Javier Chapa, en busca de la belleza

Javier Chapa
Galería Shiras
C / Vilaragut, 3. Valencia
Hasta finales de julio de 2017

“Se lleva el arte comprometido y aquí hay solo pintura”. Javier Chapa lo dice como disculpándose por transitar un camino ajeno a la moda imperante, que consiste en dejarse invadir por la ideología allí donde debería prevalecer la interrogación que caracteriza al arte y la cultura. Lo demás, como en cierto momento apunta el propia artista, es impostura. “Uno debe hacer lo que verdaderamente siente”. Y lo que Chapa siente tiene mucho que ver con la estética, que el catedrático José María Valverde ligó a la ética: “Busco la belleza, y por ahí me pueden dar caña”, reconoce quien expone una treintena de esas obras bellas en la galería Shiras.

Obra de Javier Chapa. Imagen cortesía de Galería Shiras.

Obra de Javier Chapa. Imagen cortesía de Galería Shiras.

Coincidiendo con su exposición, el recién inaugurado espacio de Bombas Gens se cuestiona algo parecido en la muestra ¿Ornamento=delito?, lo cual permite una revisión del supuesto carácter decorativo de ciertas obras tildadas de bellas y, por tanto, de inútiles frente a las cuestiones “auténticas” que nos aquejan. “La verdad es que cuando descubrí al autor que lo decía [Adolf Loos], sentí cierto sonrojo, porque efectivamente yo hacía cosas de esas que no son necesarias y que, por ello, se consideran delito”. Pero, como decía el personaje de la película Amistades peligrosas, también Chapa insiste en la belleza, porque no puede evitarlo.

“Puede sonar cursi, pero la verdad es que los que sentimos la necesidad de pintar lo hacemos por embellecer el mundo, a pesar de tanta fealdad como nos rodea”. Las galería Shiras, que hasta finales de mes acoge sus últimos trabajos, da fe de ello: en sus paredes cuelgan piezas realizadas sobre tela, en las que Javier Chapa mantiene un diálogo tenso entre la materia del fondo y las geometrías de la superficie con la novedad de un intenso color. “El demonio me decía ‘métele colores fuertes’ y yo me preguntaba, ¿no me estará pasando?”. Y con ese “sentido de culpa” fue avanzando felizmente el artista en busca de la emoción más sincera.

Obra de Javier Chapa. Imagen cortesía de Galería Shiras.

Obra de Javier Chapa. Imagen cortesía de Galería Shiras.

“La propia obra me anima a seguir”. Y enseguida matiza que en realidad él da el primer paso (“trabajo sin boceto ni estudio”), para que “a través de la niebla” vaya apareciendo algo “que me limito a continuar”. Para ello, como es el caso, no duda en utilizar materiales como restos de ventanas o puertas, incluso telas recicladas o estampados de tapicería, con los cuales sostiene una lucha por que aflore desde lo primario un objeto igualmente salvaje, pero más dócil. De manera que la belleza perseguida está atravesada por cierta energía telúrica que debe ser canalizada, domesticada, embridada por la obsesión creativa del artista.

Sabe, a rebufo de lo dicho por André Gide, que “con buenos sentimientos no se hace buena literatura”. Y como lo sabe, los deja a un lado para centrarse precisamente en ese fondo real que descubre por la calle en cualquier material desechable, con el objeto de descifrar su enigma. “Aquí hay pintura y me parece interesante hablar de ella, incluso bien”, apunta con ironía. Es su manera de contrarrestar esa tendencia a la crítica del objeto bello, como si la belleza sin el carácter fiero del cómodamente posicionado ideológicamente no sirviera más que para epatar.

Obra de Javier Chapa. Imagen cortesía de Galería Shiras.

Obra de Javier Chapa. Imagen cortesía de Galería Shiras.

