Foto: Juan Vicent

Agustín Serisuelo. Space before place. Foto: Juan Vicent

Desigualdades uniformes

La mayoría de los estudios sobre geografía urbana contemporánea comparten la opinión de que la intensificación de las desigualdades económicas es algo inherente a los procesos de urbanización. “La pobreza urbana será el problema más significativo y políticamente más explosivo del siglo XXI, pues supondrá la generalización de la criminalidad, las tensiones raciales, los levantamientos populares y las revueltas callejeras (…). Las causas de la pobreza urbana responden a inputs propulsados por la lógica tardocapitalista (precarización del empleo, reducción de los servicios sociales, etc.), en los círculos intelectuales se está imponiendo una especie de normalización de la desigualdad social que supone aceptar que el conflicto es algo inherente a la ciudad contemporánea, es decir, que sus males son crónicos”[4]. García Vázquez considera que afrontar esos males supone implicarse con los desheredados de la ciudad, de manera que la ciudad enferma se convierte en la ciudad de los resistentes, de los comprometidos.

Creer que el bienestar –no me refiero al lujo- es posible solo para unos pocos es una posición debilitadora, pues abre innumerables campos de batalla e inestabilidad con consecuencias en todos los niveles de la estructura social. Bauman lo expresa de un modo muy gráfico, empleando una reflexión asentada en la lógica: “así como la resistencia de un puente no se mide por la fuerza promedio de sus pilares sino por la del pilar más débil, y la resistencia total crece a medida que aumenta la de este último, la confianza y los recursos de una sociedad se miden en función de la seguridad, los recursos y la confianza de sus sectores más débiles, y crece junto a ellos”[5].

La aplicación de una especie de principio de uniformidad se ha ido desarrollando desde que Taylor propuso su cadena de montaje, y con ella el modo más rentable de que los obreros llevaran a cabo la realización de cada trabajo. Una vez que el mercado adquirió importancia, la uniformidad fue más allá de las botellas de refresco y las bombillas, parasitando desde las formas de vida a los deseos personales. También se hizo notar su influencia en el modo de entender la intervención humana en el territorio, su dominio sobre el paisaje y la licencia casi infinita para alterarlo. Al fin y al cabo una ley solo necesita de otra posterior para dejarla sin efecto, como sucede con los planes urbanísticos y las posteriores recalificaciones municipales, que han ido acomodando las características del territorio a los ritmos y las necesidades de la omnívora maquinaria económica del sector de la construcción –en ocasiones con efectos en el enriquecimiento ilícito de quienes disponían de potestad política para la toma de tales decisiones-.

Foto: Juan Vicent

Agustín Serisuelo. Space before place. Foto: Juan Vicent

Estado de autocombustión

Agustín Serisuelo procede de un entorno familiar relacionado con la arquitectura, por lo que su vinculación con esta disciplina tiene raíces personales capaces de aportar un punto de vista formado a partir de la proximidad y el conocimiento de experiencias en tiempo real. Por otra parte Castellón, como tantos otros lugares, ofrece un catálogo de ejemplos arquitectónicos aberrantes, por lo que sin duda ha sido un entorno que inevitablemente ha estimulado la reflexión del artista acerca de los modos con los que la arquitectura ocupa su espacio. Lo cierto es que desde que en los años 1990 se diera en el Estado español el disparo de salida en la carrera por la ejecución de obras arquitectónicas emblemáticas, se han ido sucediendo las estrategias de imagen a través de la creación de marcas de ciudad para acaparar el interés turístico e inversor. Los efectos discutibles de apuestas en eventos multitudinarios como los impulsado en 1992 en Sevilla y Barcelona, a través de la Expo y las Olimpiadas, pues en el primer caso la falta de planificación para el día después dio al traste con muchas expectativas y, en el segundo caso, el éxito del “modelo Barcelona” ha alterado el modo de habitabilidad de la ciudad y ha generado no pocas críticas.

La Comunitat Valenciana, que se sintió desairada por quedar al margen de aquellas apuestas estatales, creó su propia hoguera de las vanidades a modo de enterramientos de hormigón a los que destinar millones y más millones de euros. A la vez, los gobernantes elegidos por el pueblo alentaban a las masas con estimulantes consignas, repetidas durante más de una década, acerca de lo ilimitado de las posibilidades que el futuro deparaba. Mientras, las entidades financieras competían por abrir oficinas y daban préstamos e hipotecas a cualquiera que se acercara y les preguntara la hora. La realidad estaba en estado de autocombustión. De la ilusión de la riqueza y las posibilidades ilimitadas se ha pasado a la imposibilidad y la negación tajante de las oportunidades más básicas.

