El ser querido

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‘El ser querido’, de Rodrigo Sorogoyen
Reparto: Javier Bardem, Victoria Luengo y Raúl Arévalo, entre otros
Guion: Isabel Peña y Rodrigo Sorogoyen
Música: Olivier Anson
Fotografía: Álex de Pablo
135′, España, 2026

En el caso del cine, uno de los primeros desafíos a los que se enfrenta todo contador de historias se encuentra en cómo superar su propia subjetividad o, lo que es lo mismo, cómo cimentar su relación con el futuro espectador. Porque, en el fondo, contar historias consiste exactamente en eso, en establecer una correlación clara, precisa, entre aquello que se dice o se muestra y cómo va a percibirlo, descifrarlo, el público de la sala.

Lo estudiábamos en el colegio: aquello del emisor, el mensaje y el receptor, ¿recuerdan? Hay directores, sin embargo, que creen que poner dos imágenes juntas es suficiente para decir algo. Hay quien parece pensar, también, que basta con una frase de diálogo para elevar todo un mensaje o discurso; y no.

Cuenta ‘El ser querido’, último trabajo del director Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña, su habitual colaboradora en las tareas de guion, la relación entre Esteban, un hombre maduro, y Emilia, una mujer en sus 30. Él es un reconocido director de cine. Ella es aspirante a actriz.

En realidad, Emilia ya ha realizado algún pequeño papel para la televisión, nada importante, pero todavía no ha dado el salto que le permita dejar su trabajo de camarera. El problema es que Esteban y Emilia son, además, padre e hija. Tras casi veinte años sin tener ningún contacto, Esteban se cita con ella para ofrecerle un papel en su próxima película.

Pero Emilia, aun viendo en la oferta de su padre una oportunidad, recela de sus intenciones. Para tranquilizarla, él dice que la ha escogido solo por su talento. Pero ¿cómo puede Emilia confiar en un hombre que la abandonó sin mirar atrás? Su reputación de hombre violento no augura, además, muchas garantías de que esta relación le reporte algo bueno.

A la hora de abordar una cinta como ‘El ser querido’, cabe atacar, primero, a su estructura. La cinta arranca con el encuentro entre Esteban y Emilia en un restaurante. En una de las mejores escenas, ambos personajes tantean la situación.

El espacio entre ellos se corta con un cuchillo. Él trata de acercarse a una mujer que, en el fondo, no conoce. Ella busca, por un lado, satisfacer su curiosidad, mientras, por el otro, quizá quiera sobreponerse a sí misma, afrontar una relación que, pese a la distancia propiciada por el tiempo, la agrede emocionalmente. Pero ese primer acercamiento en un tono de impostada cordialidad, de prudencia calculada, pronto saltará por los aires.

Estos primeros minutos de proyección ofrecen lo mejor de esta propuesta. A partir de aquí, sin embargo, la cinta empieza, en mi opinión, a trastabillar. Presentada la situación, expuestos los reproches que se deben mutuamente ambos personajes, a Sorogoyen/Peña les quedaba dar cuenta de su desarrollo. ¿Podrán reconciliarse? ¿Qué otros problemas internos se ponen en juego? ¿A qué reflexión nos anima este conflicto?

Llegados a este punto, no podemos evitar comparar este trabajo con la reciente ‘Valor sentimental’, del danés Joachim Trier, cinta con la que tiene tantos puntos en común. De hecho, podríamos decir que ambas obras se pueden mostrar como el espejo cóncavo y convexo del mismo relato. Dos trabajos que se miran, pero que, como veremos, no se tocan.

En ese sentido, allí donde Trier nos da profundidad psicológica, el dúo Sorogoyen/Peña apenas raspan la superficie de una serie de situaciones más o menos conflictivas y, por momentos, estridentes, pero que aparecen descolgadas de un todo narrativo que va derivando por distintas cuestiones sin llegar a enraizarlas ni engarzarlas entre sí.

