Eixam

#MAKMAAudiovisual
‘Eixam’ (‘Enjambre’), de Óscar Bernàcer
Guion: Joana M. Ortueta y Jorge Juan Martínez
Reparto: Pablo Molinero, Cristina Fernández Pintado, Pablo Derqui, María Maroto, Gloria March, Jordi Aguilar, Marta Belenguer, Àngel Fígols y Abdelatif Hiwdar
Un producción de Maqueta Films, Nakamura Films y Corte y Confección de Películas
100′, España, 2026

Si bien no fue su primer trabajo de ficción, la carrera del realizador de origen mallorquín, pero afincado profesionalmente en València, Óscar Bernàcer daba un salto sustancial con su cortometraje ‘Bikini’, un sentido homenaje a la España del desarrollismo de los años 50 que recibiría la atención de todo tipo de festivales nacionales e internacionales. El éxito de este trabajo auguraba, en buena lógica, el paso al largometraje.

Sin embargo, como nos cuenta el director en esta entrevista, ese paso aun tardaría en llegar. Mientras tanto, Bernàcer desarrollaba una sólida filmografía centrada en el campo del documental, con piezas como ‘La receta del equilibrio’, ‘Los que buscamos’ y ‘El hombre que embotelló el sol’, y la televisión, en series como ‘La Forastera’ o ‘Una vida Bárbara’, realizada para la plataforma Atresmedia. Pero, como dice el refrán, el que la sigue la consigue y, al final, ese primer largo de ficción llegó como llegaron las lluvias en este verano sofocante que aún estamos padeciendo.

Escrita por Joana M. Ortueta y el guionista y novelista Jorge Juan Martínez, ‘Eixam’ (‘Enjambre’) cuenta la historia de Lluc, un ingeniero que llega, por extrañas circunstancias, a una pequeña comunidad autogestionada entre montañas, apartada de la civilización. Lluc es bien recibido por esta comunidad dirigida –si es que se puede decir así– por Alba, una médico que la lleva con mano aparentemente acogedora.

Pero, a medida que pasa el tiempo, esa cordialidad se torna radicalmente hostil –según Lluc, se va cuestionando sus normas–. De trasfondo, la biografía de un peculiar grupo de individuos que esconden, cada uno, un oscuro secreto de su pasado. Y un misterio: alguien ha envenenado el agua del aljibe que nutre a la comunidad.

Hablamos con Bernàcer sobre este proyecto que se estrena este viernes 4 de septiembre en salas comerciales. Una historia sobre segundas oportunidades, luchas de poder y esa cosa tan inasible que llamamos “la naturaleza humana”.

Es tu primera película de ficción. Tenía entendido que tenías otro proyecto entre manos [‘María Martínez Ruiz no puede volver’].

Óscar Bernàcer (OB): El anterior, sí. Nunca sabes por dónde te va a llevar la vida.

‘Eixam’ (‘Enjambre’), de Óscar Bernácer

Mucha gente no lo sabe, pero sacar adelante una película no siempre depende de lo que uno desea o planee de antemano.

OB: Al final, esto es una carrera de fondo en la que siempre encuentras paradas en el camino que no te imaginabas. De repente, estamos aquí con un proyecto que tiene 15 años y que en su momento iba a ser mi primera película, pero que no acabó cuajando.

Entonces, entró en un cajón, mientras otros proyectos fueron saliendo: los documentales, los cortos, las series… Pero, bueno, algo había ahí que ha hecho que el proyecto volviera a surgir y, al final, sí que va a ser mi primera película. La vida es así [risas].

Ha costado mucho llegar hasta aquí…

OB: Ha costado muchísimo. En el camino todo han sido casualidades y circunstancias a las que te tienes que ir adaptando. Si hubiese sido tozudo y hubiera dicho: “No, yo solo voy a hacer ficción”, con el tiempo, a lo mejor, lo hubiese conseguido, pero me habría vuelto loco porque yo necesito estar activo, necesito hacer cosas.

Conseguir la financiación para los cortos es complejo, pero tienes un recorrido financiero más breve o incluso puedes cometer la osadía de hacerlo con tus propios medios, pero con los largos de ficción eso ya no funciona. Pero con los documentales y las series he podido levantar la cabeza. Tampoco sé si habría salido la película antes si no hubiese hecho nada de esto. Supongo que en algún momento habría salido, pero, como te digo, me habría vuelto loco [risas].

