Viggo Mortensen: «Me pongo en el lugar del espectador»

#MAKMACine #MAKMAEntrevistas | Viggo Mortensen
‘Falling’, de Viggo Mortensen
Con Viggo Mortensen, Lance Henriksen, Laura Linney y David Cronenberg, entre otros
112′, Canadá-Reino Unido | Perceval Pictures, Baral Waley Productions, Scythia Films, Zephyr Films, Achille Productions, Ingenious Media, 2020. Distribuida por Caramel
Sábado 17 de octubre de 2020

“Rafael Maluenda… Eres el del Berlanga Film Museum, ¿verdad?”.

Viggo Mortensen abre de este modo nuestra conversación, y me sorprende y me agrada el detalle. Ya de por sí habla de la personalidad y de la elegancia del célebre actor –deberíamos decir artista, pienso, ampliando hacia las demás inquietudes de Mortensen, que abarcan los territorios de varias artes–.

“Cuando dicen que en situaciones de Gobiernos dictatoriales no se puede hacer arte, pongo el ejemplo de Berlanga. No es verdad que sólo se puedan hacer las películas que quieren los dictadores, y Berlanga lo demostró: fue listo y supo burlar la censura franquista. Berlanga no pensó igual que otros cineastas, afortunadamente”.

Queda para otro momento la conversación sobre Berlanga, para centrarnos en la ocasión que nos reúne: Viggo Mortensen está en València, en los céntricos Cines Lys –donde acudo por cordial invitación de su director de programación y servicios generales, Silvino Puig–; llega con la promoción de su primera película como guionista y director, ‘Falling’ –que en España distribuye Caramel–, y de la cual compone también la música; su actitud sencilla aumenta el entusiasmo del público que, respetando la seguridad de las medidas anticovid adoptadas por los responsables de los Lys, llena hasta donde resulta posible dos de las salas más amplias de los cines. En ambas presenta Mortensen su película.

El público le escucha en atento silencio y con una sonrisa permanente en los rostros, fascinado con la posibilidad de admirar tan de cerca a una de las estrellas más populares del cine que, con generalizada amplitud –y quizá, también, con generalizado reduccionismo–, se percibe como “cine americano”. Es verdad que, en los comentarios que cruzan entre sí los espectadores, predomina la mención a Aragorn, el personaje de Mortensen en ‘The Lord of the Rings’ (‘El Señor de los Anillos’, 2002); igualmente, casi de seguido, surge el nombre de Alatriste, el personaje de Pérez-Reverte al que diera vida el actor en la película homónima, dirigida por Agustín Díaz Yanes. Y también, en menor grado, se habla de la reciente ‘Green Book’, ganadora del Oscar en la edición de 2019, por la que Mortensen logró su tercera nominación al premio.

Tras sus palabras para presentar ‘Falling‘, percibe uno que ahora, además de a la estrella, admiran también los espectadores al ser humano. Mortensen resulta de una elegancia exquisita en su modo de abordar los problemas que dejaron en el camino precedentes proyectos como director, e incluso bromea con las circunstancias que le llevan a asumir uno de los papeles protagonistas de ‘Falling’. Creo que nos encontramos ante un actor consciente su responsabilidad como estrella, responsabilidad que gestiona con sencillez.

En efecto, el relato de las dificultades que hubo de superar para poner en marcha el proyecto de ‘Falling’ le muestra humano, le iguala con los presentes en la sala, cualquiera que sea la idea que de una estrella tenga cada uno de los espectadores. Mortensen comparte con el público que han pasado veinticinco años desde que decidió dirigir cine hasta que ha logrado poner en pie esta historia sobre la incomunicación, en la que Willis, un anciano déspota que pierde sus facultades mentales, se ve forzado a compartir tiempo con John, un hijo del que tiene una pobre opinión y al que reprocha constantemente su homosexualidad.

El propio Mortensen interpreta a John; confiesa que no tenía intención de actuar en su primera película como director, pero decidió asumir el papel con vistas a lograr la financiación de la película, consciente del tirón comercial de su nombre. Se deshace en elogios hacia Lance Henriksen, a quien admira como actor desde hace años, y que con el papel de Willis encuentra la ocasión de componer un personaje a la altura de su enorme talento.

Se despide con un “¡Amunt Valencia!, acogido con entusiasmo por los espectadores, que ya quedan con ‘Falling’, dispuestos a compartir en la oscuridad el relato que les brinda Viggo Mortensen.

También yo dejo la sala, si bien poniéndome mentalmente en el lugar de los espectadores, preguntándome por su reacción ante el plano que abre la película –que yo he visto ya, varios días antes. Un plano realmente prometedor, que me estimulaba a querer avanzar en el desarrollo de la película–, por cierto, con la dirección de fotografía del danés Marcel Zyskind, cuya carrera está asociada casi por entero a la del cineasta británico Michael Winterbottom. De este plano inicial hablo a Mortensen en nuestra conversación…

Viggo Mortensen durante la presentación de ‘Falling’ en València. Fotografía cortesía de Cines Lys.

Rafa Maluenda (RM): Abres ‘Falling’ con un plano de gran fuerza visual, en el que un rostro de mujer joven emerge en la parte inferior derecha del encuadre, que se muestra oscuro; percibimos que no estamos viendo a la mujer, sino su reflejo. Y su nombre se oye en una voz masculina: “Gwen… Gwen…”. Y entra, ocupando el lado izquierdo, el hombre; en pie, al otro lado del cristal que refleja a la mujer, y mucho más corpóreo que la etérea imagen de Gwen. Diríamos que este plano, con su potente capacidad de sugerencia, encierra en sí mismo, de algún modo, las claves de la historia que nos vas a contar…

Mortensen escucha con atención, y sigo.