La decepción que se ha instalado en la ciudadanía es en realidad una respuesta serena ante la mala gestión de los recursos públicos. Cuando la población veía esos desfiles de coches oficiales y guardaespaldas, creía que sus ocupantes eran personas capacitadas que ocupaban altos cargos de representación política e institucional para poner lo mejor de sus conocimientos y experiencias profesionales al servicio de los intereses generales. El tiempo ha demostrado que no era así. En términos generales se trataba de gentes hábiles para surcar por los ríos de la política y posicionar los intereses particulares de determinados grupos, valiéndose de la legitimidad otorgada por las urnas. La verdadera crisis no son solo los millones de personas sin empleo, sino el fraude producido a la sociedad a través de los órganos de poder representacional; un asunto pendiente de resolver. Los desempleados, los recortes y la miseria que poco a poco va engullendo a las familias son las consecuencias que sufre la población, mientras aumenta exponencialmente la riqueza de un reducido grupo. ¿No supieron leer los indicadores que anunciaban el cambio de ciclo económico o algunos encontraban un mayor beneficio con el desplome del sistema?

Foto: Juan Vicent

Agustín Serisuelo. Space before place. Foto: Juan Vicent

El espacio antes que el lugar

Space before place es un proyecto específico desarrollado por Agustín Serisuelo para intervenir en La Gallera, como resultado coherente de una investigación artística de la que se han ido mostrando resultados en proyectos anteriores. El artista parte de la idea de transitar el lugar como experiencia que comparte con el espectador, un espacio del que se apropia mediante la construcción de elementos que replican simbólicamente esos lugares situados a cincuenta kilómetros a la redonda de su lugar de residencia, convertidos en tributos contemporáneos al recuerdo de la inmolación a la que se vio abocada toda una sociedad tras sus devaneos con un flautista de Hamelín cualquiera.

El litoral es el espacio común donde más se ha explotado el territorio, lógicamente también es donde más edificaciones se han quedado a medio construir. La explosión de la burbuja inmobiliaria cogió a muchos edificios en proceso de construcción, en algunos casos completamente acabados pero embargados por las entidades financieras, y así continúan; cerrados, sin uso, como monumentos a la memoria de la historia reciente. Las personas nos habituamos con cierta facilidad a los cambios, quizás sea esa capacidad de adaptación un requisito necesario para la perpetuación de la especie, pero para aprender de los errores no debiéramos pasar por alto los signos que quedan impresos en nuestro entorno, pues de lo contrario pasarán a formar parte de nuestro paisaje como elementos habituales, sin haber aprendido nada de esa experiencia. Serisuelo quiere poner ante el público una realidad conocida, incómoda, que corre el riesgo de ser normalizada y descargada de significado. Esos lugares son espacios en construcción, impersonales, inacabados, que se contraponen al lugar antropológico en el que se desarrolla la vida.

Las urbanizaciones, como entramado horizontal importado de EEUU, ha engullido numerosas extensiones de terreno y con ello la memoria de esos lugares, además de traer consigo un modelo dependiente del vehículo privado, de los macrocentros comerciales y de ocio o de los servicios de seguridad privados para garantizar el sentimiento de alto standing. Son elementos que se han ido incorporando progresivamente a nuestro paisaje e incorporándose a los modos de vida, creando periferias envueltas de un aura de privilegio. El artista, con este proyecto, lleva a cabo el ejercicio de traer al centro de la ciudad la problemática de las nuevas ruinas inmobiliarias de las periferias, presentando en La Gallera –una construcción tan cargada de historia en el centro de la ciudad de Valencia- la imagen de esos otros lugares que carecen por completo de una historia vital propia, por estar inacabados. Esta contraposición entre el continente y el contenido es la fórmula mediante la que el artista lleva esa realidad periférica al centro social, político y económico de este territorio.

