Fernando Trueba

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‘Chicho o mientras el cuerpo aguante, una comedia didáctica’, de Fernando Trueba
Música: Chicho Sánchez Ferlosio
Fotografía: Ángel Luis Fernández
Documental con intervenciones de Chicho Sánchez Ferlosio
España, 1982, 89’
Restaurada en 2026

Supongamos que tu padre se llama Rafael Sánchez Mazas, co-fundador de Falange, coautor del himno ‘Cara al sol’ y acuñador de la consigna ¡Arriba España! Lo lógico y razonable sería que salieras comunista, siquiera como una reacción.

Bien es cierto que, en el caso de José Antonio Sánchez Ferlosio (1940-2003), conocido popularmente como Chicho, esta adscripción acabó derivando hacia un anarquismo ácrata tras la decepción que sufrió después de un viaje a la República Popular de Albania donde descubrió una URSS que ya había caído, pasado el tiempo, en un inflexible autoritarismo burocrático.

Un distanciamiento de la ortodoxia que, sin embargo, no aplacó en lo más mínimo un espíritu iconoclasta que, heredero irónicamente del carácter de su padre, nunca encontró acomodo dentro del marco de este o de cualquier otro sistema social o político.

Cantautor y compositor de canciones tan emblemáticas como ‘Gallo Rojo, Gallo negro’, ‘La Paloma’ o ‘A la huelga’, poeta, filósofo autodidacta, incluso creador de juegos de mesa, Chicho aparece hoy como un hombre singular, hijo de aquel tiempo de resistencia contra el franquismo tardío, pero que, tras la muerte del dictador, tampoco hipotecó su lucidez por una democracia que pronto enseñaría sus costuras. Ante todo, Chicho puso por delante su pasión por la vida, por habitar en ese margen que hoy muchos aspiran a ocupar, sin conseguirlo.

Fue ese espíritu libre lo que hizo que un joven director llamado Fernando Trueba quisiera dedicarle una película documental. Trueba acababa de conocer el éxito con ‘Ópera prima’, su debut en el cine, una película enmarcada dentro de lo que se llamó la nueva comedia madrileña de los años 80 de la que, con este trabajo, quiso desmarcarse. Un ejercicio de estilo que, como comenta en esta entrevista, se alejaba de los cánones del cine comercial para ofrecer una obra tan libre en su concepción como el espíritu de su protagonista.

Más de cuarenta años después, Trueba recupera, después de un proceso de restauración, ‘Chicho o mientras el cuerpo aguante (una comedia didáctica)’, acompañado en la distribución por su hijo Jonás, quien, a través de su productora, Los ilusos, la ha lanzado de nuevo en salas.

Con esta restauración, Trueba recupera el material original, su título (en su momento se estrenó simplemente como ‘Chicho’) y, sobre todo, una dedicatoria que sustrajo del montaje en el último momento, un hecho del que, dice, siempre se ha arrepentido.

Nos encontramos con Fernando Trueba en los cines Babel de Valencia, donde asistió al estreno de esta obra casi primeriza para hablar de la extraña aventura de su restauración, de una libertad entendida a la manera de Chicho, y de un falangista que no quiso ser ministro de Franco. No se pierdan detalle. Merece la pena.

Fernando Trueba, con Chicho Sánchez Ferlosio, en un fotograma de ‘Chicho o mientras el cuerpo aguante (una comedia didáctica)’.

Antes del verano estuve aquí mismo con tu hijo Jonás por la restauración de ‘Los ilusos’, su primera película. Le preguntaba yo entonces por el motivo de esa restauración y su empeño por distribuirla de nuevo en salas. Es verdad que él había remontado la película, añadiendo material nuevo, pero, en ese mismo sentido, te lo pregunto ahora a ti: ¿por qué volver a ‘Chicho’ ahora?

Bueno, lo primero es que esto no parte de mí. A lo largo de los años, yo intenté recuperar el negativo de esta película porque, cuando se estrenó, para poder ponerla en cines tenías que “hincharla” a 35mm [se refiere al proceso de pasar la copia original de rodaje, en formato 16mm, a un negativo más grande de acuerdo con el estándar de proyección de la época].

