#MAKMAArte
‘Gates’, de Misael del Rosario
Galería LouVit
La Gallera
Carrer dels Aluders 7, València
La Gallera de València ha renacido de la mano de la arquitecta Lourdes Benítez y del diseñador Vitor Condeço, ambos al frente de la Galería LouVit. En ella, como por arte de magia, ha recalado el artista Misael del Rosario, sorprendido al ver cómo el antiguo espacio destinado a peleas de gallos, construido hace más de 150 años, se ajustaba como un guante al proyecto artístico en el que venía trabajando los últimos años.
Sorprendido al ver cómo sus 12 pinturas de dos metros de alto por uno de ancho cabían, a modo de grandes efigies simbólicas, en los arcos de La Gallera, un auténtico templo para las obras de un artista que, precisamente, invoca en su trabajo la alquimia de los materiales y cierta mística surgida del inconsciente colectivo al que apela en su proyecto ‘Gates’.
‘Gates’ o puertas, a las que se suma un libro que viene a hacerse eco impreso de cuanto evocan las 12 piezas de la exposición ya clausurada, pero que sigue su curso a través de un libro que aspira a seguir llenando sus páginas con escritos y formas ancestrales basadas en símbolos milenarios.
Símbolos, como destaca el propio Del Rosario, que aparecen cuando tú estás en disposición de poder leerlos, y que él introduce en su trabajo a la manera de un barco que te hace cruzar de lo consciente a lo inconsciente. Por ahí empezamos.

‘Gates’ parte de una pregunta que tú te haces: ¿Cómo podemos relacionarnos con aquello que todavía no comprendemos de nosotros mismos?
Sí, bueno, yo lo que hago es arte informalista, que no tiene no tiene nada que ver con el arte abstracto, que nace de la extracción de la forma, de la síntesis y de la sintaxis de un mensaje. Y, como informalista, me hallo dentro del terreno de lo que está antes incluso de la etapa pre esquemática, permitiendo el olvido de la razón, incluso del gesto aprendido, para involucrarme con la materia de una manera más primigenia y un poco más violenta y anárquica.
De hecho, yo en todo mi proceso artístico siempre empiezo con un gesto bastante violento. Por eso mis soportes son la madera o el metal, porque son los que mejor soportan los golpes, el fuego, los ácidos. En realidad, pienso que el arte es ir trayendo cosas del otro lado, sin tan siquiera traducirlas.
El proyecto ‘Gates’, que he expuesto en La Gallera, empieza con la necesidad de querer escapar no de la forma, sino del hacer del pensamiento, porque al final de todo te das cuenta que hay cierto vacío que no se presta a construir, frente a ese otro tipo de vacío que sí se presta.
¿Cuáles son esos dos vacíos a los que te refieres? ¿Cuál es la diferencia entre ellos?
Mira, hay un vacío que, valga la redundancia, una vez está vacío no hay nada que se pueda crear: es el vacío que crea la mente, que crea la forma, que crea el concepto. Es un vacío que nace del escrutinio muy extremo y de querer entender. Entonces, el hastío te envuelve, porque no hay explicación para todo lo que realmente la mente humana necesita entender. Y, por el contrario, está el vacío que yo trabajo, que es el vacío que se sostiene en una pregunta.
Yo siempre digo que nunca lanzo una pregunta para buscar una contestación. Yo lanzo una pregunta para generar un espacio de trabajo y de diálogo. A esos vacíos yo me refiero. Es decir, yo te llevo al inicio de todo, te lanzo una pregunta y te dejo hablando a solas con tus propias contestaciones.

