Naza

#MAKMAAudiovisual
‘Naza’, de Yuval Abraham y Rachel Szor
Reino Unido, 2026, 77’
‘Su propio infierno’, de Nicolas Winding Refn
Reparto: Sophie Thatcher, Charles Melton, Kristine Froseth, Havana Rose Liu
Dinamarca, 2026, 107’

Sin duda uno de los conflictos que hoy mantienen en vilo a buena parte del mundo apunta a la intervención militar desplegada por Israel en la franja de Gaza tras los atentados del 7 de octubre del año 2023. La réplica israelí a los ataques perpetrados por Hamás, pasaron de manera casi inmediata a cobrar una dimensión, en pérdidas de vidas y bienes materiales, que ha superado cualquier proyección en términos de proporcionalidad.

Basta, en este sentido, con asomar la nariz a los titulares de la prensa diaria para hacer balance de una respuesta que ha llevado a la población de Gaza a un estado de sitio en el que han perdido la vida, de manera indiscriminada, militares, terroristas y, sobre todo, civiles, en una escalada que no parece tener ya más fin ni objetivo que la simple aniquilación del contrario.

Eso es lo que nos cuenta ‘Naza’, el último trabajo largo de los realizadores Yuval Abraham y Rachel Szor (Oscar al mejor documental 2025 por ‘No other land’), título que remite a un término que, en el argot militar de los israelíes, se refiere a las perdidas colaterales de los bombardeos realizados por estos contra objetivos palestinos.

Con esta premisa, el trabajo reúne a una serie de militares relacionados con operaciones de inteligencia a los que Abraham entrevista de noche y de manera clandestina en los tejados de la ciudad de Tel Aviv. Con los testimonios de todos ellos, la cinta irá elaborando una especie de mapa de sangre, podríamos decir, de las entretelas de una de las maquinarias de guerra más sofisticadas del mundo.

Cartel de la película ‘Naza’, de Yuval Abraham y Rachel Szor.

En ese sentido y en un primer acercamiento, ‘Naza’ es una película que funciona como lo que es: un trabajo-denuncia sobre los abusos del ejército israelí en la llamada Guerra de Gaza. En ese contexto, el mensaje de los realizadores no deja lugar a la duda y describe un sofisticado sistema de control electrónico y humano que ve al enemigo como un insecto al que exterminar (la referencia a las hormigas aparece de manera explícita) y donde los errores se aceptan como una pérdida asumible en un cálculo general de bajas y beneficios.

Será ahí, en ese margen, donde pone la película toda su atención. El margen donde caen los inocentes, donde la guerra se vuelve todavía más irracional, donde la defensa de los intereses de un país deviene en excusa para la eliminación de un otro cuya desaparición acaba careciendo de sentido. Todo ello, asistido, según el relato, por una Inteligencia Artificial que aquí enseña sus costuras de manera descarnada. La IA no piensa, propone sobre unos datos y, encima, se equivoca.

Pero creo que ‘Naza’ cobra verdadera fuerza cuando nos sugiere un doble juego de reconocimiento con el espectador. De acuerdo con los testimonios de los entrevistados, el ejército de Israel posee una sofisticada estructura de espionaje que parece salida de una película de ciencia ficción. El problema es que es real.

A través de los teléfonos móviles, los servicios de inteligencia han desarrollado un sistema de intrusión en la vida de cada persona para el que, a pesar de los errores, no se escapa casi nada. Y es ahí, cuando tomamos nota de lo que nos están contando, cuando no dejamos de sorprendernos, no solo por lo elaborado de estas nuevas estrategias de control, sino cuando empezamos a sentirnos parte de esa ecuación y percibimos que llevamos en nuestros bolsillos una tecnología que se ha convertido en nuestro peor enemigo.

No será tanto que nos deslumbre lo preciso de estas tácticas de vigilancia, como la misma indefensión que nos trasmite la pantalla hacia nosotros mismos. ¿Quién nos está escuchando? ¿Quién pone límites a un poder que ya no parce que tenga ningún límite?

Pero la cinta de Yuval Abraham y Rachel Szor no se queda aquí. Al contrario, será a partir de este punto cuando empieza a indagar en otros aspectos igualmente interesantes. Entre estas cuestiones se encuentra la propia psicología de unos sujetos, hombres y mujeres, entregados a una causa que ha deshumanizado al enemigo en base a una propaganda que ha convertido la guerra en un videojuego gracias a una trama de recompensas en la que solo caben los mejores.

Pertenecer a los cuerpos de inteligencia israelí implica formar parte de una élite exclusiva envidiada por sus compañeros, todo en defensa de un país que los ha abocado a su propia deshumanización.

