Barquinero

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‘La chica más lista que conozco’
Sara Barquinero
Editorial Lumen
Narrativa, 2026, 448 páginas

Alicia convence a sus padres de que estudiar Filosofía en Madrid es mucho más conveniente que hacerlo en Valladolid donde viven, y gracias a la generosidad de su tía Puri, que la acoge en su modesto piso, empieza su primer curso pletórica de ilusión. Es una optimista incurable, una romántica al estilo luminoso de los británicos del siglo diecinueve que siempre espera que lo mejor está por llegar.

Lectora voraz, estudiosa y lista. Muy lista. Pronto descubre que en su clase hay otros tan listos como ella que, además, poseen un sustrato cultural por el estatus de sus familias del que ella carece, y eso la avergüenza. Pese a ello y su inicial timidez, no tarda en integrarse en un selecto grupo de compañeros y entablar relaciones amistosas y sentimentales con algunos de ellos.

Después, se enamora perdidamente de Juan Comala, un profesor diez años mayor que ella que la llama ‘pequeña’ y la comparte con otras estudiantes. Al final, Alicia expresa su hartazgo por ser ‘la más lista’.

«¿Es que nadie iba a admirarla simplemente por su personalidad, por tener un culo estupendo? ¿Nadie iba a tratarla, al menos un poco, como un mero pedazo de carne? (…) ¿No dijo Oscar Wilde que la inteligencia destruía la armonía?»

Sara Barquinero comentó en una entrevista que no le salen personajes que caigan bien. Así es en el caso de Alicia, que se revela como una mosquita muerta, una marisabidilla egocéntrica, pero sus imperfecciones la hacen más humana y auténtica.

Barquinero intercala su evolución desde la joven ingenua del principio, hasta la mujer cínica y fría que acaba siendo, con observaciones críticas sobre el microcosmos universitario: las rivalidades, la endogamia, el que los campus sean campos de caza de cuarentones en busca de veinteañeras.

Con un estilo aparentemente ligero describe las interacciones sociales de un grupo humano, mientras profundiza en aspectos psicológicos de la mano de grandes pensadores como Sartre, Platón, Kant…

Cubierta de ‘La chica más lista que conozco’, de Sara Barquinero.

¿Cómo gestionas el éxito y las tareas de promoción que conlleva?

Cuando empezamos a escribir todos nos imaginamos algo así, una especie de sueño que a veces se cumple y otras muchas veces no. Si me entra pereza ante las entrevistas u otro acto promocional, me digo a mí misma que eso forma parte de mi trabajo y lo asumo con tranquilidad.

Incluso en las profesiones más deseables y maravillosas hay aspectos más o menos ingratos. No debo ni me puedo quejar. Ahora, puedo tomármelo con más calma, colaborar en los medios, dirigir talleres, y desde luego seguir escribiendo.

¿Se podría decir que esta novela es un desagravio a tu alma mater por haberle puesto los cuernos con la literatura?

Cuando acabé el doctorado pasé por una fase de desencanto radical hacia la Filosofía y estuve varios años sin leer nada del tema. Con el paso del tiempo, y con la excusa de releer a los grandes maestros, sobre todo a Sartre, porque su obra habla de la posición del intelectual, de dilemas éticos, de la vergüenza y del compromiso político y también del amor como Platón, me lancé a esta historia.

Ahora me apetece escribir algún ensayo filosófico, aunque no sé todavía sobre qué en concreto. Nunca he renegado de ella, porque me templa el ánimo, me ayuda a ordenarme la cabeza y a entender la vida.

La estructura de la novela es peculiar, pues combina la ficción con el ensayo, la historia de Alicia y una serie de observaciones intercaladas. ¿Por qué la adoptaste así?

Desde el principio, me pareció que el mejor narrador para una bildungsroman de campus era aquel que descubría el mundo que retrataba a la vez que el lector, como sucede también en ‘El secreto’, ‘Stoner’, ‘El libro de la hermandad’ y en tantos otros, incluso en la saga de ‘Harry Potter’.

