El hombre que ríe

‘El hombre que ríe’ de Iñigo Royo
ARTIUM, Sala Este Baja
C/ Francia, 24, Victoria-Gasteiz
Hasta el 16 de octubre de 2016

Artium, Centro-Museo Vasco de Arte Contemporáneo, presenta ‘El hombre que ríe’, una exposición de Iñigo Royo sobre «el barullo idiota que formamos viviendo juntos» y «la risa amarga que asoma (…) ante la contemplación del espectáculo». La muestra reúne instalaciones, vídeos, fotografías y una pieza sonora, contiene referencias literarias habituales en Royo, y establece una mirada irónica y escéptica sobre muchos aspectos de la realidad cotidiana, desde la política hasta las nuevas tecnologías. La exposición es una producción de Artium y cuenta con un catálogo con textos del artista, de Santiago Eraso y del escritor José Luis Arántegui. Su inauguración se completa con una conferencia previa de Iñigo Royo, mientras que en otoño tendrá lugar un ciclo de cine.

El dramaturgo, novelista y poeta irlandés Samuel Beckett se encuentra en el origen de ‘El hombre que ríe’. En su recuerdo, Iñigo Royo ha encontrado dos palabras, barullo y risa, a partir de las cuales ha construido un relato, una forma de explicar el mundo desde «el humor y el caos». Trece obras –instalaciones, fotografías, vídeos y una pieza sonora- se ordenan en la Sala Este Baja y en el exterior de Artium, ofreciendo además una muestra de los trabajos de Royo desde 2009 hasta el presente.

Iñigo Royo reclama la atención del visitante en su entrada al Museo con ‘Advertencia’, una acción sobre la fachada principal de Artium, en la que ha rotulado en grandes caracteres «aquí no caben ni fantasías ni ocurrencias». El mismo aviso se repetirá después, ya en la Sala Este Baja, en una instalación fotográfica con el mismo título, en cuyas imágenes se reconocen distintos edificios públicos con el mismo lema rotulado en sus muros.

Pero antes de acceder a la galería, justo ante su puerta, el visitante aún podrá esbozar una primera sonrisa con ‘Unión Europea. Manual de autoayuda’. El artista ha tomado el programa electoral de un partido en las últimas elecciones europeas y ha reordenado y grabado las palabras en función del número de veces que aparecen en el texto.’El hombre que ríe’, la obra que da título a la exposición, se despliega en 10 monitores nada más traspasar la puerta: el artista utiliza el detector de sonrisas de algunas cámaras fotográficas avanzadas dejando que el instrumento decida qué es risa y que no. A su lado ‘Hello Barbie’, una pieza en la que la muñeca –un modelo teóricamente capacitado para responder a lo que se le dice- recibe mil insultos del idioma castellano.

El hombre que ríe. Imagen cortesía Artium.

El hombre que ríe. Imagen cortesía Artium.

De Buñuel a Buñuel
El perímetro del espacio central de la exposición está recorrido por ‘Babel’, en la que escribe el resultado de la traducción sucesiva de un texto de Buñuel a través de los noventa idiomas del intérprete automático de Google, para regresar finalmente al castellano; la frase final, como cabe esperar, no tienen nada que ver con la original. En este mismo espacio, ‘Advertencia’ retoma en más de 50 fotos la idea plasmada en la fachada del Museo.

‘Tribulaciones y mudanzas’ es una serie de siete fotografías que reproduce siete figuras de papel –una pajarita, un barco, un avión…- realizadas con las portadas de los periódicos del 21 de octubre de 2011, con la noticia del abandono de la violencia por parte de ETA. A su lado, ‘Esperpento’ es una instalación fotográfica en la que sesenta imágenes de Google Earth y fragmentos de diálogos de ‘Luces de Bohemia’, de Valle-Inclán, conforman un particular mapa de España. En el centro de este espacio, ‘Ab-alio’, proyecto videográfico basada en los conocidos ‘Listados’ de Ignasi Aballí y que, en sus múltiples vídeos, ofrece “un variado y tragicómico abanico de asuntos relacionados con la vida cotidiana”.