(RM): Hay a continuación una sucesión de planos que llevan hasta los créditos, con las letras de ‘Falling’ cayendo lentamente; y el plano que les sucede es el de un avión que, por contra, inicia su ascenso, si bien en espacio que, de nuevo, está dominado por la penumbra. Existe en toda esta sucesión una musicalidad, una cadencia casi poética, y pienso si tus facetas como compositor y como poeta –que no creo disociables– se traslucen al concebir el montaje de las secuencias…

Viggo Mortensen (VM): Me llama la atención esto que dices, porque está ahí, pero nadie me lo ha mencionado antes. Llevo haciendo entrevistas con ‘Falling’ desde el Festival de Sundance (enero de 2020), y es la primera vez que alguien me dice que lo ha percibido.

Y, sí, es algo que para mí es importante, y que tiene que ver con el modo en que el montaje transmite la historia que cuento. La fase de montaje es decisiva, y quería para las imágenes esa musicalidad. No es que tuvieran que tener música, pero sí eran para mí como música. Tarkovski ha hablado de esto mucho mejor que yo: el plano tiene que tener un peso. Es una cuestión de ritmo.

A veces, en montaje, un plano te sorprende, te pide más; más tiempo del que habías imaginado. A veces es al revés. A veces, incluso después de que hayas montado toda la secuencia, sigues montando toda la película, y cuando vuelves a esa secuencia, cuando lo ves todo junto, te das cuenta: no…, ahí el ritmo está mal. Hay que aguantar el plano un poco más; o menos. Es como cuando hay alguien tocando una pieza musical, y hay una floritura del piano y te das cuenta de que es bonito, pero ves que con menos notas es bonito y tiene más resonancia.

Llevo pensando en todo esto desde que era muy joven. Mi madre me llevaba al cine cuando tenía tres, o cuatro años, y cuando salíamos siempre me hablaba de la historia; nunca en términos de interpretación o de la cámara. Y, desde el principio, a mí me interesaba qué se decía y qué no se decía en esa historia, lo que pasaba y qué espacio quedaba para rellenar huecos y elipsis en la narración. Me gustaba pensar e inventar cosas que encajaban. Y años después, madurando como persona, y también más tarde, como alguien que participa en contar historias cinematográficas, me pongo siempre en el lugar del espectador. Y pienso que los primeros diez –quizá quince– minutos son gratis para el director; es decir, que el espectador le perdona todo: “A ver, qué es esto; ¿me interesa, o no…? No sé todavía”.

En algunos casos tardas más en entrar, pero los primeros minutos son decisivos. No juzgo nada en ellos, como espectador estoy abierto a lo que pasa. Pero no quiero que me digan lo que tengo que entender, lo que tengo que sentir: quiero que, en virtud de lo que se está fotografiando, lo que oigo, lo que veo… que algo en todo ello me despierte las ganas de seguir viendo, escuchando… Y, si eso empieza a pasar, entonces estoy participando en la narración… Entonces, como espectador, estoy sintiendo el ritmo de lo que está pasando, como un músico que se suma a la orquesta.

“A ver, la relación Willis-Gwen, ¿qué está pasando ahí? Quizá al principio de la relación Willis era diferente… ¿Qué ha pasado aquí, en la escena del cumpleaños?” La reacción de Gwen en esta escena da la clave al espectador para que comprenda que lo que acaba de pasar no ocurre por primera vez. Como espectador, estoy rellenando la historia, aportando piezas al puzle. En el montaje, mi objetivo era respetar al… posible (ríe) espectador, y dejarle sitio para que participe, si quiere –nunca se sabe. Pero quería, sobre todo, complacerme a mí mismo como espectador (más risas, por parte de ambos).

Lance Henriksen y Viggo Mortensen durante el rodaje del filme. Fotografía cortesía de Caramel.

De verdad, es lo que hacía. Me gusta actuar en el tipo de películas que quisiera ver cuando voy al cine; lo mismo al dirigir: quería hacer ante todo una película que me gustara a mí. No creo que esto sea egoísta, pienso que es ser sincero como artista. Es importante ser sincero cuando cuentas tu historia: si tú no te mientes a ti mismo, puede que alguien se interese; y, si tienes mucha suerte, tu historia muy particular puede tener una aplicación universal.

Eso lo viví durante el rodaje: el equipo técnico y los actores venían cada día con historias de sus familias, contaban cosas que relacionaban con cuanto ocurre en nuestras escenas. A veces pensaba que sus historias no tenían mucho que ver con lo que estábamos haciendo, pero entendía emocionalmente por qué las relacionaban. En otras ocasiones sí: contaban casos muy parecidos, y les sorprendía que fueran tan parecidos con palabras que decíamos en la película, o con emociones que mostrábamos, que sentíamos todos…

Por ello fue un viaje especial este rodaje. Hicimos muy buen equipo, porque nos sentíamos más seguros como actores, nos sentíamos apoyados, implicaba un interés personal para nosotros; no era un trabajo más. Rodando algunas escenas… digamos que fuertes, miraba al equipo después de la toma y, ¡qué emoción!, algunos estaban llorando. Yo pensaba: qué bueno, lo que estamos haciendo tiene aplicación universal para estas personas, a las que ni siquiera conocía antes del rodaje.

(RM): Es decir, que ya antes de la película montada, durante el rodaje, se pudo palpar esa universalidad de la historia…, sin necesidad de llegar a la sala.

(VM): Sí, era la historia en crudo. Era antes del montaje –que, como sabes, es contar la historia de nuevo: la parte final de la escritura–. Pero la base estaba ahí: si no la estropeábamos (risas) en un momento dado, la gente iba a poder conectar personalmente. No siempre pasa durante el rodaje. Lo he experimentado después en los cines: en Sundance… y ahora también con público español, en Zaragoza, en Barcelona, en Madrid, y también hoy aquí, en València.

Hay gente que se relaciona personalmente con lo que ha visto, y en algunos casos van más allá de lo personal: lo relacionan con los conflictos sociales, con la polarización de la sociedad, de la comunidad… O sea, que parece que he conectado, y eso me gusta: es con lo que uno sueña, ¿no?