En esta sociedad de la imagen, las imágenes han perdido su valor iconográfico por la cotidianidad de su uso y la desmaterialización del soporte derivada de los dispositivos digitales. Agustín Serisuelo inserta imágenes en su instalación bajo la premisa de materializarlas, tratándolas como material escultórico, haciéndolas formalmente presentes para que accedamos a su significado. Bajo la premisa de que la realidad se compone de fragmentos, con su práctica artística reproduce ese modo fragmentado de representación para hacer partícipe al espectador en la narración de la obra.

La arquitectura es un elemento de memoria, los arqueólogos recurren a las ruinas para estudiar el pasado, para conocer datos de civilizaciones que nos precedieron. El artista se interroga acerca de la perdurabilidad de nuestros restos y la narración resultante de los mismos. Con este trabajo se aborda un análisis del formato económico y social globalizado, para el que se toma como caso de estudio una realidad próxima que ejemplifica características del modelo que se ven indistintamente replicadas en otras latitudes.

“El tiempo, ese gran saqueador, nos roba continuamente; pero una cosa es que nos desvalijen a lo grande y envejecer con la conciencia de haber tenido una vida plena, y otra que nos quiten todos los días pellizquitos miserables de cosas que ni siquiera hemos vivido. El infierno de nuestros contemporáneos se llama insipidez. El paraíso que buscan, plenitud. Los hay que viven y los hay que duran”[6].

 

Foto: Juan Vicent

Agustín Serisuelo. Space before place. Foto: Juan Vicent

Orden salomónico

El eje principal de la intervención de Agustín Serisuelo en La Gallera es una pieza de composición helicoidal que, a modo de columna salomónica, produce un efecto de movimiento, fuerza y dramatismo alrededor del que giran el resto de piezas creando un sistema propio. El conjunto se ve rematado por una cúpula suspendida que nos remite a la idea de una realidad volátil, sin cuerpo, que se suma al simbolismo de la columna salomónica como elemento arquitectónico central, destinado tradicionalmente a la ornamentación más que a la función tectónica.

Esta torre se compone a partir de la superposición vertical de estructuras de madera con forma de cubo, con un giro de 45º sobre su eje, con tres imágenes cada uno de ellos en su interior. Las fotografías han sido tomadas desde el interior de un edificio en construcción, uno de los muchos que han quedado abandonados, mostrándonos tres miradas desde cada una de sus plantas: las vistas hacia el interior del edificio, el exterior y su fachada desde una ventana y el paisaje al que se enfrenta. El artista nos muestra así la mirada íntima, la mirada de espejo y la mirada pública, interpelando al espectador a mantener una actitud activa que se asemeje a su propio deambular dentro del esqueleto de este inmueble en ciernes, envueltos por el sonido del viento que lo azota e invade toda la sala.

La traslación de esta atmósfera va acompañada de un conjunto de torres y una grúa de obra –“Torres vacías”-, todo en estructura de madera, reforzando la idea de artificio y ocupación volumétrica del paisaje, junto a la pieza “Palomar” y las torres “Vistas vecino” y “Vistas al mar” –estas últimas proceden de un proyecto anterior y son el eslabón que da continuidad a la línea de trabajo del artista-.

La fotografía como obra autónoma toma cuerpo en “Sin nombre”, reforzando la ausencia de moradores en estos complejos arquitectónicos, esta imagen muestra los buzones sin identificaciones personales de uno de los edificios. Completando la distribución radial de la planta baja de la sala, la pieza “Re-urbanizaciones” se extiende como una lengua desde el suelo sobre la pared. La ferocidad con la que el territorio ha sido ocupado responde en cierta manera a la necesidad de dar satisfacción al consumidor, pues “de ordinario, su motivación es un deseo de actuar en conformidad con el uso establecido, evitar observaciones o comentarios desfavorables, vivir de acuerdo con los aceptados cánones de decencia en lo que se refiere a la clase, cantidad y nivel de los bienes consumidos (…)”[7]. La propia clonación de las unidades constructivas, que se apoderan del espacio sin importar el lugar donde se ubica, nos da la clave del gusto social por sumarse a lo normalizado, de acomodarse a las señas de identidad aceptadas para formar parte de un determinado grupo o clase.

“El planeta Tierra vive un período de intensas transformaciones técnico-científicas como contrapartida de las cuales se han engendrado fenómenos de desequilibrio ecológico que amenazan, a corto plazo, si no se le pone remedio, la implantación de la vida sobre su superficie”[8]. Esta cita de Guattari nos sirve para referirnos a la cúpula suspendida por Agustín Serisuelo, compuesta por módulos individuales que acaban componiendo una cartografía en las nubes, como una nueva esfera de construcciones dispuesta a ocupar nuevas superficies, por imposibles que estas fueran. La pieza, estéticamente evocadora, tiene su origen en fotografías aéreas de zonas periféricas de gran masificación urbanística, ahora convertidas en murales tridimensionales creando un cielo abigarrado.