En un paso posterior, ‘Naza’ pone en tela de juicio la propia historia de la gestación del Estado de Israel como respuesta al largo calvario al que fue sometido el pueblo judío durante la Segunda Guerra Mundial.

A través de los testimonios de los participantes, de las declaraciones públicas de Netanyahu, la película pone el dedo en la llaga cuando compara ese pasado con el presente de una nación y un pueblo al que quizá le convendría salir de su propio sopor y elaborar una mirada más consciente sobre sí misma (la referencia a ‘Soah’ de Claude Lanzmann aparece como un referente claro y una prueba de que la llamada memoria sobre la historia también se puede manipular). “Los nazis eran el diablo, pero ¿qué soy yo?”, se pregunta uno de los personajes.

En este punto, la cinta de Yuval Abraham y Rachel Szor no se reprime en señalar a sus propios compatriotas, a los que trasmite de manera indirecta esa pregunta: ¿qué estamos haciendo? Así, la cinta va intercalando las intervenciones de los entrevistados con planos de los edificios de la ciudad.

En estos segmentos, Abraham y Szor se acercan a las ventanas de las viviendas que los rodean y nos muestran, también de manera clandestina, la vida cotidiana de los israelíes. Nunca vemos los rostros, pero la intención queda marcada en la retina del espectador que, quizá, también se sienta apelado.

Pero Yuval Abraham y Rachel Szor no se olvidan de las víctimas. Será al final del relato cuando los testimonios tomen cuerpo y las palabras se tornen de nuevo personas de carne y hueso, dolor, y el conflicto nos empuje a su verdadera catarsis.

En ese momento, saldremos de ese estado de estupor al que nos ha inducido la película, de somnolencia o fascinación (en cierto modo, la cinta no nos cuenta nada que no intuyamos desde las propias noticias diarias), y nos fuerce a tocar, con el corazón y las manos, el verdadero drama que estamos viviendo.

Fotograma de ‘Su propio infierno’, de Nicolas Winding Refn.

Han pasado diez años desde el estreno de ‘The neon demon’, el último trabajo largo para el cine del danés Nicolas Winding Refn. Una película que, en opinión de este cronista, fue recibida de manera algo injusta por la crítica de todo el mundo. Lejos quedaba ya el entusiasmo que habían mostrado por ‘Drive’, su hasta entonces obra más celebrada, un ejercicio de estilo emparentado con el noir que sorprendió a propios y extraños.

Frente a esta película (y tras el intento fallido de repetir la jugada con ‘Solo dios perdona’) ‘The neon demon’ se presentaba, entonces, como un mero capricho visual sin fondo a mayor gloria del virtuosismo del director. Nada más lejos de la realidad. Vista de nuevo la película, esta reaparece hoy con todo su vigor como una dura y radical reflexión sobre el mundo de la fama, dramática y visualmente más compacta de lo que algunos quisieron apreciar.

Diez años después, decíamos, Winding Refn parece que ha venido para darle la razón a sus detractores con otro de esos proyectos que han caído de nuevo en la controversia. Hay en ‘Su propio infierno’ dos relatos, en principio, paralelos.

De un lado, tenemos a Elle, una joven y bella actriz que va a protagonizar el próximo proyecto de su padre, un conocido productor de cine. Elle tiene una muy mejorable relación con Dominique, su perversa madrastra y actual mujer de su padre, quien, sin embargo, espera que ambas mujeres se reconcilien tras trabajar juntas en su película.

Por otro lado, tenemos a Private K, un soldado del ejército estadounidense que busca a su hija en las oscuras y neblinosas calles de una ciudad imprecisa del Japón de posguerra. K cree que su hija ha sido secuestrada por la mafia y no tendrá ningún reparo en ir hasta el mismísimo inframundo para recuperarla. En medio de estos dos conflictos, un misterioso fantasma conocido como El hombre de cuero, causa la muerte allí donde aparece de manera no menos imprevista y misteriosa.

Cartel de la película ‘Su propio infierno’, de Nicolas Winding Refn.

‘Su propio infierno’ hace gala de lo mejor y lo menos bueno del cine de Winding Refn. Entre lo mejor se encuentra su abrumadora competencia para crear imágenes poderosas. Winding Refn es un esteta con un gusto exquisito por el encuadre y con una capacidad incomparable para crear atmósferas que lleven al espectador por espacios físicos y mentales, por momentos, tortuosos, pero siempre sugerentes.