(RM): Hay algo que también funciona muy bien en el montaje. El personaje de Willis, por su enfermedad mental, conecta presente y pasado, los confunde, algo que muestras estableciendo continuidad entre tiempos distantes a través del raccord con su mirada. Es decir: Willis mira desde el presente, y el plano que le sigue por corte corresponde a un hecho, a un espacio, que vivió en el pasado. Con este borrado de cualquier delimitación entre presente y pasado ofreces al espectador un montaje alternativo, que es el montaje que hace el propio cerebro de Willis en su deterioro…

(VM): Sí, bueno, todos hemos visto varias películas que muestran inicios de demencia, o una demencia total… Están muy bien hechas, pero en general hemos visto la historia desde el punto de vista del que observa a la persona enferma. El punto de vista desde adentro de las personas enfermas es distinto. Están menos confundidas de lo que piensa el que mira. Están felices, creen en lo que ven y en lo que piensan: para ellos es el presente.

Quería hacer esto en particular con Willis; después hay otros imágenes y sonidos que son memorias más bien de John, y en casos breves de Sara –mi hermana en la ficción–, y después hay otras memorias compartidas, y un poco más objetivas –aunque en realidad nunca hay memorias objetivas, no existe la objetividad en la memoria. Pero en el caso de Willis lo hacemos específicamente con imagen y con sonido; a veces sólo con sonido: oye como que está en un bar en 1952, con los chicos mirando a las chicas y bebiendo los viernes por la noche… Eso sólo lo ve y lo oye él. O ve a su hija, y piensa que es su mujer, hace muchos años, en una situación íntima. Pero él no está confundido: está feliz con ese momento íntimo. Y quería retratar eso a base de imagen y sonido.

Visto desde el otro lado, desde quien observa al enfermo, es complicado. Cuando no tienes mucha experiencia, cometes errores, y le dices: “no, no, no, esa persona a la que quieres llamar ya murió”; o “no hay un alce en el comedor”. Si le corriges y le dices que alguien murió hace ya veinticinco años, para él muere de nuevo, y se siente triste; y, si es capaz de ello, se siente tonto. Entonces, ¿para qué ha servido la corrección? Te ha servido a ti, y a tu ego, y a tu necesidad de estar cómodo. Tú, no él. Pero es cuestión de aprendizaje, ¿no? De experiencia.

John no es un doctor, ni un experto en nada; hace lo que puede: algunas cosas muy bien, porque ha tenido experiencias con su padre. En otros momentos se equivoca y, obviamente, es imposible para él ver y escuchar las cosas que ve y escucha su padre, y todo esto es para él un misterio. No es en absoluto una película autobiográfica, es una ficción, pero me he basado en experiencias de mi propia vida.

Viggo Mortensen y David Cronenberg durante el rodaje de ‘Falling’. Fotografía cortesía de Caramel.

Mortensen sabe de lo que habla: cuidó de su madre cuando padeció los trastornos de la demencia senil. Ha dedicado ‘Falling’ a sus hermanos.

En determinado momento de la película, John lleva a Willis al proctólogo, quien le practica una exploración anal. Es posible que haya espectadores que encuentren en este médico algo extrañamente familiar; y es que lo interpreta nada menos que el cineasta David Cronenberg. Su trayectoria cinematográfica está cosida a la de Mortensen por ‘A History of Violence’ (‘Una historia de violencia’, 2005), ‘Eastern Promises’ (‘Promesas del Este’, 2007) y ‘A Dangerous Method’ (‘Un método peligroso’, 2011).

(RM): Me sorprendió encontrar a Cronenberg interpretando en la película un papel que, además, le es propio. Pienso que esta película podría haberla contado también Cronenberg, naturalmente de manera muy distinta, con otros códigos, porque la base de tu relato comparte aspectos con su universo.

(VM): Ah, sí, lo habría hecho muy diferente. Pero su presencia no es como un chiste; pensé sinceramente que lo haría bien. Le mandé el guion, diciéndole: “es un favor que te pido, te lo ofrezco si te interesa, y si no te interesa no pasa nada”. Por suerte le gustó el guión y quiso hacerlo, y no me sorprendió nada que lo hiciera perfectamente. Quien no lo conoce sólo pensará que funciona muy bien la escena: no dudará de que es un proctólogo, porque es una buena actuación.

Quien lo conoce y sabe quién es tiene otro lado al que le encuentra cierta gracia, o… jejeje, te hace reír, porque piensas: “¡Uy, Cronenberg: la última persona que quiero que me meta un dedo en el cuerpo! (carcajadas irrefrenables por mi parte). Este hombre con tantas obsesiones… Pero igual es que tengo mucho de su cine en el cerebro”. Ahora, después de ver la película terminada, funciona también como un guiño hacia él, un gesto hacia él, y de él hacia nuestra película.

‘Falling’ está ya en los cines españoles, y la conversación con Viggo Mortensen me invita a verla de nuevo. Nos queda pendiente, eso sí, un próximo encuentro para hablar de Berlanga, en vísperas de su centenario.

Viggo Mortensen
Viggo Mortensen durante la presentación de ‘Falling’ en València. Fotografía cortesía de Cines Lys.

Rafael Maluenda

Brigitte Bardot: La metáfora siniestra del fantasma femenino

#MAKMACine #MAKMAOpinión | MAKMA ISSUE #02
Begoña Siles | Brigitte Bardot: La metáfora siniestra del fantasma femenino
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2019
Lunes 10 de agosto de 2020

Un pintor, Antonio Saura (1930-1998). Dos directores, Luis García Berlanga (1921-2010) y Carlos Saura (1932). Una obra pictórica, los cuadros de realismo salvaje de Brigitte Bardot, que pintó el artista aragonés. Dos obras cinematográficas, ‘La boutique’ (1967) y ‘Peppermint frappé’ (1967), de Berlanga y de Saura (el cineasta), respectivamente. Y, a modo de nudo borromeo, la exuberante imagen fantasmática de Bardot enlazando la obra del pintor y la obra cinematográfica de los dos directores.