La primera planta de la sala corre circularmente alrededor de una balconada que nos permite una mirada aérea de las piezas que componen la instalación de la planta baja, a la vez que ofrece al espectador una perspectiva nueva de la cúpula flotante. La fotografía, empleada de diferentes modos, forma parte intrínseca de la obra de Agustín Serisuelo, cuya presencia aumenta en este segundo espacio de la sala. En el recorrido circular encontramos trabajos como “Look at me”, que recrea la ventana de un edificio en construcción desde el que observamos un edificio enfrente en similares condiciones de construcción interrumpida. “Closed building” e “In process building” parten de un collage de imágenes que pierde protagonismo bajo una capa de pintura blanca y la superposición de una intervención de dibujo que añade un estado vibrante a la obra. Estas imágenes representan dos formas diferentes en la situación de abandono que el artista ha ido mostrando. En un caso se trata de un edificio completamente finalizado pero que permanece deshabitado, en el otro un edificio que muestra la desnudez de su estructura de ladrillo y hormigón.

El uso de la luz juega un papel fundamental en la puesta en escena de este proyecto, pues el artista parte de la base de interpretar la luz como un agente creador y a la vez erosionante. Esa doble función se inserta en la concepción de los trabajos, que en ocasiones incorpora el uso de tubos fluorescentes para acentuar serena y sostenidamente el dramatismo de la realidad representada. El juego de contraluz empleado en “Panorámica”, la pieza que cierra el recorrido, nos quiere mostrar las generosas vistas desde lo alto de uno de estos edificios en ciernes, situados en lo que quería ser un ático de lujo cerca del mar. Esta composición de imágenes se sostiene sobre una estructura mural que nos anuncia, como si de un eslogan visual se tratara, el fracaso colectivo de un sueño ahogado por la codicia.

“(…) Yo no podría vivir en una sociedad donde todos cantaran las mismas canciones, canciones que hablan de gente predestinada a ganar o a perder, pero es en este mundo donde vivo (…)”[9].

Algunos consideran que la base de la convivencia es el silencio, pero para otros no hay convivencia si está desprovista de la posibilidad de ejercer la libertad. El arte es una herramienta de pensamiento y comunicación que algunos, como Agustín Serisuelo, emplean para releer aspectos del presente, quebrando el silencio.

Foto: Juan Vicent

Agustín Serisuelo. Space Before place. Foto: Juan Vicent

José Luis Pérez Pont


[1] XUN, Lu. La mala hierba. Bartleby, Madrid, 2013.

[2] SALMON, Christian. Storytelling. La máquina de fabricar historias y formatear las mentes. Península, Barcelona, 2008.

[3] LIPOVETSKY, Gilles. La felicidad paradójica. Ensayo sobre la sociedad del hiperconsumo. Anagrama, Barcelona, 2007.

[4] GARCÍA VÁZQUEZ, Carlos. Ciudad hojaldre. Visiones urbanas del siglo XXI. Gustavo Gili, Barcelona, 2004.

[5] BAUMAN, Zygmunt. Vida de consumo. Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2007.

[6] BRUCKNER, Pascal. La euforia perpetua. Sobre el deber de ser feliz. Tusquets, Barcelona, 2008.

[7] VEBLEN, Thorstein. Teoría de la clase ociosa. Alianza, Madrid, 2004.

[8] GUATTARI, Félix. Las tres ecologías. Pre-Textos, Valencia, 1990.

[9] ORIHUELA, Antonio. Todo el mundo está en otro lugar. Baile del Sol, Tenerife, 2011.

Serisuelo: Ruinas inmobiliarias en La Gallera

Space before place, de Agustín Serisuelo
La Gallera
C / Aluders, 7. Valencia
Visita guiada: jueves 27 de noviembre, a las 19.00h
Hasta el 12 de enero de 2015

Fotografías metidas en cubos de madera, hasta un total de 15 alcanzando los siete metros de altura. Y, alrededor, otra serie de instalaciones escultóricas referidas al urbanismo, a su arqueología como vestigio de una depredación inmobiliaria que ha dejado un sinfín de restos mortales a modo de ruinas. Hasta aquí el mensaje, lo cual en una obra de arte es decir bien poco. Porque el arte, como bien dijo el propio Agustín Serisuelo, artífice de la exposición ‘Space before place’ de La Gallera, “ha de servir para motivar la reflexión del espectador”.

