Nacho Ruiz. T20

#MAKMAArte
‘La Galería’, de Nacho Ruiz
La Fábrica, 2025

La Galería‘, de Nacho Ruiz (Murcia, 1972), llegó a mis manos la mañana de Reyes de 2026. Me atrapó de inmediato un libro que, como la educación sentimental de Flaubert, es crónica social, novela de formación e historia de amor: amor familiar, amor por el arte y la educación y amor a la tierra que vio nacer a sus personajes.

Es un retrato generacional que, al principio, se desarrolla como una road movie Murcia-Madrid-Murcia donde dos jóvenes persiguen su sueño. Después, se convierte en una especie de grand tour entre feria y feria sin perder el espíritu punk. Pero, sobre todo, es una historia de fe en la capacidad de la cultura para transformar el mundo y de la fuerza de la voluntad que ve colinas donde hay cordilleras.

Nacho, sostienes que el galerista no escribe, quizás por discreción, quizás por alimentar la leyenda de un mundo lujoso y glamuroso alejado del que habita el común de los mortales. Pero tu decidiste romper esa ley consuetudinaria y, además, mostrar una cotidianeidad de lucha denodada, con el fracaso siempre en el horizonte. ¿Cuál ha sido la reacción entre colegas y artistas al verse en las páginas de un libro de no ficción, donde se desvelan las costuras de un traje no siempre bien confeccionado?

Creo que a la mayoría les ha gustado. Es una visión personal de la vida; en realidad, de dos vidas. Lo firmo yo, pero es la historia de los dos y de nuestro mundo, una colmena de actores interrelacionados que, la verdad, han reaccionado sorprendidos a un libro que no es frecuente. Es cierto que el galerista no escribe, las razones son muchas; pero hay una básica, y es la creencia de que el silencio es bueno para el negocio, no en el sentido del de Duchamp, sino en la proverbial discreción de empresarios que manejan afectos personales y equilibrios de egos.

'La Galería', de Nacho Ruiz. La Fábrica, 2025

La palabra galería es polisémica. Procede del término latino que hace referencia a un pórtico o atrio, que bien puede asociarse a una galería de arte, pero en el Diccionario de la lengua española de la Real Academia se recogen más de dieciocho acepciones. A partir de vuestra experiencia, ¿cuáles son las que mejor podrían definir a una galería de arte en la España de estas dos décadas?

Solo con las respuestas que me propones podría hacer un ensayito. Si pensamos que “auction” deriva del latín auctio –que viene a significar “aumentar” –y, en castellano, “subasta” tiene orígenes militares en la Roma republicana (sub asta)–, las acepciones de “galería” son preciosas todas, incluyendo la del gallinero del cine. Es la de “galería” una polisemia muy coherente con algo que, cuando se ejecuta bien, no es ni un espacio ni una persona ni una empresa, sino un contexto que debe aspirar a generar una escena. Eso hemos intentado Carolina y yo tanto en Murcia como en Madrid y creo que lo hemos conseguido.

Hemos coincidido en el II Curso de Coleccionismo y Arte Contemporáneo organizado por la Universidad Nebrija en Avilés, dedicado al estudio de las relaciones que se establecen entre artistas, galerías y coleccionistas dentro de lo que el historiador del arte Juan Antonio Ramírez definía como el ecosistema del arte.

La metáfora biológica es útil para definir el sistema complejo del arte, pero en estos días en los que el fútbol inunda las conversaciones más que nunca, ¿podríamos recurrir a metáforas futbolísticas para hacer un repaso del arte contemporáneo español en estos 25 años, tanto en ámbito nacional como internacional?

O bien, ya que la ‘Odisea’ ha vuelto a las pantallas de cine, ¿hay épica en el sistema del arte español? ¿Contra que amenazas debe luchar? ¿Quiénes son los “pueblos del mar” a los que temer?

Hay épica y hay competitividad. Me interesa más lo primero, y los “pueblos del mar”, enlazando con la pregunta anterior, son las subastas, pero, sobre todo, la fiscalidad absurda que en España nos hace competir en desventaja con el resto de países europeos. Si esto fuese un Mundial, el mercado del arte español se quedaría en cuartos, como la Selección de los 80 y 90.

Nos refugiamos en la épica y en la travesía por el proceloso mar de una sociedad que no termina de entender qué somos y a qué nos dedicamos, pero es que tampoco ha hecho mucho por entender qué es y qué quiere contar el arte de su tiempo.

El fracaso educativo no es achacable al fútbol, pero a veces es un caballo de Troya (perdona el tono juguetón, pero has lanzado la primera piedra) en el que se diluye el esfuerzo que una sociedad avanzada debería llevar a cabo en términos de educación. Si la institución no educa a nuestros hijos en el arte contemporáneo, deberemos hacerlo nosotros.