Eso significaba que la imagen se te cortaba por arriba, por abajo y lo del medio [hace un gesto de representar una explosión con las manos]… ¡blow up! Pero entonces, en el laboratorio me dijeron que ya no existía el negativo de 16. Y yo dije: pero, ¿cómo que no existe? “No, se ha destruido porque lo dirías tú”, me contestaron. Pero, vamos a ver, ¿cómo voy a decir que se destruya el negativo de una película mía? ¿Cabe esto en la cabeza de alguien?

 Te estoy hablando de Fotofilm [durante años, uno de los laboratorios de revelado de película de cine más prestigiosos de España] Tres años después, lo intenté otra vez y nada. Luego, cerraron los laboratorios y todo ese material pasó a la Filmoteca. Y dije, “a ver si ahora lo encuentran”. Fui a la Filmoteca, hablé con ellos, miraron y lo mismo: no, no, aquí no está.

Entonces, dije: “La hemos jodido. Bueno, pues, ¿qué le vamos a hacer?”. Pero, de repente, este año, antes del verano, me llaman de la ECAM y me dicen que les gustaría mucho restaurar la película (te estoy contando una historia muy larga, pero es lo que ocurrió). Y digo, hombre, me hace ilusión que alguien se acuerde, pero mira, es que hay un problema, y es que se perdió el negativo.

Entonces, lo volvimos a intentar, y a mí se me ocurrió decir una cosa que no sé si la había dicho las veces anteriores: “¿Podéis buscar por el título original que tenía la película, que era «Chicho»? Y, de repente, apareció una lata de 35 que dijimos, “no, esta no puede ser”. Pero, al abrirla, tenía un negativo en 16. Y dijimos, “no, no, no, ¿cómo va a ser este negativo?” Lo miramos ¡y era el negativo de la película! Y gracias a esto, la han restaurado.

Entonces, recuperar ahora, de repente, el formato, el negativo, me hace muy feliz porque ¡se ve tan bonito y tiene tanta información! De hecho, les tuve que advertir porque me decían, “oye, aquí, al principio, hay unas veladuras”.  Y yo les dije, “sí, sí, las monté aposta. Por favor, no las arregléis, para mí es parte de la seña de identidad de la película”.

En la primera escenita hay unas veladuras por culpa de que alguien cargó mal [el chasis de la película] y, cuando la montábamos, me acuerdo que el montador, Miguel Ángel, se resistía a dejarlas. Pero yo le insistí en montarlo porque es parte de la humildad, de la pobreza de la película, de cómo éramos y de cómo la rodamos, es parte de la historia. Así que les dije, “ya sé que lo podéis arreglar, pero dejarlo así, por favor.” Por eso ahora la gente puede ver la película tal cual era.

¿Qué significa para ti esta película?

Bueno, es una película muy singular para mí, es mi segunda peli. ‘Ópera prima’ había ido muy bien, pero, después de hacer una película tan escrita, donde el guion era todo, en esta quise hacer una película sin guion, una película de libertad total en la que nunca se escribió una palabra en una hoja de papel. Fue improvisada al 100%. Solo hablábamos cada mañana sobre qué se iba a hacer ese día, pero nunca hablamos sobre de qué iba a tratar la película antes de hacerla.

Ese fue uno de los pactos entre Chicho y yo. Le dije: “Mira, no nos podemos volver a ver, ni a hablar de la película, ni a escribir nada, ni a pensar en ella, ¡ni a llamarnos por teléfono! Lo único que tenemos que hacer es pactar un día, el que tú me digas, y ese día yo llego a tu casa en Sóller [Mallorca] y empezamos a hacer la película.

Cartel de la película ‘Chicho o mientras el cuerpo aguante (una comedia didáctica)’, de Fernando Trueba.

Cuarenta y cuatro años después, ¿cómo la ves?

