#MAKMAArte
‘Esto nos salvará’, de Ghada Amer
Comisario: Pedro Medina
Instalación impulsada por Ana Serratosa Gallery & Art Spaces
Plaza de la República de Abando, Bilbao
Hasta el 10 de julio de 2026
Entre el Museo Guggenheim y la Torre Iberdrola, dos de los símbolos más reconocibles de la transformación contemporánea de Bilbao, ha aparecido estos días un elemento inesperado. Allí donde predominan el titanio, el vidrio y el tránsito constante de miles de personas, la artista internacional Ghada Amer propone otro ritmo. El de la tierra. El de las estaciones. El de las plantas que crecen lentamente mientras la ciudad continúa acelerándose a su alrededor.
La instalación ‘Esto nos salvará’, impulsada por Ana Serratosa Gallery & Art Spaces y comisariada por Pedro Medina, convierte la Plaza de la República de Abando en un huerto escultórico formado por grandes letras de acero corten rellenas de hortalizas autóctonas del País Vasco. Acelgas, cebollas de Zalla, guindillas de Ibarra, pimientos de Gernika, remolachas, vainas y tomates transforman una frase en un organismo vivo que crecerá, cambiará y será finalmente cosechado durante las próximas semanas.
La propuesta llega a Bilbao tras su paso por València, aunque adaptada a la realidad local. Allí las letras se llenaron con productos de la huerta valenciana; aquí lo hacen con variedades vinculadas al territorio vasco. No se trata únicamente de una decisión estética. La obra establece una relación directa entre el alimento, la tierra que lo produce y la ciudad que lo consume, incorporando al proyecto cuestiones ligadas a la sostenibilidad, el consumo responsable y la producción de proximidad.
Pero la instalación no habla únicamente de agricultura. La trayectoria de Ghada Amer ayuda a comprender la complejidad de una obra que, bajo una apariencia sencilla, despliega múltiples niveles de lectura. Nacida en Egipto y afincada entre Europa y Estados Unidos, Amer es una de las artistas más influyentes del panorama internacional contemporáneo. Su trabajo combina pintura, bordado, escultura e instalación para explorar cuestiones relacionadas con el feminismo, la identidad, la sexualidad, la política y la naturaleza.
Desde finales de los años 90, los jardines y las plantaciones se han convertido en una parte fundamental de su práctica artística. Tras su participación en la Bienal de Venecia, estas intervenciones se consolidaron como uno de los ejes más reconocibles de una trayectoria que ha sabido conectar arte contemporáneo, ecología y espacio público.
Sin embargo, los jardines de Amer nunca han sido simples espacios ornamentales. Funcionan como herramientas de reflexión capaces de cuestionar la forma en que vivimos y nos relacionamos con nuestro entorno.
Durante la presentación de la instalación en Bilbao, Pedro Medina propuso una lectura especialmente sugerente de la obra. El comisario situó el proyecto en relación con el concepto de habitus formulado por el sociólogo Pierre Bourdieu, entendido como ese conjunto de hábitos, costumbres y formas de percibir el mundo que heredamos y asumimos como naturales sin llegar a cuestionarlos.
Según Medina, el arte posee la capacidad de interrumpir esos automatismos cotidianos. De introducir una pequeña grieta en aquello que damos por supuesto. Y quizá eso sea exactamente lo que ocurre aquí.
Mientras los visitantes recorren el paseo entre el Guggenheim y la Torre Iberdrola, se encuentran de repente con un huerto. Se detienen. Reconocen una guindilla. Señalan una lechuga. Comentan una variedad de tomate. Recuerdan una huerta familiar o una receta tradicional. Lo que parecía un simple paseo se transforma durante unos instantes en otra cosa.
La obra altera la rutina. Esa interrupción adquiere aún más sentido si se observa una de las ideas centrales planteadas por Medina: el paso del jardín al huerto. A lo largo de la historia, el jardín ha sido frecuentemente entendido como un espacio ornamental, un lugar destinado a la contemplación o al embellecimiento. El huerto, en cambio, introduce otras cuestiones. Habla de trabajo, de alimentación, de estacionalidad, de cuidados y de sostenibilidad. Habla de aquello que permite sostener la vida.

En ese desplazamiento conceptual reside buena parte de la fuerza de la propuesta. La instalación introduce en pleno centro urbano una temporalidad diferente. Frente a la velocidad de la ciudad contemporánea, aparecen los ciclos de la horticultura: sembrar, cuidar, crecer, cosechar y volver a empezar. Frente a la monumentalidad de las grandes arquitecturas que definen el entorno, surge la fragilidad de organismos vivos sometidos al clima, al tiempo y a los procesos naturales.
La pregunta que plantea el título permanece abierta. ¿Qué es exactamente lo que nos salvará? La tierra. El cuidado. La comunidad. La alimentación de proximidad. La capacidad de modificar nuestros hábitos. La imaginación colectiva. O quizá todo ello al mismo tiempo.
La propia Ana Serratosa definió la instalación como un “laboratorio de futuro”, un espacio desde el que reflexionar sobre cómo vivimos, qué consumimos y qué prácticas podrían ayudarnos a construir una sociedad más habitable.
En este sentido, la obra incorpora también una dimensión muy ligada al contexto vasco. Coincidiendo con la instalación, varios establecimientos de Bilbao participarán en una ruta de pinchos inspirada en las hortalizas presentes en el huerto escultórico. La iniciativa conecta la propuesta artística con uno de los elementos más característicos de la cultura local: la gastronomía.
La relación no es anecdótica. Al contrario. Refuerza una de las preguntas fundamentales del proyecto: qué comemos, de dónde procede aquello que consumimos y qué consecuencias tienen nuestras decisiones cotidianas sobre el territorio que habitamos. Arte, agricultura, alimentación y sostenibilidad aparecen así entrelazados dentro de una misma reflexión.
Además, durante las próximas semanas la instalación acogerá visitas organizadas para asociaciones, fundaciones, centros educativos y colectivos sociales de muy diversa naturaleza. La intención es que la obra funcione como un espacio compartido de encuentro y conversación, capaz de generar experiencias comunes entre públicos muy diferentes.

La intervención culminará con una cosecha colectiva, tal y como ya ocurrió en València. Las hortalizas cultivadas en las letras podrán ser recogidas por la ciudadanía y llevadas a casa. La obra desaparecerá físicamente, pero completará así el ciclo que le da sentido.
Quizá ahí resida la principal virtud del proyecto. ‘Esto nos salvará’ no pretende ofrecer respuestas cerradas ni convertirse en un monumento permanente. Su fuerza radica, precisamente, en su condición efímera, en su capacidad para activar preguntas y acompañar procesos.
Pedro Medina hablaba durante la presentación de la necesidad de construir espacios de reflexión sobre cómo habitamos el mundo. Ghada Amer parece situarse en esa misma dirección. No propone grandes soluciones ni proclamas contundentes. Propone algo más sencillo y quizá más difícil: detenerse un momento, mirar de otra manera y preguntarse qué merece ser cuidado. Porque, tal vez, la cuestión no sea únicamente qué puede salvarnos. La cuestión es si todavía somos capaces de reconocer aquello que merece ser salvado.
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