Detalle de una de las fotografías insertas en la exposición de Agustín Serisuelo en La Gallera.

Detalle de una de las fotografías insertas en la exposición de Agustín Serisuelo en La Gallera.

Y Serisuelo, en la muestra que abre la nueva temporada de La Gallera, va más allá. “Son monumentos de nuestra historia más reciente que a algún arqueólogo del futuro le servirán para saber cómo fuimos”. Él se limita a levantar acta de tamaño despropósito jugando materiales como la fotografía, la madera, el PVC espumado o el metacrilato. Todo ello conjugado de forma armoniosa para revelar precisamente todo lo contrario: el desequilibrio y tormento de un territorio sometido a las bajas pasiones del lucro veloz.

Imagen de la exposición 'Space before place' de Agustín Serisuelo en La Gallera.

Imagen de la exposición ‘Space before place’ de Agustín Serisuelo en La Gallera.

Serisuelo transitó por espacios como Canet d’En Berenguer, Moncofa u Oropesa del Mar, se subió a torres y edificios abandonados, fotografió lo que fue viendo y luego recreó el conjunto de ruinas por las que pasó en una serie de esculturas expresamente trabajadas para el espacio de La Gallera. De manera que, como señaló el propio artista, se trajo toda esa periferia esquilmada a un lugar céntrico y emblemático de Valencia. También: “Traigo a un sitio lleno de memoria todo aquello que carece de ella”.

Imagen de la instalación escultórica de Agustín Serisuelo en La Gallera.

Imagen de la instalación escultórica de Agustín Serisuelo en La Gallera.

Por eso ha titulado su exposición ‘Space before place’. “El espacio está antes que el lugar. El espacio es algo frío e inerte que luego el ser humano lo convierte en lugar”. No es el caso que nos ocupa, donde el espacio repleto de ruinas revela la carencia de un lugar habitado por personas. Y el artista se pregunta en el catálogo expositivo: “Alguien quería que esto fuera su casa, un lugar para criar a sus hijos. Pero no lo es”. A partir de la desazón que tal hecho le produce, trabaja en sus esculturas para dejar constancia de tamaña “explotación con fines turísticos”.

Imagen de la exposición 'Space before place' de Agustín Serisuelo en La Gallera.

Imagen de la exposición ‘Space before place’ de Agustín Serisuelo en La Gallera.

De nuevo el mensaje. Pero Agustín Serisuelo vuelve a la carga subjetiva que tantos espacios ruinosos y deshabitados dejan en nuestra conciencia. La “fragilidad” de esa torre de siete metros repleta de fotografías. “Imágenes digitales que se desmaterializan y que yo convierto en materia al incorporarlas como parte de las esculturas”. Una torre que crece a lo alto, pero que parece tener pies de barro. “Me interesa llevar la construcción hacia lo volátil, que es lo que ha llevado el sistema constructivo en España”. Las constelaciones que sobrevuelan por encima de esa torre también producen la sensación de aquello “que no acabas de entender”.

Agustín Serisuelo recorrió todos esos espacios por tratarse de una “problemática cercana a mí”, sorprendido por el “velo de impersonalidad” de unos espacios “que nos hemos acostumbrado a ver”. Y como la costumbre es el vicio de la mirada para dejar de ver, Serisuelo muestra en La Gallera su conjunto escultórico. Un “trabajo arquitectónico como memoria contra el olvido y el abandono”. Ruinas inmobiliarias para arqueólogos que las comprendan.

Obra de Agustín Serisuelo. La Gallera.

Imagen de la exposición ‘Space before place’ de Agustín Serisuel en La Gallera. Imagen cortesía de La Gallera.

Salva Torres

Agustín Serisuelo. Las nuevas ruinas

Agustín Serisuelo. Space before place
La Gallera
C/ Aluders, 7. Valencia
Inauguración: 16 de octubre, 20 h.