Estudiar Historia del Arte en España es un acto de rebeldía romántica. No en vano, la titulación de licenciatura universitaria surgió en medio de las revoluciones culturales de finales de la década de los 60 del siglo XX. Pero que dos historiadores del arte recién licenciados decidan abrir una galería en el año 2000 en una esquina del mapa, podría tildarse de locura.

Sin embargo, lograsteis convencer y contar con la ayuda de esas columnas, pilares o puntales de las definiciones de la RAE en forma de artistas, profesores o galeristas. Lo cuentas en tu libro, pero me gustaría ahondar en la importancia de los maestros y maestras en la reafirmación en vuestra decisión.

Hemos tenido varios maestros, todos nuestros artistas nos han enseñado lo que somos. Isidoro Valcárcel Medina y Francesc Torres son dos de los pilares en los que descansa el edificio ideológico, pero también ético y moral. Paco Jarauta, que fue nuestro profesor en la facultad, ha sido un compañero de viaje necesario, generoso y motivador. Hemos tenido cerca gente buena que nos ha ayudado; el sistema, podemos decir así, nos ha favorecido y nosotros hemos respondido con la mayor honestidad y dosis bestiales de trabajo.

Hemos estado siempre dispuestos a aprender y, para ello, no hemos dejado de estudiar nunca. Es la peor forma de oxidarse y, para no perder nunca esa necesidad, es importante rodearse de personas que estimulen la curiosidad y el amor por el conocimiento. Ha sido una aventura en terrenos del pensamiento que nunca han dejado de abrir puertas y nosotros siempre hemos querido atravesarlas.

La historia de los 25 años de T20 se va tejiendo entre ARCO y ARCO, entre la colaboración y regañinas cariñosas de galeristas míticas como Oliva Arauna, Juana de Aizpuru o Soledad Lorenzo, que fueron marcando vuestro camino. ¿Os consideráis herederos de estas galerías pioneras? ¿Por qué pensáis que decidieron ayudaros en vuestro sueño?

Cuando abrimos la galería teníamos 23 y 25 años; éramos niños. Muchos nos despreciaron, pero las grandes nos ayudaron; vieron nuestras intenciones y les gustaron. A todas les hemos querido rendir un mínimo tributo en el libro. Pero nunca hemos querido ser la continuación de nada. Creemos que lo mejor de T20 es haber generado un modelo que, luego, han seguido muchas galerías; incluso alguna lo ha copiado, algo que nos alaga. El reto no es seguir un modelo que funciona, es desarrollar nuevas formas de trabajo que sean tuyas propias, en las que puedas volcar la creatividad que hace este negocio el mejor del mundo, a veces.

Hemos aprendido de todas aquellas grandes galeristas que construyeron nuestro sistema; galeristas mitológicas que, además, son amigas. Ojalá hayamos sido capaces de ayudar a otras más jóvenes en la medida en que nos ayudaron a nosotros.

‘Congress Topless’, de Yann Leto (T20), en ARCO 2014.

De la alegría de ser admitidos en ARCO, al poco tiempo de empezar vuestra andadura, a la tristeza de la expulsión. Dices que, en un determinado momento, la feria eligió el mercado frente a la cultura. ¿Cómo crees que se pueden conciliar estos dos mundos, en apariencia, poco compatibles?

El año de ‘Congress Topless’, de Yann Leto, fue historia del arte y del mercado del arte en España. Una propuesta irónica con una bailarina de topless que ni siguiera estaba totalmente desnuda abrió los telediarios y periódicos de todo el mundo; el escándalo fue global. Nunca había pasado algo así y las colas llegaban al final del pabellón donde estábamos. Lo recuerdo como algo precioso y extremadamente agotador que tuvo un impacto tremendo, por supuesto también en la feria.

No nos expulsaron, el comité nos dejó fuera, pero los comisarios internacionales ya nos habían admitido en los proyectos latinoamericanos con los hermanos Poyón. Pasamos un año entre galerías más jóvenes y nos regeneramos. No fue el viaje al Hades ni Tiresias nos dio pistas de futuro, pero aprendimos mucho, nos regeneramos y, de alguna manera, acabó resultando una experiencia preciosa y necesaria que nos hizo ser mejores después. Es entonces cuando empieza el mayor crecimiento de T20, y T20 Proyectos se consolida como una de las grandes empresas de gestión en el campo del arte contemporáneo en España.

Nacho Ruiz y Carolina Parra, directores de T20. Foto: José Filemón, cortesía de la galería.
Nacho Ruiz y Carolina Parra, directores de T20. Foto: José Filemón, cortesía de la galería.