La muestra se cierra con tres obras finales: ‘Benditos tímidos’, una serie de fotografías a partir de álbumes familiares en los que se destaca a los «maravillosos tímidos, que no querían perpetuar su imagen, convencidos de que es preferible pasar sin dejar rastro»; ‘Diálogos con Luciano’, el canario que tuvo durante un tiempo y que un día dejó de cantar; y ‘Quid pro quo’, cortometraje en el que un lector pone al día de las noticias de prensa a Luis Buñuel en un monte cercano a Calanda, donde fueron esparcidas sus cenizas.

Fotógrafo, profesor de fotografía, foto-reportero, guionista y director de cortometrajes, artista, Iñigo Royo (Donostia-San Sebastián, 1962) es, por formación, licenciado en psicología. Desde que en 1988 recibiera el premio Jóvenes fotógrafos del Ministerio de Cultura, ha participado en innumerables exposiciones colectivas en ciudades como Madrid, Barcelona, Vigo, Bilbao, Vitoria-Gasteiz, Donostia- San Sebastián, Berlín o Nueva York. Su obra forma parte de las colecciones de la Fundación La Caixa, Museo Reina Sofía, CGAC, Banco de España y Ordóñez-Falcón y otros fondos privados, entre otras.

“La participación ciudadana está sobrevalorada”

La política en tiempos de indignación, de Daniel Innerarity
Fòrum de Debats
La Nau de la Universitat de València

El filósofo y ensayista Daniel Innerarity vino a Valencia a presentar su libro La política en tiempos de indignación. Lo hizo en el Fòrum de Debats de La Nau de la Universitat tratando de preservar la política, que defiende como espacio de deliberación pública, de tanta agitación social. “Me gustaría que sirviera de orientación en un momento en que pasan demasiadas cosas, con mensajes cruzados antagónicos”. De manera que lo primero que hay que hacer es amortiguar tanta aceleración, arrojando cierta luz con pensamientos razonados.

La tarea es compleja porque, según Innerarity, “la indignación suele estar llena de lugares comunes”. Y sintiéndolo por Stéphane Hessel, autor del panfleto ¡Indignaos!, dice que lo que hace ahora más falta es “menos indignaos y más comprended”. Comprender, por ejemplo, que una sociedad no es democráticamente madura hasta que asimila la experiencia de que “la política es siempre decepcionante”, lo cual no impide “ser políticamente exigente”. En este sentido, afirma que la democracia oscila actualmente “entre el pelotón de los cínicos y el de los populistas que piensan que la realidad política no tiene ninguna complejidad”.

Portada del libro La política en tiempos de indignación. Galaxia Gutenberg.

Portada del libro La política en tiempos de indignación. Galaxia Gutenberg.

“Nuestros políticos abusan de las promesas”

Innerarity alerta, por tanto, de los políticos que nada saben de esa decepción: “Nuestros políticos abusan de las promesas”. Abuso que viene condicionado por la máxima de hacerse con el poder. “Nuestros sistemas están generando gente que sólo piensa en el asalto del poder y pocos que piensen en el ejercicio de ese poder”. Y lo precisa: “Hay muchos dedicados a vender un producto, en lugar de centrarse en la calidad de ese producto”. De manera que la política, de seguir por estos derroteros, “corre el peligro de convertirse en algo irrelevante”.

Tres son los momentos históricos por los que, a su juicio, ha pasado la democracia. Un primero de “desinterés de la gente, que llega hasta la crisis”. Luego con la crisis se produce “una gran agitación y politización en busca de los culpables”. Y un tercer momento, vaticina, que puede desembocar en que todo aquello “no sea más que un desahogo improductivo”. Por eso advierte: “Si no se hacen las cosas bien, se puede volver a la antigua decepción”.