El pintor

‘El retrato imaginario de Brigitte Bardot’ (1962) es el título de una de las obras que el pintor Antonio Saura realizó sobre la actriz, que, al igual que otros iconos eróticos cinematográficos de mediados del siglo XX –como Marilyn Monroe o James Dean–, evoca a ser pintada bajo la explosiva y colorista estética del arte pop. Sin embargo, para Saura, la espectacular belleza de la actriz quedó plasmada bajo su enérgica, gruesa y oscura pincelada.

Saura pinta en el lienzo ‘El retrato imaginario de Brigitte Bardot’, al igual que en los otros de la serie homónima, las palabras del poeta Rainer Maria Rilke, cuando dice que “lo bello es el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar”. Refleja, así, lo terrible que el velo de la belleza y del amor ocultan. Y una vez que este velo se desvanece, lo siniestro, por cruel, horroroso, espeluznante, aparece, tal y como el poeta Schelling lo definió: “Aquello que debiendo permanecer oculto, se ha revelado”.

Brigitte Bardot, Antonio Saura
Páginas iniciales del artículo publicado en MAKMA ISSUE #02.

Si Saura pintó el verso de Rilke en su serie Brigitte Bardot, Luis García Berlanga en ‘La boutique’ y Carlos Saura en ‘Peppermint frappé’ absorben el espíritu de la obra del pintor aragonés: el amor y la belleza no pueden contener que lo espeluznante aflore en el relato. No es baladí que ‘El retrato imaginario de Brigitte Bardot’ (1962) y ‘Brigitte Bardot’ (1959) estén integrados en el mundo diegético de la ‘La boutique’ y de ‘Peppermint frappé’, respectivamente.

Los cineastas

Luis García Berlanga y Carlos Saura son dos de los directores más influyentes de la historia del cine español. Cada uno –con un estilo, obviamente, único– ha creado un universo cinematográfico bañado por una pátina esperpéntica y de humor negro propia de la más pura tradición cultural española.

‘La boutique’ y ‘Peppermint frappé’, estrenadas ambas en 1967, comparten, con mayor o menor intensidad, ciertos trazos de una mirada esperpéntica. Lo absurdo y lo ridículo describen los rasgos miserables de los personajes de ‘La boutique’ de Berlanga; en cambio, lo grotesco y lo extravagante revelan el mundo austero y fetichista del protagonista Julián, interpretado José Luis López Vázquez, en ‘Peppermint frappé’.

Mirada esperpéntica que desvela, con patética ironía en ‘La boutique” y con frialdad sórdida en “Peppermint frappé”, a unos personajes masculinos tan atraídos por la mujer, como impotentes hacia ella.

Ricardo –protagonista de “La boutique” que interpreta el galán argentino Rodolfo Bebán– disimula su impotencia tras la máscara de una virilidad más interesada en jugar a las carreras de coches y en seducir de manera insustancial y vacua a toda mujer, que en mantener relaciones sexuales con su esposa o cualquier otra mujer. Porque el sexo para Ricardo es, tal y como él mismo expresa, “puro aburrimiento”.

Julián –protagonista de ‘Peppermint frappé’– encubre su incapacidad sublimando a la mujer, en concreto, bajo el ritmo estrepitoso producido por el resonar de los tambores del Viernes Santo de Calanda. Un homenaje explícito al gran director español Luis Buñuel.

En ambas películas, con sus abismos estilísticos, tras la belleza de la mujer late un cierto foco de amenaza. Una amenaza que deja entrever con total sarcasmo el otro título con el que se estrenó en Argentina la película de Berlanga: ‘Las Pirañas’.

Portada de MAKMA ISSUE #02, a partir de una de las obras del proyecto ‘Autocines’ (2019), de la fotógrafa Gala Font de Mora.

Para sofocar el temor ante lo femenino, las protagonistas Carmen (Sonia Bruno) y Elena y Ana (ambas interpretadas por Geraldine Chaplin) –personajes de ‘La Boutique’ y ‘Peppermint frappé’, respectivamente–, son cubiertas por los rasgos fantasmáticos del deseo masculino, evocando en ambas películas el mito de Pigmalión.

En ‘La boutique’ tal evocación se realiza como un perverso juego de muñecas. Carmen es moldeada por su amante Carlos (Lautaro Murúa), decorador y crítico de arte. Para este, Carmen es una muñeca, un objeto más de decoración. Solo hay que oír sus propias palabras: “A las mujeres solo las aguanto cuando no entra lo sexual. Las mujeres me gustan de lejos, como amigas, para vestirlas, cambiarles el peinado; para mirarlas como objetos hermosos”.

En ‘Peppermint frappé’ el mito de Pigmalión está citado en su versión más siniestra, al igual que sucede en la película ‘Vértigo. De entre los muertos’ (1958), de Alfred Hitchcock. Julián queda fascinado por Elena, esposa de su mejor amigo Pablo (Alfredo Mayo), la cual abrasa a Julián, no por su condición de mujer real, sino por representar su imaginario de mujer: el fantasma femenino toma cuerpo en ella. Por tanto, Julián transformará a Ana, su tímida y triste enfermera, en la imagen simulada de Elena, accediendo aquella a representar y someterse a ese fantasma femenino. Una construcción que Carlos Saura muestra con elegante precisión fetichista.

En ‘La boutique’ y en ‘Peppermint frappé’ tan fecunda es la referencia subliminal al mito de Pigmalión –como metáfora de la dificultad para el encuentro sexual entre lo masculino y lo femenino–, como la cita literal a los lienzos ‘El retrato imaginario de Brigitte Bardot’ y ‘Brigitte Bardot’, de Antonio Saura, lo es de esa belleza femenina como antesala de lo siniestro. De manera que lo sublime de la belleza femenina, vivida como experiencia siniestra, impregna, en definitiva, la obra de estos tres grandes artistas.

