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Habitar la intemperie: la arquitectura cultural de nuestra indigencia ontológica
MAKMA ISSUE #09 | ‘La cultura como necesidad’
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2026
Que el mundo cultural esté casi unánimemente (especialmente el español) en contra del actual presidente de EE. UU., ¿a quién perjudica más: a la cultura o a Trump? Aquí defenderé con rotundidad que, sobre todo, perjudica a la cultura, pues abre una brecha creciente, y cada vez más insalvable, entre el trabajo de los creadores y una parte importante de la sociedad, que no comparte sus opiniones. La politización del arte es un drama sobre todo para el arte, que renuncia a su autonomía, a su capacidad para definir un terreno propio y sugestivo, y lo sacrifica todo a la dependencia de la política.
Se me dirá que el arte (y usamos esta palabra para englobar todas las manifestaciones artísticas) tiene siempre una inevitable dimensión política, pues ninguna obra social puede escapar de ella. Pero la cuestión es qué lugar le otorgamos: si el de un figurante inevitable o el de protagonista de la función.
Comparto plenamente la reivindicación que el analista Luis Martín Arias realizó en ‘Contrapolítica’ (Castilla Ediciones, 2016) de la necesidad de un espacio social que escape en lo posible de la lógica política (que es la lógica de la violencia, la moral y la confrontación) para hacer posible otra cosa. La cultura tiene que ser lugar de descubrimiento, de duda, de matices, más de preguntas que de respuestas, como explicaba recientemente el humorista José María Nieto en relación con su trabajo. Más de reflexión que de discursos prefabricados.
Pero, sobre todo en estos momentos, la cultura tiene que hacer lo posible por evitar las conclusiones sentenciosas, las coletillas, los remaches discursivos. Si quiere sobrevivir, debe dejar espacio para que el receptor decida por sí mismo. Conviene no olvidar que los únicos sermones que toleramos (y hasta cierto punto) son los de nuestra propia religión. Los sermones de fes ajenas hacen que abandonemos de inmediato la sala en busca de mejores ocupaciones.
Lo fundamental es que esa apertura se dé en la propia obra, al margen del ideario que profese el artista. Arts for art’s sake, el arte por el arte, que dirían los clásicos. El arte como un territorio propio, singular, donde es posible tender puentes de entendimiento sobre la realidad; que no es lo mismo que tender puentes ideológicos. El arte debe ayudarnos a poder hablar entre nosotros de cualquier cosa, pero con materiales distintos a los de los discursos y prejuicios políticos.
Pero si el arte hace trampas, si utiliza su poder de seducción para contar verdades a medias, para reducir la complejidad de las cosas a las interpretaciones convenientes para una determinada visión política, la posibilidad de diálogo se arruina y el espectador se rebela contra quienes le toman el pelo.
Vivimos tiempos de agitación en los que está muy extendida una idea de compromiso, bastante confusa y nociva, que lleva a los creadores a pensar, equivocadamente, que el mundo necesita saber lo que opinan acerca de cada uno de los problemas del mundo. No solo es, sino que es obligatorio decirlo.

Lo hemos visto recientemente en la Berlinale, con el escándalo que se ha montado porque el presidente del jurado, Wim Wenders, se ha negado a condenar las muertes de Gaza. “Las películas pueden cambiar el mundo, pero no de forma política”, explicó el cineasta alemán, autor de obras como ‘Paris, Texas’ o ‘Días perfectos’.
“Somos el contrapeso de la política”, recalcó, para subrayar la necesidad de que el arte defina un espacio propio si quiere realizar una aportación verdaderamente relevante. Cuando la política entra en la casa de la cultura, la libertad y la autonomía del arte salen por la ventana. A veces sin que se enteren los inquilinos.
El artista se desdobla en creador y persona social y, a veces, el segundo puede machacar el trabajo del primero. Un ejemplo: si algo caracteriza a una película como ‘Los domingos’, de Alauda Ruiz de Azúa, es su respeto por los personajes, su no toma de partido, y la libertad que deja al espectador para que extraiga sus propias conclusiones frente a una realidad singular y compleja. Por eso la película ha sido recibida con tanta simpatía.
Pero si resulta que un día tú, directora, le explicas al mundo que tu propósito era denunciar el fundamentalismo religioso, y tomas partido por una de las posibles interpretaciones de tu obra frente a las demás, estás escupiendo hacia arriba. Estás diciendo que, en realidad, querías lanzar un discurso y que no te ha salido bien, motivo por el que se hace necesario explicarle al personal la moraleja de la obra, dado que tantos, pobres, no la han pillado. Pero, al actuar así, lo que es la principal virtud de la obra, su apertura, es presentada como un triste defecto.
Personalmente, no creo en las palabras de Alauda, y creo en sus hechos, en la textura de su película. Pero la necesidad de situar su obra en alguna frase discursiva conveniente revela hasta qué punto la política condiciona incluso a los creadores más esforzadamente independientes.
Necesitamos una cultura en la que podamos confiar, que podamos reconocer como un terreno de juego no diré que neutro, pero sí limpio y honesto. Tenemos que poder entregarnos a las obras sin la sospecha permanente de que nos quieren colar sus verdades, sus discursos, o sus valores. Necesitamos poder recuperar la posibilidad de conversar sobre las creaciones de un modo que no nos lleve inevitablemente a la confrontación ideológica.
En estos tiempos en los que es casi imposible mantener una discusión política civilizada en nuestra sociedad, el arte tiene que elegir si se suma a la crispación y la polarización o reivindica un espacio de apertura como posible salida.
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