“Tenemos que ser auténticos y hacer aquello que sentimos”, insiste Chapa, ahora que el color, en ocasiones rabioso, ha aparecido en su obra como por sorpresa. “Mi evolución me llevaba a la monocromía y el color se quedaba oculto. Y ahora, sin embargo, me veo pensando que se han acabado los límites”. He ahí un buen ejemplo de interrogación, de verse incomodado el propio sujeto por efecto de su búsqueda. Por eso enseguida surge la duda: “Mi deseo es volver a cierta austeridad, pero me está costando”.

A partir de lo basto, de lo rudimentario, Chapa va cubriendo su obra con esas geometrías características de lo racional. “Hay una dualidad entre lo racional y lo emocional”, dice, para subrayar a su vez la “mucha expresividad sutil, con veladuras y manchas” integradas en estos últimos trabajos. Ningún título para el conjunto, ni para cada una de sus obras. “Me encantan los títulos que veo en algunos trabajos de mis compañeros, pero yo prefiero no ponerlos, precisamente para no desorientar la mirada del espectador”. Una mirada que Javier Chapa busca toda ella volcada hacia esa belleza inútil, tan necesaria en tiempos de extrema utilidad.

Obra de Javier Chapa. Imagen cortesía de Galería Shiras.

Obra de Javier Chapa. Imagen cortesía de Galería Shiras.

Salva Torres

El arte lírico de Miquel Navarro

Miquel Navarro
Galería Shiras
C / Vilaragut, 15. Valencia
Hasta el 15 de mayo de 2017

A Miquel Navarro (Mislata, 1945) le delata su sonrisa imprevista cada vez que se extiende en alguna explicación. Como si al artista reconocido internacionalmente, al que el Kursaal de San Sebastián le dedica en estos momentos una amplia retrospectiva, le saliera siempre por lo bajini el niño que cogía barro de las acequias para ensayar lo que después ha logrado ser. “Aunque no lo parezca soy muy divertido”. Lo dice como justificando la seriedad que, al explicar su obra, le va llevando por caminos insólitos, surcados de verticales fálicas de cuyo poder emanan sombras telúricas diríase femeninas.

“Mi obra tiene un tono metafísico ligado al vacío”, señala justo delante de una de esas ciudades despobladas que le caracterizan y que forma parte, junto a otra serie de piezas, de la selección que muestra en la galería Shiras. Selección que viene a ser un sutil reflejo de las diferentes facetas de su trabajo. Algunas, como las dos fotografías con modelos desnudos, inéditas. “Tengo muchas fotografías que ya han sido expuestas en otros sitios, pero estas dos en concreto, no”. Se trata de cuerpos que Navarro fotografía como si fueran “elementos arquitectónicos”.

Incluso allí donde cierto cactus espinoso se asocia con el sexo femenino, corriendo el peligro de ligarlo con una sexualidad siniestra, el artista le da una vuelta: “No es un tema de sadismo, sino algo más lírico. Por ejemplo, la pena dentro de cierta tradición pagana, junto a lo religioso más próximo a la corona de espinas”.  Esa mezcla de dureza y fragilidad, de contundencia altiva y humilde soledad atraviesa su obra.

“Mis esculturas son muy de los orígenes de la tierra”. Una tierra que le devuelve otra vez a esa infancia de la que dice mama todo artista. De hecho, cita el título de su discurso de ingreso en la Academia de Bellas Artes de San Fernando como crisol de lo dicho: Juegos de infancia donde se fragua el arte. Y del arte explica que tiene también mucho que ver con esa “necesidad de irse aclarando uno por dentro”. “El ejercicio diario, la práctica artística, es lo que hace que llegues a aclarar ciertos pensamientos”, aquellos que le persiguen, precisamente, desde su más tierna infancia, cuando cogía el tranvía que le llevaba de Mislata a Valencia.

Miquel Navarro recuerda esa vinculación entre la huerta y la ciudad, entre la madre tierra y la autoritaria urbe de los grandes edificios, para resumirlo todo en la mirada: “El arte ha de ser visual; es visual. La explicación entra ya en el mundo de lo literario”. Por eso dice que la imagen “se expresa por sí misma”, aunque él ayude a desentrañar lo que lleva dentro. “No me gusta mucho hablar de mi obra, pero mira por dónde en San Sebastián tuve que atender 40 entrevistas en una mañana”.