La veo como lo que era. Es muy complicado explicarlo porque, primero: ¿por qué Chicho? Y bueno, aparte de que yo lo admiraba, había como una leyenda alrededor de él, por las cosas que hacía, por cómo era, por su familia, pero, sobre todo, por él, por sus canciones, sus cosas… Chicho era… ¿Cómo decir?…

Estábamos entrando en una época nueva, era la Transición. Pero, aunque haya una transición, quieras que no siempre hay algo que se mantiene: qué es lo que tienes que hacer en la vida, cómo te tienes que comportar, lo que te dicen tus papás, lo que te dicen tus vecinos, lo que te dice el cura y lo que te dice la autoridad.

Entonces, para mí, Chicho era como ese medium para decir: «La vida no es lo que te digan que tienes que ser”. Si te gusta y eso es lo que quieres, tú mismo, pero hay muchas maneras de vivir y de pasar por aquí y Chicho era un ejemplo, digamos, radical de esa otra forma de vida, por eso me encantaba.

Y cinematográficamente… Ahora he recuperado el título original y la dedicatoria. En la película, esa dedicatoria estaba, pero Chicho y una amiga mía me convencieron de que no la pusiera porque era muy pretenciosa, muy intelectualoide, y yo me dejé. Chicho me convencía de lo que quería, pero no me quedé a gusto, fue una concesión juvenil que siempre me ha mortificado.

Háblanos de esa dedicatoria.

Es una película que yo le dedicaba a dos de mis ídolos, que eran Diderot y Jean Rouch. Diderot, porque es uno de los seres más brillantes que han existido en la historia de la humanidad que, además, ha hecho del diálogo una forma literaria. Antes ya lo había hecho Platón (y otros, entre medias), pero yo creo que, en él, en algunas de sus obras principales, el diálogo lo es todo. Ya no solo en ‘El sobrino de Rameau’, en ‘El sueño de D’Alembert’, incluso en ‘Jacques el fatalista’ que es, supuestamente, una novela. Es diálogo de principio a final.

Por otra parte, lo que me fascinaba de Jean Rouch era que se trataba de un señor que no era del cine. Era un antropólogo en África que decidió que, para estudiar ciertos ritos, mejor que describirlo por escrito, era filmarlo y tener ese, digamos, registro.

Jean Rouch se enamoró de la cámara y dijo: “Con esto también se pueden contar historietas”. Y empezó a hacer películas sin tener ni puta idea de lo que era una película, de cómo se hacía, allí, con jóvenes africanos y parisinos.

Rouch inventó un cine que era así, desgarbado, sin estilo, como mal hecho, entre comillas, pero que tuvo una influencia enorme en la nueva ola. En la nueva ola se atrevieron a ir tan lejos porque Jean Rouch, en su ingenuidad, en su ignorancia, entre comillas, había roto ese lenguaje y esa manera de estar ante una cámara.

Ahora que me has llevado ahí, cuando estaba viendo la película, me ha sorprendido el parecido que tienes con tu hijo, no solo físicamente, también en la gestualidad.

[risas] Él es más guapo.

Sí, puede ser, no lo sé [risas] Pero te lo digo, sobre todo, por aquello que tiene el cine de Jonás de deudor de la nueva ola francesa.  El caso es que, viendo tú película, pensaba si quizá no hayas sido tú aún más influyente. De laguna manera, hay un parecido entre esta película y «Los ilusos»: una gente que se reúne, alguien que canta y que filosofa sobre la vida…

Sí, es posible que sea una película pre-ilusa. Tiene bastante sentido porque, cuando la rodaba, Cristina [Huete, productora y pareja de Trueba] estaba fuera de cuentas de Jonás, y cuando hablaba con ella por teléfono me decía: «Va a nacer y tú ahí, con Chicho, rodando esta película». Y yo, “no, por favor, que acabamos el sábado. No des a luz antes” [risas] Y me esperaron. Fue volver y nacer.

O sea que, de alguna forma, es irónico que ahora él quisiera distribuir esto cuando se enteró de que la estaba restaurando. Fue él el que se empeñó en que se volviera a ver, aunque sea así, dentro de lo que puede hacer una película como esta, que es muy poco comercial. Pero bueno, es muy bonito para mí.

¿Cómo es la personalidad de Chicho Sánchez Ferlosio? Todas las biografías lo describen como un hombre caótico, algo que, de alguna, destila la película.