La indignación insiste que no es suficiente. “Es una virtud cívica necesaria, pero insuficiente”. En La política en tiempos de indignación (Galaxia Gutenberg) lo amplía: “Puede ser que esas explosiones de airada protesta sean menos transformadoras de la realidad que el trabajo sostenido en el tiempo para formular buenos análisis y esforzarse pacientemente por introducir algunas mejoras”. Por eso no cree que la tan invocada democracia directa sea la fórmula perfecta.

Daniel Innerarity. Fotografía de Iñaki Porto.

Daniel Innerarity. Fotografía de Iñaki Porto.

Fascinación por las redes sociales: “¿Para qué necesito un profesor si tengo Google?”

“La participación ciudadana está sobrevalorada”, dice. Y lo está porque Innerarity piensa que la actual “fascinación por las redes sociales” manifiesta cierta utopía a favor de la “desintermediación”. Desconfianza hacia toda autoridad o figura mediadora, lo cual lleva “a suponer automáticamente que algo es verdadero cuando es transparente”. La “comunicación instantánea” como panacea. “¿Para qué necesito un profesor si tengo Google?”, exclama con voz interpuesta el filósofo.

Toda esta “enorme aceleración de la política”, de agitación y de instantaneidad, se sustenta “en el mundo de la moda”. De ahí la importancia de lo nuevo, igualmente “sobrevalorado en política”. Ahora es un gran valor, afirma Innerarity, “la virginidad, llegar inmaculado, presumir que no se tiene experiencia política”. Y, sin embargo, esa sobrevaloración de lo nuevo tiene su efecto colateral: “El tiempo que tarda el carisma en palidecer se ha acortado enormemente”.

También tiene palabras contra el modo en que los medios de comunicación reflejan la política en sus respectivos espacios. “Los políticos y los comentaristas preferidos para los debates suelen ser los más extremos o combativos”, quedando al margen “quienes son más proclives al compromiso”. Y añade: “Resulta informativamente más atractivo presentar a los políticos en una batalla encarnizada por la supervivencia que las complejidades de una sutil negociación”.

La política en tiempos de indignación que Daniel Innerarity propone en su libro pasa por mejorar los argumentos desacelerando tanta agitación. “Nunca vamos tan rápidos como cuando no sabemos adónde vamos”. De ahí que concluya diciendo: “Puede que en otras épocas pensar fuera una pérdida de tiempo”, pero “en la nuestra pensar es un ahorro de tiempo, un modo radical de actuar sobre la realidad”.

El filósofo Daniel Innerarity. EFE / Mikel Saiz.

El filósofo Daniel Innerarity. EFE / Mikel Saiz.

Eliminado. El fantasma del Ciberbullying

Unas décadas atrás nadie imaginaba que la informática y sus múltiples y rápidos
avances cambiarían nuestra vida de modo tan drástico. La mayoría enviamos correos
electrónicos con frecuencia, realizamos videollamadas a través de Skype, posteamos en
Facebook, visionamos videos de Youtube o escuchamos música con Spotify. A veces,
hasta lo hacemos todo al mismo tiempo. Sin duda, Internet posibilita un modo diferente
de trabajar además de unas novedosas formas de entretenimiento y de comunicación.
Todo ello supondría una mejora en nuestras vidas, pero no siempre es así. Más allá de la
procrastinación o el desarrollo de posibles conductas adictivas, existen otros problemas
mucho más serios que atañen, especialmente, al uso de las redes sociales.
Recientemente, los medios de comunicación se han hecho eco de las diferentes formas
de acoso escolar, una de ellas es el ciberbullying. Precisamente, la película Eliminado
(Unfriended/Cybernatural, Levan Gabriadze, 2014) versa sobre esta cuestión de una
manera bastante original: presentando a los personajes, en exclusiva, a través de la
pantalla del ordenador de uno de ellos. Por medio de Facebook, Youtube, Instagram y
Google, el espectador va descubriendo la realidad sobre el suicidio de una joven
estudiante tras la publicación de un video embarazoso. Aunque Vigalondo ya utilizase
unas líneas formales similares en su Open Windows (2014), Gabriadze perfecciona la
técnica para convertir la película en una extensa videollamada múltiple de Skype con
unos solventes golpes de efecto.
Este slasher internauta proveerá unos deliciosos ochenta y tres minutos a
aquellos que amen a su ordenador y al cine de terror por igual. Sin embargo, más allá de
su vocación fantástica, Eliminado plantea un debate mucho más intenso que no debiera
ser obviado: la constante exposición a la que nos sometemos en las redes sociales. Esta
falta de privacidad –en ocasiones autoprovocada− vuelca una cantidad ingente de
información sobre nosotros mismos que no siempre puede resultar beneficiosa. De otro
lado, la facilidad que ofrecen las redes sociales para el escarnio se ve considerablemente
aumentada. Asimismo, la merma de lealtad en las amistades, la revelación de secretos y
la presión del grupo resultan otros factores en juego. Todo ello no nos resulta ajeno y
Gabriadze lo utiliza apelando a un terror sobrenatural que enmascara un miedo
psicológico y mucho más real.

