Garazi Arrizabalaga. Museo de Arte e Historia de Durango

#MAKMAArte
Entrevista con Garazi Arrizabalaga, directora del Museo de Arte e Historia de Durango
San Agustinalde Kalea16, Durango (Bizkaia)
40º aniversario: 18 de junio de 2026

Garazi Arrizabalaga lleva diez años al frente del Museo de Arte e Historia de Durango, una década en la que la institución ha vivido una profunda transformación tanto física como conceptual. Coincidiendo con el 40º aniversario del museo, su dirección ha estado marcada por la renovación de los espacios, la apuesta por la accesibilidad, el trabajo de mediación con nuevos públicos y una programación capaz de combinar grandes nombres de la historia del arte con artistas emergentes y propuestas de proximidad.

Lejos del gran circuito museístico de Bilbao, el museo ha conseguido reforzar una identidad propia vinculada a Durango y a toda la comarca, consolidándose como uno de los espacios culturales más activos de Bizkaia fuera de la capital. Durante estos años, el museo ha acogido exposiciones de artistas como Pablo Picasso, Darío de Regoyos, Salvador Dalí, Albrecht Dürer, Giovanni Battista Piranesi y, ahora, Jorge Oteiza, protagonista de una de las grandes muestras organizadas con motivo del 40º aniversario.

Pero más allá de las exposiciones, Arrizabalaga ha impulsado una visión del museo entendida como un espacio abierto a toda la sociedad, trabajando especialmente en la accesibilidad y en la relación con públicos que tradicionalmente habían quedado fuera de este tipo de instituciones. Una transformación que también ha pasado por la renovación museográfica, la incorporación de nuevas formas de comunicación y una mayor presencia del museo en la vida cultural y social de Durango.

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Esta entrevista recorre ese doble aniversario: los 40 años del Museo de Arte e Historia de Durango y los 10 años de Garazi Arrizabalaga al frente de la institución, una etapa en la que una cuarta parte de la historia del museo ha transcurrido ya bajo su dirección.

El museo cumple 40 años y tú llevas 10 al frente. Al final, una cuarta parte de la historia del museo ha pasado contigo como directora. ¿Cómo vives esa coincidencia?

Justo cuando llegué se cumplieron los 30 años del museo, pero la verdad es que ni siquiera sabía que se cumplían. No se hizo nada especial ni se celebró de ninguna manera. Desde entonces, siempre he tenido en mente que hacía falta una celebración importante, también para dar más a conocer el museo.

Al final, he tenido que esperar casi diez años para poder hacer este año especial, con una programación distinta a lo que se había hecho anteriormente. Y sí creo que este año se está hablando mucho más del museo.

Cuando miras atrás, ¿qué dirías que ha cambiado más en el museo durante esta década?

Justo ahora estaba preparando una presentación y viendo fotografías antiguas del museo. Lógicamente, ha cambiado muchísimo. En eso nos ayudó mucho la obra de accesibilidad y seguridad que hicimos en 2017 y que inauguramos en 2018.

Aprovechamos aquella intervención para replantear completamente la museología. Era un museo muy de los años 80, que prácticamente no se había actualizado, y yo veía necesario darle un aire más contemporáneo. Cambió la iluminación, la manera de presentar las obras… También entramos en el mundo digital. Cuando llegué, no había ni página web ni redes sociales. Me parecía fundamental que el museo también existiera en internet y pudiera darse a conocer por ahí.

Entonces, ¿esa obra de accesibilidad fue el gran punto de inflexión?

Sí, físicamente fue un antes y un después.

No estáis en Bilbao ni dentro del gran circuito de museos de la capital. ¿Eso ha sido más una dificultad o también una oportunidad para construir una identidad propia?

Tiene una parte difícil porque muchas veces, por ejemplo, las ruedas de prensa de los museos de Bizkaia se hacen siempre en Bilbao. Los periodistas van allí y parece que todo se concentra en la capital. Y es una pena, porque hay muchos más museos fuera de Bilbao que dentro de Bilbao. Pero, al mismo tiempo, eso también nos da una identidad propia. Durango y toda esta zona tienen unas características concretas que nos diferencian del resto de museos. Eso también puede verse como algo positivo.

¿Cómo se consigue atraer públicos diversos desde una ciudad como Durango?

Es un gran reto. Intentamos hacer actividades para todos los públicos: niños, jóvenes, adultos… Al final, se trata de ir ofreciendo formatos distintos. Hay quien viene a una charla, otros a talleres, otros a conciertos o visitas guiadas. No es fácil, pero trabajamos constantemente en ello.

¿Qué papel ocupa el museo dentro de Durango y de toda la comarca?

Ahí también teníamos un reto enorme. Muchísima gente ni siquiera sabía que había un museo en Durango. Y, de hecho, hay dos. Para mí era muy importante trabajar con los colegios y conseguir que todos los niños de Durango pasaran alguna vez por el museo. Eso sí se ha logrado.

Los chavales que tenían 10 años cuando llegué, ahora tienen 20 y ya conocen el museo. Eso crea una relación distinta con la institución. Aunque todavía hay sectores de la población a los que no hemos conseguido llegar.

Han pasado por el museo exposiciones de Picasso, Piranesi u Oteiza. ¿Cómo se mantiene ese nivel de programación en una institución como esta?

Hay altibajos, claro. Para hacer una gran exposición, a veces tienes que equilibrar, después, con otras más pequeñas porque los recursos son limitados. Creo que es importante tener exposiciones potentes porque funcionan como reclamo, pero también dar espacio a artistas jóvenes o locales. Mantener ese equilibrio no es nada fácil.

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Dentro de la celebración de los 40 años está ahora la exposición de Oteiza. ¿Qué representa esta muestra?