Space before place es un proyecto específico desarrollado por Agustín Serisuelo para intervenir en La Gallera, como resultado coherente de una investigación artística de la que se han ido mostrando resultados en proyectos anteriores. El artista parte de la idea de transitar el lugar como experiencia que comparte con el espectador, un espacio del que se apropia mediante la construcción de elementos que replican simbólicamente las ruinas contemporáneas situadas a cincuenta kilómetros a la redonda de su lugar de residencia, en la provincia de Castellón.

El litoral es el espacio común donde más se ha explotado el territorio, y también donde más edificaciones han quedado a medio construir. La explosión de la burbuja inmobiliaria cogió a muchos edificios en proceso de construcción, y así continúan; cerrados, sin uso, como monumentos a la memoria de la historia reciente. Serisuelo muestra una realidad conocida, incómoda, que corre el riesgo de ser normalizada y descargada de significado. Esos lugares impersonales, inacabados, se contraponen al lugar antropológico en el que se desarrolla la vida.

Pasado el tiempo, tenemos ante los ojos algunos de los efectos visibles de esa política depredadora, basada en la especulación, que ha sembrado el paisaje de ruinas presentes y futuras, llevando consigo a la quiebra a empresas y familias. Esa realidad se ha extendido en el Estado español, como si de una pandemia sin remedio se tratara, con hitos aberrantes en la Comunitat Valenciana. Agustín Serisuelo contribuye a enriquecer la narración de una época que requiere ser pensada y analizada, aún con la posibilidad de ser repetida en un tiempo como parte de nuestra escasa capacidad de aprendizaje.

El artista, con este proyecto, lleva a cabo el ejercicio de traer al centro de la ciudad la problemática de las nuevas ruinas inmobiliarias de las periferias, presentándolas en el epicentro social, económico y político del territorio.

Agustín Serisuelo. Torres vacías, estructuras inertes. Foto: Juan Vicent. Cortesía del artista.

Agustín Serisuelo. Torres vacías, estructuras inertes. Foto: Juan Vicent. Cortesía del artista.

José Luis Pérez Pont

Tareas para el nuevo director del IVAM

El pasado 24 de abril se publicaba en eldiario.es/cv un artículo en el que se detallaban las cuatro tareas urgentes a llevar a cabo en el IVAM para su regeneración, antes del cambio de dirección. La Conselleria de Cultura no ha llevado a cabo esas tareas de limpieza, ¿las llevará a cabo el director electo, José Miguel García Cortés?

La trayectoria de García Cortés está ligada a la de Consuelo Ciscar, pues fue ésta quien lo nombró director de La Gallera y posteriomente del Espai d’Art Contemporani de Castelló (EACC). También fue llamado para estar al frente de un proyecto frustrado, que pretendía convertir el Centre del Carme de Valencia en un gran centro cultural al estilo del CCCB de Barcelona.

En el sector del arte crece el escepticismo ante la estrecha relación que ha vinculado al recién elegido director del IVAM con quien se considera que ha sido su peor directora, pues puede que la condición del nombramiento sea no remover el pasado.

Las tareas siguen sobre la mesa:

“Una auditoría para conocer las cuentas

El IVAM tiene un presupuesto cercano a los 6 millones de euros, la mitad que hace un lustro. Aunque la Generalitat asegura que sus cuentas están bajo control y supervisadas anualmente por la Sindicatura de Comptes, asociaciones como Artistes Visuals de València, Alacant i Castelló (AVVAC), Associació Valenciana de Crítics d’Art (AVCA) y Asociación de Galerías de Arte Contemporáneo de la Comunitat Valenciana (LaVac) han pedido una auditoría.

De hecho, la gestión de Císcar ha estado marcada por compras tan discutidas como las realizadas por tres millones de euros al artista al que promovía José María Aznar o las 61 fotografías adquiridas por casi medio millón a Gao Ping, el galerista chino ahora en prisión por liderar una trama dedicada al blanqueo de dinero.

Despolitizar el Consejo Rector

El Consejo Rector del museo, liderado por la consejera de Cultura, María José Catalá, y su equipo, e integrado, mayoritariamente, por profesionales afines al PP, debería hacerse el haraquiri. Debería, cree gran parte del sector, promover su renuncia para dejar paso a un “órgano al que deberían integrarse profesionales cualificados elegidos por concurso público, con un jurado integrado únicamente por profesionales del sector no vinculados al IVAM”, como ya ha pedido, por ejemplo, AVVAC.