Tu objetivo, entonces, es promover con tu obra ciertas interrogaciones.
Mi intención ha sido en todo momento la de generar espacios de reflexión a través de piezas que se comunican con el inconsciente, no con la parte de lo que es teórico, académico, de lo que es la proporción, de lo que es la forma, sino con aquello que hacían los expresionistas, que miraban lo que hacían los niños para después repetirlo ellos buscando el inicio de la creación artística. En mi caso, lejos de querer actuar como un niño, lo que he hecho ha sido actuar como un demente.
Yo me quedé viudo hace nueve años, encontrándome con el problema de que todo aquello que me sostenía se rompió. Y es entonces cuando apareció la oportunidad de, en lugar de esconderme en una cueva, salir afuera. En ese sentido, el arte me sirvió como de terapia permitiendo que aflorara toda esa información que estaba latiéndome dentro y que yo no sabía ni cómo se llamaba, ni dónde empezaba, ni dónde terminaba. Y es entonces cuando empiezas a trabajar.
‘Gates’ fue realizada durante cuatro años, mientras pasaban otras cosas. Cuatro años en los que esos ejercicios, esas puertas, se convirtieron en espejos que me devolvían una imagen totalmente distorsionada de cuanto sentía por dentro. Las manchas de pintura se convirtieron en el sentimiento que yo tenía dentro: a veces era ira, otras veces miedo, vergüenza, traición. Entonces, cuando ya has soltado gran parte de ese dolor y de esa violencia, entras como en un estado de reconciliación con todo lo que estás haciendo.
Yo soy un enamorado del mundo de la alquimia. He estado en México y en Perú practicando medicina tradicional del Amazonas y determinadas prácticas ritualistas que me han permitido entender el alma humana de infinidad de maneras. Y, cuando entras en ese proceso, empiezas a tratar la materia de otra forma. Empiezas a introducir el fuego, ciertos procesos alquímicos, a traducir textos que vas quemando y convirtiendo en pigmento. Y todo eso, después, lo unes con la pintura.
En cuanto a lo de las puertas, ‘Gates’, también dices que son puertas que no nos atrevemos a cruzar, que son como heridas, y que tú lo que haces es invitar al espectador a cruzarlas para experimentarlas y no evitarlas.
Claro. Sí. Al final, cada una de esas puertas está sostenida por la idea de una herida, de un arquetipo. En ningún momento intento violentar a nadie, porque en realidad son heridas que ya están sanadas. En cada una de esas puertas, se entra en un estado de violencia extremo que da luego paso a una reconciliación con la pieza, y de esa reconciliación surge la forma final con la que tú te encuentras. Entonces, ¿qué es lo que ha ido pasando? Que durante ese tiempo cada una ha ido suscitando unos sentimientos,
unas dolencias, de los que han ido derivando los colores, la forma de trabajar el material. En realidad, ha sido un diálogo con la materia desde el silencio, mediante una escucha tremenda.
Han sido cuatro años visitando el estudio prácticamente a diario y pintando las 12 puertas a la vez, con instantes, pasados 45 minutos o una hora, en los que el tiempo y el espacio desaparecen, y tú estás ahí literalmente enajenado. Entras en un estado de comunicación con la materia muy fuerte.
Tú cuando estás en ese proceso de enajenación, ¿sabes intuitivamente cuándo tienes que detenerte para que el cuadro tenga cierto equilibrio?
Yo creo que hay que estar dispuesto a equivocarse, a aventurarse, porque eso forma parte del proceso; te va curtiendo. O sea, vas viendo cuándo la obra va latiendo por sí sola y ya no puedes ir con tanta violencia, con tanta masa de color. Pienso que el tiempo es fundamental a la hora de curtir el ojo del artista, aunque ha pasado, y seguirá pasando, que hay brochazos que no los tenías que haber dado. Pero con ese miedo no avanzamos.