Refn sigue aquí la línea trazada por ‘The neon demon’ con composiciones muy calculadas en un juego de colores saturados y poderosos claroscuros, todo ello envuelto en una estética kitsch muy reseñable, si bien el hecho de llevar la película a un entorno físico impreciso (una especie de hotel encajado en una ciudad indeterminada, envuelta en una niebla perturbadora) parece liberarlo de ciertas ataduras, lo que le permite empujar la apuesta un poco más allá, ofreciendo un trabajo de orfebrería al alcance de muy pocos.

La otra de las cualidades que cabe destacar de esta producción es el talento del danés para crear una mitología propia. Refn combina elementos contemporáneos (el mundo del cine, de nuevo, la fama) con un ojo en el cuento tradicional (Hans Christian Andersen aparece como un referente obvio) para crear un universo plagado de monstruos y pesadillas que brotan directamente de nuestra cultura, todo tamizado a través de su retorcida imaginación. Una combinación visualmente rica y psicológicamente subyugante.

Será, sin embargo, cuando entremos en el meollo del relato, en su nudo, cuando la propuesta empieza a perder pie. Con toda seguridad, parece previsible que nos topemos aquí con tres tipos de público.

A un lado se colocarán aquellos que se dejen arrastrar por el juego de laberintos y sugerencias por el que nos conduce la película. En otro lado, aquellos que encuentren en la cinta un pastiche indigerible. Y luego habrá un tercer grupo que, aceptando de buena gana el juego, este le parezca algo borroso. Diría que me encuentro entre estos terceros.

Fotograma de ‘Su propio infierno’, de Nicolas Winding Refn.

Así, y tras una primera visualización, ‘Su propio infierno’ se puede ver como una apuesta por parte de Refn por poner un pie en pared contra las reglas de la narración convencional. Si ‘The neon demon’ se puede asumir como una primera tentativa de dar más peso a lo simbólico frente a lo narrativo, aquí Refn lleva su apuesta al paroxismo, reventando las leyes del relato para ofrecer un trabajo que nos podría recordar, en esa primera lectura, al David Lynch más críptico. Dos aspectos nos conducen, sin embargo, a enfrentarnos a una amarga contradicción.

Por una parte, podríamos decir que, despejado el juego de espejos, a veces excesivamente enrevesado, que nos propone la película, reunidas en nuestra cabeza las piezas sueltas que Refn ha ido dejando en la pantalla, nos damos cuenta enseguida de que, en realidad, la película es un cuento gótico posmoderno, algo menos indescifrable de lo que creo que cabría intuir. Veamos.

Tenemos a un hombre torturado por su pasado que, como iremos viendo, vaga por el tiempo buscando venganza y limpiar, así, su culpa. De otro, una mujer opacada por su padre que no encuentra su lugar en este mundo y que, como reacción a su frustración, vomita su odio y su desdén contra todo lo que la rodea. Ambos tendrán que enfrentarse a sus pecados, representados en esta especie de hombre del saco freudiano, para sobreponerse. ¿De quién? De sí mismos.

Por otro lado, aceptado el juego de desmenuzamiento de la narración, quizá el problema que tiene ‘Su propio infierno’ es que funciona mucho mejor cuando se atiene, por tramos, a las convenciones de la continuidad, por muy extravagante que sean ciertas soluciones dramáticas, que cuando se entrega a intrincados juegos de analogías y simbolismos.

Será en el primer caso, cuando la gramática de Refn, esa sorprendente capacidad para crear imágenes, por muy barrocas que sean, demuestre todo su poder de sugerencia, colocando al espectador entre la espada y la pared.

En cambio, será cuando el trabajo divague por espacios oníricos aparentemente alegóricos, imaginarios, cuando la propuesta decae, colgándose de los pies de su audiencia para arrastrarla, con todo su peso, al fondo de la butaca.

Como digo, no se trata de aferrarse a la ortodoxia para no salir de nuestro espacio de confort, el caso es que cuando el director quiere darle la vuelta a su premisa, encontramos que su propuesta se vuelve emocionalmente más aséptica y anodina, más llana.

En ese momento, incluso la violencia más extrema, una de las características de su cine, se vuelve inocua, casi infantil, y el monstruo se convierte en una frágil figurita de papel que, sinceramente, hace decaer nuestra atención.

No queremos quitarle a Refn su derecho a seguir las líneas formales que desee, pero cabría sugerirle que redirigiera su cine hacia algo más sólido narrativamente, no porque no aceptemos ni comprendamos su apuesta, sino porque no parece que, dentro de esas coordenadas, de lo mejor de sí. Cuestión de gustos, supongo.