#MAKMAAudiovisual
‘La bola negra’, de Javier Calvo y Javier Ambrossi
Reparto: Guitarricadelafuente, Miguel Bernardeau, Carlos González, Milo Quifes, Penélope Cruz, Glenn Close, Lola Dueñas, Antonio de la Torre y Albert Plá
Música: Raül Refree
Fotografía: Gris Jordana
158′ España, 2026
A la hora de abordar cualquier película, el cronista se encuentra, además de otras consideraciones, entre varios puntos de tensión. De un lado, aparece el elemento subjetivo (su percepción sobre lo visto en pantalla, las intenciones o mirada del autor, un cierto contexto social, cultural e, incluso, político), del otro, el objetivo (¿ha conseguido dicho autor su propósito?, ¿es este propósito interesante desde un punto de vista artístico?).
Entre esas líneas de carga se encuentra, además, la presencia del lector-espectador, esa figura a veces difusa, pero que es, al fin y al cabo, el sujeto de toda comunicación y al que, de alguna manera, invitamos a participar en el debate desde su propia mirada subjetiva sobre aquello que la obra ha intentado transmitirle.
Un espectador que, como es el caso de la película que nos ocupa, se puede sentir también íntimamente coaccionado por las campañas de promoción que, con demasiada frecuencia, acaban desbordando a las propias películas y que, sin duda, influyen en la construcción de un estado de ánimo anticipado que marcará su percepción de la obra (artículos, entrevistas), así como su valor último.
‘La bola negra’, última producción de Javier Calvo y Javier Ambrossi (‘La mesías’), apunta a tres historias relacionadas entre sí. Por un lado, tenemos a Sebastián, un joven trompetista que, en plena Guerra Civil, luchará en el bando rebelde y que, por una serie de casualidades, queda al cuidado de un soldado republicano que ha sido herido y apresado en el campo de batalla.

Por otra parte, nos encontramos con Carlos, hijo primogénito de una familia pudiente de la Granada de preguerra que, contra sus propios intereses y frente al rechazo de las fuerzas vivas de la ciudad, aspira a entrar como miembro de su casino, institución de gran influencia y prestigio entre la alta sociedad.
Ambas historias quedan ligadas a la peripecia de Alberto, un también joven dramaturgo e historiador que, ya en nuestros días, ha encontrado las páginas perdidas de la última obra que escribió Federico García Lorca antes de morir fusilado.

Explicado brevemente el argumento, me gustaría anticipar que ‘La bola negra’ me ha parecido, como casi todo lo que he visto de los Javis, una obra de un interés irregular. Desde su irrupción en el mercado español, encuentro el trabajo de este dúo creativo afectado por una falta de control, entre la pirotecnia visual y el reconocimiento por cierta perspicacia a la hora de escoger sus proyectos, y unos relatos que, despejado el aparato promocional y ciertos giros (¿trucos?) dramáticos o fílmicos, enfrentados de manera cruda a aquello que quieren contarnos, aparecen demasiado redundantes.
Con ‘La bola negra’, hay quien ha querido celebrar ciertos excesos de su puesta en escena como una muestra de arrojo por parte de una mirada creativa que no teme asumir riesgos. Y bien está que haya quien lo aprecie así.
Pero tampoco cabría censurar a quien vea en buena parte de sus decisiones dramáticas y formales una potencialidad que a veces se concentra en sí misma, sin ese algo más, esa vuelta de tuerca que supere el mero encandilamiento y que, más allá de su declarada originalidad, empuje a construir un todo holístico de verdadero calado; un algo mayor que eleve el valor de cada parte. Podríamos decir que, despejado el envoltorio, queda una mirada cargada de lugares comunes que, tarde o temprano, aparecerán en pantalla.
Entre los puntos fuertes que atesora ‘La bola negra’ se encuentra un trabajo de fotografía y una producción francamente arrolladoras. Tanto la fotografía de Gris Jordana como el departamento de arte de Roger Bellés se combinan en un trabajo que arropa las ideas de los dos realizadores y las empujan hacia arriba, incluso, en los momentos más difíciles de sostener durante su desarrollo.