¿Dirías que ese bagaje te ha permitido abordar este primer proyecto con más garantías, con más seguridad?

OB: Pues me ha ayudado mucho a tener tablas, no para ser mejor director, sino para solucionar problemas, para afrontarlos desde la calma. En todos los rodajes hay, cada día, un imprevisto, siempre pasan cosas; y en este rodaje en concreto se juntaban muchos elementos que hacían que un día de rodaje se pudiera convertir en un día muy complicado. Se trataba de rodar con animales, en exteriores, con una orografía donde los transportes y el movimiento de personas e imaginarias era muy complejo.

En ese marco, tú vas viendo que las horas de rodaje van bajando y que tienes que replanificar las secuencias en tu cabeza, y eso, si he podido conseguirlo, ha sido por haber hecho todos esos cortos y documentales todos estos años. Porque los documentales tienen eso también, que tienes que resolver muchas cosas. No se trata de improvisar, pero tienes que llegar a los sitios e intentar resolver la situación de la manera más efectiva. Eso me ha ayudado a llevar la película de una manera más calmada.

Joana, si Óscar se ha encargado de la dirección, tú has estado detrás del libreto. ¿En qué momento entras en este proyecto?

Joana M. Ortueta (JMO): Bueno, este es un proyecto que llevaba mucho tiempo en mi cabeza y que escribí con ayuda de Jorge Juan Martínez porque yo sola no me veía capaz, honestamente. Él tenía mucha más experiencia. Jorge tenía un Goya al mejor guion adaptado y, en un momento de paro laboral, en el que ninguno de los dos teníamos ninguna perspectiva de trabajo, dijimos: “¿Escribimos una película juntos?”.

Yo le hablé de este proyecto y, bueno, peloteamos con algunas ideas y este concepto, que a mí me obsesionaba desde pequeña, nos enganchó. Jorge ha escrito mucha novela negra y yo también veía un thriller aquí, así que nos pusimos a escribirla.

Óscar Bernàcer y Joana M. Ortueta. Eixam
Óscar Bernàcer y Joana M. Ortueta, junto al resto del equipo, durante el rodaje de ‘Eixam’. Foto: Antonio Calatayud, cortesía de A Contracorriente Films.

Os iba a preguntar por el título. ¿Esta idea de enjambre estaba en el origen del proyecto o fue algo que surgió con el desarrollo de la historia?

JMO: Pues mira, el título original era ‘El bien común’, que era un poco la idea que subyacía, el tema de la película. Pero, a lo largo de la escritura, ya desde la primera versión, Jorge y yo nos encontramos con la idea de las abejas y empezamos a ver rápidamente que ahí había una metáfora sobre los roles que cumplen los distintos personajes de esta comunidad y el que cumplen las abejas en estas comunidades hiperorganizadas que tienen.

Y, no sé en qué punto, la película empezó a llamarse ‘En el enjambre’, y luego lo redujimos a ‘Eixam’ porque ‘En l’Eixam», con el apóstrofe, era mucho más complicado visualmente.

Por otro lado, durante el proceso de creación, en la construcción de los personajes teníamos muy claro que iba a haber un rol vital para la comunidad, como es el personaje de la doctora, si bien no sabíamos qué clase de medicina iba a ejercer. Y jugando un poco con las situaciones llegamos a la apiterapia, y de ahí surgió la figura del apicultor.

Entonces, empezamos a leer sobre las abejas y sobre cómo se organizan, cómo se pasan la información con un aminoácido que le transmiten a la larva de tal forma que, de ahí, ya sabe qué tipo de abeja va a ser y cuál va a ser su función en la colmena. Porque esta es una comunidad en la que cada uno cumple una función, cada uno tiene un rol, y no está permitido salirse de ese rol porque es lo que la comunidad necesita para subsistir.

La película afronta la idea de un modelo de organización social alternativa al, llamémosle así, sistema vigente. Sin embargo, enseguida aparecen las fallas y las relaciones de poder. ¿Qué aprendemos de esto? ¿No hay alternativa al sistema o las cosas son como son?

OB: A ver, la sociedad autogestionada es el contexto porque, al final, la película está hablando de relaciones de poder, de segundas oportunidades, de supervivencia… Obviamente, no hay una crítica hacia las sociedades autogestionadas porque, si fuéramos por ahí, estaríamos diciendo que no hay alternativa y yo creo que sí que la hay.