Donde Trier indagaba en sentimientos como la culpa y el arrepentimiento, en cómo nos enfrentamos a nuestras propias certezas, Sorogoyen/Peña apenas se limitan a mencionarlo, mostrando una serie de reacciones emocionales provocadas más por la voluntad de los autores que por los propios personajes en su devenir dramático, ahorrándose, por el camino, dar cuenta de las consecuencias y de esa evolución interior.

Donde Trier demuestra rigor, Sorogoyen/Peña carecen de una estrategia sólida. Los responsables de ‘As bestas’ fían el cuerpo de su película a la relación entre Esteban y Emilia durante el tiempo que van a compartir a lo largo del rodaje de la película del primero.

Y aquí a uno le cabría esperar asistir a la progresiva confrontación entre ambos planos, el físico y el emocional. Sin embargo, ambos mundos, exterior (el rodaje) e interior (de los personajes), apenas tienen relación entre sí lo que enturbia todo tipo de asociaciones, especialmente para un espectador al que, una vez más, se le pide que ocupe los huecos.

Así, mientras el protagonista de ‘Valor sentimental’, interpretado magistralmente por Stellan Skarsgård, rodaba una película sobre su propio pasado –lo que le permitía un constante diálogo consigo mismo, contra sus ambiciones artísticas, contra ese yo en un momento de tránsito a la vejez–, Sorogoyen/Peña trasladan la acción de la película de Ernesto al Sáhara Occidental y, en concreto, al año 1932, cuando España era potencia colonizadora en la zona.

Ambas decisiones marcan las diferencias de estilo y discursivas de las dos películas. Mientras en la cinta de Trier la premisa le servía para establecer un diálogo entre su personaje y esa representación filmada de su propia vida, en el caso del filme de Sorogoyen/Peña, esta relación apenas se une por una lejana asociación metafórica, pero sin enriquecer, dar volumen o cumplimentar el desarrollo de la trama principal.

Fotograma de ‘El ser querido’, de Rodrigo Sorogoyen.

Mientras en la película de Trier la relación de los personajes con el pasado se convierte en un asunto capital (el peso de la herencia, los traumas heredados), aquí queda como un mero apunte histórico. Tal vez un capricho de los guionistas ante una cuestión de actualidad que quizá les interesaba, pero que tampoco se aborda en profundidad (de hecho, la aproximación es bastante frívola en el actual contexto político de nuestro país), que en nada nos apela ni apela a los personajes más allá de dar fe de la posición de los directores ante el asunto.

Y lo mismo sucede en la relación con el resto de personajes. Si en la cinta de Trier todo está calculado para dar la réplica a los conflictos interiores de sus protagonistas, en la cinta de Sorogoyen/Peña esta respuesta aparece de manera más bien caprichosa, poco orgánica.

Allí donde el personaje de Nora, interpretado por Renate Reinsve, se enfrentaba a su hermana Agnes en un careo que dejaba expuestas sus flaquezas, la Emilia que encarna Victoria Luengo se encuentra rodeada de desconocidos con los que no puede compartir sus inquietudes si no es de manera harto forzada.

Incluso cuando aparece la (esperada) violencia, Sorogoyen/Peña no se atreven a llevar su artefacto hasta las últimas consecuencias, como si tuvieran miedo de agredir al espectador. Al final, de tanto anunciar la llegada del lobo, este no parece tan fiero como lo pintaban y el drama se cae por su propio peso.

¿De qué tiene miedo Emilia, realmente? Donde Trier trabajaba sobre la posibilidad de la reconciliación, a Sorogoyen/Peña solo les interesa mostrar la supuesta caída del monstruo, su derrota, pero esta posición previa hacia la que empujan a la narración hace decaer cualquier interés dramático.

Y, como en la cinta de Trier, en ‘El ser querido’ aparece el arte como valor supremo. Sorogoyen/Peña quieren aleccionar al mundo del cine sobre un cambio de paradigma: se acabó la figura del genio que cree que todo lo puede. El cine, el arte, no valen una vida. Pero allí donde, en la cinta del danés, ese conflicto articulaba, como una subtrama, todo el engranaje, aquí se queda de nuevo en un mero apunte. ¿Y en qué apela todo esto al espectador?