Carolina Parra y tú sois agentes dobles o triples en ese sistema biológico: doctores en Historia del Arte, investigadores, galeristas, gestores culturales, curadores, divulgadores, coleccionistas… ¿Podría decirse que habéis formado un ecosistema propio, una comunidad de seres vivos en un medio físico inesperado que alimentáis y nutrís? ¿Existe una selección natural darwiniana para los artistas y galeristas?

Somos fauna fascinada en un entorno exuberante lleno de animales interesantes. El fin último de todo es aprender y participar, formar parte de ese paisaje. Hemos intentado generar ese ecosistema y, en Murcia, lo hemos logrado. La ciudad ha sido mucho mejor con nosotros, lo cual es justo porque también le debemos mucho a Murcia.

Sobre la selección natural, es tan cruel como cierto. Este es un ecosistema en el que el sueño se paga siendo devorado, y es bueno que sea así. No hay que dejar nunca de correr, como en ‘Road to Nowhere’, de Talking Heads; esa velocidad de los acontecimientos es vivificante y mucho más positiva que en el mensaje de Byrne.

Hay estudios que afirman que las rupturas de amistad son más dolorosas que las amorosas. ¿Cómo se afronta de forma civilizada el distanciamiento, la ruptura e incluso la traición entre artistas y galeristas o entre galeristas?

Es parte de la vida. No es fácil porque los lazos que se crean son muy fuertes, el camino es muy difícil y está lleno de situaciones que unen. Imagino que esas rupturas se dan en todas las galerías, pero no las hace más fáciles. Nosotros hemos tenido suerte, a día de hoy mantenemos la relación con todos los artistas que han pasado por T20 con dos excepciones, y hablamos de más de 200.

Influyen muchas cuestiones en las rupturas, son dos partes con intereses que, un día, dejan de ser los mismos; por lo tanto, hay que asumirlo como parte del oficio. El problema es cuando surge la amistad, algo que no hemos querido evitar nunca. Entonces, todo es más complicado, pero la vida es así, y no debe ser de otra manera.

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¿Cómo se gestiona esa dualidad que mencionas de ser comerciantes y actores culturales? ¿Por qué son tan interesantes las trastiendas de las galerías? ¿Cuándo y por qué los comerciantes se convierten en coleccionistas?

Toni Montana (Al Pacino) recibe un consejo en ‘El precio del poder’ que desdeña, y eso le cuesta la vida: no te coloques con la mierda que vendes. Fuera bromas, creo que es lógico que el galerista coleccione porque lo que vendemos es fascinante. Además, nosotros lo cargamos de contenido, sabemos qué es y acabamos amándolo. Coleccionar, para Carolina y para mí, era un sueño, siempre hemos sido coleccionistas y la vida nos ha deparado la posibilidad de comprar muchas obras, a veces por la simple razón de que nadie las quería. La paradoja es que muchas de esas obras que nos quedábamos por descarte han sido las más importantes de nuestra colección.

La dualidad que nombras no es excluyente. Tal vez ha existido una consideración no positiva del aspecto comercial de nuestro trabajo, pero los artistas comen gracias a que venden su trabajo, y nosotros también. Las galerías están abiertas, ofreciendo a las ciudades todo lo que tiene, gracias a que venden. Es un poco idiota menospreciar a los galeristas porque venden arte, y bastante snob.

En el citado curso de Avilés, se mencionó la preocupación de muchos coleccionistas por el futuro de sus colecciones, de la importancia de los legados. En el libro se habla, también, de la ausencia de relevo generacional en las galerías de arte. ¿Cuál será el futuro de vuestra galería? ¿Y de vuestra colección?

El futuro no está escrito, como el documental sobre Joe Strummer. A T20 se ha incorporado David Oliveros, que es otra generación, y los próximos años están cargados de proyectos. Es muy excitante pensar en lo que está por venir.

En cuanto a nuestra colección, la idea es que acabe siendo pública. Hubo una primera acción con el Ayuntamiento de Murcia que conllevó un año de exposiciones en el Palacio Almudí. Fue memorable. Hoy no pensamos mucho en eso, somos demasiado jóvenes y hay demasiado que hacer, pero nuestra colección está abierta a préstamos, que concedemos constantemente, y es una gran alegría que las obras cumplan la función social que nosotros asociamos siempre a ellas.

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La supervivencia económica de la galería es un objetivo prioritario, pero a lo largo del libro mencionas varias veces a las Misiones Pedagógicas. El recinto ferial de ARCO se transformó en hospital durante la pandemia en el año 2020 y decidiste curar con el arte a través de conferencias online o los maravillosos cuentos que publicabas en las redes sociales. ¿Crees que la educación artística es el pilar que debemos anclar mejor para que el sistema del arte funcione en nuestro país?