De hecho, cuando ofreces un mensaje de que no hay alternativa, parece que el mejor sistema que tienes es el sistema en el que vivimos y no es verdad. Este es un sistema que falla constantemente, lo estamos viendo con los más desfavorecidos, con situaciones como la de Ceuta… Siempre hay fallas y muchas veces, cuando se intenta resolver un problema, se beneficia siempre a los mismos.

Hay una serie de empresas, de poderosos que siempre acaban siendo los beneficiarios de las grandes soluciones de gestión del país. Y, claro, eso no es admitir que esta es la mejor de las sociedades. Sí que es una sociedad que, bien gestionada, podría ser muy atractiva para la gente, pero cuando vemos que los recursos se van siempre hacia otro lado es cuando vienen las preguntas, los cabreos, las frustraciones y acabas llegando a un punto en el que aparecen estas frases tan peligrosas como que “solo el pueblo salva al pueblo”.

Bueno, el pueblo puede ayudar mucho al pueblo, pero el pueblo necesita recursos, el pueblo necesita que haya una gestión eficaz de los recursos y que las personas que estén a bordo de esa gestión tengan, al menos, un compromiso con su sociedad y no con su bolsillo o con sus acólitos. Muchas veces se olvida que, cuando tú votas a alguien y acaba gobernando, tiene que gobernar para todos, no solo para quien le ha votado. Eso se olvida y ya parecemos forofos defendiendo a los políticos. Es horrible.

Fotograma de ‘Eixam’, de Óscar Bernàcer.

Pero en la película los personajes sí se plantean ese objetivo de fundar una sociedad fuera del sistema, un lugar en el que se sientan protegidos. Al final, ¿todas las utopías tienen algún agujero?

JMO: [Risas] A ver… Yo soy una persona optimista por naturaleza y más bien utópica. Mi coguionista, no. Él es más descreído. A mí me gustaría decirte que sí, que seguro que hay comunidades que funcionan muy bien. Salvando las distancias, esta primavera participé en una residencia de escritura, la primera de la Comunidad Valenciana, en Herbés, un pueblico de Castellón muy parecido a esta zona donde rodamos.

Este pueblo, frente al riesgo de la despoblación, está haciendo un proyecto superchulo de la mano de Àmbit, una asociación de reinserción de presos, trayendo a personas que han pasado por la prisión a vivir y a trabajar allí. De hecho, el censo está subiendo. O sea, que están consiguiendo el objetivo de frenar la despoblación y el ambiente en el pueblo es digno de ver, es una maravilla.

Yo estoy convencida de que, como este, habrá miles de ejemplos. Pero, la película no habla de la imposibilidad de la utopía o del peligro de los problemas de las comunidades autogestionadas; habla de los problemas que tenemos en general como sociedad.

Un elemento de cohesión de esta sociedad que planteáis en la película es esta idea soberana de no traicionar en ningún momento al grupo. De hecho, hay una frase de la promoción de la película que dice: “Una vez entras, ya no puedes salir”. ¿Hay en esa actitud un reflejo de la sociedad moderna? ¿Son las identidades cerradas una especie de prisión?

OB: Sí, claro. La sociedad moderna te obliga a posicionarte, a colocarte, a etiquetarte, a estar todo el tiempo en un lugar cuando, a lo mejor, no tienes una respuesta para cada pregunta o situación que se está viviendo. No tienes por qué saberlo todo, no tienes por qué estar constantemente etiquetándote.

En esta sociedad que vemos en la película partimos de la base de que está fundada en una mentira y, cuando se fundan ideas utópicas y en la base hay mentiras, lo que va a pasar es que todo salga mal.

En algún momento, el egoísmo, los problemas personales y el instinto de supervivencia aflorarán y, probablemente, no se beneficiará al grupo, sino que, dentro del grupo, articulando un mensaje egoísta, se está beneficiando solo a una o dos personas. Al final, sí, es un reflejo de lo que está pasando en la sociedad.

JMO: Es el juego que la película le plantea al espectador. Este es un lugar aparentemente idílico donde lo tienen todo para ser felices, pero hay algo en la condición humana, en cómo nos relacionamos los unos con los otros, en cómo utilizamos la información, el poder, el deseo, que da igual el tamaño del grupo porque se repite una y otra vez. Puedes perseguir unos ideales muy puros, que siempre hay algo ahí, en la condición humana, que nos hace tropezar una y mil veces en las mismas piedras.