Este año, hemos decidido hacer tres grandes exposiciones de larga duración para poder desarrollar más actividades alrededor de ellas. La primera fue Piranesi, ahora tenemos a Oteiza y, después, llegará Pilar de Zubiaurre.

La exposición de Oteiza tiene una historia muy especial. Llevábamos siete años trabajando en ella. En 1970, Oteiza proyectó una exposición de escultores vascos para Durango y seleccionó personalmente ocho de sus obras para esa muestra. Todo quedó documentado, tanto por escrito como en grabaciones de cassette, pero la exposición nunca llegó a realizarse.

Encontramos esa documentación en 2019. Queríamos hacerla en 2020, coincidiendo con el cincuentenario, pero no pudo ser. Finalmente, pensamos que el 40º aniversario del museo era el momento perfecto. Es una exposición muy especial porque la selección de obras la hizo Oteiza pensando específicamente en Durango. Como decía el comisario, es casi un regalo de Oteiza para la ciudad.

Garazi Arrizabalaga. Jorge Oteiza. Desocupación espacial'. Museo de Arte e Historia de Durango
Garazi Arrizabalaga junto a diversas esculturas de la exposición ‘Jorge Oteiza. Desocupación espacial’, en en el Museo de Arte e Historia de Durango. Foto: Gorritan Palma.

¿Hay alguna exposición que recuerdes de forma especialmente importante?

La de Regoyos fue muy especial. En 2020, compramos una obra suya y decidí que, antes de incorporarla a la colección permanente, sería interesante presentarla dentro de una exposición temporal. Con solo nueve cuadros, fue la exposición más visitada del museo, con más de 3.000 visitas. Además, hicimos muchísimos talleres y actividades paralelas. Le tengo muchísimo cariño. Aunque, en realidad, podría hablar de muchas exposiciones porque en todas he estado muy implicada.

Muchas veces, se habla de “abrir el museo a la ciudadanía”. ¿Qué significa eso realmente?

Para mí, significa que el museo tiene que ser un espacio para toda la sociedad. Hace unos años, empezamos a colaborar con Gertu Kultura, una plataforma que conecta instituciones culturales con asociaciones que trabajan con personas en riesgo de exclusión social. Gracias a eso hemos hecho talleres con personas sin hogar, personas con Alzheimer, mujeres migrantes… Son públicos que, muchas veces, no sienten que el museo sea un lugar pensado para ellos. Y este tipo de actividades ayudan a romper esas barreras.

¿Cómo ha cambiado la relación con el público en estos diez años?

Muchísimo. Al final, en un museo local acabas conociendo a mucha gente. Sales a la calle, te saludan, te comentan las exposiciones… Tengo muchísimo cariño al público del museo.

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¿Qué estrategias han funcionado mejor para acercar el museo a quienes normalmente no entran en él?

Precisamente, ese tipo de proyectos sociales. Porque talleres escolares, visitas guiadas o conciertos hacemos todos los museos. Pero trabajar con colectivos que tradicionalmente no se acercaban al museo ha sido especialmente importante.

Habitualmente, solo vemos la exposición terminada. ¿Qué parte del trabajo de un museo se desconoce más?

Todo lo que hay detrás de montar una exposición. Primero surge una idea, luego hay que pedir las obras, gestionar toda la documentación, seguros, peritajes, transporte, cajas especiales, montaje… Después llega el diseño de las salas, la iluminación, los textos, los vinilos, el recorrido… Es un trabajo inmenso que puede llevar meses o incluso años, como ha pasado con Oteiza. Luego, el público ve una exposición montada y parece que ha aparecido de repente, pero detrás hay muchísimas horas de trabajo.

¿Cómo se sostiene una programación ambiciosa desde una institución pública y fuera de la capital?

Con muchísimo trabajo. Somos muy pocas personas y hay momentos muy intensos. También es verdad que amo lo que hago, y eso hace que lo dé todo. Pero puede llegar a ser agotador.

¿Hasta qué punto un museo debe responder a lo que el público espera y hasta qué punto debe incomodar o abrir nuevas preguntas?

Es una gran pregunta. A veces, hay que escuchar al público y traer propuestas que sabes que van a funcionar. Porque también puede ser frustrante trabajar muchísimo en un proyecto que consideras importantísimo y, luego, ver que no viene nadie. No siempre hay que seguir lo que pide el público, pero sí creo que hay que escucharlo en cierta medida.

Después de diez años, ¿qué sigue ilusionándote de este trabajo?

Cada vez disfruto más el proceso de montaje de exposiciones, aunque sea la parte más estresante. Me encanta empezar a imaginar cómo será una exposición, cómo se colocarán las obras, cómo se transformará el espacio… Y también me sigue llenando mucho el contacto con la gente, las visitas, los talleres y que luego el público te agradezca la experiencia.

¿Qué retos tendrá el museo en los próximos diez años?

La sociedad está cambiando muchísimo, y también la manera de visitar los museos. Tendremos que replantearnos cómo contamos las cosas y cómo nos relacionamos con el público. Quizá, dentro de unos años haya que explicar una exposición a través de TikTok o de otros formatos completamente distintos. La idea tradicional de entrar a un museo, mirar y marcharse puede que deje de funcionar tal y como la entendemos ahora.

¿Cómo te gustaría que se recordara esta etapa?

Como una etapa muy frenética, en la que se hicieron muchísimas cosas. Me gustaría que se recordara como un momento en el que mucha gente descubrió el museo y en el que se hicieron exposiciones que permanecieran en la memoria.

Y si tuvieras que definir tu relación con el museo en una sola expresión, ¿cuál sería?

“Proyecto personal”. Porque, realmente, siento el museo como algo muy mío. Casi como una parte de mí misma.