En Shiras hay dibujos, acuarelas, serigrafías, esculturas, tanto autónomas como exhibidas en montaje, y fotografías, quizás la faceta menos conocida del artista valenciano, a pesar de señalar que tiene muchas. Eso sí, aclara que para él la fotografía “es continuidad de la escultura”. Las dos en blanco y negro y de gran formato, que acaparan una de las paredes de la galería, dan fe de ese carácter escultórico perfilado con una sola luz: “Puse un lienzo, tiré pigmento y lo iluminé con un solo foco”, logrando ese efecto de extrañeza que produce la rugosa materia.

Como extrañas son sus ciudades. “Son de ciencia ficción; no son realistas, ni para vivir, sino para contemplarlas de manera poética”. Ese “toque sensual” que a su juicio desprenden, termina envolviendo por igual el cuerpo y la ciudad: “Es que hablamos del cuerpo humano y de la ciudad utilizando palabras como circulación fluida, arterias principales, el centro o corazón de una urbe”. Palabras que transmiten cierta racionalidad estructural, pero también emociones. “Lo conceptual por sí solo no me interesa, ha de estar unido a lo objetual”. “Con las ciudades hago poemas”, subraya. ¿El arte comprometido no le interesa? “Mi arte es más lírico que poético y, en todo caso, mi compromiso está con la belleza”. En Shiras hay una buena muestra.

Salva Torres

De la naturaleza en el aula

Aula Naturaleza, de Horacio Silva
Galería Shiras
C / Vilaragut, 3. Valencia
Hasta el 28 de enero de 2017 (prorrogada hasta el 4 de febrero)

“Durante la infancia se vive, y en adelante se sobrevive”, decía Michi Panero. Horacio Silva, sin enmendarle la plana al poeta, recurre a esa infancia vivificante para seguir dándole lustre al tiempo pretendidamente marchito que viene a continuación. Y lo hace a través de la naturaleza, descubriendo en ella los signos y colores que la vida rutinaria va apagando. Por eso ha titulado la serie de obras que exhibe en la Galería Shiras ‘Aula Naturaleza’: “Quería recuperar la infancia del aula, del colegio, donde ibas a observar y aprender a base de una gran curiosidad”, explica el artista.

La veintena de piezas de un cromatismo exultante viene a poner el énfasis en las plantas, las flores y las hojas de esa naturaleza evocada. Naturaleza salpicada de signos con los que a su vez Horacio Silva rastrea lo telúrico haciendo memoria de la huella que en él ha dejado. “Es una loa a la naturaleza, a esa herencia que vamos destrozando, haciendo añicos; un elogio a lo que nos va quedando”, subraya el artista, cuyo aire melancólico enseguida se torna enérgico: “Tiene un punto de optimismo revelado en el cromatismo, en las diferentes gamas de colores”.

3-40 grados, obra de Horacio Silva. Imagen cortesía de la galería Shiras.

3-40 grados, obra de Horacio Silva. Imagen cortesía de la galería Shiras.

‘Aula naturaleza’ está integrada por un conjunto de piezas que, como las hojas mecidas por el viento, van de la nostalgia al clamor. Por eso están llenas de signos que vienen a representar los recuerdos que tejen la malla de la naturaleza de Horacio Silva: la naturaleza que se desprende de sus vivencias y la naturaleza que, a su vez, conforma el tejido existencial del artista. Kandinski, citado por Martí Domínguez en el catálogo cuando alude a su ‘Cielo azul’, apuntó en la dirección de lo mostrado en Shiras: “Es una mirada interior a través de un microscopio telescopio”.