Esto es una fábula que se produce en un grupo pequeño, lo que nos permitía un juego de identificación que creo que es muy divertido para el espectador. Pero, como decía, no estamos hablando de cómo funcionan los proyectos autogestionados, estamos hablando de cómo funciona la sociedad en cualquiera de sus tamaños.

Óscar Bernàcer, junto a Cristina Fernández Pintado. Imagen cortesía de A Contracorriente Films.

A lo largo de la película aparece la metáfora de ese enjambre de abejas al que se refiere el título. Os quería preguntar por esa imagen porque, si bien, por un lado, las abejas siempre actúan en beneficio del grupo, por otro, los personajes están en constante colisión entre sí. ¿Qué significaba para vosotros esa imagen?

OB: Bueno, las abejas me fascinan porque ejercen un papel fundamental en la vida por la polinización. Las abejas funcionan a un nivel colectivo, pero también llevan vidas muy solitarias. Como decía Joana, cuando una abeja obrera nace, viene una obrera un poco mayor y le transmite una secuencia de aminoácidos que ya le determina lo que tiene que saber y, a partir de ahí, ya no va a hacer nada más en la vida. La abeja lleva, entonces, una vida que está regida por el grupo, pero totalmente solitaria.

Pero, claro, en los humanos es diferente. Al final, esa abeja no se sale del patrón de la carga de información que le han dado, pero los humanos podemos dudar, podemos vacilar, podemos cambiar de opinión. En la sociedad de esta película todo se hace aparentemente en favor del colectivo, pero es solo aparentemente. No sé hasta qué punto puedo hablar para no hacer un spoiler, pero en los mensajes que estamos viendo hoy en día a nivel político se habla mucho de eso.

En teoría, son mensajes para el pueblo, para el beneficio de todos, pero luego vemos que no es verdad, que eso no sucede así, que siempre hay trampas, que siempre hay una segunda lectura y, además, luego nadie reconoce que esa trampa existe, se retuerce el lenguaje y llegamos a un punto de hastío y de hartazgo, y entonces es cuando entran los mensajes peligrosos de sectores de la ultraderecha que lo único que quieren es reventar la situación para beneficio de unos pocos. En ese sentido, el simbolismo es brutal.

JMO: Yo creo que una de las cosas que nos separa de los animales es la conciencia de la muerte. Los seres humanos somos capaces de sacrificarnos hasta la muerte, sí, pero por cosas muy concretas. Es decir, que si tu atacas a una abeja, sus compañeras van a atacarte a ti, aun cuando, al picarte, van a morir, pero lo importante es que la colmena subsista.

Pero, en esa metáfora, ¿qué lugar tienen las razones egoístas? ¿Una abeja reina se puede permitir otra cosa que no sea poner huevos? ¿Una abeja obrera se puede permitir otra cosa que no sea cosechar polen? No. Lo que pasa es que los seres humanos somos un poquito más complejos y ahí está la gracia. Porque ¿cuál es el límite? ¿Hasta dónde puedo llevar mi búsqueda personal de la felicidad?

Porque vives en comunidad y hay otra gente que depende de ti o que pivota a tu alrededor que tendrás que tener en consideración. O no, y ahí está la metáfora y esa reflexión más profunda que puede dejar esta peli que, por otro lado, es un thriller de corte bastante comercial, una película rápida, ágil, para un público amplio, muy entretenida de ver, aunque, luego, a la salida, empieces a hacerte este tipo de preguntas.

A lo largo de la película, la comunidad se mueve en la necesidad de sacrificar a unos pocos para salvar al grupo. ¿Nos vemos abocados a esa dicotomía? En ese sentido, me recordó a ‘Salvar al soldado Ryan’, la película de Spielberg.

OB: Sí, que al menos a esta madre le quede un hijo vivo, pero si se tienen que morir cincuenta en el camino, que se mueran [risas]. Claro, es que, cuando entramos en el terreno salvaje que, a nivel simbólico, representa la naturaleza, el proyecto idílico en el que viven estos personajes se descompone.

