#MAKMALibros
‘Amada Carlota’, de Marta Robles
Espasa, 2025
La cafetería más cercana al hotel se llama Raw Coco. No es fácil tomarse en serio un sitio con semejante nombre en español –una imagina cocos crudos, no un café de especialidad–, pero era un día de lluvia en Gijón y la decisión se tomó sola.
La tarde tenía una única exigencia razonable: café caliente y buena conversación. Así que entré, dejé el paraguas goteando en el paragüero, pedí un cortado y me senté a esperar a Marta Robles, con quien había cruzado saludos y alguna palabra de cortesía en la Semana Negra, pero nunca una conversación reposada.
Llegó desde una habitación de hotel transformada, como acostumbra, en despacho itinerante. Pedí otro café y empezamos a charlar sobre monstruos cotidianos, que son los que más miedo dan. Cuando salimos, había dejado de llover. Me olvidé el paraguas en el paragüero. Más tarde caería una buena tormenta y me calaría hasta los calcetines, pero la charla habría merecido la pena.
Por eso, cuando semanas después me senté a preparar esta entrevista para MAKMA, supe que no podía empezar de otro modo. Porque la charla que Marta y yo comenzamos aquella tarde, entre sorbos de café en una cafetería con nombre tropical, continuó con más calma ante una sala abarrotada de lectores. Lectores de ‘Amada Carlota‘, su cuarta novela protagonizada por el detective Tony Roures.

Así que aquí va todo. El café, el paraguas olvidado y la conversación recuperada tras su charla en el Antiguo Instituto, dentro de los encuentros previos de la Feria de Libro de Gijón 2026.
‘Amada Carlota’ es la cuarta novela protagonizada por el detective Tony Roures. Durante la resolución de un antiguo caso, un escritor le dice a Roures que “escribir una mala novela es muy difícil y escribir una buena es un milagro”. Imagino que para él –y para ti, Marta–, ese milagro no está en la técnica, sino en la emoción. En tener algo personal que decir. Con esto en mente, ¿cuál fue esa emoción personal que hizo que esta historia se volviera urgente y necesaria de escribir? ¿De qué fibra íntima nace este libro?
El escritor Armando Artigas le dice exactamente eso a Roures: que la diferencia está en la emoción, que ni siquiera eso garantiza el éxito y que por ese motivo lo importante es tener algo que decir y una manera personal de hacerlo… Yo no entiendo contar algo que no me produzca emociones a mí misma. Me parecería un fraude. No podría dedicarle horas, días, meses y años a un texto vacío.
En el caso de Amada Carlota, la llama la prendió encontrar una noticia en El País y otra de El Mundo sobre el asesinato de una compañera del colegio a la que no veía desde la adolescencia. La acuchilló su novio, un confiable e inofensivo piloto de Iberia, en la bañera de su casa. Allí la encontraron su padre y su hermano. Eso me hizo pensar, una vez más, en los malos cotidianos. Esos malos que tenemos al lado, en casa, en el trabajo, en nuestros lugares de ocio… son los que más miedo dan.
Roures se enfrenta al caso más complicado de su carrera, por ser el más personal; afecta a la persona que ama. ¿Cambia la brújula moral de Roures cuando la investigación deja de ser un trabajo y se convierte en una necesidad vital?
En realidad, Roures es un tipo tan comprometido y empático, que cualquier investigación se convierte en un asunto personal; de hecho, en un momento de la historia reflexiona sobre lo mucho que le gustaría ser capaz de quedarse quieto cuando oye ruidos en la habitación de al lado, sin que le importe lo que le pueda estar pasando e a alguien en ella… Pero él no es así. No creo que sea su brújula moral lo que cambia sino su necesidad de no fallarle a la mujer a la que ama. El tiene una cicatriz antigua de un momento terrible cuando era corresponsal, en el que no pudo salvar a otro amor de la tragedia. Y eso le pesa.
Fuera del ámbito profesional, la jueza Carlota Aguado no es una mujer que siga las normas establecidas. Ella se sale del guion y tú, como autora, también te sales del mapa de la novela negra clásica. ¿Compartís Carlota y tú el mismo motor, la convicción de que, a veces, para servir a la verdad (o a la historia), hay que saltarse las normas?