Tanto más se aproxima Silva a los elementos que conforman su ‘Aula naturaleza’, tanto más se aleja en perspectiva de aquello en lo que fija su atención. De manera que la vuelta al aula que da pie a su innata curiosidad, fruto de esa evocación nostálgica, le va proyectando bien lejos conectando la superficie terrestre con las capas más altas y bajas de la atmósfera. Su evocación atraviesa sin solución de continuidad, como en los sueños, elementos dispares ofrecidos al espectador para que los interprete a su manera.

Naturaleza en azules, obra de Horacio Silva. Imagen cortesía de galería Shiras.

Naturaleza en azules, obra de Horacio Silva. Imagen cortesía de galería Shiras.

Sorprenden también las sutiles geometrías, introduciendo en el caótico universo de signos cierto carácter estable. El neurólogo Oliver Sacks decía que la tabla periódica colgada en el baño de su casa le permitía cada mañana dotar de sentido al mundo. Los elementos geométricos de Silva diríase que cumplen esta misma función, equilibrando la naturaleza. “En la pintura tiene que haber equilibrio; es como los contrafuertes de un edificio, si quitas un elemento se cae todo”. Y cita a Francis Bacon y sus sujetos atormentados, que equilibraba colocando determinados elementos, llenando vacíos.

Desvaneciente, obra de Horacio Silva. Imagen cortesía de la galería Shiras.

Desvaneciente, obra de Horacio Silva. Imagen cortesía de la galería Shiras.

Aunque la abstracción domina el conjunto (“pensé en hacerla abstracta porque es que la flor ya es abstracta”), Horacio Silva no puede dejar de hacerle guiños a la figuración: “Hay obra pequeña para no perder la figura humana; me divierte hacerlo”. Como le estimula utilizar diferentes colores: “Cuanto más limitas la paleta es más fácil y cuanto más color, más complicado; en un cuadro nunca se puede repetir un color porque si no parece un cartel”, explica el artista mientras recorre la exposición ofreciendo pinceladas explicativas de su obra.

‘Aula naturaleza’ es un paseo por los colores de una tierra que va dejando rastros emocionales. Una naturaleza equilibrada, alejada de las turbulencias románticas, que Horacio Silva rediseña “para darle vida”. Naturaleza sosegada, intimista, poética, que el artista mete en el aula con el fin de observar las tímidas e intensas tonalidades de lo percibido como si fuera la primera vez.

Horacio Silva delante de una de sus obras. Imagen cortesía de Shiras.

Horacio Silva delante de una de sus obras. Imagen cortesía de Shiras.

Salva Torres

Sebastián Nicolau, ¿sin trampa ni cartón?

Duplum, de Sebastián Nicolau
Galería Shiras
C / Vilaragut, 3. Valencia
Hasta finales de julio de 2016

“No hay voluntad de engañar; no hay nada oculto”, insiste una y otra vez Sebastián Nicolau, cuyos últimos trabajos se muestran en la Galería Shiras de Valencia hasta finales de julio. Y sin embargo… Sucede que su obra invita a la duda, a la interrogación: ¿son planchas metálicas lo que el espectador ve o reproducciones infográficas que dan esa impresión? “Yo no hago trampantojo, todo es muy evidente”, recalca.

Y lo que resulta evidente en su obra, que muestra en Shiras bajo el título de Duplum, es su intención de “llevar las cosas al extremo”, de tensar el diálogo entre “lo que es real y lo que no lo es”, explica el artista. De manera que esa mezcla de planchas de aluminio que parecen ser lo que son y esas otras que simulan su carácter metálico, cuando en realidad son impresiones digitales, forma parte del juego al que nos convoca Sebastián Nicolau y para el que cuenta “con la buena voluntad del espectador”.

Obra de Sebastián Nicolau. Imagen cortesía de Galería Shiras.

Obra de Sebastián Nicolau. Imagen cortesía de Galería Shiras.