Tere Cabello

Google Maps, el desenfoque necesario

Yasmina Morán / Sergio Luna, Out of focus
Centro del Carmen
C/ Museo, 2. Valencia
Hasta el 8 de febrero de 2015

Marshall McLuhan, allá por 1964, hacía referencia a una observación de Howard K. Smith acerca de la televisión: “Las cadenas se alegran si levantas una polémica en un país a veinte mil kilómetros de aquí. No quieren controversia, ni verdadera disidencia en casa”.

Si bien actualmente se mantienen las presiones sobre los medios que informan acerca de asuntos incómodos a las estructuras de poder, lo cierto es que las cosas han cambiado con el tiempo y con el desarrollo de nuevas tecnologías de la comunicación, así como con su aplicación en herramientas dispuestas a la interacción de los usuarios. La energía eléctrica fue el principio de estos cambios, no solo por su aplicación práctica a la vida de las personas sino por los cambios de comportamiento social que ha llevado consigo. McLuhan1 indicaba que “puesto que la energía eléctrica es independiente del lugar o de la operación productiva, crea patrones de descentralización y de diversidad (…). Las personas apiñadas alrededor de un fuego o de una vela por la luz o el calor tienen menos oportunidad para dedicarse a pensamientos o actividades independientes, que las personas que disponen de luz eléctrica”. Es largo el proceso de aprendizaje humano para otorgar al individuo la autonomía necesaria, para lograr la libertad suficiente que rompa con los comportamientos gregarios, pues una cosa son las proclamas de libertad e igualdad de las cartas magnas y otra bien distinta son los límites establecidos por el pensamiento convencional. Nuestros usos y costumbres a lo largo del tiempo nos han definido como una sociedad conformista, poco dada a elevar su queja más allá de la barra de un bar.

Yasmina Morán / Sergio Luna. Out of focus. Cortesía de los artistas

Yasmina Morán / Sergio Luna. Out of focus. Cortesía de los artistas

El proyecto de Sergio Luna y Yasmina Morán, Out of focus, viene a contradecir esta última afirmación, como parte de un proceso de reconquista simbólica de la autonomía personal, que casa con la recientemente recuperada capacidad de respuesta ciudadana ante los abusos de las élites. El proyecto Out of focus establece su eje de acción en la plataforma de realidad virtual Google Street View, que se ocupa de realizar una cartografía global en continuo crecimiento, mediante imágenes tomadas periódicamente en los espacios públicos de las urbes. Un propósito que en ocasiones violenta los límites de la privacidad y redefine el sentido del espacio público propiciando una representación ficcional, hiperrealista, que transforma los lugares en escenografías y los sujetos pasan a ser interpretados objetualmente.