De algún modo, sí. Siempre he creído que hay que conocer las normas a la perfección para saber cuáles y cuándo puedes saltártelas. En la literatura y en la vida. Conocer las reglas canónicas de la novela negra permite poder romperlas y construir un artefacto literario diferente, pero eso no significa que esté exento de riesgo. El riesgo siempre es mayor cuando se pretende algo distinto. Y más si quien lo hace es una mujer.
De hecho, a las mujeres que a lo largo de la historia han decidido amar a quien quieren, como quieren, donde quieren y cuando quieren, como los hombres, las han tachado de mujeres fatales, mientras ellos eran celebrados donjuanes. Igual que a las mujeres que querían escribir (como a las que querían leer), se las consideraba tan peligrosas que debían esconderse tras nombres de hombres.
¿Qué es más peligroso, un sistema rígido que no se adapta a la verdad de las víctimas (como el que Carlota desafía) o un género literario que se vuelve fórmula y pierde su capacidad de conmover (lo que tú evitas)?
Un sistema rígido que evita que las víctimas sepan la verdad genera una literatura cobarde, sin sentimientos y sin interés. La creación tiene que tener algo de rebeldía, en cualquiera de sus disciplinas y no servir a un pensamiento único. La emoción puede estar en cualquier novela, independientemente de su género. Y puede encontrarse en los asuntos más irrelevantes. En eso, las novelas han de ser idénticas a la propia vida: tienen que tener algo de tragedia y algo de comedia. Y a veces, en la literatura y en la vida, lo más emocionante no es lo más extraordinario.
La estructura de ‘Amada Carlota’ es un triángulo temporal: el franquismo, los 80 y la actualidad. ¿Fueron un desafío narrativo o una exigencia moral de la historia llevar al lector a saltar entre esas tres épocas?
Ambas cosas. De algún modo, sentí que para contar bien esta historia necesitaba navegar por esos tres espacios temporales; describir a fondo esos tres momentos distintos y a los personajes que los habitaban y que iban cambiando en ellos; pero sabía que eso suponía un desafío narrativo que me obligaba a ser especialmente cuidadosa para que no acabara siendo un obstáculo para el lector.
La figura del psiquiatra Vallejo-Nájera y su “gen rojo” es escalofriante. Durante tu investigación, ¿cuál fue el hallazgo o el documento que más te sobrecogió o te hizo pensar “esto hay que contarlo”?
Aunque siempre digo que tanto el robo de bebés como los abusos en la universidad –los dos casos que investiga Roures en esta novela– son una excusa para hablar de los silencios de las mujeres, el hallazgo de esa teoría descabellada del “gen rojo” de Vallejo-Najera me impactó. Saber que pretendió demostrar, tanto en los campos de prisioneros durante la Guerra Civil como en las cárceles de mujeres tras ella, que existía ese gen y que quien se acercaba al marxismo era degenerado social, moral e intelectualmente me pareció tan increíble como espeluznante. Sobre todo, cuando entendí que esos test psicológicos que Vallejo-Nájera realizaba servían para justificar algo tan injustificable como el robo de bebes.
La supremacía ideológica sirve a todos los regímenes que llegan al poder a través de la violencia para defender lo indefendible; además, se apoyan en la supremacía moral, que durante la dictadura franquista sustentaba la Iglesia, con mucho poder en la educación y en la sanidad.
Algo muy presente en ‘Amada Carlota’, y en tu literatura en general, es que evitas la división simplona entre buenos y malos. Esta novela grita y reivindica desde la complejidad humana más honesta. Hay mujeres que rompen su silencio y se convierten en pilares, pero también las hay cuyo papel es ambiguo o incluso cruel. Del mismo modo, frente a los monstruos masculinos, nos encontramos con hombres íntegros como Roures, Manos o Prieto.