La naturaleza puede ser preciosa, maravillosa, pero también tiene un reveso brutal, oscuro, feo y cuando entras ahí es difícil salir. La peli lleva ese recorrido. Tiene ese primer tramo que te intenta envolver, pero, una vez estás atrapado en esa burbuja, entramos en la parte oscura y te das cuenta de que es muy difícil salir.

Es entonces cuando te haces preguntas como: ¿vale la pena pelearme por esta cuestión? ¿Me callo? ¿Soy mezquino? ¿Utilizo el instinto de supervivencia para beneficio personal y, si tiene que morir uno, que se muera? O cuando decimos que esto es para todos, pero, si no es para todos, que al menos me salve yo… Ahí entra todo el cinismo del ser humano.

JMO: Te vuelvo a decir lo de antes: me gustaría decirte que no, que tiene que haber un camino, pero la historia de la humanidad está llena de ejemplos de lo contrario. Cuando venía hacia aquí, estaba escuchando en la radio al presidente del Gobierno dando explicaciones sobre Ceuta. ¿Y qué es la valla de Ceuta sino un sacrificar a unos para que otros sobrevivan? En cierta manera, es eso. Y así vivimos. Yo solo soy una humilde guionista; yo planteo preguntas, pero de momento no tengo soluciones [risas].

Fotograma de ‘Eixam’, de Óscar Bernàcer.

Aunque el papel protagonista está representado por Lluc, para mí el personaje clave de la película es Alba, interpretado por Cristina Fernández. Es un personaje extraño porque o bien se ha corrompido con el tiempo o ya venía corrompida de su casa. Hace poco escuchaba decir a un analista político que el poder no corrompe, sino que muestra la verdadera naturaleza del que lo ostenta. ¿Como lo veis?

OB: [Risas] Sí, es verdad. Yo creo que cuando tienes poder es cuando se te cae la careta. El personaje de Alba viene de un pasado en el que, fundamentalmente, no ha sido muy querida, no ha sentido el amor ni de la familia ni de los amigos y lo que hace es intentar reproducir sus deseos de una vida perfecta en esa aldea, fundar un espacio protegido. Simbólicamente, la aldea tiene eso del aislamiento, de la seguridad.

Pero todo eso está en su cabeza porque a la gente que trae, la trae bajo unas condiciones que no están muy equilibradas. Ella tiene más información que ellos sobre su pasado y sabe de dónde puede tirar y si, en algún momento, alguien se quiere ir, siempre busca la manera de que no lo hagan. Alba está levantando ese castillo de cristal alrededor suyo para mantener una idea utópica de lo que sería esa vida feliz y en familia que no ha tenido, pero todo eso se irá desvaneciendo poco a poco.

En el momento en que ella, al principio de fundar esta comunidad, ve que tiene a todo el mundo feliz y que siente que los ha salvado de sus problemas, que les ha dado una oportunidad, se crece y sale eso que has dicho tú, que el poder saca la verdadera personalidad del político y de la persona.

JMO: Yo, al personaje de Cristina, que me parece que hace un trabajazo como actriz, no lo veo tanto como una corrupta, sino como una fanática. Quiero decir que lo que ella trae de casa, la infancia y juventud que ha vivido, la ha llevado a sentirse tan desamparada que este es su proyecto de vida.

O sea, que para ella no hay nada más importante que conseguir que esto funcione. Lo que pasa es que cuando nos empecinamos mucho en algo, cuando tienes un ideal tan absoluto, empiezas a descartar aquello que te está dando señales de que no funciona o que no va a llegar a buen puerto.

Entonces, empiezas a hacer excepciones porque no eres capaz de renunciar a ese ideal que has perseguido y por el que has luchado durante años. Sí, me parece más una fanática, pero, a la vez, me parece un personaje superinteresante. De hecho, hay momentos en los que, incluso, podrías decir: “Pero, si es que tiene razón”.

Nuestra intención desde el guion y Óscar desde la dirección era poner al espectador ante esos dilemas morales, incitarlo a juzgar muy rápidamente o muy duramente a un personaje durante la acción, para luego, quizá, llegar a casa y decir: “Pues es que igual yo, en esa situación, habría hecho lo mismo”.

Fotograma de ‘Eixam’, de Óscar Bernàcer.

