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Habitar la intemperie: la arquitectura cultural de nuestra indigencia ontológica
MAKMA ISSUE #09 | ‘La cultura como necesidad’
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2026
¿Qué clase de urgencia nos exhorta de manera inexorable hacia la creación cuando son otras cuestiones de la supervivencia cotidiana las que nos apremian por necesidad pragmática? Tratar de dar respuesta a semejante dubitación implica sacar el hocico del lodazal mismo de la primera condición humana, siempre presta a cumplir con sus primitivos instintos.
Bajo el título ‘¿Qué es filosofía?‘, José Ortega y Gasset compilaba, en 1929, una serie de lecciones universitarias en las que definía la existencia humana como “la realidad primordial”, el “dato radical del universo”. Para el filósofo perspectivista, existimos siempre de forma concreta; nos hallamos situados en un escenario preciso, lidiando con sus aristas, sufriendo sus embates y disfrutando sus treguas. La vida, por tanto, constituye aquello que hacemos y lo que nos pasa; un transcurrir continuo que exige una justificación constante.
Al analizar esta condición originaria, Ortega acuñó un concepto que despoja a la existencia de cualquier barniz de autosuficiencia: la indigencia. Existir significa necesitar, en tanto que “el ser indubitable es el ser indigente”. El ser humano arrastra una falta constitutiva porque su realidad estriba en una interdependencia constante con lo que le rodea: “Ser es necesitar lo uno de lo otro”.
En base a ello, somos criaturas abiertas, arrojadas a una trama de relaciones donde el entorno nos condiciona y nos interpela. Al mirar al otro o al contemplar el contexto, descubrimos que nuestra identidad se construye a partir de ese diálogo con lo exterior. La cultura, observada desde esta perspectiva, constituye la respuesta directa y acuciante a nuestra carencia estructural: creamos porque el mundo dado nos resulta insuficiente y, en ocasiones, profundamente inhóspito.

Esta visión subvierte por completo los cimientos de la mentalidad pragmática que hoy gobierna gran parte de las decisiones cotidianas. Vivimos bajo el imperio absoluto del utilitarismo, una herencia directa de aquel pragmatismo que Ortega ya examinaba con ironía en sus conferencias. Para la corriente utilitaria, el conocimiento queda reducido a un simple manual de instrucciones: posee validez únicamente aquello que ofrece un rendimiento inmediato, lo que se traduce en un beneficio tangible o en una manipulación eficaz del entorno circundante.
El arte y el pensamiento, cuando se someten a este rasero implacable, quedan arrinconados como herramientas secundarias de entretenimiento pasivo y algorítmico. Frente a esa perspectiva estrecha que adora la eficacia material, la actividad cultural encarna lo que el filósofo denominaba el “apetito de integridad”. Postergamos la solución parcial de un problema técnico para perseguir el sentido; buscamos completar el fragmento y dotar de un todo coherente a la experiencia dispersa de los días.
La cultura brota, por tanto, de una falta estructural, de una quiebra en nuestro equilibrio con el entorno. Su origen verdadero se localiza en la conciencia plena de la propia vulnerabilidad. Al sabernos desamparados en mitad de la existencia, suspendidos en una suerte de intemperie metafísica, los seres humanos activamos el mecanismo de la imaginación y de la razón. Levantamos metáforas (no necesariamente líricas) para construir un techo protector allí donde solo hay vacío. Por ello, la necesidad del arte expresa el anhelo de superar la mera supervivencia zoológica, procurando añadir una dimensión trascendente a nuestra rutina meramente biológica.
Existe un punto de inflexión fundamental en este proceso humano. Cuando el individuo prescinde de la utilidad práctica inmediata, liberado entonces de la búsqueda de un rédito material, acontece una transmutación extraordinaria. Lo que comenzó como una respuesta desesperada a la indigencia se transforma en el “lujo supremo de nuestra vitalidad”, definía el filósofo novecentista.
¿Cuál es, entonces, el sentido práctico de este lujo vital? Paradójicamente, su utilidad reside en su capacidad para salvarnos de la mecanización absoluta. El ser humano que solo responde a estímulos prácticos termina por convertirse en un autómata, una pieza más del engranaje social que consume y produce sin descanso.
La cultura, en buena medida, rompe ese determinismo. Al ofrecernos un espacio para el asombro, nos devuelve el (des)control sobre nuestra propia existencia. Nos permite (des)elegir el modo en que significamos aquellas venturosas o túrbidas emociones que nos asolan. El sentido práctico de la cultura radica en dotar de dignidad a la fragilidad humana, transformando el desamparo en un hogar habitable –un lugar confortable no exento de transacciones económicas sobre las que debe edificarse la industria cultural, claro está (aunque ello merecería aventurarse ahora por otros derroteros y diagnósticos)–.
Porque la cultura constituye, en su raíz, una forma refinada de afecto intelectual, un derroche de vitalidad que se permite el lujo de detener el tiempo para dubitar y buscar por el mero placer del hallazgo. Representa el sustento indispensable para la conciencia que se sabe humana y busca ir más allá de los límites de lo dado. A la postre, la justificación de este empeño se encuentra en la manera en que decidimos habitar nuestro presente.
En un pasaje de sus últimas lecciones, Ortega nos recuerda que la grandeza de la existencia depende de la “gentileza con la que salgamos al paso de ese destino”, de la capacidad para “labrar una figura noble” con la “materia fatal que nos ha tocado en suerte”. Nuestro siglo arrastra sus propias inercias: la prisa, la crispación y una tendencia a la polarización que devalúa el diálogo público y destruye los puentes del entendimiento. Sumarse a ese ruido es la opción más sencilla, pero también la más estéril. Aceptemos, como sugería el filósofo al evocar los versos orientales, este “mundo de rocío” como materia para hacer, si así lo consideran, una vida más completa bajo la intemperie.
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