Yasmina Morán / Sergio Luna. Out of focus. Cortesía de los artistas

Yasmina Morán / Sergio Luna. Out of focus. Cortesía de los artistas

En la página web de Google Street View se menciona que “el nuevo Google Maps recoge todas las imágenes de cualquier ubicación, desde el espacio hasta a pie de calle, en un único sitio, lo que te permite explorar el mundo desde cualquier ángulo”. El problema es que esa “exploración” topa en ocasiones con límites legales o, cuanto menos, puede generar situaciones incómodas que la compañía ha ido abordando, desde el difuminado de rostros a las matrículas de coches para preservar la privacidad. De entre esas mejoras, se da la opción a los usuarios de solicitar el difuminado de sí mismos, de sus familiares, su automóvil o su casa.  Una medida que desea transmitir la idea de libertad y potestad individual, al abrigo del espejismo de la participación2.

Yasmina Morán / Sergio Luna. Out of focus. Cortesía de los artistas

Yasmina Morán / Sergio Luna. Out of focus. Cortesía de los artistas

La acción de Sergio Luna y Yasmina Morán a través de este proyecto consiste en adoptar diferentes personalidades para comunicarse con Google y lograr modificar el gran tapiz de Street View, desenfocando rostros, vehículos y viviendas, provocando “accidentes” en la metarrealidad representada. Ese es el derecho que asiste a los ciudadanos en el escenario comunicacional como miembros de comunidades identificables, cuyas relaciones en público “hace del anonimato una auténtica institución social (…) Permanecer en el anonimato quiere decir reclamar no ser evaluado por nada que no sea la habilidad para reconocer cuál es el lenguaje de cada situación y adaptarse a él”3. El Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha reconocido recientemente el “derecho al olvido”, que supone la defensa de la protección de datos frente a principios como la libertad de expresión, y obliga a buscadores como Google a suprimir información relativa a terceras personas que así lo soliciten. En el caso de Street View, el remapeo se repite cada cierto tiempo y condiciona en todo caso al usuario a repetir la gestión de “desenfoque”, pues nos encontramos con una máquina del tiempo que no solo nos permite el desplazamiento geográfico, sino también temporal.

Yasmina Morán / Sergio Luna. Out of focus. Cortesía de los artistas

Yasmina Morán / Sergio Luna. Out of focus. Cortesía de los artistas

En 1984 William Gibson acuñó el término ciberespacio en su novela Neuromante, considerando la ciberciudad como una “alucinación consensual”. “El concepto de ciberciudad propone la imbricación y convergencia de dos relaciones en (y entre) los lugares urbanos: las mediadas por las nuevas tecnologías y las articuladas a través de la presencia humana y el movimiento (…) Podemos considerar la ciberciudad, desde ese enfoque, como una ciudad metáfora en la cual las dimensiones de tiempo y espacio de la ciudad tradicional están siendo modificadas y reconstruidas por el impacto de las nuevas tecnologías, particularmente por Internet”4. De este modo el territorio se convierte en un “fluido de imágenes sin relación espacial y temporal entre ellas, ya que se emiten todas al mismo tiempo. En la ciberciudad los límites desaparecen y los espacios urbanos se sumergen en un continuo, mientras el tiempo se reduce a repeticiones compulsivas”5.

Out of focus interviene en la representación de lo real con el propósito de introducir elementos de subjetividad que alteren el patchwork visual creado por Google. Esa imagen totalizadora y su empeño por convertirse en una realidad absoluta se ve interpelada por la creación de historias ficticias que Luna y Morán logran insertar en esa construcción artificial, cuestionando los límites de la percepción, la vulneración de la privacidad y la ineludible estructura de vigilancia en la que los individuos se ven envueltos. La capacidad de intervención se encuentra limitada, por lo que no es fácil ir más allá de los gestos que, aunque no logran cambiar el estado de las cosas, sí nos ofrecen estímulos para la reflexión acerca del funcionamiento del mundo que nos rodea.