“Yo no he dejado nunca de ser pintor figurativo”

Por eso el artista no esconde nada, sino que pone sus cartas boca arriba para todo aquel que quiera saber en qué consiste el juego, cómo está hecho. Ahí lo tienen, delante de sus ojos: chapas de aluminio manipuladas, cortadas y dobladas sobre las que trabaja Sebastián Nicolau para convertirlas en soporte de sus dibujos y pinturas que terminan comportándose como esculturas. “Es todo muy tradicional: pintura al óleo sobre metal”. Y añade: “Yo no he dejado nunca de ser pintor figurativo y realista, porque más realismo que lo que es físico no hay; yo diría que casi es hiperrealismo”.

Ese carácter escultórico tiene, no obstante, su viaje de vuelta, en forma de imagen plana que evoca el volumen original. “A la pieza tridimensional luego le doy una vuelta de tuerca y la convierto en objeto bidimensional, al que el ollado y cosido le da volumen”. Ese juego del prestidigitador cuya actuación sabemos que se sustenta en el engaño del ojo, en la trampa, al que aún así le demandamos el más verosímil de los engaños, está sin duda en el trabajo de Sebastián Nicolau.

Obras de Sebastián Nicolau. Imagen cortesía de Galería Shiras.

Obras de Sebastián Nicolau. Imagen cortesía de Galería Shiras.

“En mi obra no hay truco, todo es dibujo, pintura, escultura”

De nuevo el espectador y su complicidad. “Sí, es como en los trucos de magia, que aunque sepas que lo son y busques la explicación te siguen maravillando”. Dicho lo cual, insiste en que, en su caso, “no hay truco, todo es dibujo, pintura y escultura”, para concluir que, después de todo, “es el espectador el que se oculta a sí mismo”. Podría decirse, al hilo de los pliegues y dobleces que conforman su Duplum, que es el propio artista también el que se oculta, para dejar que sea la ambigüedad de la realidad y la ficción la que reclame para sí toda la emoción.

Conviene destacar la importancia del juego, del artificio y del doble sentido en la obra de Sebastián Nicolau. Siempre que lo entendamos no como mentira, sino como la manera de producir una emoción interrogativa en el espectador. Arte y artificio colocados en el mismo registro. “Es como salir del cine y pensar lo bien construido que está el guión”. Porque de eso se trata: de construir una ficción que emocione, que sacuda la percepción y “te lleve a preguntarte por el modo en que está hecha la maquinaria”.

Obra de Sebastián Nicolau. Imagen cortesía de Galería Shiras.

Obra de Sebastián Nicolau. Imagen cortesía de Galería Shiras.

“Yo siempre he trabajo en espiral, más que en línea recta”

El análisis sería en su caso otra vuelta de tuerca más en el deleite de la emoción, nunca la forma de aniquilarla. De hecho, se acuerda de un espectador inquieto que le demandaba conocer la “verdad” del trampantojo, las tripas del artificio, para mejor degustarlo. “Yo no he sido pintor abstracto nunca, porque empecé haciendo una especie de realismo mágico y, en el fondo, continúo jugando con la realidad y la ficción”. Por eso destaca su trayectoria como un camino alejado de la “somnolencia” rectilínea: “Yo siempre he trabajado en espiral, más que en línea recta”. Y la espiral adquiere resonancias manieristas, por ser una de las figuras señeras de ese movimiento artístico. Espiral que a Sebastián Nicolau le lleva a entender su trabajo repleto de “cambios paulatinos, sin grandes saltos”. Más que concebido como un despliegue lineal, preñado de pliegues.

La veintena de piezas que integra Duplum revela ese carácter espiral, sinuoso, ondulante, por el que las luces y las sombras, lo rígido y lo dúctil, van dialogando. “Hay cierta tensión dramática”, dice. “La cuerda parece tensionar el metal, que se comporta como una tela que al principio coses con mimo y luego avanza en agresividad con el dibujo”. Puro artificio mediante el cual Sebastián Nicolau provoca emociones en un espectador que puede hacer de todo menos aburrirse. Como el propio artista, que ya está pensando en su siguiente serie, en nuevos pliegues y dobleces: “No me gusta dormirme”.

Sebastián Nicolau delante de algunas de sus obras en la galería Shiras.

Sebastián Nicolau delante de algunas de sus obras en la galería Shiras.