Como es sabido, nunca es fácil abordar un texto de época y menos todavía un periodo, por mucho que haya a quien siempre le parezca insuficiente, tan manoseado como nuestra Guerra Civil. En el caso de ‘La bola negra’, cabe reconocer que dicho trabajo de producción logra un grado de veracidad pocas veces conseguido en nuestro cine.
Ya en el plano puramente narrativo, las cosas empiezan a aquejar de ciertas debilidades e, incluso, una falta de cohesión sobre el conjunto. En este sentido, podríamos dividir la película en tres bloques bien diferenciados, de acuerdo a ciertas dinámicas gramaticales. Una clasificación quizá algo esquemática, pues aquí todo está astutamente entremezclado con la intención de compensar y tapar huecos, pero que creo que concuerdan con la propuesta.
En un primer bloque tendríamos las escenas que, podríamos decir, se ajustan estrictamente al desarrollo del argumento. En este sentido, la cámara de los Javis juega a romper la composición, abriendo un espacio vacío en el encuadre, dejando a los personajes acodados sobre el margen inferior de la imagen que, en un primer momento, puede parecer algo refrescante, por distendido (¿deliberadamente descuidado?), incluso poco ortodoxo, pero que, según avanza el metraje, acaba impacientando la mirada del espectador, haciendo demasiado evidente la mano de los directores sobre la pantalla, lo que creo que interfiere –sin saber muy bien qué suma más allá de un cierto esteticismo– a la inmersión.
Cabría imaginar, también, que este esteticismo algo forzado en la composición trata de compensar el planteamiento estático de muchas de las escenas por las que discurre la película (es decir, conversaciones), pero, percibido el recurso, acaba, como digo, desbancando nuestra atención.
En un segundo bloque, aunque no el más importante, encontramos la tercera parte de la película, la que corresponde al relato de Alberto, ambientada en la actualidad. Un tramo en el que Calvo y Ambrossi concentran todo el aparato discursivo-explicativo de la película y en el que, salvo en un par de secuencias, se dirimen buena parte de las cuestiones y el discurso sobre el que se sustenta.
Una parte que, por momentos, los directores, no sé si intencionada o involuntariamente, se apoyan sobre la estética del reportaje documental, lo que incluye los clásicos planos de busto parlante propios del género y que, para este cronista, más que un golpe de efecto, desarticulan buena parte del trabajo, devolviendo de forma brusca al espectador a la platea, fuera de la pantalla.
Y, luego, encontramos un tercer bloque de imágenes en el que primará la búsqueda de un cierto sentido simbólico y que constituyen su apuesta más potente. Y aquí podríamos decir que su propuesta acierta tantas veces como tropieza reiteradamente consigo misma.

Por un lado, hay en ‘La bola negra’ de Calvo y Ambrossi una búsqueda de ese momento icónico que quedará para el comentario posterior o como hito visual de su trabajo. Pero esta búsqueda deliberada del icono aparece, a ojo del espectador atento, demasiado evidente, demasiado subrayada, perdiendo así parte de su pretendida potencia discursiva.
Pienso, por ejemplo, en las dos escenas que interpreta Penélope Cruz (cuya presencia en la película ha centrado buena parte de la cartelería promocional, siendo un personaje muy secundario), o aquella en la que el joven Carlos baila con el resto de parroquianos de una taberna que frecuenta con sus amigos; dos momentos que se demoran en el tiempo y que, aparte de dar cuenta de un cierto virtuosismo en la puesta en escena (la segunda está rodada en un único plano secuencia), no aportan demasiado al relato.
El otro bloque de imágenes responde a una intención de los directores por introducir al espectador en una serie de impresiones que apoyen o induzcan a una cierta emoción que describa de manera puramente visual los sentimientos de sus personajes. Y aquí podemos encontrar algunos de los mejores planos e ideas de esta película. Momentos en los que los directores juegan con una cierta ironía que –gustará más o menos de acuerdo con una interpretación no literal de esa realidad retratada– funcionan con eficacia.
Me refiero al momento en el que Carlos observa a un grupo de marineros que descansan sobre la tapia de un paseo de la ciudad, o cuando un grupo de soldados se bañan desnudos en la playa (¿una mofa hacia cierta masculinidad reclamada por el franquismo?) o, más tarde, cuando estos mismos soldados hacen carreras con el coche por esa misma playa en plena noche.
Pero sucede, también, que los Javis acaban, con frecuencia, por arruinar sus propios logros en estos pasajes en base a una repetición que termina por enfangar el discurso y el desarrollo de una película que se va tornando plomiza, por ese exceso de reiteración, según avanza en su metraje.
Eso cuando no acaban por darle la vuelta a su intención original, según estiran estas situaciones en busca de un más allá que acaba por desbancar cualquier sutileza. Como si, no confiando en la imagen, necesitaran explicarla aclarando su interpretación y ahí, cuando se revela el fondo, esa impresión previa se acaba distorsionando.
En este sentido, no quiero dejar pasar de largo la que quizá sea la escena más potente de esta película. En un momento dado, Carlos, tras sufrir un bombardeo, despierta en un paisaje helado. Sin saber cómo, se encuentra rodeado de nieve y un viento azota su frágil figura desde un fondo sin determinar.
La imagen es poderosa y nos acerca al propio estado de ánimo de un hombre perdido en sí mismo. Pero los Javis no podían quedarse aquí y estiran la situación hasta chocar con el verdadero sentido de la escena, cuando descubrimos que Carlos se encuentra en una especie de limbo en el que termina hablando… ¿con Dios?