En un momento en el que cierta narrativa –también la feminista– tiende, a veces, hacia el arquetipo simplificador, tú construyes personajes llenos de matices. ¿Sientes que es un acto casi de rebeldía literaria insistir en esa complejidad? ¿Corre el riesgo el discurso de perder fuerza cuando pierde verosimilitud?
Siempre me ha sorprendido esa reivindicación, a mi entender estúpida, de que las mujeres somos seres de luz. Creo que la igualdad solo se dará cuando se entienda que entre nosotras hay mujeres buenas, malas y regulares; y que tenemos el mismo derecho que los hombres a equivocarnos. Eso es la igualdad: tener los mismos derechos, obligaciones y oportunidades. Más allá de eso, todos, hombres y mujeres, somos únicos. Cada uno distinto al otro; y en todos nosotros cabe el bien y el mal. Y que emerja uno u otro depende mucho de las condiciones en las que nos toque vivir, más allá de los dones que nos hayan correspondido.
Es verdad que hay personas mejores o peores que otras, pero influye su situación y si la propia vida las pone al límite o no. No soporto el relato de buenos y malos en la literatura. Tampoco en la vida. Me parece injusto, facilista y totalmente falso.
La música es otro personaje en tus novelas. Podemos leer ‘Amada Carlota’ mientras escuchamos su propia lista en Spotify. Si tuvieras que elegir una sola canción como banda sonora del viaje emocional de Carlota Aguado en este libro, ¿cuál sería y por qué?
‘Do you love me’, de The Heartbreakers.Yo siempre escribo de amor, porque, para mí, lo más importante en la vida es el amor; incluso por encima de la muerte. Si supiéramos que cuando nos morimos nos íbamos a reencontrar con las personas a las que amamos, no nos importaría nada morirnos. Como no lo sabemos, nos aterra. Desde que nacemos hasta que morimos buscamos el amor de uno u otro modo, queremos que nos quiera nuestra pareja, nuestro grupo, la sociedad; y para eso buscamos éxito, poder…cualquier cosa.
La gran pregunta de esta novela es esa: “¿Me quieres?”. Una pregunta que formulamos en alto o en silencio y que nos vuelve muy vulnerables; sobre todo porque siempre confiamos en aquellos a los que admiramos (otra forma de amar) y amamos.
Me gustaría cerrar con una pregunta que por algún motivo imagino en boca de Roures: ¿qué es más difícil de perdonar, una traición personal o la indiferencia de una sociedad que prefiere olvidar?
Hay que distinguir entre lo que realmente es una traición personal y lo que no lo es; depende de lo que se pacte entre las partes. Roures pone por encima de la fidelidad esa lealtad que es parte de su ADN. Por otra parte, Roures sabe –como lo sé yo– que, a veces, todos necesitamos olvidar algo del pasado para sobrevivir a nuestros propios errores; otra cosa es que intentemos negar los delitos de nuestra sociedad o que seamos indiferentes al dolor ajeno… Eso, como bien diría Shakespeare, nos convierte en monstruos.
Coda
Cierro esta charla frente a un café frío, habiendo recuperado alguno de los hilos que empezamos a tejer en la cafetería de los cocos crudos, y agradeciendo a Marta su generosidad.
Marta Robles habla de monstruos cotidianos con naturalidad. Lo hace con esa mezcla de perplejidad y lucidez que solo tienen las plumas que saben mirar. Quizá por eso ‘Amada Carlota’ no es una novela negra al uso. Porque los monstruos no siempre van armados o tienen nombre propio. Porque una sociedad que prefiere mirar hacia otro lado puede ser el peor de los villanos. La grandeza de Marta está en recordarnos que el mal no viene siempre de fuera. El mal está en casa, en los abusos que nadie quiere ver, en los silencios que nos hacen vulnerables.
De aquella tarde lluviosa no me traje nada material. El paraguas se quedó allí, huérfano en su paragüero, quizás esperando a que otro despistado lo necesite. Yo salí con la certeza de que, como dice Robles, todos llevamos un monstruo dentro, pero también la posibilidad de elegir no serlo. Y que la literatura, cuando se hace con emoción, sigue siendo el mejor paraguas contra la intemperie.

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