También utilizas mucho la palabra símbolo. ¿Cómo lo entiendes? O sea, ¿cómo lo trabajas? ¿Cómo lo interpretas?
Yo el universo simbólico lo trabajo al modo en que lo hacía Carl Gustav Jung y también siguiendo un poco los preceptos de la cábala o de la mística. El símbolo es aquello que te avisa de algo y que, de alguna manera, el inconsciente invoca para que tú puedas dialogar con la información que ese símbolo trae.
Es decir, el símbolo no es algo que tú creas o algo que tú construyes o fabricas o pintas o dibujas. El símbolo florece cuando el contexto es el propicio.
Te pongo un ejemplo. Una de mis obras se llama ‘La espada’ y hace alegoría a ‘Excalibur’. Dentro de toda la historia del rey Arturo, hay una espada que lleva siglos y siglos incrustada en una roca cubierta de zarzas y cuando realmente se descubre es el momento en el que el protagonista de la historia tiene que aparecer.
De manera que el símbolo aparece cuando tú estás en disposición de poder leerlo, de poder entenderlo. El símbolo no es nada sin el ojo que lo ve y que hace lectura de la información que tiene. El símbolo por sí solo no funciona, tiene que haber una relación con él. Yo lo introduzco en mi trabajo a la manera de un barco que te hace cruzar de lo consciente a lo inconsciente.
«No es un sistema religioso, no es una propuesta terapéutica, no es un tarot y no pretende sustituir ningún conocimiento”. Entonces, ¿qué es en definitiva tu proyecto?
Es un juego en el que tú vas encontrando símbolos que te van aportando una información y te van completando y regalando una nueva realidad. Te van recordando esa parte olvidada de lo que tú eres; lo que está en el inconsciente. Hay gente que me dice: «¡Ah, es un tarot, porque son cartas!». Y yo les digo: funciona como un tarot, pero un tarot te promete cosas que esto no te va a prometer.
Esto lo que te promete es una pregunta para que te sientes con una libreta y la contestes, dándote cuenta de que cada día la vas a contestar de una manera diferente. Y cuando estés días y días contestando esa pregunta cada vez de forma distinta, entonces habrás establecido un espacio de diálogo contigo mismo, amplificando tu espacio interior. Es ahí cuando realmente el arte empieza a tener sentido.
Al final, yo soy de los que piensan que los artistas estamos a disposición de la escucha de otra cosa, porque parte del inconsciente; parte de un estado de no conocimiento, a partir de algo que albergas dentro, y que es lo que nos mueve.

‘Gates’ se completa con un libro y viceversa. ¿No es así?
Yo llevo con este libro sobre la mesa alrededor de nueve años, de manera que no son preguntas que yo me inventé de ayer para mañana, sino que han viajado conmigo, las he contestado, las he cambiado, las he vuelto a cambiar, han ido apareciendo símbolos, los he cambiado, los he vuelto a cambiar.
De repente, me iba a Brasil y encontraba una historia que hablaba de tal símbolo y entonces lo integraba. Y cuando ya han pasado tres años y no he cambiado nada, es cuando realmente me he atrevido a darle un poquito de temperatura al libro, tratando de equilibrarla: ha habido textos que han sido muy violentos, otros que han sido muy conciliadores y otros más que han sido extremadamente descriptivos.
Entonces, había que darles un mismo registro para que fueran de la mano y tuviera cohesión. Pero lo interesante ha sido que La Gallera me llamara sabiendo de esta obra y, de repente, cuando entré en su espacio me dí cuenta que tenía 12 huecos que se ajustaban a las 12 obras de dos metros por uno que cabían perfectamente en ese espacio.
Yo siempre he pedido para esta obra espacios que evocaran un templo y que pudieran tener tres alturas, porque siempre hablo del estado de conciencia, del inconsciente y del inconsciente activo, y La Gallera tiene tres alturas. Cuando llegué, obviamente, no cabía en mi asombro, porque no sabía que este tipo de arquitectura existía.
Entonces, claro, te das cuenta de que hay algo que nos está moviendo desde otro lado y te nace una fe extraña en la que no hay dioses a los que poner nombre, sino proyectos tan especiales como este que suceden por una serie de extrañas casualidades.

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