Salva Torres

La silenciosa misiva de Ana Vernia

‘La última tertulia’, de Ana Vernia
Galería Shiras
Calle Vilaragut, 3. Valencia
Hasta el 30 de abril de 2016

A pesar del título de la exposición, ‘La última tertulia’ de Ana Vernia tiene mucho que decir. La artista declara muy acertadamente en las páginas del catálogo que “Aquel silencio ya no existe. La magia, la mística, el placer de mirarse, de olerse, de jugar con las palabras, de sentarse junto al fuego, se aleja sobre una balsa hacia el final del lago”. Ese silencio al que elude parece sentirlo muy alejado en el tiempo y es precisamente esa lejanía, esa reivindicación de un silencio prácticamente inexistente en nuestra sociedad, lo que Ana Vernia transmite en esta su última exposición para la Galería Shiras.

Con una base muy elaborada de dibujo, Ana Vernia encaja perfectamente la línea negra que, en ocasiones predomina y en otras, desaparece entre los pigmentos casi diluidos de tintes sútiles y elegantes. Entre los tonos pastel de amarillo y azul, se muestran rojizos detalles que sirven para dirigir la mirada del observador hacia texturas plumíferas o hacia representaciones de bocas con afilados dientes. Estas últimas representaciones son el motivo que casi se repite durante toda la muestra. Breves explicaciones transformadas en puntos de atención.

Además, las letras ‘H’ escritas directamente sobre el soporte, son el indicio perfectamente indicatorio para lograr comprender aquello que Vernia intenta transmitir. El uso la técnica plástica, sosegada y tranquila incluso en su creación, parece ser una elección adecuada en todo momento. Cuando el artista se encuentra trabajando en su estudio (preferiblemente rodeado de silencio) desea escuchar únicamente el roce que se produce entre material y soporte. En lo referente a la contemplación, también suele ser sobresaliente si es en silencio.

Paisajes líquidos nº9. Imagen cortesía de la galería.

Paisajes líquidos nº9. Imagen cortesía de la galería.

La serie ‘Paisajes líquidos’ ocupa la mayor parte del recorrido expositivo pues la componen 10 piezas que, aunque en consonancia con el resto de obras que se presentan, poseen un carácter distintivo. Surgen de ellas personajes de carácter fantástico, casi animales antropomórficos que han sido capturados en su hábitat natural, el creado por la artista. Por supuesto, cabe destacar el lienzo de gran tamaño que da nombre a la exposición, donde un encarnado corazón ocupa la parte central del cuadro y casi parece latir, pero recordemos, que todo se encuentran en silencio…

La artista nos sorprende atreviéndose a extraer parte de sus motivos a través de la cerámica. Se exponen así las primeras piezas escultóricas en cerámica que ha llevado a cabo ex profeso, igual que el resto de obras, para la galería. Quizá la elección de una artista que que trata el tema de la comunicación no haya sido casualidad. En la galería Shiras se produce de manera casi instantánea una comunicación franca y espontánea, mucha gente entra y sale, la barrera entre público y espacio, se rompe para ofrecer una actitud espontánea y franca. Es quizá por ello que entre Ana Vernia, artista todavía en proceso de consagración, y la galería, se ha producido una relación comunicativa. Nos confiesa su directora, Sara Joudi, que uno de sus principales premisas es que “la pieza debe transmitir incluso a aquellos que no entienden el arte”.

La última tertulia. Imagen cortesía de la galería.

La última tertulia. Imagen cortesía de la galería.

Se convierte así todo el conjunto de la exposición en reivindicación constante llevada a cabo de forma magistral a través del contraste entre comunicación y silencio. Las abiertas bocas parecen gritar pero quedan ahogadas por el soporte para el que han sido creadas. La sociedad actual impide la existencia de un silencio absoluto y sino lo creemos, parémonos por un segundo a escuchar. Ana Vernia nos pone en sobreaviso, revalorizando ese silencio del que ya casi no podemos disfrutar.

María Ramis.