Las Misiones Pedagógicas son parte de lo mejor de este país, de un país que debió ser y no fue, de un proyecto de sociedad. El ejemplo sigue ahí, también son educación emocional. Para nosotros siguen siendo un modelo y una cantera de la que extraer materiales y contenidos, un lugar al que volver siempre.

Aquellas charlas en la pandemia fueron muy importantes para algunos de nosotros en un tiempo de miedo, de soledad y de ausencia de rutinas que ordenasen la vida. Cada sábado, a las 6, daba una conferencia por Zoom: las epidemias en la historia del arte, el horror en el arte, Picasso y la figura, el mercado del arte, el barroco iberoamericano… Era un pretexto para vernos en la pantalla y aprender. Luego, todos debatíamos y abríamos una botella de vino o cerveza y brindábamos. El arte nos unió en tiempos difíciles y di tanto como recibí. Fue una de las cosas bonitas de mi vida, a pesar de las circunstancias.

Y, sin duda, tal y como te decía, la gran asignatura pendiente es la educación en el arte y todo lo demás viene detrás. Hasta que eso no se consiga, España será deficitaria en términos humanísticos.

Me da la sensación de que T20 Proyectos reavivó la ilusión de aquel otoño de 1999 y, sobre todo, es muy gratificante contribuir al descubrimiento del arte de Murcia de todas las épocas dentro y fuera de vuestra comunidad autónoma. ¿Cómo valoráis la experiencia? ¿Qué planes de futuro os guían?

El aprendizaje es necesario. Te puedes quedar quieto, pensar que has llegado y dormir. Entonces, te despiertas y eres pasado, estás obsoleto y no puedes aportar nada. Los proyectos nos hicieron aprender, estudiar materias y campos que no eran nuestros. También nos forzaron a salir de las zonas que mejor manejábamos para crecer como empresa, como historiadores, como gestores y como comisarios. En el recuerdo queda una lista ya muy larga que vemos en la biblioteca cuando miramos la sección de proyectos. Y es muy emocionante.

Siguiendo el espíritu de la Institución Libre de Enseñanza, también estáis participando en la divulgación artística en el espacio rural. ¿Cuéntanos acerca del proyecto del pueblo-museo Genalguacil?

Es un milagro. Un pueblo de 400 habitantes, en proceso de despoblación, que cambia su destino gracias a la decisión de su alcalde, Miguel Ángel Herrera. Todo ha ido creciendo de una forma natural a base de entusiasmo y la implicación del pueblo. Para nosotros esalgo muy importante y nos ha dado mucho.

Una vez, en una expo que inauguramos en su museo de arte contemporáneo, estuvieron todos los vecinos del pueblo. No sé si eso pasa en otros sitios, pero la verdad de este tema es muy intensa, y los artistas lo viven y quieren formar parte de este proyecto en el que tenemos amigos como Ross Roussel, Benjamín Ramírez, Juan Francisco Rueda o Arturo Comas. Por favor, no dejéis de ir, es uno de los lugares más bonitos del país.

Volviendo al lenguaje de la naturaleza, en el recorrido por la historia de T20 aparece varias veces la palabra crisis y fractura, pero también terremoto, huracán, riada, cataclismo. ¿Qué palabra utilizarías para explicar el contexto actual del arte contemporáneo?

Indecisión.

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El libro se entregó en mitad de una terrible catástrofe natural. Tus palabras emocionadas hablan de esa tragedia, del poder de las imágenes que logran hacernos sentir la angustia de nuestras vidas llenas de barro. Ese barro necesario para construir lo útil y lo bello, convertido en símbolo de destrucción y desolación. Y, de nuevo, de entre las sombras surge otra luz, T20 Madrid. A pesar de ser “hijos del punk”, sois defensores del futuro. ¿Cómo nació esta otra idea loca? ¿Qué esperáis de esta nueva aventura?

Somos futuro, y el futuro es arriesgado. Solo el pasado es seguro e inamovible. Ahora que estamos todos con Odiseo, el destino que pensaban los griegos está escrito, pero, a la vez, en manos de los caprichosos dioses. Nos gusta mucho esa idea de la inestabilidad que se debe afrontar en cada tormenta, porque el presente es una tormenta. Esperamos mucho, sobre todo, no aburrirnos nunca y no dejar de aprender.

Volvéis a subir al alambre, pero ya más ensanchado ¿Quién queréis que os acompañe?

Nuestros hijos, nuestros artistas, nuestros amigos, nuestros coleccionistas y todos los que forman T20, que somos muchos, afortunadamente. Va a hacer falta un alambre muy grueso.