Brigitte Bardot, Peppermint frappé,
José Luis López Vázquez y Geraldine Chaplin junto a la obra ‘Brigitte Bardot’ (1959), de Antonio Saura, en el Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca. Fotograma de ‘Peppermint frappé’ (1967), de Carlos Saura.

Begoña Siles

Húngaros y porteños

Compañía Hongaresa
20 años de celebración

¿Por qué Compañía Húngara si ninguno de sus miembros es de ese país? Es un secreto a voces que guardan los porteños de Puerto Sagunto, Lola López y Paco Zarzoso, junto a la catalana de Badalona Lluïsa Cunillé, los tres fundadores del grupo. “En parte fue inspirado por un bello poema de Paco y en parte como señal de cosmopolitismo y de condición apátrida”, responde López. “También un toque surrealista como aquel austrohúngaro de Berlanga”.

Lo cierto es que el sello  centroeuropeo les ha dado suerte, pues llevan la friolera de veinte años recorriendo España y Latinoamérica con sus montajes, más de una veintena. “Todo ha sido cuestión de resistencia igual que el tango”, comenta López. “Pero sobre todo se debe al trabajo de un magnífico equipo de acores y creativos que colabora estrechamente con nosotros en todas las ramas del arte”.

Intemperie, primer montaje de Hongaresa. Fotografía de Jordi Pla.

Intemperie, primer montaje de Hongaresa. Fotografía de Jordi Pla.

Este fin de año celebran sus dos flamantes décadas con una serie de eventos encadenados, la mayoría a la orilla del mar, en  su querido Port de Sagunt, sede de la compañía y lugar de residencia de algunos de sus miembros y de parte del equipo artístico y técnico.  En todos estos años, Hongaresa «no ha dejado de plantearse nuevos retos dramatúrgicos y experimentar en cada montaje con géneros y teatralidades bien diferentes, poniendo en escena tragedias, desde comedias y tragicomedias a cabarets políticos”, señala López.

Los actos comenzaron a principios  diciembre con la exposición fotográfica retrospectiva L’Hongaresa a través de la mirada de Jordi Pla que se podrá visitar hasta el día 24. Pla, uno de los fotógrafos de artes escénicas más reconocidos del país, ha seguido desde sus inicios los pasos teatrales de la compañía. El jueves 10 de diciembre tuvo lugar, en el Casal Jove, la lectura dramatizada de la última pieza escrita por Paco Zarzoso, La piedra de la locura, con las voces de Lola López, Carles Sanjaime, Verónica Andrés y Álvaro Báguena.

El alma se serena, de Hongaresa. Fotografía de Jordi Pla.

El alma se serena, de Hongaresa. Fotografía de Jordi Pla.

Los actos continúan el viernes 18 con el estreno, en el Centro Cultural Mario Monreal de Sagunt de La cantant calba al McDonald’s de Lluïsa Cunillé. La autora recupera en esta pieza, en valenciano, a los personajes de La cantant calva de Ionesco y los sitúa en el centro de Londres en una tarde de lluvia. Por un McDonald’s, epicentro del capitalismo más feroz, desfilan los personajes de la obra original unos cuantos años después tamizados y reinventados a través de la mirada de Cunillé. Será interpretada por Pep Ricart, Lola López, Mafalda Bellido y Marcos Sproston.

Los actos finalizan el sábado 19 en la Casa de Cultura del Port de Sagunt con la representación de María La Jabalina siete años después de su emotivo estreno. Esta obra de Lola López recrea  la historia de una vecina porteña fusilada durante la guerra civil.

Por otra parte, el próximo año la Compañía Hongaresa de Teatre estrenará  la producción Serenata para un país sin serenos, una tragicomedia de  Lluïsa Cunillé y Paco Zarzoso, que propone un diálogo original entre la palabra y la música. La pieza podrá verse por primera vez el 16 de enero en la Casa de la Cultura del Puerto de Sagunto (Valencia) antes de viajar a Barcelona donde hará temporada en La Seca.

Hilvanando cielos, de Hongaresa. Fotografía de Jordi Pla.

Hilvanando cielos, de Hongaresa. Fotografía de Jordi Pla.

Bel Carrasco

 

“Estar nominado a los Goya es ya un premio”

Desayunos Makma en Lotelito
Con Sergi Pitarch Garrido, nominado a los Goya por ‘El último abrazo’ como Mejor Cortometraje Documental
Entrevistado por el equipo de dirección de Makma: Vicente Chambó, José Luis Pérez Pont y Salva Torres
29 edición de los Premios Goya
Centro de Congresos Príncipe Felipe
Avda. Aragón, 400. Madrid
Sábado 7 de febrero, 2015

“Acabamos el cortometraje la noche antes de que se cerrara el plazo para presentarlo a los Goya”. In extremis. Y es que Sergi Pitarch tiene esa filosofía que le proviene del mundo de la televisión: “Prefiero una cosa regular a tiempo que una excelente fuera de tiempo o en la máquina, sin salir de edición”. ¿Una cosa regular? ‘El último abrazo’ no sólo fue presentado por los pelos, sino que ha sido nominado en el apartado de Mejor Cortometraje Documental. Y razones hay, de sobra, para ello.

Sergi Pitarch, en un momento de los Desayunos Makma en Lotelito. Fotografía: Fernando Ruiz.

Sergi Pitarch, en un momento de los Desayunos Makma en Lotelito. Fotografía: Fernando Ruiz.