Yasmina Morán / Sergio Luna. Out of focus. Cortesía de los artistas

Yasmina Morán / Sergio Luna. Out of focus. Cortesía de los artistas

José Luis Pérez Pont


1 McLUHAN, Marshall. Comprender los medios de comunicación. Las extensiones del ser humano. Paidós Ibérica, Barcelona, 2009.
2 MIESSEN, Markus. La pesadilla de la participación. Dpr, Barcelona, 2014.
3 DELGADO, Manuel. El espacio público como ideología. Los libros de la catarata, Madrid, 2011.
4 VV.AA. Paseando por la ciberciudad: tecnología y nuevos espacios urbanos. UOC, Barcelona, 2006.
5 GARCÍA VÁZQUEZ, Carlos. Ciudad hojaldre. Visiones urbanas del siglo XXI. Gustavo Gili, Barcelona, 2004.

Emilio Roselló. Desretratos postfotográficos

Atribuir a las imágenes fotográficas el estatus incondicional de “verdad” conduce al fracaso de cualquier expectativa. En general el público cree entender aquello que reconoce formalmente, seguramente por eso existe una resistencia considerable hacia expresiones artísticas abstractas o conceptuales, pues la ausencia de figuración dificulta al observador obtener mediante la mirada una información que requiere siempre de un mayor análisis.

Emilio Roselló. Formar de un error. Imagen cortesía del artista.

Emilio Roselló. Formar de un error. Imagen cortesía del artista.

La superabundancia de imágenes, con su creación constante por parte de los usuarios de cualquier dispositivo  de comunicación personal conectado a la red, hace que debamos reflexionar acerca del crecimiento exponencial de las mismas. La tendencia de autorepresentación da signos acerca de la construcción de un “yo” social paupérrimo, que reclama de forma constante la aprobación y el feedback de terceros para sustentarse. Habrá que comenzar a interesarse por una “ecología visual” que administre este creciente exceso.

Emilio Roselló. Formar de un error. Imagen cortesía del artista.

Emilio Roselló. Formar de un error. Imagen cortesía del artista.

Por otra parte se encuentran las imágenes captadas indiscriminadamente y almacenadas por sistemas de prospección en las que no interviene la voluntad de los individuos, convertidos en sujetos pasivos. Emilio Roselló (Valencia, 1960) aborda con su proyecto “Formar de un error” esa categoría de imágenes que se engrosa con capturas en las que los individuos son literalmente cazados, como meros elementos del decorado urbano. Roselló centra su atención en Street View de Google, “donde una cámara con nueve ojos registra mecánicamente desde 2007 porciones esferizadas de las calles” de casi cincuenta países. De entre ese volumen ingente de imágenes el artista se apropia de aquellas en las que el error de un algoritmo ha desposeído al individuo de su identidad, al engullir parte de su imagen. El resultado son “desretratos” de personas cuya imagen ha sido decapitada, propiciando la representación certera de un mundo veloz que tritura sin cesar, inserto en una dinámica que perpetua su movimiento.

Emilio Roselló. Formar de un error. Imagen cortesía del artista.

Emilio Roselló. Formar de un error. Imagen cortesía del artista.

El sistema global escupe simbólicamente en estas imágenes los despojos del individuo, que sirven de base para esta colección en la que Emilio Roselló desarrolla una mirada postfotográfica que no solo se apropia de ellas, sino que las interviene de un modo analógico superponiendo sencillos elementos sobre la pantalla que las retroproyecta, para inmediatamente fotografiarlas digitalmente. En este gesto se contiene la distancia de espacio y tiempo que nos separa de la metarealidad virtual con la que convivimos, una distancia que no siempre sabemos medir y que con frecuencia genera la ilusión de acercarnos a lo remoto mientras nos aleja de lo tangible, desvalorizando lo real, lo próximo.

Emilio Roselló. Formar de un error. Imagen cortesía del artista.

Emilio Roselló. Formar de un error. Imagen cortesía del artista.

Emilio Roselló. Formar de un error. Imagen cortesía del artista.

Emilio Roselló. Formar de un error. Imagen cortesía del artista.

Emilio Roselló. Formar de un error. Imagen cortesía del artista.

Emilio Roselló. Formar de un error. Imagen cortesía del artista.

Emilio Roselló. Formar de un error. Imagen cortesía del artista.

Emilio Roselló. Formar de un error. Imagen cortesía del artista.

José Luis Pérez Pont