Como decís, por un lado, está Alba y, por otro, está ese grupo de personas que parece que se han adaptado de buen grado a su proyecto, aceptando o asumiendo sus reglas, aunque saben o no quieren saber que hay en todo ello algo oscuro. ¿Somos tan maleables o nuestros líderes solo recogen aquello que demandamos?

OB: Yo creo que es un poco las dos cosas. Creo que somos muy manipulables porque tenemos necesidades y, muchas veces, pensamos que la solución a nuestros problemas viene de nosotros mismos o son fruto de la suerte o del azar, y no.

Los generadores de opinión son conscientes de que hay mucha gente que está necesitando escuchar lo que quiere oír, no lo que necesita escuchar para solucionar un problema. Saben que la gente quiere que le den la razón, que entiendan su frustración, pero nunca buscando una solución, sino utilizándola para fines propios y egoístas. Y, sí, somos muy maleables.

En ese sentido, creo que estamos en un momento crítico porque el hecho de que tú te relaciones de manera individual con el mensaje, a partir de tu relación con el móvil, te hace todavía más vulnerable que antes. Antes, tú podrías recibir un mensaje en la televisión o en la prensa y lo compartías de alguna manera con más gente, pero eso ahora está totalmente personalizado. La manipulación está muy personalizada.

JMO: Un poco de las dos cosas. Es verdad que, en este caso, hay una selección previa de qué personas van a ser llevadas a esta comunidad. Son personas que la sociedad ha rechazado. En esta sociedad, si a ti te despiden hoy y te pasas seis meses sin pagar la hipoteca, ¿quién te va a rescatar?

Si tienes una red familiar, igual consigues levantar la cabeza, pero si no la tienes vas a acabar debajo de un puente. O si tienes un mal divorcio o algún problema de dependencia o de cualquier otro tipo. A toda esa gente la vamos arrumbando, la metemos debajo de la alfombra, pero están ahí.

En ese sentido, este proyecto comunitario ya parte de gente con ese tipo de cargas a sus espaldas, por eso son más maleables que cualquier otra persona, porque no tienen alternativa, porque lo que tienen fuera es la nada, es morirse debajo de un puente.

Es una película con muchos personajes. ¿Cuál fue la mayor dificultad a la hora de ensamblar todos estos caracteres en el relato?

JMO: Desde el principio teníamos muy clara esa coralidad y, aunque fuimos construyendo los personajes poco a poco, ya desde el primer esbozo sabíamos cuál iba a ser su rol. A nivel de guion, este tipo de historias siempre tienen la complicación de que se te va de extensión porque todos los personajes exigen su parte en la historia. Quieres contar detalles como de dónde vienen o dejar ese diálogo genial y se te va de longitud, que fue uno de los problemas de este guion durante mucho tiempo.

Luego, a nivel de rodaje, no es una película de plató en la que viene el actor, acaba y se va a su casa. Allí había muchísimas secuencias donde participaban muchos actores, incluso muchos figurantes, con niños, perros, y esa coralidad se trasladó al rodaje. Hay figurantes que se pasaron allí dos o tres semanas. Toda esa convivencia comunitaria de la película se trasladó al rodaje y creó un ambiente muy guay.

Fotograma de ‘Eixam’, de Óscar Bernàcer.

Me has hablado de thriller, pero la película tiene también algo de western. Tenemos, por ejemplo, a ese personaje, Lluc, el clásico forastero que llega a un pueblo donde ya residen otras personas para arreglar sus conflictos. ¿En qué sentido os ayudaron los géneros a la hora de armar el armazón narrativo o dramático de la historia?

JMO: Bueno, como decía, ahí Jorge tiene mucha experiencia con la novela policiaca. Al final, se trata de medir cómo vas dando pildoritas de información sin detener la acción en ningún momento. La idea del forastero que llega es muy atractiva para cualquier universo extraño que quieras presentarle al espectador. Te voy a dar la mano de un personaje que está como tú, falto de información, para que descubras, a través de sus ojos, este universo. Con esos mimbres construimos la película.

Por otra parte, últimamente, se han hecho muchas películas con este afán urbanita de huir al campo, pero a diferencia de obras como ‘As bestas’, ‘Un amor’ o ‘Suro’, en esta película no es el protagonista el que va al campo en busca de algo, sino que es el campo el que lo busca él, lo selecciona y lo trae porque lo necesita por algo muy concreto, y esa es una peculiaridad chula de la película que mantiene esa intriga que necesitaba el thriller.