No podía dar por hecho que todos los lectores conocieran el mundo académico y sus tejemanejes, y explicarlo desde otra posición, la de una cínica estudiante de doctorado, me impedía mostrar la fascinación y la belleza que convive con sus grises más oscuros.

Sin embargo, ese narrador me impedía hacer ciertos comentarios críticos que tenía muchas ganas de hacer, y por eso aparecieron las observaciones ensayísticas, que enseguida se convirtieron en independientes del tiempo narrativo de Alicia.

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¿Cómo compusiste este personaje para huir de la autoficción y al mismo tiempo reflejar tus propias experiencias?

Reconozco que me costó bastante. Quería que se moviera moralmente en una zona gris. Que no fuera una chica inocente y perfecta seducida por un hombre mayor. En cierta manera lo que le pasa se lo ha buscado ella misma.

No es capaz de una relación auténtica con nadie y representa los perfiles competitivos que se dan en el ambiente universitario no solo entre hombres, sino también entre mujeres. Es terrorífico.

Además de la competitividad extrema, ¿qué otros aspectos de la universidad pública deploras?

Me da mucho coraje la precariedad y que se jueguen asuntos públicos con prácticas que no tienen que ver con lo público. Se debería seleccionar al personal docente con exámenes, no con perfiles estrictos. También me molesta que las humanidades se hayan plegado a la metodología científica.

La novela se subtitula ‘Un tratado sobre la vergüenza’. Llama la atención porque, hoy día, si te fijas en la televisión o en las redes, es como si la gente la hubiera perdido y a veces también el sentido del ridículo.

Así es (risas). Se ven cosas increíbles. Yo me refiero a la vergüenza que surge de la ausencia de capital cultural hereditario si se quiere destacar en algo, como le ocurre a Alicia respecto a sus amigos de familias burguesas.

También a la que debería producir determinadas conductas que sin ser materia de delito carecen por completo de moral. La moralidad pertenece al terreno de las intenciones más allá de las leyes y el derecho. Y que una persona sea inteligente no garantiza que la tenga.

Cartel de la serie ‘Mad Men’.

En el relato hay alusiones a series a las que Alicia y sus compañeras están enganchadas: ‘Pequeñas mentirosas’, ‘Mad men’, ‘Crónicas vampíricas’…

Incluí series de moda de la época en la que la protagonista era adolescente para mostrar el carácter social de ciertas ficciones que romantizan o excusan ciertos abusos sexuales. En ‘Pequeñas mentirosas’, una de las protagonistas se lía con su profesor de Literatura cuando todavía es menor de edad y cinco temporadas, y muchos dramas, más tarde acaba casada con él.

También menciono otras series, como ‘Crónicas vampíricas’ o ‘Mad Men’, que reproducen (y hacen atractivo) el estereotipo del hombre atormentado que no sabe amar y la joven pura que intenta rescatarlo.

¿Cómo te organizas para escribir?

Pienso mucho antes de sentarme ante el ordenador. Cuando ya tengo claros los personajes y la trama me pongo a ello y me marco un límite de cinco mil palabras por semana, que a veces supero. Escribo por la mañana y en ocasiones por la noche. Nunca por la tarde.

¿Y qué haces para desconectar?

Me encantan las películas románticas cutres, cuanto más malas mejor. Mi madre y mi hermana se horrorizan cuando estoy con ellas.

¿Te preocupa el retroceso feminismo y fenómenos como la machosfera?

Creo que tenemos que estar tranquilos. Muchas conquistas del feminismo son intocables, como lo es la jornada laboral de ocho horas. Cosas básicas y de sentido común que benefician a todos. Pero tampoco no hay que dormirse en los laureles. Hay que crear relatos emocionantes que no sean tan paternalistas, bueno, maternalistas.