La forma en que se gestó ya tiene su historia. La adjudicación azarosa de un bolso “feo a rabiar” en una subasta por 1€. Unos papeles en su interior sin aparente valor. Y, entre ellos, dos cartas fechadas el 2 de junio de 1946 en las que alguien anunciaba que se iba a suicidar. Cartas que terminaban con esa frase que da título al corto: ‘El último abrazo’. Sergi Pitarch las pudo tirar. Pero no lo hizo. En lugar de eso, aprovechó que estaba sin trabajo tras el dantesco cierre de Canal 9, para lanzarse a una aventura de corte detectivesco propia del mejor cine negro.

Sergi Pitarch mostrando la tarjeta de su documental 'El último abrazo', en los Desayunos Makma en Lotelito. Fotografía: Fernando Ruiz.

Sergi Pitarch mostrando la tarjeta de su documental ‘El último abrazo’, en los Desayunos Makma en Lotelito. Fotografía: Fernando Ruiz.

«He sido muy cuco siguiendo el esquema de película de ficción»

¿Quién era ese tal Mariano desesperado de la vida? Sergi Pitarch lo va desvelando en su cortometraje con gran sentido del pulso narrativo. “Quise hacer de la debilidad mía una fuerza. No tenía dinero, ni experiencia para hacer un super documental, así es que puestos a ser amateur, pensé, vamos a ser amateur del todo”. De manera que la investigación entre periodística y policial fue un asunto primerizo, del que Sergi Pitarch ha salido crecido. “No creo que ganemos, pero el premio ya es estar nominado a los Goya”.

Sergi Pitarch, en un momento de los Desayunos Makma en Lotelito, junto a Vicente Chambó. Fotografía: Fernando Ruiz.

Sergi Pitarch, en un momento de los Desayunos Makma en Lotelito, junto a Vicente Chambó. Fotografía: Fernando Ruiz.

El documental se sigue como si estuviéramos delante de una película de ficción. “He sido muy cuco. He aplicado el esquema de una película de ficción, para que pudiera verse como un cuento”. Un cuento de verdad, como son los verdaderos cuentos. Y la verdad que encierra ‘El último abrazo’ no sólo está depositada en esas cartas suicidas, sino en la trayectoria del protagonista, finalmente descubierto como Mariano Rawicz, “tipógrafo polaco, judío y rojo”. Como subraya Sergi: “Un pájaro entrañable”.

Sergi Pitarch, en un momento de los Desayunos Makma en Lotelito. Fotografía: Fernando Ruiz.

Sergi Pitarch, en un momento de los Desayunos Makma en Lotelito. Fotografía: Fernando Ruiz.

«La nominación es la mejor carta de presentación»

Ese ‘pájaro’ nacido en la Lvov, entonces perteneciente al berlanguiano Imperio Autrohúngaro, voló a España desde Leipzig en 1929 y fue, junto a su compatriota Mauricio Amster, uno de los renovadores del diseño gráfico editorial durante la República y la Guerra Civil. “Le pillaron en Barcelona, tras perder el último tren, justo cuando estaba a punto de salir de España”. Condenado a cadena perpetua, se pasó siete años en la cárcel de San Miguel de los Reyes de Valencia. Excarcelado en 1946, sin familia ni novia ni amigos, redacta esas dos cartas suicidas de cuyo hilo ha tirado Sergi Pitarch para realizar su nominado documental. “El premio ya es éste, porque va a ser la mejor carta de presentación”.

Sergi Pitarch, en un momento de los Desayunos Makma en Lotelito. Fotografía: Fernando Ruiz.

Sergi Pitarch, en un momento de los Desayunos Makma en Lotelito. Fotografía: Fernando Ruiz.

«Estoy preparando el ensayo novelado del guión de la película»

“Lo grabamos a la vez que investigábamos, en riguroso orden cronológico”. Sin tiempo para pulir detalles, fruto del intenso ritmo de trabajo que el montaje subraya para que tenga ese aire fresco, irregular, pero pleno de suspense narrativo, ‘El último abrazo’ es la historia en vivo y en directo de todo un personaje. “Ahora estoy preparando un ensayo novelado con todo aquello que no pude incorporar al documental”. Que no es poco.

“Tengo su acta de detención de la policía, las cartas que escribía desde la cárcel”. “Fue espía soviético, tenía pasaportes con varios nombres”. “Le echaron del partido comunista por no ser de Stalin”. “Su mujer, también polaca, se suicida cuando le meten en la cárcel”. “Y, para colmo, cuando llega a Chile le toca más tarde vivir el golpe de Pinochet. Como él mismo decía, el fascismo me ha perseguido”. En definitiva, “os sugiero que leáis sus memorias [Confesionario de papel. Memorias de un inconformista] porque son maravillosas”.

De izquierda a derecha, Salva Torres, José Luis Pérez Pont, Sergi Pitarch y Vicente Chambó, durante los Desayunos Makma de Lotelito. Fotografía: Fernando Ruiz.

De izquierda a derecha, Salva Torres, José Luis Pérez Pont, Sergi Pitarch y Vicente Chambó, durante los Desayunos Makma de Lotelito. Fotografía: Fernando Ruiz.

«Canal 9 ha muerto para siempre»

Sergi Pitarch confía en que, gracias a la nominación a los Goya, el documental “sea más conocido y, ojalá, pueda venderlo a alguna televisión”. Imposible ya a Canal 9, que a su juicio “ha muerto para siempre”. Y matiza: “Canal 9, tal y como existía, ya no volverá”. Piensa que el cierre se debió a “todos los desfalcos y desmanes que, costara lo que costara, había que tapar”. “Unos técnicos judiciales fueron a requisar ciertos ordenadores y, cuando llegaron, allí no había nada. ¡Qué causalidad, no! Se cierra y se destruye todo”.

Tras ese triste episodio, que Sergi resume con la frase “da miedo pensar que no hay nadie al volante” (o lo conduce un prestidigitador de ‘nada por aquí nada por allá’), ‘El último abrazo’ es la constatación de que hay vida, y mucha, más allá de la nefasta gestión política. “Bueno, hace cuatro o cinco años hicimos el corto ‘Un año y un día’, basado en una historia de mis abuelos durante la Guerra Civil, pedimos ayudas públicas que nos concedieron y todavía no hemos visto el dinero. La productora de mi hermano tuvo que cerrar, se fue a Ecuador y está en juicios para ver si recupera ese dinero”.

