Todos a la cárcel. Berlanga. Desazón cultural. Algoritmo. La cultura como necesidad

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La desazón cultural en tiempos de corrección y algoritmos
MAKMA ISSUE 09 | ‘La cultura como necesidad’
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2026

“Cuando esgrimen lo de la cultura, empieza a picarme todo”. Conviene contextualizar el comentario de Luis García Berlanga, contra una sacralización de la palabra cultura que, en los años 90, tendía a la expansión. Reaccionaba así a las voces procedentes de nuestro ámbito cinematográfico que se arrogaban un saber que, a menudo, Berlanga desmontaba tras un par de preguntas. Tampoco creía en la superioridad moral del artista que se erige en mesías, y le agotaban aquellos que, en nombre de la cultura, se transformaban en predicadores.

Por ello no hacía películas con mensaje, que consideraba una presunción, por más que de su cine podamos extraer valiosísimas reflexiones. Y por ello se inventa, en ‘Todos a la cárcel’, un Ministerio de Cultura Sanitaria, competente en el área de retretes y otros asuntos escatológicos –eso sí, previo pago de las debidas comisiones–.

Y no es que pretendiera el genial cineasta frivolizar la trascendencia de la cultura, pero advertía de los manoseos que anularían su valor, especialmente cuando su instrumentalización provenía de las instituciones.

Hoy, Juanma Bajo Ulloa, otro director, otro tiempo, señala el fomento institucional de un cine ideológicamente aceptable, imposibilitando el de inspiración libre e independiente. Me llegan, de profesionales del cine, numerosos mensajes privados: aplaudiendo unos sus palabras, otros valorando, al menos, que se plantee la reflexión. Alguno me dice que “Juanma se ha vuelto loco”. Ningún comentario público en los foros profesionales. El elefante en la habitación.

Ha declarado en Berlín Wim Wenders que un cineasta tiene un papel distinto al del político, y que su misión no es hacer películas al servicio de la política; llama la atención no la discrepancia, sino la agresividad que no pocos descargan contra el otrora faro de la cultura occidental.

Se deduce el objetivo de trocar cultura por relato, al servicio de una polarización tan falsa como autodestructiva. Un delirio en que la elección de tal o cual escritor, la preferencia por este o aquel cantante, implicarán una toma de postura política que será total y numantina.

Estos discursos coercitivos se suman a otras causas que erosionan lo benéfico de una cultura que, en esencia, es necesariamente común: la era del algoritmo está provocando una atomización tal que los conocimientos ya no son compartidos; porque el algoritmo crea guetos a base de suministrar cuanto tiene que ver con lo ya visto.

Portada de MAKMA ISSUE #09 | ‘La cultura como necesidad’, realizada por el diseñador José Antonio Campoy.

Fácilmente se generan grupos –probablemente inconexos– de personas que comparten un interés cultural sobre determinadas materias, pero desconocen ampliamente las demás; y sin garantías de que la información manejada sea veraz: proliferan nuevos prescriptores, presuntos expertos, con conocimientos de los temas solo parciales –a veces clamorosamente escasos, cuando no falsos–, que quedan en evidencia.

Este rasgo universal de la cultura no incluye solo a la comunidad de individuos que viven hoy: una cultura se configura a través de las vivencias y conocimientos de los antepasados, a lo largo de las generaciones. Y también ese valor está en cuestión. El discurso de la lucha intergeneracional –tan artificial como absurda– contribuye a una suerte de adanismo. Ya no hablamos de brecha generacional, sino de abismo, constatado a menudo en foros –ay– universitarios. Los referentes culturales, de los paternos hacia atrás, ya no son válidos.

Estudiantes de cine nunca han visto no ya una película clásica, sino una con más de quince años; no lo tienen por necesario, porque “vosotros veíais el cine de vuestra generación y nosotros el de la nuestra”. Cómo explicar que, cuando algunos nacíamos, ni Griffith ni Chaplin ni Murnau ni Lubitsch ni Ford ni Neville ni tantos otros hacían ya cine, y claro que los vimos. En nuestra literatura estaban los autores no ya de nuestros padres, sino de nuestros bisabuelos, de Walter Scott a Salgari, pasando por Brontë, Alcott, Verne, Doyle y London.

Imagino entonces, en Bellas Artes, el rechazo a Picasso, no digamos ya a Velázquez o a Van Eyck, por no ser contemporáneos. Se ha extendido la idea de que vivimos una culminación cultural producto de las tecnologías, y que todo lo anterior está consecuentemente superado.

La idea de autoritas en materia cultural, consecuentemente, se ha diluido; si acaso, se le reconoce a la IA, creyéndola realmente inteligencia; y superior, además. Ya se le fía diagnóstico médico y su prescripción. En el ámbito cinematográfico, ya surgen las primeras producciones de películas rodadas íntegramente con IA. Antonio Banderas es pesimista. Muchos anuncian el advenimiento de un nuevo cine.

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Pienso que, si las películas van a prescindir de construir decorados, de localizaciones naturales, de vestuario y de actores porque todo será virtual, lo que van a inventar con la IA es… ¡el cine de animación! Como ocurrió con ciertos usos del sonoro, o con el 3D, habrá posiblemente una hipertrofia inicial de producciones de este tipo. Quizá los productores comprueben que no dan más dinero. También los usuarios particulares, que pedirán a la IA películas personalizadas, podrán encontrar la experiencia poco catártica, altamente insatisfactoria.

Con todo, seamos optimistas. La cultura corresponde al ser humano, emana de su naturaleza, y cualquier sucedáneo artificial tendrá difícil trascendencia. En una ocasión, paseaba con Berlanga cuando una pareja mayor le reconoció. Berlanga les atendió y ellos le contaban con entusiasmo la escena de una de sus películas. Y reían. Y le decían: “Es que eso es verdad, Don Luis, eso yo lo he vivido. Nosotros conocemos a gente así”.

En ese “eso es verdad”, que repetían una y otra vez, sin pretensión filosófica ni de ningún otro tipo, mediaba un saber popular, natural, que detectaba en el fondo del humor de la escena berlanguiana algo genuino. Que trasciende, porque ha logrado tocar algo verdadero en lo profundo del alma humana.