No, no. Era un nombre muy inteligente, muy intuitivo, muy autodidacta, pero que siempre estaba leyendo, investigando, probando cosas, lleno de curiosidad por todo, por las matemáticas, por la Biblia, por las canciones, por la política, es tal y como lo ves en la película.

Era encantador, ¿sabes? Tenía un sentido del humor muy bonito, pero no un sentido del humor de contar chistes. El sentido de humor de Chicho lo es en la medida en que se enfrenta a las situaciones, en cómo te hace una canción o actúa en un determinado momento en la vida, siempre con una especie de sutileza que yo creo que le viene del ADN familiar, de los Sánchez Ferlosio y del propio Sánchez Mazas que, aunque era su padre y fuera un hombre muy de derechas, tenía una cosa en común con Chicho, o que Chicho heredó de él, lógicamente, que es el sentido de la lógica llevado al límite, a lo aplastante.

Te voy a contar una anécdota contada por Chicho. Cuando acaba la guerra, Franco hace a Sánchez Mazas ministro con cartera del primer gobierno. Y Sánchez Mazas pasa de ir a la reunión, que ya hay que tenerlos cuadrados. O sea, que no va y se queda haciendo sus cosas, escribiendo lo que fuera [risas].

Otro día, recibe una invitación para una recepción en El Pardo [residencia oficial de Franco]. La recibe con un mes de antelación. Entonces, él coge y, en vez de esperar al día de antes, el mismo día que la recibe, con un mes de antelación, repito, escribe un telegrama al Pardo y dice textualmente (te estoy diciendo las palabras de Chicho): “Lamento no poder asistir a su amable invitación por hallarme convaleciente de una leve indisposición”.

Treinta días antes… ¡a Franco! Nunca más quisieron saber de él. Lo dejaron de lado porque era un excéntrico pirado con una personalidad muy disparatada. Un tipo que reciclaba a Petrarca y fue corresponsal del ABC en Roma. Así conoció a Liliana Ferlosio, su mujer, en la casa de Petrarca. Eso dice la leyenda.

Fotograma de la película ‘Chicho o mientras el cuerpo aguante (una comedia didáctica)’, de Fernando Trueba.

Entonces, Chicho heredó ese carácter iconoclasta de su padre.

Claro. Ahí hay algo que tienen todos. Rafael [Sánchez Ferlosio] también lo tenía. Son esas personalidades super singulares e inclasificables a las que nadie les escribe el guion, que van por su cuenta.

La película tiene, para mí, dos líneas de trabajo. Una sería como testimonio de una época, de ese año 81 en el que se rodó. Un año después, el Partido Socialista va a ganar sus primeras elecciones generales. Es un momento muy particular.

La película se estrena el día de la jornada de reflexión, el día antes de que ganó el PSOE. O sea, el día en el que toda España está pensando en cualquier cosa, menos en ir a ver un documental loco. [risas]

¿Cómo recuerdas ese ambiente? ¿Cómo es ese contexto que, supongo, quizás influyó en la película?

No… Bueno, en la medida en que todos hacemos las cosas en un contexto histórico, en un momento y en un lugar, en el tiempo y el espacio, sí. Pero yo no estaba haciendo algo por mi tiempo, estaba haciendo lo que a mí me pedía el cuerpo.

O sea, no es que yo quisiera opinar sobre la Transición ni nada que se le parezca… Pero, fíjate una cosa (y eso lo escribí en aquel libro que hice hace años, ‘Diccionario de cine’ -ed.Plot, 2004-) y es que, para mí, cuando me preguntan por el cine español, yo siempre digo que lo más importante de la historia del cine español son los documentales de la Transición.

Todo eso que empieza con ‘Canciones para después de una guerra’, ‘El desencanto’, etc. Son como unas 50 ó 60 películas que se ruedan en esa época, unas políticas, otras no políticas, una de curas, otra sobre Ocaña [José Pérez, (1947–1983)], otras tratan de las cosas más disparatadas, pero que creo que mostraban un país increíble de una manera muy libre. Un país del que no se había podido hablar ni mirarlo con los ojos limpios, y que, de repente, se miraba,

El otro camino que toma la película lo articulan las reflexiones que hace Chicho que, no sé si feliz o tristemente, son de pavorosa actualidad.

