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‘Un árbol cae en el bosque’, de Glenda León
Azkuna Zentroa
Hasta el 27 de septiembre de 2026
Hay exposiciones que se recorren. Otras se observan. Algunas, las menos frecuentes, obligan a detenerse y a pensar qué es exactamente aquello que estamos mirando. La exposición ‘Un árbol cae en el bosque‘, de Glenda León, que acoge Azkuna Zentroa hasta el 27 de septiembre, pertenece a esta última categoría.
La muestra constituye la primera gran retrospectiva de media carrera de la artista cubana en Bilbao y permite acercarse a una creadora cuya trayectoria internacional se ha construido desde un territorio difícil de clasificar.
Glenda León trabaja con instalaciones, vídeo, sonido, fotografía, dibujo, objetos y performance, pero ninguna de estas disciplinas explica por sí sola el alcance de una obra que parece situarse siempre en los límites entre lo visible y lo invisible, entre la materia y la idea, entre aquello que sabemos y aquello que intuimos.
Quizá por eso el título de la exposición resulta tan sugerente. ‘Un árbol cae en el bosque’ remite inevitablemente a una conocida paradoja filosófica: si un árbol cae y nadie está allí para escucharlo, ¿existe realmente el sonido? La pregunta, aparentemente sencilla, abre cuestiones relacionadas con la percepción, la conciencia y nuestra manera de construir la realidad. Son preguntas que, de una forma u otra, atraviesan gran parte del trabajo de Glenda León.
Durante la presentación de la exposición, la artista explicó que había concebido el recorrido como una especie de viaje. Un desplazamiento que comienza en asuntos profundamente terrenales para ir elevándose poco a poco hacia espacios más próximos a la contemplación, la naturaleza, el silencio o el cosmos, antes de regresar nuevamente a tierra firme.
La imagen del viaje resulta especialmente acertada porque la exposición no se percibe como una acumulación de obras, sino como una secuencia cuidadosamente articulada donde cada pieza parece dialogar con la siguiente.
La propia artista reconoció, entre sonrisas, su obsesión por los detalles. Agradeció la paciencia de quienes han trabajado con ella durante el proceso de montaje y recordó que para ella una exposición individual solo tiene sentido cuando cada obra encuentra su lugar dentro de una narración más amplia. Esa exigencia se percibe claramente en el resultado final.
En este proyecto ha sido fundamental el trabajo curatorial desarrollado junto a Fernando Pérez e Iván de la Nuez. La participación de Fernando Pérez posee, además, una dimensión especial para Azkuna Zentroa.
Su conocimiento del espacio y su larga vinculación con la institución, de la que fue director durante años, parecen haber contribuido a construir un recorrido que aprovecha las posibilidades arquitectónicas de la sala para reforzar el discurso de la exposición. Más que organizar obras, el equipo curatorial ha diseñado una experiencia. Y quizá esa palabra, experiencia, sea una de las claves para aproximarse al trabajo de Glenda León.
A menudo, se habla de ella como una artista conceptual, pero la etiqueta resulta insuficiente. Existe una tendencia a asociar el arte conceptual con propuestas frías o excesivamente intelectuales. Sin embargo, en el caso de León, la reflexión siempre aparece acompañada de una dimensión poética que conecta con el espectador de manera directa. Sus obras invitan a pensar, pero también a sentir.
En ellas conviven referencias a la música, a la literatura, a la espiritualidad, a la naturaleza y a la ciencia. Hay una búsqueda constante de relaciones inesperadas entre elementos que aparentemente pertenecen a universos distintos. El resultado es un trabajo que no pretende imponer significados cerrados sino abrir espacios de interpretación.
Esa apertura se hizo especialmente visible durante la activación inaugural de ‘Conversio’, una performance concebida por la artista y ejecutada por cinco intérpretes. La acción comenzó con la entrada de varias figuras identificadas visualmente con algunas de las grandes tradiciones religiosas del mundo. Cada una recorría el espacio de manera independiente, como si habitara una realidad propia.
Durante unos minutos, la distancia entre ellas parecía insalvable. Sin embargo, una música rítmica fue modificando progresivamente esa situación. Los movimientos individuales comenzaron a transformarse en una experiencia compartida. Los cuerpos empezaron a encontrarse. El aislamiento inicial fue dando paso a la celebración colectiva.
El momento culminante llegó cuando los participantes se desprendieron de aquellas prendas que simbolizaban sus respectivas identidades religiosas y continuaron bailando juntos.
Seguramente, la pieza admite numerosas lecturas. Toda buena obra las admite. Pero como espectadores resultaba difícil no percibir una reflexión sobre aquello que compartimos por encima de las diferencias que solemos utilizar para clasificarnos. No se trataba de negar las identidades, sino de recordar que ninguna de ellas agota la complejidad de lo humano.
La escena adquiría, además, una fuerza especial en el contexto actual, marcado por discursos que insisten constantemente en aquello que nos separa. Frente a ello, ‘Conversio’ parecía proponer una imagen sencilla pero poderosa: la posibilidad de encontrarse.
Esa misma sensación de universalidad atraviesa buena parte de la exposición. Aunque las obras parten de experiencias concretas, terminan planteando preguntas que afectan a cualquier persona, independientemente de su origen, cultura o creencias. ¿Cómo construimos nuestra identidad? ¿Qué significa escuchar? ¿Qué lugar ocupamos dentro de una realidad mucho más amplia que nosotros mismos? ¿Qué permanece cuando desaparecen las etiquetas?
Quizá por eso una de las anécdotas más reveladoras de la presentación fue la que la propia artista relató entre risas al recordar cómo, años atrás, una publicación llegó a identificarla erróneamente como una artista bilbaína. Más allá del tono humorístico del recuerdo, la historia parecía conectar involuntariamente con algunas de las cuestiones presentes en la exposición. Las identidades que creemos estables pueden ser mucho más frágiles y cambiantes de lo que imaginamos.
Al salir de ‘Un árbol cae en el bosque’, uno tiene la sensación de haber recorrido un territorio en el que las certezas se vuelven menos rígidas. No porque la artista ofrezca respuestas, sino porque plantea preguntas que continúan resonando después de abandonar la sala.
Y quizá ahí reside uno de los mayores logros de Glenda León. En una época saturada de mensajes inmediatos y opiniones contundentes, su trabajo reivindica algo mucho más difícil: la atención, la duda y la capacidad de escuchar aquello que normalmente permanece oculto bajo el ruido del mundo.
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