No voy a comparar aquí las virtudes o defectos del duo Bardem/Luengo frente a Skarsgård/Reinsve porque, encontrando en su trabajo grandes diferencias de matices, justo es reconocer que los actores españoles se encuentran, en cierto modo, vendidos por un libreto que les deja pocos asideros, más allá de una cierta tensión física que explota de manera aleatoria, cuando no previsible, pero sin verdadera carga emocional.

Fotograma de ‘El ser querido’, de Rodrigo Sorogoyen.

Una escena no presenta un conflicto si este no viene de ningún lugar anterior ni tiene desarrollo en la escena que le sigue. Esto no quiere decir que esos conflictos no se intuyan, pero, como decimos, será cosa del espectador extraerlos de su propio imaginario y experiencia, pues la película no se los ofrece (pensemos, por ejemplo, en el caso de la relación de Emilia con la actual mujer de su padre).

Poco aportan, en este sentido, unos diálogos que, pretendiendo reproducir una cierta cotidianidad, caen con frecuencia en lo anodino (¿cómo estás?; ¿tú estás bien?; sí, ¿y tú?; ¿estás bien?; sí, estoy bien, estoy muy bien… Y así)

Tampoco en el apartado visual encontramos al Sorogoyen más osado. Desde la secuencia inicial, rodada en cerradísimos primeros planos, nos topamos con una cámara que va detrás del libreto, pero que no consigue extraerle, desde la puesta en escena, su carnalidad.

Ni siquiera en la escena del rodaje de la escena de la comida (que no desvelaremos, pero que dejamos planteada para quien ya haya visto la película), Sorogoyen logra dar vuelo a una situación que, de tanto referirse a sí misma, caerá en lo trivial.

A esto hay que añadir unos cambios de formato (pasando del panorámico al marco cuadrado, del color al blanco y negro, y de una imagen límpida a otra granulada, según el momento) cuya función en el texto no acaba de encontrar su sentido último. Poniendo a trabajar la intuición, suponemos que estos cambios de imagen quieren llevarnos a algún lugar dentro de los personajes, pero el truco queda huérfano, como una decisión caprichosa.

Tampoco en lo simbólico encuentra el trabajo de Sorogoyen sus mejores bazas. Volviendo a la cinta de Trier, si allí el espacio se convertía en el corazón del relato, aquí el madrileño se deleita con una serie de estampas de paisajes cuyo valor narrativo y metafórico resulta algo vago. Como decíamos al comienzo de esta crónica, no basta con poner dos imágenes juntas para que cobren significado si no sabemos qué las relaciona entre sí (por mucho que dijera Kuleshov).

Con ‘El ser querido’ parece que la pareja creativa Sorogoyen/Peña da el salto definitivo hacia un tipo de cine intimista. Pero como ya sucediera en ‘Madre’ o la reciente serie ‘Los años nuevos’, es evidente que su espacio fílmico no es el de las emociones. Un cine que no penetra en lo íntimo, quedándose en la capa exterior.

Como ocurría con ‘El sexto sentido’ y ‘Los otros’, o entre la primera temporada de ‘True Detective’ y ‘La isla mínima’, parece que estamos ante otro raro caso de semejanzas no previstas. Ya sabemos que las comparaciones son odiosas, pero aquí las diferencias son tan amplias que el ejercicio resulta revelador.

Un trabajo de careo que nos sirve para ver con claridad dónde nos encontramos. Será en ese juego de semejanzas y diferencias cuando queden expuestas, de manera más precisa, nuestras dudas. Trier no solo conoce íntimamente la cultura y el carácter de su país, da cuenta de su espíritu, algo que, en el caso de la propuesta del tándem Sorogoyen/Peña, no pasa de una mirada a vista de pájaro.

Trier hace un profundo ejercicio de introspección. Sorogoyen/Peña, no. Trier es, en cierto modo, un intelectual. Sorogoyen/Peña, no lo son. Quizá tampoco lo pretendan, pero ante un drama como este y contando con un cineasta de su prestigio (la cinta compitió en la sección oficial del Festival de Cannes), uno esperaba una obra de mayor calado. Entre una pieza solvente y una verdadera obra de arte hay una gran diferencia.