La película tiene un reparto coral de actores mayoritariamente valencianos. ¿Cuándo dejaremos de verlo como una anomalía?

OB: Creo que tenemos ya una generación de directores que conocemos a los actores que hay aquí, a los técnicos, a los escritores, y esa confianza que antes, a lo mejor, no se tenía se está superando y espero que en las siguientes generaciones ya ni se hable de eso, del complejo de inferioridad en la cultura, sobre todo audiovisual, valenciana porque es especialmente doloroso.

Pero también hay una realidad, que es que muchos proyectos se coproducen y, a veces, para que entre una plataforma o una televisión o una financiera X (tampoco vamos a ser naífs), te piden una cara conocida.

El problema es que esto es la pescadilla que se muere de la cola: si en València no hacemos proyectos para que las cabezas de cartel sean actores y actrices valencianos, difícilmente podremos argumentar o defenderlo ante una petición de una financiera o una tele X. Es un trabajo de todos.

La película está rodada en Bejís, en valenciano, pero contiene un discurso y un mensaje que va más allá de lo local. ¿La producción audiovisual valenciana también debe romper esa lógica de lo puramente local para poder trascender a un público mayoritario?

OB: Yo creo que, al final, cada historia tiene sus propias necesidades. Sí que es verdad que, si esta historia la pones en cualquier lugar del mundo, funciona igual. Creo que es una de las virtudes que tiene. Lo que sí ha habido es un compromiso firme de que la historia transcurriera en territorio valenciano, que fueran actores y actrices valencianos y que se rodara en valenciano; eso sí que estaba muy claro desde el principio.

¿Si va a ayudar o no el hecho de que no sea tan territorial a nivel de contenido? ¿Si esto es lo que necesitamos? Pues, no lo sé. Sí que es verdad que ha habido películas extremadamente locales que han sido mundialmente reconocidas. Eso lo decía mucho Serrat, aquello de ser muy local para ser reconocido a nivel internacional.

Que una película funcione depende de muchísimas circunstancias que tienen que coincidir. A mí me gustaría que las pelis valencianas, ya fueran más íntimas, de género, más abiertas, más corales, más territoriales o más locales, funcionen. Lo que necesitamos es que se genere un público que sea fiel a nuestro cine, pero porque le damos buenas películas. Que no sea una cosa solo de militancia, sino que la gente venga porque las películas le parecen buenas. Y yo creo que, poco a poco, eso se está consiguiendo.

El problema es que, tradicionalmente, cuando producías diez películas, si pretendías que las diez fueran buenas, era muy difícil. En ese sentido, cuantas más películas hagamos más fácil será que haya películas que funcionen. Otras no tendrán esa suerte, pero para llegar ahí hay que hacer y hay que hacer mucho.

Cataluña, Galicia y País Vasco son marcas reconocidas por el público. ¿Qué dirías tú que le falta a la marca valenciana para ser reconocida al mismo nivel? Y aquí ya no me refiero tanto al hecho de que sean buenas o malas películas como que se reconozca que aquí hay algo, que en València también se hace cine.

OB: Bueno, al final, de lo que se trata es de que se junte una generación de directores, de creadores y de artistas que esté respaldada por productores, por la Administración y la parte financiera. Que las tres patas estén alineadas. En el momento en el que todo esté alineado, yo creo que será más fácil que esa marca exista. Cuando va cada una por un lado o hay un desinterés de una por la otra, es imposible que funcione, eso seguro.

Pensando en la Administración valenciana actual, hace poco la responsable de gestionar las ayudas públicas al audiovisual ha dejado su cargo. No hace tanto, el director general del Institut Valenciá de Cultura (IVC) [Álvaro López-Jamar] también cesó en su puesto dejando al sector huérfano de un interlocutor. ¿Cómo ves la situación?

OB: Bueno, a nivel de productoras, de creadores, nos deja en una situación compleja. Pero si ya te pones en el vocabulario de los economistas, aparece este discurso que hay en la televisión y en los medios de “generar confianza” en los sectores financieros.

Pues esto es lo que está pasando aquí, que, de repente, ya no somos un sector que genera confianza. O sea, hay que pensarse coproducir con nosotros porque cuando, al final, no tienes a una Administración que te está respaldando, ya no eres tan interesante. Y eso es lo que hay que solucionar.