Y, pese a todo, ahí está Sergi Pitarch, junto a otros cineastas, actores y productores, representando en la Gala de los Goya al audiovisual valenciano. “¿Conocéis a alguien de la Academia?”, pregunta con ironía tratando de buscar las influencias del jurado. Ni falta que le hace. ‘El último abrazo’ ya se lo lleva él, con premio o sin él, a la vista de tan apasionado viaje siguiéndole los pasos a Mariano Rawicz.

Sergi Pitarch, al término de los Desayunos Makma en Lotelito. Fotografía: Fernando Ruiz.

Sergi Pitarch, al término de los Desayunos Makma en Lotelito. Fotografía: Fernando Ruiz.

Salva Torres

Jornadas sobre Berlanga, Buñuel y Hitchcock

Amor y cine: Berlanga, Buñuel, Hitchcock
Palacio de Colomina
C / l’Almodí, 1. Valencia
Jueves 11 de diciembre y lunes 15

Se cumplen 60 años de tres grandes películas: ‘Novio a la vista’, de Luis García Berlanga, ‘Abismos de pasión’, de Luis Buñuel, y ‘La ventana indiscreta’, de Alfred Hitchcock. Utilizar la efemérides para poner a su vez en relación a tres grandes directores, bastaría para justificar unas jornadas sobre el amor al cine que demostraron con su dilatada y sobresaliente obra fílmica. Amor que, ateniéndose a las películas objeto de la efemérides, salta igualmente a la vista como núcleo temático que atraviesa a las tres.

Fotograma de La ventana indiscreta de Alfred Hitchcock. Jornadas de cine en Palacio de Colomina. Imagen cortesía de los organizadores.

Fotograma de La ventana indiscreta de Alfred Hitchcock. Jornadas de cine en Palacio de Colomina. Imagen cortesía de los organizadores.

El análisis textual de esas tres grandes obras cinematográficas es el objeto de las jornadas ‘Amor y cine: Berlanga, Buñuel, Hitchcock’. Análisis que permitirá ahondar en las posibles conexiones existentes entre directores tan dispares, al tiempo que favorecerá la reflexión en torno a una experiencia, la del amor, que bien merece su estudio en tiempos de gruesas interpretaciones.

Fotograma de Abismos de pasión de Luis Buñuel. Jornadas de cine en Palacio de Colomina. Imagen cortesía de los organizadores.

Fotograma de Abismos de pasión de Luis Buñuel. Jornadas de cine en Palacio de Colomina. Imagen cortesía de los organizadores.

Ajustándose a la propuesta, a partir del visionado de los filmes anteriormente citados, se verán las conexiones, los puntos de encuentro y sus fallas, entre los diversos amores planteados. Se comprobará la sintomatología de esos amores, con el fin de observar la manera en que se insertan y perfilan a su vez los propios universos narrativos de los tres cineastas. ¿Era Berlanga un descreído del amor? ¿Concebía Buñuel el amor como fruto de una pasión que lo volvía imposible? ¿Era para Hitchcock el amor una pantalla imaginaria?

Fotograma de Novio a la vista de Luis García Berlanga. Jornadas de cine en Palacio de Colomina. Imagen cortesía de los organizadores.

Fotograma de Novio a la vista de Luis García Berlanga. Jornadas de cine en Palacio de Colomina. Imagen cortesía de los organizadores.

Las respuestas a esos y otros interrogantes tendrán lugar en el Palacio de Colomina durante el transcurso de las jornadas que se celebrarán los próximos días 11 y 15 de diciembre. Para responderlas, tras el análisis de las películas propuestas, estarán los profesores Jesús González Requena, catedrático de Análisis de la Imagen de la Universidad Complutense de Madrid, autor, entre otros libros, de ‘Clásico, manierista, postclásico’, y Luis Martín Arias, profesor de la Cátedra de Cine de Valladolid, ambos a su vez encabezando la Asociación Cultural Trama y Fondo, entidad colaboradora de las jornadas que organiza la recién creada Cátedra Berlanga de la Universidad CEU-Cardenal Herrera y la Filmoteca de CulturArts de la Generalitat Valenciana.

José Luis García Berlanga, escritor, guionista y director de cine, Rafael Maluenda, director de Cinema Jove y del Berlanga Film Museum, e Ignacio Lara, profesor de la Universidad Miguel Hernández de Elche, junto a Begoña Siles, profesora de la Universidad Cardenal Herrera, y Salva Torres, escritor, crítico de cine y periodista, completan el plantel de ponentes. La inscripción a las jornadas es gratuita y las plazas limitadas, que irán cubriéndose por orden de inscripción a los siguientes correos: besileso@uch.ceu.es y salvatm@telefonica.net.

Fotogramas de Novio a la vista, Abismos de pasión y La ventana indiscreta. Jornadas 'Amor y cine: Berlanga, Buñuel, Hitchcock. Cortesía de los organizadores.

Fotogramas de Novio a la vista, Abismos de pasión y La ventana indiscreta. Jornadas ‘Amor y cine: Berlanga, Buñuel, Hitchcock en Palacio de Colomina. Cortesía de los organizadores.

Para ver programa completo de las jornadas:

JornadasAmoryCine

Gonzalo Suárez: «Soy adicto a las teleseries»

Gonzalo Suárez en los ‘Cuadernos de rodaje’ de Cinema Jove
Festival Internacional de Cine de Valencia
Del 20 al 27 de junio

Gonzalo Súarez asegura que “ya no existe el cine clásico, el de hoy en día no perdura”. Ésta es una de las afirmaciones que ha pronunciado en el encuentro con los medios que ha tenido lugar en el marco del 29 Festival Internacional de Cine de Valencia- Cinema Jove y en el que participa como director invitado en la sección Cuadernos de Rodaje. La selección de películas que han marcado su vida y su carrera se estanca en el año 1972, y es que para el escritor y cineasta el cine de ahora no permite que actores y filmes se asienten.

