Euskal Museoa

#MAKMAArte
Euskal Museoa Bilbao
Portal de cultura vasca
Gurutze Kalea 10, Bilbao
Inauguración: 10 de junio de 2026

Hay edificios que forman parte del paisaje de una ciudad; y hay otros que forman parte de la memoria de quienes la habitan. Durante seis años, el Euskal Museoa de Bilbao permaneció cerrado mientras se desarrollaba una de las transformaciones culturales y arquitectónicas más importantes de las últimas décadas en el corazón del Casco Viejo.

Sin embargo, para muchos bilbaínos nunca desapareció del todo. Seguía allí, detrás de las obras y de los andamios, ocupando el mismo lugar que había ocupado durante generaciones en la vida cotidiana de la ciudad. Por eso su reapertura no se ha vivido únicamente como la inauguración de un museo renovado. Ha tenido algo de regreso; algo parecido a reencontrarse con un lugar familiar que forma parte de la propia biografía.

Quienes hemos crecido en Bilbao sabemos que el Museo Vasco ocupa una posición singular dentro del imaginario colectivo de la ciudad. No es únicamente una institución cultural. Tampoco es un museo histórico en el sentido convencional del término. Es, para miles de personas, la casa de los gigantes.

La casa de aquellos gigantes y cabezudos que observábamos de niños con una mezcla de fascinación y respeto. El lugar donde muchos descubrimos por primera vez símbolos, relatos y costumbres que formaban parte de una cultura que intuíamos cercana, aunque todavía no fuéramos capaces de explicarla. El espacio al que padres, madres y abuelos llevaban a sus hijos e hijas para enseñarles fragmentos de una historia compartida.

Claustro del Euskal Museoa de Bilbao con el ídolo de Mikeldi, escultura zoomorfa de la Segunda Edad del Hierro (IV-II a. C.) hallada en la ermita homónima de Durango (Vizcaya).

Cada generación ha encontrado allí algo diferente. Algunos recuerdan los antiguos oficios. Otros las embarcaciones, las herramientas, las tradiciones populares o las formas de vida ligadas al mundo rural. Pero todos comparten una sensación parecida: la de haber encontrado en aquellas salas una explicación accesible de quiénes éramos y de dónde veníamos.

Sin embargo, lo más interesante del nuevo Euskal Museoa es que no se limita a hablar del pasado. La gran transformación del museo consiste, precisamente, en entender que la cultura no es un conjunto de objetos detenidos en el tiempo, sino una realidad viva que continúa construyéndose cada día.

Imagen del interior del renovado Euskal Museoa que reabre sus puertas el 10 de junio. Imagen cortesía del autor.

El museo sigue explicando las raíces de la sociedad vasca, pero ahora lo hace desde una mirada mucho más abierta, capaz de conectar tradición y contemporaneidad. Quizá por eso resulta especialmente acertada la imagen elegida para explicar el nuevo relato museográfico: la del árbol.

Las raíces representan el territorio, el patrimonio y la memoria material acumulada durante siglos. El tronco simboliza la transmisión cultural, ese proceso invisible mediante el cual una generación entrega a la siguiente aquello que ha recibido de las anteriores. Y la savia que conecta todo el conjunto es el euskera.

Ver esta publicación en Instagram

Una publicación compartida de Euskal Museoa Bilbao Museo Vasco (@euskalmuseoa)

Hay algo especialmente poderoso en esta metáfora. Porque más allá de cualquier lectura política, el euskera aparece aquí como lo que realmente ha sido durante siglos: un vehículo de transmisión cultural. Una lengua que ha permitido conservar conocimientos, relatos, canciones, formas de nombrar el paisaje y maneras de entender el mundo.

Como ocurre con la savia de un árbol, muchas veces no se percibe directamente, pero está presente en todo aquello que mantiene viva una cultura. El recorrido del museo convierte esa idea en una experiencia física. El visitante avanza desde las raíces materiales de la cultura vasca hacia interpretaciones más contemporáneas de esa misma identidad. Descubre que una comunidad no se define únicamente por lo que conserva, sino también por aquello que es capaz de transformar.

Y ahí aparece una de las claves más interesantes de esta reapertura. Si las raíces explican el origen y el tronco la transmisión, las ramas del árbol continúan creciendo. El nuevo Euskal Museoa no pregunta únicamente quiénes fuimos. También plantea quiénes somos hoy y quiénes podemos llegar a ser.

La arquitectura contribuye de manera decisiva a transmitir esa idea. Bilbao es una ciudad acostumbrada a hablar de arquitectura. Durante las últimas décadas ha visto surgir edificios que han transformado su imagen internacional. Sin embargo, el nuevo Euskal Museoa sigue un camino diferente. No busca convertirse en un icono espectacular. Su fuerza reside en la capacidad de dialogar con la historia y con la memoria del lugar que ocupa.

Ver esta publicación en Instagram

Una publicación compartida de Euskal Museoa Bilbao Museo Vasco (@euskalmuseoa)

A medida que uno recorre sus espacios aparecen referencias a las estructuras de madera de los caseríos, a las técnicas de construcción naval que durante siglos definieron la relación de este territorio con el mar y a materiales profundamente vinculados a la historia industrial de Bizkaia.

La madera, la piedra, el acero y la luz establecen una conversación constante entre pasado y presente. Los arquitectos Antonio de Yturbe y Yago Bahillo han conseguido además una tarea especialmente compleja: unificar edificios muy distintos entre sí sin borrar la personalidad de ninguno de ellos. El resultado es una arquitectura contemporánea que no renuncia a dialogar con aquello que la precedió.