Frenar las gestiones de Císcar

Con la destitución de Císcar, la mujer de Rafael Blasco, a la espera de condena por la supuesta apropiación de fondos públicos destinados a la cooperación, se deberían frenar todas sus gestiones a la espera del nombramiento del nuevo director. Según fuentes del sector, Císcar ha trabajado últimamente a destajo para acelerar compras, concretar la futura programación del museo e incluso pretendería asistir a la Bienal de Dakar en representación del IVAM.

Destitución del personal de confianza

Desde el sector se ha denunciado en varias ocasiones la necesidad de “ racionalizar el estado de la últimamente engordada plantilla” del IVAM.  Hay quién va más lejos y pide la destitución del equipo de confianza de Císcar –al menos los cinco subdirectores y dos administrativas- y la conformación de una nueva estructura en la que, además, se depuren las duplicidades generadas por la superposición de los profesionales nombrados por Císcar a aquellos heredados de su predecesor, Kosme de Barañano (…)”.

Voro Maroto

Rebeca Plana, en un lugar de la mancha

Top control, de Rebeca Plana
La Gallera
C / Aluders, 7. Valencia
Hasta finales de junio

Singular y plena de sentido la frase de Markus Lüpertz destacada en una de las paredes de La Gallera: “Tengo el deseo de la luz, pero estoy en la sombra”. La frase viene a expresar bien a las claras, que en su caso es bien a la sombra, lo que la propia Rebeca Plana muestra en su exposición ‘Top control’, serie de pinturas, algunas sobre colchones, dominadas por el intenso color, el trazo rotundo y las manchas. Singular y plena de sentido porque, al igual que Lüpertz, Rebeca Plana se deja llevar por cierta luminosidad interior, producto de su visceral forma de pintar, para reflejar las sombras de tan febril experiencia plástica.

Rebeca Plana, entre dos de sus obras, en La Gallera. Imagen cortesía del Consorcio de Museos de la Generalitat Valenciana.

Rebeca Plana, entre dos de sus obras, en La Gallera. Imagen cortesía del Consorcio de Museos de la Generalitat Valenciana.

Notorio, en este sentido, la utilización del colchón como soporte para algunas de las obras expuestas en La Gallera. La propia Rebeca Plana lo explica sin ambages: “El colchón porque ahí nacemos, dormimos, follamos y morimos”. Y por si hubiera alguna duda acerca de su directa forma de expresarse, verbal y plásticamente, agrega: “Me considero visceral. No me gusta la ambigüedad”. La visceralidad de su trabajo procede literalmente del lugar del cuerpo que la artista considera primordial a la hora de crear: “Pinto desde el estómago, más que desde el corazón”. Y a las pruebas hay que remitirse.

Detalle de una de las obras de Rebeca Plana en la exposición 'Top Control' de La Gallera.

Detalle de una de las obras de Rebeca Plana en la exposición ‘Top Control’ de La Gallera.

‘Top control’ es una sucesión de obras, pensadas para ocupar el lugar que en su día fue recinto de peleas de gallos, en la que Rebeca Plana expresa su particular lucha con la materia. Una lucha, en cualquier caso, exenta de abismos interiores: “No creo en el pintor atormentado”. De manera que Rebeca Plana, dejándose llevar por las contracciones de su estómago, va soltando gruesas y rotundas pinceladas como expresión de esa visceralidad. Son obras, por tanto, producto más del cuerpo que de la mente; más fruto de los ácidos estomacales que del torrente sanguíneo impulsado por los latidos del corazón.

Detalle de una de las obras de Rebeca Plana en la exposición 'Top Control' de La Gallera.

Detalle de una de las obras de Rebeca Plana en la exposición ‘Top Control’ de La Gallera.

Al no ser “pintora de caballete” (Rebeca, dixit), sus obras escapan al control del marco establecido, para expandirse por telas y colchones al modo en que lo hacen los sueños y, puestos a desear la luz encontrando la sombra, las pesadillas. De ahí ‘Top control’: “Yo no lo tengo, pero hay que pararse aquí en La Gallera”. De manera que Rebeca Plana, siempre atenta a esa “primera pincelada”, porque en su opinión “nunca hay una última”, pierde el control dentro de la seguridad de su taller, para terminar volcando tamaña visceralidad en el espacio expositivo que en cada caso ejerce de fin (provisional) de trayecto.

