La odisea

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‘La odisea’, de Christopher Nolan
Reparto: Matt Damon, Anne Hathaway, Tom Holland, Zendaya, Robert Pattinson, John Leguizamo, Charlize Theron y Samantha Morton
Música: Ludwig Göransson
Fotografía: Hoyle van Hoytema
172′, Reino Unido, 2026

Con el cine de Christopher Nolan pasa lo mismo que con otros tantos aspectos de la vida en las sociedades modernas, que uno no puede quedarse en el medio, midiendo de manera razonada qué nos seduce de su trabajo y qué no nos interesa tanto. Y, al final, tendremos que escoger entre militar en las filas de sus apasionados partidarios o desdeñarlo de manera taxativa.

En ese contexto tan revuelto, si uno se sitúa en contra de su cine, recibirá el desprecio de sus seguidores. De colocarse incondicionalmente a su favor, acabará por perder el mismo sentido de la equidad.

A esta derivada emocional hay que añadir dos cosas. De un lado, una campaña promocional de las que hacen historia. Como todo el mundo sabe, Nolan gestiona la promoción de sus películas antes, incluso, de que haya empezado el rodaje. Su fama se lo permite y él sabe explotarlo muy bien.

Fotograma de ‘La odisea’, de Christopher Nolan.

De otro, la casi total rendición de la prensa generalista de nuestro país, que no sabe o no quiere ponerle muchos peros para no ser señalada como ese Pepito Grillo que viene a aguarle la fiesta a todo el mundo. Entre unos y otros, con los años se ha ido hinchando la reputación de un cineasta al que, con frecuencia, se le halaga más por cuestiones que quedan fuera de la propia obra cinematográfica que por aquello que nos cuenta, del cómo lo cuenta o qué nos quiere decir, si es que quiere decirnos algo.

Mucho antes de su estreno, los espectadores ya conocen cuestiones en apariencia trascendentes como su presupuesto, dónde se ha rodado o en qué formato, si usó película analógica o un registro digital.

Cuidado, con esto no quiero decir que dichos aspectos de la producción no tengan su influencia en el resultado final, pero tampoco podemos esquivar que esta información se difunde más para alimentar el ya necesario hype en las redes sociales, que como algo que el espectador pueda valorar por sí mismo cuando se sienta en la sala. De hecho, hay veces que todo ello trata, en mi opinión, de ocultar ciertas carencias.

A estas alturas, todo el mundo conoce la historia. ‘La Odisea’ comienza con el fin de la guerra de Troya. Con la derrota de la ciudad, Odiseo, rey de Ítaca, regresa a su hogar para reunirse con su esposa y su hijo. Pero el capricho de los dioses, con Poseidón, señor de los mares, a la cabeza, se opone a este propósito, interponiendo en su camino todo tipo de obstáculos que retrasarán su llegada.

Fotograma de ‘La odisea’, de Christopher Nolan.

Mientras tanto, encerrada en su castillo, Penélope se desespera ante la falta de noticias de su esposo. Además, después de veinte años de ausencia, la más que posible muerte de Odiseo ha atraído a muchos pretendientes que aspiran a desposar a Penélope y apropiarse de su corona. Pero Penélope se resiste a escoger un nuevo marido, pues aún mantiene la esperanza de que Odiseo regrese.

Entre lo mejor que podemos encontrar en esta última obra de Nolan está un trabajo de adaptación que, desde varios frentes, respeta la línea narrativa de la obra de Homero de manera más o menos fidedigna. Esto no quiere decir que la película abarque todo el grueso del famoso poema griego.

Estamos ante una adaptación para el cine y eso impone limitaciones de duración, especialmente si nos movemos en un cierto marco comercial (y la obra de Nolan se inscribe dentro de esta etiqueta por mucho que queramos elevar su currículo). Ni siquiera unos muy generosos 172 minutos de metraje pueden acoger tantos sucesos ni personajes como caben en la obra primigenia.

Nolan obvia, pues, ciertos pasajes, reúne otros y los fusiona, con todo lo que eso conllevará de decepción o recelo por parte de los más puristas. Pero creo que todo ello juega a favor de una adaptación que busca una unidad y cohesión narrativa que el director de ‘Interstellar’ ha querido cuidar pensando en su público.

Cartel de ‘La odisea’, de Christopher Nolan.

Nolan, urdidor de tramas con frecuencia demasiado enrevesadas (incluso, deliberadamente confusas), trata aquí de que el espectador acabe por entender por qué suceden las cosas o qué motivaciones empujan a cada personaje a hacer lo que hacen (qué provocó la guerra de Troya o por qué Odiseo se sumó a las filas de Agamenón en dicha empresa), más allá, incluso, de lo explicitado por Homero. Y a pesar de ciertos pasajes de diálogos demasiado obvios y algunos desaciertos referidos a algunas resoluciones dramáticas, que las hay, logra su propósito.

A pesar de esta claridad expositiva y dada la carrera de Nolan, hay quien ha querido ver en esta versión de ‘La Odisea’ uno de sus ejercicios espacio-temporales en el que el tiempo se mueve en distintas líneas de desarrollo mezclando el pasado, el presente y el futuro en una narración que se movería a varios niveles.

Pero cabe recordar que, esta vez, este juego de tiempos no es tanto un capricho del director, como una condición propia de la obra de Homero que Nolan se propone respetar. Y supongo que este tuvo que ser uno de los atractivos que animó al realizador a abordar este proyecto.

‘La Odisea’ no es tanto una historia, como una historia de historias en la que, más que lo que sucede, lo que importa es lo que ha ocurrido mucho antes del comienzo del relato. Aquí siempre hay alguien recordando aquello que pasó y si bien eso obliga a Nolan a dedicar buena parte del metraje en largas escenas que solo se apoyan en los diálogos, hay que reconocer que sale airoso del reto en una pieza que, como poco, discurre ligera en la pantalla.