También en el apartado interpretativo encontramos lo mejor y lo menos bueno de esta producción. Entre lo mejor se encuentra el trabajo de Guitarricadelafuente, Miguel Bernardeau y Milo Quifes en sus papeles respectivos de Sebastián, Rafael Rodríguez Rapún –el soldado republicano herido y último amante de Lorca– y Carlos.
Con su presencia en pantalla, los tres logran levantar tres personajes de gran carnalidad a pesar, como veremos, de un libreto en el que quedan bien definidos, pero que no llega a profundizar en sus contradicciones, afrontando situaciones que rozan por momentos lo risible (véase, por ejemplo, el primer encuentro entre Sebastián y Rafael).
A pesar de ciertos obstáculos, los tres logran transmitir a sus personajes esa intimidad que necesitaban una serie de cuestiones que afectan o se expresan a través de estados de ánimo que logran aflorar en las imágenes.
Entre lo muy menos interesante encontramos la intervención de Carlos González, en el papel de Antonio, Penélope Cruz, en su representación de una cantante cabaretera, y una Lola Dueñas que no se encuentra a sí misma en el papel de madre de Alberto, conformando un bloque del relato que, sinceramente, le sobraba a la película.
Eso por no hablar de la insufrible intervención de una Glenn Close en el papel de una hispanista británica que queda en mera caricatura en una de esas operaciones de condescendencia hacia nosotros mismos tan propias del cine español.
Se han expuesto en todo tipo de medios –y sus autores se han encargado de difundirlo– muchas posibles interpretaciones sobre qué cuenta una película como ‘La bola negra’. Despejado el ruido mediático de la promoción y vista la película, podemos decir que el trabajo de Calvo y Ambrossi se eleva como una cinta-denuncia sobre la situación de lo que hoy llamaríamos comunidad LGTBI+ en la sociedad española del primer tercio del siglo XX y, en concreto, en el contexto de la irrupción de la guerra y el posterior franquismo. Y eso está muy bien. Al margen de ciertos elementos algo hiperbólicos, ni podemos ni deseamos censurar las intenciones de sus autores.
Sin embargo, tras la denuncia, uno se encuentra, después de muchos giros dramáticos (algunos ciertamente gacetilleros; como la relación final entre los tres personajes que protagonizan la película, un recurso muy almodovariano, una de las referencias explícitas de la película y quizá su mayor lastre), con la denuncia misma y, si lo pensamos, muy poco más, lo cual deja al espectador en una tierra de nadie que habitará o no en tanto en cuanto su mirada hacia ese periodo de nuestra historia se acerque a la de los Javis.
En mi caso, puesta la atención sobre las pistas, esta atención fue decayendo según me aproximaba a los títulos finales, causa de un drama que iba perdiendo fuelle a medida que discurría por sus muchos detalles.
¿Y de Lorca? Pues Lorca, aun participando en alguna de las secuencias más logradas de la película, se queda más como gancho que como verdadero nudo del relato (lo han dicho los mismos Javis y, aquí, si les hago caso), si bien su presencia consigue dar unidad al argumento y a una idea general en torno a la expresión de un deseo a futuro de una España que sepa curar sus heridas y acepte otras formas de ver y entender la vida, el deseo y el amor.
¿Me ha gustado ‘La bola negra’? Diría que, por momentos, sí. Pero, en otros muchos, la película se alejaba de mí como el sermón de un cura que encuentra la iglesia llena un día de boda, el discurso de un político en campaña electoral o la disertación de un conferenciante que, por momentos, parece que va a decir algo realmente revelador, pero que aplaca mi entusiasmo según aquello que, en principio, sugería, deriva por caminos trillados o acaban, en razón de su propio circunloquio, encerrado en una plaza sin salidas.
Habrá, sin duda, quien se deje entusiasmar por el envoltorio, pero, reconociendo que este tiene detalles de orfebrería muy bellos, no logró sacarme de una sensación de tránsito hacia otra película posible, con los mismos elementos, pero algo más medida.
Una película más pendiente de sí, de sorprender al mercado, que de darnos una obra más profunda en torno a las cuestiones que tratan los Javis, con muchos menos vericuetos. Como le sucede en un momento dado al personaje de Glenn Close, creo que tengo más curiosidad por lo que no se sabe de estas posibles historias que por lo que veo. Pero, oye, como decíamos más arriba, aquí todo el mundo tiene derecho a discrepar.
- ‘La bola negra’ (Javier Calvo y Javier Ambrossi): cuando las formas devoran el todo - 29 septiembre, 2026
- Xavi Puebla (‘Femenino, singular’): “Me suelen desagradar las películas en las que los personajes parecen marionetas que han sido diseñadas para construir un discurso” - 25 septiembre, 2026
- Fernando González Molina (‘Cronos’): “Los atentados de La Rambla y lo que sucedió en las horas posteriores son una herida cerrada en falso” - 21 septiembre, 2026