Pero existe un lugar donde esa conversación alcanza una dimensión casi poética. Es el gran vacío central que articula parte del recorrido. Allí la luz adquiere un protagonismo absoluto. El espacio parece desprenderse de cualquier función práctica para convertirse en una experiencia sensorial y simbólica. Resulta difícil contemplarlo sin pensar en las investigaciones de Jorge Oteiza sobre el vacío, el espacio y la dimensión espiritual de la materia.

La luz entra desde lo alto y construye una atmósfera que remite inevitablemente a aquellas cajas metafísicas que el escultor concebía como espacios para la reflexión. Por momentos, el visitante tiene la sensación de atravesar un umbral. De abandonar temporalmente el ruido cotidiano para entrar en un territorio donde memoria, identidad y tiempo dialogan entre sí.

Hay algo profundamente evocador en esa experiencia. Algo que conecta con la tradición artística vasca, pero también con una forma de entender la cultura como un espacio de preguntas más que de respuestas. Y es precisamente ahí donde el nuevo museo da un paso más allá de la conservación patrimonial.

Porque si algo queda claro durante el recorrido es que el Euskal Museoa no quiere ser únicamente un lugar donde se guarda el pasado. Aspira también a convertirse en un espacio donde imaginar el futuro.

Esta voluntad resulta especialmente visible en la Cúpula, uno de los espacios más sugerentes del nuevo proyecto. Concebida como un lugar para acoger interpretaciones contemporáneas de la cultura vasca, la Cúpula funcionará como un puente entre el patrimonio histórico y las nuevas formas de creación.

Visitantes al acto de reapertura institucional del Euskal Museoa que reabre sus puertas al público el 10 de junio. Imagen cortesía del autor.

La idea es tan sencilla como ambiciosa: permitir que artistas contemporáneos dialoguen con la colección permanente y propongan nuevas lecturas sobre aquello que entendemos por cultura vasca.

No se trata de repetir el pasado. Se trata de conversar con él. Para ello, el museo ha establecido colaboraciones con entidades dedicadas a la creación contemporánea como BilbaoArte y otros agentes culturales que permitirán mantener una programación abierta a la experimentación y a los nuevos lenguajes artísticos.

Uno de los ejemplos de esta filosofía será la presencia de la artista Ra Asensi, cuyo trabajo en torno a la cerámica propone una reinterpretación contemporánea de formas y tradiciones vinculadas a la cultura material vasca.

Sus piezas no buscan reproducir objetos históricos. Buscan establecer un diálogo con ellos. Demuestran que el patrimonio sigue siendo fértil cuando es capaz de inspirar nuevas narrativas, nuevas preguntas y nuevas formas de creación.

Ver esta publicación en Instagram

Una publicación compartida por Euskal Museoa Bilbao Museo Vasco (@euskalmuseoa)

La elección de propuestas como esta revela una comprensión especialmente interesante de lo que significa conservar una cultura. La identidad no aparece presentada como una reliquia inmóvil protegida detrás de una vitrina. Aparece como una construcción colectiva que continúa transformándose a través de quienes la habitan, la interpretan y la reinventan. Quizá sea esa una de las mayores virtudes del nuevo museo. Entender que la mejor manera de proteger una tradición no es congelarla, sino permitir que siga evolucionando.

La reapertura ha llegado además en un momento especialmente significativo para la vida cultural de Bilbao y Bizkaia. Coincide con la transformación de otros grandes equipamientos culturales y consolida una red de instituciones que han convertido la cultura en uno de los elementos centrales de la identidad contemporánea de la ciudad.

La inauguración reunió a buena parte de las principales figuras del ámbito cultural e institucional vasco. Entre los asistentes se encontraban el lehendakari Imanol Pradales, la diputada general de Bizkaia Elixabete Etxanobe y el alcalde de Bilbao Juan Mari Aburto, acompañados por responsables de algunas de las instituciones culturales más relevantes del territorio.

Acudieron también Miren Arzalluz, directora general del Museo Guggenheim Bilbao; Miguel Zugaza, director del Museo de Bellas Artes de Bilbao; Guillermo Zuaznabar, conservador jefe del museo; Alicia Fernández, directora de Sala Rekalde; y Garazi Arrizabalaga, directora del Museo de Arte e Historia de Durango.

Ver esta publicación en Instagram

Una publicación compartida de Euskal Museoa Bilbao Museo Vasco (@euskalmuseoa)

Junto a ellos participaron representantes del tejido cultural, educativo y social de Bilbao, así como profesionales que han contribuido durante años al desarrollo de las políticas culturales del territorio. Entre ellos se encontraban la diputada de Cultura, Euskera y Deporte, Leixuri Arrizabalaga; la directora de Cultura, Begoña de Ibarra; y las exdiputadas Lorea Bilbao y Josune Ariztondo.

Pero más allá de los nombres, de los cargos y de la dimensión institucional del acto, la sensación compartida por muchos de los asistentes era otra. La de estar asistiendo al regreso de un lugar que forma parte de la memoria sentimental de Bilbao.

Los gigantes siguen allí. Siguen ocupando ese lugar privilegiado en el recuerdo de varias generaciones de bilbaínos. Pero ahora conviven con nuevos relatos, nuevas preguntas y nuevas formas de creación. Y quizá esa sea la verdadera importancia de esta reapertura. El Euskal Museoa ha recuperado su papel como guardián de la memoria colectiva sin renunciar a convertirse también en un espacio para imaginar el futuro.

Un lugar donde las raíces siguen siendo importantes, no para permanecer inmóviles, sino para seguir creciendo. Porque las culturas que perduran no son las que se limitan a conservar su pasado. Son las que encuentran la manera de dialogar con él mientras continúan construyendo lo que está por venir.