#MAKMAAudiovisual
‘Kakeru’, de Hirokazu Koreeda
126′, Japón, 2026
‘Un amor posible’, de Lee Chang-Dong
164′, Corea del Sur, 2026
En la ya mítica ‘Blade Runner’ (la buena, la de 1984), Ridley Scott nos enfrentaba a un futuro distópico en el que la inteligencia artificial había dejado de ser un sueño para convertirse en realidad. En un mundo dominado por la más negra oscuridad, los androides –llamados aquí replicantes– cobraban conciencia de sí, algo que, más que animarlos a iniciar una lucha cruenta por dominar a los humanos (como en ‘Terminator’), los empujaba a enfrentarse a una cuestión netamente existencial: cómo lidiar con su propia finitud.
Como todo el mundo sabe, los replicantes llevaban insertado en su programación la fecha del fin de sus vidas, circunstancia que provocaría que abandonasen las tareas para las que habían sido diseñados y se rebelasen contra sus creadores. Puestos a que nos lancen hacia la nada, al apagón de nuestra conciencia, al no ser, quizá sea mejor vivir el poco tiempo que tenemos en libertad.
De algún modo, si bien desde otra perspectiva, el último trabajo del japonés Hirokazu Koreeda viene a retomar aquel argumento. ‘Kakeru’ (titulado ‘Sheep in the Box’ para el mercado anglosajón), nos introduce en uno de los tantos futuros ya cercanos en el que los robots inteligentes nos acompañan en nuestro devenir cotidiano.

En este nuevo presente, un matrimonio encarga a una compañía de alta tecnología una réplica de su hijo recién fallecido. De esta forma, la pareja pretende tapar el dolor causado por el duelo por la pérdida del niño. El conflicto comienza cuando, de regreso a su casa, el matrimonio empieza a comprender que las cosas no son tan simples como se anunciaban en los folletos de publicidad.
No es la primera vez que Koreeda se nos pone en modo futurista. Ya en ‘Air Doll’ el director japonés se enfrentaba a algunos de los dilemas hacia los que apunta la convivencia con estas nuevas inteligencias no humanas.
Ahora bien, si en aquella ocasión la muñeca que protagonizaba el relato servía de excusa para poner en valor la curiosidad por los otros en una sociedad que, como hemos ido viendo a lo largo de los años, tiende hacia el nihilismo individualista y la soledad, aquí nos enfrentamos a otro problema no menos profundo: cómo afrontar la pérdida de un ser querido.
En un tono sencillo y directo, Koreeda nos invita a reflexionar sobre cómo asumimos las ausencias en un mundo en el que parece que tratamos de extirpar el sufrimiento de la compleja ecuación de la vida.
El matrimonio entre Kensuke y Otone funciona relativamente bien, pero hay algo entre ellos, una especie de abismo invisible, que se interpone a su felicidad. Será entonces cuando Kensuke le proponga a su esposa esta solución. Y aunque ella, en principio, desconfía, aceptará finalmente la idea.
En un primer momento, la ilusión de ver a su hijo de nuevo junto a ellos excita la curiosidad de Otone, que se vuelca en su cuidado y atención. El problema empieza cuando el pequeño Kakeru comience a dar muestras de su verdadera naturaleza. Puede que este nuevo Kakeru se comporte como ese hijo idealizado que añoraba la pareja, pero no es el verdadero Kakeru.

Con esta sencilla trama, Koreeda nos enfrenta a dos cuestiones relevantes. La primera nos remite a la imposibilidad de sustituir a un ser humano por algún tipo de réplica mecánica. En manos de Koreeda, cada máquina humana aparece, de manera indirecta, como el resultado de una serie de azares que nos convierten en seres únicos, excepcionales, compuestos por una particular acumulación de experiencias y aprendizajes que marcarán nuestra personalidad, y siempre que tratemos de replicarla, fracasaremos.