Respecto a los actores, confiesa que le hubiese gustado trabajar con Montgomery Clift porque dirigía la secuencia con su mirada. “Ahora no da tiempo a mitificar y eso que los actores son mejores. Son una generación fuerte y potente como los atletas, más de verdad”. Sin embargo, si tuviera que elegir un papel que interpretar en su vida privada, no dudaría: “el de Cary Grant en ‘Con la muerte en los talones’ ya que es un personaje que huye continuamente, con una madre muy divertida y que viaja en tren-restaurante (con lo que me gusta comer)”.

Gonzalo Suárez (centro), junto a Rafael Maluenda y Ana Álvarez, en un momento del encuentro con el público en el Hotel Astoria de Valencia. Imagen cortesía de Cinema Jove.

Gonzalo Suárez (centro), junto a Rafael Maluenda y Ana Álvarez, en un momento del encuentro con el público en el Hotel Astoria de Valencia. Imagen cortesía de Cinema Jove.

El responsable de títulos como ‘Remando al viento’, ‘Don Juan de los infiernos’, ‘Mi nombre es sombra’, ‘Oviedo Express’ o ‘El detective y la muerte’ descubre que últimamente está “enganchado a las series como ‘Mad men’ o ‘Juego de Tronos’ y “en ellas se demuestra que el director es superfluo (ya que cambian constantemente) y el actor es el que lleva el peso”. Volviendo a sus “clásicos” explica que también le gustaría haber incluido ‘El hombre tranquilo’ de Ford y que ‘El Portero’ tiene trazos de este western. Un western que –a juicio de Suárez- hoy sería políticamente incorrecto por el machismo y la violencia que refleja. Respecto a la inspiración nacional: cualquier película de Berlanga, ‘El año de las luces’ de Trueba o ‘¿Qué he hecho yo para merecer esto?’ de Almodóvar o ‘Todo por la pasta’ de Urbizu –entre otras- tendrían cabida en su lista.

A pesar de beber en estas fuentes de inspiración, a Gonzalo Súarez le resulta difícil definir su estilo: “No sé si busco o huyo. Mi cine es una búsqueda que nunca alcanza el objeto. Sólo sé que me sigue gustando jugar, como en mi infancia”.

Luego tuvo lugar en el Ayre Hotel Astoria Palace un encuentro entre el cineasta y el público. Alrededor de la mesa se sentaba también la actriz y amiga del cineasta, Ana Álvarez, y el director de Cinema Jove, Rafael Maluenda. Enfrente de ellos una gran afluencia de público esperaba sencillamente escuchar hablar a Suárez. Ya desde el principio los halagos dirigidos hacia el veterano director por parte de sus contertulios fueron directos, “si en los comienzos de Gonzalo hubiera existido Cinema Jove, nos hubiera encantado traerle, ya que es un cineasta fresco y vanguardista desde sus orígenes”, comentaba Rafael Maluenda.

Gonzalo Suárez, chaqueta oscura, agotado tras una larga noche de ver sus 'clásicos' en Viveros, junto a Rafael Maluenda. Imagen cortesía de Cinema Jove.

Gonzalo Suárez, chaqueta oscura, agotado tras una larga noche de ver sus ‘clásicos’ en Viveros, junto a Rafael Maluenda. Imagen cortesía de Cinema Jove.

Gonzalo Suárez, reconocido escritor además de cineasta, compartió profundas reflexiones acerca de la diferencia entre estas dos disciplinas que tan bien conoce: “Lo que destacaría del cine frente a la literatura es que la imagen roba el alma, a pesar de que el alma sea algo tan dudoso que ni siquiera sepamos donde está”. También resaltaba que la escritura es un trabajo que uno desarrolla en soledad, y el cine es un trabajo compartido con mucha gente en todo momento.

Hablando de la selección de películas que ha hecho para la sección ‘Cuadernos de rodaje’, que se puede disfrutar todos los días en los Jardines de Viveros, Gonzalo culpaba de nuevo al azar, igual que hizo en la Gala de Inauguración del Festival: “Ni siquiera recuerdo con claridad el argumento de todas esas películas, pero lo bonito es que a pesar de ello sé que me encantan”.

En el coloquio el cineasta ha tenido tiempo de narrar multitud de anécdotas de sus rodajes, la estrecha relación que le unió a Ana Álvarez a raíz de ‘Don Juan en los Infiernos’, cómo comenzó el idilio amoroso entre Hugh Grant y Liz Hurley durante el rodaje de ‘Remando al viento’, y un largo etcétera propio de una persona que vive de contar historias. También hubo momento para el humor cuando Suárez, contestando a una pregunta del público, declaró que su salto de la literatura al cine fue “más que un salto, un tropiezo”.

Tuvo ocasión también de recordar lo difícil y costoso que era hacer cine cuando el material grabado tenía que pasar inevitablemente por un laboratorio, a diferencia de lo que ocurre ahora con los medios digitales”. Al final de la tertulia le preguntaron qué consejo le daría a alguien que empieza en el mundo del cine, Gonzalo ha manifestado la poca utilidad que le ve los consejos pero, tras unos segundos de reflexión, concluyó diciendo que “las ideas nunca son de uno mismo, lo único que uno posee es la actitud; hay que tener las puertas abiertas a los estímulos y la misión de un director siempre debe ser la de no estorbar ni interrumpir cuando algo sucede”.

El director de cine Gonzalo Suárez. Imagen cortesía del Festival Internacional de Cine de Valencia - Cinema Jove.

El director de cine Gonzalo Suárez. Imagen cortesía del Festival Internacional de Cine de Valencia – Cinema Jove.