Diríase que a Rebeca Plana le duele el mundo y lo aplaca en sus trabajos mediante “saturación de color” y “manchas fuertes”. Los colchones en posición vertical, explicitando su imposible acomodo tradicional, son objeto de esa visceralidad plástica que deseando la luz se topa con el reino de las sombras. El gesto enérgico, abriéndose paso en la vida, es derroche de caudal en la obra de Rebeca Plana. Fiel a los dictados de su estómago, La Gallera arde en deseos motivados por tan efusivas manchas. ‘Top control’, a la espera de las próximas y siempre primeras pinceladas. La luz no encuentra forma de dar sentido a las sombras.

Dos de las obras de Rebeca Plana, en la exposición 'Top control' de La Gallera.

Dos de las obras de Rebeca Plana, en la exposición ‘Top control’ de La Gallera.

Salva Torres

La Gallera, epicentro de la música experimental

Off_Hz / La Gallera Suena
Sala La Gallera
C/ Aluders, 7. Valencia
Concierto inaugural, de “Negro” y Ainara LeGardon: el 18 de enero 2014 a las 20h

El Consorcio de Museos de la Comunitat Valenciana inaugura la primera edición del ‘Off_Hz / La Gallera Suena’ un Certamen de Arte Sonoro y Música Experimental que convertirán el espacio expositivo en el epicentro de las músicas experimentales con proyección nacional.
La propuesta viene de la mano del colectivo Audiotalaia, o lo que es lo mismo, Edu Comelles y Carlos Flores. Este colectivo ha organizado durante cuatro años en Valencia los ciclos Herzios y Off_Herzios donde han tenido lugar más de 80 conciertos, actuaciones, charlas, talleres e improvisaciones. En esta línea nace el próximo festival que acogerá la Sala La Gallera de Valencia.
‘Off_Herzios La Gallera Suena’ es una programación única en el panorama nacional de arte sonoro y contemporáneo hecha a medida para Valencia, una ciudad que acoge el sonido como herramienta creativa proyectando creatividad al resto de España y al extranjero.
La programación de ‘Off_Hz / La Gallera Suena’ se dividirá en tres grandes bloques de actividades que se irán ofreciendo a lo largo de tres meses. En primer lugar el grueso de conciertos suma 14 actuaciones de la mano de artistas consolidados como Nad Spiro (Rosa Arruti) vinculada a la escena electrónica pionera en los años 80, con artistas emergentes como dot.tape.dot (Daniel Romero), entre otros. Además el festival hace una fuerte apuesta por la escena local con la participación de artistas tales como Avelino Saavedra, J. Ll. Galiana, Rauelsson (Raúl Pastor) o la propuesta emergente de Mode On (Antonio Sánchez). La abstracción sonora llegará de la mano de Javier Piñango, figura clave de la experimentación nacional que actuará junto a Miguel Ángel García uno de los artistas con mayor proyección internacional del momento. Tendiendo puentes entre experimentación y músicas más convencionales se contará con las actuaciones de Rauelsson, crecido en Castellón y curtido como músico en Portland (Estados Unidos) o el guitarrista Fernando Junquera con su proyecto Negro.
Fernando Junquera, Negro. Imagen cortesía de la Sala la Gallera

El guitarrista Fernando Junquera (Negro). Imagen cortesía de la Sala la Gallera

El objetivo de los conciertos es mostrar todo el amplio abanico de músicas experimentales y arte sonoro, dando cabida a músicos de la talla de Juan Antonio Nieto, Marredo & Montag, Mode On, Juanjo Palacios o Ainara LeGardon, todos ellos personajes clave para entender la experimentación sonora tanto en la Comunitat como en el resto de España.

Toda esta programación se complementará con otros dos bloques: los comisariados de escucha a través de las selecciones realizadas ex profeso por figuras claves como José Manuel Costa, Rosa Pérez de RNE o Andrés Noarbe. Toda esta programación se complementa con los showrooms, eventos puntuales en formato de presentación, charla o taller en la misma Sala La Gallera.

Durante estos meses la Sala La Gallera del Consorcio de Museos se llenará de sonidos convirtiéndose en una caja de resonancia, en un lugar de encuentro para todos aquellos atraídos por el sonido y sus posibilidades creativas. 
Ainara LeGardon durante una actuación.

Ainara LeGardon durante una actuación. Imagen cortesía de la Sala La Gallera