En el mejor de los casos, daremos vida a un ser distinto. En el peor, obtendremos una especie de esclavo. Creyendo traer de nuevo a su hijo a la vida, Kensuke y Otone dirigen constantemente el comportamiento de Kakeru para que se acerque a su recuerdo, lo que acaba por condicionar el libre albedrío del niño y, en definitiva, una humanidad que no es tal, sino un simulacro a merced de sus expectativas.
Y, claro, eso es cualquier cosa menos amor. Y a esa falta de amor verdadero, le sigue el vacío interior. Dice, entonces, Koreeda que la vida es como es, con sus límites temporales, sus azares, con frecuencia dolorosos, y por mucho que nos opongamos, no lo podremos evitar. Mejor aprendamos a convivir con ello.
Por otra parte, Koreeda nos acerca al lado de las máquinas. Consciente de su existencia, y como ocurría en ‘Air Doll’, pronto el nuevo Kakeru empezará a explorar por su cuenta los límites de ese nuevo mundo en el que ha despertado. No tardará en encontrar a otros como él.
A pesar del tono tan suave con el que aborda el relato, Koreeda nos asoma al vértigo de un mundo en el que ya existe una inteligencia superior a la nuestra. Una inteligencia que, como ocurría en ‘Her’, de Spike Jonze, acabe por desbordarnos, deseosa de una vida que quizá ya no se parezca en nada a nuestra vida. ¿En qué lugar quedaremos nosotros cuando las máquinas ya no nos necesiten? ¿En qué consiste ese nosotros frente a estos otros seres iguales, pero, al mismo tiempo, tan distintos?
Con ‘Kakeru’, el maestro Koreeda muestra una vez más su capacidad para trabar relatos sencillos en su concepción, pero de hondo calado emocional. Una pieza que discurre de manera natural por la pantalla, lo que nos puede dar pie a pensar que estamos ante una obra menor. Es, una vez más, esa sencillez y claridad su mayor logro.
Koreeda aborda, de este modo, algunos de sus temas de siempre (las relaciones filiales, la familia en un sentido amplio), pero lo hace aportando nuevos puntos de vista. No estamos, desde luego, ante el Koreeda más sorprendente, y quizá se note cierta falta de pulso y un exceso de funcionalidad en su puesta en escena, pero el artefacto dramático es eficaz y roba nuestra atención con su sutileza característica.
En un contexto en el que el cine (como tantas otras cosas) ha tomado como guía el camino de lo extravagante, lo grandilocuente, el ruido, un poco de Koreeda nunca está de sobra. Cine que nos hace pensar sin estridencias. Un pequeño regalo.
Ocultar el dolor
Entre las voces que volvían a la cartelera, encontrábamos la del coreano Lee Chang-Dong, que regresaba a la dirección tras casi diez años de ausencia desde ‘Burning’, su anterior trabajo y una de sus piezas más celebradas. Chang-Dong vuelve con otra propuesta que retoma la escritura de un cine que, sin perder la dirección del argumento, no se ajusta exclusivamente a este, sino que se expande como una experiencia vivida.
Chang-Dong deja que sus personajes se muevan por la pantalla, pero moldeando la trama a sus necesidades y su lógica, y no al revés. Eso le permite al coreano colmar su película de matices, pequeños detalles que enriquecen aquello que pone en juego, humanizando a sus personajes sin perder la cohesión. Una cinta en la que el espectador entra en un universo particular en el que se dejará llevar, nadando en un caldo más espeso de lo que disfraza la aparente ligereza de las formas.
‘Un amor posible’ nos presenta dos situaciones que conviven, en principio, sin conexión. De un lado, tendremos a Mi-ok y Ho-seok, un matrimonio de clase baja que vive a la sombra de un intenso trauma. Dos años atrás, Ho-seok fue despedido de la fábrica en la que trabajaba. Dicha situación, le ha dejado sumido en una profunda depresión de la que no parece ni poder ni desear recuperarse.