Dicho esto, los problemas de esta Odisea se encuentran, para este cronista, en otros aspectos. Hablando de la forma, entre los tantos epítetos que se ha ganado esta película ha sido una constante referencia a su espectacularidad. Una dimensión que, sin embargo, más que ensalzar sus virtudes, pone sobre la mesa las limitaciones de Nolan como narrador en imágenes.

Espectacularidad o grandiosidad que en este caso se centra en el uso de planos generales y, sobre todo, en el abuso de planos aéreos de acercamiento a los que Nolan recurre para ensalzar ciertos momentos y localizaciones. Pero el tamaño, la relación en pantalla de las imágenes no configuran la profundidad emocional de una película.

En cierto modo, Nolan es un director “a la americana”, para el que todo queda expuesto de manera frontal, con una planificación de imágenes que cede todo su potencial a la sala de montaje. No hay en la gramática de Nolan una dimensión poética y su puesta en escena, como en todo su cine, queda limitada a una cámara que apenas encuentra recursos verdaderamente potentes a la hora de jugar con los espacios, el dentro y el afuera, y su relación con los personajes y, a través de ellos, con el espectador.

Esta limitación de ideas se percibe fundamentalmente en las secuencias íntimas entre los personajes en las que Nolan apenas sale del clásico intercambio de primeros planos. Ni siquiera cuando busca romper estas dinámicas, encuentra el realizador británico su camino.

Fotograma de ‘La odisea’, de Christopher Nolan.

Sin desvelar nada esencial, esto se percibe claramente en las escenas que comparten Odiseo, interpretado por un excesivamente rígido y sin matices Matt Damon, y Calipso, encarnada por una Charlize Theron que tampoco sabe muy bien cuáles son las líneas maestras de su personaje.

En la intimidad de una relación amorosa tan apasionada como pretende transmitirnos el relato, Nolan apenas sabe qué hacer y todo queda reducido a la expresión de los rostros, pero sin ninguna emoción dramática, por no hablar de ciertas acciones que caerán en una clara redundancia. Y así sucede con varias secuencias.

Pero tampoco en las escenas de acción demuestra Nolan tener muchos recursos y todo queda relegado a una exposición fragmentada a la que, por mucha velocidad (que no ritmo) que se imprima, le falta tensión interna. Nolan no sabe interactuar con los espacios ni, a pesar de todo, crea ningún lazo emocional con las imágenes fiándolo todo a la mera representación.

Esto se ve muy bien en la esperada escena de la conquista de Troya (conviene repasar la versión de Mario Camerini con Kirk Douglas como Ulises; no se distancian tanto como pudiera parecer) o el ataque de los Lestrigones que, a pesar de su violencia, no logra construir esa tracción dramática que requería.

Fotograma de ‘La odisea’, de Christopher Nolan.

A todo ello hay que sumar una cierta premura que parece instigar a Nolan en la resolución de estas secuencias, y si bien en la propia obra de Homero muchos de estos pasajes también transcurren con rapidez (por ejemplo, la escena del gigante Policemo o el trance con las sirenas), Nolan podría haberse esmerado algo más en el tratamiento de un tempo que no deja rastro en nuestra retina.

Esta profusión de primeros planos y medios, la premura en su desarrollo y el empleo de unos fondos siempre desenfocados, debilitan el trabajo de una producción de más de 250 millones de dólares que apenas brillan en la pantalla.

Nolan se ha jactado de no recurrir a los efectos digitales para desarrollar su propuesta, pero este hecho parece deslucido cuando los escenarios (salvo en dos o tres ocasiones) se quedan como un mero fondo, sin más incidencia narrativa ni emocional. Y es una pena todo ese trabajo para que luzca dramáticamente de forma tan llana. Me pareció una película poco sugerente desde el punto de vista visual.

Tampoco en el plano discursivo esta Odisea de Nolan apunta con fuerza. Parece lícito pensar que, casi tres mil años después, la obra de Homero pueda ser leída por los artistas modernos desde nuevas perspectivas, más allá de ese valor simbólico, mitológico que tiene el poema de Homero.

En la lectura de Nolan, su Odisea nos propone una reflexión sobre la inutilidad de la guerra y sus consecuencias en el alma de los hombres. Sin embargo, este mensaje apenas es expuesto en el tramo final de la cinta, quedando como un apunte sobre el conjunto. Digamos, para entendernos, que el tema se plantea, pero otra cosa es que articule realmente la narración.

Y es quizá aquí donde uno encuentra el mayor problema con esta película. Más allá de la fidelidad o no a la que ha llevado Nolan la obra de Homero, más allá de lo apropiado de su acercamiento al periodo histórico que representa (dos hechos que han causado gran revuelo en las redes sociales desde que se publicó el primer tráiler), uno se pregunta si acaso Nolan no ha desperdiciado la ocasión para hacer una aproximación diferente de una obra que, pasados los siglos, permitía juegos mucho más enriquecedores.

Nolan reproduce con mayor o menor acierto el texto o las situaciones que Homero describe en su poema, pero, al margen de una mera ilustración, ¿qué nos ofrece? ¿Por qué quería Nolan abordar este proyecto?

Es algo parecido a lo que, en su momento y salvando las distancias, dijimos que le ocurre a Denis Villeneuve con su versión de ‘Dune’. Más allá del esfuerzo creativo en el diseño de vestuarios, de los escenarios y cierto gusto por la composición, ¿dónde queda la mirada personal? ¿Qué habría hecho con este material un director como Werner Herzog, por ejemplo? Nunca lo sabremos.