Bueno, unas más actuales y otras menos. A lo mejor lo de las almorranas de los filisteos no es tan actual, pero no deja de ser una especie de deconstrucción de la Biblia ortodoxa.

Hay un momento en que, refiriéndose a la situación política de aquel momento, Chicho se lamenta por la falta de interés de la gente “por lo que sucede en este país”.  No sé si hemos cambiado mucho.

Hombre, pues quizá un poco de ese interés, no voy a decir que nos vendría bien, pero a lo mejor habría disminuido esto que se llama la polarización, que yo creo que es un término equivoco porque, sobre todo, la polarización es más en un sentido que en el otro. Por supuesto que al otro también responde o puede tener algún descerebrado dentro que entra al trapo, pero es más bien unidireccional.

Bueno, no sé si hay desinterés o no lo hay. Condorcet [Nicolas de Condorcet, filósofo, matemático y politólogo francés (1776-1793)] decía: “Interésate menos por ti mismo y más en la cosa pública”. Creo que era un gran consejo de un hombre que era de una gran bondad, que dio su vida por mejorar su país. Condorcet es mi figura histórica favorita.

Isaiah Berlin dijo una vez en una carta: “Yo creo que Condorcet es el mejor hombre que nunca ha existido”. Y yo estoy de acuerdo con él porque, en el siglo XVIII, contra los ataques de todos, de izquierdas y derechas, ya fue feminista. Pero feminista radical. Las mujeres tienen derecho a ocupar cargos públicos, las mujeres tienen que tener los mismos derechos, dijo.

También luchó contra la esclavitud de los negros cuando la economía de Francia vivía de eso. Aplicaba sus conocimientos matemáticos a que los jurados cometieran el mínimo de errores posibles o a que las elecciones fueran lo más democráticas posibles. No hubo un campo del saber en el que no intentara hacer algo por la sociedad en la que vivía.

Fotograma de la película ‘Chicho o mientras el cuerpo aguante (una comedia didáctica)’, de Fernando Trueba.

Hay una cosa que me llama la atención con respecto a la música de Chicho, y es que tiene una conexión muy profunda con la cultura popular. Tengo la impresión de que hoy esa conexión con lo popular, sobre todo por parte de ciertos movimientos, incluso, en la propia izquierda, donde podríamos situarlo, se ha perdido.

Bueno, es un talento que a lo mejor tienen más unas personas que otras, que es hacer algo y que esa cosa que haces parezca que siempre estuvo ahí. En el caso de las canciones de Chicho decías: «Ah, pero, ¿esto es de autor? ¿No es un anónimo antiguo, tradicional? No, no, es de este señor, la hizo él. Hostia, pues es que parece tradicional”.

Él tenía esta cosa de que cuando escribía ‘Gallo rojo, gallo negro’ o ‘La Paloma’, todas estas canciones, parecía que llevaban ahí siglos, pero eran de él. Eso es un talento, una especie de cualidad, muy bonita, de saber ser lo suficientemente simple, profundo y verdadero para que parezca que tu trabajo es una roca tallada por el tiempo y el agua, que no la ha tallado un escultor. Eso es algo que Chicho tenía, indudablemente, y quizás sea una de sus cosas más importantes. Él se autodenominaba cantante callejero.

Él compartió experiencias con figuras que luego fueron muy conocidas, como Joaquín Sabina, Javier Krahe…

Pero, sobre todo, la referencia intelectual para él y su maestro, de alguna forma, fue García Calvo (Agustín, (1926-2012)

Sin embargo, viniendo incluso de dónde venía, no llegó a ese nivel de notoriedad.

Es que no le interesaba en absoluto. Él no estaba persiguiendo ningún éxito, o que le compraran una canción o esto de voy a grabar un disco. Nada, cero. Él iba a la calle y cantaba una canción. A veces, dos. Con lo que le daban en esos cinco minutos, compraba unas lechugas, unos tomates, y hasta que no tenía hambre otra vez, no volvía a cantar. Detrás de eso hay una actitud ante la vida increíble. Era cero acumulación, una cosa casi zen.