Mientras tanto, su vital esposa, Mi-ok, conoce a Ye-ji, una mujer de clase alta, casada con un rico heredero y empresario, que está rodando un documental sobre el despido de la plantilla de la fábrica donde trabajaba Ho-seok. Pronto, Mi-ok y Ye-ji empiezan a trabar una relación de amistad, lo que empujará a Ho-seok a enfrentarse a sus fantasmas. Al mismo tiempo, los dos matrimonios empiezan a salir juntos. Pero ¿podrán ser realmente amigos?
Sobre esta pequeña línea argumental, Lee Chang-Dong traza un complejo tapiz sobre las relaciones de clase en la sociedad coreana contemporánea. Un retrato que no solo apunta a las diferencias de poder adquisitivo, sino que tratará de indagar en lo emocional, husmeando en los complejos de unos y otros para dibujar un mapa de lo humano, de nuestros prejuicios e inseguridades, ante eso que llamamos la felicidad.

De un lado, aquellos que no tienen nada o muy poco. Al otro, los que parecen tenerlo todo. Con estos mimbres, Chang-Dong podría haber realizado un trabajo de redención que gratificara nuestras expectativas, es decir, que la ficción nos permitiera dar un vuelco a las pesadumbres de la realidad.
Y en parte es así, pero su película se quedaría muy pobre si solo fuera la enésima representación del típico relato de buenos (los de abajo) y malos (los de arriba). Aquí todo el mundo tiene sus secretos, sus medias verdades o mentiras, lo que hace de la narración una experiencia singularmente rica por su capacidad para mirar en las esquinas del conflicto que plantea.
Ese ese darle la vuelta a lo esperado, ese mostrar lo poliédrico de la experiencia de la vida donde creo que ‘Un amor posible’ se cobra sus mejores trofeos. En una de las escenas más lúcidas de la película, Ho-seok asiste por fin a una de las terapias de grupo a la que participan los antiguos operarios de la fábrica en la que trabajaba. Sentados en círculo, un grupo de hombres y mujeres cuentan sus experiencias.
Entre ellos se llaman a sí mismos “los muertos”, por contraposición a “los vivos”, el otro grupo de trabajadores que se salvaron de la remodelación que acabó con sus empleos. Ho-seok se muestra esquivo y no quiere intervenir. Otro hombre toma la palabra y narra sus vivencias tras salir de la fábrica. El relato nos conmueve, no tanto por lo que cuenta, como por su grado de lucidez, una historia de la humillación de sí mismo de una humanidad clarividente.
Pero aquí no acaba la historia. A medida que nos acercamos al final, Ho-seok contará su propio relato de los hechos. Entonces, comprendemos el verdadero sufrimiento de este hombre. Y aquí es cuando Chang-Dong demuestra que no es un director al uso.
Resulta difícil exponer nuestro argumento sin hacer un spoiler, así que, llegados a este punto, solo podemos dar una clave a modo de pista. El problema de Ho-seok no será haber perdido su trabajo, como ese dolor que proviene de haber visto traicionados sus principios.
Cuando todo en lo que habías creído, se viene abajo, aparece un vacío que no es fácil de colmar. Ho-seok tendrá que salir de sí mismo para encontrar ese asidero al que agarrarse para seguir adelante. Y ahí sí aparece, al fin, una pequeña nota de esperanza. Una cinta extraordinaria.
- ‘Kakeru’ (Hirokazu Koreeda) y ‘Un amor posible’ (Lee Chang-Dong): representar el dolor o cómo el cine asiático nos da sopas con honda - 3 noviembre, 2026
- ‘Naza’ (Yuval Abraham y Rachel Szor) y ‘Su propio infierno’ (Nicolas Winding Refn): relatos en sombras - 1 noviembre, 2026
- Javier Giner: “La soledad puede ser una fuente de mucho dolor, pero también de muchísimo placer” - 30 octubre, 2026