Hay un pasaje de la película que me gusta especialmente en el que estáis escuchando la radio. Es un noticiario de RNE en el que se comenta el posible derrumbe del gobierno de Calvo Sotelo. En ese momento, él comenta que esto de la política es “un guiñol”. Era el año 81 y ya lo veía muy claro.

Él lee un fragmento de ‘La rama dorada’, de Frazer (James George Frazer, 1854-1941), donde, al acabar su gobierno, los reyes de no sé qué tribu o cultura se suicidan frente al pueblo como parte de haber ejercido el poder un tiempo. O sea, que la manera no es jubilarte ni irte a una puerta giratoria, sino auto-cortarte los brazos, la cara, todo, y matarte y desangrarte delante de la gente.

No deja de ser una idea muy loca, pero poética, podemos decir, en su crueldad. Mejor eso que los que lo aprovechan para enriquecerse y hacer negocios, saliendo con multimillonarios a cenar y ya se les olvida que alguna vez fueron otra cosa.

Hay un momento en el que Chicho hace una propuesta de resistencia contra el poder que consiste en atar a 150 personas a una cadena. Él sostiene que contra eso el poder no sabrá qué hacer. Cuando lo veía, me acordé del 15M y de lo que está pasando ahora. Al final, el poder sí que ha encontrado un medio para romper, incluso, la cadena, bien por desgaste propio o por agotamiento.

Además, es que estamos todos convenientemente vigilados. Hace años la gente se hubiera escandalizado si les dicen el nivel de vigilancia en el que vivimos y, encima, voluntaria. Sin la menor oposición, la gente entrega todos sus datos a unos psicópatas que son los dueños del mundo, que poseen todo, ¿no?

Otra de las reflexiones de Chicho apela a un individuo, entonces, moderno, que responde a la imagen de un ganado, que ha dado prioridad a lo individualidad frente a lo común. Ese discurso vuelve a ser revolucionario.

Ni siquiera ganado, cosificado. Al ganado por lo menos se le alimenta, aunque solo sea por el interés.

¿Cómo hemos perdido esa conexión de lo común frente a lo individual, cuando, incluso en un momento como ese, alguien como Chicho ya era consciente de ese proceso?

Es un proceso de deshumanización muy grande el que hay. Ya ha habido muchos filósofos en el siglo XX que se les consideraba un poco chalaos porque escribían contra la técnica y contra la tecnología en los años 50 y 60.

Hoy día te das cuenta de que son los precursores de cualquier posible filosofía que tengamos para estar en el mundo. El problema, simplemente, es que cometieron el error de adelantarse un poco a su tiempo. Pero sí, la técnica está muy bien si tú la usas como usas un abrelatas, pero si la técnica te abre la cabeza como si la lata fueras tú, entonces ya no es interesante.

En el contexto actual, ¿cómo crees que verá un joven de hoy la figura de Chicho? ¿Cómo crees que reaccionará frente a este personaje que hace cuarenta años ya estaba hablando de su propia situación?

Pues, fíjate. Por las reacciones que he visto en los que han visto la película, me he llevado una sorpresa porque tengo la sensación de que los jóvenes de ahora la entienden mejor que los de aquella época. Tienen una conexión más directa, ¿sabes? Como que le entienden más, Me gusta. Creo que la película llega más hoy que entonces y eso me produce un cierto placer, no puedo ocultártelo.

Entonces, ¿te ves a ti mismo como un adelantado a tu tiempo? [risas]

No, no, no, Pero fíjate qué curioso. Cuando volví a ver la película, con la restauración y todo esto, de repente, hay una escena que ya era mi escena favorita en su día, que es cuando él se maquilla y se viste de mujer, lee El Eclesiastés y dice que, para entender al sexo opuesto, hay que ponerse en su lugar. Digo, qué bonito que estábamos hablando de esto, entonces, ¿sabes?

Fernando Trueba
El director Fernando Trueba. Foto: Lisbeth Salas.